ESTRELLADELASNIEVES & PARALAALEGRÍA

CAPÍTULO IX

*****

Aquel día lo pasé encerrado en una de las cuevas que hay en la falda del Llano de la Perdiz, unos jipis me acogieron y me ofrecieron lo poquito que tenían o lo mucho que podían ofrecer, su compañía; por mi parte, puse en medio de nosotros la botella de ginebra que había comprado. Yo lloré en silencio mi desgracia y supongo, que aun sin pretenderlo, sacaría de dentro de mí todo aquello que en ese momento me ahogaba, la soledad, el desprecio, la repulsión que me provocó lo vivido. Sofocaba el fuego que me estaba devorando con el alcohol y así pasaron las horas y así miraba a Granada sentado en el suelo.

Me despedí de todos ellos, agradecí su comprensión, su ánimo, su tolerancia pero no podía quedarme eternamente allí, por lo que de forma tambaleante busqué el camino de vuelta a la nada.

Instintivamente miré el móvil, eso y unos pocos euros era lo que me acompañaba, me di cuenta que habían sido más de 20 las llamadas perdidas de Cristina, las mismas que golpeaban una y otra vez en mis ojos, pero no tenía el valor necesario para hablar con ella;    – aún no_,     me decía al ver su foto en el salvapantallas, ¿qué decir?, si fui yo el que huyó de casa, el que rompió la palabra, ” siempre juntos”, me había ofrecido la oportunidad de compartir con ella su liberación y hacerla mía. Y cuando la bruma por el alcohol comenzaba a apoderarse nuevamente de mi devastado cerebro, se encendió el teléfono, un nuevo mensaje de texto de Cristina.

Mis ojos se movían por la pantalla leyendo pero sin leer, y lo único que se quedó fijo en mi mente fue su última frase, quizás el alcohol fue el culpable, o quizás no, simplemente uno se queda con lo que más le conviene, por eso salté por alto las palabras te quiero con locura, quizás me equivoqué, esas no me valían en ese momento, así que fui selectivo y me quedé con Recuerdos de Pedro e Inés, cinco palabras que explotaron como bombas de profundidad, hundiéndome en un mar de sombras, y por eso volví nuevamente sobre mis pasos y nuevamente los moradores de aquella cueva me ofrecieron su cordialidad para pasar la noche, al menos tenía un lugar donde protegerme del frío de la madrugada estando tan cerca del río.

La mañana amaneció para mí con resaca, una más, y sin embargo saqué fuerzas de flaqueza pues  lo primero que hice fue revisar mi móvil, ¿qué buscaba?, ni puta idea, ¿tal vez un perdón o un no lo volveré a hacer?, ¡idiota!, grité ante el teléfono como si esperara la respuesta deseada, me di por contestado y me levanté sin tener ni idea de lo que iba a hacer.

Poco a poco me di cuenta que no me podía permitir acabar de esa manera; no, de ninguna manera iba a  terminar así, si Cristina tenía orgullo, yo tenía el mío, ¿quizás podría empezar por contestar su mensaje?, “ saludos de Inés y Pedro”, ¡joder!, eso me había jodido o tal vez le estaba dando más importancia de la que tenía ¡y una mierda!, aquello sonaba a  “me han follado toda la noche capullo“; sí, sonaba a eso, pero y ¿si no era lo que yo pensaba?, tal vez se habían querido despedir de mí, total, se habían follado a mi mujer en mi cama, que menos que una cierta familiaridad para despedirse. Buceé en mis pensamientos, en los sentimientos que ya no sabía dónde estaban, en mis deseos más ocultos, en mis inseguridades y la determinación de ella…, ¿te imaginas dejarte ir?, una voz desconocida hizo presencia en mi mente; “Mira hijo, puedo entender que todo esto te venga grande.“, ¡joder!, hasta mi suegro quería intervenir en mi subconsciente hasta emerger de mis tinieblas de golpe, más por falta de aire que de ganas. Mientras me secaba con las manos la cara pensaba en las palabras que usaría para contestar a Cristina, no pediría perdón, eso sí que no, ¡joder!, se la habían follado en mi casa, en mi cama, pero tampoco podía ser excesivamente seco, la quería y no pensaba dejarla por un simple desliz, pero ¿cómo asimilar que ella quería hacer un drástico cambio en nuestra vida?, ¿cuál sería el siguiente paso? No, tenía que intentar asimilar todo aquello, sólo necesitaba algo más de tiempo, unos días ¿pero cuántos?, no lo sabía, sólo se trataba de que no podía volver como si nada, y a la vez es lo que más estaba deseando. Era temprano y sin embargo no pude ni quise negarme a abrir una última cerveza, la que me habían dado mis compañeros por si la necesitaba, y observando el teclado buscaba las palabras al tiempo que miraba su foto con todo el cariño del mundo.

Hola, perdón (¿perdón? No, no era la palabra adecuada), perdona   por no contestar, todo ha sido (… ha sido una mierda, así no, no era la mejor forma de arreglarlo). No sé, es que no lo entiendo, no me sentía cómodo (viendo cómo te follaban, esto tampoco lo podía poner), tal vez tendríamos que hablar.

Un beso.

Cerré los ojos al mismo tiempo que lancé el mensaje.

***

 El sonido del teléfono la sacó del aletargamiento en el que se encontraba, apenas había dormido pues pasó el día y la noche intentando recordar cada instante de lo vivido y por mucho que quería, no podía acordarse en qué momento me perdió, las imágenes de Pedro desnudándola, mientras Inés no dejaba de besarla, aún podía sentir su vestido descendiendo en busca del suelo y los labios de Pedro agarrando sus pechos, mientras Inés besaba su ombligo al mismo tiempo que bajaba sus finas bragas ya húmedas, desconocía si yo estaba presente o ya había huido, se incorporó para alcanzar el teléfono, sus ojos brillaron al ver que el mensaje era mío. Sintió miedo de abrirlo. “Recuerdos de Inés y Pedro”, se arrepintió, desde el mismo instante de enviarlo, de haber escrito aquellas palabras pero en aquel momento no era ella quien lo había hecho, ¡joder!, me escapé como un preso en mitad de la noche, se apartó el cabello de su cara haciéndose una improvisada coleta, lo abrió y sus ojos recorrieron el texto, no pudo evitar una fina sonrisa en su rostro.

Hola, perdónperdona por no contestar, todo ha sido, no sé, es que no lo entiendo, no me sentía cómodo tal vez tendríamos que hablar.

Un beso.

Hablar es lo que ella deseaba con toda su alma, tenía que explicarle tantas cosas, si era necesario le pediría perdón, y como si nuevamente la sangre hubiera llenado sus venas se levantó, una punzada en la parte de su ano hizo que se volviera a sentar, aquello le dolió más por mí que por ella, tantas cosas habían cambiado esa noche.

Hola cariño, sí, eso es lo que más quiero en este mundo, vuelve y hablamos todo lo que tú quieras, te espero para comer.

Un beso, te quiero muchísimo.

*****

Estuve toda la mañana paseando sin rumbo cierto por el Albayzín, subir y bajar por calles estrechas y solitarias cansaba mi cuerpo y descargaba mi mente aunque lo último que deseaba era encontrarme con algún conocido pues era consciente que mi aspecto no debería ser el mejor pero ahora tenía que ordenar mis ideas, mis pensamientos inconexos, la soledad era mi aliada en esa ocasión, qué decir o qué hacer una vez que me encontrara frente a frente con Cristina, me estaba volviendo loco.

Cuando llegué a mi casa, me sentía un extraño, sólo habían pasado unas horas y un absurdo desencuentro me había llevado a una profunda crisis, me encontraba totalmente desestructurado, mis convicciones destruidas, todo aquello que consideré fundamental en mi vida, ahora tenía poco o ningún sentido ni valor; la fidelidad había dejado de ser el pilar fundamental de mi relación de pareja. No, no me consideraba ningún carca y retrógrada en mis ideas pero tampoco me sentía a gusto en el papel que me habían asignado para representar en aquella absurda función. La quería con locura pero lo que me estaba pidiendo, aquello a lo que me estaba empujando me hacía ver el más terrible de los abismos.

Abrí la puerta como temiendo despertarla de un sueño, dejé que el olor de mi hogar llenara de nuevo los pulmones con la esencia misma de la vida, la paz que sentía al estar en mi casa era suficiente para hacerme feliz, no tenía necesidad de buscar el elixir de la eterna felicidad fuera de ella ni de allí y, sin embargo, ahora parece que no era suficiente, al menos para Cristina.

 Mis pasos eran cortos, necesitaba un poco más de tiempo antes de encontrarme con mi mujer;  _dame un segundo, solo un segundo_,  dije entre dientes, el ruido de los platos me indicó que estaba en su refugio de la cocina; por el contrario, yo entré igual que me había ido, despacio y sin hacer ningún ruido, pretendiendo ser invisible a todo, ¡si pudiera verla sin ser descubierto, reconocer su figura, oler su perfume, percibir el sabor de su cuerpo!

–  Marcos.  -dijo Cristina en un hilo de voz, dando a entender que la había asustado. Sus manos sobre su pecho, se acercó despacio hasta llegar a mi altura, mientras yo permanecía estático como una figura de cera cuando lo normal hubiera sido abrazarla, pasar mi mano por su espalda bajándola hasta tocar sus duras nalgas a la vez que la besaba, pero había algo que me detenía y era ese muro alto y frío que desde hacía un tiempo nos separaba, así que fue ella quien cruzó los brazos alrededor de mi cuello para besarme, pero mi cuerpo se tensó y ella percibiéndolo sólo fue capaz de posar sus labios en los míos dejando un efímero beso.

–  Hola Cristina.

–  Has llegado justo a tiempo, fiel a ti mismo. He preparado pollo al curry, ¿por qué no te cambias mientras yo acabo esto?   -dijo soltando mi frío cuerpo-,   en diez minutos estará listo.

–  Sí, será lo mejor, voy a darme una ducha rápida y a ponerme algo más cómodo.

Sentía una profunda tristeza cuando iba por el pasillo, al entrar en nuestra habitación y mirar la cama una nueva punzada de angustia y desconsuelo recorrió todo mi cuerpo, no sabía si algún día se borrarían las imágenes al ser forzado el amor o para ser mudo testigo de aquellos cuerpos desnudos, el profundo olor a sexo, todo aún en mi mente, o si por el contrario se quedarían clavadas tatuando para siempre mi cerebro.

El agua limpió mi cuerpo pero costaba devolverle la vida a mi alma. Ya con ropa más cómoda aparecí en el comedor, Cristina mantenía la mirada en su copa de vino, parecía perdida en ella o sabe Dios en qué pensamientos cuando giró su cara despacio hasta descubrirme parado en el marco de la puerta.

–  ¿Comemos?  -preguntó dando un sorbo al vino-,  si no se nos enfriará.  -Cogió un plato para servir, me senté frente a ella al mismo tiempo que me llenó la copa-.  ¿Así está bien o quieres más?  -se notaba nerviosa, el recibimiento no había sido el que ella esperaba.

–  Está bien así,  -esas fueron las únicas palabras que salieron de nuestros labios durante buena parte de la comida por lo que la tensión iba creciendo a cada momento, a cada instante, en cada bocado, sólo dejamos que nuestras miradas hablaran por nosotros y yo no era capaz de interpretarlo, quizá sería la tensa calma antes de la tormenta.

–  Bueno, ¿no vas a decir nada?  –su voz salió demasiado brusca, rompió la falsa quietud de forma en exceso estridente, fue ella quien harta de nuestro silencio entró a saco en lo que ambos sabíamos y ambos nos negábamos.

–  No sé qué habría de decir, y en todo caso, ¿sólo yo?, ¿y tú?

–  ¿Yo?, Marcos, ¿acaso no sabías perfectamente lo que iba a pasar?, el guión estaba escrito.

–  Ya lo sé, o al menos lo intuía, lo que nunca imaginé es que yo no tenía ni voz ni voto en la confección de ese guión, ¿pero qué quieres que diga? ¿Qué siento haberme ido cuando te estaba follando Pedro?,  -en ese momento salieron las ácidas palabras que se habían acumulado en las últimas horas-,  te dije que todo iba demasiado rápido, te lo dije hasta la saciedad, Cristina, que necesitaba tiempo, pero tú estabas obcecada con cumplir tus deseos y en nada atendiste a los míos, en ese momento no pensaste precisamente en mí

–   Tienes razón, pero salió como salió, hay cosas a las que no puedes ponerle una fecha, ¿qué hubieras preferido que te dijera?, mira la semana que viene a las cinco de la tarde Pedro me va a follar, ¿así hubiera estado mejor?, ¿no hubieras salido corriendo, como siempre?

–  ¿A qué viene tanta ironía Cristina?, ¿el que no pueda participar de tus fantasías implica que soy un cobarde?

–  ¿Ironía?, no. Lo irónico es que lo hicimos como tú querías, en casa, ¿quién dijo que los invitara a cenar?, tú.  -sus ojos hervían pretendiendo salir de sus órbitas- pero una vez más huiste, saliste corriendo. Yo no te he llamado cobarde aunque igual se parece mucho.

–  Siento no haber sido capaz de hacer un cursillo de cornudo, así te sentirías mejor que yo y más orgullosa de mí -ahora fui yo quien tiró de ironía.

–  ¿Así es como te sientes?, venga ya, esa noche era especial para los dos, si la jodiste no me eches a mí la culpa. -Cristina se levantó de la mesa como un vendaval- Supongo que yo tendría que sentirme también cornuda. -Cristina caminaba como una fiera enjaulada.

–  Pero si ni siquiera te enteraste de que me había ido, ¿esa era tu forma de compartir?, ¿de hacerlo juntos? -aquello ya no era una conversación, los dos estábamos perdiendo las formas.

–  Esa era la idea, hasta que tú decidiste por ti mismo, como siempre.  -Cristina salió del comedor dejando que los nervios se apoderaran de mi cuerpo. La oí trastear en el salón y a los pocos segundos apareció con un paquete de tabaco en una mano y un cigarro en la otra, nunca la había visto fumar pero en ese momento casi lo devoraba, luego vino la tos incontrolada.

–  ¿Puedo? – pregunté señalando el paquete de tabaco.

Extendí la mano para alcanzarlo, sé que solo duró unas décimas de segundo, pero nuestras miradas pedían a gritos una tregua, así que sin decir una sola palabra cada uno se sentó en la silla, en nuestra esquina del ring, dándonos el tiempo de un cigarro como merecido descanso, tenía miedo que la campana volviera a tocar el inicio del nuevo asalto.

–  Todo esto, Cristina…

–  ¿El qué…?

–   ¿Pero es que no lo entiendes?, de golpe llegas un día y me dices que me folle a Gema, luego Laura, me llevas de putas aturdido por tus palabras y tus deseos y un día aparece una pareja y te montas un trío con ellos, ¡Dios!, ¿tú lo ves normal?

–  Hay muchas cosas que no veo normales en nuestra vida, ¿es normal que te coman la polla delante de mí?, y en ningún momento te vi corriendo.

–  No empieces, aquello lo provocaste tú, fuiste tú quien quería que pasara, quien me empujó a que ocurriera.

–   ¡Sí, y bien que lo disfrutaste!, sólo quería descubrir cosas nuevas, ¡joder!, ¿tan difícil es de entender?, es solo sexo, yo no lo veo de otra manera, te quiero hoy lo mismo que hace un mes, sólo es sex-so, nada más.

–   Supongo que yo puedo pensar diferente ¿verdad?, ¿o eso me está vedado también?

–   Claro, aunque igual también están tus continuos miedos e inseguridades a todo y a todos, y no dejas de creer que pueda haber algo más en cada momento de todo esto, no sé, ¿que quizás me hubiera enamorado de cualquier Pedro o de cualquier Inés y te dejara?

–   Es muy posible que tengas razón pero no es eso, tengo miedo de que todo esto nos cambie, si no lo ha hecho ya, que volver al punto de partida si nos equivocamos sea imposible.

–   ¿Tanto miedo tienes a cambiar algo de nuestra vida?

–   Sí, porque me gusta la vida que tenemos, no creo que sea tan difícil de entender.

–   ¿Y si yo quiero otra vida a la que estamos viviendo, por ejemplo, tener nuevas experiencias?, ¿no me acompañarás, tú te vas a quedar al margen?

–   ¿Preguntas o afirmas?

–   Sólo quiero saber qué opina mi marido, necesito saber en qué punto estamos de nuestro matrimonio, porque apareces y desapareces, porque un día quieres y otro no.

–   Eso mismo es lo que me gustaría saber de ti, ¿no te basto yo?

–   ¡Hombre!, salió el machito, no me jodas, Marcos, no confundas las cosas, eres mi marido y no hay nadie que pueda superar lo que siento por ti pero eso no significa que no quiera vivir nuevas experiencias en el sexo, es más, sé que eso enriquecerá nuestro matrimonio, eso es lo que sentí con ellos hasta que no te vi.

–   ¿Y eso lo sabes por Pedro e Inés?, veinticuatro horas con ellos y ya eres toda una experta, supongo que eso lo hace más creíble.

–   Te das cuenta de que no llegamos a ningún sitio así ¿verdad?

–   Es que no veo que podamos llegar juntos, lo siento pero no, no voy a participar en esta locura, me niego, no quiero saber nada. –Cristina pareció recibir un baño de realidad y por eso su reacción fue algo histérica

–   Nooo, ni lo pienses, nooooo, todo lo podemos arreglar.   -Cristina abrió los ojos al escuchar mis palabras-,  no sigamos por ese camino, ¿podemos olvidar esa noche por favor?

–  Ahora mismo no puedo, te veo y… os veo a los tres…

–  ¿Tanto te marcó ese momento?, ¿Y entonces?, Marcos, por favor, vámonos de vacaciones, los dos, dejemos todo esto atrás, tú y yo, juntos.

–  Has sembrado una mala semilla en mis sentimientos, sé que tú quieres eso con tanto empeño que nada te hará volver a ser la misma aunque ahora lo pretendas. Dame tiempo, Cristina.

–  Todo el que quieras.  -Cristina se levantó de la silla, su cara reflejaba la serenidad que hasta ese momento no había tenido, creyó que mi camino comenzaba a trazarse y que ella sería, como siempre, la protagonista.

–  No, no me entiendes. -se congeló antes de poder cruzar la mesa con intención de abrazarme-, 

–  ¿Qué quieres decir?  -su sonrisa desapareció y el miedo apareció en sus ojos.

–  Que necesito tiempo pero a solas, igual es lo mejor para ambos.

–  ¿Me estás dejando?

–  No, eso no lo haré nunca salvo que tú me empujes a hacerlo, me iré a Motril, a la casa de mis abuelos, tengo…, necesito pensar a solas, descubrir qué pretendes que hagamos de nuestra vida, saber qué papel me asignarás a mí.

–   O sea que te vas de casa, ¡dilo!, dime que me dejas y punto, por una vez en tu vida ten el valor de decir las cosas claras.

–   Vete a la mierda, de verdad que no te reconozco. -No pude más, yo estaba dispuesto a serenarme, a meditar con toda la paz que necesitaba en ese momento para estar con ella pero justo ahora y por su reacción, tenía ganas de chillarle, de insultarla, y sin embargo lo único que hice fue salir del comedor, bajé la maleta del armario y comencé a meter la ropa sin sentido ni concierto, totalmente desordenada, de tal forma que cuando quise cerrarla ésta se negó.

El golpe de la puerta al cerrarse me sumergió en el más absoluto silencio, en la más absoluta soledad hasta romper con el delirio de una absurda realidad. Salió de casa con las lágrimas del odio mezcladas con el dolor de mis palabras, caminó sin rumbo, sin destino, solo quería dar el tiempo suficiente para no verme marchar con mis cosas, en Plaza Nueva se sentó en un banco, no se había dado cuenta que llevaba el paquete de tabaco estrujado en la mano y que los tres cigarrillos que aún quedaban se habían roto por la boquilla; le dio lo mismo, sacó uno y lo terminó de romper, se lo fumaría así, lo malo fue que no tenía fuego; ¡joder!, dijo entre dientes tirando el cigarro y el resto del maltrecho paquete lo más lejos que pudo.

***

Eran las cinco de la tarde, cuando volvió a nuestra casa, se había pasado dos horas dando vueltas sin rumbo, pero aún lo quería alargar más por lo que de camino a la misma entró en un bar donde pidió una cerveza, y tras ver cómo el joven camarero le sonreía le pidió que sacara un paquete de tabaco rubio por ella, el joven no pudo más que rendirse ante aquella coqueta y perdida sonrisa;  _ si tú supieras_,   se dijo para sí misma.

El silencio del hogar estalló en sus oídos, ¿cómo acostumbrarse a eso?, se detuvo en el salón agudizando el oído ante el tic-tac que provenía del reloj suizo, uno de los regalos de boda, e intentó recordar quién fue el que lo hizo pero los diez años fue demasiado el tiempo por lo que había sido borrado de su mente, caminó por el pasillo despacio, como si temiera despertar al vacío que se había instalado como un vulgar okupa, las puertas abiertas del armario semejaban a su propio cuerpo, abierto de par en par y desocupado, se sentía vacía, ya no era estar sola, a eso se podría acostumbrar aunque le costara. No, no era eso, sino la sensación de pérdida. Recorrió cada hueco recordando cada prenda, las que estaban y las que desaparecieron con Marcos cuando se marchó de casa:  la camisa azul, la blanca ibicenca…así cada prenda venía a su mente y sus piernas cedían por momentos, no la sostenían en pie, se dejó caer en la cama formando un ovillo, estaba tan cansada, demasiado cansada de luchar, de intentar mantener aquel castillo de naipes que eran sus pensamientos en mezcla con sus deseos.

El teléfono la despertó de su maltrecho letargo, la humedad de sus mejillas delataba sus amargas lágrimas y dejó que el sonido se callara devolviéndola a su sueño, no quería despertar, ¿sería mejor sólo dormir o morir?

–   ¿Puedes abrir?, llevo una hora tocando el timbre   -como siempre Gema vivía en su mundo, aquel que hacía que todo girase en su órbita.

–   Voy.

–   ¿Cómo estás? -le preguntó después de coger dos cervezas de la nevera.

–   Pues ya ves…

–   Así que el capullo ha salido por patas   -dijo mostrando el asco que yo le daba-, ¿y qué esperabas?

–   No empieces, Gema, no es el momento.

–   Nunca es el momento, Cristina, reconócelo, nunca ha sido para ti el momento y eso lo sabías desde el primer día.

–   Déjalo, no tengo ganas de hablar,  -solo quería que Gema se acabara la cerveza y decidiera volver a dejarla dormir.

–   No te irás a quedar aquí, ¿verdad?

–   Y dónde quieres que me quede, esta es mi casa.

–   Ni lo sueñes, no quiero ver cómo te hundes por su culpa, venga, vamos a hacer las maletas, te vienes a mi casa unos días. -Gema terminó su cerveza de un solo trago y cogiendola de la mano de forma decidida se llevó a Cristina hasta la habitación, no pensaba darle tregua hasta sacarla de la fosa en la que se estaba metiendo. Ella caminaba negando con la cabeza pero la corriente era demasiado fuerte para resistirse.

–  Coge algo de ropa, ya vendremos a buscar el resto  -y los huecos del armario se multiplicaron vaciando más si cabe su alma.

–  ¿Y si vuelve?  -preguntó con un hilo de voz que costaba oír-, ¿y si vuelve y no me encuentra?

–   Pues que vuelva, él se ha ido ¿no?, a ver si tú no tienes derecho a irte, ¿o te vas a quedar aquí como una monja de clausura?  -Gema hablaba sin dejar de escoger la ropa por su amiga-.   Me encantan estos zapatos tía, -eran los mismos que llevaba la noche que fueron con Inés y Pedro, allí se tendría que haber dado cuenta que nunca funcionaría, pero ella hizo oídos sordos a mis súplicas-  aquella noche fue una pasada, pero que vicio tenían los catalanes, ¡joder!, me pongo cachonda sólo con recordarlo.   -Gema le hablaba sin darse cuenta que ella no estaba presente, que su mente la había transportado a aquella noche, que su cuerpo sentía aquella fecha como punto álgido del dolor al verme rechazarla y del placer que sintió con Inés acariciando su cuerpo bajo las estrellas.

–  ¡Hola!, ¿me estás oyendo?  -Gema permanecía de pie frente a ella con unas mallas deportivas en la mano-  ¿te quieres llevar ropa de deporte?, aunque no creo que te queden fuerzas porque nos vamos a meter unas fiestas que vas a alucinar.

–   Si, coge alguna  -se quedó mirando aquellas mallas negando con la cabeza, todo la llevaba a mí, a nuestras caminatas, a nuestras carreras-. Coge lo que quieras, me voy a duchar, tú misma   -le dijo sintiendo el cuchillo clavado en su espalda.

Aquella noche apenas pudo dormir. Rechazó la invitación de Gema para salir de fiesta, y no tuvo más remedio que decirle, bajo juramento, que al día siguiente saldrían las dos, sólo por ese motivo la dejo tranquila, de camino a casa compraron un par de pizzas y un paquete de botellines de cerveza.

Después de responder a Gema sobre lo acontecido la noche anterior y de hacerse ésta la ofendida por no haberla invitado se fueron a dormir, o eso es lo que ella pretendía porque realmente lo necesitaba pero no consiguió hacerlo ni tres horas seguidas. Cansada de dar vueltas en la cama salió al jardín a fumarse un cigarro, Greta, la gata de Gema la seguía ronroneando como si quisiera acompañarla en su pena, era como si sospechara de la soledad de Cristina, se sentó en el borde de la piscina y se la puso en el regazo. Con los pies dentro del agua, al principio estaba fría pero no le molestaba, mientras Greta se dejaba acariciar sin recelo, su mente le devolvía una y otra vez a lo acontecido esa tarde, ese fallido intento por reconciliarse; “Vete a la mierda, de verdad que no te reconozco”… no te reconozco…,

–  ¿Tú me reconoces?,  -le preguntó a la gata, ésta simplemente la miró y volvió a cerrar sus ojos concentrándose en las caricias-,   ¿sabes?, yo tampoco me reconozco, en eso tiene razón, Marcos; pero al mismo tiempo tampoco lo reconozco yo a él, no puedes abandonar a la persona que dices querer a la primera de cambio, no, eso no es amor.

Sintió los lengüetazos de Greta, era la gata más extraña que había conocido, más que un gato parecía un perro y aquella situación la llevo a su niñez, Luky, su perro, y mantuvo los ojos cerrados recordando aquellos tiempos donde todo parecía ser más sencillo, su estancia en el cortijo le había dado los mejores años de su vida.

–  ¡Greta!  -la voz de Gema la sacó de sus recuerdos he hizo que volviera a la dura realidad-, ven aquí.  -Greta dejó de lamer su mejilla y un maullido sirvió como despedida, Gema ocupó el espacio de su gata apoyando su cabeza entre las piernas y los pechos casi desnudos de su amiga.

–  ¿Cómo estás?

–  Hecha un lío, Gema.   -le contestó pasando los dedos sobre el pelo de su amiga.

–  Es normal, supongo que no tiene que ser fácil pero te prometo que conseguirás…

–  ¿El qué conseguiré, Gema?, ¿olvidarme de Marcos?  -sonó más seca de lo que deseaba-, no me podría olvidar de la noche a la mañana, diez años son muchos años y en mí siempre ha habido mucho amor por él como en él ha habido un inmenso amor por mí.

–  No quise decir eso  -le dijo Gema a modo de disculpa-,   sólo que te será más fácil si no estás sola, ¿te apetece que hoy vayamos de compras?, es lo que yo hago cuando estoy de bajón.

–  ¿Tú de bajón?  -le lanzó la pregunta con una sincera sonrisa, estaba arrepentida de haberle hablado de aquella forma.

–  ¿Qué pasa, zorra?, haber si te piensas que yo soy de piedra.  -le dijo pellizcándole un pecho.

–  ¡Ay! -se quejó acariciando el pezón perjudicado-, eso ha dolido.

–  Te lo mereces por zorra, venga levanta y vayamos a comernos el mundo, tienes café preparado y tostadas, yo me voy a dar un baño en la piscina.

***

 Las dos se dedicaron a bañarse en la piscina, ambas desnudas, Gema intentaba animar a una Cristina que no dejaba de darle vueltas a la situación, de vez en cuando sonreía más por cortesía que por sentimiento, una y otra vez Gema le hacía alguna gracia.

–  He quedado con unos amigos esta noche   -le dijo pasándole la cuarta cerveza en menos de dos horas.

–  ¡Gema!

–  ¿Qué pasa?, no esperarás que nos quedemos otra noche en blanco, son unos amigos.

–  No sé si tengo fuerzas para ir de fiesta…

–  No te preocupes, he quedado aquí con ellos.

Mientras preparaban algo para picar Cristina intentaba olvidarse de mi;  “necesito tiempo, pero a solas, igual es lo mejor para ambos. Necesito tiempo…

–  Te van a encantar  -Gema la sacó de sus pensamientos, se abrazó a ella intentando disipar la tormenta que se cernía sobre la cabeza de su amiga-,  además están para comérselos.

–  Yo no estoy para fiestas, de verdad, uffff…

–  Ahora mismo es lo que más necesitas, además, ¿qué hay de malo en cenar con amigos?

–  ¿Quiénes son? ¿Los conozco?  -preguntó más para no contrariarla que por interés.

–  Son del Gimnasio, no te preocupes, son muy buena gente.

A las diez sonó el timbre y Gema sonrío de forma abierta mientras salió corriendo para abrir, su corto vestido blanco transmitía más fuerza a su moreno además de mostrar de forma generosa sus muslos, su espalda estaba descubierta otorgando al vestido la función de sujetar sus pechos; por el contrario Cristina escogió unos tejanos ajustados y su camisa negra. Ella repetía que no quería más que cenar y volver a dormir, mientras Gema atendía a los recién llegados, ella buscó el equipo de música mientras oía el jolgorio que se había formado en la otra parte de la casa, recorrió las canciones del pendrive hasta pararse en una, había sido como un imán, la selecciono y se sumergió de nuevo en sus pensamientos.

…..Nos faltó una noche de franela…..

…….De pijama feo y calcetín por fuera….

……. De sofá con ducha fría y traicionera….

–  ¡Cristina!, estos son Carlos, Ernesto y Andrés.

Giró la cabeza descubriendo a los tres chicos y a su amiga, sonriendo.

–  Chicos, esta es mi amiga Cristina.

….Nos faltó una noche sin dormir…

….Y un baile de salón en una calle estrecha…

Los repasó uno por uno, eran jóvenes, -demasiado jóvenes- se dijo para sus adentros.

Enseguida vinieron los besos y el olor a colonia invadió la estancia.

–   ¿Así que eres arquitecta?  -preguntó Ernesto que desde el primer momento se había fijado en ella.

–   Sí, y ¿tú trabajas o estudias?  -Cristina tiro de ironía al mismo tiempo que los ojos verdes de él se clavaron en los suyos, lo estaba retando.

–   Abogado. Veo que estás casada  -los ojos de él señalaron su alianza, ahora era ella quien tendría que explicar qué hacía allí jugando, las risas de Gema quedaron en un segundo plano pues sentía la mirada penetrante de Ernesto que dibujaba una leve sonrisa.

–  ¿Acaso eso importa?  -contestó intentando llevar la iniciativa de aquella conversación.

–   Depende de ti  -le dijo quitándole la mirada. Eso le dolió de forma clara, no estaba acostumbrada a ser ignorada.

–   Te importa si…  -le preguntó a Gema mostrando una papelina.

–   Como si estuvieras en tu casa -la voz de Gema ya denotaba la alegría que otorga el alcohol.

Ernesto vacío el polvo blanco sobre la oscura mesa, al momento una tarjeta de crédito apareció en la mano de Carlos para ofrecérsela y cinco rayas de polvo blanco aparecieron perfectamente alineadas.

–  ¿Quién es el primero?  -preguntó Ernesto enrollando un billete de cincuenta.

Sus dos amigos no perdieron la oportunidad y en un segundo quedaron las tres restantes, Gema sonrío y tomando el billete esnifó la tercera raya.

–  Te toca  -le dijo Ernesto a Cristina, manteniéndole la mirada.

–  No, gracias, de verdad, no quiero.

–  Anda, no seas tonta.

–  Sabes que no me va ese rollo, Gema.

–  ¿Y qué rollo es el tuyo?  -le replicó Ernesto.

–  Yo me voy a bañar ¿quien se apunta?  -Carlos se levantó dirigiéndose a la piscina, sus ropas iban quedando como migas de pan en el camino, enseguida Andrés cogiendo en volandas a Gema termina por lanzarla a la piscina con la ropa puesta.

–  No me has contestado.

–  Es que no entiendo tu pregunta   -le gustaba retarle, sentirse por encima de lo que ella creía, que no era más que un mocoso con ansias de sellar una nueva muesca en su revólver.

–  Bueno, no creo que seas la mujer clásica, es más, estoy convencido que andas buscando algo nuevo y rompedor.

–  Aparte de abogado, también eres vidente, no está mal.

–  ¿Y no es verdad?  -Ernesto acercó su silla junto a la de ella.

–  Si fuera así ¿por qué piensas que podrías ser tú el que me descubriera cosas nuevas?

–  Porque conozco a muchas personas como tú, soy abogado y entre mis clientes se encuentran mujeres que buscan más allá del matrimonio, su marido no lo acepta y voilà.

Ernesto pasó el brazo sobre sus hombros, sin prisa, sabiendo que no sería rechazado, Cristina intentaba resistir al embrujo que le provocaba aquel desvergonzado muchacho, pero nuevamente su cuerpo lo impedía, lo rechazaba y a la vez lo deseaba; Ernesto tenía razón, quería sentirse nueva, experimentar nuevas sensaciones rompedoras y a la vez que le permitieran encontrar la libertad tan anhelada.

–  Hagamos una cosa.

–  ¿El qué?  -preguntó sintiéndose perdida, la mano de Ernesto acariciaba sus tejanos, ella mantenía las piernas cruzadas en una inútil defensa y sin perder la serenidad de la que carecía en ese momento.

–  Te voy a besar, y tú decides lo siguiente.

Apenas termino la frase cuando sus bocas se juntaron, el cálido aroma de sus besos mientras las risas que se provocaban en la piscina le parecían llegar de muy lejos, la lengua de Ernesto se movía dentro de ella con viveza y prestancia, ella pasó el brazo por su cuello acercándolo con fuerza, no quería separarse de él mientras notaba sus manos recorriendo su caliente triángulo, sintiendo el calor de su mano a través del tejano.

–  Y si vamos dentro  -gritó Gema que apareció alocada por el momento, su ropa mojada marcaba sus pezones dando forma a sus tetas y poco a la imaginación.

Por su parte, Cristina embelesada se dejó llevar al interior de la casa de la mano de Ernesto que no la soltó hasta tumbarla en la cama, ¿qué pensará Greta?, se dijo sonriendo, pero en aquella cama aparecieron más cuerpos, más labios, más dedos… Las manos se movían por su cuerpo aunque desconocía a quién pertenecían, le daba igual, sólo quería dejarse llevar por el placer que recibía en ese instante, sin embargo, en algún momento llegó a reconocer las de Gema; y sus piernas se abrieron  dejando espacio a distintas lenguas, el sabor del sexo de Gema se confundió con el de los distintos machos que pasaron por su boca, el sonido del placer invadió la habitación.

–  Buenos días  -la voz de Carlos la despertó, miró alrededor descubriendo que sólo estaban ellos dos, su cuerpo permanecía dormido y el dolor en su ano volvió de nuevo-  todos se han ido a la playa, Gema dijo que no te despertáramos, y yo no podía dejarte sola,   -Carlos acariciaba sus pechos provocando que aquellos pezones que tanto le habían fascinado volvieran a puntearse.

–  ¿Y eso?  -preguntó sintiendo unas cosquillas en su vagina, revivía el hecho de haberlo sentido dentro de ella, recordaba la pequeña curva que hacía su pene, lo recordaba pues lo sintió cuando la penetró,   ¿no tuviste bastante?,  se sentía sucia y a la vez ardiente-.

–  Desde que te vi, quería follarte.

–  Ummm, eso es un poco fuerte y atrevido además de sucio a estas horas, ¿no crees?

Carlos besó su pezón recorriendo su negra areola con la lengua, Cristina acariciaba su cabeza y envolvía sus dedos entre el pelo de éste. Lo deseaba de nuevo, como los había deseado a todos, quería volver a sentirlo otra vez pero esa vez, disfrutarlo por completo, sin nada que llegara a nublar su mente, por eso alargó la mano hasta llegar a su verga ya despierta, sus cuerpos se fueron girando hasta meterse entre sus piernas, se dieron placer mutuamente.

Greta la observaba con detenimiento, aquella verga la llenaba por completo, Carlos se entretenía agarrando sus pechos con fuerza mientras su cabeza golpeaba la almohada, el escozor se iba disolviendo poco a poco hasta mutar en placer, oía los bufidos de su macho cada vez más fuerte, se sentía venir por eso su cuerpo se separaba de su alma, Greta se subió a la silla que guardaba los pantalones de ella, haciéndose un ovillo, sus ojos se cruzaron; –no me reconozco– se dijo sintiendo el semen recorriendo sus nalgas cuando él retiró el preservativo.

*

–  ¿Quieres que vayamos a la playa con los demás?  -Ambos estaban desnudos en la piscina, se habían pasado la mañana follando en cada rincón de la casa.

–  No me apetece pero si tú quieres puedes ir.

–  Ni lo sueñes, aún tenemos muchas cosas que contarnos.

–  Por lo que veo, lo que menos quieres es hablar,  -buscó su verga bajo el agua, le parecía mentira que después de la mañana que llevaban todavía reaccionara tan deprisa a sus caricias, había descubierto esa parte de ella que la hacía fuerte, podía dominar al macho.

Los encontraron desnudos tomando el sol, Ernesto llevaba una bolsa de algún restaurante en cada mano, Gema y Andrés iban cogidos por la cintura.

–  Mira la bella durmiente, si se ha despertado  -dijo Gema soltando la mano de Andrés.

–  No me avisaste de que irías a la playa  -Cristina se hizo la enfadada.

–  Si,  seguro que lo has pasado mal y que hasta nos has echado de menos.

–  ¿Dónde dejo esto?

Ernesto mostró las bolsas con cara seria, lo que incomodó a Cristina, ¿celoso?, se podría haber quedado él, en vez de Carlos.

–  Déjalo en la cocina, o mejor en el comedor, hace demasiado calor para comer fuera.

Cristina sintió la necesidad de hablar con él, lo que había acontecido aquella noche fue por él, él la compartió, pero no sabía el porqué pero extrañamente se sentía culpable de algo que desconocía.

–  ¿Todo bien?  -le preguntó en el salón.

Ernesto se giró y ella vio los ojos de su apuesto amigo recorriendo su cuerpo desnudo, la sirena que había recorrido con su lengua, el fino vello de su coño, era toda una hembra.

–  Claro ¿por?

–  No sé, me ha dado la impresión que estabas enfadado…  -Cristina se acercó a él sinuosamente, se sentía más fogosa que en toda su vida, quería volver a follar con él, no sabía por qué pero lo deseaba de nuevo, sentirlo sobre ella.

–  Pues estás equivocada, creo que nunca me podría molestar nada de lo que hagas o dejes de hacer  -Ernesto abrazó su cuerpo desnudo recorriendo su espalda hasta llegar a sus nalgas, las cuales agarró con fuerza.

–  Yo no soy de las que dan explicaciones  -fueron sus palabras antes de fundir sus lenguas.

–  ¡Uy!, yo también quiero  -era Andrés descubriendo a los amantes, y sin pedir permiso abrazó a Cristina desde la espalda y comenzó a besar su cuello, ésta se giró y buscó su boca, las imágenes de la noche volvieron a ella recordando cada anatomía de sus cuerpos, Andrés tenía su miembro acomodado entre sus nalgas, sentía el calor a través de su fino bañador, metió la mano entre los cuerpos en busca de aquel falo, mientras Ernesto no dejaba de estrujar sus pechos con fuerza, Andrés empujó sus hombros indicándole que se arrodillará y ésta, tras sonreír lascivamente, se arrodilló, Ernesto y Andrés le mostraron sus vergas, que tragó una y otra vez.

–  No eres más que una puta   -dijo Ernesto-,  zorra, una zorra  -aquellas palabras lo único que hicieron fueron calentarla más, sí, era una puta.

Al volver al salón se encontró con la sonrisa de satisfacción  de Gema.

–  ¿Comemos o vas a seguir follando?

–  Comemos  -contestó sonrojada, aún se sentía llena por la carne de ambas vergas, “no eres más que una puta”, las palabras de Ernesto renacieron en su cabeza, “no te reconozco Cristina”, esta vez fueron las mías las que más le punzaron en su corazón.

Tomaron la comida fría aunque a ella no le importó, los miraba a todos sin entablar conversación pues sus sensaciones eran los dientes de una sierra, pasaba de estar eufórica a hundida, fiel representación de aquel juego infantil de hundir la flota; yo tampoco me reconozco, se decía, había follado con los tres, incluso dudaba si no lo había hecho con Gema, sí que recordaba haberla besado, sentir su lengua, e incluso morder sus pezones, pero desconocía si había llegado a ser algo más extremo. Mientras que ellos hablaban de cosas sin importancia, sentía como el mundo se le caía encima, “Te dejaste meter mano por un extraño”, por primera vez aparecí en su mente, cerró los ojos intentando acallar mi voz, ¿Pero cómo piensas crear una familia, si te pasas la vida jugando a la ruleta rusa?, vació su copa de vino de un solo trago, tenía que acallar las voces de su conciencia, “no eres más que una puta….una puta…una puta. Se repetía una y otra vez, aquella palabra, aquella voz ” vas a ser una deliciosa puta”, le auguró Inés.

–  ¿Al final vamos a ir al Exchange?  -preguntó Andrés al grupo.

–  ¿Qué es el Exchange?

–  Un local de intercambios, ¿te interesa?  -Gema le respondió sonriendo, los pezones amenazaban con romper su fina camiseta, no pudo reprimir mirarlos, se acordó de su sabor, de cómo lo había recorrido con su lengua mientras Andrés la ensartaba por detrás hasta hacerla perder el equilibrio.

–  Por mi bien aunque sólo sea a tomar una copa  -Carlos sonrío, apartando los platos de la mesa, una nueva papelina apareció en su mano-  ¿lo celebramos?

Nuevamente cinco líneas de coca, que fueron esnifadas por cada uno de ellos hasta que llegó su turno y todos la miraron esperando que esa vez sí participará.

– Anímate, no pasa nada -Ernesto insistía mostrándole el canuto que habían formado con un billete de cincuenta. “no eres más que una zorra”, parecía decirle.

La coca entró por sus fosas nasales expulsando todas las voces que resonaban en su cabeza y aquello fue recibido con vítores y vasos chocando en el aire. Gema apareció con una botella de Vodka y cinco vasos helados de chupitos.

Eran las ocho cuando los chicos se despidieron, habían quedado en verse en el Exchange a las once de la noche, Cristina sentía que el cansancio la invadía, ya no recordaba cuantas veces había follado aquel día, sólo sentía las huellas que le habían dejado. Se quedaron ellas en el salón completamente desnudas, intentó pensar en la última vez que se había pasado un día completo sin ropa, desnuda, y no consiguió recordarlo.

–  ¿Cómo estás?   -preguntó Gema acariciando los sudados pechos de Cristina. Ésta aún se sentía pegajosa pues Andrés se había corrido en su cara y éste sonrío al ver su rostro mientras los chorros de semen le llenaban, sin duda, fue el mejor de los tres follando.

–  Cansada tía, no me explico el aguante que tienen ni yo tampoco  -contestó algo sonrojada.

–  Es la coca, no hay nada mejor para que a un tío se le aguante dura. Estás hecha una guarra, mira cómo llevas el pelo pero me encanta verte así   -Gema chupó uno de sus pezones a la vez que acariciaba dulcemente su sexo.

–  Me voy a bañar.

–  ¿Juntas?  -preguntó Gema con cara de golfa.

–  ¿Qué me estás haciendo Gema?

–  Nada que tú no quieras, en todo caso, sacar de ti lo que siempre has querido y no has podido, en mi caso siempre te he deseado, Cristina.

–  Gema…   -su voz salió entre susurros.

–  Cariño, no digas nada, sólo déjame disfrutar un poco de ti al mismo tiempo que tú lo harás de mí cuando quieras.

Los dedos de Gema entraron sin miedo en su encharcado coño dibujando círculos de placer, a la vez que sus bocas se encontraron ya libres del pecado, Gema la poseyó, la hizo suya, eso si no lo era ya. Cristina observaba cómo su amiga movía su coño restregándoselo por todo su cuerpo, a la vez que sus manos acariciaron el de su amiga, así hasta quedar fundidas la una con la otra y la otra en la una.  

Estaban agotadas pero aun así continuaron hasta que ambas se metieron en la ducha, incansables, dándose caricias mutuas, sus piernas se abrían permitiendo que la otra pudiera llegar a cada rincón de su sexo y acabando sentadas en la bañera mientras que un chorro de agua caía sobre sus cabezas como si estuvieran en una catarata, una catarata de placer prohibido hasta ese momento.

–  No me apetece ir, ¿te molesta si lo dejamos para otro día?  -dijo Cristina subiendo su tanga blanco, el cual resaltaba frente a su piel morena, necesitaba algo de tranquilidad, a parte que llevaba dos días subida en aquella montaña rusa de sexo y desenfreno.

–  Como quieras, la verdad es que a mí tampoco me apetece ir, lo hacía más por ti.

–  Gracias pero no es necesario, al menos esta noche.

–  Pero sí que me gustaría que nos fuéramos tú y yo, que cenamos por ahí y luego una copas en Apocalipse.

–  ¿El Apocalipse?, ¡uf!, hace un millón de años que no voy,  -un escalofrío recorrió su espina dorsal, en ese lugar nos conocimos, allí tuvo lugar la primera conversación, el primer beso.

–  Por eso lo digo, ¿te acuerdas de aquellas noches locas?  -¿cómo olvidarse?

–  Ya lo creo, allí te enrollaste con Juanjo.

–  Sí, que bien follaba el cabrón.

–  Aquello estará lleno de niñatos  -le dijo con desgana.

–  No te creas, la música que ponen es de nuestra época, es más para solteros…o separados  -Gema pronunció la última palabra con miedo a romper el hechizo de la noche.

–   Pues yo no soy ni lo uno ni lo otro.

–   Ya me entiendes, que no es una discoteca de jóvenes, venga, vámonos antes de que te coja la tontería.

–    ¿Y tus amigos?

–   Ahora los llamo y se lo digo, no se lo tomaran a mal aunque también les puedo decir que se pasen por allí, ellos mismos, lo importante es que nosotras estemos juntas y rompamos la noche como antes.

Cenaron en una crepería del centro, ambas recordaban momentos de su juventud y los novios que habían tenido; el colegio, las salidas a Madrid con sus padres…, aquella noche hablaron más de lo que lo habían hecho en los últimos años, parecía que eran distintas, libres de poder hablar y contar sus aventuras sin tener que callar nada y sin miedo al ridículo.

El taxi las dejo en la puerta, observando que había un gentío haciendo cola para entrar, Gema tenía razón, por lo que pudo ver la edad de las personas estarían entre los treinta y muchos hasta alguna pareja de cincuentones. Su amiga la cogió por el brazo llevándola hasta la puerta, la gente las miraba un tanto enfadados.

–  Hola Sergio -Gema se dirigió a uno de los armarios que hacía la labor de portero.

–  Hola señorita Gema  -mágicamente el cordón que impedía el paso desapareció permitiéndoles la entrada.

–   No te lo había dicho pero es de mi padre   -le contó al ver la cara de sorpresa de su amiga.

–   Que zorra eres  -ambas entraron riéndose.

Cristina recorrió la sala con la mirada, tantos recuerdos vinieron a su mente que la paralizaron    –¿cómo te llamas?, recordó mis palabras al ver la columna que estaba a la izquierda, Gema la sacó de sus recuerdos llevándola al centro de la pista, estaba sonando  Waiting for tonight, y ellas parecían dos adolescentes de nuevo, y Cristina dejó los recuerdos para otro momento dejándose llevar por el presente.

***

En algún momento sintió unos brazos que la abarcaban por la espalda, giró su cabeza y vio a Carlos con una sonrisa de oreja a oreja.

–  Hola preciosa   -le dijo al oído al mismo tiempo que miro a Gema que estaba abrazada a Ernesto.

Continuó bailando sintiendo como Carlos se pegaba aún más a ella, como si formara parte de su misma piel; sus manos acariciaban sus caderas por encima del fino vestido, en un instante desapareció el cansancio y el fatalismo que en ciertos momentos se hacía presente y frente a eso, se sentía viva, sólo quería dejarse llevar por la música y por aquellas sensaciones que le provocaban las manos de él. En ese momento saltó Ernesto

-Vamos a tomarnos la última al Kiki, así conoce Cristina lo que es un lugar de intercambio.

-Tampoco es preciso que lo conozca todo el primer día, además de que a lo sumo me tomo una copa y nos vamos

-Como quieras, guapa. No te preocupes, que lo único que siempre hay que tener claro es que uno llega hasta donde quiere.

Y con esas se fueron en busca de otro taxi que los acercara, Carlos excesivamente acaramelado y Ernesto con Gema aunque se le iba la mirada, más de lo que deseara, en busca de Cristina.

Cuando llegaron, cada una iba de la mano de la pareja que ficticiamente se habían formado. Cristina había oído hablar mucho de estos lugares pero nada más entrar se quedó deslumbrada por el exceso de decoración, por la naturalidad de la gente que entraba y salía y se movía entre las distintas estancias. Justo en ese momento se acercó a ellos una chica que se presentó como relaciones públicas del local, con la intención de mostrarles el establecimiento  y poder  facilitarles su estancia en el mismo. Aunque ellos ya conocían de sobra el lugar donde estaban se callaron por Cristina e hicieron como que lo desconocían,  dejándose guiar. Para ella fue todo un descubrimiento aunque, en principio, esa noche se negara a participar en nada. Fue Carlos el que le dijo,

–  ¿Te apetece tomar algo?

–  Vale   -sentía el sudor recorriendo su cuerpo, se sentía extraña y excitada, quizá en exceso.

Carlos la guió entre la gente hasta llegar a una de las esquinas de la barra del bar, la única zona que disponía de algo más de luz y donde había cuerpos desnudos, vestidos o semidesnudos, pero donde se permitía la libertad de estar distendidos sin pretender nada o, quizá, todo.

Mientras el camarero llenaba sus copas Carlos no dejaba de acariciar sus glúteos.

–  Me encanta tu culo.

–  Algo se nota   -le dijo ella sonriendo.

Sus bocas se juntaron entregándose la lengua, mientras las manos de él se olvidaron de la moderación colándose entre la abertura del vestido para tocar sus finas bragas, sintió el calor que desprendía su cuerpo.

–  Aquí no  -la mano de ella interrumpió los movimientos de él.

–  ¡Cristina!

Su cara se descompuso al oír aquella voz algo difuminada por el ruido pero aun así supo a ciencia cierta a quién pertenecía, se giró poco a poco hasta encontrarse a Roberto, su cuñado, lo miro y luego busco a Carlos que al ver su reacción supo que algo había dejado de ir bien.

Fin del capítulo IX

Continuará

Un comentario sobre “Cristina y Marcos (9)

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