GAMBITO DANÉS

Capítulo VII

—Bueno, confirmado lo que ya sabíamos —dijo el doctor después de observar la ecografía—. Hernia inguinal por esfuerzo. Es una lesión muy común, la segunda causa de cirugía en hombres después de la apendicitis.

—¿Cirugía? —dije yo algo asustado, sorprendido al sentirme ya mejor.

—Sí, eso seguro. Las hernias solo se pueden solucionar con cirugía. Pero no te preocupes, es algo ambulatorio. Cortamos, tapamos con un tapón, ponemos una malla sintética para reforzar la zona, unas grapas y para casa en un par de horas, en unas semanas estarás como nuevo y la recuperación suele ser cómoda.

Mi madre, al ver mi cara de preocupación, puso su mano sobre la mía para consolarme.

—Pues nada, os la programo para dentro de un par de semanas. Ya os diré las pautas, diez días en casa y luego, si todo va bien, poco a poco.

Las dos semanas se convirtieron en más de un mes. Protocolos, malditos y pesados protocolos. Visita al anestesista, electrocardiograma, análisis de sangre… El bulto de la ingle me molestaba poco, aunque lo sentía siempre. Especialmente con cualquier pequeño esfuerzo o al levantarme. En el colegio me medio reconcilié con Jana, aunque nunca le saqué el tema de sus confesiones a David o su posible relación. El Diablo también pareció apiadarse de mí, sin provocaciones, sin burlas, las fugaces conversaciones que tuvimos fueron casi agradables. Recuerdo que justo el día antes de operarme me dijo:

­­—Jugar es jugar, pero la salud es lo primero. Que vaya bien.

La noche antes de la cirugía fue larga, igual que la espera a entrar al quirófano. Aparecí de repente en reanimación y una simpática enfermera me informó:

­—El doctor ha dicho que ha ido muy bien. Descansa un poquito, bebe este zumo cuando puedas y si consigues hacer pis te podrás ir a casa.

Dicho y hecho, tal y como anunció el médico en la primera visita un par de horas más tarde, vestido con el mejor de mis chándal, estaba ya en el coche con mi madre de regreso. Ella me miraba, sonriente, con cara algo preocupada.

—Estoy bien mamá, cansadito, aturdido, pero me duele menos de lo que creía. Me han dicho que no me han puesto grapas al final, solo unos puntos de aproximación, unas tiritas. Por lo visto esto hará que me duela menos.

Más tarde, ya instalado en mi habitación, me di cuenta de la realidad. Los calmantes dejaban de hacer tanto efecto y el dolor se incrementaba. Era soportable, excepto si me movía demasiado o me levantaba para orinar. Levantarme y tumbarme era realmente complicado. Al día siguiente mi madre me hizo la primera cura, retiró por primera vez el apósito que cubría la cicatriz. No tenía mal aspecto, amarillenta por el yodo desinfectante, con los once puntos de aproximación. Algo hinchado, pero menos de lo que me habían advertido.

Me limpió con una gasa y me aplicó más yodo diciéndome:

—Bueno, esto está muy bien eh, si te hago daño me lo dices.

No sentía nada, como si tocaran a otra persona. La parte que rodeaba la herida la tenía completamente insensibilizada. Ella cambió la gasa dando por concluida la sesión.

­­­—¿Seguro que no necesitas nada?

­—Nada. Estoy bien. Duele, pero estirado no mucho.

­—¿Tienes agua? ¿Un buen libro? ¿Todo?

­—Sí, mamá.

­—¿Sigues la pauta de analgésicos?

­—Que sí mujer, no te preocupes más.

­—Vale, vale, mi pequeño gladiador. Ya te dejo tranquilo.

Los primeros cuatro días fueron duros, pero sin llegar a ser traumáticos. Curas, primeras duchas con mucho cuidado, primera y dolora vez que fui de vientre. Nada de lo que no estuviera prevenido. Notaba que estaba mejor al hacerse cada vez más patente el aburrimiento. Llegó la tarde y, ante mi sorpresa, apareció en la puerta de mi habitación David junto a mi madre.

­—¿Cómo te encuentras, Lucio Sicio Dentato? ­—me dijo sonriéndome.

­—¿Le echo? ­—preguntó mi madre con cara de asco.

­—No, mamá, déjalo.

­—Vengo en son de paz, Carmen —se defendió él.

—Para ti, Señora Ariza —replicó antes de dejarnos solos.

—Tiene genio tu madre —me dijo ya sin ella delante.

—¿Qué quieres? —dije enseguida.

—Nada hombre, de verdad, que no vengo a buscarte las cosquillas. Quería saber cómo estabas.

Me sorprendió la visita, o mejor dicho su actitud, pero es cierto que las semanas antes de operarme también se había mostrado bastante amigable.

—Pues ya ves, lisiado, pero vivo.

—Vas a estar bien muy pronto —afirmó mientras se sentaba en el borde de la cama.

—Cómo se entere Jana que estás aquí, le he dicho que no estaba aún de humor para visitas.

Pensé que atacaría con alguna impertinencia, pero no fue así:

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.

—Me das más miedo cuando eres amable que cuando eres un cabrón —confesé.

—Tristán, lo sé, puedo ser un mal nacido. Me aburro, me gustan los juegos, qué le voy a hacer, soy así. Pero tu madre y tú sois grandes rivales, es difícil encontrar a gente culta y leída como vosotros. Quizás me pasé. Por cierto ­—advirtió—. Te he traído un regalo.

Me dio una carpeta llena de hojas escritas a ordenador, parecía una especie de manuscrito. Se titulaba Inadaptado.

—¿Y esto?

—Esto es la verdad. Toda la verdad de lo que pasó con mi madre, con mi hermana, en mi anterior colegio, etc.

Le miré con desconfianza.

—No pretendo nada malo, solo quiero que me conozcas un poco mejor. Léelo o quémalo, es cosa tuya. Tu elección. Yo me tengo que ir ya, mira que vivís lejos eh. No te preocupes, conozco el camino.

Lo guardé en un cajón algo confundido, pero después de cenar no pude vencer la tentación:

“…Inadaptado

Inadaptado, da: Que no se adapta o aviene a ciertas situaciones o circunstancias.

Capítulo I

David Hugo Macía Pajas. Efectivamente, os estoy revelando mi nombre. ¡Empezamos bien!, que diría el chiste. Si ya de por sí no era suficientemente humillante la combinación de apellidos mis padres tuvieron la genial idea de ponerme un nombre compuesto. Da prestigio, alegaron siempre. Lo cierto es que cuando mis compañeros se cansaron de las bromas en las que yo era un practicante compulsivo de onanismo entonces llegaron las homosexuales, dónde un tal Hugo me masturbaba sistemáticamente a mí, David. Todo muy elaborado, como suele pasar a estas edades. No les cargaré toda la culpa a mis progenitores, ellos lo intentaron, me llevaron al colegio más abierto y transigente que pudieron encontrar en Madrid, un sitio dónde poder desarrollar la sensibilidad que se me presuponía. Una comunidad en la que mi hermana y yo seríamos libres, felices y partícipes de una gran comunidad abierta y avanzada…”

Capítulo VIII

Leí el relato del tirón y el resto de la noche me la pasé dándole vueltas. ¿Podía ser verdad? Sus provocaciones, lo que le hizo a su hermana, a la profesora de nombre Carmen como mi madre, lo que pasó con el psicólogo y luego con su madre… ¿Podía serlo? Por alguna razón creí todo aquello. Me atrapó desde la primera palabra, me impactó. Se metió dentro de mí. Me asustó y a la vez me intrigó. Por momentos incluso sentí una pequeña y vergonzante congoja en mi entrepierna, la primera desde que me habían operado. ¿Qué pretendía regalándome eso? ¿Sincerarse? ¿Confundirme? ¿Reírse de mí?

Sobre las diez entró mi madre en la habitación, con paso decidido y abriendo la persiana y la cortina.

Ve tan lejos como puedas ver y verás más lejos.

—La luz… —me quejé.

—¿No has dormido bien?

—No mucho, no.

—¿El dolor?

—No, simplemente me he desvelado, no sé la razón —mentí.

—Bueno, ahora vendré a hacerte la cura. Además, hace un día estupendo, ni rastro de frío, hoy podríamos intentar dar un paseo por fuera y no solo andar por casa.

—Bueno, ya veremos a ver —dije yo.

Cuando volvió armada con el nuevo apósito, las gasas y el yodo, me di cuenta de su mención a la temperatura. Iba incluso descalza, con unos pequeños pantaloncitos y una camiseta de tirantes a modo de uniforme. No era fácil que en esa casa hiciera la temperatura suficiente para vestir así.

—A ver cómo tienes esto hoy —dijo ella bajándome un poco el pantalón del pijama para retirar el apósito.

Con solo rozar mi vientre ya me di cuenta de que algo no iba bien.

—Lo retiramos lentamente… —fue anunciando casi de manera infantil—. Muy bien, eso es. Pues lo veo cada día mejor eh, creo que algún punto se soltará incluso antes de ir a la revisión.

Bajó un poco más mi pijama, mostrando sin querer el comienzo de mi tronco e incluso rozándolo con la yema de sus dedos.

—Un poquito de yodo… —dijo mientras vertía unas gotas sobre la cicatriz con una mano y sujetaba la goma del pijama con la otra, rozándome de nuevo el inicio del miembro.

—Eso es —comentó esparciendo el yodo con la gasa.

Ahora, por la posición en la que estaba, no solo sentía sus manos manipulando mi ingle, sino que tenía una diabólica perspectiva de su escote, con la camiseta de tirantes cediendo por la gravedad. Muchos pensamientos en mi cabeza, comprimidos, a presión. La partida de ajedrez, el beso, la erección indeseada, David, su madre, David sobre su madre. Cuanto menos quería mirar más inevitable me parecía. Pechos sin sujetador, moviéndose al compás de la cura, completamente visibles gracias a la apertura del canalillo. Mamas generosas y turgentes.

—Aguanta que ya queda poco —informó mi madre pensando que quizás me hacía daño con los cuidados.

Pero no era dolor lo que sentía. Era calor, un nudo en el estómago y una ligera náusea. Sentí entonces la inconfundible sensación de mi miembro crecer, lento como un caracol que despierta con la lluvia, pero incontenible. Ella me secaba ahora con dos gasas limpias el exceso de yodo, pero al haber dejado mal puesto y demasiado bajo la parte inferior de mi pijama, mi erección, en vez de quedarse dentro de la ropa, se asomó libre, bajando con el propio crecimiento el pantalón hasta que este quedó atrapado en la base del pene. Mi madre no se dio cuenta en un primer momento, pero al ver mi virilidad descubierta y tiesa como pocas veces recordaba, dio incluso un pequeño salto y se apartó, como el ama de casa que se encuentra una cucaracha en la cocina.

Seguía mirándome, mirándola, con las manos en alto como si fuera la víctima de un atraco. No dije nada. Simplemente no pude.

—Bueno, esto ya está —dijo ella ridículamente titubeante.

—Joder mamá… —balbuceé yo.

—No pasa nada —dijo casi en shock, mucho más impactada que el día del beso.

—Si es que es por la mañana —argumenté yo casi en una queja.

—Claro… —añadió ella.

—Hasta que no haga pis… —seguí.

Pero mi falo allí seguía firme y erguido hasta tocarme casi el vientre, parecía que apuntase a la artífice de su estado. Yo miraba su cara de conmoción, pero también le veía las torneadas piernas, apenas cubiertas por su minúsculo pantaloncito, y eso hizo que mi miembro tuviera incluso un espasmo, moviéndose como si tuviera vida propia e independiente.

—¡Mamá! —exclamé al fin, como si me pareciera ofensiva su sola presencia en la habitación.

—Sí, sí —dijo ella saliendo casi a la carrera.

Supe enseguida que David Macía Pajas había vuelto a corromperme. Solo había necesitado un relato, uno supuestamente verídico. Toda mi educación y preparación había sido destruida por aquel impúdico ser, había aniquilado por completo todo mi equilibrio emocional, el mío y el de mi madre y lo había conseguido fácilmente.

Quise vengarme…

Capítulo IX

Venganza: Satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos.

De camino a mi destino me bebí dos latas de cervezas. Un gesto ridículo, pero que a un abstemio y mojigato como yo le ayudaría a encontrar las agallas necesarias. Al llegar al final de mi excursión una atractiva recepcionista me invitó a pasar y me informó de que la Doctora Pajas me estaba esperando.

—Buenos días, Tristán —me dijo señalándome un sillón—. Espero que no te importe que te tutee.

Me apreció un comienzo curioso, casi un déjà vu de lo ocurrido en mi casa dos meses atrás, pero con los roles intercambiados.

—Claro que no, Doctora Pajas —respondí intentando que no se notara el retintín.

La madre de David era exactamente como la había descrito en su relato, hecho que aceleró mi corazón.

—Antes de empezar quiero decirte que, aunque seas menor de edad, lo que hablemos aquí, salvo hechos que impliquen temas penales, nunca saldrá de esta consulta. Es importante que seas sincero conmigo para que la terapia sea lo más rápida y efectiva posible.

Lo de rápida sonaba bien, sobre todo conociendo sus tarifas.

—Por supuesto, Doctora Pajas.

—Y bien, Tristán, ¿hay algún tema que te preocupe especialmente? —preguntó.

Iba ligeramente escotada, lo suficiente como para que resaltara su más que generoso busto. La imagen de la sabandija amamantándose de aquellos pechos paseó fugazmente por mi prostituida mente.

—Bueno, voy a intentar seguir su consejo, pero, aunque sé que es una profesional, me será complicado —advertí.

—No te preocupes, estoy aquí para ayudarte —insistió ella cruzando sus sensuales piernas cubiertas por unas elegantes medias.

—Bueno, lo intento. Tengo dieciséis años, y jamás me había pasado algo parecido. El caso es que hace poco me operaron de una hernia inguinal, algo muy común. Mi madre se encargó de hacerme las curas y… bueno… El tema es que en una de esas curas me excité, tuve una indisimulable erección.

Si lo que pretendía era parecer entre estúpido e ingenuo había bordado el papel. Ella me miró fijamente, creo que algo descompuesta. Descruzó las piernas para volverlas a cruzar intercambiando la posición de las mismas. Sus ojos, ligeramente escondidos por las gafas de bibliotecaria sexy, parecían querer escudriñarme por dentro.

—Entiendo. A ver, hasta donde yo lo veo, puede ser una reacción perfectamente normal. El roce en una parte de la anatomía que consideramos íntima, probablemente el efecto de las medicinas puede que enturbiaran un poco tu razón… Eso no significa que no sea normal que vengas a mi consulta preocupado o confundido, por supuesto, pero no lo veo algo extraño. ¿Era por la mañana?

—Lo era, y sé que se refiere a la reacción biológica y matutina que tenemos los hombres, pero debo serle completamente sincero, me había fijado en sus piernas y en su escote, deleitándome incluso en sus pechos. Intenté reprimirme, pero fui incapaz.

—Comprendo. ¿Qué reacción tuvo ella? ¿Se dio cuenta?

—Oh, sí, lo hizo. Piense que mi miembro estaba descubierto y erecto, estuve a punto de tocarle incluso las manos con el glande mientras me hacía la cura.

Pude ver como ella, incómoda, se revolvía en su sillón e intenté reprimir una sonrisa.

—¿Y cómo reaccionó?

—Me gustaría decirle que de manera racional, comprensiva y natural, pero no fue así. Se asustó. Dio un saltito hacia atrás, con las manos en alto.

—Claro. Es normal también. Aunque es una reacción natural la sociedad no está preparada para entender algunas cosas.

—¿Como que un hijo se sienta atraído por su madre? —ataqué.

Ella reflexionó unos instantes antes de contestar:

—No creo que sea tu caso. De momento lo que me cuentas no deja de ser un hecho aislado.

—¿Una reacción biológica? —pregunté.

—Sería una manera de decirlo, sí.

—Ya, bueno, el tema es que no era la primera vez.

—¿No lo era? —preguntó ella frunciendo el ceño—. ¿Qué pasó después de eso?

—De esto hace una semana y lo que pasó es que ambos estamos raros y yo me hago mis propias curas, que por suerte ya no son necesarias. Pero antes de eso, algunas semanas antes, también me pasó, me excité con algo relacionado con ella.

—Bien, Tristán. ¿Qué pasó? Pensé que habías dicho que solo una vez.

—Circunstancias de la vida hicieron que mi madre y yo tuviéramos que besarnos. Hablo de un beso de tornillo. Ella, además, iba en ropa interior.

La Doctora Pajas se quitó las gafas, visiblemente desconcertada, las dejó en la mesita que tenía cerca, adecentó su falda y cruzó por enésima vez sus piernas.

—¿Circunstancias de la vida? —fue lo único que dijo.

—Así es.

—¿Qué circunstancias, Tristán?

—Bueno, es una larga historia. Digamos que fue por una derrota, una derrota ajedrecística.

La doctora claramente no comprendía nada, creo que incluso no estaba convencida de que le estuviera diciendo la verdad. Era comprensible, la historia era de lo más rocambolesca.

—Sí. Ella perdió. Resumiendo, en la primera derrota se quedó en ropa interior y en la segunda tuvo que besarme. El hecho es que después del rechazo inicial, al sentir su cuerpo contra el mío y su lengua en mi boca, me excité.

—Me cuesta seguirte, pero bueno, ya volveremos a eso. Sé que después de la cura os tratáis de forma poco natural, probablemente avergonzados, pero dime, ¿qué sientes tú? ¿Cómo te sientes? ¿Qué hiciste justo después de eso?

Yo abrí mi mochila que descansaba justo a mis pies y revolviendo dentro de ella comencé a decir:

—Primero estuve bastante en shock igual que ella. Después releí un relato y me masturbé.

—¿Leíste un relato? —repreguntó ella cada vez más perdida.

—Sí, este relato —dije yo levantándome momentáneamente y entregándole el regalo de su hijo, Inadaptado.

Extrañada, lo agarró y comenzó a hojearlo.

—Trata de un chico, David Hugo Macía Pajas, que se dedica a hacerle la vida imposible a todos los que están a su alrededor, su hermana, profesoras, incluso su madre, a la que obliga a tener relaciones sexuales con ella.

Pude ver a la Doctora temblar. Perder casi el control de sus manos mientras pasaba las hojas. Dejó caer el manuscrito al suelo y se agarró el comienzo de la nariz con los dedos, pensativa y diría que algo abatida.

—Mira, no sé qué demonios te habrá hecho mi hijo, pero te aseguro que no es mi culpa. Hace tiempo que lo di por imposible.

—¿Después de follárte…? —comencé a decir hasta que me detuvo alzando la voz.

—¡No me interrumpas! No sé qué pretendes viniendo a mi consulta, pero si buscas una disculpa o una explicación no la vas a tener. Te aseguro que mi marido y yo lo educamos lo mejor que supimos, pero él es así. No respondo de sus actos. Denúnciale, pégale o mátalo, no lo voy a impedir, pero ni por un momento creas que vas a conseguir nada de mí, vete ahora mismo de mi consulta y no vuelvas.

Me di cuenta de que la Doctora Pajas era otra víctima, una con heridas mucho más profundas que las mías. Entendí ahora que mi plan de vengarme era una estupidez i además una injusticia. Incomodar a su madre tal y como él había hecho con la mía no era algo de lo que pudiera sentirme orgulloso. Agarré el relato del suelo, recogí mi mochila y salí cabizbajo. Quise disculparme, pero no fui capaz.

Capítulo X

Salí de la ducha y me observé en el espejo. La cicatriz, sin puntos, seguía siendo muy visible. Más aún teniendo la zona rasurada. Era como una metáfora de mi vida, la herida que me había causado un tipejo con ínfulas de gurú sectario. Eran ya bastantes días en los que mi madre y yo nos comunicábamos a base de monosílabos. Mucho peor eran las noches, en las que se había convertido en la única musa que despertaba las ganas de masturbarme. Ni Jana, ni compañeras de colegio, ni la Doctora Pajas o la actriz de turno, solo ella hacía reaccionar mi entrepierna.

Sentí entonces unas ganas imperiosas de comunicarme con ella, casi como si me atravesaran el pecho, acelerando incluso mi respiración. Envolví mi cintura con la toalla y semidesnudo fui en su encuentro. La encontré en su dormitorio, haciendo la cama. Lo primero que pensé es que no era el único que iba semidesnudo. De nuevo descalza, llevaba puesto un culotte de color rosa y un top blanco. No recordaba que mi madre vistiera así antes para ir por casa, pero quizás, simplemente, no me fijaba.

No reparó en mi presencia y siguió luchando con la sábana, arremetiéndola por debajo del colchón. Su cuerpo ahora estaba inclinado frente a mí, en pompa, sacudiéndose por los forcejeos. Le miré el culo. David tenía razón, era perfecto, injustamente insuperable teniendo en cuanta que no hacía deporte. Sus deseables nalgas parecían luchar entre sí, intentando dominarse.

—Mamá —advertí desde la puerta.

—¡Hijo! Me vas a matar —contestó dando un respingo y poniéndose la mano en el corazón.

—Perdona.

Ella siguió con su tarea unos segundos y preguntó:

—¿Estás bien?

—No, no lo estoy —respondí.

Dejó entonces la cama y, mirándome, me preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿La operación?

—No, no es eso.

—Me estás asustando, Tristán.

—Solo quería decirte que siento mucho esta situación, lo que pasó con la cura fue algo horrible.

Ella intentó disimular con una mueca, quitarle hierro.

—No es tu culpa, olvídalo, han sido unas semanas de lo más raras.

Volvió a la cama, algo incómoda, supongo que para calmar sus nervios. Mis ojos de nuevo se clavaron en sus nalgas y en sus piernas. También pude ver uno de sus pezones a través de la camiseta, confirmando que no llevaba sujetador.

—Lo sé —afirmé.

—Claro hijo, días raros, ya está. Ayer es el pasado, mañana es el futuro, pero hoy es un regalo. Por eso se llama presente.

—No, digo que tienes razón, que no fue mi culpa. Déjate de citas por una vez.

Ella volvió a incorporarse y me miró inquisitivamente.

—¿Qué? —dije—. ¿Fui yo quien se quedó medio desnudo por perder al ajedrez? ¿El que aceptó besar a su propia madre? ¿Acaso me vengo yo en paños menores a curarte tus zonas íntimas o voy medio desnudo por casa? No, claro que no, no es mi culpa.

—Cuidado con lo que dices, o será la primera vez que te castigue —advirtió realmente seria.

—¿Castigarme? ¿Por decir la verdad?

—Ese estúpido amigo tuyo nos ha confundido a todos, pero eso no te da derecho a tratarme así.

—¿Amigo mío? Fuiste tú la que quedaste con él a mis espaldas. A saber qué más has hecho. ¿Has perdido otra partida y te has bajado las bragas?

—Tristán, estoy a punto de pasar del castigo a abofetearte directamente.

—¿Sí? Lo dudo. Desde que metiste la pata ni te acercas a mí. Dime mamá, ¿tienes alguna célebre frase para esto? —dije dejando caer la toalla y mostrando una vigorosa erección—. Porque es por ti, ¿sabes? Por mirarte el culo mientras hacía la cama.

—Tú no eres así —dijo pasando del enfado al temor y la tristeza.

—No, no lo era, pero me has convertido en esto.

Me acerqué lentamente, con mi miembro por delante tieso y amenazante como una bayoneta. Me detuve muy cerca de ella y le dije:

—¿Cómo me ves la cicatriz, mamá? ¿Quieres hacerme una cura?

—Estás ido, hijo. Vete.

Yo, poseído por una mezcla de rabia y deseo, le agarré la muñeca y froté su mano contra mi falo. Ella enseguida consiguió librarse y alzó la ultrajada mano con el puño cerrado, como si hubiera sido picada por una serpiente venenosa.

—¡Vete!

—¿Qué pasa? ¿Te sorprende verme así? Quizás lo tendrías que haber pensado antes, ¿no crees?

—Te he dicho que te vayas —dijo con una voz que ni parecía la suya.

—De acuerdo —dije yo— me voy. A masturbarme, claro, como cada noche desde que me hiciste la última cura.

Desnudo, bajando las escaleras en dirección a mi habitación, supe que había cruzado definitivamente una línea que cambiaría nuestra relación para siempre y, a pesar de la monstruosidad que acababa de hacer, no sentía ningún remordimiento.

Capítulo XI

El dolor de la hernia ya casi era un simple recuerdo, solo algún que otro tirón si me forzaba demasiado. Esa tarde después del colegio entrené durante más de una hora y media. Vestido solo con la parte de abajo del chándal me fui a la cocina a por un poco de agua cuando, de camino, vi el móvil de mi madre encima de un mueble. Sin saber dónde estaba ella, aunque sospechando que en la ducha, decidí cogerlo para fisgonear. Por un momento fantaseé con encontrar alguna conversación subida de tono con algún amante, pero lo que encontré fue mucho peor. Mi madre llevaba semanas hablando por el Whatsapp con David. Al principio solo vi a él intentando provocarla, pero luego, a partir de un determinado momento, los monólogos se convertían en conversaciones.

8 de abril de 2021

David: Clarice… ¿Han dejado ya los corderos de gritar?

Carmen: Tienes que hablar con mi hijo.

David: ¡Vaya! Pero si hoy es uno de esos días afortunados en los que me hablas. ¿Y cómo es eso de que tengo que hablar con Tristán?

Carmen: Presumes de que bailamos todos al son de tus palmas, pues habla con él.

David: ¿No me digas que el pequeño Boy Scout te ha intentado meter mano? Déjame adivinar… estabas lavando los platos inocentemente y ha clavado su polla en tus perfectas nalgas.

Carmen: Haz algo decente en tu vida y devuélvele la cordura.

David: ¿Lo ves? Tan leída y tan mojigata. Gente como tú hace que mi madre gane tanto dinero. ¿Qué hay de malo en desear a una madre? Lo siento, pero no, no seré yo quien prive a tu hijo del dulce y prohibido néctar el incesto.

Carmen: Me lo debes.

David: De eso nada, te he ganado tres partidas de ajedrez y has pagado las apuestas, estamos en paz. Y no, no hago nada por altruismo.

Carmen: Hazlo, no me quieres tener como enemiga.

David: Te equivocas, nada me pone más que tenerte como rival.

11 de abril de 2021

Carmen: ¿Qué quieres?

David: O estoy muy mal de la cabeza, o no recuerdo haberte pedido nada.

Carmen: ¿Qué quieres a cambio de arreglar esto?

David: Sabía que sería capaz de domar su orgullo, señora Ariza. Pero, ¿qué te hace pensar que yo puedo volver la paz a tu dulce hogar?

Carmen: Dime lo que quieres y si lo haces, te lo daré.

David: De eso nada, yo no soy un camello de poca monta, no le fío a nadie.

Carmen: Quiero que mi hijo vuelva a ser mi hijo, y que JAMÁS vuelvas a acercarte a nosotros. ¿Puedes hacerlo?

David: ¡Hum! Puede que sí. Pero no puedo prometer que no me acerque a ti. A él de acuerdo, no deja de ser un peón en todo esto.

Carmen: ¿Qué quieres?

David: Fácil. Una foto tuya desnuda ahora, y una felación cuando termine.

Carmen: Eres un auténtico cretino.

David: Vamos…

Carmen: Nunca te tocaría, y tampoco te mandaría nada. Te conozco lo suficiente.

David: No me conoces en absoluto, sabrías entonces que como buen jugador tengo palabra. Sin honor no hay futuro.

David: ¿Carmen?

David: ¿Clarice?

David: …

12 de abril de 2021

Carmen: Una foto mía en la que no se me vea la cara, eso es todo, y cuando termines con este infierno.

David: ¿Negociando? Me gusta… Acepto lo de la foto sin cara, conozco lo suficiente tu cuerpo como para saber que no me vas a engañar. Eso sí, por adelantado. Y al terminar una paja. Es mi última oferta, y si lo consigo y no cumples juro que os destruiré.

Mi madre no contestó, pero lo siguiente era una imagen de ella desnuda. La foto terminaba en su cuello, con el brazo izquierdo tapaba, a duras penas, sus pechos, y lo mismo con su sexo con la mano derecha. Era una foto espectacular, parecía la Venus del Nilo en versión moderna. Intentando que fuera lo menos demostrativa posible había conseguido el efecto contrario, siendo una foto de lo más sugerente. David, después de contestarle algún comentario jocoso, se daba por pagado y terminaban la conversación.

Leí todo aquello en una mezcla de indignación, rabia y excitación, pero para cuando hube terminado, la calentura dominaba el resto de sentimientos. Bajé lentamente mi pantalón y el bóxer y enseguida saltó mi miembro, erecto, pétreo, como si estuviera hecho de otro material que no solo carne y sangre. Sin perder de vista la foto de mi madre comencé a subir y bajar la piel, movimientos lentos pero largos, profundos. Me imaginé a David haciendo lo mismo, pero eso no consiguió robarme la motivación.

Seguí masturbándome, estudiando las formas de mi madre apenas cubiertas por sus brazos y manos, imaginando el momento en el que decidió desnudarse para prostituirse. Recreé en mi mente cómo sería correrme en sus pechos, en su vientre, sus piernas o incluso su cara, aumentando el ritmo de mis tocamientos. Me corrí, poniendo de tope la otra mano y recibiendo en ella los impactos de los chorros de leche. Puse la impregnada mano encima del móvil de mi madre y, apretándola como si exprimiera un limón, vertí el semen gota a gota sobre él. Era mi firma, mi mensaje. Decidí no cerrar el Whatsapp, dejándolo abierto en la conversación con David y con su foto aumentada.

A veces, los peones se convierten en Reinas.

Capítulo XII

Al día siguiente mi madre irrumpió en medio de uno de mis entrenamientos. Su aspecto procuraba ser menos sensual, supongo, pero no lo consiguió. Llevaba un pantalón blanco que, aunque algo acampanado, se arrapaba a su piel de rodilla para arriba, tanto que se marcaba en él inclusos sus bragas. En la parte de arriba una simple camiseta rosa, esta vez no de tirantes, ni especialmente ceñida, pero que no conseguía evitar que sus pezones se marcaran en ella. Esa costumbre de mi madre, esa riña histórica con el sujetador, se me hacía cada vez más deliciosa.

—Tenemos que hablar —me dijo entre seria, tímida y avergonzada.

—¿Qué? —dije yo sin soltar las mancuernas.

—Hijo, te estás machacando mucho y no hace tanto que te operaron.

—Si eso es lo que tenías que decirme ya te lo puedes ahorrar, no te van a dar este año el premio a la madre del año precisamente.

No replicó, tan solo apartó la mirada hacia un lado y abajo.

—Lo he hecho mal, lo he hecho todo mal —dijo.

—Sí, la verdad.

—No sé cómo solucionar esto —insistió.

—A ver, entre exhibicionismo ante mis compañeros de clase, besos con lengua a tu propio hijo, ciberprostitución… No, yo tampoco sé qué puedes hacer, la verdad.

—No digas esas cosas —suplicó.

Dejé de machacar los bíceps para seguir con los hombros, todo sin dejar de conversar con ella. Me sentía en forma.

—Una pregunta mamá, ¿se habría quedado todo en una foto o realmente le habrías hecho una paja? Tengo curiosidad la verdad.

—Estaba desesperada.

—¿Y ya no?

—Sí. Lo estoy. Pero creo que hasta ahora no lo había hecho tan mal como para que me odies de esta manera. Nadie es perfecto, ni blanco o negro, somos grises. La vida es como un tablero de ajedrez, llena de luz y también de oscuridad —argumentó ella.

—Sí, tienes razón. Y siguiendo con los símiles, tú llevas semanas en jaque mate moviendo al Rey desesperadamente, sabiendo que has perdido, pero intentando forzar las tablas como una auténtica perdedora.

—¡Vale! He perdido. Pero merezco otra oportunidad, ¿no? ¿Tanto asco te doy?

Dejé las mancuernas y la miré fijamente.

—No es ese el problema. Quizás es todo lo contrario. Cuando me besaste cambió algo. Eres mi madre y también una mujer. Eres LA mujer. He leído tanto en mi vida, y todo por ser libre. Libre de prejuicios. Sin embargo, tenía uno, sí. Para mí eras un ángel asexuado, y me incomodaba cualquier tema erótico relacionado contigo. Pero ya no. No, ya no. Tu amigo David y tu habéis roto ese tabú.

—No es tu culpa, pero no está bien —contestó ella.

—¿No? ¿Quién lo dice? ¿La sociedad? ¿La Iglesia?

—Estás podrido con sus argumentos —dijo acercándose a mí.

—La historia está llena de casos como el mío, y muchos de ellos protagonizados por genios.

—Hemos evolucionado, es un tema cultural.

—A la mierda la cultura mamá, ¡mira dónde me ha llevado la cultura!

—Hijo. Te ayudaré. Déjate ayudar. Pero por favor, no te alejes de mí. Lo superaremos juntos, como siempre.

Volví a mirarla, de arriba abajo, y tuve la certeza de que jamás sentiría un deseo tan fuerte por nadie. Quizás estaba enfermo, pero el problema es que no quería curarme. No deseaba que las cosas volvieran a ser como antes.

—¿Quieres ayudarme? —le dije agarrándole la mano y llevándola directamente a mi entrepierna—. Pues hazlo.

—Así no.

—¿No? ¿Por qué no? ¿Sientes el bulto de mi pantalón? Es por ti.

Llevé entonces la mano libre hasta uno de sus pechos, sobándolo por encima de la ropa. Reaccionó entonces, liberando su mano y separándola de mi erección, y separándose ella también hasta dejar sus senos fuera de mi alcance.

—No.

—¿Pues entonces cómo? ¿Yendo al psicólogo? Conozco una ideal para estos temas, pero es la madre de David y se la folló hace un tiempo, no sé si podrá ayudarnos demasiado. Si quieres ayudarme, hazlo.

Me acerqué de nuevo y le agarré las nalgas con ambas manos, con fuerza, acercando su cuerpo al mío. Ella cerró los ojos y giró la cabeza, como intentando no ser testigo de lo que estaba sucediendo.

—Déjame, por favor.

—Podría hacerlo. Lo haré, de hecho, si vuelves a pedírmelo. Me has enseñado bien. Pero quiero que sepas que es tu última oportunidad. Si te dejo, si te suelto, lo haré para siempre. Me iré y nunca sabrás de mí. Solo di un no, o un déjame, o un basta, y será lo último que puedas decirme. Es tu decisión.

Ella cerró los ojos aún con más fuerza y tragó saliva mientras yo seguí magreándole el culo y clavé mi erección sobre su sexo, separados solo por la ropa de ambos. Subí entonces mis manos para atacar sus pechos, manoseándolos por encima de la camiseta esta vez sin resistencia.

—Recuerda, solo tienes que decir que no —dije pellizcándole los duros pezones.

Le quité la camiseta lentamente, recreándome, descubriendo sus preciosas tetas de perfectas areolas y puntiagudos pezones.

—Quizás tendrías que haberte puesto un sujetador si venías a negociar.

—Tristán… —fue lo único que dijo, pero sin abandonar su actitud sumisa.

—Lo que me fastidia es que prefirieras hacerle una paja a ese malnacido antes que complacerme a mí —increpé yo sin dejar de sobarle las peras.

Ella seguía cabizbaja y yo seguí acariciándola, apretujando sus mamas entre mis manos. Ataqué entonces su entrepierna, frotándola con la yema de mis dedos por encima del pantalón. En ese momento mi madre reaccionó y me dio una sonora bofetada, una tan fuerte que incluso me pitó el oído.

—Te había avisado de lo que pasaría —le advertí.

—No, me has dicho un “no”, un “déjame” o un “basta”, y no he dicho nada.

—¡Déjate de semántica! —repliqué aún dolorido, arremetiendo ahora para tocarle el culo y el coño.

Me dio otro bofetón, en el mismo lado, girándome la cara. Cuando volví al centro me propinó otra en la otra mejilla, dejándome incluso aturdido.

—¡Pero qué coño haces! —me quejé indignado, palpándome las zonas agredidas.

—No he dicho nada.

Le agarré entonces las dos muñecas, inmovilizándola, increpándole hasta que del forcejeo ambos caímos al suelo. Yo sobre ella, luchando, magreándole de nuevo las tetas que se movían con los bruscos movimientos mientras ella me golpeaba.

—¡Para! ¡Me lo debes! ¿Vale? ¡Me lo debes! Quiero algo que él no haya tenido. ¡Es lo justo!

—¡Él nunca me ha tocado! —protestó sin dejar de golpearme.

—Pero lo iba a hacer. ¡¿Verdad?! Ibas a ser tan estúpida como para cascársela. ¡Puta!

Aquel insulto resonó por toda la estancia. Por toda la casa. Fue como si el tiempo se detuviera. Los dos paramos la lucha y nos miramos a los ojos, como si por unos instantes hubiéramos recuperado la cordura perdida en las últimas semanas. Ella aprovechó el momento de paz y se dio la vuelta en el suelo para intentar levantarse, pero reaccioné yo también abalanzándome sobre ella, quedando encima, con la visión de su espalda desnuda y el bulto de mi pantalón clavado sobre su portentoso trasero.

—¿Dónde vas? ¿Te rindes? ¿Renuncias a mí? —interrogué apretando mi polla contra su culo y agarrándole las tetas desde detrás.

—¡Por favor! —suplicó ella.

—Solo tienes que pedirlo y te soltaré —le recordé sin dejar de meterle mano.

Los pechos, las nalgas, el sexo. Se lo manoseaba todo en medio de ese extraño combate, como en una lucha grecorromana en la que el adversario está continuamente a punto de tocar con la espalda el suelo, pero se niega a aceptarlo. No sé si era orgullo o desesperación, pero mi madre seguía resistiéndose a la vez que no me negaba verbalmente que la tocara.

Con los roces estaba más excitado que nunca, agarré la goma de su pantalón y lo bajé de dos fuertes tirones, dejándolo a la altura de las corvas y dificultando así aún más sus movimientos. Ella estaba exhausta, si su cuerpo no reflejaba la falta de actividad física su aguante sí la delataba. Hice entonces lo mismo con las bragas y al momento bajé también mi pantalón y el bóxer, en una imitación casera de El último tango en París. Con mi polla dura a punto de explotar coloqué el glande en la entrada de su sexo desde detrás y le dije:

—Tan solo tienes que decir no.

Los dos nos quedamos quietos, estáticos, impertérritos durante unos segundos. Vi entonces que bajaba la cabeza, como cualquier hembra en el mundo animal cuando se rinde al macho alfa. La penetré, con lentitud, pero determinación. Avancé por aquel placentero y estrecho conducto hasta que mis testículos chocaron contra sus glúteos. Ambos gemimos, yo de puro placer y ella de frustración, derrota y dolor. Comencé entonces a mover la pelvis, lenta y dificultosamente, gozando de cada roce.

Retiraba mi polla de su interior hasta el glande sin que este llegara nunca a salir y volvía a introducir el trozo de carne hasta que de nuevo sus nalgas ejercían de tope, alargando al máximo el movimiento, despacio, pero con autoridad. Yo no podía reprimir los gemidos y ella soltaba un pequeño y ahogado gritito cada vez que llegaba hasta lo más profundo, al sentir mis testículos golpear contra sus posaderas.

Los quejidos fueron aumentando en volumen y cadencia a medida que subí el ritmo de las embestidas, convirtiéndonos en una sinfonía perfecta. Incrementé de nuevo las acometidas, más rápidas, más fuertes, más profundas. Desde mi posición podía ver sus pechos rebotar al son de mi pelvis y no pude evitar agarrárselos, apretujárselos desde detrás sin dejar de moverme en su interior.

—Eso es mamá, me lo debes. Oh. ¡Oh! ¡¡Ohh!!

Un poco con falta de aire, bajé el ritmo hasta detenerme, me retiré y le quité del todo el pantalón y las bragas que seguían ancladas en las pantorrillas. Le di entonces la vuelta, viendo su cara de absoluta derrota incapaz de mirarme, le abrí las piernas y me acomodé de nuevo sobre ella. La penetré entonces frontalmente, aprovechando que la nueva postura era más descansada y sintiendo sus tetas clavadas sobre mi torso. Con mi madre abierta de patas como una rana, sentí que estaba a punto de estallar, pero me esforcé para aguantar un poco más y seguir disfrutando de su anatomía.

—¡Oh sí! ¡Oh sí! ¡Oh! ¡Mm! ¡¡Mm!! Eres un ángel mami, no me extraña que te quiera follar todo el mundo. ¡¡Ahh!!

La cabalgaba con fuerza, golpeándola contra el suelo, arqueando el torso para llegar hasta lo más hondo de su ser. La besé varias veces, pero la sensación era de hacerlo con un ser inanimado y me centré estrictamente en el delicioso mete-saca.

—Nunca debiste besarme. ¡Nunca! Estás así por tu culpa. ¡Por tu orgullo! ¡¡Oh!! ¡¡Oh!! ¡Mm!! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ah!!

Le agarré los muslos para abrirle aún más las piernas, colé mis manos entre su culo y el suelo y apretándolo contra mí, penetrándola hasta lo más profundo, me corrí sin poder evitarlo en un festival de espasmos, derramándome en su interior y llenándola de mi simiente. Después de eso me quedé sin fuerzas hasta para separarme, me quedé encima de ella hasta que fui recuperando la respiración, sintiendo como mi miembro perdía su firmeza dentro de ella. Finalmente me retiré, quedándome exhausto tumbado a su lado. Ella se tapaba la cara con el antebrazo, inmóvil en el suelo.

—David tenía razón, esta es la única manera de follarse a una madre —le dije.

—Si vuelves a tocarme seré yo quien te eche de casa —contestó.

—Ya…

—Esto termina aquí —insistió ella.

Esperé unos minutos, relajado, con las piernas aún vibrando del esfuerzo y del placer.

—Esto acaba de empezar, y ni tú ni tu amiguito tenéis ni idea de lo que viene.

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