ISA HDEZ

La mente de Lara daba vueltas de molino acordándose de algo que había leído hacía poco relacionado con las firmas en librerías. Se trataba de cuando te invitan a una librería a firmar tus primeros libros y piensas que te van a faltar ejemplares porque se agotarán en cuanto te sientes y, además, crees que vas a tener una cola de lectores delante de tu mesa para adquirir tu último ejemplar y, te notas inquieta y nerviosa porque cavilas de que no van a llegar a tiempo porque se van a terminar. Y, te desesperas porque debías haber traído más, pero no supiste prever la situación. Te recriminas a ti misma, por tu falta de previsión en situaciones de afluencia de gente en las calles haciendo compras de Navidad y sabes que muchas personas añaden un libro en los regalos de Reyes. Pronto te das cuenta de que eso que maquinas no pasa, y solo contemplas a la gente pasar sin mirarte, y lo peor, sin ver tus libros, eso te duele más. Te sientes molesta y crees que la gente no lee porque no compran tus libros, pero al momento rectificas y aprecias que eso no está bien que lo pienses. Recapacitas. Nadie tiene por qué leer tus libros, ni comprarlos,  porque no es que la gente no lea, la gente sí lee, pero lee lo quiere, lo que le gusta, ¡faltaría más!, entran en la librería y compran libros, pero no los tuyos, sino los que desean leer y de los autores que conocen y admiran, son libres para elegir. Es que no sabías ni por qué estabas con esa disertación entre tus libros u otros. Embelesada, como si no estuviera sentada en la mesa con sus libros delante bien apilados, y, abstraída, Lara regresa de no sabe dónde y ve una pequeña fila de personas delante de su mesa que la miran a ella como esperando una palabra. Saluda con la típica sonrisa de amabilidad e invita a mirar sus libros y con sorpresa los ve con los ejemplares para firmar. Atónita dedica uno tras otro, mientras van pasando al mostrador para el abono, y casi sin darse cuenta los pilares van decayendo hasta dejar la mesa lisa. Cuando acaba su hora, mientras caminaba hacia el coche, no creía lo que le había pasado, pero lo que sí le quedó claro es que debía ser agradecida con la librería que le permitió mostrar sus libros, aunque no hubiera vendido ni uno. Se prometió no volver a hundirse en la mala suerte porque todo es relativo, y en un instante, cualquier situación se puede dar la vuelta. ©

Un comentario sobre “La firma en librerías

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