Demasiado personal (17)

ALBERTO ROMERO

Háblale Mucho.

Antonio le hablaba a Ana todo lo que podía cada rato que pasaba a su lado.
Le acariciaba, le daba tiernos besos en la frente y le contaba como avanzaban los
días. A veces tenía pequeñas anécdotas del trabajo o incluso chistes que le apuntaban
sus compañeros para contarle. No había chisme del edificio, o noticia de la
actualidad que Antonio no le explicara a Ana en sus largos monólogos.
Aquella mañana Antonio llegó temprano al hospital y se extrañó de que Josefa
no apareciese al poco rato, que era lo habitual, ya que era muy ordenada en sus
horarios y muy predecible en ese sentido.
Aprovechó para bañar a Ana con ayuda de la auxiliar, que era muy amable con
él y le daba permiso para aquel tipo de cosas que siempre hacían sólo ellas. Y después
se sentó junto a la cama porque quería hablarle de un tema que iba dejando
para más tarde, pero que pasaban los días y no sacaba, con la excusa de que acababa
la hora de visita o venía alguien a visitarla.
Le tomó la mano con suavidad y le contó que ya sabía lo del embarazo. Estaba
muy ilusionado con la noticia y le confesó que estaba deseando que ella pudiera
despertar del coma para criar juntos a su deseado bebé. También le confesó que
al principio la noticia le sentó mal porque no entendía que ella lo supiera y no se
lo hubiese contado, pero que como la conocía seguro que había una explicación
lógica.
Le dijo que no se preocupara, que aquel enfado ya se le había pasado y que lo
importante ahora era que se recuperase y que juntos saldrían de esta. También le
contó que la Doctora Garmendia le iba informando cada día de la evolución del
bebé y que todo parecía funcionar, que estaba creciendo.
Fue entonces cuando Antonio tuvo que acercarse a Ana para dar crédito a lo
que estaba viendo. Se enjugó los ojos y miró alrededor de la habitación para comprobar que no había nadie más allí, que no estaba soñando. Una leve sonrisa apareció
en los labios de Antonio y sus ojos se llenaron del brillo de la esperanza.
De los ojos de Ana brotaron dos lágrimas tan grandes y brillantes que hasta le
pareció que se reflejaba en ellas.
-¿Me has oído? Preguntó Antonio casi con la voz quebrada.
Y otras dos lágrimas salieron de los ojos cerrados iluminando con su brillo
toda la habitación.
Antonio lloró de la emoción, agarrado a la mano de Ana, sin soltarse, sin creérselo.
¿Todo este tiempo le había escuchado todo? ¿O estaba empezando a despertarse?
Corrió a avisar y la enfermera galopó con él a la habitación sonriendo también,
contagiada por la misma emoción de Antonio. Era cierto, las lagrimas habían salido
de los ojos de Ana. Le tomó las constantes y todo parecía en orden.
Ya no salieron más, pero la Doctora Garmendia le confirmó que era una buena
noticia, porque eso era que había actividad cerebral, que continuase hablándole
con frecuencia.
Antonio se marchó lleno de alegría aquella tarde a trabajar, deseando volver a
la mañana siguiente para hablarle mucho. Hacía muchos días que no se sentía así y
quería contárselo a todos. Eran solo cuatro lágrimas, pero para él eran un mundo.
De Josefa siguió sin saber nada y le confirmaron que por la tarde tampoco había
ido al hospital, así que decidió mandarle un mensaje antes de meterse en la
cama.
Nadie respondió…

Demasiado personal (16)

ALBERTO ROMERO

Lágrimas frente al Espejo.

De nuevo llovía fuera. Una fuerte tormenta se dejaba caer sobre el asfalto y los
edificios de la ciudad como si fuese el preludio del diluvio universal. Josefa se despertó
sobresaltada por el ruido de los truenos. Miró el reloj de la mesilla que marcaba
casi las 6:30h y se desveló pensando en que casi era la hora de levantarse.
Aquella noche notó, como muchas noches, que no dormía sola. Nadie lo hacía
desde que su marido murió de cáncer cinco años atrás, pero ella notaba algo.
Nunca se lo había dicho a nadie para que no pensaran que estaba loca, pero había
noches en que aquella sensación la dejaba tranquila en un lado de la cama, sintiéndose
abrazada.
Asomó la cabeza al balcón de la habitación y comprobó que caían chuzos de
punta.
Se calzó las zapatillas que descansaban perfectamente alineadas bajo la cama
y se dirigió a la cocina.
Su rutina para aquel día no variaba mucho por el hecho de que lloviese. Desayunar,
bajar a hacer algunas compras y marchar al hospital a visitar a su hija.
Mientras preparaba el café lloró desconsolada por culpa de los pensamientos
que se paseaban por su mente sobre el estado de Ana. Estaba preocupada por su
hija y angustiada porque su cabeza le decía que era una desgraciada, que todo lo
malo le sucedía a ella. Se miró en el espejo del baño y se regañó a sí misma diciéndose
que no debía derrumbarse y ser fuerte. Levantó el mentón con aires orgullosos
y se terminó de arreglar el moño.
Dejó un poco de acelga cocida para la comida del mediodía y revisó que llevaba
todo lo que necesitaba en el bolso.
Desde el incidente con Antonio y el accidente de su hija no había vuelto a pasar
por la casa de ambos a tomar café con Antonio. No le apetecía ver a su yerno
como si nada hubiera pasado. Era superior a sus fuerzas y no estaba segura de
contenerse tal y como estaba de los nervios. Además su oscuro plan no estaba
funcionando, cosa que le cabreaba mucho.
Bajó a la calle con intención de comprar algunos medicamentos en la farmacia
de su amiga Rosa. Se conocían de toda la vida del barrio y tenían mucha confianza
para hablar cada una de sus vidas y escucharse mutuamente. Sería un rato agradable
para desconectar un poco.
Ya había amanecido, pero las nubes grises eran tan espesas que la calle estaba
oscura en comparación a otros días. Apenas había gente a esa hora, los niños ya
habían empezado el colegio y la gente estaba en sus trabajos. Cuatro paraguas
con prisa y unos ojos que le miraban desde la esquina opuesta de la calle eran
todo rastro humano a aquella hora.
Josefa no reparó en la sombra que le vigilaba desde el otro lado de la calle y
tampoco notó que siguió sus pasos a distancia, camino de la farmacia.
Absorta en sus pensamientos y ocupada en sujetar su paraguas negro no sintió
a la sombra acercarse acortando distancias, como un cuervo oscuro al acecho.
Oyó los pasos tras de ella y se giró asustada al sentir que alguien le tocaba en
el hombro.
Apenas giró la cabeza cuando notó que se desplomaba por efecto de un pañuelo que cubría su nariz y su boca.
Alguien en un coche ayudó a la sombra a montar a Josefa en el asiento de
atrás, desmayada, inconsciente. Se montó en el asiento del conductor y arrancaron
sin perder tiempo en dirección al sur de la ciudad.

Demasiado personal (15)

ALBERTO ROMERO

Comida en Familia.

Antonio llegó a casa de su hermana Marta y ya antes de tocar al timbre oyó las
carcajadas de los gemelos, que debían estar correteando a gritos por el pasillo.
Sonrió ilusionado y añorando un futuro así de idílico en el que Ana y él serían felices
junto al bebé que estaba en camino, a pesar de la incertidumbre actual que
tanto le angustiaba.
Cogió aire unos segundos y se prometió a sí mismo no derrumbarse delante
de su hermana para no hacerla sufrir más de la cuenta.
Tocó el timbre y enseguida le abrió la puerta su cuñado Deyan sonriéndole de
oreja a oreja y con los gemelos amarrados cada uno a una pierna. Los niños se
abalanzaron a los brazos de Antonio en cuanto lo vieron y se los comió a besos.
Que gusto daba visitarlos y ser recibido con tanto amor aunque apenas tuvieran
dos años y se tambalearan al caminar.
Deyan también le recibió agarrándole por el hombro con fuerza y preguntándole
como se encontraba mientras entraba para adentro de la casa. Deyan era búlgaro
y daba miedo verlo cuando no le conocías. Su aspecto físico imponía hasta al
más duro, pero era sólo una fachada que poco tenía que ver con su interior. Tras
aquel cuerpo, que más parecía un armario empotrado que el de un hombre, se escondía
una persona sensible, sencilla y amable hasta niveles insospechados.
Antonio todavía recordaba el día que su hermana le contó que se había
enamorado de un hombre “del este” como ella decía y le tomó el pelo preguntándole
si era de Valencia. Ella pensando que todos criticarían en casa que se echase
un novio extranjero y resultó que Deyan los enamoró a todos con su forma de ser.
Marta le esperaba en la cocina poniendo la mesa y se abrazó a él en cuanto le
vio entrar. Los gemelos se dispersaron con las bolsas de chuches que les había
traído Antonio como regalo. Su hermana enseguida preguntó por Ana y si él necesitaba
algo en lo que ella le pudiera ayudar.
Deyan trabajaba como fontanero para una empresa multigremios e iba a turno
partido, así que pudo quedarse a comer con ellos. Antonio y él se llevaban a las
mil maravillas y le dio mucha alegría poder compartir aquel rato también con él.
La comida transcurrió muy bien y Antonio no veía momento de contarles la noticia
de que Ana estaba embarazada. Llegado el postre les soltó la noticia y aunque
la primera reacción fue de alegría enseguida se quedaron preocupados por la
situación en la que se encontraba Ana. Antonio les transmitió las esperanzas que le
había dado la doctora Garmendia y se abrazaron emocionados concentrándose
en el lado positivo de la noticia.
Antonio se sintió con confianza también de confesarles lo que había pasado el
día del accidente de Ana con Josefa. Sus caras de incredulidad fueron un poema.
Marta se llevaba las manos a la cabeza porque no podía entender que una mujer
tan dulce como Josefa le estuviese chantajeando a su hermano. Deyan dio un
golpe en la mesa cabreado y dijo que aquello no lo podía consentir, pero Antonio
les pidió calma. Desde que había pasado lo de Ana parecía que Josefa le estaba
dejando tranquilo y quería ver por donde avanzaba el suceso después de todo.

Demasiado personal (14)

ALBERTO ROMERO

Huellas.

El reloj pasaba de las 21:30h cuando Antonio entró en su casa. El día había
sido muy duro. Había estado todo el día en el hospital y Ana se encontraba estable,
pero sin evolución positiva. Ya iba para dos semanas desde el accidente y Antonio
tenía ratos de pura desesperación en los que perdía la fe en que Ana algún
día saliese del estado de coma. La doctora Garmendia le daba el parte con una
sonrisa, pero Antonio veía más allá de esa cara bonita un mensaje poco claro de
esperanza.
-No tires la toalla, le decía la doctora, que se mostraba optimista respecto al
estado de Ana. He visto muchos pacientes en esta situación, y en peores, y de repente
una mañana se despiertan y todo queda en un mal sueño.
Antonio se aferraba a aquellas palabras todo el tiempo, porque pensaba que
un médico no suele dar esperanzas si no está muy claro que vaya a suceder. Pero
los momentos de derrumbe mental eran cada vez más frecuentes.
Echó un vistazo al frigorífico. Daba pena verlo. Desde que Ana estaba en el
hospital Antonio había descuidado hacer la compra o mantener la casa limpia. Se
alimentaba de bocadillos de la máquina del hospital y pasaba por casa lo justo
para dormir y darse una ducha. Tenía que ponerse la pilas para poner la casa al día
y que estuviese limpia y recogida. ¿Y si de repente un día de estos Ana despertaba
y volvían a casa? Tenía que tenerla preparada para recibirla como ella se merecía.
Al día siguiente había quedado para comer con su hermana Marta. El día anterior
les había visitado en el hospital y quedaron en verse para pasar un ratito con
los gemelos y desconectar un poco de tanto pasillo de hospital. Decidió que le
contaría la noticia del embarazo de Ana. Era una buena noticia y quería compartirla
con alguien que se alegrase de recibirla. La doctora Garmendia le mantenía informado sobre el estado del embarazo con absoluta discreción, sin que nadie más
lo supiera.
Era muy tarde y estaba cansado, pero le dio tal asco ver el suelo lleno de polvo
que cogió la mopa y decidió pasarla antes de acostarse. En el recorrido por la casa
algo le dejó petrificado en el sitio. De la puerta del baño al pasillo salían dos huellas
de algo que parecía barro de un pie bastante pequeño para ser suyo.
Dejó la mopa y se agachó a mirar de cerca esas huellas. No quería perder la
calma pensando en que alguien había entrado en casa a robar. Nada estaba movido
de sitio, ni echaba de menos ninguna de sus pertenencias.
Cogió uno de sus zapatos y otro de Ana creyéndose Sherlock Holmes y los
puso a la par de las huellas de barro. Ninguno coincidía en tamaño. La huella de
sus zapatos era bastante más grande que la marcada en el suelo. La huella de los
zapatos de Ana también eran algo más grande.
Sin pensarlo sacó el movil del bolsillo y le hizo una foto a tan sospechosas huellas
de barro. Las borró con la fregona y se metió en la cama mirando la foto en el
móvil.
Eran huella de mujer, eso estaba claro, pero ¿De quien? Y sobre todo: ¿Qué
hacía en su casa? ¿Cuándo habían entrado y con que propósito?…

Demasiado personal (13)

ALBERTO ROMERO

Retortijones.

Pasó una semana y el estado de Ana no mejoró en absoluto, tampoco empeoró,
así que todos seguían expectantes la evolución que les daban los médicos
cada día.
Los padres de Antonio, Miguel y Adela venían día sí y día no al hospital a pasar
la tarde con Ana y su hijo. Justo esas mismas tardes que aprovechaba Josefa para
hacer “sus cosas”, como ella misma decía. Eran unos padres muy comprensivos y
acompañaban a Antonio en sus momentos bajos, en los que pensaba que Ana no
volvería a despertar, con paciencia y buenos consejos.
Miguel estaba ya jubilado y dedicaba su tiempo a la huerta y a su perro Pancho,
un pastor rescatado de la protectora que siempre le acompañaba fiel. Había
trabajado durante más de cuarenta años en una oficina de contable. Su mente era
ágil como a los veinte, pero los dolores reumáticos le recordaban que los setenta
estaban a la vuelta de la esquina.
Adela, también jubilada, dedicaba su tiempo a acompañar a su marido en las
caminatas y a pasar las tardes con sus amigas del club de macramé, que tan feliz le
hacía. Durante su vida laboral trabajó en un montón de cosas, pero en la que más
disfrutó fue en su labor de cocinera para el comedor de la Universidad Complutense
de Madrid. Se sentía realizada entre fogones y su marido y sus hijos se lo
agradecían en cada cucharada.
Antonio no se despegaba de la cama de Ana durante todo el tiempo que les
dejaban visitarla. No era un tiempo muy amplio porque su estado de gravedad
desaconsejaba las visitas muy intensas, pero en aquellos ratos Antonio no quería
faltar. Su hermana Marta también le acompañaba los ratos que podía escaparse de
los cuidados de sus dos pequeños gemelos de dos años.
Aquellos gemelos eran el ojito derecho de Antonio y Ana, y ahora tendrían un
primo nuevo si todo salía bien. A punto estuvo de contárselo a su hermana en una
de las visitas, pero se aguantó la ilusión a la espera de que Ana evolucionara a mejor.
Josefa también iba mucho a visitar a Ana, y trataba de estar a bien con Antonio,
pero su incompatibilidad era tan patente que a ratos uno u otro se salían de la
habitación porque la tensión cortaba el aire.
El segundo día que Josefa apareció con cafés para ella y Antonio este se lo rechazó
porque no se encontraba con ganas. Josefa torció el morro, pero lo dejó sobre
la mesilla junto a la cama de su hija.
Antonio ya se había puesto muy malo esa semana con dolores estomacales y
andaba cuidándose la alimentación porque le preocupaba no estar bien para cuidar
de Ana.
El teléfono de Josefa sonó al poco de entrar, ni siquiera se había terminado el
café, y salió apresurada para responder sin molestar dentro de la habitación. Fue
entonces cuando Antonio decidió que no se iba a tomar su café y lo tiró por el water.
Josefa entró al poco rato con el gesto nervioso, algo le había alterado en la llamada
y disimulaba fatal. Antonio percibió el nerviosismo, pero prefirió ignorar a
Josefa mirando su móvil.
Josefa apuró el café y salió corriendo excusándose con una supuesta visita de
un fontanero a su casa. Mejor para Antonio que no tenía ganas de compartir tarde
de tensión con su suegra.
Josefa llegó a casa a duras penas. El dolor de estómago casi no le dejaba andar
de los retortijones y andaba agarrándose a cada farola para respirar profundo
y poder continuar. Pasó la noche en vela, vomitando y dolorida. Ella sabía por qué.
Aquella semana pasó sin pena ni gloria…

Demasiado personal (12)

ALBERTO ROMERO

La Gran Noticia.

Antonio miraba a Ana con preocupación a pesar de que la cara de ella era de
absoluta tranquilidad. Le hablaba bajito preguntándole si le escuchaba y rogando
que le hiciera una señal en caso afirmativo.
Entró una enfermera a tomar las constantes de Ana y le avisó a Antonio de que
el médico iba a pasar enseguida, y que era necesario que se quedara, pues querían
hablar con él.
Antonio se sentó en la butaca que había junto a la cama y revisó su teléfono
móvil. Tenía un montón de llamadas y whatsapp de Ana que no había podido contestar
porque el teléfono se le había extraviado. Seguía dándole vueltas al lugar
donde lo había encontrado, era muy raro.
En ese instante apareció sin llamar a la puerta la Doctora Garmendia. No aparentaba
más de 30 años y su amplia sonrisa le dio confianza instantánea a Antonio.
Se presentó con gran detalle y pidió a Antonio que saliese con ella tras revisar las
heridas de Ana de manera mecánica.
Me alegro mucho de conocerle señor López, estuvimos muy preocupados hasta
que conseguimos localizarle. Como ya le explicaron ayer por la tarde Ana sufre
un estado de coma debido al accidente que sufrió al mediodía. Tiene varias contusiones
en las piernas y la que más nos preocupa es la de la cabeza, que es la que
puede revertir mayor gravedad. Le hemos hecho un escáner y estoy a la espera de
resultados para poder avanzar en el diagnóstico.
Por suerte el feto no parece haber sufrido daños, así que aunque Ana esté en
estado de coma, no hay peligro para su correcto desarrollo.
Antonio sintió como su ojos se salían de manera literal de las cuencas al pronunciar
la doctora la palabra feto. El labio de abajo se descolgó por iniciativa propia
y las cejas se arquearon para demostrar su sorpresa.
-¿Cómo? ¿Está embarazada? -Consiguió preguntar Antonio con dificultad.
Ahora la que tenía cara de sorpresa era la Doctora.
-¿No lo sabía?- Contestó sin salir de su asombro. -Ana nos lo dijo en la ambulancia
antes de desmayarse.
-Pues es la primera noticia que tengo- contestó Antonio completamente helado.
-Vaya, pues ¿Enhorabuena?- Le dijo la doctora levantando los hombros sin saber
muy bien por donde tirar.
El embarazo es de apenas cuatro semanas, está en una fase inicial y por las
pruebas realizadas todo está correcto.
Antonio se tuvo que sentar porque estaba flipando en muchos más colores de
los que tenía el arco iris.
La doctora se disculpó por darle la noticia de aquella manera, pero le dijo que
todo iba bien y que debía tener esperanzas de que Ana despertaría y serían uno
más en la familia. Agarró su carpeta y le dijo que tenía que seguir visitando a otros
pacientes, que volvería por la tarde.
Antonio, que tenía la mirada perdida en el infinito de las paredes blancas del
pasillo, recobró la conciencia para pedirle a la doctora que mantuviese ese dato
en privado por el momento.
-Descuide, así será.- le dijo la doctora con una sonrisa de amabilidad.
Se volvió a sentar en el asiento del pasillo y mientras la joven doctora se alejaba
sonrió de pura alegría. Está embarazada, por fin, está embarazada. Y por un segundo
su cuerpo se sintió feliz olvidándose de que Ana estaba en coma.
Caminando lentamente por el fondo del pasillo apareció Josefa.
-Serás la última en enterarte, pensó Antonio al verla. Y volvió a sonreír con suavidad
guardando para él la buena nueva mientras se rascaba la herida del brazo.

Demasiado personal (11)

ALBERTO ROMERO

Noche de tormenta.

Antonio se despertó sobresaltado y sudando en mitad de la noche. Miró el
despertador y marcaba las 03:06h. Le pareció escuchar el teclado del Mac que
Ana aporreaba ilusionada cuando empezó con el blog. Se levantó de la cama y fue
al origen del sonido en el salón, extrañado de que Ana estuviese despierta a esas
horas.
Al llegar al salón descubrió que el ruido que le resultaba tan familiar era la lluvia
cayendo con fuerza en la calle. La ventana estaba abierta y la cortina parecía un
fantasma bailando al son de la tormenta. Cerró la ventana con rapidez y se quedó
mirando a la calle hipnotizado por la cortina de agua.
Algo se movió entre dos coches aparcados en frente. Antonio fijó la mirada y
vio correr a alguien bajo la lluvia hasta perderse entre la sombra del final de la calle.
Ese alguien volvió la cabeza hacia Antonio durante un segundo antes de girar
la esquina. Un rayo iluminó la silueta en ese momento y Antonio quedó horrorizado,
era su suegra cubierta con una capucha de chandal.
Esos ojos no le engañaban, era ella seguro. Había poca luz en la calle, pero el
flash del rayo había dejado totalmente al descubierto su rostro.
Antonio volvió a despertarse sobresaltado y sudando. Miró de nuevo el despertador
y marcaba las 05:07h. Escuchó despierto desde la cama, pero el silencio
reinaba en el piso. Intentó volver a dormirse sin éxito. El pensamiento de cómo estaría
Ana en el hospital le ocupada todo el cerebro a aquella hora. Tenía la cabeza
dolorida, con sensación de resaca. La noche había estado sembrada de pesadillas.
Se levantó a por un poco de café y se asomó por el balcón de la cocina a ver si
llovía. Seguía cayendo como a las tres de la mañana. ¿Lo había soñado o era verdad?.
A pesar de la lluvia hacía calor en la ciudad y sin pensarlo salió en camiseta y
nada más a la terraza. En apenas dos segundos estaba empapado por completo y
sintió que la lluvia aliviaba el martilleo de la resaca en su cabeza.
Volvió a quedarse con la mirada perdida en los tendederos del patio de luces
del edificio. Durante un rato dejó que la lluvia le mojase con la mente en blanco.
Se puso el albornoz y se sentó con el café en el sofá del salón. Encendió la tele
sin mirar siquiera el canal y reposó la cabeza en el cojín del lateral. Se quedó dormido…
A las 7:30h sonó el despertador en la habitación y Antonio pegó un saltito en
el sofá. Se levantó a apagarlo y volvió al sofá. Se terminó el café frío y recobró
poco a poco sus pensamientos centrados en Ana. Vaya noche de mierda había pasado.
Se preparó para ir a visitar a Ana en apenas quince minutos. Fue a coger su teléfono
móvil para llamar al control de enfermería antes de salir de casa, pero no lo
encontró. Mierda, ayer lo perdí y ni me acordaba. Menudo fastidio justo cuando
más lo necesitaba. Llamó desde el teléfono fijo al hospital y le dieron la noticia de
que todo seguía igual, pero que el médico quería hablar con él.
Colgó y marcó su propio número del móvil. Escuchó el primero tono y la melodía
apagada de su teléfono. Dejó el auricular y siguió el sonido hasta debajo del
sofá. Allí estaba vibrando sobre si mismo su móvil. ¿Cómo coño había llegado allí?
Salió de casa camino al hospital sin perder tiempo.
Josefa lo observó cerrar con llave desde su escondite en el armario empotrado
del pasillo…

Demasiado personal (10)

ALBERTO ROMERO

La verdad de Josefa.

Antonio miraba a Ana con los pensamientos en el día de su boda. Sonreía al
recordar los bellos momentos que les hicieron vibrar aquel día. Agarró la mano de
Ana con suavidad y de repente le pareció que le devolvía la presión. Repitió la caricia
con esperanzas de que fuese algo más que un espejismo de su ilusión. No se
repitió la sensación y su ilusión se quedaron en mueca de tristeza.
Por la puerta entró Josefa sonriendo sin mirar a quien. Antonio se puso tenso y
la mueca de tristeza se convirtió en asco sin poder evitarlo. La madre de Ana entró
como si nada hubiera pasado entre ellos esa misma mañana. Con gesto preocupado
se interesó por su hija y preguntó todos los detalles de lo sucedido.
Cuando Antonio le explicó que había dejado una nota a Ana tras su supuesto
accidente doméstico ella bajó la mirada. No quería que este descubriera en sus
ojos la satisfacción maligna que recorrió su espinazo.
-Creo que tenemos que hablar en privado, Antonio- le dijo Josefa en
tono grave.
-Es buena idea- contestó Antonio con sequedad. Los médicos han dicho que
en estos estados de coma es posible que el paciente pueda enterarse si le hablan
o le muestran cariño.
Josefa besó a su hija en la frente y le acarició el pelo mientras los ojos se le llenaban
de lágrimas. No quería que Antonio la viera demasiado sensible y se ofreció
a bajar a por unos cafés y templarse los nervios.
Antonio se quedó desconcertado ante la actitud conciliadora de Josefa. Durante
unos segundos por su mente se pasó confesar a Ana lo que había sucedido
esa mañana. Descartó hacerlo al instante porque Ana no le podía contestar, quizás
ni siquiera oírle, pero tampoco estaba muy seguro de que le fuese a creer.
Josefa asomó con dos cafés por la puerta de la habitación. Antonio le hizo un
gesto de salir fuera para tomarlos y así aprovecharon para aclarar sus asuntos.
La actitud de Josefa desconcertó a Antonio desde que esta comenzó a hablar.
Su cara de corderillo le estaba saliendo tan bien que le hubiera gustado darle un
Oscar a la mejor interpretación, o mejor estampárselo en mitad de la cara. Antonio
no se sintió con ganas de discutir en aquél delicado momento, así que aceptó la
versión de Josefa de que se había puesto nerviosa y que no era con mala intención.
Se tomaron el café y entraron a despedirse de Ana por separado. Se acababa
el horario de visitas y allí no podían hacer mucho más hasta el día siguiente.
Llegó a casa sintiéndose mareado y con el estómago revuelto. También le dolía
el brazo de la herida y se cagó en su suegra de pensamiento. Estaba claro que
aquel día era de los peores de su vida y no le iba a dar tregua ni al anochecer. Se
sujetó el estómago al entrar en el ascensor y corrió a vomitar en la taza del baño
en cuanto entró en casa. ¿Sería la conversación con Josefa lo que había terminado
estropeándole el estómago?
Podía ser eso, o el café que tomaron antes de salir del hospital. Ya se sabe que
esos cafés remueven hasta a los estómagos de acero…

Demasiado personal (8)

ALBERTO ROMERO

La Taza Voladora.

El médico terminó de darle las instrucciones para que la herida de su brazo curase
correctamente. Antonio cogió la receta que le daba el médico casi sin escucharle.
En su cabeza no dejaba de resonar el “te mataré” de su suegra.
No sabía si iba en serio o fue fruto del calentón de rabia que le había entrado
a Josefa, pero sus ojos no parecían hablar en broma. Antonio era mucho de mirar
a los ojos, y aquellos ojos no le gustaron nada. Podría decirse que le asustaron
aunque estuviese acostumbrado a ver la oscuridad que le transmitían cuando le
miraba.
Salió del hospital pensando en la amenaza y preguntándose donde estaría su
maldito teléfono móvil. Juraría que esa mañana lo había dejado en el mueble del
recibidor después de despedir a Ana, pero cuando salió corriendo con el corte
sangrando camino del hospital no lo encontró. Tampoco se paró a buscarlo porque
bastante tenía con los nervios del corte, así que le dejó una nota a Ana en la
cocina. No paraba de sangrar.
En Urgencias le tuvieron toda la mañana. Le recibieron con gasas, pero una vez
que se calmó un poco el sangrado tuvo que esperar como el resto de pacientes
que se encontraban en aquella sala de espera. ¿Sería por eso que se llamaban pacientes?
Ironías del destino él se impacientaba sin remedio y también se preguntaba
si debería terminar con la paciencia que gastaba con Josefa después del incidente.
El médico que le atendió no se creyó su versión de la taza de café voladora
que cae al suelo y rebota cortándole en el brazo. Más que nada porque hubiera
sido un rasguño en vez de un corte con seis puntos de sutura que tuvieron que revisar
bien por si era o no muy profundo. Pero el médico tenía bastante con sus problemas
y agobios laborales.
Después de cinco horas en urgencias Antonio se preguntó si Ana estaría ya en
casa. Por la hora justo estaría entrando en el garaje de casa. Esperaba no haberle
asustado demasiado con la nota en la cocina. Conociéndola se habría puesto nerviosa
como un flan. Menos mal que llegaba casi a la misma hora a casa.
Entró en el piso y gritó el nombre de Ana sin obtener respuesta. Quizás aún no
había llegado. Miró al reloj de la cocina que marcaba las 14:45h y pensó que quizás
se retrasaba un poco. Así le daba tiempo a poner la mesa para comer juntos y
alarmarla lo menos posible. Cogió la nota que seguía sobre la mesa y la dejó en la
bandeja donde solían dejar el correo. Mientras esperaba puso a calentar la comida.
A los pocos segundos sonó el teléfono fijo de casa. Se acercó a la sala y vió en
la pantalla un número muy largo. Torció el gesto al descolgar y recibir la noticia.
¿Es usted Antonio? Su mujer Ana ha tenido un accidente de coche hace media
hora y está aquí en el hospital. Debe venir cuanto antes, es grave.
Antonio, blanco, corrió.

Demasiado personal (6)

ALBERTO ROMERO

Luz Roja.

Ana leyó la nota y un resorte anuló la euforia del ascenso convirtiéndose en
una rápida reacción de emergencia. Dejó la carpeta y cogió las llaves del coche.
Bajó al garaje todo lo rápido que le dieron los pies. Montó en el coche y arrancó
sin apenas pensar. Sabía de maravilla el camino al hospital porque quedaba cerca
de su trabajo. No entendía como Antonio no le había llamado o mandado un
whatsapp en vez de dejarle una nota.
Espero que no sea demasiado grave, pensó mientras se ponía primera en el
semáforo de una intersección. El coche que iba a su lado avanzó sin esperar a que
se terminara de poner en verde y Ana aceleró sin fijarse siquiera en el color rojo
que aún brillaba. El coche que iba a su lado frenó apenas unos centimetros más
adelante, manías que tiene la gente con prisa.
Ana no vió venir al camión de la basura que cruzaba por la intersección en el
momento en el que ella la cruzaba sin mirar. El golpe desplazó el coche más de 50
metros y dejó el lateral del copiloto arrugado como una pasa. Atrapada en el amasijo
de hierros Ana perdió el conocimiento casi al instante.
El sonido de las sirenas de las ambulancias le despertó sin saber muy bien que
hacía allí. Aturdida intentó soltarse de algo que le sujetaba la pierna derecha, pero
le resultó imposible. Miró hacia abajo y vió que estaba cubierta de sangre y cristales.
De repente una voz de hombre le habló desde la ventanilla. Giró la cabeza sin
oir por el zumbido de los oidos y se volvió a desmayar.
Los bomberos sacaron a Ana de los amasijos de hierro y la montaron en la ambulancia
que había acudido al espectacular accidente. Tenía la pierna derecha
fracturada, muchas heridas por todo el cuerpo y no era capaz de recuperar el conocimiento, aunque aún respiraba. Le pusieron en la camilla y la metieron dentro
sin perder un minuto.
Varios policias preguntaban a los peatones que se arremolinaban junto al arcén
por lo que acababan de presenciar. Era una chica joven, se saltó el semáforo
aún en rojo, el camión no frenó a tiempo….
Junto a los peatones curiosos que miraban atónitos como la grúa elevaba lo
que había quedado del coche de Ana se encontraba Martín, un vecino de Ana y
Antonio que aún no se podía creer que el accidente estuviese protagonizado por
su vecina. Esa misma mañana se había encontrado con su madre al salir de la farmacia
y habían estado hablando tan tranquilos. En apenas unas horas todo estaba
patas arriba y se preguntaba si Ana estaría viva o no.
Llamó al teléfono de Antonio para avisarle de lo ocurrido hacía unos segundos.
El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Mierda, no estaba
disponible.
El ATS de la ambulancia encontró el teléfono de Ana en el bolso de camino al
hospital. Buscó en la Agenda un contacto que tuviese la doble A, de aviso en caso
de Emergencia y marcó el número de Antonio. El teléfono al que llama está apagado
o fuera de cobertura en este momento….