JUAN CARLOS VÁSQUEZ

         No es posible disuadirlos, la grasienta parte del cerdo y la virgen están allí para conmemorar desde el palco. Han comenzado a empujar, la turba descuartiza a mano, muerde. Me impulsó a emprender lo imposible entre un grupo de hermandades que soplan gaitas y destilan sustancias etílicas. Hay lloros, alientos entre cortados ante la presencia inquietante de un altar que se devela con un acto brusco. La comunidad se balancea, los actores saludan repasando sus anotaciones para mantener la rítmica de las reverencias, un movimiento exacto y continúo que causa estupor entre los presentes que alterados y enloquecidos coinciden en destacarse a sí mismos.

        Otra vez descuartizados a manos de la turba, abren, sacan los conductos intestinales y ya puestos sobre la mesa surge la ofrenda entre el cántico, conjurando detalles luctuosos, inquietantes. Idiotizados pulsan el cuento de la historia ofreciendo al compareciente mimos y adulaciones. Salen y se llenan secuencialmente de gloria en un acto incuestionado que no lamenta la realidad que se repite y profundiza con su interminable aburrimiento de comensales y ofrendas religiosas.

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