HANSBERVILLE

CENA DE NAVIDAD

Esto pasó hace escasos días, durante la última cena de navidad de mi empresa pero se venía fraguando desde este verano. Así que será mejor comenzar por el principio. Trabajo en una empresa de mensajería en la delegación de Sevilla. Durante la jornada laboral visito a multitud de empresas y oficinas lo que, después de varios años, hace que conozca a mucha gente. No es que haya confianza pues al fin y al cabo nuestra relación es meramente profesional. Algún saludo efusivo, bromista o simplemente cordial dependiendo de mi interlocutor.

Entre las empresas de mi ruta tenía una gran empresa que recibía paquetería a diario. Mi trato era directamente con el departamento de administración donde trabajaban unas 10 personas, entre recepcionistas, informáticos y administrativos. La mayoría eran mujeres por lo que, siempre que el volumen de trabajo me lo permitía, me tomaba un café. Siempre había alguna que se acercaba y daba más juego que otra. En especial Teresa, una cincuentona de muy buen ver que no perdía la ocasión para intercambiar bromas subidas de tono. Ella se sentía «protegida» por el resto de compañeras y siempre trataba de ruborizarme. Reconozco que alguna vez lo consiguió y era algo que me excitaba. En el lado contrario había otras mucho más discretas, mujeres que se camuflaban en la manada para reírse sin llamar la atención.

Este verano, mi pareja y yo, pasamos una semana de vacaciones en la playa. Dejamos a los críos con los abuelos y disfrutamos de 7 días para nosotros. Uno de los días decidimos ir a una playa nudista. En nuestra juventud habíamos sido asiduos pero hacía años que no lucíamos cuerpo al sol. Llegamos a medio día. La playa estaba con poca gente como suele ser habitual en la zona. Tras de un chapuzón nos tumbamos al sol, vuelta y vuelta. Después de un rato habíamos dormitando. El rumor de las olas rompiendo suavemente en la orilla. La leve brisa acariciando nuestra piel caliente bajo el sol. La sensación era de lo más agradable. Cuando despertamos comprobamos que había llegado una pareja. No prestamos atención, así que nos pusimos de pie y nos fuimos al agua. Nos refrescamos un poco y nos fuimos a pasear por la orilla.

A la vuelta vi que la pareja vecina se dirigía al agua con lo que nos cruzaríamos en un punto determinado. Él era un tipo normal, metido en la cuarentena como yo, asomaba algo de barriguita, una incipiente alopecia y una polla estándar. Su cuerpo estaba cubierto de vello que si bien no lo convertía en un «oso» no era lo más estético para lucir desnudo playero. Ella era otra cosa. De nuestra misma edad, su cuerpo no estaba nada mal. Dos magníficas tetas que sin ser demasiado grandes estaban perfectamente proporcionadas en su metro sesenta, sin apenas barriga. Y un coñito cubierto por una morbosa capa de vello negro perfectamente triangulado. Su cara tenía una belleza discreta que, a medida de nos acercábamos, me empezaba a resultar familiar. No podía ser. En el momento en que nos cruzamos nuestras miradas se quedaron enganchadas. Nos conocíamos. Ella era Marisa, una de aquellas administrativas discretas que reían las bromas de la descarada Teresa. No sabíamos cómo actuar. Con una sonrisa nerviosa y frases entrecortadas nos saludamos dándonos dos besos en la mejilla. Nuestros cuerpos desnudos se tocaron. Las tetas de Marisa, con unos preciosos pezones puntiagudos morbosamente endurecidos se clavaron en mi torso. Mi polla, que a estas alturas estaba algo más que morcillona, tocó su barriga. Incluso los vellos púbicos de la mujer tocaron mi pierna. Nuestras parejas, que no se conocían, estaban un poco descolocados.

Y es que la situación era muy difícil de explicar. La imagen de ver a una conocida (en mi caso), totalmente desnuda cuando a diario la veía con un aburrido uniforme corporativo que disimulaba a la perfección aquella hermosa feminidad, era muy morboso. Después de aquel torpe saludo cada uno seguimos en nuestra dirección. Ellos al agua, nosotros a nuestras toallas. Lo más difícil de explicar no fue de qué conocía a Marisa sino por qué lucía una tremenda erección. Mi pareja no dijo nada pero su cara cambió por completo. Enmudeció durante toda la tarde y camuflada tras unas gafas de sol pasó el resto del día tomado el sol. En mi caso, disimuladamente miraba a la pareja vecina donde Marisa le daba charla a su marido con constantes caricias, imagino que para evitar un interrogatorio.

En septiembre, de vuelta al trabajo, volví a coincidir con Marisa en el departamento de administración de su empresa. Teresa siguió haciendo sus bromas y arrancando las risas de sus compañeras, incluida Marisa. Pero yo ya no veía a ésta como la mujer discreta de antes. La había visto desnuda y estaba muy buena. Era una tía que lejos de aquella oficina lucía orgullosa un muy buen cuerpo de cuarentañera. Nunca dijimos nada de lo sucedido en verano en la playa nudista. Supongo que aquello sería un secreto para los dos (y nuestras parejas).

Durante los siguientes meses seguimos coincidiendo en la oficina. Cruzábamos miradas morbosas. Aquel encuentro fortuito en la playa nudista había cambiado mi concepto de Marisa. La había convertido en una de esas imágenes recurrentes para pajearme. Aquellas tetas preciosas y sobre todo ese coño peludo me había vuelto loco. Incluso algún polvo a mi mujer le eché pensando que era a Marisa a quién le clavaba la polla. Y así llegamos a diciembre.

El pasado día 19, mi empresa de mensajería organizaba la cena de navidad. Este año, en vez de juntarnos los trabajadores de todas las delegaciones se hizo de manera independiente. En nuestra oficina éramos 6, así que no tuvimos problemas para encontrar un hueco en un restaurante donde ya tenían reservas para otras más multitudinarias. Casualidades de la vida, fuimos a parar al mismo donde la empresa de Marisa organizaba la suya. Ellos eran casi 50 personas. La cena discurrió con cierta normalidad, al menos en nuestra mesa porque lo que era en la de administración la cosa era diferente. Teresa tomo el mando de operaciones y comenzó con sus bromas provocando las risas de todos. Con el paso de la cena el alcohol comenzó a subir muy por encima de los niveles de la prudencia y a diluir las vergüenzas. Los 6 compañeros de mi empresa fuimos invitados a unirnos a la mesa de las administrativas intercambiando bromas. Copas, risas, miradas. Antes de salir todos juntos a un conocido bar de moda de la noche sevillana.

Con la música alta, Marisa, que para entonces había bebido mucho más de la cuenta, hablaba a gritos. Bailamos, nos rozamos y reímos. Teresa se dio cuenta de nuestro acercamiento y no le pasó desapercibido:

-Muy juntos estáis vosotros dos….

-Sí yo te contara, Teresa…. -Marisa había perdido cualquier indicio de prudencia.

Teresa la miró con media sonrisa y su compañera le guiñó un ojo. Me agarró del brazo y junto a la otra mujer formó un pequeño corro:

-Tere, ¿sabes que este verano este tío y yo coincidimos en una playa nudista? -Teresa nos miró y rió a carcajadas.

Marisa asintió con la cabeza de manera exagerada antes de soltar una bomba:

-Y tiene un pedazo de rabo….

Teresa me miró con cara morbosa y Marisa terminó de rematar su confesión:

-Sí no hubiese estado con mi marido se lo hubiese comido allí, delante de su mujer y todo….

En ese momento tuve una sensación a medio camino entre el orgullo y la vergüenza:

-Así que además de estar muy bueno calzas bien…. interesante… muy interesante… -Teresa con su habitual ambigüedad nunca dejaba claro qué decía en broma y qué en serio.

Marisa me miró fijamente y me dedicó un gesto «obsceno». Se llevó el puño a su boca de manera repetida mientras hacía pasar su lengua por el interior de su moflete simulando una mamada. Solo pude mirarlas y sonreír. Me sentía superado por la situación:

-¿Qué tomáis? -Invitarlas a una ronda fue la única forma que se me ocurrió para salir del atolladero.

Volvimos a bailar y a reír. Alternamos con más gente. Mis compañeros, las suyas. Chistes, bromas y Teresa con su desenfado habitual haciendo gracias con todo el mundo. Poco a poco fue pasando el tiempo y se fueron yendo muchos de los asistentes. Sobre las 4 de la madrugada nos empezaron a echar del bar. Las últimas administrativas fueron ubicándose en un par de taxis para volver a sus respectivas casas. Yo había bajado en mi coche. Mi oportunidad llegó cuando Teresa (supongo que previamente pactado) me comentó si no me importaba llevar a Marisa a su casa ya que caía en un ruta opuesta a la del resto de administrativas. Por supuesto, yo estaba encantado.

Nos dirigimos andando hasta el parking donde estaba mi coche. Por el camino no dejábamos de reír recordando distintos momentos de la noche. Un par de veces la mujer se agarró a mí para no caer después de soltar una carcajada. Pagué y nos metimos en mi coche. No pude aguantar más y se lo solté:

-Así que me hubieses comido la polla.

Ella me miró torciendo la cabeza y media sonrisa:

-¿No te gustaron mis tetas? ¿Y mi coño?

-La verdad es que estás muy buena. Tienes un desnudo magnífico. Y yo te hubiese comido el coño también.

Marisa suspiró. Se giró hacia mí y me agarró el paquete, que a estas alturas abultaba más de lo debido bajo mi pantalón:

-¿Y ahora qué hacemos?

Acerqué mi boca a la suya y la besé. Ella se dejó meter la lengua hasta dentro. Su boca sabía a alcohol, a morbo. Me agarró la nuca para apretar mi cabeza contra la suya:

-Vamos a un descampado a follar. -Marisa estaba decidida a probar mi rabo.

Salí del parking en el centro y en pocos minutos estaba en el campo de la feria, el recinto de la Feria de abril, donde cada fin de semana se acumulan coches de jóvenes parejas para follar. Aparqué y nos miramos. Marisa se tiró a por mí para besarme. Nuestras manos recorrían los cuerpos calientes y deseosos de sexo. La mano de la mujer manipuló la bragueta de mi pantalón para liberar esa polla que con tantas ganas la había dejado meses antes en la playa:

-Joder, cabrón, vaya pedazo de polla…

Marisa se recreó acariciando mi rabo. Su mano subía y bajaba la piel liberando un capullo gordo, de color rojo intenso:

-Cabezona como a mí me gustan, mmmm

La mujer se inclinó sobre mi entrepierna y se la fue introduciendo lentamente. Sentía como se derretía en su boca. Con esfuerzo logro encajarla en su garganta. Su respiración era forzada cuando comenzó a sacarla. Se la sacó entera, tiró de la piel hasta dejar el capullo totalmente fuera. Luego escupió y comenzó una mamada brutal. Su cabeza se movía a una velocidad impresionante. Prácticamente me estaba follando la polla con la boca:

-Sí, joder. Qué bien la mamas, hija de puta.

La administrativa me miró a los ojos sin dejar de pajearme:

-¿Te gusta como te la chupo? Me moría de ganas, cabrón.

Durante 10 minutos la mujer se empleó a fondo. Pasaba la lengua desde los huevos hasta la punta. Me los comía al tiempo que me pajeaba para después cerrar los labios en torno al capullo y comenzar a metérsela dentro. Estaba recibiendo una de las mejores mamadas de mi vida. Mezcla de la técnica de ella y del morbo que me producía la situación. Era la primera vez que le era infiel a mi mujer.

Antes de correrme paró. Se incorporó y, subiéndose la falda de cuero negra que llevaba, se sentó a horcajadas sobre mi regazo. Reclinando el respaldo le dejé espacio para maniobrar. De una manera muy sensual se quitó la camisa dejándome a la vista sus maravillosas tetas aún tapadas por un precioso sujetador de encajes negro.

Con un hábil movimiento de dedos liberé las tetas que no dudé en comerme. Lamí sus pezones. Los succioné mientras con una mano pellizcaba el otro arrancando suspiros y gemidos de placer de Marisa:

-Sigue cabrón, cómeme las tetas.

Acaté las órdenes sin rechistar. Estaba impresionado con la actitud de esta administrativa que se mostraba tan recatada en la oficina. Nunca imaginé que fuera una fiera sexual. De repente me colocó las manos en el torso deteniéndome. Ella misma se rompió las medias a la altura de la entrepierna y retirándose el tanga a un lado me dejó ver una mata de vello negro que se abría justo a la mitad donde asomaban unos rosados labios interiores. Se frotó la cabeza de mi polla entre sus babosos labios antes de dejarse caer y empalmarme ella sola. Un grito casi animal en el momento de sentir como mi polla le llegaba hasta lo más profundo de su vagina:

-Aaaaggggg, dios, me llega hasta el fondo joder.

Se lanzó a comerme la boca y comenzó a botar lentamente sobre mi polla. Sintiendo como mi rabo la ocupaba entera. Yo sentía sus pelos rozar sobre mi pubis. El calor de su coño era tremendo y se abrazaba al tronco de mi polla de manera excitante. Poco a poco la administrativa aumentó el ritmo de la cabalgada entre gemidos y suspiros de ambos. Yo le agarraba las nalgas y se las apretaba hasta que le anuncie que me iba a correr:

-No te salgas. Córrete dentro que no hay peligro.

Dicho esto, el aumento del ritmo y el morbo de la situación me llevaron a un espectacular orgasmo que ella acompañó haciéndose un dedo al tiempo que se empalada con mi polla. Varios chorros de leche caliente inundaron su coño. Ella se corrió sobre mí rabo y una mezcla de fluidos de ambos comenzó a resbalar desde su coño con los últimos puntazos. Sentí como se manchaban mis muslos e incluso la tapicería del asiento. Marisa cayó rendida sobre mí y durante unos minutos permanecimos agarrados, en silencio, disfrutando del polvazo que acabábamos de echar.

Media hora después, y tras limpiarnos un poco con unas toallitas que ella llevaba en el bolso nos dispusimos a irnos. Unos 20 minutos después me estaba despidiendo de Marisa aparcado bajo el edificio donde vivía. Antes de salir me dio un pico y quedamos en vernos en el trabajo. Volví a mi casa con una sensación muy extraña. Por un lado la satisfacción que deja haber echado un polvazo y por otro la sensación de culpabilidad de haber engañado a mi mujer. Por supuesto no le diría nada. Esto había sido una cana al aire que no se volvería a repetir. Por fin me metí en la cama junto a mi mujer. El sonido del móvil al recibir un WhatsApp hizo que abriese los ojos de nuevo. Era de Marisa…

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