TANATOS 12

CAPÍTULO 44
Carlos hablaba con María, y yo lo sentía como un zumbido, como un pitido en la distancia. Mis pulsaciones se habían disparado y mi mirada permanecía en él, en Edu. No era capaz de reaccionar y me atacó una tiritona desagradable que me agitaba todo el cuerpo.
No sabía si María le había visto, y él se acercaba, tranquilo, en pantalón azul marino y camisa granate a rayas. Con el pelo aquel, algo largo, con la raya al medio, pero no tan moreno, algo ojeroso, más delgado, algo demacrado en comparación con la esplendidez que recordaba. Cuanto más se acercaba más me tensaba. Aún seguía sin creérmelo.
Pasó por mi lado, sin mirarme, dispuesto a saludarles, y yo giré mi cara hasta ver la de María. Súbitamente pálida. Lívida. Impactada. Y no le quedaba más remedio que responder a sus dos besos, y Carlos dijo:
—Ah, caray, pues casi llegas antes que yo.
Nadie respondía. Nadie decía nada. La tensión era irrespirable, y Carlos parecía querer seguir fingiendo sosiego:
—Perdonad, pero me estaba escribiendo con él por el asuntillo que tenemos en Madrid, y me contactaste diciéndome que estabais aquí, y se lo comenté por si quería pasarse.
No había regocijo en su tono, si bien era obvio que, por decisión suya, de Edu, o de los dos, habían montado una encerrona. Y esa era precisamente lo que expresaba el gesto de María, tensión y sensación de emboscada, y de estar siendo la víctima de una treta perversa.
Edu miraba a su alrededor y decía que nunca había estado allí, que no conocía aquel sitio, ni nada de la zona, más que lo conocido por haberlo visto desde el coche las veces que iba hacia el aeropuerto. Y María me miró entonces, y yo no descartaba que ella quisiese marcharse de inmediato, y, lo que podría ser peor, que pensase que había sido yo el que había orquestado todo aquello. La mirada era furia contenida, por ellos o por mí, a lo que se añadía el poso de tensión que Edu le provocaba.
Carlos le explicaba a Edu los pormenores y posibilidades de la zona, siempre dispuesto a que se conociera en cuántas cosas económicamente provechosas estaba metido, y yo quería decirle a María que estaba tan sorprendido como ella, que no había tenido nada que ver, pero no podía hacerlo en presencia de ellos.
Edu le dijo entonces algo a María. Algo que no pude escuchar, y la hizo girar hacia él y hacia la barra. Había sido sutil, certero, y a los pocos segundos él le decía algo más, al oído, al tiempo que buscaba a la camarera con la mirada. Y en ese momento noté algo en el brazo, en el codo, Carlos me tocaba, firme, y me decía en tono bajo:
—¿Puedes venir un momento?
Creí que me haría un aparte, para explicarme el porqué de aquella artimaña, pero me vi caminando con él unos pasos, hasta alejarnos unos tres o cuatro metros. Una vez allí se giró hacia ellos y me dijo:
—Vamos a dejarles un poco de espacio, ¿te parece?
Me quedé un instante en silencio. Aún sorprendido. Intentando descifrar o entender aquella trama, hasta que, fingiendo auto control y tranquilidad, le dije:
—Me parece bien, pero no sé qué pretendes con esto.
—Pues solo quería ver, ya que se me presentó la oportunidad, donde y cómo había empezado todo.
Me sentía más calmado con él que con Edu, hasta como si respirase mejor, y seguí entonces su mirada, y parecía desprenderse una especie de mitificación hacia ellos y hacia lo que allí estaba pasando. Como si el juego, que había creado yo, hubiera alcanzado para él una magia o una grandilocuencia superior.
Ni Edu ni María nos miraban. Hablaban. María gesticulaba especialmente, encendiéndose, en vez de apagarse, como hacía muchas veces cuando estaba nerviosa. Era sorprendente como ya no existíamos para ellos.
Carlos me acompañaba como voyeur, cosa que nunca habría imaginado, y seguro no perdía detalle, como yo, del lenguaje gestual de ambos, de la seguridad de Edu, de la tensión de ella, de la mirada penetrante de él y del tic de María con su pelo. Carlos y yo disfrutábamos en silencio de los nervios y del cuerpo de María, oculto y no tan oculto por su pantalón de cuero agujereado y por su camisa de seda de color marfil; y disfrutábamos de la chulería e inmunidad de un Edu que parecía haber nacido para saber dominarla.
—Lleva los pantalones esos de la noche con el chico de Madrid. Deduzco —dijo Carlos.
—Sí… —respondí, esperando más preguntas, pero no decía nada más, y fui yo quién preguntó:
—¿Y eso lo sabe Edu?
—¿Que lleva esos pantalones? Pues, se lo supondrá.
Yo imaginaba aquel coño palpitante, que tenía que estar sintiendo calor por dentro y la frescura del ambiente por fuera, cuando vi que María negaba con la cabeza, sonrojada, y parecía echarle algo en cara a Edu. No dejaba de alucinarme como Carlos y yo habíamos desaparecido por completo.
Miré a Carlos, a ver si él estaba adivinando más que yo, y él debió de sentir mi mirada, pues dijo:
—Eduardo se lo ha contado todo.
—¿El qué? —pregunté.
—Pues todo lo que tú ya sabes. Lo de que fue él quién me dijo que contactara con vosotros.
—No creo, si le estuviera contando eso… o si se lo acabara de contar… María ya le habría mandado a la mierda y ya estaríamos en el coche.
—Pues ya ves que no es así.
María sorbía de una pajita y escuchaba unas explicaciones mientras achinaba los ojos y no dejaba de mirarle, cuando bastante gente volvía de la zona de los sillones, y se aproximaba a la barra, rodeando a Edu y a María, dificultándonos la visión.
La mirada de ella hacia él era de atención plena, pero de una atención especial, de una entrega que me hacía sentir más celos que si me reconociera que le deseaba allí mismo. Y me preguntaba si era posible que Begoña tuviera razón, y que mis sueños estuvieran en lo cierto, y quise aprovechar aquella extraña complicidad que tenía con Carlos en aquel momento… y le pregunté sobre si sabía si lo habían hecho más veces que en la boda.
Carlos me miró extrañado, y dijo:
—Pues no sé si de pasada me dijo que lo hicieron otra vez aparte de esa.
Yo era consciente de la gravedad y de la importancia que tenía mi pregunta y su respuesta. Y él prosiguió:
—La última vez que se vieron, justo antes de irse él a Madrid. Creo. Algo me suena. Pero no me hagas mucho caso.
Aquello cayó como una losa sobre mi cuerpo. Sentía que la suma de sospechas desembocaban en una certeza, y me la imaginaba yendo a casa de él, a recriminarle, a abroncarle por lo de la famosa foto… y acabando… follada por él… y me dolía por su infidelidad… pero… me llegaba a excitar. Y otra vez aquel sentimiento de culpa por mi excitación, y de miedo pues su mentira me alejaría de ella.
Carlos me abandonó y fue en busca de una copa, pero la buscó lejos de ellos, que seguían sin echar a nadie en falta. Cada vez me costaba más verles, entre tantos cuerpos, entre tantas caras… A duras penas podía ver el rubor de María, su pecho marcando la camisa y sus muslos marcando el cuero negro del pantalón. Su melena aquí y allá… su mirada encendida… su incomodidad… Y de golpe pude ver a Edu susurrándole al oído, y ella retirando su pelo de su oreja… y otra frase más en el oído, y entonces una mano de María que se movía por abajo, que detenía un brazo… Entre tantos hombres apenas podía ver, veía un segundo y después dejaba de ver… hasta que encontré el hueco para advertir que María detenía una mano de Edu por allí abajo; parecía detener el levantamiento del telón… conseguía impedir que Edu le levantara la camisa y que su coño pudiera verse, libre.
Sus caras pegadas, una negativa de María con su mano y una súplica con sus ojos. Lo que con todos era un camino arduo, con Edu parecía no solo natural sino casi lógico. La altanería de María con él se convertía en imploración. Así había sido siempre. Y aquello me hacía sospechar aún más.
Y si muchas veces me asaltaba la idea de que María se merecía otra cosa, al verlos juntos esa sensación  era aún mayor; y más lo había sentido así una vez los había visto follar, con sus cuerpos en tensión, sudados, con sus caras de placer, como un sexo que solo se podrían dar entre ellos.
La sensación era de que se besarían en cualquier momento. Y yo estaba dispuesto a no molestar más. Y es que ella ni me había buscado una sola vez con la mirada. Aquello de mirarme, para hacerme el favor o para humillarme, parecía haber caído en el olvido con su mera presencia. Estaba dispuesto a no molestar más y a irme si aquel beso se producía.
Busqué a Carlos con la mirada, que conseguía su copa y mis ojos volvieron a Edu y a María. Por arriba el beso no solo no se producía, sino que él se había apartado un poco, pero vi que se había alejado porque quería mirarla con distancia, y en seguida supe para qué: mi mirada fue más abajo, entre los cuerpos de tres chicos que hablaban en un corrillo, y pude ver que la camisa de María estaba metida, por delante, por dentro de su pantalón, allí contenida ya no volaba hacia abajo, por lo que dejaba su sexo al descubierto… El coño de María palpitaba libre… No se podía ver desde mi posición, había que estar frente a ella, y cerca… había que ser Edu… el cual se regodeaba, chulo, pero sin manifestar alteración alguna ante aquella visión. Un Edu que no quería la victoria fácil del beso… sino que buscaba la exhibición de ella, la entrega, como si no quisiera cumplir el trámite, sino buscar la excelencia, y la excelencia era su sometimiento, su obediencia y su bochorno.
María miraba hacia la barra, ruborizada… casi se la podía ver temblar desde donde yo estaba… Excitada… avergonzada… sabiendo que se fallaba a sí misma, mostrándole de aquella manera su coño al primer amante de nuestro juego, y arriesgándose a que cualquiera de los que la rodeaban reparase en su exposición.
No tenía duda de que María se sentía más cachonda por someterse así a él, por dejarse hacer aquello, que por el mejor acto sexual que hubiera tenido jamás conmigo.
Edu alargó entonces una de sus manos y la posó sobre el cuello de María, debajo de su oreja, como en una caricia extraña, y ella le miró y le apartó la mano, sin fuerza, y esa mano bajó y acarició sutilmente uno de sus pechos, sobre su camisa, antes de retirarse, y yo casi pude sentir su pezón erizarse, venciendo a su sujetador y a su camisa solo por aquel pequeño roce. Y si la tensión era irrespirable, más lo fue cuando Carlos se abrió pasó entre la gente, y me impidió ver más, y ahora él también podía deleitarse con la exhibición de María.
Mi corazón palpitaba con vehemencia, en un estruendo incómodo, y mi polla quería liberarse de mis pantalones, y lagrimeaba insistentemente sobre mis calzoncillos.
Me moví entonces un poco y pude ver que Carlos le hablaba cerca a María, y ella dejaba que él hundiese su boca en su oído para susurrarle, y entonces una mano de él fue a un botón de la camisa de ella y ella miró hacia la barra, a la nada… Se dejaba hacer. Tocada. Y Carlos aprovechó esa sumisión, que aún no se sabía si era definitiva o temporal, y desabrochó un botón de su delicada camisa… Con su coño expuesto y con un escote que quizás ya dejaba ver su sujetador… aquellos dos cazadores acosaban a una presa que llevaba no media hora sino seis meses intentando resistir.
La sensación era diferente a ninguna otra anterior. Quizás por estar ante su mejor amante y ante su mejor candidato… pero, al contrario que otras veces, tenía la sensación de que yo no pintaba absolutamente nada.
Me imaginaba acercándome a ellos y susurrándole a María que quería estar presente en lo que fuera que fuera a pasar, y no lo veía justo. Veía que no encajaba. Nada me excitaría más que asistir al final de la cacería, a la explosión máxima del deseo acumulado, pero no veía la forma de que procediese.
Estaba decidido a irme, pero quise mirar una última vez… y hubiera sido doloroso ver que Carlos intentaba desabrochar un botón más, o ver que Edu se atrevía a rozar aquel coño expuesto en presencia de tanta gente… pero fue más dolorosa la realidad de ver que no hacían nada, pero que ella se lo rogaba con la mirada… Ver que no la tocaban pero que sus pezones erectos marcaban la camisa, atravesando el sujetador, de pura excitación, ver su escote sudado y su mirada de súplica y su lenguaje corporal de entrega absoluta… Ver que no hacía nada por soltar su camisa y por tapar su coño… Cada señal de su cuerpo comprendía una llamada para ser calmada, y aquella petición de que la calmasen me mataba más que asistir a intentos de excesos de ellos dos.
Mirándola, a su cara, a sus ojos encendidos, inquietos, por última vez… busqué una respuesta, una mirada, y un “¿en serio no me vas a mirar ni una vez?” salió de mi boca, en voz baja. Y no obtuve respuesta. Y me fui.
Abrí la puerta del vestíbulo y un golpe de realidad en forma de ligero viento y de neblina húmeda me abofeteó y me despejó. La noche era oscurísima, tanto que dudaba en si tener que usar la luz del móvil para llegar al coche. Pisaba algunos charcos aleatorios mientras me preguntaba si Carlos lo haría finalmente con ella esa noche. Y donde. Y si lo harían los dos a la vez… O si María… por su propio ego, y no por mí, conseguiría negarse y que nada pasase.
Me daba cuenta mientras abría el coche de que nuestra relación no estaba entonces en manos de su amor por mí, sino en manos de su orgullo.
Miré a mi alrededor y vi que mi coche estaba custodiado a la derecha por el coche de Carlos y la izquierda por otro, quizás el de Edu, y me pareció que representaba una envolvente, un acoso simbólico, pero a la vez real.
Una vez dentro me apoyé sobre el volante y un zumbido en el cristal me indicaba que llovía un poco. Y no sé el tiempo que estuve pensando… imaginando… pues en mi cabeza se cruzaban imágenes de María entregada a ellos y sentía de nuevo que era el final… Que buscar otros amantes… que obedecer o no a Edu en la elección de los mismos… que la falsa idea de María de que ella mandaba y que por eso lo de Roberto… que lo de su juego de no dejarse tocar… no eran sino parches, auto engaños, recursos rocambolescos para salvar nuestra relación, y para querer evitar lo inevitable… que era la realidad de que el sexo conmigo ya no tenía sentido… que ella estaba llamada a otro nivel de vivencias sexuales.
Lo impactante había sido la simpleza de todo, pues, Edu, su mera irrupción, había desenmascarado toda nuestra farsa.
Saqué mi teléfono del bolsillo y vi que tenía varios mensajes, a los que no les iba a prestar atención alguna, pero vi que uno era de Begoña. Lo abrí, aun sabiendo que nada de lo que me dijera sería más intenso y alteraría un ápice lo que estaba sintiendo. Y leí:
“Eduardo se pasó esta mañana por el despacho, estuvo con los jefes, María no estaba, estaba en el juzgado, pero ya verás como este fin de semana intenta contactar con ella”.
No tenía fuerzas para darle vueltas a ese interés suyo por atacar a María, ni a si aquello podría suponer que yo le atraía o le gustaba algo… Estaba demasiado tenso, abatido, y hasta excitado.
Guardé mi teléfono y recordé que aún tenía el móvil de María. Lo saqué entonces de la chaqueta y vi que Edu había escrito hacía cuatro minutos:
“Pablo, soy María, ¿dónde estás? Te has llevado mi móvil”.
Estaba leyendo el final del mensaje en el preciso momento en el que escuché movimiento fuera del coche. Me giré y vi gente, pero no veía bien, y escuché entonces la puerta del acompañante abrirse; suspiraba ya de alivio presintiendo a María, cuando asistí hierático a cómo Edu se sentaba a mi lado.

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