JOSÉ LUIS ALANÍS CHANES

Un homenaje al trabajo literario de la  escritora Rocío Prieto Valdivia, desde Ensenada B.C.

LIRIOS ROJOS, así se llamaba su cuento corto que había publicado una revista universitaria. Al saber que era de ella, la tomé sin prisa y la acomodé por el interior de la gabardina para que no se mojara y caminé sin prisa, como si ella se abrigara ahí para no mojarse; sintiendo la cercanía de su pecho en mi antebrazo. Ella era una gran escritora, a quien llamaré Rocío y yo, a su lado, un total desconocido. A pesar de la insistente llovizna, caminé despacio, como disfrutando su compañía hasta llegar a casa. Personalmente no la conocía, sólo por fotografías. Una en especial que había adquirido en una librería, aquella que celebrara el día del escritor y la cual no sólo me fascinaba, en el interior del alma… ¡la adoraba! Era lo único que tenía de ella. La había copiado varias veces y todas enmarcadas en portarretratos que distribuí por toda la casa, para poder mirarla a donde yo volteara. Me hechizaba su rostro, sus ojos no eran los más bellos pero a mí me parecían hermosos; el mentón de su barbilla, el que siempre soñaba con empezar a acariciar suavemente con mis labios y después todo su rostro. Pero especialmente lo que hacía más bella esa fotografía eran esas pequeñas arrugas que circundaban la orilla de sus ojos y esas diminutas señales de canas en su sien eran lo que más me enloquecía. Me quité la gabardina y los zapatos, el pantalón no era necesario y las calcetas aún estaban secas. Tomé la revista (como si la hubiera tomado a ella del brazo) y decidí empezar la lectura. Por regla general, la lectura para mí es un rito, una ceremonia de respeto al autor del libro y al mismo tiempo un momento de placer personal, acompañando mi momento con una taza de café y mi música preferida. Pero en esta ocasión decidí omitir esa ceremonia porque se trataba de ella. No era cualquier escritora y no la amaba por serlo. La amaba sólo por el hecho de tener existencia, sólo por existir. Así que me arrellané en el sillón y empecé la lectura de su cuento… “Daniel se asomó por la ventanilla de su coche para ver si podía dar vuelta a la derecha. Sobre la glorieta…”  En ese momento recordé, tal vez por la costumbre ritual de escuchar música, que en alguna ocasión le envié por el Messenger una melodía que interpretaba mi sentir por ella; sin intentar una respuesta desde el inicio tuve la suerte de recibirla días después con su clásico… ¡saludos, gracias!  Me levanté del sillón y me dirigí a buscar el disco. Afortunadamente, por mantener todo ordenado, lo encontré inmediatamente así que lo coloqué en el modular y regresé al sillón para continuar mi lectura. Pero antes de proseguir, esperé unos momentos con los ojos cerrados (pensando en ella) a que se iniciara la melodía… «Murmurando suavemente… te amo. Ecos de su voz siguen llamando a través de mis sueños; suave frio de la brisa a través de mi ventana». En esos momentos tomé la revista para continuar la lectura y al ponerla en mis piernas, ahí estaba ella mirándome con su cabeza reclinada en mi pecho. Sólo me miraba en silencio, sin decir una sola palabra. Los dos acurrucados en el sillón mientras afuera la lluvia arreciaba y la tarde gris empezaba a convertirse en noche. Su boca

levemente entreabierta me pedía que la besara; sus ojos recorrían inquietos mi cara; de los ojos a mi boca y de mi boca a mis ojos, alternando su mirada entre uno y otro como si estuviera viendo el mismo paraíso que yo miraba. Sin separar mi mirada de ella, lentamente subí mi mano derecha para acariciarle sus mejillas y sus pómulos con el dorso de mis dedos. Me daba miedo acariciarla con la palma abierta de mi mano por no lastimarla y poco a poco fui acercando mis labios a su cara mientras ella me miraba. Y empecé a subir mis labios por sus mejillas que tanto adoraba hasta cerrar con mi boca sus ojos mientras el dorso de mis dedos índice y  anular apresaban suavemente el mentón de su barbilla y entonces tuve valor para acariciar con la palma de mi mano su otra mejilla y posar tiernamente mis labios en su boca. No eran propiamente besos, sino caricias con mis labios y cuando más embelesado estaba, continuaba escuchando la letra de la canción… «puedo sentir tu cálida mejilla siempre cerca de mis labios… y el olor que invade el aire fresco de la noche. Puedo cerrar mis ojos y en mis brazos todavía sé que su tierno beso se convertirá en la música y en cada latido de mi corazón». En esos momentos recargué mi mejilla en la suya para sentirla como una parte mía y al hacerlo, todo el universo se volcó en una sola sensación. No éramos dos, sino uno en dos cuerpos separados y al mismo tiempo dos cuerpos sin separación. Al tener las mejillas juntas me permitía repetirle al oído tiernamente la letra de la melodía… «cuando la tengo cerca de mi corazón y oigo su voz murmurándome suavemente… te amo». En esos momentos terminé la lectura y fui a prepararme un café, pensando, mejor dicho, reflexionando que tal vez yo seré el único que la ama (y que la amará) de esa manera. Sabía perfectamente que un día el destino nos obligaría a cruzarnos en alguna calle de la ciudad como lo que verdaderamente somos; dos extraños. Yo la miraré con el recuerdo de esta tarde y ella tal vez ni me mire y si lo hace, lo hará como se mira a cualquier desconocido que se cruza en nuestro camino, en cualquier acera y en cualquier día y yo solamente recordaré que Rocío fue el personaje de su propia historia al pasar junto a mí como un desconocido y como termina su novela… «sin saber que ella era la protagonista principal».

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