JUAN CARLOS VÁSQUEZ

Ahmed, Bahssin, Meriem… deambulan, observan. Caminan por Barcelona, frecuentan siempre los mismos lugares: el parque frente a La Estación Nord, El Arco del Triunfo, Plaza Cataluña, La Rambla del Raval… El Born…

Bahssin es el encargado de identificar a los turistas y el valor de sus dispositivos. Ahmed les distraerá mientras Meriem arrebata violentamente de las manos todo cuanto pueda. Lo hacen una y otra vez. No importa si son jóvenes, mujeres, ancianos o niños. No importa si la acción es fácil, violenta o si de vez en cuando tiene que usar la cuchilla.

A Bahssin también le gusta trepar balcones, abrir ventanas y entrar al abuso. Cuando suena el despertador es lo primero que piensa. Mientras va al baño recuerda a las chicas sumisas de su pueblo e inmediatamente le viene a la cabeza el parque de la ciutadella. En la noche ve  a muchas mujeres ejercitarse, sueña con estirar el brazo y arrastrar a alguna bajo un matorral. Su idea lasciva está compuesta de abusos violentos. El tripi acentúa esta idea, su odio a lo occidental le cede un plus de extrema crueldad.

Siempre aparece resplandeciente, vital y amable ante los turistas. En realidad sólo observa y saca conclusiones. Un plan que consiste en una ligerísima distracción.

El piso de Liia, situado en pleno centro, aguarda a su frente a otros del grupo. La subdivisión de delincuentes y violadores se expande por toda la ciudad.

Liia finalmente compró el dispositivo electrónico que tanto soñó, su paso lento e inarmónico producto de una lesión cervical que proviene de infancia la hace vulnerable. Y la han pillado al salir de la tienda. Se resiste, la empujan, la tumban, cae al suelo, se golpea la cabeza contra el borde de la acera. Le quitan el móvil y el bolso, corren, se esconden en un narco piso. Mientras comenta el hecho entre sonrisas los guiris preparan las elásticas para hacerse un torniquete en el antebrazo y pincharse heroína.

Liia sigue inconsciente, la han llevado al hospital, su cabeza sangra, al despertar la depresión de la que había salido meses atrás ha vuelto.

Una y otra vez suceden las incursiones entre los grupos que intentan divertirse sin molestar a nadie, pero Ahmed, Bahssin y Meriem buscan refuerzos,  se reunifican y atacan en manada el día de La Merced.

Dos muertos, once heridos, grandes charcos de sangre. Bahssin ha sido detenido, en la cárcel hace alarde, a los infieles hay que cortarles el cuello, verter ácido en sus caras, desprenderles el cuero cabelludo con las yemas de los dedos después de cercenar sus cabezas con la punta de un bisturí.

Sin embargo, saldrá de prisión y volverá al parque. Fuera de la cárcel; ONGs, políticos, en representación de un gran bufete de abogados, rateros, yonkis y putas al unísono gritan que es buen chico. Otro dice más duro que su aprehensión es un claro acto de racismo perpetrado por ultras.

Bahssin sale en libertad condicional, vuelve al parque para reunirse con Karim, Karim viajó exclusivamente para ayudarlo a salir del país con un pasaporte falso antes de que descubran que perteneció al Estado Islámico.

II

Hacia el arco del triunfo camina un hombre vestido de negro con una flauta en el bolso, la saca, se sienta y toca… justo sobre su cabeza penden piernas, brazos y cráneos. La Generalitat ha permitido la exposición: Rateros y verdugos exaltados al olimpo, víctimas desmembradas como probables causantes de su propia tragedia.

A todas estas el último hippie del mundo que duerme en la acera de la Av. del Marquès de l’Argentera, cerca de la estación de Francia, se incorpora desde el suelo, saca la cabeza del saco de dormir observa y vuelve a tenderse para conciliar el sueño. Está cansado de escuchar todos los días los mismos conflictos cuando él lo único que desea es dormir en paz.

III

Liia en sus acostumbradas caminatas matutinas ha dado con su atracador en la esquina de la 203.

Ahmed saca pecho, la ve y se burla. Le repite que de tener otra oportunidad lo volvería a hacer.

Suena la Composición: Sinfonía n.º 1 para flauta de Gustav Mahler.

El aire hace pender como una veleta las partes cercenadas de la exhibición. Del simbolismo a la realidad, pero esta vez a la adversa.

Liia no está sola. Doble A es un gran amigo que no le gusta delegar los malos comportamientos a la justicia, le gusta enmendar el atropello por sí mismo y de peor forma en que los agresores  lo hacen.

Doble A hace una reflexión profunda que lo lleva a tomar la iniciativa. Anula la capacidad de sentir empatía por el sufrimiento de otros y saca del bolsillo de su pantalón un cuchillo con una hoja robusta y ancha de gran longitud, de punta aguzada para garantizar la penetrabilidad y un filo de gran alcance, asegurándose que la empuñadura no se le va a resbalar… con la otra mano toma el cuello de Amhed  y sin mediar palabras se lo incrustó con brutalidad en la garganta…  Moviéndolo, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, hunde y retrae rompiendo con los metales dentados toda la cavidad toráxica.

A Ahmed le saltan los ojos, se le desvían, le brotan grandes cantidades de sangre por las fosas nasales. Los transeúntes aplauden con euforia y agradecimiento, Liia aplaude. Todos preguntan por el método. Doble A no duda en explicarlo y todos marchan a sus casas para hacer prácticas.

Asumiendo el factor sorpresa: “inserción, de izquierda a derecha, hundir, retraer…”

El ejercicio se hizo un hábito. Las multitudes de turistas olvidaron sus visitas a la Sagrada Familia, al museo Picasso, a La Casa Batlló, al Parque Guëll para contemplar algo tan innovador.

La sobreexposición de sus miradas era un relato del temor que ellos mismos habían infringido.

Ahmed, Bahssin, Meriem… tenían las mismas características que sus compañeros de hurto. Sin embargo, sus últimos enfoques no eran parecidos. Algunos fueron más temerosos que otros. Al final de todo, ninguno demostró valentía.

Mientras tanto, los ciclistas, los operarios de la limpieza, los deportistas y visitantes retoman sus actividades sin más. Desde el fondo surge otra vez el sonido de la flauta, es la melodía de Tubular Bells de Mike Oldfield, pero el intérprete no se ha enterado de nada de lo que sucede, solo inhalar -exhalar, mover los dedos creando acordes para establecer el sonido cuando todo cae a pedazos a su alrededor.

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Un comentario sobre “Masacre. Creatividad en la esquina de la 203

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