BELLA PERRIX

Estos textos no se deben leer ni escribir en el trabajo. Y lo sabes.

Esos pantalones de algodón verde militar alcanzan la perfección al llegar a su culo: dos cúpulas de proporciones perfectas que sobresalen suaves y turgentes de una forma que sólo el contacto directo de la piel puede conseguir. A contraluz se intuye la tela más fina y apetitosa que un hombre puede imaginar entre dos nalgas. Un diminuto trozo de ropa interior triangular e impregnado de un aroma que me vuelve loco. Me encantaría ver cómo se las quita: sus manos tirando de los costados, la raya de su culo alargándose y el centro de la prenda quedando atrapado y mordido por los labios de su sexo mientras lo mojan con su saliva espesa y resbaladiza. Y luego se agacharía para acompañarlas hasta sus pies, y su oscuro interior iría apareciendo ante mis ojos arrugado y cerrado como el pitorro de un globo pero apetitoso como un cargamento de marisco…

Y ahí se acaba.

No puedo creerme lo que leo en la pantalla de ese ordenador. No tengo que mirarme. Ya sé de qué color son los pantalones que llevo y de qué tipo es mi ropa interior. Ya sé que esa soy yo.

Pasados los primeros instantes de sorpresa me descubro nerviosa, acalorada y con las axilas y la espalda recubiertas de un sudor frío.

Vuelvo a mi sitio pero no puedo pensar en otra cosa: ¿cómo puede hacer esto en horas de trabajo?

De reojo veo cómo él vuelve a su sitio y, cómo si nada, se pone a teclear.

Nuestras miradas se cruzan y él me saluda con una sonrisa en sus labios. Yo correspondo y vuelvo a enterrarme tras la muralla de mi monitor. Instintivamente cierro mis piernas y me remuevo incómoda.

Llega la hora de comer y me quedo a solas en la oficina. Ocupo su sitio y enciendo la pantalla. Me alegro que nadie cumpla las órdenes de cerrar sesión en los ordenadores al mediodía y abro el procesador de textos. Enseguida encuentro el documento en el listado de archivos recientes: «esos pantalones de algodón verde militar».

El tanga se enrolla en sus tobillos con la consistencia de un pañuelo con el que acabas de secarte el sudor. Sus pies se separan y su cuerpo se deja caer hacia delante. Entre sus nalgas aparecen sus dedos surfeando sobre un mar de pelos rizados yendo y viniendo lentamente hasta conseguir que ese mar se abra y se convierta en una tierra fértil, rosa y alargada. Mientras el dedo abre surcos en ella, me mira a los ojos. Yo le sonrío y le pido que continúe. Ella me devuelve la sonrisa, tanto por arriba como por abajo.

-«Cabrón»- pienso mientras recuerdo la falsa sonrisa que le he devuelto y que ha ensuciado utilizándola en su repugnante escrito. Eso es lo que pienso pero también es cierto que, ahora mismo, sonrío tanto por arriba como por abajo.

Yo me acerco y recojo el tanga. Desde ahí abajo sus piernas de marfil se alargan hasta el cielo. Sí, un cielo oscuro que amenaza tormenta. Oliendo su tanga miraría todo su cielo desde la mejor perspectiva posible: su selva frondosa y enmarañada rodeando un valle profundo y con clima propio. Y el espejismo de su culo rodeado de piel oscura y yerma donde no crece ni un pelo. Huelo el paraíso manchado y me entra un hambre lobuna…

Y ahí vuelven a acabarse sus aportaciones post-café. Miro alrededor y empiezo a teclear.

Sí, llevo tanga. Sí, te volvería loco pero ni es un paraíso y mucho menos está manchado. Entiendo que te pongas cachondo mirando e imaginando esas cosas, pero no entiendo que lo escribas en horas de trabajo… Hazlo en tu casa… Y me lo mandas por mail. Me lo llevaré a casa y me desnudaré. Si lo haces bien me tocaré estirada en la cama con mi tanga bien metido en mi «tierra fértil, rosa y alargada» y lo estiraré con cuidado arando entre mis labios asegurándome de dejarlo bien impregnado de mi aroma, y me meteré un dedo mientras me acaricio el clítoris y luego dos. Los meteré y sacaré miles de veces como si fuera tu polla. Luego los sacaría bien lubricados y bajaría hasta mi ano. Lo rodearía y apretaría. Y quizás, sólo quizás, si lo haces muy bien me correré imaginando que es tu polla la que me abre el pitorro del globo una y otra vez haciéndome gritar, sacudiendo todo mi cuerpo con tus embestidas. Y una vez que me llenes el culo con tu leche dejaré que me chupes todos mis agujeros lentamente, yendo de abajo a arriba pasando del coño al culo una y otra vez hasta que los dejes relucientes y preparados para volver a empezar.

Y si haces todo esto, entonces encontrarás un regalo en el cajón de tu mesa. Algo que te vuelve loco y que estará usado, muy usado y manchado. Y, entonces, seguro que olerá a mí. Mucho. Y con ese olor anclado en tus fosas nasales quiero que me lo describas y que te pajees hasta correrte en ellas. Después me las dejarás en mi mesa con la descripción de ese olor… Pero, recuerda, como vuelvas a perder un solo minuto de trabajo en eso te vas de patitas a la calle.

Se despide tu jefa.

Bella.

@BellaPerrix

Un comentario sobre “Fantasías en horas de trabajo

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