ARCADIO M.

Echó leña a la lumbre y refregó las manos una con la otra, como si cogiera un puñado de fuego, haciéndolas entrar en calor. Se sentó en el sillón y acomodó los pies encima de aquel tronco de roble viejo, que sería el siguiente en cumplir la misión de impedir que el fuego se suicidase. Fuera caían copos de nieve desde la madrugada y, aunque la chimenea no se había apagado desde hacía días, podía oler el frío que se veía por la ventana. La nieve en noviembre solo servía para indicar que pronto sería Navidad. Esas fechas que habían dejado en el recuerdo la unión de la familia, el reencuentro con los que estaban fuera y la celebración del nacimiento del niño Jesús. Y ahora eran días de culto al papel de regalo, venerado en los centros comerciales.

Con las manos calientes de aquel puñado de fuego, se refregó la cara con la escusa de apaciguar el frío de la punta de la nariz y el ansia de ahogar aquellas lágrimas atrevidas que empañaban la vieja mirada cansada, con el mundo recorrido y la vida andada. Tal vez, el resentimiento y la injusticia de tan poca gratitud a años y años dedicados al esfuerzo de salir adelante, fueran los causantes de aquella humedad en los ojos. No podía evitar sentirse castigado por algo que creía haber hecho bien. Y en días como este, el frío y la nieve agudizaban ese sentimiento.

Caída la noche, ni siquiera encendería la luz. Continuaría junto a la lumbre hasta irse a la cama. Cenaría una taza de leche calentada en el mismo cazo que tenía junto a la chimenea. Le echaría un par de cucharadas de miel, que había sacado en verano de la última colmena que tenía y para la que ya no le quedaban apenas fuerzas que dedicarle. Y antes de refugiarse entre las mantas frías del piso de arriba, empujaría el tronco a cumplir su misión con el fuego, a animarlo a continuar vivo durante toda la noche. Y suspiraría por la metáfora del trozo de roble, que había dado su vida para mantener el fuego vivo, mientras que este que no hacía más que reducirlo a cenizas y al olvido eterno.

En ese momento, las lágrimas ya serían inevitables. Lloraría triste por el tronco de roble, que tan bien lo reflejaba a él, que había dedicado toda una vida a sostener la familia, a criar a sus hijos y a mantener la casa en pie y caliente. No sin que eso le costase la ausencia en el hogar y la calor de la familia. Y era en Navidad cuando volvía a casa, a recargar la moral y el ánimo para seguir su particular lucha. Y ahora, viejo y cansado, sentía el frío de la soledad entre aquellas cuatro paredes, sin que nadie mostrara el mínimo interés en ahogarla, más allá de los regalos que recibiría en pocos días, de prisa y corriendo, sin tiempo casi ni a un abrazo.

Por eso, no podía evitar sentirse castigado por algo que creía haber hecho bien. Y en días como este, el frío y la nieve agudizaban ese sentimiento. Quizás demasiada penitencia para tan poco pecado.

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