ISA HDEZ

Triste y erguida gemía la palmera maltrecha

agredida por el rayo de la tormenta invernal,

sus ramas vacías caían retorcidas por el abismo

como lágrimas secas mecidas por el viento.

Parecía que todo acaeciera al unísono

con la partida infinita de su ferviente dueño,

que la cuidaba con esmero, mimo y empeño

y la dejó a la intemperie del lugar con el silencio.

Antaño la contemplaba como reliquia de cuento

sentía que viviría para cuidarla por siempre,

pero la soledad llegó como nace la noche

y el rayo aprovechó el resquicio y penetró en su centro.

Ya no luce la palmera lozana, fresca y airosa,

los manantiales la anegan fieles con sentimiento,

los mirlos la rondan formando coros con sus cantos              

y el patio espera a que florezca en la nueva primavera.

Vendrán nuevas auroras que lamerán sus fibras

y elevarán sus ramas hacia el perdurable cielo,

otearán las aves para anidar sus polluelos

y brotará la vida desafiando a la expectante tormenta. ©

Un comentario sobre “El rayo

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