MOISÉS ESTÉVEZ

Inmersos en la lectura, aguardaban a que le sirvieran el almuerzo.
Optaron por un italiano bastante decente al que María ya había ido un par de
veces, y aunque bastante escueta, la carta que ofrecía era deliciosa.
Ella pidió rigatoni a la putanesca, mientras que Vincent no pudo
resistirse a unos buenos spaghetti con albóndigas. Todo regado con un buen
tinto siciliano que provocaba un efecto sinérgico con las respectivas salsas,
multiplicando el deleite culinario de ambos.
Tampoco pudieron resistirse en mitad del ágape a compartir parte de las
viandas, entre miradas cómplices y sugerentes roces de manos y labios a la
hora de un coqueto intercambio, ‘yo te doy a ti y tú me das a mi’.
María, por supuesto, no se había cerciorado, pero la experiencia que
Vincent atesoraba, le hacía tener la certeza de que alguien los observaba.
Intentando disimular su preocupación, sentía aquello como un mal presagio…

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