MARCELA VARGAS

El saber en fotos

Ella apagó la computadora de escritorio que estaba al lado de muchas otras máquinas similares. En su mochila dorada guardó un cuaderno grueso con huellas de antigua humedad. Se dirigió a la puerta para irse, puesto que ya había cumplido con su jornada laboral. La joven de 20 años trabajaba en el lugar desde hacía poco tiempo. Se despidió de sus compañeros de forma general, algunos de los cuales se quedaron hablando un rato más, y comenzó a salir. En eso estaba cuando una colega la llamó:

—Rebeca, te olvidás un libro sobre un curso de fotografía.

La susodicha retornó y se lo agradeció.

—¿Estás haciendo un curso de fotografía? —le interrogó uno de los periodistas.

—Sí, por si en algún momento lo necesito.

La decisión de la joven tenía su origen en la semana anterior, cuando la jefa le impidió la publicación de una nota importante por no tener imágenes de calidad. Para ello, era menester contar con el servicio de la fotógrafa de la empresa, pero no estaba disponible. Además, el medio no poseía otros profesionales del rubro y no pensaba contratar más.

—Parece que te quieren serruchar el piso, querida. Y con esos ojazos marrones y sonrisa compradora e inamovible, quién iba a creer  —le dijo el hombre a la fotógrafa, quien también se encontraba en el lugar. Esta y todos los demás presentes carcajearon.

—No, no es así. Simplemente quiero estar preparada por si hace falta. También me gustaría adentrarme en otros temas para abordar mejor los hechos, contarlos con una óptica más amplia —explicó Rebeca y dirigió una mirada exploratoria a sus compañeros con la expectativa de que, quizá, iniciaran una conversación teórica sobre el trabajo periodístico.

—Ya sabemos, es un chiste nomás. Mirá, si ya te graduaste y tenés trabajo, deberías tomarte las cosas con más calma —dijo el periodista. —¡Parecés una máquina! No digo que esté mal, pero apenas tenemos tiempo para comer y dormir.

 El rictus risueño de la joven comenzó a difuminarse.

—Mejor para mí que haya alguien más que tome las fotos. Mucho trabajo por tan poca plata —enfatizó la fotógrafa.

—Y no alcanza el tiempo, además. Encima, Rebeca quiere seguir estudiando para “informar mejor”. Cuando trabajaste en los medios de la otra ciudad, ¿no aprendiste que no podemos ser especialistas en todo?

Rebeca levantó las cejas y abrió la boca por un milisegundo ante la pregunta por sus antiguos empleos. Luego, volvió a sonreír.

—Creo que es una gran responsabilidad dar información a la gente, por eso quiero hacerlo lo mejor posible. Pero no hace falta que yo se los diga, siempre admiré la forma de escribir de ustedes; desde que era estudiante de periodismo, mi objetivo era estar aquí…

La conversación cesó cuando se materializó en el espacio Valeria, una dama alta y pelirroja, de 50 años. Se trataba de la jefa de redacción de Periociudad.

—Ya se pueden ir, si quieren —les dijo, al notar que todavía permanecían en el lugar después de horario. —Rebeca, ¿eso que tenés ahí es un libro de fotografía? Así que estás aprendiendo. ¡Excelente! Nos encanta la gente con muchas habilidades.

—¡Gracias! —expresó la aludida y alisó el frizz de su cabello ondulado al ver que se lo miraba.

—Hubieses escondido eso, Rebeca. Ahora te van a exigir más todavía —dijo una de las periodistas tras la ausencia de la superior.

—Pero si eso es lo que la joven Rebeca quiere. Valeria y, sobre todo Omar, la ponen a prueba y ella ni siquiera se enoja. Nada le molesta. ¡Es una máquina! —se burló el colega.

—Bueno, basta —dijo otra mujer. —Cuando hablan así, hacen parecer como que es un total sufrimiento estar acá, y la verdad es que todos los trabajos tienen su lado positivo y su lado negativo. Además, se nota que a Rebeca le gusta este lugar.

Anochecía, y en el camino de regreso a casa, Rebeca iba pensando en la consigna que puso Valeria para el suplemento del próximo domingo, llamado Periociudad Cultural. Es que la joven entregaba semanalmente un texto para dicha publicación, además de escribir a diario para el periódico en general. La jefa, temprano por la mañana, le había pedido una crónica sobre el festejo del aniversario de la biblioteca popular de la ciudad. Rebeca conocía a un bibliotecario que trabajaba en el lugar, ya que ella solía ir allí, pues prefería eso a investigar en internet -aunque lo hacía si no tenía más remedio. Asimismo, le gustaba salir y observar todo lo que ocurría en el trayecto hacia la biblioteca. Así que consideraba que no le sería difícil escribir esa crónica.

En tanto, hizo un repaso mental de los otros hechos del lunes que le tocó vivir en el diario. Omar, el hijo de Valeria, también era periodista en el mismo medio de comunicación. Tenía 30 años y se le ocurrió copiar la altura, los ojos verdes y el cabello cobrizo de la madre. Sin embargo, se olvidó de lo más importante: el sentido de trabajo y de compañerismo. De hecho, su única tarea consistía en modificar las numerosas gacetillas de prensa que llegaban al correo electrónico de la empresa, pero él, que tenía su propia oficina separada de la sala de redacción, enviaba la gran mayoría a los colegas más trabajadores, a quienes tomaba por tontos. Ese día se le ocurrió directamente mandárselas todas a Rebeca, a quien toleraba poco. Luego de que ella los hubiera adaptado al estilo del medio, Omar cambió los títulos que ella había puesto y le dijo, mofándose:

—Ojalá tus titulares fueran tan lindos como vos, pero parece que hay que enseñarte a escribir a estas alturas.

—Me encantará aprender de su escritura —le contestó la joven con su sonrisa acostumbrada.

Omar también recordó la escena. Ante la contestación de la moza, había pensado: “Estás diciendo que no escribo”, y se había puesto serio. Tampoco le gustaba que ella lo tratara de usted. “Cuidado con lo que decís, sonrisita de robot”, la había amenazado en su mente.

Tras dejar de lado la rememoración de dicho diálogo con el “desagradable” de Omar, la chica se preguntó por qué su otro compañero se interesó por sus antiguos trabajos. En ellos había aprendido mucho, pero su meta siempre fue Periociudad. La imagen que tenía de allí era la de un lugar donde de verdad se podía servir a los ciudadanos con trabajo de calidad. Al menos, eso es lo que la firma mostró siempre y lo que ella veía hasta ahora. Por eso le resultó extraño que ese colega, un hombre con una gran trayectoria en el lugar y en el campo de la comunicación, le recomendara no abocarse a la capacitación continua. Se suponía que se dedicaba a informar por vocación. Además, ella no quería hablar de sus antecedentes laborales. No quería hablar de sí misma. Solo deseaba olvidarse de sí misma y enfocarse en los demás. “Ser un medio y no un fin”, manifestó en su interior.

Era martes por la mañana, una jornada soleada de otoño. La fiesta por el nuevo aniversario de la biblioteca popular se realizaba en un espacio verde cercano al establecimiento. Allí, corrían niños, habían instalado mesas pequeñas de madera con libros infantiles y un sector para los demás públicos. También realizaban juegos. Se apreciaba una gran cantidad de participantes de todas las edades. Cuando hubo llegado, Rebeca se acercó al bibliotecario Octavio, de unos 50 años, con quien concertó una entrevista. Se presentó, mientras que la fotógrafa comenzó a recorrer el lugar para capturar las mejores imágenes.

La joven, que ya había hecho un bosquejo de las preguntas y se lo llevó por si acaso en su cuaderno antiguo, encendió la grabadora y comenzó a interrogar. Sabía, casi de forma inconsciente, que no le haría falta la guía porque era asidua a la biblioteca, por lo cual conocía todas las respuestas que le daría Octavio. De hecho, ella sentía que podía escribir la crónica sin siquiera ir a los lugares ni hablar con nadie. Le podría pedir a la fotógrafa que hiciera su parte y listo. Por ello, sentía una necesidad exacerbada de preguntarle lo que se le venía a la cabeza así, sin más. Sin embargo, se obligó a, primero, averiguar sobre la historia de la biblioteca. Luego, a anotar las preguntas que le resultaban obvias y a quiénes recurriría. “No es bueno dar todo por hecho o por sabido”, se tuvo que repetir. “Pues así puede pasar que comience a dormirme en los laureles”.

En la mente oculta bajo los cabellos ondulados y oscuros de Rebeca se ordenaban en fila las preguntas de su cuaderno. Primero, indagar sobre los comienzos de la biblioteca. (Hacía poco más de 50 años). Sus objetivos y si estos se cumplen (buscaban promover la lectoescritura, la cultura y dar a conocer la historia de la ciudad, entre sus metas más importantes. Creería que sí se cumplían, solo que quizá necesiten más apoyo o realizar actividades más efectivas). Luego, cuál es el público destinatario y si efectivamente asiste ese público o no (suelen asistir estudiantes de secundaria, investigadores académicos, adultos mayores). Y ese público, ¿qué es lo que busca? (generalmente, manuales de distintas materias, diccionarios, periódicos, revistas, libros literarios y de no ficción). Se podría también preguntar qué tipos de libros ofrecen y cuál es la modalidad (justamente, prestan todo el material mencionado y más. Se solicita al bibliotecario alguno en específico, se firma una planilla y se ingresa a la sala. También se puede asociar pagando un costo mensual y, en este caso, se pueden llevar los libros a la casa durante un tiempo). También si cuentan con otros servicios adicionales como talleres o cursos (la respuesta aquí es afirmativa), si cabe preguntar cómo se sustentan y cuáles son los requisitos para asociarse. No olvidar el horario de atención. En cuanto al aniversario, qué actividades estaban realizando para recordarlo.

Todo resultaba tal y como ella lo esperaba, cuando llegó a la pregunta económica.

—Bueno, eso es lo más difícil. Por eso hace rato que estamos vendiendo rifas, cobrando los cursos y tuvimos que aumentar los costos de la membresía. Inclusive, hace poco convocamos a una protesta mediante las redes sociales porque recortaron los subsidios a las bibliotecas y tenemos varios bibliotecarios con familias que dependen de este trabajo… ¿No te enteraste? No tenía idea de que vos trabajás en Periociudad. Si hubiésemos sabido antes, te avisábamos para que cubras. Solo un medio desconocido estuvo ahí.

Rebeca tenía los ojos que se le salían por las cuencas.

—¡No lo sabía! Mejor dicho, no me había fijado.

—Varios de nosotros ya tenemos un trabajo en otros lados, pero los más jóvenes no. Por eso, parte de su sueldo lo pagamos nosotros con el nuestro y el resto es con ese subsidio. Si esto sigue así, es probable que esos jóvenes se queden sin trabajo porque lo que recaudamos con los cursos y las rifas no es suficiente para pagarles salarios. Ni hablar de que tenemos que hacer mantenimiento de las instalaciones y de todos los libros y ello requiere de tiempo, que no vamos a tener si ellos se van; y dinero, que esperamos recabar para no tener que depender tanto de ese subsidio escaso. Estamos luchando porque no queremos cerrar las puertas de ninguna manera, imagínate. Si se cierra esto se pierde gran parte del patrimonio cultural de esta ciudad. Pues ahí tenemos archivos antiquísimos, libros que no hay en ninguna otra parte. ¿Y cómo vamos a mantenerlos? Eso es un trabajo permanente.

Rebeca culminó con la entrevista y se dirigió a hablar con otros dos bibliotecarios cuyo trabajo corría riesgo. Recorrió el espacio verde y su mirada entusiasta se detuvo en la cantidad de niños, jóvenes y adultos que tomaban contacto con los libros, que dejaban un rato de lado las nuevas tecnologías para, todavía, dedicar su tiempo a las páginas impresas. Habló con dos personas más del público, hasta que se le acercó la fotógrafa.

—Bueno, Rebeca, ¿ya nos vamos? Estuvimos más tiempo del debido por acá. Terminé de sacar las fotos hace como hora y media y vos seguías con las entrevistas.

—Perdón, es que tenía que hablar sí o sí con esas personas. ¿Me mostrás las fotos? Un ratito y ya nos vamos.

La joven le acercó la cámara digital. Cuando hubo terminado de revisarla, Rebeca le pidió por favor que también tomara imágenes de los carteles que rezaban: “¡No al recorte de subsidios!”, “Rifas colaboración con la Biblioteca Popular de la ciudad”, “No dejemos atrás nuestra historia”, entre otros.

—Rebeca. Te llamé porque quiero hablar con vos sobre la crónica —le dijo Valeria. Estaba sentada en su oficina, con los pelos de punta. Ojeras violetas remarcaban sus ojos verdes.

—Mirá, vos ya tenías un tema, que era el aniversario de la biblioteca. Pero acá le agregaste mucha más información. Vos te tenías que limitar a eso, no a hablar de los problemas económicos que está teniendo. Eso ahora no interesa, así que recortálo antes de que se entregue al maquetador. Todas las partes de los tres entrevistados que hacen referencia a eso, lo sacás.

—Es que es importante, porque es parte de esa biblioteca. No podría funcionar igual si no pueden solucionar ese problema. Además, me dijo Octavio, el bibliotecario, que ningún medio conocido cubrió la protesta que hicieron. Ni siquiera yo me enteré del problema hasta cuando lo entrevisté.

—Mirá. Es bueno tener iniciativa para ser periodista, pero si se te da un tema específico, también tenés que ajustarte a eso. Eso también es parte de trabajar en un medio.

Rebeca salió al pasillo en dirección a la sala de redacción, cuando se topó cerca de la puerta con Omar.

—¿Acabo de ver una hermosa cara arruinada brevemente por la seriedad o fueron imaginaciones mías?

—¿Cómo dice?

—Te preocupás por el trabajo de los bibliotecarios. En mi opinión, primero tenés que cuidar el tuyo.

—Usted tiene razón. Cada uno debe ocuparse de su propio trabajo. Disculpe, señor, tengo que modificar la crónica del suplemento.

Omar se quedó callado mientras veía a Rebeca ingresar a la sala de redacción y sentarse a realizar su trabajo frente a la computadora. Creía que la joven siempre le contestaba con indirectas pero él no podía decirle nada porque quedaría mal parado. Al fin y al cabo, era muy educada y parecía saber elegir las palabras. Otra cuestión que resultaba más que importante era el hecho de que la muchacha, realmente, parecía un robot sin sentimientos: trabajo que se le encomendaba, trabajo que lo hacía, por más que él no cesara en ponerle trabas. “Aquí hay una enorme ventaja y menos trabajo para mí”, advirtió. “Entonces, tal vez ya no sea buena idea intentar hacerle renunciar, además, es más que evidente que Valeria vio ese talento en ella, por lo cual no la dejaría irse fácilmente”.

El lunes al mediodía, tras concluir la media jornada laboral (debía retornar a la empresa en tres horas), Rebeca decidió dirigirse a la biblioteca popular a estudiar sus apuntes sobre fotografía y otros materiales. Bien podría volver a su casa, pero quería hablar con Octavio sobre la omisión de la información que se vio obligada a hacer. Ya sabía que un periodista debe aclarar las cosas de entrada y no dar explicaciones de cómo redacta al entrevistado –siempre y cuando no lo perjudique-, pero de todas maneras sentía que debía una explicación. “La biblioteca siempre está al servicio de la comunidad, hasta de los medios. A pesar de las dificultades, ahí está ella, generosa, como siempre”, pensó.

—¡Rebeca! —expresó Octavio con una sonrisa, provocando que los lectores dirigieran su mirada a la entrada. —Perdón, sigan, nomás —bajó la voz.

—Buenas tardes, Octavio. Les quería decir que lamento lo de la publicación. Hice lo que pude pero…

—¿Por qué lo decís? ¡Estamos agradecidos! Una funcionaria vio el suplemento y por las fotos de los carteles se contactó con nosotros. Vino esta mañana y dijo que tiene llegada al área de Cultura y que desde el mes que viene van a contratar a los bibliotecarios más jóvenes. Así que ellos van a tener su propio sueldo, sin necesidad de que paguemos nosotros, ni de recurrir al subsidio.

“¡Las fotos, claro! Me había olvidado”, pensó Rebeca. Luego, felicitó al trabajador en voz baja.

Unos minutos después, ella estaba en el lugar acostumbrado del escritorio de la biblioteca, cuando oyó desde la entrada una voz familiar diciendo: “Y por supuesto, ella no podía faltar” seguida de pedidos de silencio por parte de los bibliotecarios. Miró al frente y se llevó una gran sorpresa al ver a varios de sus compañeros de Periociudad, incluido Omar, quien era el que había hecho el comentario. Sabía que ese día, a esa hora, les tocaba entrar al periódico antes que ella. Entonces, ¿qué hacían en la biblioteca? Los observó registrarse uno a uno y cuando se dio cuenta de que miraba demasiado, atinó a volver a sus lecturas. No pudo evitar recordar la tarde del sábado, cuando Valeria le envió a modificar parte de la crónica.

—¿Qué pasó que seguís escribiendo? ¿Te mandaron a rehacer la crónica? —preguntó un colega mientras ella se concentraba en la pantalla y en las teclas de la computadora.

—Estoy quitando unas palabras.

—Ah, ya sé. Sobre la biblioteca popular. Escuchamos a Omar hablar con Valeria y decirle que vos no podías hacer lo que querías, que tenías que ajustarte a las normas. Ella le decía: “Ya sé, le voy a decir que acorte la nota. Pero de todas maneras le sirve de ejercicio, tiene iniciativa, sabe detectar los temas de interés público. Y él le dijo enojado: “Sí, pero eso de qué sirve si no puede ajustarse a las normas”. “¿Cómo de qué sirve? Tiene que tenerla. Y es muy buena en su trabajo. Y es una chica muy respetuosa, además”. Y él le insistía y le insistía con que te llame la atención hasta que ella dijo sí, es lo que iba a hacer pero eso no afecta en tu trabajo.

—Entiendo. Espero ir corrigiendo esos errores. Estoy aprendiendo mucho acá.

—Y tenías que haber visto al tipo cómo salía de la oficina de Valeria, echando humo. Encima se le nota bastante porque la cara se le pone roja. Él quiere mandar a su madre, no entiende que ella es la jefa  —todos rieron.

Rebeca se limitó a mirarlo de reojo y seguir modificando el texto.

—Che, no te pongas mal. Él es así con varios, con los que más trabajan o tienen más talento. La madre nunca le hace caso. Valeria sí es profesional, no como el hijo que se deja llevar por envidias o broncas. Igual, yo que vos no me habría puesto a hacer tanto con esa crónica, a nadie le importa una biblioteca. Eso era antes, cuando no había internet ni nada, pero ahora está todo en línea, para qué perder el tiempo, ¿no? —le dijo una periodista.

Varios de los presentes asintieron.

“¡Qué raro! ¿Qué estarán haciendo acá, en la biblioteca?”, pensó Rebeca mientras miraba imágenes de ejemplos de su libro de fotografía.

—Se cortó el internet en la empresa —susurró una colega en respuesta, quien se había sentado al lado de ella. —Vinimos a buscar información de unos libros y usar las computadoras un rato hasta que vuelva todo a la normalidad allá.

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