TANATOS 12

CAPÍTULO 35
Posó la copa en la mesa. Se colocó el pelo. Y lo repasó con la mirada, sin amilanarse.
—Siento decepcionarte pero no fui allí, cachonda perdida, a que me follaran esos dos críos. Acabó pasando y ya está.
—Entiendo. Bueno, y supongo que, además, a esas edades, con las hormonas descontroladas, te saltarían encima tan pronto como pudieron —dijo Carlos al tiempo que alargaba una mano hacia ella.
—¿Qué haces? —protestó.
—Nada que incumpla tus reglas —respondió, llevando aquella mano a su camisa azul, y maniobrando con habilidad hasta desabrocharle un botón.
María se dejó hacer. Incómoda. Y yo la veía más cerca de echarle de casa que de seguirle el juego.
No contento con eso quiso forzar otro botón más y también fue consentido. Y, una vez lo desabrochó, apartó un poco su camisa y yo no podía verlo bien, pero seguro ya no veía escote sino mucho más.
—¿Cómo ibas vestida esa noche? —preguntó.
—No me acuerdo. No lo veo relevante.
—Es para imaginarte.
—Ibas toda de negro —dije, por primera vez casi en toda la noche, y Carlos me miró, pero María no se giró.
—Es curioso que tu novio se acuerde y tú no —dijo incisivo, siempre queriendo desarmarla.
Tragué saliva. Nerviosísimo.  Sin saber aún por qué me metía en aquella guerra de dos. Y dije:
—Me acuerdo porque llevabas las medias y el liguero negros, que en teoría eran un regalo para mí. Y después una camisa y una falda de cuero. Todo negro. —dije, harto de no existir, y también queriendo tensar a María, para que le echase o para que explotase todo.
—Vaya. Ibas guerrera entonces. A pesar de ir para no…
—No sé a donde vas con todo esto. ¿O tendría que decir vais? —dijo Maria, cubriéndose con la camisa, en un gesto agresivo y refugiándose posteriormente en su copa de vino.
—Bueno. Porque ya hemos hecho lo del tal Víctor… y quedaría, a menos que me quieras contar otros encuentros, lo de los universitarios y lo del chico de Madrid.
—Lo de vestirme como tu propia hija veo que no lo cuentas. Espero que no se haya enterado de tus juegos de enfermito.
—Pues no. Hasta donde yo sé no… No me ha pillado. Si bien no me siento muy cómodo con ese arnés en mi armario. En ese sentido vosotros tenéis más intimidad.
—¿Lo has probado?
—Perdona, no te he entendido.
— El arnés. Si te lo has probado. Si te lo has puesto en casa.
—No. ¿Por qué iba a hacerlo? —dijo Carlos y se hizo un silencio que él aprovechó para beber.
Yo les miraba y maldecía no poder saber cuanto de su sujetador y de sus pechos podía disfrutar aquel señor mientras hablaban.
Posó entonces él la copa y dijo:
—Veo que no recoges el guante de explicarme y representarme lo de esa noche con los universitarios.
—¿Representarte? ¿Quieres que me vista como esa noche?
—Pues sí. Eso pretendo desde hace un rato. Creo que este juego no puede tener mucho más recorrido que eso. Ya que no se puede tocar… pues que Pablo se ponga el arnés y que me expliques un poco…
—Esto es surrealista… —le interrumpió, diciéndolo incluso más para ella que para él.
No se decían más de cuatro frases seguidas sin que se produjera un vacío. Era tenso. Asfixiante. Cuando mi teléfono se iluminó. Miré fugazmente y lo que vi… no me lo podía creer.
Tuve que mirarlo varias veces. No entendía por qué. En ese momento…
Me sentí agobiado. Acosado. Sentí que era injusta aquella intromisión…
Y es que Edu me había escrito:
—Vamos, Pablito. Déjalos solos.
Me puse tensísimo. Mis pulsaciones, ya de por sí alteradas hasta casi el extremo, se dispararon aún más. Era como tenerlo presente otra vez. Me sudaban las manos, me temblaban… hasta que casi se me cae el teléfono… y le di rápidamente la vuelta…  como si estuviera haciendo algo malo. Y me puse en pie, casi como un acto reflejo. De nuevo sentía que no podía con todo.
—Creo sinceramente que esto no tiene más recorrido. Que representes lo de los universitarios, quizás otro día lo del chico de Madrid, y fin de la historia.
—No te divierte esto, entonces. Qué pena —dijo María, sarcástica, sin mirarme a pesar de que me había levantado. Siempre más entera que yo.
—No es cuestión de diversión. Ya te he dicho que lo que es es frustrante —matizaba él, y yo, de pie, veía como ella, al haberse cubierto con la camisa enseñaba un canalillo, estrecho pero profundísimo y un poco de su sujetador.
Sin saber muy bien por qué, me di la vuelta y obedecí a ese Edu ausente pero omnipresente. Salí sin decir nada del salón y caminaba por el pasillo hacia nuestro dormitorio. Pensé entonces que quizás yo era lo que entorpecía todo. Quizás Edu tenía razón y quizás aquellos silencios no eran sino tensión sexual sin resolver porque María no quería que yo viera su sucumbir definitivo.
Llegué al dormitorio y me faltaba el aire. Y no cerré la puerta porque quería escuchar, ¿pero escuchar qué?
Me senté sobre la cama y en seguida imaginé que Carlos volvía a abrirle la camisa y que María, sin mi aliento en su nuca, sin mis ojos en su espalda, se dejaba hacer. Excitada. Tensa. Y en cierto modo dubitativa. Pero sabiendo que no podía seguir negando aquello. Que no podía, otra vez, cargar con todo el peso.
Me tapaba las manos con la cara y ya veía a Carlos acercándose a ella, volcándose sobre ella en aquel sofá, y ella recostándose hacia atrás, venciéndose, dejando que aquel hombre, mayor pero atractivo, cayera sobre ella… y… la besara…
Era ciertamente merecido. Lógico. Justo.
Y mientras mi corazón explotaba, mi piel se erizaba y mi polla crecía. Y, además, mi oído se agudizaba, queriendo y no queriendo escuchar el sonido de unos besos que yo creía tan inminentes como necesarios.
Miraba mi teléfono. Aquel mensaje de Edu. El cual sabía seguro por Carlos cual era la situación exacta. Y lo releía. Aquel “Pablito” que me llevaba a un año atrás, y no sabía si había cambiado todo o apenas había cambiado nada.
Dos, tres, cuatro minutos. Y me ponía de pie, e intentaba escuchar algo, pero no oía nada. Y me volvía a sentar en la cama.
Me tumbé boca arriba. Cerré los ojos, como en otro mundo y me abandoné a intentar escuchar. Y pensé que quizás los besos no pudiera oírlos. Que seguramente lo primero que escucharía sería un gemido… de María… penetrada por aquel impostor al que yo no delataba…
Cuando escuché un sonido, que me sobresaltó sobremanera, despertándome de aquella nirvana, de aquel trance onírico… Era una vibración en la cama, era mi teléfono moviéndose. Pensé en un Edu insistente y me encontré a una María sorprendente: “¿Por qué te has ido? Trae el arnés”.
Bloqueado. Sorprendido. Superado… Siempre a merced de ella…
Acabé por incorporarme y por buscar lo que me pedía. Y una vez me hice con él, y, nerviosísimo, caminé por el pasillo, y, como tantas otras veces no sabía si quería todo o no quería nada. Si quería la destrucción o la salvación.
El silencio era impactante y tragando saliva entré en el salón, con aquello en la mano, y vi que mantenían las mismas ubicaciones. Me acerqué a ellos y los botones desabrochados eran los mismos.
Harto de tanta tensión me situé de pie frente a ellos, sin importarme lo vergonzoso de aparecer, obediente, con el arnés en la mano.
María se colocó toda la melena a un lado del cuello, en un alarde de calma, y me arrebató el arnés con sutileza y lo posó a su lado, entre ella y él.
—La vuestra me gusta más —dijo Carlos, serio – y parece más grande, ¿no?
María no dijo nada y él seguía agresivo:
—¿Quién la tenía más grande, por cierto? ¿El tal Álvaro o el tal Guillermo? ¿O en la vorágine no te dio tiempo a valorar?
María le miró, desafiante o con odio, y, para mi sorpresa, llevó las manos a mí, a mi cinturón.
Sentí miedo. Una vergüenza infinita. No entendía nada.
Abrió el cinturón y desabrochó el botón. Yo, de pie frente a los dos, iba a ser expuesto, con crueldad, y no entendía qué ganaba María con aquello.
—Qué… haces —pregunté, en un susurro, al tiempo que mis pantalones caían bruscamente y mi miembro palpitaba duro, oculto bajo mis calzoncillos rosados.
María se retiró entonces, se echó hacia atrás, y suspiró, contrariada:
—Perdona. Pablo…
—¿Qué pasa? —pregunté y ella se giró hacia él y dijo:
—No se la voy a comer aquí a mi novio para ponerte cachondo a ti.
—Está bien —replicó Carlos—no me hace falta.
Yo, allí plantado, agobiado, incrédulo, cada vez entendía menos, y menos entendí cuando él se llevó las manos a su cinturón y comenzó a desabrocharlo con sosiego y seguridad.
—Me llega con tu cara… y con lo poco que me quieras contar de tu noche con esos… críos, como tú los llamas.
Cuando me pude dar cuenta Carlos se desabrochaba el botón, se abría la cremallera, se bajaba un poco los pantalones y los calzoncillos, y brotaba imponente su polla madura, curtida y generosa. Y él mostraba con orgullo, en contraposición con mi vergüenza, su glande rosado y ancho, parcialmente descubierto como consecuencia de que su miembro estaba semi erecto. Por la humedad que brillaba sobre la punta parecía que llevaba un tiempo excitado.
—¿Me llega con tu cara? Estás majísimo esta noche. Con esa bordería da gusto —protestaba ella, fingiendo no verse afectada porque aquel hombre se sacara la polla y no dejase de mirarla fijamente.
—No es bordería. Es frustración.
—Pues lo siento en el alma —dijo al tiempo que Carlos se llevaba la mano a la polla y se echaba ahora sí toda la piel hacia atrás.
—No lo sientas. Solo habla. Ya que no quieres representar nada, ni vestirte, ni tocar, ni hacer nada.
María le miraba a la cara. Y a veces bajaba la vista y veía aquel miembro, masturbado lentamente por él.
Ruborizada, acalorada… sonrojada… No solo no se exhibía ni hablaba, sino que se tocaba el pelo y se cerraba la camisa, como con un tic incómodo. Como si por tapar compulsivamente un escote que no existía, pudiera ser más inmune a lo que frente a ella se mostraba.
Yo me subía los pantalones y veía a María arder y de nuevo me preguntaba por qué no olvidaba su juego.
—Vamos. Cuéntame. ¿Quién te folló mejor? —preguntaba Carlos. Sobrio. Seco. Mientras seguía con su implacable paja.
María no respondía. Se echaba el pelo hacia atrás y le miraba a los ojos. Fingiendo que no le tentaba mirar más abajo.
—No sé por qué hoy no quieres hacer las cosas bien. Con la confianza que hay ya.
Ella aguantaba estoicamente aquel tono que, en cierto modo, cada vez me recordaba más al de Edu. Y, yo, mientras, me sentaba de nuevo en el que ya era mi sofá.
—Si es que además sabes que si te pones el liguero ese de guarra… y demás atuendo de aquella noche, esto no va a…
—Está bien —interrumpió ella —y se puso de pie.
Y pasó entonces por delante de mí, y embocó el pasillo una María altiva… y seguramente también desencantada con aquel Carlos repentinamente chulesco hasta lo desagradable. Pero también la sentí encendida. En todos los sentidos.
Conocía ya a aquella María. La conocía como para saber que podría explotar por un lado o por otro.

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