ALICIA ROCHA

Desde niña, dormir frente a la ventana tenía una razón en particular: la salida del sol entre las montañas se veía perfectamente desde ahí. A partir de ahí mi reloj interno me despertaba antes de que me hablaran o timbrara el despertador apenas despuntaban los rayos del sol cubriendo de sombra el gran patio rodeado de árboles, pirules en su mayoría. Era el momento exacto para levantarme de prisa y ponerme el vestido sobre mi camisón de algodón, que mi madre había confeccionado para mí, tal como había hecho para sus siete hijas. Mis hermanas solían levantarse y cuidar su arreglo personal. En cambio yo, me ponía el vestido encima y calzaba mis zapatos sin abrochar, y a traspiés salía corriendo hacia el corral con mi cubeta y mi pelo sin peinar. Mi abuelo ya tenía sujeta la vaca, y a un lado el becerro. Él era un hombre alto y moreno, cómo “la tierra que lo vio crecer”, solía decir cuando yo le preguntaba si en el color me parecía a él. Ordeñaba la vaca y llenaba mi cubeta, tres litros de deliciosa leche;  yo, apenas podía con ella para llevarla a la cocina de mi madre. A esa hora ella hacía tortillas y ponía la leche  a hervir al calor del fogón,  cuidaba de que no se tirara, pues “la leche quemada provoca llagas en la ubre de la vaca”, según la creencia popular.

Después de ordeñar había que limpiar los corrales. Mi abuelo solía subirme a la carreta para que desde ahí revisara si el trabajo quedaba bien. Se escuchaban mis gritos, que rompían la armonía del canto de las aves, “A la izquierda, ¡no! A la otra izquierda”, “quita bien al lado del toro”. Mi abuelo siempre seguía sonriente las instrucciones. Tenía su dentadura blanca pero le faltaba un diente. Me contó que lo vendió al ratón Pérez cuando tuvo una necesidad, “los bienes son pa’ remediar los males”, me explicó. Cuando el corral estaba limpio y las vacas ordeñadas, nos personábamos a desayunar con mi mamá; ella servía una gran taza de café hirviendo, mi abuelo lo probaba y decía: “qué buen café”, a mí me servía leche y una tortilla con nata de la mejor calidad.

Ya ha pasado tanto tiempo. Mi abuelo murió, y aún conservo sus dichos y en mi paladar los sabores. Todavía despierto antes de que salga el sol y me preparo un café. Ya no vivo en el campo pero desde mi ventana veo el primer despunte del sol.

Papáloatl 🦋

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