C.VELARDE

22. DESCONFIANZA

LIVIA ALDAMA

Miércoles 15 de noviembre

9:01 hrs.

La actitud de Valentino Russo hacia mí fue abruptamente diferente durante las próximas dos semanas al día en que oficializamos mi incorporación como su asistente.

Había dejado de lado la pedantería, haciéndome olvidar la horrible primera impresión que tuve de él.

Constantemente comenzó a llamarme a su oficina para que le ayudara a preparar la redacción de algunos boletines de prensa que requerían más atención que las que solía redactar antes. De hecho, desde que tuve mi propia oficina, mi jefe me delegó una responsabilidad que era exclusivamente suya, que era la de autorizar comunicados de prensa elaborados por las secretarias. Los primeros días tuve bastantes dificultades con Catalina Ugarte, pues, con sus aires de grandeza y falta de humildad, creía que una chica como yo, que era más joven que ella, no era digna de ser la responsable de autorizar o no las redacciones que ella elaboraba.

Así que, puesto que estaba bastante harta de ella, un día hice a un lado mis códigos morales y falsifiqué una nota de prensa “firmada por ella” que por poco terminó con su carrera en La Sede, pues contenía información imprecisa que ponía en riesgo la credibilidad del partido. Catalina echó fuego, culpándome de hostigamiento y acoso laboral. Por fortuna, Valentino me dio mi lugar y puso un ultimátum a mi enemiga si continuaba generándome problemas. 

Por alguna extraña razón, ese gesto me humedeció las bragas.

Ese día martes, mi jefe entró de improviso a mi oficina rato después, diciéndome:

—Buenos días, Livia.

—Buenos días, Valentino.

—He recibido el reporte quincenal sobre puntualidad y asistencia del departamento, y me he dado cuenta que los últimos cinco días has llegado demasiado temprano.

Así que era eso. Aunque tuve mucha vergüenza se lo tuve que contar:

—Es que he querido avanzar en los prototipos de diseños que me encargaste. Y en mi casa no puedo aventajar mucho porque la computadora de mi novio es vieja y no soporta la versión del programa que necesito para diagramar las notas.

—Comprendo. Ya veremos cómo solucionar eso —me dijo con una sonrisa y salió.

Y vaya susto me llevé cuando esa misma tarde encontré una laptop Mac en mi escritorio, seguido de un mensaje que ponía:

Con cariño, Valentino.

Con los nervios de punta entré abruptamente a su despacho, llevando conmigo la computadora y le dije:

—Señor Russo, he encontrado esta laptop Mac en mi escrito y…

—¿Otra vez con eso de “señor”? —me dijo.

—Perdón —se me fue el aire.

—Quedas perdonada. Ahora sí, ¿qué problema hay con la computadora? ¿No te sirve? Digo, porque si no te sirve ahora mismo la tiramos por la ventana y te compro otra mejor.

—¡No! ¡No! —Dios mío, me sentía tan torpe hablando con ese hombre—. Quiero decir que… no entiendo muy bien a cuenta de qué me hace entrega de esta computadora, ¿debo de firmar algún documento por el alquiler de la misma?

—¿Alquiler? Qué va, señorita Aldama. La computadora es tuya, te la cabo de regalar.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¡Pero… ¿a cuenta de qué?!

—A cuenta de tu trabajo.

—¿Me rebajarán mensualmente un porcentaje de mi sueldo?

—No, por supuesto que no. Si pones atención, ni siquiera es nueva, aunque ya he pedido a Joaco —Se refería a Joaquín Armenteros, su guarura y chofer—, que borrara todos mis documentos que hubiera podido tener allí. Está en buenas condiciones porque apenas si la utilizaba. Así que nada, quédatela, que yo ya he mandado comprar una más nueva para mí.

—¿Quieres decir que… me estás regalando tu computadora personal? —No me lo podía creer—. ¡Con mayor razón, señ… es decir, Valentino, no, no y no! ¡Yo no la puedo aceptar!

Me sentía verdaderamente incómoda con esto, como una mendiga a la que han dado una migaja de pan al salir de una iglesia. Es verdad que necesitaba una computadora de tales características para desempeñarme mejor en mi trabajo, pero habría bastado si me prestaban alguna computadora que sobrara en área de sistemas, ¡no una computadora Mac, y mucho menos la suya, por Dios!

—Supuse que dirías eso —dedujo sereno, cruzándose de piernas. Era tan apuesto…—, así que te explico: esta Mac te la obsequio principalmente para que agilices tus tareas cómodamente, sin impedimentos y procurándote una excelente calidad laboral. Ergonomía, se llama. Además quiero que la recibas como un estímulo por tus años de trabajo (ya te dije que ni siquiera es nueva, aunque es del año), y que a su vez te sirva como un aliciente para continuar desempeñándote tan honesta y exitosamente como hasta ahora.   

—¡Pero debió de costarte carísima!

—Eso no es asunto tuyo.

—¡Es que es demasiado excesivo!

—Para mí nunca hay nada excesivo cuando se trata de satisfacer a todo lo mío.

¿Todo los suyo? ¿Qué había tratado de decirme con “todo lo mío”?

Mis ojos se clavaron en sus varoniles facciones y no pude evitar intimidarme. Su mirada era profunda, penetrante, caliente.

—Anda, mujer, llévatela y no me desaires, que  me sentiré terriblemente ofendido.

—En ese caso, gracias —le dije sonriéndole nerviosa—, prometo hacer un buen uso de ella.

Y vaya si lo hice.

—¡Mi amoraaa! ¿No me digas que ya le diste las nalgas? —me preguntó Leila cuando se lo conté.

—¡Leila, no inventes, por Dios! —Y le conté la justificación que me había dado mi jefe al entregármela.

—No, mi cielaaa, este lo que quiere es deslumbrarte para luego abrirte las piernas y darte caña hasta que te quede la panocha como cañería. El problema ahora será que tu Zanahorio no ponga grito en el cielo cuando se entere.

Esa noche trateé de

—¿Y eso? —me preguntó Jorge extrañado mientras se ponía la ropa de dormir, después de haber cenado.

—Es una computadora —le dije con una inocente sonrisa.

—Ya sé que es una computadora pero… ¿quién te la prestó? —se puso unos calcetines que ni siquiera eran pares y se tumbó en la cama, mientras yo permanecía en nuestro pequeño escritorio.

—Es… mía —respondí con una voz serena. 

—¿Una Mac? —se sorprendió, incorporándose—. Carajo, Livia, que son carísimas, ¿cuándo la compraste?

 —Me la dio… el departamento —Evité decir el nombre de Valentino para impedir que mi novio se hiciera ideas que no eran.

—¿El departamento?

Y le conté el problema que tenía con un programa de diseño que su vieja computadora no sostenía.

—… y en el departamento decidió que tenían… que darme una computadora cuyos recursos fueran capaces de agilizarme la vida.

—Bueno, Livia… pues vaya que te consintieron esta vez. —Sus ojos grises ora miraban mi cara, ora miraban la computadora.

Menos mal no me había preguntado por la caja y la factura, así que no vi mal ocultarle eso… que le tenía que ocultar.  Sin decir más, puso la cabeza en la almohada y se quedó dormido como un roble.

Mi intención era quedarme trabajando en mi nueva computadora un buen rato, así que la abrí a fin de bajar la información de la oficina que tenía puesta en la nube.

Menos mal que había evitado abrir la Mac con Jorge por ahí, o en ese rato me habría armado un escándalo preguntándome qué diablos hacía en el fondo de escritorio una imagen de Valentino Russo semidesnudo, como un dios griego, posando delante de un volvo negro.

 La boca se me secó

—Maldito Joaco —mascullé, pensando en que el muy torpe no había hecho correctamente lo que su jefe le había ordenado… ¿o sí?

Para corroborar que la computadora estuviera totalmente limpia de documentos importantes de mi jefe (pues era obvio que Joaco no la había restablecido a modo de fábrica) me fui directo a archivos, pero no había nada.

En seguida pulsé a “música” y sonreí al ver una lista de canciones de rap, rock y metal que sin duda eran del estilo de mi jefe.

Cuando me fui a “imágenes” los ojos por poco se me salieron de los cuencos al percatarme que había un montón de carpetas con fotografías suyas, de viajes, fiestas, autos, y de nuevo suyas en compañía de diferentes mujeres.

Tragando saliva y sintiendo un poco de calor eché un vistazo a Jorge justo cuando mi atención se centró en una extraña carpeta (que estaba dentro de una carpeta, y otra carpeta y otra subcarpeta) cuyo título era “XXX” y en cuyas previsualizaciones ya se mostraba algo… sumamente procaz.

Pudo más mi curiosidad y morbo que mi fuerza de voluntad. Por eso, con mis dedos temblando, di doble clic en la carpeta sólo para encontrarme con una serie de imágenes a cual más candente y pornográfica. Inhalé con fuerza, el corazón remeciendo y mis piernas vibrando.

En todas las fotos salía Valentino desnudo, en diferentes posturas y lugares. Ahora no lo estaba mirando con miedo y a hurtadillas desde la distancia, como aquella vez en su oficina, sino que esta vez tuve la posibilidad de contemplar hasta saciarme de su perfecto cuerpo, sus abdominales definidos, sus piernas trabajadas, sus potentes brazos, sus bíceps… todo de él. Pero, sobre todo, esta vez sí que tuve tiempo de sobra para detener mi mirada en la inmensidad de su longitud, cuyos planos lo mostraban en diferentes posiciones. Era más largo y curvado de lo que pensaba, grueso, venoso y con un glande colosal. Debajo de su enorme trozo de carne figuraban un par de redondos y desmesurados testículos que colgaban como dos trofeos que sólo pueden obtener las mujeres más… astutas.

Por lo demás, eran fotos bestiales, sórdidas e inefables, donde salía teniendo sexo con una mujer… con dos… ¡en tríos y hasta en orgías! ¡Por Dios Santo!

La adrenalina de ser descubierta por mi novio mirando esas imágenes tan obscenas me llenó de morbo y lascivia. Nunca antes había visto semejantes posturas sexuales, ni esos gestos de placer en las féminas mientras las penetraba. ¡Por Dios! Incluso había fotos donde aparecían mujeres con las piernas abiertas expulsando chorros de agua como si fuesen regaderas.

No me di cuenta que mis dedos se habían metido involuntariamente debajo de mi falda, entre los pliegues carnosos y ácueos de mi vulva, hasta que los sentí mojados y calientes, aunado a un débil jadeo que repercutió en mi garganta. 

El instinto me obligó a mirar todas las fotos, una a una, haciendo incluso acercamientos para estudiar con mayor meticulosidad escenas brutales que me tenían con el Jesús en la boca.  No hacía falta que hubiera movimientos, los gestos de las afortunadas chicas, hablaban por sí solas,

Esa noche tuve hambre de carne, de una barra de carne que fuera como esa. Tuve sed, de una sed que nunca se sacia ni aunque te bebieras el agua dulce de un río entero. Casi no pude dormir, me sentía pasmada, rara… deslumbrada.

—Buenos días, Livia, ¿ya usaste tu nueva computadora? —me preguntó el dueño de mis fantasías cuando se apareció en mi oficina con una sonrisa sardónica, y casi al instante me pregunté si acaso no había dejado esos imágenes intencionalmente en mi nueva computadora para… ¿para qué?—, ¿funciona todo bien con ella?

Mirándolo allí, tan real, tan hombre… tan viril… volví a mojar mis bragas. Tragué saliva, erguí mi espalda y lo miré a los ojos antes de responderle con firmeza:

—Funciona perfectamente.

JORGE SOTO

Jueves 15 de diciembre

02:33

Un día Livia se apareció con una Mac que dijo se la había obsequiado el departamento de prensa para uso profesional. Puesto que no era tan imbécil como suponía, a  mí me quedó claro que esa computadora de lujo era obra de Valentino, y no entendí por qué carajos lo hacía. ¿Para impresionarla? Para eso le valía y le sobraba con su puta musculatura, que estuve seguro, ella no dejaba de mirar discretamente todos los días.

No es que me molestara que Livy la hubiera recibido, pues lo merecía con creces, sino que Valentino hubiera tenido que ver con ello. ¿Así se preocupaba por todas sus empleadas o solamente por mi novia, que, además de ser su asistente personal, también era la más tetona y culona del departamento?

El simple hecho de saberlo tan cerca de mi Livia, asechándola, repasándole las nalgas y sus pechos, justo después de haberlo descubierto comiéndosela cínicamente con la mirada durante muchos días en que iba por mi novia a su nueva oficina y él estaba allí, me daba cabreo.

Mis celos se incrementaron a medida que las quejas de Livia respecto a su jefe se convirtieron en halagos. Y yo como pendejo oyendo cómo mi novia adulaba hasta el hartazgo a un imbécil que no tenía nada que ver con ella fuera de lo laboral.

Una tarde, a manera de broma, (y haciendo caso a las recomendaciones de mi amigo Pato) le hice saber a Livy que me incomodaban sus constantes adulaciones hacia ese cabrón, para lo que ella me respondió sin darle importancia:

“Serás bobo, pecosín. Una cosa es que lo admire y otra que me guste de otra forma.”

Por aquellas fechas lo único de lo que sí no me pude quejar fue de nuestro sexo, que se había vuelto incomparablemente morboso. Livia se entregaba más que otras veces, mostrándose cachonda ante mí; más suelta y atrevida, acomodándose en posturas en las que nunca habíamos follado.

“Leí sobre esta posición en el libro que me regalaste, bebé, y me gustaría probar” me dijo una noche nada más entrar al cuarto y verla a la mitad de la cama, a cuatro patas, con una minúscula tanga negra encajada en su culote casi partiéndola por mitad, y con sus adorables tetas aplastadas sobre una almohada. 

Recuerdo que esa vez ni siquiera tuve tiempo de quitarme la ropa, de lo caliente y duro que me puse al verla así, sumisa para mí. Incluso sentí que si no hacía nada para serenarme me correría. Así que no perdí el tiempo y me saqué la verga por la cremallera del pantalón de prisa, me puse un condón con la torpeza de un adolescente que cogerá a una hermosa hembra por primera vez y, por lo mojadita que ella se encontraba, se la metí entera de tajo, resbalándose hasta donde mi pelvis me lo permitió en medio de su apretadita rajita. Y así la penetré, con exultante lujuria, mientras Livia aullaba de placer.

Esos aullidos de loba en celo se repitieron las noches siguientes. Descubrimos que si la follaba en la posición de perrita mis penetraciones dolían menos (y duraba más) que cuando ella me montaba, pues yo detrás de sí, mirándole el culo desde arriba, podía tener mejor el control de las embestidas según la rapidez que me hiciera sentir mejor.

En noviembre las cosas en el sexo mejoraron sustancialmente, pero empeoraron en lo demás.  Sus horarios se volvieron más extensos. Había días que entraba más temprano y otros en que salía más tarde (y eso que ya tenía su propia Mac para trabajar desde casa). Y lo que más me intrigaba era que Livy no se quejara de sus excesos de trabajo como solía hacerlo en el pasado cuando todavía Valentino no estaba detrás de ella como lobo hambriento. Ahora más bien parecía disfrutar de sus horas extras y trabajos añadidos en su compañía.

Incluso Pato, que era discreto y respetuoso con mi relación, notaba cosas raras en nosotros:

“¿Y tú qué onda, pelirrojo? Ya van varios días que te veo medio rarón, medio estresadón y pensativo. Por cierto, también ya hace tiempo que en la salida no te acompaña Livia al aparcadero, ¿es que se sigue quedando tarde a trabajar?”

“Sí” le respondía con la boca amarga.

“¿Con Valentino?” me preguntaba con esa habilidad casi pragmática con que intentaba sembrarme dudas.

“Sí.”

“Okey.”

Con los días, lo que más me horrorizó fue que ya no hablara tanto de “Valentino” “Valentino” “Valentino”, sino que… después de una  noche en particular en que aparentemente “su flamante jefe” le pidió que lo acompañara a un coctel de noche donde se entrevistarían con un medio internacional… Livia ya no volvió a hablarme de él jamás, o al menos ya no con la asiduidad con que solía hacerlo.

    Allí entendí que habría preferido que hubiese continuado hablando de él en lugar de ahora que, prácticamente,  estaba a ciegas por completo. 

Recuerdo que esa misma noche, si bien no llegó tan tarde, sino más bien a las 11:50 de la noche, Livia estuvo bastante rara.

“¿Cómo te fue, princesita?”

“Bien, pero estoy cansada” respondió.

Se duchó, olvidó preguntarme si ya había cenado y se metió a la cama a dormir. Para mí resultó bastante raro porque Livia era de las que solía contarme con orgullo cada cosa que hacía, sobre todo cuando tenía que hacer diligencias con o sin Valentino fuera de La Sede. Me decía con quiénes se reunían, los chistes que se contaban y hasta las comidas u ocurrencias del estúpido de su jefe.

Pero esa noche no me dijo nada, ni al día siguiente ni después. De hecho, desde ese coctel, Livia tuvo incesantes jaquecas durante seis días seguidos que nos obligaron a permanecer en abstinencia sexual, sin olvidar lo doloroso que me supuso tener los huevos hinchados aguantando las ganas que tenía de follármela producto de lo sexy que le quedaba su preciosa lencería cuando le tocaba ponérsela, hasta que por fin ella se recuperó y volvimos hacer el amor.  

Una mañana de finales de noviembre, buscando entre sus cosas el cargador de su teléfono, pues el mío lo había olvidado en la oficina (y el que tenía en casa lo había mordido Bacteria), encontré en uno de los departamentos más escondidos de su bolso una hoja doblada que decía:

“Este recibo es por el pago de indulto y desaparición de documentos oficiales que acreditan la sanción por actos inmorales en el estacionamiento del “Restaurante Francés” llevados a cabo en el interior de un Ferrari Rojo de modelo reciente, propiedad del Lic. Valentino Russo Grijalba, con la siguiente matrícula; V12 LAFM.

Acuse expedido en la Ciudad de Monterrey, Nuevo León, México”

La brutal imagen de Livia y Valentino besándose como perros en celo, ella encima de él, enterrándose su verga en su estrecho coñito mojado, mientras él le devorara  la boca y amasaba sus enormes tetas con las manos en el interior de su Ferrari rojo me provocó vértigo, me tumbó en la silla del escritorio y me desquició.

—¿Qué chingados significa esto, Livia, carajo? —la encaré ardiendo en cólera cuando salió desnuda de la ducha. Antes era más pudorosa, aunque viviésemos juntos solía envolverse una toalla en el cuerpo. Ahora ya no, había perdido ese recato.  

Ella actuó con magistral desenvoltura cuando escuchó mi reclamo, mirando la hoja como si no supiera de lo que le hablaba, aun si le acababa de explicar que la había encontrado en su bolso. 

—¿Ahora te dedicas a esculcar mi bolso, Jorge?

—¡No te vayas por la tangente y respóndeme lo que te pregunto! —le extendí el acuse sobre la cara, las sienes palpitándome—, ¡es un recibo donde pone que han indultado el pago de una costosa multa por actos inmorales dentro de un vehículo en el aparcadero de un restaurante!

—¿Y…? —Livia se puso las manos en la cintura y me desafió, con las cejas enarcadas.

—¿Y? —repetí sin dar crédito a su cínica respuesta—, ¡que es el Ferrari de Valentino, Livia! 

—¿A mí qué me dices?

—¿Por qué lo tienes tú?

—¡Porque a mí me mandó a recogerlo ayer a las oficinas municipales!

—¿Y por qué lo multaron? ¿Con quién carajos estaba?

—¿Cómo se te ocurre que yo le voy a preguntar sobre sus asuntos personales, Jorge? ¿Estás loco?

El continuo cinismo de su voz me carcomía por dentro, como polillas en la madera.

—¡Es que mira la fecha, Livy, coincide con el día en que llegaste tarde… cuando te dio la jaqueca y…!

—¿Qué demonios estás insinuando, por Dios Santo? —gritó llevándose las manos a la cara—, ¿Que yo he estado haciendo cosas inmorales con mi jefe en el interior de su auto?

No supe que responder. Si le decía que sí, todo se iría al carajo. Si le decía que no, quedaría como un auténtico pendejo. Así que no dije ni una cosa ni otra y opté por responder:

—¡No estoy insinuando nada, Livia, sólo estoy diciendo lo raro que me resulta todo esto!

—¡Estás enfermo! ¡Estás operado del cerebro!

—¡Tampoco me ofendas!

—¡El que me está ofendiendo eres tú, majadero! —rompió a llorar con amargura—, ¡yo matándome en mi trabajo, sacrificando el tiempo que ya no paso contigo, para tener más dinero, para comprar nuestra casa como es nuestro sueño! ¿Y tú qué es lo primero que me dices? ¡Que soy una cualquiera que está de amante con su jefe!

—¡Yo no he dicho eso, Livy!

—¡Lo estás insinuando, y es lo mismo!

—¡Tampoco es para que te pongas así! —intenté acercarme a ella para tranquilizarla, pero me rechazó. 

Los raudales de llanto eran escandalosos y se clavaron en mi cabeza, que ya me empezaba a doler.

—¡Pídeme perdón por semejante falta de respeto hacia mi persona, Jorge! —me exigió entre gimoteos, yéndose al armario para cambiarse.

—¡Livia, yo…!

—¡Pídeme perdón o no me dirijas la palabra hasta que haya olvidado semejante humillación!

—¡Pero princesita, yo sólo decí…!

—¡Está bien, Jorge, ya entendí! Salte del cuarto que me voy a cambiar.

—Livi…

—¡Salte, te digo, o me salgo yo!

Al final ninguno de los dos se salió, porque terminé pidiéndole perdón y ella perdonándome a fuerza de insistir. Le pedí perdón no porque hubiera creído en su excusa, sino porque no estaba preparado para verla llorar ni gritar de esa manera.

Bastante tenía con el trauma con el que había crecido a causa de mi hermana como para ahora tener que padecer nuevos episodios de histeria protagonizados por mi mujer.

Y mientras tanto, ahí estaba ese quince de diciembre yo, recordando cosas, embriagado, esperando que Livia llegara para iniciar una nueva discusión.

Encima… lo peor apenas estaba por venir. 

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