ARCADIO M

«Morirse es tan fácil como dejar de respirar», pensaba al tiempo que apretaba con fuerza los dientes y, con el dedo índice y el pulgar, taponaba la nariz. Aguantaba hasta que se ponía roja como un tomate y era entonces cuando, en una contraposición de su propia persona, el instinto inconsciente de supervivencia superaba al instinto racional (si se le puede llamar racional a esos hechos) que estaba intentando morirse por asfixia. Y al final de la operación, como si de un experimento científico se tratase, se razonaba a sí misma: «Morirse no es tan sencillo. No es suficiente con dejar de respirar». Claro que, a su corta edad, desconocía que una tesis científica debería tener en cuenta variables varias, como por ejemplo, (en este caso importantísimo) el tiempo que se estaba sin respirar. Pero aquella filigrana de una niñez preocupada de dilemas existenciales marcaría su visión del mundo el resto de su vida: «Nada es tan sencillo como parece de entrada. Pero tampoco hay nada imposible si se tienen en cuenta todas las premisas». 

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