C. VELARDE

2. MI AMOR POR JORGE

Livia era dueña de unas facciones muy finas; nariz pequeña y recta, ojos color chocolate claro, pestañas abundantes y espesas que ofrecían a su mirada una inocencia diabólica: tenía labios mullidos, carnosos, que contrastaban violentamente con la pequeña dimensión de su rostro. Poseía un cuello esbelto y elegante.

De sus ojos chocolates irradiaba una tenue luz de encantadora inocencia, que lo mismo traslucía paz como sensualidad.

Aunque Livia era toda una mujer, exteriorizaba involuntariamente una expresión aniñada que la hacía lucir extrañamente obscena. Sin darse cuenta solía morderse su carnoso labio inferior cuando estaba nerviosa o ávida de algo, ignorando el efecto lascivo que causaba en los hombres. Mi joven novia venía de una familia de clase media, extremadamente religiosa y conservadora (como ya dije antes), criada en un colegio de monjas donde había aprendido que el sexo era cosa del diablo y que únicamente debía ejercerse para procrear, no para satisfacción personal.

Si de por sí había supuesto para ella un verdadero pecado venirse a vivir conmigo sin habernos casado, mucho más lo fue cuando comenzamos hacer el amor. Era hora que no me dejaba penetrarla a pelo, pues decía que ese sería lo único sacro que nos quedaba para la noche de bodas. Así que me tenía que conformar con el condón.

Por fortuna aparecí en su vida para contradecir su ridícula teoría, y aunque ahora era más suelta y menos quisquillosa para follar, todavía le faltaba mucho por aprender (y no es que yo fuera un experto en las artes amatorias, pero al menos era capaz de tener muy claro lo que quería experimentar).

Yo también era tímido y tranquilo, pero en menor medida. Al menos entre uno de los dos debía de caber la prudencia.

Livia, pues, era un ángel proveído por deliciosas e inmodestas curvas que cuando estaba desnuda hacía que la sangre ascendiera hasta mi polla y se pusiera más dura que un mástil. Y es que era un hecho sumamente paradójico saberla tan recatada, con un rostro seráfico, infantil y tierno, y que al mismo tiempo poseyera un delicioso culo, redondo, enorme y señorial, como obsequiado por el mismo Asmodeus, el demonio de la lujuria y la perversión; su culo era de esos culos grandes que son potentes, carnosos, duros y que te aplastan los testículos cada vez que la penetras hasta el fondo, de esos culos que de tan grandes y carnosos hacen que tu polla parezca del tamaño del dedo meñique.  

Caderas anchas, en las que podías pasar tus manos toda la noche y no terminar de acariciarla.

En mis fantasías solía verla con zapatillas altas de plataforma, vestiditos cortos, escotados y con trasparencias, embutidos en su voluptuoso cuerpo, que apenas le cubrieran las nalgas y los pechos.

Y presumirla, sí; que los hombres me envidiaran y se masturbaran pensando en ella, odiando, a su vez, que fuese yo el único que se la comiera, de pies a cabeza.

En Livia idealicé una a mujer lujuriosa, pervertida, adicta al sexo, traviesa, juguetona, coqueta, y que siempre estuviera dispuesta amarme. A mí. Sólo a mí. Siempre a mí.

También codiciaba con recelo admirarla usando un par de diáfanas medias de red o de seda negras o rojas que se enfundaran en sus torneadas pantorrillas, piernas y voluminosos muslos; y también portando unas diminutas bragas, cacheteros o tangas que de tan delgadas sólo cubrieran con finura la parte central de su rajita.

Pero no tenía el valor para proponerle ninguna de mis fantasías. Al menos no las más fuertes. Livy me tenía por un muchacho cauto, prudente, serio, respetuoso y discreto; “un caballero” decía ella. Por eso se enamoró de mí, no se cansaba de decírmelo. Y aunque últimamente me había envalentonado, comiéndole el coco, metiéndole ideas más o menos… atrevidas para el sexo, también comprendí que debía desenvolverme con inteligencia antes de que ella terminara pensando que yo era un enfermo mental, como a veces me lo decía en broma, y considerara que yo no era el hombre que buscaba para su vida.

Estaba enamorado de Livia hasta la médula, y me habría dolido que me mandara al carajo.

El problema desde que nos hicimos novios fue que Livy vestía de forma bastante recatada. Y cuando digo recatada es recatada, en exceso. Su culo y tetas estaban ocultos debajo de pantalones y blusas holgadas que impedían exhibir ese exuberante cuerpo natural que solía ejercitar por las noches en nuestra casa con duros ejercicios.

—Las mujeres que tienen una relación no pueden andar por ahí pavoneándose ni enseñando algo que sólo es de su pareja —me había dicho una vez.

—Pero yo no quiero que te exhibas, Livy, sólo que reformes tu guardarropa para que puedas causar una mejor impresión. Como te ven te tratan, y estoy seguro que si mejoraras un poco tu forma de vestir, no sólo te tomarían más en cuenta en el departamento, sino que te admirarían.

Livia comenzó a untarse crema humectante en todo su cuerpo. Era un espectáculo contemplar su preciosa desnudez. Sus largas y gordas piernas, sus corpulentas nalgas y ese par de grandiosos melones de carne que solían bambolearse cada vez que ella se movía para echarse crema en la piel. Sus aureolas eran enormes, como un par de salamis sonrosados que claman ser devorados.

—¿Qué me admire quién, si nadie me mira? —insistió.

Yo era un tipo medianamente celoso. Por supuesto: una cosa es que Livia luciera su cuerpo, y otra muy distinta que coqueteara. Lo que yo quería era trabajar sobre su amor propio. Que se sintiera digna y empoderada. Que pudiera sobresalir sus dotes profesionales sin vergüenza.

—Tu problema es tu falta de autoestima, Livy. ¡No me cabe en la cabeza que una mujer con tu hermosura y cuerpazo se sienta retraída y tímida ante los demás! Quiero que te sientas orgullosa de ser quien eres; de presumir tus tetazas, tu culo… ¡tus piernas, que son maravillosas y torneadas!

—Me da vergüenza, Jorge.

—Y por eso piensas que otras mujeres son mejores que tú, y no es así.

—¿Entonces qué quieres que haga, pecosín? ¿Que me vista de zorra como Catalina para que sea por mi cuerpo por el que me valoren y no por mis capacidades?

Técnicamente eso es lo que quería… pero sin que paciera una zorra. Siempre un término medio.  

Y es que Catalina era una mujer bastante sensual; era la compañera de trabajo de Livia y, con menos de un año en el departamento de prensa y relaciones públicas, había rumores que decían que se quedaría con el próximo puesto vacante de la actual asistente de su jefe: un puesto que por méritos y antigüedad lo merecía mi novia y no ella.

 Pero claro, Catalina, una casi cuarentona, sabía explotar su sensual figura con inteligencia, por lo que su supuesto ascenso, (en caso de que fuera cierto el rumor) no se debía precisamente a su intelecto, sino a su actitud audaz, descarado y atrevido para con Valentino (jefe del departamento y mejor amigo de mi cuñado Aníbal) que estaba pudiendo más que su cualificación.

 Desde luego yo no quería que Livia llegara a semejantes extremos (porque algo que yo nunca permitiría era que Livia se insinuara a Valentino o que él pudiera proponerle ciertos “favores” a cambio de ella pudiera tener un mejor puesto). No obstante, sí que añoraba que la respetaran y la admiraran, valorando su trabajo.

Legalmente, el ascenso lo merecía Livia (no Catalina, por más buena y seductora que ésta última fuera) no sólo por su innegable eficiencia y antigüedad; sino porque mi novia había luchado por ello con desvelos y esfuerzos desde hace años.

Y si para lograrlo Livia tenía que cambiar sus atuendos y, sobre todo, adoptar una actitud mucho más temeraria y determinante, yo tenía que hacer todo lo posible para que ocurriera, así hiciera lo que tuviera que hacer.

—¿Qué tiene Catalina que no tenga yo? —solía decir Livia enfadada—, ¿fama de zorra?

Pues al parecer sí: “fama de zorra”. Y es que a la mayoría de los hombres nos sentimos atraídos por las “zorras”, pero sólo en el ámbito sexual, jamás para una relación formal.

Livia era toda una dama, y en mi cuenta iba a correr que mi novia consiguiera el ascenso que tanto anhelaba, ayudándola a como diera lugar.

—Gracias por todo el apoyo que me ofreces, Jorge —me dijo mi novia abrazándome después de ponerse la pijama—. Te Joli —me dijo.

Mi prometida y yo éramos tan cursis que habíamos inventado nuestra propia forma de decirnos “te amo”: Te Joli, pues “Jo” eran las iniciales de Jorge y “Li” de Livia.

—Yo también te Joli, princesita.

Por inercia metí mi lengua en su boca y bajé mis dedos a su entrepierna, ¡y cuál sería mi sorpresa al descubrir que Livia estaba mojada otra vez! Los finos vellos de su vulva estaban mojados también.

¡Joder!

¿Sería posible que… después de casi dos años de actividad sexual… Livia quisiera hacer el amor por segunda vez en una sola noche?

La respuesta la obtuve en seguida, cuando ella comenzó a besarme el cuello, con los ojos cerrados, y, en menos de lo que canta un gallo, sacó un condón de mi buró, me lo entregó y ella se recostó sobre la cama cual diosa griega observándome con una inusual mirada diabólica mientras se abría de piernas para mí, enseñándome una rajita sonrosada visiblemente inundada, con su vello pélvico mojado y sus pezones erectos apuntando hacia el cielo.

—Ven, cariño —me invitó con una sonrisa lasciva que nunca le había visto—, quiero que me hayas tuya otra vez.  

Algo en Livia acababa de cambiar.

Algo mínimo, pero sustancial.  

Livia Aldama

Martes 20 de septiembre

23:59 hrs.

Todavía sentía un ardor por dentro cuando salí a llenar la jarra de agua a la cocina después de entregarme a mi novio por segunda vez en la noche. Dejé a Jorge acostado, satisfecho, dormitando, mientras yo me acomodaba los pechos dentro del sostén, pues mis esféricas carnes se desbordaban por los lados como si fuesen dos enormes sandías que intentan esconderse dentro de un par de minúsculas telas.

Nunca entendí por qué me habían crecido tanto, si mi madre a duras penas tenía senos. De hecho, durante la adolescencia la enormidad de mis pechos representó para mí una de las peores épocas de mi vida, pues todos los chicos del colegio se burlaban de lo que yo pensé era una “deformación”, apodándome “ubres de vaca” o “Livia tetotas”. La mayor parte del tiempo de los recreos la pasaba dentro del salón y en los baños, donde no tuviera contacto con ninguno de esos crueles chiquillos que no se cansaban de burlarse de mí. No me gustaba que me dijeran esas cosas horribles, y quizá desde entonces opté por usar grandes chalecos o abrigos que me ocultaran mis senos para evitar tales escenas de bullying.   

Encima, con el tiempo mis caderas comenzaron a ensancharse y mis glúteos a crecer de una forma desproporcional, creándome nuevos motivos para las bufonadas. Mi madre decía que era una “gorda tragona”, e inútilmente dejé de comer durante mucho tiempo para evitar que mi cuerpo continuara desarrollándose así, hasta que me dio anemia.

Muy tarde comprendí que aquello no era por la comida, sino por un desarrollo natural producto de las vitaminas que mi madre me hacía comer desde pequeña por lo enfermiza que había sido al nacer.

Y ahora estaba allí, en la cocina, acomodándome aquellos enérgicos senos que se derramaban por los costados de mi sujetador como dos bolas de masa. Todas las noches hacía ejercicios que había encontrado en tutoriales de Youtube para evitar que se me colgaran cuando fuera mayor, y por tal motivo ahora eran duros, turgentes y estaban erguidos. No obstante, eso no evitaba que, según el sostén que me pusiera, los pechos no se me acomodaran bien.

Una vez logrado mi cometido suspiré, extraje mi teléfono del bolso de mi pijama y busqué el número de Leila. Lo hice  con torpeza, pues aún mi mente permanecía en estado de shock.

Marqué al número de mi única amiga, aunque no sabía si era la mejor, y esperé. Jorge la aborrecía, y viceversa. En cambio, para mí ella era mi único escape en tiempos de asfixia. Y esa noche no podía más. Tenía que contárselo a alguien.  

Marqué una vez y el teléfono me mandó a buzón.

—Leila, contesta —susurré, mirando hacia la puerta desde la cocina. Nuestro apartamento era bastante pequeño. Por fortuna mi amado gato estaba maullando pidiéndome comida, lo que me beneficiaría para esconder el volumen de mi voz.

Volví a marcar a Leila Velden tres veces más hasta que me contestó:

—Carajo, Livia, ¿tanta es tu urgencia por hablarme que ni siquiera me dejas follar a gusto? —la escuché agitada, por Dios.  

Oí ruidos extraños del otro lado procedentes de la garganta de mi promiscua amiga. Gemidos, chapoteos, ¿y también jadeos masculinos? Madre mía.

—Leila… ¿estás…?

—Sí, ahhh, ahhh, follán…dooo… y no sabes… el pollón… que tiene… este sementaaal.

El aire se me fue. Los obscenos gemidos continuaron del otro lado y sentí que mis mejillas se ponían bastante calientes. No me lo podía creer.  

—Perdona, creo que hablo en mal momento —determiné, tragando saliva, volviendo los calores que hace rato me había hecho calmar el agua fría de la ducha.

—No, no, dime.

—No, Leila, mejor mañana.

—¡Por Dios mi cielaaa, que ya me interrumpiste cuando estaba a punto de correrme! Así que ahora me cuentas o me dejas como estaba. Anda, Livia, si te molestan mis gemidos mientras cabalgo pues ya, me desensartado y mejor se la chuparé mientras me dices lo que sea que me querías decir.

De nuevo una oleada de vergüenza me recorrió todo el cuerpo.

—Por Dios, Leila… ten un poquito de respeto.

—¿Respeto yo? Respeto tú, amiga —me acusó riéndose—, que fuiste tú la que me interrumpió en pleno polvo.

Suspiré de nuevo y escuché ahora las risas masculinas de su amante en turno. La verdad es que sigo sin entender cómo podía ser amiga de Leila si no pegábamos en nada. O será que era precisamente porque éramos tan diferentes por lo que nos compenetrábamos.

—No, no —concluí—, mejor mañana te cuento, que es algo… bastante grave y privado.

No me iba a poner a contarle a Leila mis asuntos importantes mientras… hacía una felación a quién sabe quién.

—¿Grave? ¿Pues qué pasó, Livia? Me asustas.

—Ya te dije… mañana te cuento.

—¿Está relacionado con Jorge?

—No.

—¿Con La Sede?

—Sí…

—¡Cuéntame! —me insistió mientras escuchaba esa clase de chasquidos que los niños hacen mientras chupan una paleta, en tanto las obscenas palabras de un tipo vulgar le decía a mi amiga “deja ese puto teléfono y sácame los mecos a chupadas.”

—Buenas noches, Leila —me despedí, sintiendo pena ajena.

Finalmente colgué la llamada y suspiré.

“Mañana se lo contaré” pensé.  

—Yo no tuve la culpa —me dije, tragando saliva—, así que no me puede afectar.

—¿Livia? ¿Estás en la cocina? —oí gritar a mi hermoso pelirrojo.

—Sí, bebé, vine por agua.

—Ven pronto, princesita, que te extraño.

Cerré los ojos y pensé en lo mucho que amaba a mi novio. En todo lo que él había hecho por mí y en todo lo que yo sería capaz de hacer por él.

—Eres lo mejor que tengo, mi cielo —susurré sin que él me oyera.

Llené la jarra de agua y volví a la habitación. Cuando me acosté a su lado él ya estaba dormido. Jorge así era: la almohada era un sedante instantáneo que lo mataba en cuanto su cabeza se posicionaba sobre ella.

—Te Joli —volví a susurrarle, mientras besaba su cálida frente—. Te Joli de verdad…

Pero apenas cerré los ojos… sentí que mi vulva estaba inundada una vez más. 

Continuará…

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