GABRIEL B

Joaquín
La fiesta (si es que podía llamarse así) fue en la casa de Fabricio. Me había hecho bastante amigo de él y de Ramoncito. Y también había empezado a juntarme con Pitu, Leo, Brian, y los demás. Fabri y ramón no se daban mucho con ellos, pero ahora estábamos todos juntos. Los viejos rencores parecían haber desaparecido. Ya no estábamos divididos entre tragas y burros; entre ganadores y perdedores; entre los que se la bancan y los que no; ni entre hombres y mujeres. La nostalgia nos venció a todos. Y el alcohol ya empezaba a hacer lo suyo: Débora lloraba abrazada a Brian. Algunos estaban sentados con la cabeza gacha. Otros, que nunca habían hablado entre sí, mas allá de intercambiar un par de frases, ahora charlaban hasta por los codos, intentando recuperar el tiempo perdido.
Sonaba una cumbia vieja que a mi mucho no me gustaba. El papá de Fabricio había puesto el minicomponente a todo volumen. Yo me había animado a bailar un poco, más que nada para no contagiar a los chicos con mi tristeza. Pero ya me sentía aturdido. Salí un rato al patio de afuera, a tomar aire. La noche estaba linda. Como en todos los momentos de soledad, no pude dejar de pensar en mi viejo.
La policía nos había entregado hacía poco, las cartas que nos dejó papá. Aunque en ella claramente decía que no debía sentirme culpable por su decisión, no puedo evitar pensar en lo poco que hice para saber qué era lo que pasaba por su cabeza en esos tiempos. Lo que tenía en claro era que el viejo había muerto allá en el dos mil uno, cuando perdió todo. Luego sólo fue un fantasma que nunca pudo volver a la vida. Quizá mamá y yo pudimos haberlo salvado, pero eso nunca lo sabremos.
Me di cuenta de que algunos me miraban y susurraban entre ellos. Por lo visto no sabían si acercarse a hablarme o dejarme solo.
—Y ¿todo bien chabón? —me dijo alguien.
Me di vuelta a mirarlo. Era Leo.
—Todo tranqui, ¿Y vos?
—Bien. — se paró al lado mío, apoyándose en la pared —No va a venir el Pitu parece.
—¿Y por qué? —le pregunté.
La ausencia de Pitu era demasiado notoria. Era claramente el líder de tercera tercera, y hasta podía considerarse el líder de todo el turno mañana. Incluso aquellos que eran molestados por él, siempre estaban atentos a lo que hacía o decía, y más de una vez terminó agarrándose a piñas con otros pibes por el sólo hecho de meterse con alguno de sus compañeros.
—Ni idea. Pero está raro últimamente. Anda en la suya, y ahora está emperrado en querer agarrarse con uno que es re peligroso.
—¿El que le pegó?
—Sí, ese. El Pantera le dicen. Lo que Pitu no entiende es que esos tipos no tienen códigos. Si no, fíjate cómo lo agarraron entre tres.
Lo notaba realmente preocupado por su amigo. Al principio Leo me había dado la impresión de que no era más que uno de los lameculos de Pitu. Después me di cuenta de que, aunque le gustaba hacerse el malo, no era de pelear. Sostenía su actitud agresiva sólo para sobrevivir en esa jungla que era González Catán.
—Y bueno… hay que hablar con él para que se calme. —le dije. — ¿Por qué no vamos un toque a su casa después?
—No está en su casa. Pasamos con el Brian a la tarde y el Esteban dijo que se había pirado para no sé dónde.
—Estará con una mina.
—Eso es lo que pensamos. Se la tiene bien guardada el wacho. ¿Querés un trago?
—Dale.
Agarré el vaso de plástico y tomé un largo trago de cerveza.
—Sabés…— me dijo. —Yo también perdí a mi viejo.
—¿Posta? No sabía nada. —dije, asombrado.
—Sí, pero fue hace bocha. Me enteré cuando estaba en la escuela. Vino un tío mío a decirme. La vieja Bustamante me dijo que salga del aula. Pensé que me iban a cagar a pedos por algo que hice, pero nada que ver. Fue un garrón. Bueno, vos sabés cómo se siente.
—¿Y qué le pasó?
—Una pelea en la cárcel. Lo pincharon.
—Uh, que mal.
—Encima yo no lo veía hace bocha. No quería ir a verlo allá.
—Te entiendo.
Leo miró el cielo. Tenía los ojos brillosos. De repente sonrió con tristeza.
—Vos al menos pudiste aprovecharlo hasta ahora. — me dijo.
—Masomenos. Este último tiempo estaba muy diferente. Casi no hablaba, y como trabajaba de noche, lo veía poco.
—¿Y vos le hablabas?
La pregunta me cayó como balde de agua fría.
—No, la verdad que no.
—Capaz que te pasaba como a mí, que no sabías cómo acercarte a tu viejo. Yo tenía la cárcel de por medio. Tu viejo capaz estaba en una especie de cárcel ¿No?
—Sí, puede ser.
Le devolví el vaso de cerveza. Él encendió un cigarrillo.
—Son copados los viejos de Fabri Quién lo hubiera pensado, ¿no? —dijo, cambiando de tema.
—Sí, es cierto. — dije riendo.
—Bueno amigo, me voy a chamuyarme a la Débora a ver que onda.
—Dale, metele. —le dije.
Es extraño, pero cuando otros te cuentan sus desgracias, las tuyas ya no parecen tan grandes. Al menos así lo sentí durante unos minutos.
Romina había salido también afuera. Estaba sentada al otro lado del patio, sobre un banco de madera. Me dio la impresión de que me miraba de reojo. Fui a hablarle.
—¿Todo bien?
—Bien — me dijo. —disculpá que no te di mis condolencias. La verdad que no sé qué decir cuando pasan cosas como esas.
—No hace falta que digas nada.
—Igual, lo siento mucho.
—Gracias.
—¿Viniste a preguntarme por Agustina?
—La verdad que no. — le dije.
Agustina me había consolado en los días siguientes al fallecimiento de papá. Pero nunca volvimos a tener la relación de antes. Ahora sólo era un hombro en el que me apoyaba. En los momentos en que estábamos solos me moría de ganas de besarla, y de hacerle el amor, cosa que, por lo visto, jamás haríamos. Pero nunca me animé a intentarlo. No soportaría sentir que accedía a algo sólo por lástima. Estaba seguro de que eso me dolería más que nuestra separación. Había llegado a la conclusión de que la finalización de las clases era algo bueno. Así me podría olvidar de ella.
Cuando murió papá creí que todo lo demás iba a empezar a importarme menos. Pero no tener a Agustina era terriblemente doloroso. Por eso pensé que la distancia me ayudaría. Pero cuando me dijo, faltando todavía unos días para que terminen las clases, que ya no iría más a la escuela, fue como un cuchillo clavado en mi espalda “¿Nunca me vas a decir por qué me dejaste?” le pregunté en una esquina, esa última vez que nos vimos. Estaba lloviendo y su carita llena de pecas estaba mojada, no sé si por la lluvia o por sus lágrimas. “Esto es más difícil para mí de lo que crees. Hay cosas que no te puedo explicar”. Me entregó un papel doblado varias veces, convertido en un cuadradito.
—¿Vos estás bien? —Me preguntó Romina. Su mirada penetrante me descolocó.
—No, la verdad que no. — le dije. No tenía sentido mentirle.
—¿Te puedo decir algo? — preguntó Romina. Era muy bajita, y sus ojos verdes de gato brillaban bajo la calurosa noche.
—Decime.
—Siempre me gustaste mucho.
Me quedé mirándola, asombrado. Romina, por momentos, parecía una sombra de Agustina, y por eso teníamos una relación fluida y nos llevábamos bastante bien. Pero nunca me había imaginado que ella sentía algo por mí. Me empezaba a dar cuenta de que había muchas cosas que ignoraba.
Romina acercó su boca y me besó. La primera reacción fue retroceder y separarme de ella. Pero cuando lo hice, vi su cara de sincera tristeza. No quería dejarla así. Entonces la abracé y la besé. Se sentía rico su lengua resbaladiza y su aliento a cerveza. Pero ni de cerca a lo que sentía cuando estaba en los brazos de Agus. Cuando terminamos de besarnos me arrepentí inmediatamente de hacerlo.
—Perdoname. — Le dije —. Me parecés una mina divina, pero no estoy preparado para empezar nada ahora.
—Sí, me imagino. — Me dijo.
Me dio un papelito con su número de teléfono. “¡Basta de papeles!” pensé para mí. Pero lo tomé. Se notaba que lo tenía preparado desde hace rato, y cuando me lo entregó le temblaba la mano. No podía decirle que no.
Cando llegó la medianoche y la gente se empezaba a irse para seguirla en un boliche o en otro, lado me acerqué a Ramoncito. Me dio gracia verlo un poco tomado, justo a él, siempre tan prolijo y recatado.
—Che, no te enojes, pero creo que quiero volverme a mi casa nomás.
Me miró, un poco decepcionado.
—Uh, pero si la vamos a pasar bien con Fabri recordando viejos tiempos.
—Sí, todo bien, pero la verdad que prefiero irme a dormir. No te enojes.
—Todo bien amigo. Me vas a visitar cuando vuelva de La Costa ¿No?
—Obvio, y te espero en casa. A mi mamá le caes rebien. — le dije.
Caminé hasta casa, con una melancolía persistente. Recordé la carta de papá, y la carta de Agus. La de ella estaba escrita en una hoja de carpeta cuadriculada. Su letra cursiva era muy prolija, y en los márgenes había dibujos infantiles. Había usado una birome lila.
“Querido Joaco, a lo mejor no me creas, pero esto me duele tanto o más que a vos”, decía la primera línea. Apenas la leí me sentí irritado. Si también le dolía ¿Por qué no volvía conmigo y listo? ¿Tan difícil era? ¿Por qué no podíamos estar juntos?
“Hay cosas de mí de las que no puedo hablar. al menos no ahora. A lo mejor algún día te cuente, pero ahora no puedo. Hay cosas que no puedo hacer. Traté de ser una persona normal, pero no puedo…”
Arrugué la carta con bronca, pero enseguida la estiré, no quería romperla. Quería conservarla. La carta era extensa, pero no decía mucho. El misterio de Agustina no se develaba. Yo empecé a hacerme la cabeza, y todas las conclusiones a las que llegaba era más perversa que la anterior.
Al otro día fui a buscarla a su casa. Necesitaba una despedida más clara. No me alcanzaban todas las palabras lindas que me había escrito en la carta. Que yo era bueno, que era muy dulce y cariñoso. Qué me importaba eso si no quería estar conmigo. Pero cuando toqué el timbre salió a atenderme su papá. “Agus no está, se fue a lo de su tía a San Luis” me había dicho el tipo.
Traté de apartar esos recuerdos de mi mente. Me generaban frustración e impotencia.
Llegué a casa. Me quedé parado frente al portón un rato. Entré.
Vi desde el patio delantero que había una luz encendida. Mamá estaría despierta viendo la tele. Pobre. Ella se sentía más culpable que yo. Debería hacerle compañía, pensé.
Pero de repente, tal vez debido a la cerveza que había tomado, me envalentoné, y decidí ir a lo de Agustina.
No tenía monedas en el bolsillo así que caminé las veinte cuadras hasta llegar a su casa. Si el papá me decía de nuevo que no estaba, le iba a decir que no le creía nada, y lo iba a pasar por encima.
Llegué bañado en transpiración. Entonces vi el cartel de “se vende” que estaba colgado en una de las ventanas. De todas formas, toqué el timbre. Pero, como era de esperar, nadie salió.
Agustina no estaba. Me tapé la cara y me largué a llorar. Agus no estaba.
No había nada que hacer. Como me había dicho mamá cuando falleció papá, “hay que aprender a vivir sin el otro, hay que saber soltar, eso es madurar”.
Iba a volver a casa, pero pensé que no serviría de mucho ir así como estaba. Mamá se preocuparía.
Me quedé caminando por el centro de Catán. Me crucé con algunos de mis compañeros, quienes me invitaron a que vaya con ellos al boliche, pero los rechacé. Finalmente decidí hacer lo que había planeado desde un principio. Me fui para lo de Ramoncito, para ver unas pelis y charlar durante toda la madrugada con él y con Fabri.
Esperé a que se me vaya un poco la cara de culo y fui para allá.
Fue una linda noche, en la que logré despejar mi cabeza, y olvidarme de mis problemas durante algunas horas.

Baljack
Estamos a finales del dos mil dos. La crisis económica y social que comenzó a gestarse en las décadas anteriores, y que explotó el año pasado, todavía hace estragos en el país.
La gente se muestra con miradas carentes de esperanza y preocupación creciente. No sólo tienen que lidiar con el penoso presente, peor aún, deben convivir con la incertidumbre de un futuro imposible de descifrar. Sólo los más jóvenes pintan de color el paisaje lúgubre.
Ahora vamos a un punto concreto. Un punto aglomerado, dominado por la ira creciente. La calle Calderón de la Barca se abre como una herida gris entre dos barrios llenos de cicatrices. González Catán y Laferrere.
Muchos no lo saben, y a muy pocos les importa, pero esa calle separa a un barrio del otro. Con sólo cruzarse a la otra vereda, uno se encuentra al otro lado del abismo.
El creciente desempleo hizo que muchas personas buscaran ingresos de todas las maneras posibles. Mujeres, antes respetadas, se vieron obligadas a prostituirse. Chicos de catorce o quince años estaban forzados a trabajar en empleos mal pagados para colaborar con sus padres desempleados.
Otros tantos se vieron tentados a pasarse al lado de la ilegalidad. Este es el caso del individuo que ahora está al costado de Calderón de la Barca, del lado de Laferrere. Es un hombre joven, con mirada oscura. Usa una remera negra y un pantalón y chaleco de jean. Sus brazos musculosos están completamente tatuados. En ellos hay dibujos tribales, nombres, números, y en su muñeca cinco puntos negros. Cuatro de ellos rodean al quinto, el cual está justo en el centro. Su pelo abundante está peinado hacia atrás.
Está parado al lado de una moto enorme, que parece nueva. En su bolcillo guarda la cocaína que piensa vender en unos minutos. Y en el otro bolcillo guarda una navaja, pequeña pero afilada. En otros lugares y otros horarios llevaría un arma de fuego. Pero a plena luz del día le basta con su arma blanca, imperceptible pero letal.
Un auto se para frente a él. El hombre de tatuajes le entrega la mercancía y recibe el pago. Se acomoda en la moto, dispuesto a irse. Pero ve a alguien acercarse dese el otro lado de la calle. Desde el lado de Catán.
—¿Te acordás de mí, gato? —pregunta el recién llegado.
Es un muchacho joven y fornido. Su remera se adhiere a su torso, dándole un aspecto de desnudez. Es morocho, y lleva el pelo corto. Sus ojos irradian vitalidad y revancha.
—¿Qué querés? ¿Cobrar de nuevo?
El hombre tatuado se baja de la moto. Los enemigos quedan cara a cara. El recién llegado es más bajo, pero sus egos están a la misma altura.
—Qué ¿te la bancás solo o querés llamar a alguna de tus novias para ayudarte?
El hombre tatuado sonríe con ironía ante la insolencia del otro. Caminan en un pequeño circulo sin dejar de desafiarse con la mirada.
Entonces se abalanzan hacia el otro. Sus pies raspan el suelo y levantan tierra. Sus manos se elevan para proteger sus rostros. Se miden, se observan, intentan descifrarse. El petiso morocho larga el primer golpe. El hombre tatuado se protege con su brazo. El muchacho es muy fuerte, pero el otro tiene la resistencia de quien estuvo muchas veces cerca de la muerte. El golpe no hace mella en él. Y ahora se dispone para devolver la gentileza. Pero el otro es ágil y astuto. Apenas el hombre tatuado levanta la mano, se agacha en cuclillas y le propina un golpe en el testículo.
El dolor es aberrante. El hombre tatuado lleva sus manos a la entrepierna, en un acto espontáneo. El muchacho petiso aprovecha para darle una piña directo a la cara. Fue un puñetazo capaz de quebrar una madera gruesa.
Algunos automovilistas pararon para ver el espectáculo. Ninguno de los involucrados en el combate está preocupado por la posible intervención de la policía. Las comisarías de ambos barrios están bastante lejos; los patrulleros no suelen pasar por ahí; y aunque alguien hiciera una denuncia, podía pasar mucho tiempo hasta que algún operador la tome en serio.
El morocho petiso estaba usando de bolsa de arena al hombre tatuado. El golpe en sus genitales marcó el destino del duelo.
Sin embargo, al estar tan embriagado de revancha, no supo darse cuenta de lo que sucedía en su entorno. Dos hombres se acercaron a ellos. Eran de la misma edad que el hombre tatuado, y tenían los ojos de tiburón, igual que él.
Uno de ellos, de pelo largo y barba de varios días, le pega un rodillazo al muchacho petiso. Cuando este se da vuelta a ver quién era su agresor, recibe un fuerte colpe que impacta en su pómulo. Su ojo derecho queda casi ciego durante unos segundos, y el muchacho cae de rodillas al piso.
—¿Qué pasa pantera? Te está cagando a piñas el pendejo. —dice el tercer hombre. Un pelado barrigón, que sin embargo parece muy fuerte.
—Agárrenlo, lo voy a hacer mierda. —ordena el hombre tatuado, “Pantera”.
El de pelo largo le pega una patada al muchacho. Este pudo evitarla, pero el gordo le da una piña en la panza que lo deja sin aire.
Lo agarran de ambos brazos. Pantera saca la navaja de su bolcillo.
—¡Eh dejalo en paz, si ya le pegaron! —se escucha decir a una mujer que miraba la pelea a unos metros de ellos.
Pantera no le hizo el menor caso. El filo del metal brilla bajo el sol de diciembre.
Pero el hombre tatuado comete un grave error. Quiso disfrutar de ver la expresión de miedo del muchacho petiso al vislumbrar su inminente muerte. Pero tarda más de lo que la prudencia lo indica.
—¡Guarda pantera! — gritan sus secuaces al unísono.
Pantera recibe un fuerte golpe en la cabeza. Su navaja cae al piso. No sabe qué fue lo que le pegó, porque todo a su alrededor se mueve y se ve borroso. El objeto en cuestión cae dos veces más sobre él, dándole en la espalda y el hombro. Sus secuaces sueltan a su presa, para encararse contra el nuevo enemigo.
Se trata de un muchacho que parece aún más joven que el morocho petiso. Es rubio, lleva el pelo peinado a un costado, y pareciera que su presencia en esos lugares es un error de la naturaleza, porque contrasta violentamente con la fisionomía de la mayoría de los habitantes.
El chico rubio levanta el palo de madera para defenderse de los otros dos. Pero antes de que estos lleguen a él, cuatro chicos más cruzan Calderón para invadir Laferrere.
Un gordito de cara redonda, que parece reacio a estar ahí, aún así se para al lado de su amigo para enfrentar a los adultos. Otro muchacho con gorra insulta a los enemigos desconocidos.
—Eh Pitu ¿Estás bien? —dijo otro de los muchachos, dirigiéndose al morocho petiso.
Pitu se levanta, dolorido e iracundo. Pero pantera también se recompone.
Entonces empieza la batalla campal.
Gritos de insultos se levantan en la tarde calurosa. Los ocho cuerpos se entremezclan y se enredan. Los adultos son menos, pero tienen una clara ventaja tanto en lo físico como en experiencia. Sólo Pitu pelea de igual a igual contra sus enemigos. Pero enseguida se agota de tanto repartir trompadas por todas partes. los otros cuatro hacen lo que pueden, pero los golpes de sus rivales son dañinas y mordaces. Los cinco son empujados hacia la calle. El tráfico se detiene, los automovilistas tocan bocinas e insultan, indignados, a los revoltosos.
La pelea parece a punto de concluir. Los chicos están heridos. Sus caras sangrantes y sus músculos doloridos. Pero como en el fútbol, estas cosas tienen resultados impredecibles. Nuevos actores se suman al show.
—Los del turno tarde. —dice el gordito de cara redonda.
Se trata de ocho muchachos. Al frente va el evidente líder, un gordo mastodóntico. Detrás de él un flaco alto de pelo pajoso.
—¿Qué hacemos Mauri? —le pregunta al gordo.
De repente la pelea se detiene. Ambos grupos están expectantes ante la actitud de los recién llegados.
—Vení Mauri, vamos a darle al boludo este. —dice Pantera, señalando con la mirada a Pitu.
—¿Qué te pensás, que soy tu mulo? —desafía Mauri. —Cuando quiera pelear con él, me le paro de mano yo solo. Pero vos no me vas a joder más. —dice el muchacho regordete.
A pesar de ser muy joven, tiene una determinación que pocos hombres alcanzan a tener en vida.
Los del turno tarde rodean a los hombres. Estos últimos se saben derrotados, pero en sus miradas hay una promesa de revancha.
Las piñas y las patadas llueven sobre ellos. El de pelo largo es el primero en quedar inconsciente. El gordo pelado resiste, quizás por los quilos de grasa que lo envuelven. Pero aún así siente cómo su carne arde, y sus huesos crujen, sin poder hacer nada al respecto.
Pantera ve el cuchillo que había perdido cuando recibió el golpe en s cabeza. Se las arregla para caer sobre él.
—Parate puto. —Escucha decir a Pitu, quien, a pesar de estar con el cuerpo maltrecho, todavía puede moverse con agilidad.
Pantera se arrastra por el piso, fingiendo una mayor dificultad para moverse de la que realmente siente. Pitu se acerca para insultarlo e incitarlo a un nuevo duelo. Se acerca demasiado. Pantera hace un rápido movimiento y da una estocada con su navaja.
Pitu frena el brazo del enemigo, agarrándolo a la altura del codo. Siente la victoria cernirse sobre él. Pero luego nota la sangre brotar de su pecho. El brazo fue inmovilizado cuando la navaja ya se había enterrado unos centímetros.
—¡Pitu! —Grita el chico rubio que lo había salvado la primera vez, viendo como todo su esfuerzo fue en vano.
Un coro de voces se hace eco de la alarma del muchacho. La ira asesina se adueña de ellos. Pantera, por primera vez en mucho tiempo, siente miedo. Salvo el rubio que se queda a socorrer a Pitu, los otros se abalanzan contra los adultos, ahora con total saña, con intenciones asesinas.
Al final sólo queda una multitud de muchachos pateando tres cuerpos inmóviles en el piso.

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