GABRIEL B


— Pasá. Lautaro está arriba —dijo Leticia.

                Se hizo a un lado. Entré a la casa. Al pasar a su lado sentí su perfume, el mismo que había olido en su tanguita roja, la cual aún ahora conservaba un tenue aroma.

                Estaba nervioso, pues era la primera vez que la tenía tan cerca. Había imaginado que una vez que me presentara, me arrimaría la cara y nos saludaríamos con un beso, pero aun sabiendo que era un amigo de su hijo, me trató con el mismo desinterés de siempre. Un desinterés que rayaba en desdén. Apenas me había mirado, y ahora me daba la espalda. Tenía una figura esbelta, que se movía con sensualidad mientras caminaba.

                Subió a la escalera, y yo la seguí. Vestía una falda negra con lunares blancos, un tanto acampanada. A diferencia de otras faldas con las que la había  visto, esta no se adhería a su hermoso trasero, ni dejaba entrever la tanga que tenía abajo. Sin embargo, sus piernas largas lucían mucho más con esta prenda. Incluso sus muslos aparecían más desprotegidos. No llevaba media. Si me inclinaba un poco podría ver su braga. Sus movimientos eran hipnóticos. Apoyaba el pie, calzado con unas sandalias con plataforma alta, la pierna se flexionaba levemente, y entonces movía la otra.  La pollera se movía al ritmo del movimiento de los muslos, y parecía insinuar que en cualquier momento se levantaría lo suficiente como para dejarme vislumbrar su culo. Traté de no prestar atención en sus piernas ni en el trasero, pues si me descubría desnudándola con la mirada, la primera impresión que le causaría sería negativa. Su cabello parecía sacado de un anime japonés: largo, absolutamente negro, increíblemente brilloso, lacio. Estaba suelto, y le llegaba hasta la cintura.

— Es ahí —dijo. La puerta de una habitación estaba abierta. Vi que Lautaro estaba inclinado sobre una caja, y sacaba su contenido—. Qué vivo sos —le dijo Leticia a su hijo—. Haciendo que tu amigo te ayude a cumplir con tus obligaciones…

— Pero si a mí no me molesta —dije, en su defensa.

                A pesar de que hacía ya un par de meses que se habían mudado, todavía les llegaban cajas con sus pertenencias. Lautaro se había comprometido a colocar cada uno de los objetos que les habían llegado en donde correspondía. Ahora estábamos en la que sería una habitación de huéspedes.

Lo cierto era que habíamos concluido que era hora de que nos permitamos el uno al otro pasar tiempo con nuestras madres. En mi caso era más fácil, pues la doctora Lorenzzeti no tenía problemas en que llevara visitas. Si Lautaro no iba más de seguido era porque no quería. Pero con Leticia la cosa no era tan simple. Parecía tener mucha desconfianza de todo el mundo. No le gustaba que su hijo llevara a amigos cuando no se encontraba en casa, pues temía que alguno de ellos fuera problemático. Por otra parte, no solía estar mucho tiempo en casa. Así que ahora encontramos la excusa ideal para que yo me presentara oficialmente con la hermosa señora Leticia Gabriela Pierini, secretaria, y puta personal de un tal Gramajo ¿Cómo alguien con ese apellido podía tener tanta suerte?

                Como era de esperar, nos dejó solos en la habitación, y se perdió una vez que bajó por las escaleras. De todas formas no pude evitar sentirme frustrado, pues la idea era que pudiera tener algún tipo de contacto con ella.  Por suerte al vecino se le ocurrió una idea.  Me dijo que todavía quedaba una caja en la planta baja, así que debía aprovechar  e ir a buscarla a buscarla. Seguramente eso serviría para encontrarme casualmente con la señora Pierini.

                De todas formas, dudaba de que pudiera animarme a hablar con ella. No se me ocurría un tema de conversación que pudiera interesarle. A su lado, no era más que un crío que no sabía nada del mundo. De lo único que sabía era de animes y pornografía, y dudaba de que algunos de esos temas le interesaran a la vecina —en realidad, la pornografía probablemente sí le interesaba, pero no compartiría sus gustos conmigo—. Aun así, debía intentarlo.

                Cuando bajé, no había rastro de Leticia, cosa que, a pesar de mi inseguridad, me desilusionó. Busqué de todas formas la caja, pero no la veía por ninguna parte.

— Acá —escuché decir a una voz. Me sobresalté, pues no me había dado cuenta de que la que me hablaba era Leticia. Por esa vez, sonó con cierta amabilidad.

— Ah, gracias —dije.

                La caja se encontraba justo debajo de la escalera. Como estaba muy oscuro en esa parte, no la había visto. La agarré, notando que era considerablemente pesada. Intenté fingir que podía levantarla sin dificultad, pues no quería quedar como un debilucho frente a ella.

— ¿De verdad sos amigo de Lautaro? —me preguntó. Se apoyó contra la pared. Sus tetas parecieron aún más grandes de lo que eran cuando se cruzó de brazos.  Me escudriñó con sus ojos. Así como yo la desnudaba con la imaginación, ella parecía desnudar mi alma con su mirada.

— Sí, claro —le respondí. Técnicamente era una mentira. Pero qué término podía utilizar con ella para describir la relación que me unía a su hijo. Aliado, cómplice, secuaz… cualquiera de esas expresiones que siempre me venían a la mente cuando pensaba en él, sonarían mal a los oídos de ella.

— Qué raro… —dijo, sin dejar de examinarme con sus ojillos rasgados—. Él no tiene muchos amigos… Más bien, no tiene amigos.

                No me sorprendió su comentario. Al igual que yo, Lautaro era alguien solitario, que difícilmente empatiza con otras personas. En ese sentido habíamos tenido mucha suerte de encontrarnos.  Como decía mamá, siempre hay un roto para un descocido.

— Bueno, tenemos muchas cosas en común. Así que nos llevamos bien —respondí.

— Entonces ¿Sos como él? —preguntó. Parecía que esa pregunta iba cargada de prejuicios, como si el hecho de ser parecido a su hijo, no fuera algo bueno.

— Bueno… como le digo, tenemos muchas cosas en común con su hijo…

— Mi hijo… —dijo, y en su rostro se dibujó una sonrisa que iba cargada tanto de ironía como de tristeza—. ¿Vas a poder con la caja? —preguntó después, dándose cuenta de que a cada segundo que pasaba hablando con ella, el peso de la caja me resultaba más difícil de aguantar.

— Sí, claro —respondí.

                Me dio la espalda, y se metió en la sala de estar, meneando la pollerita a lunares.

                Lautaro se burló del hecho de que no había podido más que intercambiar algunas palabras con su madre. Nos pusimos a ordenar la habitación. En realidad, no había mucho para hacer. Debíamos poner algunas cosas en unas repisas. Las caja que cargué tenía algunos adornos de cerámica que finalmente no iban en ese cuarto, por lo que mi esfuerzo había sido en vano.

                Desde un principio noté a Lautaro ansioso. Sospechaba que se traía entre manos algo más aparte de eso de permitirme estar cerca de su madre. Y como solía pasar cada vez que especulaba sobre sus acciones, resultó que estaba en lo cierto. Además, no se me olvidaba que habíamos decidido —o más bien lo había decidido él, y yo me vi obligado a seguirle el juego, como siempre—, que ya no nos conformaríamos con compartir fotos, videos o conversaciones privadas de nuestras madres. Era tiempo de ir más allá.

— Mirá lo que tengo —dijo Lautaro, cuando íbamos terminando con el trabajo. Me mostró una bolsita transparente que parecía contener un polvo. Tenía miedo de preguntarle de qué se trataba.

— ¿Qué es? —pregunté, sin embargo, cuando mi temor fue vencido por mi curiosidad.

                Lautaro miró el paquete con solemnidad. Sus ojillos de nene travieso brillaron con la perversidad de un adulto depravado. A pesar de su aspecto infantil, debido principalmente a sus pecas y a sus mejillas sonrosadas, no podía evitar sentir que estaba frente a una persona sumamente temeraria, que le tenía miedo a pocas cosas, y que no se achicaba si sus deseos lo instaban a hacer cosas que para otros serían censurables.

— Podría ser cualquiera cosa —dijo, sin sacar la vista del paquete—. Quizás el que me lo vendió por internet se aprovechó de mí, y me mandó leche en polvo mezclada con cualquier otra cosa.

— ¿Lo compraste en internet? ¿Y por qué te iban a estafar? —quise saber.

— Bueno, realmente no creo que sea una estafa. En la Deep web se consigue de todo. Hasta sicarios… Así que supongo que es real. Pero incluso si lo fuera, no sé qué tan efectivo sea —tiró la bolsa al aire, y la dejó caer nuevamente sobre su mano, para luego palparla, como si haciendo eso pudiera confirmar lo que quería corroborar. No le hice ninguna pregunta, pero no hacía falta hacerla, pues mi mirada estupefacta hablaba por sí sola—. Le dicen burundanga. En teoría, normalmente se usa para realizar robos —explicó después, haciendo que se me pusiera la piel de gallina—. Sirve para que la víctima no oponga resistencia. Se supone que cuando cae bajo los efectos de esta droga, pasan a ser víctimas de lo que se llama sumisión química. Durante el tiempo en que surte efecto, la víctima es susceptible de cumplir con cualquier orden que se le dé de manera verbal. Ese es el poder de la droga. La pérdida total de la voluntad.

— Me parece que es demasiado arriesgado, Lautaro —le dije, no sin poder evitar imaginar las cosas que podríamos hacer con ella, si era realmente efectiva como se suponía que era.

— Pero todavía no te dije lo mejor —siguió diciendo él—. Cuando se toma esto, se entra en estado amnésico. Esto quiere decir que una vez que quien la haya ingerido vuelva a la normalidad, no va a recordar nada de lo que sucedió mientras estaba bajo la sumisión química. Lo malo es que en internet no se encuentra mucha información creíble. Sólo hay artículos que describen sus efectos, pero no hay muchos testimonios verosímiles que me hagan estar seguro de que puede funcionar.

                Estaba claro qué era lo que pretendía el vecino. Sabía que me iba a salir con algo que no sólo era moralmente deleznable, sino que sumamente arriesgado. Pero no había alcanzado a imaginar algo así, que además de todo, era a todas luces ilegal. Era el momento ideal para poner fin a esa locura.

— Creo que lo mejor va a ser que pensemos en otra cosa —dije, no sin sentir mucha curiosidad por lo que podría suceder si la utilizábamos.

                Lautaro susurró un “está bien”, que me sonó que iba cargado de resentimiento. Era la primera vez que me negaba a seguirle el juego, lo que probablemente indicaba que ese era el fin de nuestras aventuras. Tanto mejor para mí. Desde que entró a mi vida, un montón de cosas se removieron en mi interior. Cosas que hubiese preferido que se quedaran ocultas en sueños que al otro día ni siquiera recordaba. Quería volver a tener una relación normal con mamá, y si bien sabía que después de haber eyaculado sobre ella iba a ser difícil, no me parecía imposible, más aún cuando ella misma intentaba hacer de cuenta que nada había sucedido.

                Cuando bajamos, cuando yo ya estaba listo para marcharme, nos dirigimos a la sala de estar, para que me despidiera de Leticia.

— Hasta la próxima, señora —la saludé a la distancia.

                Estaba sentada frente al televisor, aunque este se encontraba apagado. Tenía la mirada perdida en algún punto de la pared, como si allí hubiera algo que necesitaba toda su atención. Se encontraba tan ensimismada, que ni siquiera pareció percatarse de que le había hablado.

— Mamá, ¿por qué no saludás al vecino? —dijo Lautaro. Sólo entonces ella giró su cabeza para mirarme. Me saludó con apenas un susurro—. No seas maleducada —la reprendió él. Me daba gracia que fuera el hijo quien reprendiera a la madre—. Encima que vino a ayudarnos, te quedás con la misma cara seria de siempre. Vení a saludarlo con un beso —dijo al final, como si fuese una orden.

— No, si no hace falta —dije, pero me interrumpí cuando vi que la diosa de mi vecina se levantaba para acercarse a mí.

                Mientras la veía venir, no pude evitar disfrutar de sus torneadas piernas, aunque esta vez no se movían con la gracia con la que lo hacían normalmente. Leticia colocó una mano en mi hombro, y me dio un beso en la mejilla. Sentí la humedad de sus labios en mi piel, cosa que hizo erizar mi pelo. El beso fue más largo de lo normal. Sus labios quedaron pegados durante varios segundos en mi rostro. Aspiré su perfume. Sólo eso era suficiente para emborracharme de lujuria. Aproveché para apoyar mi mano en su cintura. Cuando se separó de mí, me dio la espalda, sin decir nada, y se fue a sentar de nuevo.

— Sabés qué —dijo Lautaro, volviendo a dirigirse a su madre. Se lo notaba extrañamente entusiasmado—. Mejor, antes de que se vaya, ofrecele algo para tomar a Carlitos. Con el calor que hace debe estar sediento.

— No hace falta, si vivo acá al lado —dije, justo cuando ella se ponía de pie. Lautaro me codeó con fuerza, como indicándome que cerrara la boca.

— Dale. Andá a traer un vaso de agua —le dijo a Leticia., y luego dirigiéndose a mí, agregó—. Y vos, vení, sentate. Quedate un rato más.

                Era evidente que tenía algo entre manos. Estaba excitado. Sus ojos celestes se veían más vivos que nunca. Leticia volvió enseguida con un vaso con agua. Cuando me lo entregó, noté que había algo raro en sus ojos. O más bien en su mirada. Era como si me mirase, pero a la vez su cabeza estuviera en otra parte. Miré a mi amigo de reojo. ¿Qué carajos había hecho? Leticia se quedó en el sofá, sin decir nada. Nos sentamos frente a ella.

— La bolsa que me mostraste… —dije, susurrando, dirigiéndome a Lautaro— ¿Era la única que tenías?

                Lautaro, por toda respuesta, sonrió con picardía. Estaba claro que tenía otra bolsita de burundanga, y se la había dado a su propia madre. Se me puso la piel de gallina. El pendejo estaba loco. Y lo peor era que luego pretendería que yo hiciese lo mismo con mamá, y se la entregue a él. Por donde lo mirase, era una locura. Pero el morbo, siempre presente, me impedía levantarme del asiento y salir corriendo.

                Esto era una especie de prueba. La verdad era que no sabíamos cómo funcionaba la droga. Quizás el efecto sólo duraba unos minutos. Después de todo, supuestamente sólo se usaba para robos, y esos delitos no solían llevar demasiado tiempo. Quizás, una vez que se aplicaba, el ladrón obligaba a la víctima a entregarle todos los objetos de valor, y luego las liberaba.

— Traé algo para que piquemos también —le dijo Lautaro.

                Mi aliado era astuto. Estaba confirmando si la droga había surtido efecto, sin correr mucho riesgo. Por el momento sólo le ordenaba que hiciera cosas que no eran del todo extrañas. En caso de que la cosa no funcionara, a lo sumo Leticia se enojaría con él por ser tan insolente como para darle una orden a su propia madre.

                Ella fue a la cocina. Aproveché para preguntarle a Lautaro cómo le había suministrado la burnundanga. Me dijo que la había metido en la jarra de limonada que había en la heladera, y que sabía que su madre había tomado al menos un vaso antes de que yo llegara, pero que había creído que no le hizo efecto, ya sea porque al diluirse en un litro de limonada, tomar un vaso resultaba una dosis muy pequeña, o porque simplemente lo habían estafado, y eso no era ninguna droga. En todo caso, ahora parecía que la cosa estaba marchando sobre ruedas.

— Nunca vas a volver tener una oportunidad como esta —dijo Lautaro.

— Pero ¿Qué pretendés que haga? — le pregunté—. No puedo pedirle que me deje cogerla así sin más. Mirá si de repente de despierta —dije.

— Lo único que nos queda por hacer es corroborar que realmente esté bajo la sumisión química —dijo el vecino—. Ya ves que hasta el momento todo parece indicar que así es. Luego depende de vos hasta dónde te quieras arriesgar. Y por cierto, para que sepas, otro efecto de la burundanga es la absoluta sinceridad. Si le preguntás algo, te va a responder, por más íntima que sea la pregunta.

                La vecina volvió con una bandeja con algunos bocados. Lo menos que quería hacer yo era comer, claro está. Luego parecía no saber qué hacer. Como si el hecho de que no le dieran ninguna orden la desconcertara.

— Sentate Leticia, por favor —le dije, apiadándome de ella. La vecina dio unos pasos hasta el otro sofá. No emitía palabra alguna. Miré su cara, y me di cuenta de qué era eso tan raro que había notado al principio en su mirada: sus pupilas estaban dilatadas. Supuse que era debido a los efectos de la droga. Ya no quedaban dudas de que estaba bajo la sumisión química. Sólo quedaba corroborar el alcance de dicho estado.

— Dale, aprovechá, mirá que es muy difícil conseguir esta cosa —me instó Lautaro.

                Pensé en cuál sería el mejor paso a seguir. Tenía que ordenarle que hiciera algo que de alguna manera me resultara satisfactorio, pero a la vez no sea tan raro, y de esa manera cubrirme en caso de que de repente volviera a su estado normal.

— Leticia cre… creo que allá hay telarañas. Agarre un plumero y límpielas ¿Quiere? —dije, titubeando, señalando una esquina donde el techo se unía a las paredes. Por supuesto, no había ninguna telaraña.

                Me pregunté si la última pregunta había arruinado todo. Quizá debía darle órdenes directas y precisas, tal como lo había hecho el vecino. Ella me observó con su mirada vacua.

— Bueno —dijo. Se puso de pie, y se fue de la sala de estar. Supuse que a buscar el plumero.

                Lautaro estaba extasiado. No me quería imaginar cómo se pondría si le aplicaba la droga a mamá. La sola idea me hacía temblar de miedo. Pero debería resolver una cosa a la vez. Por ahora, quería ver hasta dónde llegaba todo ese asunto con la vecina. Ella volvió con el dichoso plumero, y una pequeña escalera que acercó a la esquina que le había indicado. Luego se subió en ella.

                Me dio temor que fuera a perder el equilibrio y caer, pues estaba en un estado en el que no tenía toda su inteligencia consigo. Así que me acerqué para sostener la escalera. Pareció confundida al no ver la supuesta telaraña.

— Simplemente pase el plumero hasta que yo le diga que deje de hacerlo —aclaré.

                Extendió el brazo, y al hacerlo, estiró todo su delicado cuerpo. Su espalda se curvó de manera deliciosa, y las nalgas sobresalieron. Mi cabeza estaba a la altura de sus rodillas. La vecina pasaba el plumero, y tal como se lo había dicho, no parecía dispuesta a dejar de hacerlo hasta que yo le diera la orden contraria. Como era natural —casi una obligación—, acerqué mi cabeza un poco más a ella. Miré hacia arriba. Las encantadoras nalgas estaban cubiertas por una braga blanca con pintitas rosas. Me sorprendió, pues parecía algo infantil para alguien con su carácter. Pero no dejó de parecerme hermosa cómo lucía ahí, resguardando las partes íntimas de la sensual secretaria.

                Si bien no se trataba de una tanga, y por ende la tela cubría bastante más de lo que me hubiera gustado, estaba seguro de que se encontraba totalmente depilada. Arrimé aún más mi rostro. Ahora mi cabeza estaba metida debajo de la encantadora falda. Aspiré profundamente. Los muslos y la braguita tenían el mismo perfume que usaba en su cuello. El mismo que había utilizado en la tanguita roja, quizás cuando hizo el amor con Gramajo.

— Está embobada —escuché decir a Lautaro.

                Me sobresalté, pues lo hacía en el sofá, mirando todo a cierta distancia. Sin embargo, la curiosidad lo venció y fue a ver la cosa de cerca. Al igual que yo, se inclinó, y observó la ropa íntima de su madre. Vi, no sin evitar sentir cierta sorpresa, que tenía una potente erección.

                En parte, creo que era algo que ya sabía, o al menos sospechaba. La manera que tenía de tratar a su madre, y la facilidad con que invadía su privacidad, eran señales de que la veía de una manera retorcida. Pero aun así, verlo con su verga tiesa debajo de los pantalones, sin ningún pudor, llamó mi atención.

— Dale, hacé algo más. ¿O vas a estar todo el día mirándole el culo —me instó.

                La verdad era que podía estar todo el día metido debajo de esa sensual pollera, a centímetros de su perfecto orto. Además, me daba mucho temor hacer algo más osado que eso. Pero como era su costumbre, el vecino había dejado su veneno, y ahora me resultaba muy difícil no pensar en hacer otra cosa, e ir más allá. He de reconocer que en ese momento no sentí la menor pena por Leticia, y mucho menos me sentí abrumado por un sentimiento de culpa, aunque eso sí llegaría después, cuando todo hubiera terminado y estuviera en mi casa. Hasta ahora, lo que me retenía de hacer algo más contundente, no era una cuestión moral, ni mucho menos, sino el miedo de que todo saliera mal. Si Leticia despertaba de repente, le resultaría sumamente extraño verse encima de una escalera limpiando unas telarañas invisibles. Pero sin embargo, no era algo tan fuera de lugar. Podríamos inventar alguna excusa sin problemas. Entonces, debería seguir en esa línea, pensé yo.

— Bueno, Leticia. Quedó perfecto. Ya puede bajar —dije.

                La agarré de la mano, y la ayudé a bajar. Le dije que había que guardar las cosas de donde las había sacado. Yo llevaría la escalera, y ella el plumero. Así que la seguí hasta un pequeño armario donde guardaba todas las cosas de limpieza. Mientras dábamos los últimos pasos, aceleré el ritmo y fingí chocarme sin querer con ella, quien iba delante de mí. Al hacerlo, apoyé mi pelvis en su trasero. A la vecina no parecía importarle lo más mínimo lo que sucedía. Parecía que otro efecto de la sumisión química, era una absoluta apatía. Sin embargo, no podía dejar de preguntarme si esa apatía persistiría incluso si hiciese con ella algo mucho más brusco, como despojarla de sus ropas y penetrarla ahí mismo. Estaba claro que hacer algo como eso era extremadamente riesgoso, pero mi verga estaba tiesa como una piedra, y si ella continuaba bajo los efectos de la burnundanga, sería muy difícil reprimirme.

— Quédese exactamente como está —le dije, una vez que estuvimos en el cuarto de limpieza. La vecina se había inclinado para dejar el plumero en un estante que se encontraba a media altura. Cuando oyó mis palabras, apoyó sus manos en ese mismo estante, para así mantener el equilibrio.

                La agarré de la cintura, y me arrimé a ella. Mi pija erecta hizo contacto con sus nalgas. Lautaro miraba todo desde el umbral de la puerta. Se sentía increíblemente rico ese trasero terso. Sería muy fácil quitarle esa braguita que llevaba puesta y violarla ahí mismo. Pero de nuevo, el riesgo parecía ser muy grande. Así como estábamos, estaba muy bien. Si de repente notara algo raro, simplemente me separaría de ella. Apreté más mi pelvis en sus nalgas, clavándole mi sexo, para luego frotarlo con fruición. Era como si me la estuviese cogiendo teniendo ambos las ropas puestas. Deslicé mis manos lentamente, desde la cintura a las caderas. Leticia no emitía palabra alguna, y no hacía ningún gesto que me permitiera adivinar si estaba experimentando alguna sensación al sentir mi sexo frotándose sin pudor en ella. Mis manos siguieron su camino en descenso, hasta llegar a los muslos. Por primera vez hice contacto con su piel desnuda. Se sentían suaves, pero también firmes y tonificados, evidenciando las horas que pasaba en el gimnasio. Los dedos fueron ahora en camino opuesto, y mientras subían, la falda a lunares se iba levantando con sensualidad.

                Leticia no ponía reparos en absoluto. Seguía en esa posición, inclinada, sin decir una sola palabra. La tentación era demasiado grande. Noté que ahora Lautaro se masajeaba la verga sin ningún pudor. Aunque al menos había tenido la decencia de no sacarla al aire, sino que lo hacía por encima del pantalón. Ahora yo alejé unos centímetros mi pelvis, mientras que mi mano derecha se movía hacía el prieto trasero de la vecina. Lo acaricié, aún por encima de la pollera. Mi verga ya no daba más de la calentura que tenía.

                Entonces sucedió algo que no me esperaba. Sentí la sangre correr a través de la venas. Los testículos parecían más pesados que nunca. Se encontraban apretados por el calzoncillo. Estaban repletos de leche que necesitaba ser expulsada. Y entonces pasó. Un torrente de tibio y pegajoso semen salió disparado desde mis conductos, con una fuerza impresionante, tanto así que sentí algo muy parecido a lo que sentía de niño cuando me orinaba encima. Mi ropa interior quedó inmediatamente empapada por la eyaculación.

                Me separé de la vecina. Al fin y al cabo, la razón por la que no me la cogería no sería por haberme contenido, sino por exactamente lo contrario. No había podido prever que el orgasmo hubiera llegado de esa manera tan arrebatadora. Me resultó imposible postergarlo.

— Vamos al living de nuevo —dije.

                Me sentía humillado. No quería que Lautaro se enterase de lo que me había pasado. Dije que necesitaba ir al baño. Me limpié el sexo, para que, en caso de que luego lo sacara, él no se diera cuenta de lo que había sucedido. Pero de todas formas, el calzoncillo había quedado mojado, por lo que mi verga quedaría toda pegoteada nuevamente. Cuando salí del baño, Lautaro miró mi entrepierna y sonrió. No había pensado en eso. La limpieza de nada me había servido, pues ahora era evidente que ya no tenía ninguna erección. Mi cuerpo me dejaba en total evidencia.

— Tranquilo. Seguramente no te va a costar nada que vuelva a empinarse —me dijo, ahora con sincera empatía, según creí percibir.

                Era cierto. Con solo manipular la voluntad de Leticia durante unos minutos más, ya estaría de nuevo al palo. Finalmente había tomado la decisión de hacerlo. La cogería sin preámbulos, pues hasta el momento, había seguido nuestras instrucciones al pie de la letra.

                Pero ese día, la suerte no estaba de mi lado. La vecina se había sentado en el sofá, y ahora, una expresión de perplejidad enturbiaba su rostro. Miré a Lautaro, con pavor, ya que no tenía idea de qué debía hacer.

— ¿Estás bien? —preguntó él, quien también parecía alarmado, aunque no tanto como yo.

— ¿Qué pasó? —preguntó ella. Parecía que realmente acababa de despertarse de un profundo sueño. Se frotaba la cabeza, como si le doliera.

— Te desmayaste —respondió rápidamente el vecino—. Seguramente te bajó la presión. ¿Por qué no vas a tu cuarto a descansar? —agregó.

                Leticia se levantó con dificultad, como si estuviese muy debilitada. Lautaro la ayudó a subir a su habitación. Le deseé que se mejore, y volví raudo a mi casa. ¡De la que me había salvado! Si realmente hubiese decidido cogérmela en el cuarto de limpieza, seguramente hubiese quedado expuesto una vez que se despertara. ¡Qué locura!

                Lo primero que hice fue enviarle un mensaje a Lautaro, preguntándole, con el corazón en la boca, si su mamá recordaba algo de lo que había sucedido mientras supuestamente estaba desmayada. Me dijo que no, pero eso no me alivió. ¿No se daría cuenta de que estuvo inconsciente durante tantos minutos? Según él, estaba tan atontada, que le resultaría imposible darse cuenta de esos quince o veinte minutos de diferencia. Minutos en los cuales deberíamos haber llamado a una ambulancia, ya que eso era lo que haría cualquiera si se encontraba con a alguien desmayado por tanto tiempo. Le mandé un mensaje a cada hora que pasaba, y sentía mi corazón a punto de salirse de mi pecho, por cada segundo que tardaba en contestarme que estaba todo bien.

                Aproveché la oportunidad para negarme a usar la burnundanga con mamá, pues me parecía demasiado impredecible y arriesgada. Pero me dijo que no fuera cobarde, que con Leticia había usado la dosis incorrecta. Con mi madre, en cambio, lo harían mejor.

                Lo maldije, y me maldije a mí mismo. Pues en mi oscuro interior, ardía de ganas por saber qué haría él con una mujer como la doctora Lorenzzeti.

                Por la noche cené con mamá. Estaba exageradamente parlanchina. Desde el incidente con Antonia, se mostraba de esa manera, como queriendo ocupar cualquier espacio de tiempo vacío, para no vernos obligados a rememorar el nefasto momento en el que eyaculé sobre ella. Además, era una manera que tenía de fingir normalidad. Se mostraba interesada en mis cosas, y cuando veía que no le decía mucho, se ponía a hablar ella misma de lo que había hecho durante el día.

                Era realmente una buena madre. Tenía mucha suerte de tenerla. No pude evitar sentir pena por ella. Muy pronto, la entregaría a las garras de Lautaro.

Continuará

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