LUIS5ACONT

Reunión bajo la lona.

– Mierda puta…otra vez me he pasado…exclamó el Malaguita tirando las cartas al suelo de chapa del Pegaso, tres toneladas y media de hierro, metal y lona aparcados en el patio trasero del cuartel.

– Si es que eres tonto ¿por qué pides otra con un seis?

– Coño, porque este mamón ya me ha sacado dos siete y media. No me voy a quedar quieto para que me iguale o me supere otra vez la jugada ¿no?

– ¿Pero no ves que va de farol?

– Los cojones de farol…a ver, enseña lo que llevas…

– Y un cojón de pato, no haberte pasado.

– Pues ya no juego más.

– Hala, corre a llorarle al sargento.

– Iros todos a la mierda.

– En la mierda estamos hermano, aunque por poco tiempo ya. Anda, toma un chupito de ron.

La botella ruló y dio una vuelta completa al grupo de camaradas. Estaban bajo la lona de uno de los camiones. Cuando querían intimidad, ese era su escondite. En todos los demás lugares tenían que compartir espacio con el resto de soldados, veteranos como ellos o novatos. Y hoy había que tomar decisiones, así que era uno de esos días en que mejor quitarse de la vista.

– Bueno – centró el gallego el tema – hablando de lo poco que nos queda, tenemos que decidir qué pasa con la fiesta de la graduación ¿nos apuntamos con el resto o vamos por libre?

Ese era el tema del día y la cuestión a resolver, motivo por el cual estaban allí y no en la cantina o en la compañía. La fiesta era un evento tradicional, que celebraban los abuelos que estaban próximos a licenciarse. Normalmente se alquilaba un local o bar, había bebida, música y algo de comida. Solo podían asistir los que llevaban más de seis meses de mili y estaban invitadas novias, amigas o cualquier chica que quisiera acudir, pero nada de padres u otros familiares. No era algo que se hiciera todos los reemplazos, dependía mucho de los integrantes y las circunstancias, pero la tradición mandaba que, si se podía, había que hacerla. Ahora la duda es si ellos se sumaban o se lo montaban por su cuenta.

– Ya lo hemos hablado ¿no? De acuerdo en que seguramente nos lo pasaríamos mejor solos, pero no vamos a señalarnos dejando tirados al resto. Además, de chicas vamos regular. Vendrá la novia de Eduardo y con algo de suerte la Paqui y Laurita. Si nos juntamos con los demás habrá más chicas y el gallego y el cordobita tendrán su oportunidad.

– Por mí no os preocupéis que yo me apaño bien – contestó el de Córdoba – En habiendo vino y comida…ya encontraré luego donde aliviarme.

Nadie tuvo la menor duda de a qué se refería. Las posibilidades de que acabara en las ventas del caño esa noche eran del 99%. Eso, por dejar algún margen de error, claro.

– A mí también me da igual, pero la cuestión es que sería una cabronada no ir con los demás. Se lo tomarían como un desprecio, seguramente con razón – expuso Pedro, aunque en su fuero interno prefería un evento con más chicas. Hacía mucho que no se comía una rosca y tras la decepción de Alejandra, quizás ahí estuviera su última oportunidad de irse de Cádiz follado.

– Pues no le demos más vueltas. Nos apuntamos a la fiesta oficial y punto – zanjó Julián.

– Oye ¿por cierto? Tu ¿con quién vas a ir? – le preguntó Eduardo.

Se hizo un silencio total mientras todos volvían la mirada al Madriles. La verdad es que habían dado por supuesto que invitarían a las de Algeciras, pero no habían caído que Julián podía tener otros planes.

– Sí – dijo Pedro con sorna – ¿vas a invitar a la hija del comandante, a Laura, o a las dos juntas?

– Iré con Laura, claro – manifestó un tanto molesto tanto por la duda, como por el recochineo del gallego. Lo cierto es que no se había planteado ninguna otra opción. La algecireña le gustaba más de lo que hasta entonces le había gustado ninguna chica, más de lo que él mismo estaba dispuesto a admitir… ¿Se estaría enamorando? Trató de desechar el pensamiento. A ver si ahora iba a resultar el pescador pescado.

– Pues no se hable más, asunto zanjado – resolvió el Malaguita – ¿avisas tú a las chicas Pedro? A ver si después de todo ese día no van a poder venir.

– Eso está hecho, les pego un toque desde la centralita esta tarde.

– Bueno, pues entonces ya está la parte de las chavalas. El Miguel y el Antequera se ocupan de la bebida y la comida, el cabo Millares ha localizado un local para alquilar que ya tiene equipo de música, así que por ahí bien…

– Sí, el Majara será el que pinche, se le da guay…sobre todo después de un par de canutos.

Todos rieron recordando la última de Luis Fernández, alias el Majara, cuando se colocó con marihuana hacia un par de días y le dio por ponerse a cantar “Revuelta en el frenopático” a través de megafonía. Javier, el novato de Pedro, no tenía forma de quitarle el micro y no se le ocurrió apagarle el canal. La cosa se saldó con una semana de arresto y un par de collejas por parte del sargento de guardia, que respiraba aliviado porque fue tarde y no había más mandos en el cuartel, por lo que afortunadamente la cosa quedó ahí.

Fernández tenía dos pasiones: la música y colocarse. Por separado no había problema. El problema surgía cuando mezclaba las dos cosas, entonces, perdía los papeles. Su gran conocimiento de toda la actualidad musical y una gran intuición para mezclar, lo hacían idóneo como pinchadiscos. Respecto a los porros, pastillas y otras sustancias evanescentes, también era un experto. Se le estaba pasando la mili y no se enteraba de casi nada porque la mayor parte del tiempo estaba colocado, en un estado semi catatónico con un retardo de varios segundos respecto a la realidad. Todos lo tenían ya asumido (mandos incluidos) y nadie le metía prisas. Le daban una orden y se limitaban a esperar unos instantes hasta que su mente la procesaba. Luego, él se ponía manos a la obra, eso sí, en tiempo majariano, a su ritmo… 

Solo había algo que lo alteraba y era cuando encontraba la forma de aunar una actividad musical y la droga. Que no le tocaran las palmas estando en trance porque, si despertaba, la liaba. En fin, toda una promesa de diversión para una fiesta de graduación.

– El rubio está recogiendo el dinero, salimos a unas 500 pelas por barba…no se os olvide que el jueves es el último día para dar la pasta. El que no esté al orden se queda fuera.

– Oye, una cosa ¿por qué le llaman la fiesta de graduación, si aquí a nadie le dan un título? ¿No sería mejor fiesta de licenciación o algo así?

– Ostia Cordobita ¿Y yo que carajo sé? Siempre la han llamado así, es una tradición.

– Pues que sepáis que es un despropósito.

– ¡Anda coño! Igual que la mili ¿Qué pasa? ¿Qué has aprendido hoy esa palabra y no sabías donde colocarla?

– Pues sí, el subteniente ha dicho hoy que vaya despropósito de taller, con la que teníamos liada esta mañana, y como no sabía si era algo bueno o malo, le he preguntado.

Los chicos se miraron entre ellos y al final, tras un encogimiento de hombros colectivo, decidieron que, tratándose de Juan Antonio, aquello era algo normal.

– Ok ¿Levantamos el campo entonces? En media hora toque de queda…

– Vale. Repliéguense señores. Nos vemos en la compañía.

La fiesta de la graduación.

– No me lo puedo creer ¡qué huevos tiene el tío!

La frase que había pronunciado Eduardo reflejaba exactamente el sentir popular en ese momento. El gallego se había quedado con la boca abierta y el vaso con el cubata a medio camino; Antonio se frotaba el ojo derecho con la mano libre como si no supiera si lo que estaba viendo era real o no; el Madriles movía la cabeza arriba y abajo, asintiendo en un mudo reconocimiento de que, por una vez, alguien le había echado más cara que él y se merecía ser el centro de atención.

– Oye, solo por asegurarme ¿esa es quien yo creo que es?

– Si, os puedo asegurar que es ella – aseveró Eduardo que ya la conocía

– Pero ¿qué pasa? – Se aventuró a preguntar Beatriz que, como el resto de las chicas del grupo, no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

– Pasa que este tío hace lo que le sale de los cataplines sin importarle una mierda lo que piensen los demás.

– ¿Y eso es malo? –  Sostuvo en tono travieso Laura.

– No, ¡qué va a ser malo! – respondió Pedro convencido – la verdad es que así es todo mucho más fácil. En el fondo le tenemos envidia.

El Cordobita se abría paso a través de la gente que bailaba, con una encantada Fátima del brazo que miraba alrededor con aire divertido y descarado, especialmente hacia ellos, consciente de la expectación que estaban levantando. Juan Antonio tampoco se mostraba cortado en absoluto, por el contrario, parecía satisfecho de la sorpresa. Todos habían supuesto que no iría a la fiesta y que, si lo hacía, se presentaría solo. No había más que ver las caras de sus amigos. “Pues nada de eso”. Hoy también sería su noche, pensó Juan Antonio mientras se le escapa una risita a lo lindo pulgoso.

– No sabía que el cordobita tenía novia – dijo Paqui, aprovechando la distancia que aún les separaba para tratar de ponerse al día.

– No es su novia, es… Bueno, no sé muy bien lo que es – repuso Eduardo

– Es una de las putas del puente Zuazo, la llaman la Mora – Aclaró de forma palmaria Julián.

– ¡¡¡Venga ya!!! – Soltó la Paqui divertida, solamente un instante antes de que se le congelara la sonrisa al ver las caras de circunstancia de los chicos – Ostia, mira tú a éstos – le dijo a Laura – ¡que va a ser verdad!

– Oye y tú ¿de que la conoces? – Preguntó de golpe Beatriz a su novio.

– Nos la encontramos el otro día en la calle, cuando fuimos a capitanía a llevar las órdenes de la compañía. El Cordobita me la presentó.

La chica arrugó la nariz y le hizo un gesto mientras le cogía del brazo, como diciendo: “ya hablaremos tú y yo luego para que me expliques mejor todo esto, ahora de momento, aquí quietecito a mi lado que quede claro que tú ya tienes novia”.

– Hola pelotón, ya estamos aquí, que como venimos andando se nos ha echado la hora. Además, ésta ha tardado lo suyo en arreglarse.

– A ver, para una vez que me invitan a un sarao no voy a ir hecha una facha ¿verdad? Bueno, Juan Antonio, preséntame… Ah, espera ¡si a este ya lo conozco! Era el que tenía novia y estaba enamorado.

Eduardo no sabía para dónde mirar: de repente notó que el cuello de la camisa le apretaba demasiado y sintió como se le encendían las mejillas. No estaba acostumbrado ni tenía el temple para capear este tipo de temporales.

– No te preocupes hombre, la chica es muy guapa ¡enhorabuena!- zanjó el tema Fátima antes de volver su atención para el resto – ¿Y los demás son…?

Juan Antonio hizo un repaso rápido nombrando a cada cual por su nombre, mientras Fátima asentía y fijaba la mirada un momento en cada invitado. Parece un poco seca detrás de esa mascara de descaro, pero no, solo es una chica prevenida. Al acabar se hizo un incómodo silencio, sin que nadie supiera muy bien que hacer a continuación. Finalmente, Lita tomó la iniciativa y dando un paso al frente le dio un beso en la mejilla a la Mora que ella correspondió.

– Encantada de conocerte ¿Vamos a por una cerveza? Ya me he acabado la mía.

– ¿No tienen nada más fuerte? La cerveza solo me da ganas de mear.

– Jajjaaaa, seguro que sí, aquí tienen alcohol para abastecer un regimiento.

Laura guiño un ojo al Cordobita cuando pasaron a su lado y este la miró agradecido. Había roto el hielo y ahora todos pudieron relajarse. La cosa iba bien.

Dos horas más tarde, el ambiente en el local estaba cargado. Olía a sudor, humo y alcohol a pesar de que las ventanas estaban abiertas. La música atronaba con un Majara desatado que, sin camiseta y una boina azul de infantería de marina en la cabeza, terminaba el repaso de música movida con el contundente Anarchy in the UK de los Sex Pistols. Estaba empapado por la transpiración y con la mirada encendida. Apenas se había tomado un par de cacharros y solo había fumado el costo que, en forma de humareda flotante, llegaba hasta su posición un poco elevada respecto al resto del público. Pero suficiente para que, unido a los ritmos intensos del rock patrio y foráneo, se hubiera venido arriba. Ahora decidió que era momento de darse un descanso para meterse algo más fuerte, y también de dárselo a su público, que ya mostraba signos de querer una tregua. Decidió pues cambiar a un poco de pop, y comenzó con el Gold de Spandau Ballet, que le pareció una buena transición a un ritmo más suave, pero aún vivo. Luego seguirían Bowie, Ultravox, Roxy Music, y algo de lento, que ya era hora de dar oportunidad a que se formaran parejitas y la gente aprovechara el pedo colectivo alcanzado para enrollarse. Ahí pasaría de nuevo a algo más patrio, quizá Esclarecidos con su “Por amor al comercio”, para de nuevo ir subiendo el tono y acabar con la apoteosis final de música española en la mezcla de estilos que a él le viniera en gana según su inspiración y el cuelgue que llevara.  A esas alturas sabía que daba igual, los temas serian perfectamente reconocibles y coreados por todos.

Mientras el majara trazaba planes en su mente acelerada y confusa, la pandilla también se daba un descanso. Sedientos y sudorosos, el Cordobita y Pedro hacían cola en la barra para abastecer de refrescos al grupo (breve paréntesis antes de seguir privando en serio). El Madriles estaba en la puerta del servicio con Paqui, esperando para desaguar y, Eduardo y Bea, simplemente habían desaparecido buscando un rincón donde amorrarse y darse un poco el lote, como previa de la noche que les esperaba en la pensión que tenían reservada.

La Mora salió a la calle y exhaló una bocanada de aire. Varias miradas la siguieron, interesadas por el espectáculo de baile que había dado dentro. Medias de rejilla sobre unas bragas provocadoramente blancas, que había enseñado en varias ocasiones, debido a una minifalda de cuero que más bien podría calificarse de cinturón, de lo mini que era. Los pechos botando dentro de una camisa ajustada y semitransparente, que dejaba a las claras la ausencia de sujetador. Sus movimientos provocadores y casi rayando en lo obsceno, en un ejercicio de contención que los había dejado a todos con la miel en los labios, siempre con el deseo que diera un paso más allá.

A esas alturas ya suponía que todos debían saber a qué se dedicaba, incluso devolvió varias miradas con descaro, a aquellas caras que parecían sonarle de algo. Quizás alguno de los de aquella fiesta hubiera sido cliente suyo, aunque no tenía la certeza. Generalmente y con excepción de unos pocos como el Cordobita, la mayoría de los rostros que desfilaban por el Caño de Sancti Petri eran borrones difusos en su mente.

– ¿Quieres?

Fátima se giró hacia Laura, que apoyada en el poyete de la ventana daba una calada a un porro de hachís. Asintió y se acercó, tomando la colilla con los dedos y aspirando lentamente el humo.

– Este es del bueno – comentó, entendida del asunto.

– Lo traigo de Algeciras…tengo una amiga que su hermano es bosquimano…de vez en cuando les pagan en especie.

– Pues está muy bien ¿polen?

– Sí…

Permanecieron absortas un momento, aparentemente cada una en su mundo, aunque en realidad se estaban evaluando y ambas lo sabían. Habían competido por captar la atención de la pandilla, en un juego de provocación y descaro que solo Fátima podía ganar: ella estaba dispuesta a obscenidades que incluso para Laura eran terreno vedado. Pero Lita llevaba ventaja en otros aspectos. Conocía bien a cada uno y era capaz de conectar a nivel emocional. Sabía tocar la fibra sensible y morbosa de todos ellos sin necesidad de enseñar tanto género.

La pelea silenciosa de gatas (que solo ellas parecían percibir) quedó en algo así como tablas, con la Mora extendiendo su popularidad y éxito más allá del grupo y Laura manteniendo su posición preeminente en la pandilla.

– Gracias por la bienvenida.

– De nada –Lita sabía a qué se refería Fátima. Ese primer momento en que la pandilla dudaba si volverle la cara o aceptarla en la fiesta. No es que un rechazo le hubiera roto el corazón, estaba demasiado curtida por la vida para eso, pero hubiera vuelto la situación más desagradable. Y eso no era necesario: a pesar de su afán de protagonismo, la Mora solo quería divertirse y que su Cordobita se lo pasara también bien, ya que había tenido los santos huevos de llevarla como acompañante ¿Cuánto hacía que nadie la invitaba a salir? ¿Desde cuando alguien no la trataba como una puta?  Lita la había aceptado con ese simple gesto de darle un beso en la mejilla y con ella, el resto de la banda, dejando a las claras quien era la líder.

Inevitable ponerla a prueba y disputarle el mando, aunque solo fuera para ver su reacción, pero la chica había mantenido el temple y en ningún momento perdió el control de sí misma poniéndose en evidencia. Definitivamente le caía bien, aunque con estilos y vidas muy diferentes, ambas jugaban en primera división y se reconocían mutuamente el caché.

– Entones ¿estamos fumando la pipa de la paz?

– Jajjaaaa – rio la Mora – aquí no hay ninguna guerra hija, solo me estaba divirtiendo un poco. Mientras no me malmetas con el Juan Antonio, los demás son todo tuyos.

– A mí solo me interesa el Julián. Los otros son solo amigos.

Fátima la miró desde detrás de una nube de humo con sus ojos negros. Durante un segundo estuvo pensando si morderse la lengua, pero no era propio de ella y menos con alguien que le caía bien.

– Les gustas a todos…cualquier idiota se daría cuenta. El Eduardo ese está enamorado, o eso cree, quizá solo sea que es la primera vez que una chica le corresponde. Es el único capaz de decirte que no. Pero los demás, si chasqueas los dedos los tienes en la cama cuando tú quieras, incluido el que está con tu amiga.

– Te repito que solo estoy interesada en uno…

– Sí, claro – dijo ella devolviéndole el porro. – Y él está por ti también, solo hay que verlo…pero ese no es de los que se quedan mucho tiempo en un mismo puerto.

– ¿Ahora resulta que lo conoces? ¿También es cliente tuyo?

– No guapa, pero conozco muy bien a otros que son como él. Son de los que un día sueltan amarras y no los vuelves a ver. Los huelo a kilómetro –Fátima se ahorró decir que el Cordobita ya la había puesto en antecedentes del personaje. Con la advertencia (favor por favor), ya debía ser suficiente para una chica bregada como ella.

Tras un breve silencio con una Laura algo contrariada, La Mora le sonrió:

– Oye, no te rayes conmigo. Soy la que más follo aquí, pero la que peor suerte con los tíos tengo. Igual mis consejos no valen una mierda…escucha, han puesto lento…me voy para dentro a sacar a bailar a mi hombre, que ya toca que le preste atención.

– Voy yo también – dijo Laura tirando la colilla al suelo y pisándola con el tacón.

Ambas fueron a envolverse en la oscuridad de una atmosfera cargada y húmeda, abriéndose paso hasta el grupo, que en un rincón observaban ya a algunas parejitas meciéndose abrazadas con la música en el centro del local, despejado de aquellos que estaban solos o no bailaban. 

– ¿Qué andabais tramando las dos morenas fuera? – Preguntó el Cordobita.

– Intercambiando trucos de sexo y esas cosas – repuso la mora – ¿Vienes a bailar?

– Ahora mismo, mi amor…oye ¿pero hay alguna guarrería que tú puedas aprender todavía?

Todos rieron la gracia, incluida Fátima.

– Este Cordobita…- murmuró el de Málaga, conteniendo la risa. Una mirada con Paqui bastó para entenderse, y momentos después, recorrían ellos también el camino de la pista de baile.

Quedaban Laura, el gallego y Julián, resultaba evidente cual sería el próximo emparejamiento y quien se iba a quedar colgado. El de Madrid estaba como siempre muy maqueado y guapo a rabiar. La de Algeciras notó como se mojaba solo de pensar en estar en unos segundos entre sus brazos, los vientres pegados y las tetas rozando su pecho. Y, sin embargo, sorprendiendo a los dos chicos, su decisión fue otra. Alargando el brazo hacia Pedro, lo invitó a sacarla a bailar. Antes de dirigirse al centro le dijo a Julián:

– Lo siento, pero hoy el primer baile es para Pedro.

– Aquí lo importante es quien baila el último, bonita – explicó mientras la pareja se alejaba.

Al gallego no le importó el comentario, ya sabía quién iba a acabar en la cama de la chica esa noche, pero aquella pequeña victoria le supo a gloria. Cada día le gustaba más la rapaciña. Había puesto en su sitio al Madriles y le dejaba claro que no la diera por ganada, que se lo tenía que seguir currando. No fue el único que apreció su gesto: el Malaguita levantó la cabeza, que tenía apoyada en el hombro de Paqui, para dedicarle una sonrisa de complicidad que ella devolvió.

Laura se pegó un poco más a Pedro, mientras trataba de echar un vistazo a través de la gente para ver la reacción de Julián. ¿Se pondría celoso? ¿Cambiaría su actitud o tendría algún mal modo con ella? Estaba decidida a ponerlo a prueba. Por mucho que le gustara no estaba dispuesta a aguantar a otro José ¿Estaría por fin ante un hombre de verdad, seguro de sí mismo, capaz de dejarla volar, consciente de que ella volvería al nido?

El Madriles charlaba animadamente con un par de compañeros. Pero hubo un momento en que volvió los ojos a la pista del baile, cómo buscándola. Cuando dio con ella, levantó el vaso en un mudo brindis y le sonrió. Aquella sonrisa canalla, pero también dulce, derritió a Lita provocándole un estremecimiento. No percibió enfado ni irritación, solo un gesto que parecía decir: “aquí estoy, te esperoTómate tu tiempo y cuando acabes de jugar, vuelve a mí”.

Se sintió satisfecha. Todo parecía estar bien. Aguantó las ganas de ir a abrazarlo, dentro de poco se estarían comiendo la boca, así que terminaría la canción con Pedro: por nada del mundo quería desairar al chaval.

El grupo marchó ya de noche. Hacía rato que había oscurecido y en el local solo quedaban los irreductibles, montando jaleo y totalmente desfasados. El ambiente, que hasta entonces había sido más bien festivo, empezaba a degenerar en algo más sórdido, conforme el alcohol iba haciendo estragos entre el personal. Los que tenían novia y también los más prudentes, habían emigrado ya. Su última imagen del evento, fue la de un Majara con medio cuerpo fuera de la ventanilla de un R5 Copa Turbo gritándoles ¡¡¡Adiós mamones!!!mientras el vehículo se perdía toda velocidad calle abajo.

– Joder, cómo va…

– Veremos a ver si no se mete en líos.

– Eso es seguro ¿no ves que está como una moto?

-Pues no es muy buena idea montar un pollo cuando te queda tan poco tiempo de mili, igual se queda aquí pasando el mocho una temporada mientras los demás nos vamos lilis.

– El Majara no está ahora mismo para razonar.

– Generalmente nunca está para razonar, su estado natural es “empanado”.

– Pues él verá, espero que no la líe muy gorda y si la lía, que no le pillen ¿Quién conducía el coche?

– Ni idea, vete tú a saber…

– Bueno y nosotros ¿qué? Deberíamos reponer un poco de fuerzas ¿no? ¿Qué os parece si vamos al Popeye a cenar algo?

Todos aceptaron, convenía respirar un poquito de aire para despejarse y llenar el estómago si querían continuar la fiesta.

– Vale – pero nosotros luego nos vamos, dijo Eduardo – Hemos reservado pensión y…

– Y no hace falta que deis más detalles – rio Antonio.

– ¡Serás bruto! lo que quería decir era…

– ¡Deja que lo vas a empeorar! – comentó una Beatriz bastante achispada, abrazándose a su novio – cenamos con vosotros y luego nos borramos… Y ya está jijiji…Hasta ahí puedo leer, como decían en el un dos tres.

La comida se prolongó todavía una hora y media más. Esta vez no había prisa porque todos se habían sacado el permiso de pernocta. A la hora de levantarse de la mesa volvieron a insistir.

– Vámonos al apartamento y seguimos la marcha – propuso Laura – Hoy es una noche especial y debéis estar todos juntos.

– Pero nosotros…

– Venga Eduardo, hombre, luego cuando ya no podáis más os vais a la pensión…si está al lado, tenéis el resto de la noche y todo el día de mañana. Porfa, veniros.

La pareja se miró y encogiendo los hombros los dos a la vez, aceptaron el razonamiento. Es cierto que disponían de toda la madrugada y todo el día siguiente para estar juntos. Tenían además previsto hacer una noche más, porque a Beatriz la dejaban quedarse el fin de semana completo. Había llamado a su madre y logró convencerla. Y también era cierto que esa era una reunión especial.

– Venga, un rato más – concedieron.

– Yo me voy para el cuartel.

– Anda gallego ¿ahora te rajas tú?

– Oye, si quiere irse… – apostilló Julián sin acabar la frase.

– No seas majadero Madriles, que estábamos diciendo de que esta era una noche especial. Aquí nadie se queda atrás – comentó Antonio.

– Si vamos, vamos todos y luego el que esté cansado que se vaya yendo – insistió Laura mientras cogía de la cara al Madriles y le daba un beso en la boca para que no pudiera protestar.

– ¿Tú qué dices Cordobita?

– Yo tengo que aprovechar la noche, que mis buenos dineros me cuesta.

– No seas borde – repuso la mora – ni se te ocurra hacerles ese feo a tus amigos. Vamos con ellos y luego como la parejita: ya nos iremos para la pensión.

– A ver Fátima, que me tienes todo encelado.

– Pues ahora te alivio, aunque sea en el váter, para que puedas aguantar un rato más.

Finalmente, todos se echaron a andar en dirección al apartamento. Aún se pudo oír al de Córdoba preguntar a la mora… “¿Oye eso de aliviarme va en serio?”Seguido de un coro de risas.

Pero muy cerca había alguien que no reía. Alejandra los vio pasar junto al coche sin que nadie la reconociera. Estaba pensando en la buena suerte que tenía por encontrar aparcamiento en un sitio tan céntrico. Había quedado con Virginia y con otra amiga en el Cuatro Rosas y se disponía a bajarse del Talbot Samba, cuando oyó unas voces que le resultaron familiares.

Al primero que reconoció fue a Pedro. Otras dos caras le resultaban vagamente familiares y finalmente reconoció también al Malaguita y a Julián, cada uno con una chica del brazo. Pudo ver perfectamente el beso que se daba este último con una morena alta, con el pelo rizado. Y también cómo se alejaban quedándose los últimos del grupo, cómplices e íntimos, repartiéndose caricias y deteniéndose otra vez más para darse un nuevo beso, en esta ocasión, acompañado de un magreo en toda regla.

– Será hijoputa – Dijo en voz alta mientras salía del coche y se dirigía a buscar a sus amigas.

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