ARCADIO M.

Lo mal llamaban Popeye, Popeye Espinacas. Y no vayáis a pensar que el nombre era por su fuerza desmedida, ¡ni mucho menos! Era un tipo bajo, delgaducho, siempre desarreglado, sin afeitar y con el peinado virgen, todavía no había conocido peine. Lo de Popeye venía por su obsesión por las espinacas, por eso el apellido. Y no solo gustaba de comerlas, también las cultivaba en el diminuto huerto que estaba detrás de la pequeña casa que había heredado de su abuela. Y aunque todos pensaron que había tenido suerte en el sorteo de la herencia, nada más lejos de la realidad. Popeye heredó la casa porque la vieja así lo había dispuesto, ya que era el único que mostraba interés por el huerto. Lo del sorteo había sido teatralidad para no herir sensibilidades.

Y lejos de resentirse con su sobrenombre, se había metido en el papel. Tanto que se tatuó un ancla en el antebrazo y peleó a fumar en pipa, aunque no tuvo pulmón suficiente. Incluso se alistó en la marina. «No es cosa para niñatos», acostumbraba a decir a quién lo escuchaba. Y eso que habían tardado solo tres días en echarlo del cuerpo militar. Pese a todo, lucía con garbo la gorra de la marina, de postín, eso si, que la oficial había tenido que entregarla en el momento que salía del cuartel.

Y cómo no, le faltaba Olivia. Con tesón y constancia, con el tiempo la encontró. Una tipa alta, delgada, morena y poco agraciada. Dispuesta, eso si, disposición tenía, y mucha. Y se lanzó Popeye a la conquista de la dama en cuestión, sin otro aliciente al de encajar en el personaje que buscaba. Tanto interés puso Popeye en la contienda, que lo acabó denunciando por acoso y le establecieron una orden de alejamiento.

Y también estaba Brutus. Un espabilado en marketing que lo embarcó en la aventura de un restaurante con especialidad en Espinacas, claro. Y fue así como, hipotecando la vieja casa, se convirtió en el cocinero de El Popeye, un tuburio en una calle suburbial de la ciudad. Brutus ya ha desaparecido y El Popeye a duras penas llegará a fin de año para echar el cierre.

Y pasadas las campanadas, Popeye se quedará más solo que la una, con su huerto de espinas al borde del embargo y sin un futuro muy claro. Y, aunque a Popeye el Marino solía funcionarle, esta vez no bastará con ración doble de espinacas para salir del entuerto.

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