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CAPITULO 14

—Chicos, ahora vengo. Voy a casa a por el pen y os paso el archivo para que tengáis el nuevo parche.

—Vale Juan, te esperamos aquí.

Salgo de casa de mi amigo Nacho para ir un momento a casa y coger el archivo que ellos necesitan. No me encuentro muy a gusto por lo que estoy haciendo, le he dicho a mi madre de ir juntos a la piscina y la he dejado sola allí. Sé que ella no me lo va a echar en cara, se le notaba tranquila y a gusto encima de la tumbona tomando el sol. Ahora cuando vuelva a casa de Nacho les daré el archivo y me bajaré con ella. Quiero disfrutar un poco de la compañía de mi madre también.

Al entrar en casa, busco el pen por mi habitación, sin encontrarlo por ningún lado. Mi búsqueda hace que llegue hasta el salón, donde lo veo insertado en el ordenador.

—Joder mamá, te he dicho mil veces que quites el USB cuando cierres el portátil, sino se estropeará… —murmuro para mi mismo mientras me siento en la mesa y abro el portátil. Nada más abrirlo, aparece la ventana del navegador, pero algo raro noto en todo ello. Decido entrar a cualquier página que hayamos entrado anteriormente, pero para mi sorpresa el historial está completamente borrado…

Me quedo totalmente pensativo… ¿por qué motivo mi madre ha borrado todo el historia? No entiendo nada…

Decido cerrar la pestaña y coger pen para llevarlo a casa de Nacho, mientras en mi mente no para de pensar en el motivo por el que mi madre haya borrado el historia…

Casi al medio día, la piscina presentaba una aspecto bastante tranquilo. Se nota que es un día entre semana y la calma reina entre las personas que hay. Casi todos están tumbados en las diferentes toallas o hamacas distribuidas al azar por todo el césped.

Ella, como si el viejo no estuviera metido en la piscina, se da una pequeña ducha y se introduce poco a poco por las escaleras, ignorando complemente al viejo que nada plácidamente.

Solamente ella y ese viejo están en el agua. Ella nada tranquilamente como si nada fuera con él hasta que ambos coinciden en la parte donde menos cubre.

—Vaya, has decidido a entrar vecinita. —dice a unos dos metros de distancia.

—No me he metido porque lo haya dicho. Solo he venido a refrescarme. —dice sin mirarle mientras intenta seguir nadando.

—¿Ah, no? Yo pensaba que habías entrado para estar un rato conmigo…

—Ni lo sueñe, enseguida me iré.

—¿Ah, no estás sola?

—No, mi hijo está con unos amigos.

—Bueno, así mejor, tendremos más intimidad.

—Ni se le ocurra acercarse a mi.

—Vamos, ¿entras en el agua conmigo y te pones tan arisca?

—Ya se lo he dicho claramente, no estoy aquí porque me lo haya dicho, Don Fernando.

Pero con esta conversación, ambos están parados en la zona que no cubre. A ella le cubre el agua por encima del pecho, sin embargo a Don Fernando le cubre por debajo de sus tetas, dejando a la vista de ella todo el torso mojado lleno de pelos.

—No se acerque a mi, hay mucha gente que nos podría ver.

—¿No te das cuenta que aquí no nos ve nadie? —el viejo intenta acercarse un poco más a ella.

—¿Pero qué dice? ¿no ves que la piscina está llena de gente? aunque no se estén bañando, están por todo el césped. —asoma su cabeza por encima del bordillo, observando toda la gente que está en las toallas.

—Y tú y yo estamos en el agua, refrescándonos un poco —Una sonrisa se dibuja en su cara mientras la mira, y ella le evita la mirada.

—Además, hoy has bajado a la piscina porque sabías que nos íbamos a encontrar, ¿cierto?— Su mano se aproxima a ella, poniendo el pelo por detrás de su oreja.

—¿Qué haces? No te acerques tanto —quita su mano cuando aun no había dejado todo el pelo detrás de su oreja. —Nos van a ver, y si lo hacen, estamos muertos —dice mientras empuja con sus manos el enorme pecho del viejo, acción totalmente en vano. Intenta separarse de él, pero todas las acciones las hace con visible suavidad, se nota que no quiere llamar la atención.

Aún recuerda por qué ha entrado en la piscina. No para seguirle el rollo al viejo, sino para darle una lección. No quiere sentirse por debajo de él.

—¿Has pensado en lo que pasó el otro día en las escaleras? —dice sin apenas alejarse de ella.

—Cállese, deje de tratarme así. Solamente he entrado para que sepa que va a conseguir absolutamente nada de mi.

—Seguro que has pensado en ello y te has tocado al hacerlo ¿no? —dice sin hacerle caso a sus palabras.

—Pero qué dice, ¿cómo se atreve a hablarme así? —intenta que su tono no se oiga más allá de ellos dos.

—Te imagino tocándote en la ducha mientras te duchas y recuerdas todos nuestros encuentros…

—¿Qué? ¿pero qué dice? ¿cómo quieres que piense en eso? —ella mira alrededor visiblemente nerviosa y molesta. A parte de la intención de su pregunta, la cual la siente como algo muy fuera de lugar, no quiere que oiga la gente ese tipo de cosas provenientes del viejo.

—Lo del otro día no puede volver a suceder… —su mirada se pierde hacia la nada, como si eso le recordara a un mal sueño… —Además, soy una mujer felizmente casada, ¡¿acaso no ves esto?!— Le enseña el anillo de casada, mientras él la mira con sonrisa y mirada confiada — ¡Tú tendrías que estar por ahí! Que estés aquí en la piscina conmigo.. está mal.. muy mal… y lo sabes… —Termina su recriminación perdiendo cada vez más fuerza a cada frase que dice. Lo mueve levemente y hace el amago de irse.

—¿Pero donde vas? —dice el viejo agarrándole del antebrazo.

—Fuera a secarme. —dice caminando hacia las escaleras, cuando nota su mano en el antebrazo. —ya le he dicho que no tiene absolutamente nada de mí.

—Aquí en el sol no tendrás tanto frío, ya verás. —Hazme un poco de compañía, anda cariño. Y enseguida salimos…

—Joder…—ella nunca dice esas palabras, pero llega a un punto que no puede más.—Puedo hacer lo que quiera, ¿no?

—Venga, hazlo por mi cariño, te queda muy bien este bañador azul… —dice sin soltarle del antebrazo.

—Deje de llamarme cariño.

Pero el viejo le contesta como si no la hubiera escuchado. —Algo recatada, pero te hace muy buena figura.

—Que no soy su cariño.

—Además, lo que pasó, pasó. —Ella intenta soltarse de la mano. No quiere caer en sus trampas. —Hay cosas en las que prefiero no pensar ni recordar.

Sin embargo, Don Fernando, no hace caso a tus recriminaciones. —¿Entonces no has pensado en ello? Yo sin embargo, sí que he pensado en ello…

—Naturalmente no.. ¡Suélteme! Tengo otras cosas en las que pensar —intenta zafarse del viejo sin llamar mucho la atención, resulta casi insultante la comparativa entre las dos personas, entre ese viejo y asqueroso hombre y la refinada mujer que es ella.

—Quiero hacerte una pregunta cariño… Tengo una duda… —observa callada la frase.

—¿Cuántas has chupado? —en la cara de ella se forma una expresión de descuadre.

—¿Pe.. pe.. pero que se ha creído usted?

El viejo sonríe y continua.—No me refiero a pollas… Sé que seguramente una, la de tu marido, y gracias…— La mano que tiene agarrada de ella, la levanta.. hasta que llega a su teta flácida.— Me refiero a esto…

Ella se queda muda, no se esperaba algo así. Mientras él insististe.—Venga… dime cuantas..

Atónita, se debate entre la sorpresa, la vergüenza y la osadía. Roja como un tomate a pesar del frío, pero por alguna razón, responde a su pregunta —Las suyas. Ya lo sabe. ¿Está contento ahora?

—¿Solo las mías? ¿Soy el único al que le has chupado los pezones?

—¿Pero quién se piensa que soy?— Su cara está seria. Sabe perfectamente que le está intentando humillar de nuevo. Por lo que contraataca.—Lo-los hombres no suelen tener tetas—Le responde para ser ella quien lo humille, estando de espaldas a las tumbonas.

Pero el viejo no se humilla. Sino más bien se dibuja una pequeña sonrisa en su cara, sin darse por humillado.—¿Eso quiere decir que te gustan mis tetas?

—Don Fernando, ya sabe lo que hice, ¿no? Pues ya está, no lo pienso volver a hacer. Jamás.

—Puedes tocarla si quieres… —Le dice haciendo caso omiso a las palabras de ella. Lentamente busca su mano debajo del agua, pero ella la aparta cuando ve su intención mientras en la cara del viejo no para de dibujarse esa sonrisa que empieza a ser característica.—Shhhhh… tranquila… aquí nadie nos ve…

—¿Y qué que nadie nos vea?

—Que las puedes tocar si quieres… —dice sin parar de buscar su mano. Ella casi de manera desesperada intenta irse hacia atrás, mientras la mirada se hace esquiva para no ver sus tetas, hasta llegar al bordillo.

—Confía en mi… —Dice mientras se acerca, dejando muy poco espacio entre los dos. Ella se da cuenta de que ha llegado al bordillo y no puede ir más atrás.

—¿Qué confíe en usted? ¿Lo está diciendo enserio? —dice arrinconada.

—Claro cariño… —Encuentra su mano…

A ella cada vez le suena mas normal que le llame cariño. Hasta tal punto que no le dice nada sobre ello. Mientras nota como le coge de la muñeca, desfalleciendo de nuevo poco a poco. Aprovecha, sonriendo, cogiendo la mano de ella y llevándola hacia él. Pero no la lleva directamente a su teta, sino que primero hacer que su mano toque su barriga… Avanza hacia arriba, sin dejar de sonreír.

—Po-por favor.. pare…

El viejo sigue subiendo la mano de ella hasta llegar a su teta.—Cógela.

Sin escapatoria, no sabe qué hacer «Dios mío… Qué hago… como puedo escapar» piensa mientras su mano flácida sin coger nada, se posa encima de su teta.

—Venga cariño, cógela bien…

Intenta sacar fuerzas de flaqueza. —Déjeme…

—Vamos… Solo un momento… —Sabe que así va a conseguir derruir ese muro que ella ha construido alrededor suyo.

—Nos van a ver… Déjeme… —Dice de manera suplicante, mirándole a los ojos. «No… No quiero… No quiero hacer esto…» Se dice a si misma «No puedo volver a hacer esto…»

—Nadie nos ve… Vamos, Cógela… Solo un momento… —Dice insistentemente sosteniendo aun su mano por la muñeca.—Venga cariño, se buena conmigo…— sonríe —Sé que quieres hacerlo.

Ella pone su mano plana sobre su teta, siente rabia, pero no lo puede evitar. «Dios mío… ¿Qué estoy haciendo?» Piensa para sus adentros. «¿En qué me estoy convirtiendo?»

—Eso es… Cógela…— Su  mano se cierra, agarrándola.

Pero la mirada de él se pierde hacia el césped. Poco a poco la sonrisa se dibuja en la cara del viejo mientras ella no puede ver nada.

—Anda, mira cariño, gírate, mira quién se ha puesto al lado de nuestras tumbonas.— Al decir eso, ella deja de tocarle el pecho y se gira hacia donde indica Don Fernando. Ve como Raúl y Verónica con su pequeña se ponen al lado de la hamaca de ella sin saber que esa es su hamaca. Ella con la mano en la teta del viejo, se maldice a si misma por la inoportuna aparición. «Dios no… Justo ahora no…»

Parece que ya están casi acomodados, por lo que seguramente lleven un rato allí. Puede que el viejo los haya visto y no haya dicho nada.

Mientras aún está mirando hacia ellos con la boca algo abierta, maldiciendo la inoportuna aparición, oye como le dice el viejo. —Mira qué bañador más bonito lleva Verónica, ¿No crees? —La distancia entre ella y el viejo cada vez es menor, casi tocándose cuerpo con cuerpo. Ahora situado él detrás de ella.

Ella oye eso y no puede evitar fijarse en el bañador de Verónica. Es un bañador blanco, de una única pieza. Unas líneas azules horizontales dibujan su esbelta silueta de adulta joven. Desata su melena rubia mientras ella la observa.

Ella se vuelve a girar hacia el viejo y le pregunta directamente —¿Por qué no lo intenta con ella y me deja tranquila de una vez?

—¿Eso quieres? ¿qué lo intente con ella?

—Sí. —se gira y lo mira a los ojos, desafiante. —Haga lo que quiera pero déjeme tranquila.

Esa acción no desata más allá que una sonrisa pícara por parte del viejo. Parece que sabe qué hacer en todo momento. —Vamos, tranquila. Mírala, ¿no crees que le queda muy bien el bañador? Se nota que es joven… —El viejo pone una mano en la cintura de ella  por debajo del agua.

Sin casi darse cuenta de que la mano se ha puesto en su cintura, mira a Verónica. Está gira completamente, dándole la espalda al viejo. Verónica se da la vuelta y se inclina hacia la tumbona sacando alguna cosa del bolso. Desde la posición de ella y el viejo, lo ven bien.—Tiene buen culito, ¿No? —suelta el viejo de nuevo cerca del oído de ella.

La mano del viejo pasa de la cintura de ella hacia la nalga derecha. Al notarlo le coge la mano y se la retira. Pero no le dice nada al respecto. Ni un reproche sale de su boca. Solo para defender a su inocente vecina.—No… No le haga nada… No quiero que pase por esto…— Mientras la mano del viejo pasa de su nalga a su cintura de nuevo. Ese silencio a su mano en la nalga de ella, invita a Don Fernando a arrimarse un poco más a ella. Tanto que empieza a notar su barriga en su espalda, en su espalda desnuda.

—¿Por qué? Si tú estás disfrutando.

—Es buena persona y la aprecio…

—¿La quieres?

—Sí… Déjela en paz Don Fernando…

—¿La quieres tanto que no quieres compartir tu macho con ella?

—¿¿¿Mi.. mi macho???

—Mira… Tiene buenas tetas la zorra, ¿no crees? —obviando totalmente tu pregunta, como si nada hubiera pasado.

—No sé de qué está hablando. Déjeme salir antes de que se den cuenta de algo.

—¿Quieres que nos vean saliendo del agua? —mientras su otra mano se pone en el otro lado de la cintura.

—Cada uno por su lado… —Nota su barriga, no se aparta.

—Esta bien… Te haré caso, pero respóndeme a las preguntas.

—Es… Está bien… Tiene unos pechos muy bonitos ¿Y qué? —ella necesita acabar esto de una vez.

—¿Son mejores que tus pechos?

—Joder… ¡Sí! ¿Y qué pasa? —Nota la barriga en su espalda. Le dan escalofríos. Pero sin saber por qué, no se aparta.

El viejo intenta que el cuerpo de ella y el suyo estén cada vez más juntos, cada vez se notan mas el cuerpo el uno al otro. —Nada, solo quería saber si para ti eran mejores que los tuyos. Ya no me acuerdo qué me dijiste ayer, ¿crees que lo tiene depilado?— dice mintiendo.

—Le dije que no, ya basta con el tema ese.

—Vaya… te la has imaginado desnuda entonces. ¿No?— Ella nota como la voz del viejo cada vez más cerca de su oído. Ha arrimado su cabeza por el hombro derecho.

—No… —Ella no quiere girarse a mirarlo. Lo nota muy cerca.

—¿Qué pasaría si ahora viniera ella a bañarse y nos viera a los dos?

—¿Qué? Ni se le ocurra. Es usted un cerdo…

—¿Crees que se asustaría? O quizás… se pondría cachonda de vernos aquí a los dos…

—Déjeme ya —intenta no pensar en lo que dice el viejo. Pero no se lo quita de encima.

Dime… ¿Te la has imaginado con tu ropa interior puesta?— al oír eso abre los ojos. Nota como el viejo chupa levemente el lóbulo de su oreja derecha.

Se queda callada. Avasallada sobre la osadía del viejo.

—¿Sí o no? —insiste el viejo.

—No… No puedo hacer eso…

—¿Cuánto te costó ese conjunto?

—Me lo regaló mi esposo —Dice aún sin saber muy bien por qué está contestando.

—¿Y se lo darías?

—No se la daría. En todo caso se la dejaría… Mi esposo se enfadaría…

—Ella te diría: “Alejandra, mi amo me ha pedido que te pida la ropa interior”

—¿Mi amo? ¿pero qué dice? No creo que me lo pidiera nunca así.

—¿Y si lo hiciera?— Su boca cerca de su lóbulo pasa a dar pequeños besos por su cuello y clavícula.

—Sentiré pena por ella…

El sigue dándole besos por el cuello ante la pasividad de ella.

—¿Quiere hacerme llorar? ¿Eso es lo que quiere?

—Nunca te haría sufrir como para que llorases… —él sigue sin dejar de darle pequeños besos por su cuello y clavícula.—Mírala… Mírala bien.. como le queda el bañador… ¿Has visto como se le marca la cinturita? Dios quiero ese cuerpo de mami joven para mí…

No puede dejar de mirar lo que el viejo le dice. «Dios mío… Qué cerdo es… Qué cabrón…»

—Quiero que me ayudes a conseguirlo…

—No haré eso… Antes cualquier cosa que algo así…

—¿Sí? ¿Cualquier cosa? Está bien… ˛Porque no empezamos por un beso?

—¿Qué?— Dice intentando separarse un poco de él. Pero entre el bordillo y su corpulento cuerpo, apenas puede moverse.—¡No! Y menos aquí.

Su mano izquierda pasa de su cintura a su mejilla, intentando girarle levemente la cara hacia él.—Solo uno…

—¡NO!— Dice haciendo fuerza con su cabeza hacia el sentido contrario.

—Confía en mi.. será uno rápido…

—¡No quiero! No quiero que me vean así… Váyase a…

—Solo uno rápido. Quiero que me lo des delante de Verónica.

Los ojos de ella miran para todos lados. No quiere que nadie los vea. Mientras nota que su cara está prácticamente en su mejilla. Fugazmente, consigue girarla y le da un pequeño beso en los labios… Rápido, corto. Pero no cabe duda que el viejo se ha salido con la suya.

La mano derecha que estaba en su cintura desciende un poco hacia su nalga de nuevo.

—¡Basta ya Don Fernando! Me voy a enfadar…

—Mírala, mira qué culo, qué tetas… Fíjate…

Ella calla, la mira de nuevo en silencio. Y eso no pasa desapercibido por el viejo. Está consiguiendo lo que se propone.

—Qué pezones mas ricos tiene que tener… Me encantaría que estuvieran en mi boca…

Ella sigue callada. Verónica está ajena a todo. Ni siquiera ha notado que están en la piscina.

—¿La desnudarías para mi?

—No

Y mientras se lo dice, coge su tirante derecho y lo quita del hombro.

—¿No? ¿Por qué no cariño? Si tiene que estar muy buena… —Dice sonriendo.

—N-no.. no quiero que le haga lo mismo que me hace a mí…— Su voz denota inseguridad. Temor ante lo evidente.

—¿No quieres que disfrute?

—Es usted un cerdo, no quiero que la humille. Ella ya disfruta y no sufre como yo.

El viejo sonríe. Esa sonrisa malévola. —Fíjate en Raúl, es un marica para Verónica. ¿Preferirías estar con un maricón como Raúl antes que conmigo? —Le contesta sin parar de descender su tirante izquierdo por su hombro.

—¿Qué hace? —dice impidiendo que baje los tirantes. Saca fuerzas de flaqueza, fuerza que le ha faltado durante todo este periodo de tiempo con él. —Estoy aquí por no montar un número. No porque usted me guste.

Mientras Verónica se levanta a la hierba a jugar con su hija mientras su marido sigue tumbado en la tumbona.

—¡DEJEME MARCHAR YA!

—Mira… se ha levantado…— Se estaba zafando de él, casi lo había conseguido, pero ese comentario hace que se vuelva a girar hacia Verónica. La mira otra vez en silencio, con la boca algo abierta. —¿Querrá que la veamos?— Sigue diciendo el viejo. Se da cuenta de que vuelves a fijarte en la vecina.—Mírala cariño, fíjate en sus piernas…— Le contesta mientras le vuelve a bajar los tirantes poco a poco por los brazos mientras la atención de ella recae otra vez en Verónica.

Su escote empieza a peligrar un poco pero el agua cubre por encima del pecho.

—Me encantaría saber si lo tiene depilado… ¿A ti también verdad?

No contesta.

—¿Por qué no se lo preguntas un día y me lo cuentas?

—N-no.. no me importa como lo tenga…

—¿No?

—No.

—¿No te la imaginas desnuda? ¿Desnudándola para mi?

—No… M-me.. me da igual como lo tenga.. y.. y no quiero desnudarla para usted…— Su voz es mas insegura que nunca.

—Quiero que hagas una cosa por mí… Quiero que le preguntes un día como lo tiene depilado. Quiero que también le preguntes qué talla da sujetador usa.— Esto ya no suena a pregunta. Parece una orden.

Ella escucha lo que dice el viejo en silencio, mientras mira a Verónica.

—A mi me gustan las mujeres depiladas cariño, no cerdas con pelo.

—¿Me está llamando cerda? ¿A mi?— Le contesta mientras sus tirantes están por el brazo. Pero eso le hace reaccionar y se sube un tirante de los dos.

—¿Tú no te depilas? ¿No me dijiste ayer que si te lo recortabas?

—No, yo no soy una cría. Solo me lo recorto.

Lo mas sorprende de todo es que ese viejo diga que no le gustan las mujeres con pelo después de cómo es él…

—¿Acaso se ha mirado usted? ¿Por qué no se depila usted?

—Porque yo soy un hombre.

—Y-y.. y yo una mujer… y.. y qué…

—Las mujeres deben depilarse. Para eso son mujeres. Los hombres no.

Sin darse cuenta, ella contesta a todo lo que le pregunta. Le está siguiendo el juego. Y ella se da cuenta. «Dios mío, me estoy convirtiendo cada vez más en lo que él quiere».

—Venga Don Fernando por favor. Salgamos del agua que tiempo habrá para discutir estas cosas. —Opta por el discurso conciliador. Parece increíble que le hable de esa manera después de todo lo que ha hecho él.

—Mierda, mi hijo está a punto de llegar. Debemos salir ya por favor… Haré lo que quiera, pero déjeme salir ahora… por favor…— Dice con pavor al recordarlo. «Qué estoy haciendo, Dios mío…».

—¿Harás entonces lo que yo quiera? Sabes perfectamente lo que te he pedido.

—Sí, está bien. Déjeme salir…— Dice admitiendo que le dirá lo que quiere saber. Lo empuja fuerte.

Sin embargo, el viejo sabe que si los veo, todo se puede ir a la mierda y es algo que no se puede permitir. Él le deja espacio a ella para que salga.

—Gra-gracias…— Dice muy bajito.

Ella sale del agua, la mirada de ella está hacia el suelo, algo perdida mientras Verónica la reconoce mientras ella sale colocándose un tirante del bañador.

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