SILVIA ZALER

7

La sensación de tener a un hombre atractivo esperando que le concedas acostarte con él, es placentera. A mí, al menos, me lo parece. Se junta una idea de poderío y la posibilidad de decisión sin que nada más influya que una misma. Hay mujeres que sienten ese poder con un sentido de superioridad. Incluso hacia el hombre. Yo no. En mi caso es mucho más simple. Es exactamente eso: una sensación placentera. Casi de relajación y confianza. No hace falta sentirse superior ni marcar ninguna frontera. Solamente avanzar y tomar lo que a una le apetece. Como digo, simple.

Borja me miraba expectante. O más bien diría, esperanzado. Crucé las piernas y me coloqué el mechón de la melena que me caía por la cara. Al principio, nada más sentarme, me quedé pensativa. O abstraída, más bien. En mi cabeza se sucedían las posibilidades que surgían si todo salía como esperaba. Porque, eso era seguro, si surgía una oportunidad, la iba a utilizar. Intenté relajarme. Miré y sonreí a Borja. Estaba también impaciente. La charla con Borja y la espera de los mensajes, fotos o vídeos me ponía nerviosa.

—¿Todo bien? —me preguntó al verme algo abstraída.

—Espero que sí… —Me llevé el refresco a los labios y posteriormente, me recosté.

Aunque lo intentaba, mi cabeza seguía funcionando. Pensé en el socio de Derecho Fiscal. Y, cómo no, en Sonia. Si Manolo era capaz de conseguir algo que la acusara a los ojos de su pareja, mi posición saldría fortalecida. Obviamente, me estaba comportando como una verdadera hija de puta. Nada que no hubiera ya hecho en negociaciones a través de fotos, vídeos e informes de Manolo.

En ese momento, mientras me llevaba a la boca el vaso con el refresco y los hielos, agradecí la idea de traérmelo. No es que Manolo hubiera hecho nada esencial para resolver el tema del divorcio y el reparto del patrimonio que me había llevado hasta allí. Pero sí había resultado de ayuda a la hora de las labores más sucias o alegales. Por ejemplo, llamar haciéndose pasar por un periodista, a la esposa infiel. O, aunque no sacamos nada más, siguiéndola durante un par de días por si volvía a meter la pata. Con hombres como Manolo, siempre había que esperar todo. Eran de esa clase de personas que apenas tienen escrúpulos. Yo, por mi parte, tenía todo su historial en la caja fuerte de mi despacho y los documentos escaneados en mi nube particular. También, como hacía con las cosas importantes, en dos discos duros.

En su etapa de policía municipal en Madrid estuvo metido en un par de asuntos bastante turbios. No es que se le probara nada. Pero yo sí tenía fotos comprometedoras, así como atestados de los servicios de Asuntos Internos. Nunca le llevaron a juicio, y supongo que fue porque podía salpicar a varios mandos. El hecho es que yo sí tenía cosas de su pasado que podían comprometerlo. En ese sentido, me sentía medianamente segura. O, mejor dicho, con esa tranquilidad y confianza necesaria como para tratar con él.

Manolo, por otra parte, era un tipo al que me convenía utilizar. Sus servicios eran importantes si con ellos me aseguraba mi posición y futuro. Sonreí para mí. La verdad, no me gustaría tenerme como enemiga, me dije.

—Te noto contenta… ¿Es por mí? —me dijo Borja sacándome de mis pensamientos.

El chico tenía desparpajo y naturalidad. Era capaz de convertir lo que decía en informal y que el cariz desvergonzado quedara camuflado. Empecé a pensar en tirármelo. Aunque me dije que todo dependería de si Manolo era capaz de darme una buena alegría.

—Cariño, no desesperes. Te seré franca. No es por ti esta sonrisa —me señalé la cara—, pero es cierto que estoy de buen humor. Y puedo estar mejor todavía… —Ahí sí lo miré con intención.

Estábamos en plena charla insustancial. Él intentando amarrar las posibilidades de terminar conmigo en la cama. Yo, sopesando esa idea y haciendo tiempo para que Manolo me mandara las fotos o vídeos. En medio de esa charla, sonó mi móvil anunciándome la entrada de varios mensajes.

Era once. Y mi cara se fue iluminando con una sonrisa de triunfo a la media que iba viendo las ocho fotografías y los tres vídeos. En las fotografías se veía, sin lugar a duda, a una Sonia con pinta de zorrón, besándose con un joven de aspecto aniñado. Mono, delgado y seguramente alto por la figura. Ella, agarrada a su cuello se lo comía literalmente.

En otra, ella sentada en una silla alta de la barra le tocaba descaradamente el culo mientras se reía. En la siguiente, un nuevo beso, esta vez de él a ella, que seguía sentada en esa silla alta de barra. En la cuarta estaban de la mano, hablando con otra pareja. Claudia y un segundo chico que rodeaba por la cintura a nuestra compañera del despacho local.

En la quinta, aunque no se veía bien, daba la sensación de esnifarse algo del dedo. Suficiente como para sembrar la duda, me dije. En la sexta, volvía a morrearse con el chico.

Los vídeos eran más explícitos todavía. Uno de ellos, el más largo de minuto y medio, consistía en un morreo de adolescente salida. Sonia, de nuevo, literalmente se comía a ese chaval. Una de las manos de este la abarcaba una teta sin que ella mostrara ningún pudor ni ganas de apartar esa mano que la acariciaba con lascivia.

En el segundo vídeo se los veía salir del local y hablar tranquilamente. El siguiente era una continuación del anterior, donde el chico le cogía de la cintura y volvía a comerle la boca. No pude escuchar lo que decía porque no quería que lo oyera Borja. Tenía el móvil en silencio. Solo veía las imágenes. Pero en el mensaje que Manolo acompañaba a ese último vídeo me explicaba que Sonia y el chico se van al hotel, como ella le dice cuando le coge de la mano.

Sonreí y me imaginé las alternativas que se me abrían con todo aquello. De inmediato lo subí a mi nube y me los envié por mail a una cuenta privada. No era cuestión de perder ese tesoro. Luego miré sonriente a Borja. Antes tecleé a Manolo.

Si me sacas un vídeo de ella entrando con él en la habitación, cien eurazos más.

        Manolo no me contestó. Pero leyó el mensaje. Supe que lo intentaría.

—¿Pasa algo? —me dijo con un poco de intriga.

No le contesté. Seguía mirando las fotos de mi móvil y el desarrollo que esa historia tenía en mi cabeza. Era inesperado y perfecto. Borja continuaba con la mirada y sus cejas elevadas.

Entonces en ese momento, quizá excitada por lo que había recibido, me decidí. No se podía decir que lo necesitara de manera urgente. Ni siquiera que realmente me apeteciera. Pero, en cambio, sí que sentía como que no me importaba darme una recompensa.

Comprobé la hora. No había llegado a la hora que habíamos fijado como el tiempo que tenía para conquistarme. Pero, aun así, me era suficiente. Respiré hondo, me coloqué la melena y sonreí de lado.

—Voy a ser buena contigo…

Seguidamente, besé a Borja.

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