Demasiado personal (7)

ALBERTO ROMERO

El Amor de mi Vida.

Tú estás loca, me solía decir. Tenía costumbre de asomarse por la puerta de mi
habitación y me daba cada susto que para qué. Su sonrisa hacía que se me pasara
al momento. Mi madre siempre me decía que me fuera a dar una vuelta con mis
amigas los sábados que me quedaba a estudiar en época de exámenes. Que me
iba a quedar soltera si no salía, pero yo prefería centrarme en los exámenes. Me lo
decía en broma, porque ella sabía que el resto del año salía casi todos los fines de
semana. Sin pasarme, pero salía. Me gustaba ser una buena hija.
Mi madre me decía que ella había sido una buena hija, estudiosa y aplicada.
Que luego las circunstancias de la vida le habían dejado como ama de casa, pero
que le hacía muy feliz ver que yo había salido inteligente y responsable. Me gustaba
ver su sonrisa orgullosa cuando me miraba desde el quicio de la puerta de la
habitación en silencio. Muchas veces me asustaba, otras la veía por el rabillo del
ojo y la dejaba estar, imaginaba que se sentía contenta viéndome estudiar.
El último curso de universidad fue el más duro de todos y casi por los pelos
conseguí sacarme el título a tiempo para disfrutar de un verano tranquilo. En la noche
de San Juan mis amigas y yo conocimos a un grupo de chavales muy majos en
la verbena. Antonio estaba allí con su cubata y su camisa de flores súper hortera.
Bailaba el que mejor de sus amigos. Era fácil porque todos eran arrítmicos y el sabía
llevar el paso. Me lo presentó uno de sus amigos, por una de mis amigas, lo tí-
pico. Ninguno de los dos nos llamamos especialmente la atención, pero nos echamos
unos bailes a ritmo de salsa en los que yo disfruté como una loca. Olía muy
bien. Tenía una sonrisa preciosa y unos ojos que también me sonreían. Yo estaba
más por la labor de bailar y así discurrió la noche.
La verbena terminó muy de madrugada y mis amigas y yo nos quedamos en la
playa bebiendo chupitos y riéndonos como bobas con las tonterías que hacían Antonio
y sus amigos en la hoguera de al lado.
De repente abrí los ojos a eso de las 6 de la mañana. En el lago quedábamos
tres amigas tiradas en el césped y montones de basura por todos lados. No recuerdo
en que momento me quedé dormida, pero con la cantidad de chupitos
que bebí, como para acordarme. Giré la cara hacia el agua y allí estaba Antonio
sólo en la orilla, mirando al lago. Estaba desnudo y me dio como vergüenza mirarlo,
pero tampoco pude despegar los ojos de aquél trasero redondo. Me hice la
dormida con los ojos entrecerrados y seguí sus movimentos entrando al agua. Se
pegó un buen baño y cuando decidió salir yo estaba curiosamente excitada. Tenía
un cuerpazo de infarto. Era un tío grande y fuerte. Se le notaba que hacía deporte.
El pecho lleno de pelos rizados me dejó hipnotizada y cuando el agua dejó de taparle
lo de más abajo me moví sin querer. Antonio descubrió que estaba despierta
y se tapó con sus propias manos sin mucho éxito, avergonzado.
Se cubrió con una toalla y se acercó a hablar conmigo. Tuvimos una conversación
muy interesante y quedamos en que nos volveríamos a ver. Y de aquello han
pasado quince años. Es el hombre de mi vida.

Nieve dorada (4)

FOXMAN

—¿Tienes una historia? ¿También huyes de algo?

Preguntó Madelaine. Nada de lo que me contó podría compararse con cualquier anécdota mía. Sin embargo, y ya que me había relatado algo tan íntimo, pensé que sería una inconsideración no hacer lo mismo:

—Algo así. Todas las vacaciones de diciembre voy a St. Lorenz y siempre lo paso bien ahí. Pero esta vez el semestre se me hizo eterno y deseé que el invierno llegase lo más pronto posible. Verás: desde el año pasado estoy enamorado de una chica llamada Lizzie Smith. No es muy guapa y, aunque se ufana de ser única y extravagante, lo cierto es que eso es más una impostura que un hecho. No obstante, la quiero por ser quien es. Punto. La conocí en el club de aficionados a la animación que tenemos en la secundaria. Ahí realizamos debates y discutimos la horrible decadencia en la que han caído los estudios de animación nacionales. A veces nos prestan el salón de audiovisuales y su proyector para ver las películas y cortos que nos gustan. Es un buen lugar para conocer inadaptados. En la primera reunión, recuerdo que la vi sentada en los asientos del fondo del salón. Parecía como que no quería ser notada; pasar desapercibida ante todos. Asimismo, iba en compañía de su amiguita lesbiana cuyo nombre nadie sabe pero es por todos conocida como “Star”. Apagaron las luces y proyectaron la película Akira. Después de la función tuvimos un encarnecido debate en donde defendí mi postura acerca de la enorme deuda que tienen los japoneses con el cine de Ridley Scott y Terry Gilliam (más concretamente las películas de Blade Runner y Brazil). Creo que mi opinión no fue muy popular, pero recuerdo que Lizzie me miró con admiración. Desde ese día no paré de seguirla sin decidirme a hablarle. Era tanto su misterio que sentí miedo de que la idea que me estaba haciendo de ella no coincidiera con la realidad. Pero una tarde después de clases la encontré, por casualidad, fumando con Star adentro de las gradas de fútbol y me decidí. Dije que quería hablar con ella. Star refunfuñó algo y Lizzie dijo que estaba bien y que aceptaba charlar conmigo. Su amiga se fue y nos quedamos solos. Estábamos como en una penumbra y casi no podía verla a la cara. Le compartí de uno de mis chocolates que me compró mi mamá y ella aceptó. Hablamos de videojuegos, caricaturas extranjeras, grupos de rock, cine y de todas aquellas cosas que podrían parecerte infantiles pero que, para nosotros, significaban algo más. Lizzie no era lo que soñé, aunque tampoco se distanciaba mucho de mi ideal. Recuerdo que le comenté que en la mañana había roto una cuerda de mi guitarra al tratar de afinarla y ella me confesó su sueño de viajar a Japón y dedicarse a dibujar mangas. El resto fue silencio. Luego la acompañé hasta la estación de autobús más próxima y ahí nos separamos. La música es parte integral de cualquier persona y, en mi caso, al escuchar el estribillo de la canción de Interpol Obstacle 1 (el que dice “She can read, she can read, she’s bad”), me acuerdo de ella.

No sé si Madelaine me ponía atención. A ratos me miraba fijamente; a ratos sacaba su espejo y se acomodaba un mechón. Sin embargo, sentí consuelo al desahogar mi cuita y, sin saber si me escuchaba o no, continué:

—Desde ese día comencé a esperarla a la entrada de la escuela para acompañarla hasta su salón. Esto llegó a molestarla y me lo expresó, muy enojada, una de las tantas veces que lo hice. Ya no supe qué hacer y durante las reuniones del club ella me trataba fríamente. Los celos son algo nefasto y comencé a darme cuenta de que no era el único que estaba enamorado de Lizzie; esto me atormentó hasta lo indecible. Fue tanta mi desesperación que escribí una obra de teatro escolar que recibió moderados aplausos en su primera y única representación. Ella comenzó a tratarme como la mierda (perdón por la soez palabra) y la chica soñada se convirtió en una pesadilla. Me distancié, pues, de Lizzie y, a lo lejos, vi su desfile de novios ocasionales. Inclusive una vez tuve una confrontación con Star. Seguramente ella me vio como un rival y comenzó a increparme de un montón de cosas en las que yo no tenía nada que ver, sin embargo, al final me dijo algo muy extraño: “sigue así y quizá te haga caso en cuarenta años”. Terminé, desde luego, muy confundido. Luego que rompió con su último novio, y, sin ser precisamente amigos (Lizzie sólo te admite en su cerrado círculo de amistad si logras comprender su “locura”), comenzamos a tratarnos civilizadamente. En el club continué con mis apasionados argumentos y Lizzie me contradecía o apoyaba dependiendo la ocasión, aunque siempre sin mala voluntad. Una vez que jugamos a “la botella” la besé. Fue más un choque de labios que otra cosa: un beso hecho sin ningún arte, pero un beso a final de cuentas. Aun con la férrea voluntad que puso en no corresponderme, el recuerdo más dulce que tengo de ella es el siguiente: Fue en octubre, el mes en que cumple años. Conozco sus gustos, así que no fue difícil para mí saber qué regalarle. Llegó el día. Yo la esperé, impaciente, en el salón de audiovisuales. Entró. Le entregué el presente, sin esperanzas, sin esperar nada a cambio. A ella le conmovió que recordara su onomástico. Al abrir su regalo, pegó un brinco y gritó emocionada: “¡Oh, por Dios!” Luego, puso el disco que le regalé encima de un pupitre y, en contra de todo pronóstico, me abrazó con todas sus fuerzas. Yo me sentí como mantequilla en medio de sus brazos y, por un segundo, fui el hombre más feliz sobre la tierra. Al separarnos y declarármele pensé que de ahora en adelante nuestras almas serían, como dice un poema en prosa de Baudelaire, una sola. Mas ella me desengañó, ¿por qué me elevaba a los cielos y, de pronto, me dejaba caer a pique? Lizzie se dio cuenta que mi cerebro era incapaz de procesar tanta dicha combinada con tanta pena y me exhortó a que me calmara. Lo tomé lo mejor que pude y pensé que, a pesar de todo, el ansiado noviazgo no estaba muy lejos. Durante el viaje de regreso a mi casa en ómnibus, cerraba los ojos y me abrazaba a mí mismo para recrear tan maravillosa experiencia. No tardó mi existencia en convertirse un infierno cuando la vi, la semana siguiente, en la calle y de la mano de un hombre un poco mayor que ella. Quise agarrarme a golpes contra él, pero sabía que no tenía ninguna oportunidad. Los siguientes días me porté muy grosero y eso, en consecuencia, causó un serie de malos entendidos que no sé si tendrán solución.

El tren paró y, antes de apearnos, Madelaine comentó:

—Veo que ambos sufrimos por el amor.

—Yo no sufro por eso. Simplemente estoy solo.

 

Salimos para estirar las piernas y vimos que el café de la estación estaba abierto. Entramos.

Habíamos parado en la estación de Pamanuck. Un pueblo que, antes de que llegaran los ingleses, fue descubierto por el explorador novohispano Gerardo Ordaz López a finales del siglo XVIII. Cuenta la leyenda que él y su séquito murieron bajo las fauces de unos lobos hambrientos durante un cruento invierno. Quizá sea por eso que la localidad tiene fama de estar maldita. Lo cierto es que apenas y sucede algo ahí. Salvo por su rebuscada arquitectura victoriana que adorna el pueblo y que da la ilusión de estar atrapado en un pueblo inglés, no hay nada.

El local me gustó mucho por su modestia. Parecía como si estuviera pausado en algún momento de la posguerra. De hecho, me recordaba mucho al plató de una vieja película británica en blanco y negro cuyo nombre no recuerdo. Cerca del mostrador había un árbol de Navidad. Tomamos asiento y pedimos té y emparedados. De las bocinas de un equipo de sonido se escuchó un concierto de piano. Madelaine reconoció la pieza:

—Es el concierto para piano y orquesta número dos de Rachmaninoff, lo escuché una vez en el Royal Albert Hall.

No recuerdo haber probado antes un té más delicioso, ni haber estado en compañía más exquisita. Traté de no desanimarme ante el inevitable fin de nuestro viaje. Pasamos aquella hora hablando de temas menos personales y más superfluos. Fue un instante de felicidad que me pareció muy breve. Afuera nevaba.

Era de noche. El café cerró antes de que nuestro tren se retirara. Nosotros nos quedamos sentados en una banca admirando las pequeñas luces de una ciudad en el horizonte. Estornudé y, luego de limpiarme, levanté la vista y noté que pendía del techo un muérdago. Supe que tenía que aprovechar la ocasión que se me presentaba. Le comenté mi hallazgo a Madelaine y, ruborizada y sonriente, me dijo:

—¿Quieres acaso contagiarme tu catarro, Peter?

Y en un acto de desmañada galantería contesté:

—Créeme que valdrá la pena.

Le hizo gracia lo anterior, musitó un “¡Ay, Peter!”, nos tomamos de las manos, cerramos los ojos y principiamos el beso. Aun en un clima gélido como aquel sentí la tibieza de sus labios.

Luego dijo algo que, aún el día de hoy, me da vueltas en la cabeza:

—Me da mucho gusto haberte conocido.

Yo pedí disculpas por los malos entendidos que tuvimos a lo largo de nuestro viaje. Ella me contestó diciendo que no fuera tonto y que eso era parte del trayecto.

Y juntos y cogidos de las manos regresamos a nuestro vagón.

Ya adentro, Madelaine se sintió cansada y se recostó en su asiento. Le di un beso de buenas noches y el resto del viaje lo pasamos muy acurrucados, compartiendo una cobija y con nuestros meñiques engarzados debajo de ella. Tal vez no la había gozado como lord Andrew, pero para mí éste era un momento hermoso.

Tuve que despertarla con delicadeza durante la madrugada, pues ya estábamos por llegar a Reindeer Town. Madelaine se desperezó y me preguntó que qué ocurría. Le informé que faltaba poco para llegar a su destino. Ella se despabiló y me dijo:

—Supongo que es aquí cuando nos despedimos, querido.

—Madelaine, amor. ¿Te volveré a ver?

—Tal vez… Quizá… No sé…

—Podemos vernos en estos días: St. Lorenz no está muy lejos de Reindeer Town.

—¡Oh, querido Peter! No sé ni cuánto tiempo voy a estar ahí o si regresaré a Inglaterra antes de Navidad. Además, todos en mi familia son una bola de estirados.

—¿Ahora me rechazas porque soy un plebeyo?

—¡No digas tonterías, Peter!

—Entonces dame tu número de celular o algo para que podamos seguir en contacto.

—No lo recuerdo; nunca me marco a mí misma.

Quise tener control de mí mismo, así que crucé los brazos, desvié la mirada y le contesté:

—Entonces no me resta más que desearle una feliz Navidad a usted, lady Madelaine.

Al ver que faltaba casi nada para llegar a la estación, ella intentó consolarme diciendo:

—Peter…, sé que jamás podremos moldear la realidad conforme a nuestros deseos. Este ha sido un viaje maravilloso y si tú no hubieras estado en él hubiera sido muy amargo. Agradezco mucho tu compañía, en serio. No volvamos de esto un recuerdo funesto y dejémoslo así. Será mejor reencontrarnos en una mejor ocasión. Por favor, trata de entender que esta no es la mejor circunstancia y que yo tengo una vida en Inglaterra.

—¿Nada de lo que compartimos en este viaje significó algo para ti?

—Mira…, ¿por qué no nos prometemos una cosa? Recuerdas ese maravilloso café de la estación de… ¿cómo dices que se llama ese pueblo?

—Pamanuck…

—¿Qué te parece si nos volvemos a ver, dentro de un año, a la misma hora y a la misma fecha, en ese mismo lugar?

El tren paró, como esa era la única esperanza a la que me podía aferrar, acepté el trato.

—¿Juras, querida Madelaine, que nos volveremos a encontrar en ese lugar?

—¡Claro que sí, amor!

Antes de acompañarla a la salida, la abracé con mucha desesperación. Nos besamos por última vez y, a través de mi ventana, vi como salía de la estación y se perdía en el horizonte…

Y al sentirme solo de nuevo, todo lo que me sucedió, desde que salí de casa hasta la despedida de Madelaine, cobró un cariz ficticio.

Llegué por fin a la casona de mi clan. Mi abuela y mis tíos me recibieron con mucha alegría. Disimulé lo mejor que pude el desconcierto que me provocó el viaje y, asimismo, decidí olvidarme de todo: de Lizzie, de Madelaine y de toda esta puta vida. En Noche Vieja comimos haggis, y en Navidad, con el kilt puesto, me di la borrachera de mi vida. Luego de recuperarme de esa congestión alcohólica, mi tío Seamus fue a verme a mi cuarto para ver cómo estaba. Al observarme algo más descompuesto de lo normal, me preguntó:

—¡Peter, pequeño canalla! ¿Se puede saber por qué andas con el ánimo tan apagado?

Mi tío fue a la única persona que le conté mi historia. Una vez que terminé de relatar, se carcajeó, me dio una palmada en la espalda y dijo:

—Sé que no es lo mismo, pero eso me recuerda a mis días en la universidad de Edimburgo. Yo practicaba canotaje. Un día realizaron una competición cuyo premio sería pasar una agradable velada (ya sabes de lo que hablo, ¿verdad?) con una muchacha que habían rentado para la ocasión y que escondieron en una especie de granero. Con semejante motivación remé como nunca y gané. Entré, pues, al granero a reclamar mi premio. Ya ahí, admito que la sorpresa fue mayor de la que esperaba pues, para ser una mujer de mala nota, ella era hermosa. Era de cabellos dorados como tu Madelaine. Aunque la ilusión se disipó un poco cuando comenzó a hablar y detecté un acento cockney muy marcado (¿tú chica no será en realidad una de esas?). Como sea, hice lo que tenía que hacer y ya cuando me retiré no dejé de tener lástima por la pobre chica. Una vez me sentí tentado a viajar a Londres para buscarla, pues había pasado un momento increíble con ella, pero, a final de cuentas, llegué a la conclusión de que un buen polvo es un buen polvo y pensar que algo se va a repetir como la primera vez es pensar puras pendejadas. Un día que vayamos a Escocia te invitaré una puta.

Curiosamente, esa peregrina plática me ofreció mucho consuelo.

Regresé a casa sin olvidar, durante todo el año, la promesa que Madelaine y yo hicimos. Los días transcurrieron con parsimonia. Hubo muchos descontentos, la mayoría relacionados con Lizzie, pero la vida siguió su habitual rutina. No fue un mal año del todo, pero la esperanza de reencontrarme con Madelaine hizo tolerable todos los fracasos. Volvieron las vacaciones de invierno y, de nuevo y más impaciente que antes, hice mis maletas, me despedí de mamá con un beso y me fui a la estación. Esta vez no hubo tan mal clima, aunque tuve que compartir asiento con una vieja loca y su gato. El viaje fue incómodo, sufrí inexplicables retrasos y tuve momentos de amarga impaciencia al sentir que no llegaría a tiempo a la cita prometida. Sin más preámbulo y con un poco de retraso, llegué a la estación de Pamanuck. Noté algo diferente el lugar y ya no me gustó tanto. Tomé asiento en la mesa que, según yo, nos habíamos sentado el año pasado. Mi pierna no dejó de temblar. Luego divisé una silueta que se me figuró a la de Madelaine. Cuando le toqué el hombro y ella me volteó a ver, me entristeció encontrarme con un rostro que, aunque era igual de hermoso que el de Madelaine, no era ella. Le pedí disculpas y ella me dijo que no tuviera cuidado. Por alguna razón me hizo compañía y me dijo que se llamaba Audrey Ledoux y que esperaba a su esposa (un tal Ernest). Recuerdo que llevaba un niño en los brazos. Llegó su marido, que tenía apariencia de ser un médico, y se retiraron. Esperé hasta que el café cerró. Esperé un poco más, con un frío de los mil diablos y exponiéndome a pescar una pulmonía, en el andén de la estación. Abordé el último tren para pasar rápido a la casa de mi abuela y, ya estando ahí, inventar un pretexto y regresar, en la mañana, a la estación de Pamanuck. Hice eso y al llegar al café de la estación, desayuné un té y una magdalena con tranquilidad, pues ya estaba resignado a la idea de que Madelaine había roto su promesa.

Nieve dorada (3)

FOXMAN

Apenas volvimos a nuestro vagón, el tren se puso en movimiento. Como me sentía muy avergonzado por lo ocurrido, le sugerí a Madelaine que solicitáramos un cambio de lugares si no se sentía cómoda con mi compañía. Ella arguyó que no había ningún problema conque continuáramos el viaje juntos y que me debía una explicación. Tomamos asiento y me relató lo siguiente:

—¡Oh, Peter! No tienes ni idea del gran pesar que tengo. No he parado de huir de todos y, principalmente, de mí misma. Hasta hace apenas unos días conservaba en mi fuero interno eso que llaman esperanza, pero ahora…

Se soltó a llorar. Intenté consolarla mientras mojaba mi abrigo con sus lágrimas. Se tragó su llanto y continuó:

—Puede parecerte una niñería lo que te voy a contar, pero es increíble lo que una mujer es capaz de hacer por amor. En mi relicario conservaba la foto del caballero al cual le entregué todo lo que una jovencita enamorada, como yo, puede dar. Su nombre es lord Andrew y lo conocí un verano durante el campeonato de Wimbledon del año pasado. Yo iba en compañía de unas compañeras del internado que estaban enamoradas de uno de los contendientes. Practico un poco de tenis, más para mantenerme en forma que por afición. Para mí el torneo era un excusa para conocer a gente nueva. Aunque el partido no despertó mayor interés en mí, el rebote de la pelota hizo su efecto hipnótico y no paré de seguirla con la vista. También recuerdo que hacía un día soleado lo cual es un verdadero milagro en un lugar como Londres. Cuando terminó el primer set, escuché que alguien me preguntó: “Un juego reñido, ¿no le parece?”. Volteé la vista y lo vi. Sentado muy cerca de mí estaba un encantador y gallardo caballero del cual me quedé instantáneamente prendada. No supe qué responderle para no quedar como una tonta y le dije que me daba igual quién ganara. Me sonrió y me dijo que también para él era un partido mediocre. Yo estaba atónita de que un hombre como él me dirigiera la palabra pues me sentía insignificante en compañía de mis amigas. A comparación de ellas yo soy un poco rolliza de complexión y también un poco infantil (aún me gusta usar pijamas con unicornios y esas cosas). Sin embargo, me sentí contenta de tener alguien con quien conversar ya que mis compañeras estaban demasiado ocupadas babeando por su tenista. Durante el juego intercambiamos información: él me dijo quién era y yo hice lo mismo. Resultó que teníamos amistades similares. El corazón casi se me parte en mil pedazos al ver su anillo de matrimonio, ¡pero qué tonta me sentí! ¡Y cuánto sufrí aquel detalle después del partido! Después que terminó el partido, se ofreció a invitarnos una taza de té a mis amigas y a mí. Aceptamos encantadas, por supuesto. Recuerdo haberme visto en el espejo del sanitario y sentirme ridícula: no iba muy arreglada y estaba tocada con una ridícula visera. A mi favor diré que mi camisa hacía muy poco por ocultar el tamaño de mis pechos, que sin cirugía eran más grandes que los de mis compañeras. La charla fue amena y el té espléndido, pero tuvimos que dejarlo pronto pues habíamos programado para ese día una agotadora sesión de compras. Lord Andrew se despidió de nosotras con mucha cortesía y yo me despedí de él con el ardiente deseo de volver a verlo. “Menudo ligue te anotaste, africana”, me dijo Casandra, la compañera más puta que tengo y que se ha acostado con medio Reino Unido. Yo intenté negarlo y hasta saqué a la luz el detalle que estaba casado; eso evidenció todavía más el hecho de que estaba interesada en él.

Su relato se vio interrumpido porque uno de los revisores nos preguntó por nuestros billetes. La inesperada intimidad que había tenido con Madelaine nunca la tuve con Lizzie. Con la primera no tenía nada en común y, no obstante, quien nos viera de lejos y no nos conociera creería que éramos amigos de toda la vida e, inclusive, amantes. Con la segunda me unían tantas cosas que aun el día de hoy me sorprende que seamos poco menos que conocidos. Luego que le mostramos los billetes al revisor, ella continuó:

—Creo en el destino; más de una vez he comprobado esta afirmación que no puedo explicar con simples palabras. Como fui educada bajo los más firmes valores anglicanos, creo fuertemente en la predestinación. Un día una amiga me invitó a una fiesta que se celebró en una exclusiva mansión de la campiña. Fue una alegre reunión, nada del otro mundo, hasta que volví a ver a lord Andrew. Me lo encontré mientras intentaba hallar la salida de un laberinto de pasto. Él estaba admirando unas estatuas grecolatinas que adornaban la fuente ubicada en el centro. Me sobresalté al verlo y tiré la copa de champán que me estaba bebiendo. Se veía espléndido con su esmoquin. Él me saludó con una reverencia y yo le respondí de igual manera tocando los pliegues de mi vestido rosa con mis guantes blancos. Pregunté por el camino de regreso, pero él insistió en que lo acompañara y que, juntos, halláramos la salida. Sería imposible explicar la enorme emoción que sentí al agarrarme de su brazo. Platicamos de nimiedades. Una vez que salimos del laberinto, él me invitó a que pasara las vacaciones de invierno en su casa y, como éramos parientes, no fue difícil convencer a mis padres a la hora de solicitar su permiso. Aquel semestre en el internado fue para mi eterno, pues no paraba de contar los días para reencontrarme con mi adorado lord Andrew. Soñaba con casarme con él. Después de esa tortuosa espera, llegó el día y conocí a su hermosa familia. Su esposa y sus hijos eran encantadores. Sentía felicidad en medio de mi desdicha. Era feliz siempre y cuando estuviera cerca de lord Andrew.

El mensaje de un altavoz interrumpió su anécdota: Nos advertía que, debido a la tormenta de nieve, el paso del tren sería más lento y rogaba porque disculpáramos esa molestia. Ella no se mostró muy impaciente por llegar a su destino y prosiguió:

—Juro que nunca vi un matrimonio más feliz que el que tenían lord Andrew y su esposa. Creí que para él yo no era más que una mocosa; prácticamente una hija. Pero, en aquella mañana de Navidad, recibí un regalo por parte de lord Andrew que me devolvió las esperanzas: me obsequió el relicario que contenía una foto suya; aquel mismo que tiré a las vías. Estaba muerta de amor y, una noche, una en que un ardiente insomnio no me dejaba dormir, salí de la recámara donde me alojaba para tomar un vaso con agua. Recuerdo que nada me sosegaba pues di mil vueltas en mi cama e, inclusive, llegué a realizar solitarias prácticas nocturnas que, aunque no son ajenas a nosotras las mujeres, nos da vergüenza admitir que disfrutamos plenamente de ellas. Después de beber agua directamente del grifo, pues tenía mucha sed, y al tomar el camino de regreso a mi habitación, vi que la puerta de la biblioteca estaba abierta. Mi curiosidad fue más fuerte y decidí entrar. Encontré a lord Andrew, vestido con un albornoz y leyendo un tomo bellamente encuadernado de Dickens. ¿Holgará decir que él podría pasar, sin ningún problema, como mi padre y que, de hecho, fueron compañeros en el internado Eton? Sería más revelador, en todo caso, relatar mi poca decorosa apariencia: llevaba puesto un camisón que hacía muy poco por ocultar lo que es conveniente que no se vea de una jovencita. Él se desconcertó por mi inesperada intromisión y yo le contesté que fui por un vaso de agua, asimismo, le dije que no tenía sueño y que si podía disfrutar un poco más de su compañía. A él le encantó la idea y notó que en mi cuello llevaba el relicario. Le dije que me había encantado. Platicamos. Una cosa llevó a la otra. Yo le confesé mi amor. Él me llenó el cuello de besos. Cerró la puerta de la biblioteca y yo le entregué aquello que una mujer da y ya nunca vuelve a recuperar. Llegó el amargo día en que tuve que regresar a mi casa y lord Andrew, naturalmente, se ofreció a llevarme a la estación. Como una forma de despedida, terminamos haciéndolo, también, en los asientos de su Rolls Royce. De regresó al internado ya no era la misma. Sabía que mi amorío no conduciría a nada. Me sentía rota por dentro, sin embargo, tuve algunos encuentros fortuitos con lord Andrew: siempre que estaba en Londres, me escapaba de mi cautiverio, cenábamos y terminábamos en un hotel de Piccadilly Street. A veces, mientras contemplaba, sola, las calles a bordo de un ómnibus carmesí, no dejaba de sentirme sucia y vacía. Hubo una temporada en que no supe nada de él y sentí que la vida se me iba. Disimulé lo mejor que pude mi estado de ánimo cuando estaba con mis compañeras para que no sospecharan. A nadie, excepto a ti, le he confesado esto. Pero lo que realmente me destrozó el alma sucedió hace poco y es por eso que ando de fugitiva. Estoy en el Canadá porque mis padres quisieron visitar un pueblo montañés que es muy frecuentado por los aficionados al esquí. Ya adentro del hotel, mis padres y yo bajamos a la recepción y ahí nos encontramos, ¡oh, qué pequeños es el mundo!, a mi lord Andrew. Él se portó encantador con mis progenitores, como es natural, y nos invitó a una fiesta que se realizaría en una finca suya muy cerca de donde estábamos, a la cual aceptamos ir muy complacidos. Se despidió de ellos como el perfecto modelo de cortesía y caballerosidad que es, y de mí, con una genuflexión y un abrasador beso en mi helada mano que la calentó más que todo el calor de la chimenea del lobby. La vida casi se me fue con un suspiro, pero noté algo inusual: no vi ni a su esposa ni a sus hijos.

Hizo un pequeño mutis. Recuerdo su perfil enmarcado por la ventana (una ventana que era como la nada misma pues todo se veía obscuro a través de ella) y se me asemejó al de una estatua de mármol. El tren llevaba horas sin moverse, pero no las noté. Al lado de Madelaine era incapaz de percibir el transcurso del tiempo.

—Ilusionada, me vestí con mis mejores galas. Quise realizarme un cambio de look y me hice este tocado alto que ves. Abordo del coche de mis padre, y desde mi ventana, vi a una cierva trotar por un umbrío bosque. Llegamos a la finca. Hacía una maravillosa noche estrellada. Entramos a la estancia. El salón estaba atestado de las mejores familias de Inglaterra y Canadá. Conocía a todos y ellos también me conocían. Pero no encontraba a lord Andrew. Desesperada, tomé mi abrigo y salí a buscarlo. El álgido viento del exterior lastimaba mi cutis. Temía pescar un resfriado, pero nada me importaba con tal de verlo una vez más. Entré, por pura casualidad, a una caballeriza y, en medio del establo, escuché muchos jadeos. Mi sorpresa aumentó al ver que se trataba de lord Andrew disfrutando de mi compañera Casandra. Me llevé la mano a la boca, pero no pude reprimir un gran sollozo. Al sorprenderlos infraganti él gritó ¡Madelaine! y ella ¡africana! Salí de ahí dejando un rastro de lágrimas. Fingí ante mis padres tener una indisposición y regresamos a nuestro hotel de inmediato. No recuerdo noche más amarga que la que pasé ayer. Lloré hasta caer dormida. Desperté en la madrugada. Sentí la urgencia de huir, escapar. Dejé una nota en mi recámara advirtiéndole a mis padres que me iría a la finca de mi tío el duque. Abordé un taxi que me dejó en la estación de trenes más cercana y, como no tenía mucho efectivo y mis tarjetas estaban sobregiradas, compré un boleto de clase económica. Encontrarnos quizá fue algo fortuito, pero… ¿qué en la vida no lo es?

Nos quedamos en silencio un rato. Luego, el tren comenzó a marchar.

Nieve dorada (2)

FOXMAN

Eran las cinco de la tarde. Afuera nevaba y hacía un frío de los mil diablos. Aún faltaba mucho para llegar a Reindeer Town y un poco más para St. Lorenz. Entré a la cafetería de la estación de Vermillon (que fue en la que paramos). Me sacudí la nieve que se había acumulado en mis hombros, mas, ¡ay!, encontré un delgado y fino pelo que parecía un hilo de oro, y lo guardé en mi bolsillo. El local estaba lleno porque habían parado ahí un grupo de cazadores. En el mostrador ordené un café americano, no obstante, tuve que repetir mi orden pues Vermillon es un pueblo de franchutes y no me entendieron a la primera. Busqué un lugar que estuviera desocupado y el único vacío que encontré era en la mesa donde estaba sentada mi compañera. Pensé que ante mí se hallaba una oportunidad única. Fui a su encuentro y le pregunté:

—Disculpe… ¿Puedo tomar asiento?

Ella volteó a verme. Sus ojos estaban enrojecidos. Estuve a punto de marcharme cuando ella misma me detuvo.

—Puede sentarse si usted gusta.

—Temo ser inoportuno, señorita.

—No se preocupe. Es sólo un poco de conjuntivitis; nada grave.

El subterfugio era absurdo, pero fingí incredulidad. Tomé asiento y ella me ofreció de sus caramelos. Acepté uno con mucho gusto.

—¿Viene muy seguido a Canadá?

—¿Eh? Sí…, pero es la primera vez que lo hago sola. Me fugué de una fiesta, ¿sabe?

—Debió ser una muy aburrida.

—No tiene idea —si bien esbozó una pequeña sonrisa, presentía que algo la angustiaba. Tomó un caramelo y lo paladeó con desgana.

—Pues bien, ya que vamos a ser compañeros de viaje durante un largo rato, sería bueno que nos presentáramos. Soy Peter, Peter MacLeod. Un placer.

—Yo soy lady Madelaine. Encantada.

Cómo no sabía si se estaba inventando un título nobiliario (¿para impresionar a quién?, ¿a mí?), de todas formas, le besé la mano, hice un reverencia y la traté de “alteza”. Ella, un poco azorada, me dijo que tampoco era para tanto, que por favor le hablara de tú y que si pertenecía a la nobleza era por una línea consanguínea muy rebuscada, que ni ella se molestó en describir ni yo intenté, tiempo después, en indagar.

—¿Y cómo es la vida allá en la madre patria?

—Terrible. Me la paso en un estricto internado para señoritas y, cuando salgo de vacaciones, tengo que asistir a reunión tras reunión de estirados. A veces es divertido, pero otras veces… ¿Sabes? Aunque me crié en Londres, nací en Sudáfrica. Mis compañeras me molestan diciéndome la africana, es estúpido, ¿no te parece? ¿Y cómo es la vida aquí? ¿Se divierten, hacen cosas interesantes?

—Aquí la vida es igual de aburrida que ver crecer el pasto.

—¿Pero no tienes, digamos, sueños, aspiraciones?

—Sueño con algún día visitar la tierra donde nació mi tatarabuelo: Inverness. Y la única aspiración que tengo es terminar el instituto y estudiar arquitectura o algo así.

—Desearía tener un sueño; no recuerdo si alguna vez tuve uno… ¿Dices que quieres viajar a Inverness? Yo he estado ahí. Es maravilloso pasear en bicicleta por el campo y ver los castillos. Pero lo que no soporto es el ruido de las gaitas: cada vez que escucho una me imagino que están asesinando a un ganso. Por cierto, ¿crees en el monstruo del lago?

—Aún creo en Santa Claus.

Rio.

—Hablo en serio, Peter. Porque yo sí creo que ahí hay una bestia marina.

—¿También crees en Santa Claus? Frank Baum hizo una biografía bastante confiable y verídica sobre él; con una evidencia tan fuerte no se puede discutir.

—Yo creí en el padre de la Navidad hasta los siete años: Recuerdo que lo que más quería en la vida era un poni y recibí uno en esas fechas. Se volvió inmediatamente mi mejor amigo. Yo le daba de comer, le peinaba su pelaje y lo llevaba a beber a un abrevadero. El servicio se encargaba de limpiar su establo (¡es de ver la cantidad de popó que fabrican esas criaturitas!). No había mayor alegría para mí que montar sobre mi Estrella (pues así se llamaba). Lamentablemente, el gusto de tener un poni me duró poco pues enfermó. El día que murió estuve inconsolable, ¿por qué Dios me quitaba lo que más quería? Fue terrible enfrentarme a la idea de la muerte a tan temprana edad. Luego, no sé por qué, pensé que era estúpido que Santa Claus fuera capaz de meter un poni adentro de la chimenea. Lo cierto es que ningún otro regalo pudo superar aquel y, en consecuencia, perdí la ilusión en las fiestas decembrinas. Debo parecerte un tonta, ¿no es así?

—Para nada.

El choque de los cubiertos, los murmullos en francés y una extraña canción campirana franco-canadiense que sonaba en la rocola hizo que me sintiera como en otro país; incluso pude notar que  Madelaine lo disfrutaba. Aunque nunca dejó de inquietarme su melancolía, creo que nuestra pequeña charla la tranquilizó.

—Si te soy franca, nunca he podido entender el francés canadiense: Para mí suena como a griego. ¿Te importa si salgo a fumar? De todas maneras creo que ya es hora de que regresemos al tren.

Dije que la alcanzaría en nuestros lugares pues quería comprar chucherías para el viaje. No comprendía lo que me estaba sucediendo. Ella me gustaba pero sus abruptos cambios en el hilo de su conversación me desconcertaban sobremanera. Al menos ya no pensaba en Lizzie lo cual, para mí, ya era una ventaja. Terminadas las transacciones, salí al andén. Luego, vi a Madelaine de espaldas dirigiéndose hacia la dirección contraria. Escuché el silbato de un tren. Ella había rebasado la línea de seguridad. No me pareció que estuviera consciente de lo que hacía. La máquina rugía, cada vez más cerca. Tiré mi bolsa de plástico y corrí en pos de ella. Entretanto, Madelaine extendió sus brazos como un Cristo crucificado; como si estuviera a punto de saltar de un trampolín. La tomé de la cintura y la aparté de ahí, sin embargo, ella puso resistencia. El tren paró su marcha sin mayor consecuencia mientras yo forcejeaba en el piso con una loca.

—¡Suéltame imbécil!

—¡Madelaine! ¿Te encuentras bien?

—¡Quita tus sucias manos de mí! ¡Pervertido!

No supe qué responderle y, para mi mala fortuna, llamamos la atención de un revisor y de la gente que acababa de apearse. Me separé de ella y un policía me levantó del piso, me tomó del cuello y me pidió que le diera una explicación antes de llevarme a la comisaría. Muerto del miedo, aunque en mi fuero interior sabía que era inocente, grité:

—¡Ella quería tirarse a las vías!

—¿De qué estás hablando, idiota? —respondió Madelaine llorando.

Cuando volteé a verla, noté que de su cuello ya no pendía el relicario con forma de corazón. Tenía que esclarecer el malentendido si no quería recibir una injusta amonestación.

—Bueno, creí que ella iba a tirarse a las vías ya que había sobrepasado la línea de seguridad. No sé si en Inglaterra tienen la costumbre de esperar el tren casi rebasando la orilla, pero yo actué conforme a los valores éticos con los cuales me educaron mis padres. Acepto que pude malinterpretar las intenciones de la señorita, así que le pido una sincera disculpa si la importuné, pues no fue mi intención hacerlo.

Mi perorata, más que beneficiarme, hizo que todos los ahí presentes quisieran lincharme.

—¡Eso que te lo crea la puta de tu madre, cerdo degenerado! —respondió el oficial. Pero, ya cuando me hacía a la idea de pasar la Navidad en una celda, Madelaine abogó por mí:

—Le creo y lo perdono.

Todos los ahí presentes quedaron atónitos.

—¿Está usted segura, señorita?

Sonrió despreocupada y dijo:

—Estoy convencida de que el caballero malinterpretó mis intenciones. Aunque apenas lo conozco, estoy convencida de su inocencia. Verá, señor oficial: yo me acerqué peligrosamente a las vías, no con la intención de poner fin a mi vida, sino para desprenderme de un doloroso recuerdo que me aprisionaba como una pesada cadena.

—¿Puede ser más clara, señorita? Que no entiendo nada de lo que dice.

—En pocas palabras, tiré un relicario en las vías y el caballero, al ver mi ritual de liberación, imaginó otra cosa y actuó como actuó. Admito, yo también, mi descuido: no debí rebasar la línea ni tirar basura a las vías del tren.

El oficial, confundido, me dejó en paz y nos dio un sermón no sin antes desearnos unas felices fiestas.

Las fotografías de la Luna

MARCELA VARGAS

Una noche, una muchacha caminaba sobre una vereda de un barrio llamado Chacra 148. La joven iba triste, como siempre, porque quería hacer muchas cosas, tenía importantes planes para su vida. Sin embargo, no podía cumplirlos porque ellos requerían entablar relaciones con las personas. Y ahí estaba su debilidad: se sentía una niña apocada y solitaria. Su anhelo era superarla para poder alcanzar su objetivo, pero con eso no bastaba. En este sentido, uno de sus grandes sueños era tomar la fotografía perfecta de la luna, que durante tres días luciría un tamaño considerable y un hermoso color añil. Un lucero cercano complementaría la belleza del satélite terrestre. El problema era que en la comunidad, había un gran grupo de fotógrafos quienes, como profesionales, no se perderían el evento. Si ella quería captar la imagen, debía tomar contacto con ellos, cuestión que, de sólo pensarlo, la inhibía. Su deseo era estar sola en el espacio verde del barrio y tomarse el tiempo para hallar la ubicación adecuada a fin de sacar de una única vez la mejor foto e irse inmediatamente.

Pero ella estaba decidida a eternizar el momento, así que se dirigió al lugar mencionado. A medida se iba acercando, veía que algunos fotógrafos se retiraban tras la sesión. Esperó que el sitio estuviera vacío y se encaminó hacia allá. Una vez allí, alzó la vista y vio una grandiosa luna azulina, junto a una estrella esplendente. Ella se creía capaz de perdurarlas como Dios mandaba, pensaba que nadie lo haría mejor. Preparó su cámara digital compacta, accionó el botón, pero le falló el pulso y la imagen salió fuera de foco porque la muchacha se asustó debido a las risas que escuchó. Eran las de dos jóvenes a quienes no había visto dada la pobre iluminación. Estaban apuntando al cielo dos cámaras fotográficas de gran calidad. Ante eso, la muchacha se cohibió. Los chicos la vieron cuando intentó obtener la foto y se rieron de la situación. La joven, angustiada, se retiró torpemente.

Al atardecer del día siguiente, la chica se fue a pasear. Atravesó gran parte de la plaza del barrio próximo, y en el trayecto pensaba en la gente, a quien sólo veía de reojo. Se sentó en un lugar apartado para descansar. Nadie la miraba, excepto por un adulto mayor que la observaba, sonriente. El hombre estaba sentado en el banco ubicado frente al de ella. La saludó, tratándole de señorita. Le habló del fenómeno de la luna y le dijo que no entendía por qué el grupo de fotógrafos sólo se reunía para tomar una única imagen de momentos como ése. “Yo no sé por qué se compran cámaras si no las van a usar”, expresó.

Más tarde, la joven continuó su camino. En la orilla de un arroyo, vio a muchos vecinos agolpados y a oficiales de Policía. Es que flotaba el cadáver de un hombre. La muchacha quedó impresionada, nunca había visto en primera persona la muerte concreta de un ser humano. También se sorprendió de cómo la gente se asombraba, se compadecía, y consolaba a quienes parecían ser parientes del fallecido. Observaba el trabajo de los policías. Y no se sintió tan sola. Había sido que las personas se interesan por sus pares, al menos, en determinadas circunstancias.

La chica prosiguió la marcha y vio que una de sus vecinas de edad recibía la visita de otras tres mujeres coetáneas. La primera les manifestaba su pesar por la muerte de su hijo –la chica sabía que había fallecido hacía muchísimo tiempo-. A la muchacha le pareció que la dama se había hundido en el recuerdo y que si todas ellas se llegaran a enterar de la presencia del cadáver en el arroyo, o peor aún, llegaran a verlo, se chocarían con la realidad.

Luego, la joven emprendió el camino de retorno a su barrio, más específicamente, al espacio público, al lugar privilegiado para observar el fenómeno de la luna y la estrella. Allí, encontró a los dos jóvenes que se habían mofado de ella y su cámara. Estaban  intentando sacar la mejor fotografía de una sola vez. Ella se acercó al lugar, y no le importó sus burlas. Sacó su cámara compacta y comenzó a realizar varias fotos, numerosas, desde muchos ángulos y con distintos filtros. Los muchachos se sorprendieron de la predisposición de la chica y de su perseverancia. Más todavía cuando se dieron cuenta de que no buscaba la mejor foto, sino de que disfrutaba practicando.

Nieve dorada (1)

FOXMAN

 

And love is like a high prison wall

But you could leave me standing so tall

Fragmento de la canción Gold de Spandau Ballet

 

When I hear the engine pass

I’m kissing you wide

The hissing subsides I’m in luck

When the evening reaches here

You’re tying me up

I’m dying of love

It’s OK

Fragmento de la canción Trains de Porcupine Tree

 

Hice mis maletas, me despedí de mamá con un beso y me fui a la estación. Ya ahí, compré un boleto para St. Lorenz: un pueblo perdido en algún lugar de la Colombia Británica. Y mientras esperaba en el andén vi, por uno de los televisores, el informe del clima. Al parecer, iba a caer una tormenta de nieve. No le di ninguna importancia pues, con tal de estar en la mansión de mis familiares, los MacLeod, lo más pronto posible, era capaz de cualquier cosa. Necesitaba con desesperación estar bajo el cobijo de la gran chimenea de la sala, sosteniendo una taza de chocolate caliente al mismo tiempo que miro, a través de la ventana, cómo la nieve cae. Inclusive, recuerdo que hasta tenía ganas de componer una triste canción en la vieja guitarra Martin de mi tío Seamus. Asimismo, quería atiborrarme de comida, dormir muchas horas y olvidarme de Lizzie Smith. Pensaba en ella a menudo y, sobre todo, en lo que nunca fuimos.

Abordé el vagón y me senté cerca de la ventanilla. Cuando viajo me gusta admirar el paisaje, aunque sólo sean ocho horas de ver bosque tras bosque de pino. Me repanchingué y, antes de que el tren se pusiera en movimiento, caí dormido pues estaba desvelado. Soñé que paseaba por el zoológico en un día nublado y que Lizzie me esperaba en una isla que se asemejaba a un quiosco. Yo me quedaba viéndola desde la orilla pues en mi sueño no había una valsa que me llevara hasta ella. Sentí tristeza.

Desperté con la sensación de haber invernado hasta la primavera, pero, al revisar mi reloj, vi que tan sólo descansé una hora. Me sentí muy repuesto y quise tomarme un té en el vagón-comedor. Al voltear la vista noté que el otro asiento ahora estaba ocupado por un bolso y un chal, mas no vi a la dueña de esas pertenencias. No me despertó mayor curiosidad y me fui.

El comedor estaba vacío y mi taza humeaba. El paisaje que veía a través de mi ventanilla era insuperable: El cielo estaba nublado, nevaba y, al fondo, una colosal montaña se reflejaba en un inmenso lago circundado por un bosque de arces. Manché de vaho mi ventana y dibujé un kanji. A Lizzie le gusta dibujar esas cosas. Pensé que sería cómico encontrarnos en el tren, pero recordé que ella ni de coña traería un bolso como el que vi ni un chal de seda engarzado en el cuello (quizá una bufanda de estambre sí). Además, soy el único que conozco que pasa la Navidad en St. Lorenz. Sin nada más que hacer, me puse mis audífonos y escuché mi música. Almorcé, mientras tanto, una baguette con salami que traje desde casa y dejé que mis pensamientos se anegarán de una nostalgia indigna para alguien que había vivido tan poco (en ese entonces tenía dieciséis años). Luego, me perdí en la contemplación del paisaje hasta que mi ventana se empañó y, en consecuencia, me hizo imposible ver algo. Fue entonces cuando la vi: Estaba sentada hasta el fondo del vagón. Sorbía con delicadeza su taza y su porte me resultó aristocrático. Su cabello era el más rubio que había visto en toda mi vida y lo tenía arreglado con un peinado alto. Llevaba puesto un abrigo con botones muy grandes. Se veía linda, aunque aparentaba más edad. En primera instancia creí que era imposible que ella fuera mi compañera de viaje, pero al ver que llevaba puesto el chal enredado en el cuello y que su bolso colgaba de un perchero, ya no me quedó la menor duda. Un escrutinio más detallado me reveló que iba muy maquillada, como si se hubiera arreglado para una reunión. Además, de su cuello colgaba un relicario de oro con forma de corazón, mismo que a veces miraba con un cierto dejo de tristeza. Después de unos minutos, tomó sus cosas y se marchó. Quise seguirla al instante pero preferí terminar con calma mi té.

El pasillo se me hizo eterno y cada paso que daba me henchía de emoción. No creo en el amor a primera vista, sin embargo, ese encuentro fortuito me hizo recobrar las esperanzas que se fueron desmoronado durante todo el año. Nos esperaba un viaje largo y, aunque ella se apeara en la estación más próxima, calculé que tardaríamos en llegar tres horas; tiempo de sobra para iniciar una relación (y con el mal tiempo, quizá hasta serían más). Antes de descorrer la puerta que comunicaba con nuestro vagón, me quedé quieto y la observé un breve instante por la ventanilla. Por ridículo que parezca, estaba indeciso de si ir para allá o no. Caminé hasta mi asiento y la encontré hablando por su celular. No reparó en mí al momento y tuve que interrumpir su conversación para que me dejara pasar a mi lugar. Se hizo a un lado, me ofreció una disculpa y me permitió el paso. Todo esto lo hizo sin voltear a verme. Me sentí desilusionado (¿pero de qué?). Escuché su conversación y no sé porqué se me erizaron los pelos al notar un inconfundible acento británico salir de sus labios. «¡Pero qué opio, querida!», dijo ella. «La recepción, los invitados, la fiesta. Juro que si me quedaba un momento más me moriría. ¿Qué a dónde me dirijo? A la finca de mi tío, el duque Holdsworthshire, en Reindeer Town». Al escuchar lo anterior, creí que le estaba tomando el pelo a su receptora. ¿Una noble sentada junto a mí? ¿En clase económica? ¡Ni en mis más disparatadas fantasías! Yo, en cambio, siempre me sentí orgulloso de que mis ancestros fueran unos hidalgos pertenecientes a un clan que se mantuvo fiel a la corona inglesa y que luchó contra sir William Wallace. Mi tatarabuelo, Peter MacLeod (que también es el nombre de mi padre y el mío) emigró a Canadá a mediados del siglo XIX e hizo una modesta fortuna fabricando tocino, que, aún hoy, sigue siendo el negocio familiar. Mi condición era mediana, pero en esos momentos deseé no ser un plebeyo. Cuando mencionó que bajaría en la estación de Reindeer Town, me tranquilicé, pues era una antes de la mía. Aún faltaba mucho trayecto. Ella se puso de pie, seguramente para ir al baño, y continuó con su coloquio. Debo hacer notar que el vagón no estaba muy lleno, ¿acaso ella eligió el primer asiento que le asignaron? ¿Tanta prisa llevaba? Yo quería un lugar ubicado en la ventana y me alegré de que hubiera muchos disponibles, ¿no pudo ella hacer lo mismo? Después de un rato regresó: lucía molesta. Unos minutos más tarde cerró los ojos y yo traté de aparentar que su presencia no me turbaba, sin embargo, una vez que tomó su siesta, su cabeza se fue inclinando lentamente hasta tocar mi hombro. No supe si sentirme dichoso o despertarla con delicadeza y decirle que estaba invadiendo mi espacio personal. Huelga decir la decisión que tomé ante ese dilema: Dejé, pues, que su rubia cabellera descansara en mi hombro; no tenía queja alguna.

Para alejar los pensamientos indecentes, recordé todo lo que suelo hacer durante el invierno. Por ejemplo: cuando el viejo estanque de St. Lorenz se congela, mi tío Seamus, sus colegas y yo, salimos a jugar curling con los otros vecinos. Siempre me toca ser un sweeper, función que yo desempeño encantado, aunque cada vez que le cuento mis proezas a mi madre, ella me reprende de la siguiente manera: «¡Pero mira qué bien, jovencito! Para barrer el agua congelada te luces como ninguno, pero cuando se trata de ayudar con el que hacer de la casa siempre buscas cómo salirte con la tuya». Mi madre no entiende de tradiciones escocesas.

Luego, recordé que, en el vagón-comedor, mi compañera se sentó con las piernas cruzadas y, a pesar de que estaban cubiertas por unas medias de lana, se podía intuir que las tenía bien torneadas. No pude apartar de mi mente eso ni de imaginármela con nada puesto salvo esas medias.

Cómo no tenía otra cosa con qué entretener mi vista, la miré. Creo que ni un hada se vería más hermosa que ella cuando duerme. No sé cuánto tiempo pasé observándola, pero una vez que el tren se detuvo en una estación, ella se despertó. Despegó su cabeza con tanto sobresalto que lo sentí como si me hubieran amputado una extremidad.

—¡Oh, Dios mío! Disculpe la molestia que le cause.

—Descuide. No hay cuidado.

—¡Pero qué vergüenza!, desde que salí de Inglaterra no he parado de hacer el ridículo. Con su permiso, caballero ––se puso de pie y taconeó hasta el andén.

El altavoz anunció que haríamos una parada de una hora. Me quedé sentado un rato. Atónito. Como si me hubieran despertado de un hermoso sueño.

Quiero conocerte

PILAR CUÉLLAR

Marco era un muchacho valiente y decidido, vivía en un lugar en el que el sol se juntaba con el mar y las estrellas se dibujaban en la arena. Tenía una casa cerca de la playa y desde la ventana del salón, escondido entre las cortinas, veía a las sirenas que saltaban cerca de la orilla. Siempre era a la misma hora: las nueve y media. Seguramente cuando en la playa ya no quedaba nadie.

Las sirenas eran muy hermosas, chapoteaban y jugaban en el agua. Las gotas salpicaban la arena fina, sus colas de escamas brillaban como el arcoíris, los cabellos largos y

dorados sobrepasaban sus hombros.

Marco era feliz. Desde los cinco años no faltaba a la cita. Ahora a sus quince deseaba acercarse a la playa, ya no quería seguir escondido entre aquellos visillos beige.

Tenía que pensar muy bien su estrategia: ¿Como lo haría? ¿Las asustaría? ¿Le hablarían? ¿Él las entendería? O simplemente ¡Nadarían con él!

Marco se decía:

-Solo quiero conocerlas y que me enseñen historias sobre el mar y si es cierto todo lo que se cuenta sobre ellas.

Al muchacho le preocupaba la manera de comunicarse, ya que desde que nació no podía oír bien, tenía una pérdida de audición severa y necesitaba unos aparatos que se ponen en las orejas llamados audífonos.

Marco también había aprendido el lenguaje de los signos y a leer los labios. A sus padres, familiares y amigos ya los conocía y les leía los labios perfectamente y algunos de ellos habían aprendido ese lenguaje y se comunicaban sin problema.

Cuando era más pequeño le costaba un poco acostumbrarse a aquellos aparatos que, le picaban las orejas y a veces le hacían ruido.

Los compañeros le señalaban en él colegio, algunas personas, cuando pasaban a su lado, no dejaban de mirarle durante un rato.

– ¿Porqué me miran y me dicen que soy sordo? si ¡ya lo sé! -decía Marco a sus padres con una voz llena de sonidos que resonaban en su garganta.

Sus padres le miraban a los ojos y le decían:

-Te miran porque eres lo más bonito y especial que camina a nuestro lado.

A Marco le gustaban esas palabras que siempre le decían sus padres. Pero sabía que sus papás a veces, cuando la gente murmuraba, ellos se ponían tristes, aunque disimulaban.

Un día Marco decidió enseñarles a sus compañeros y amigos algo que seguro les haría cambiar su manera de pensar hacía alguien con necesidades especiales como él u otras personas que necesitan el apoyo de otra para poder realizar cualquier tipo de actividad.

Nuestro amigo llegó a clase con una fotografía que su padre había sacado un día de lluvia. Era una foto muy bonita de una hoja verde llena de gotas de agua.

Fue preguntado uno a uno:

– ¿Qué veis? – decía.

Todos contestaban lo mismo.

– ¡Vemos muchas gotas de agua en una hoja verde!

– ¡Muy bien! pero hay algo más, mirad bien. Les decía.

Una niña rubia que se sentaba siempre al fondo de la clase y que no solía hablar mucho contesto:

-Son gotas de diferentes tamaños, no hay ninguna gota igual, todas son hermosas.

Marco se quedó mirándola durante el segundo mas largo de su vida.

– ¡Eso es! Cada uno de nosotros y nosotras somos diferentes, no somos iguales y eso es lo que nos hace ser especiales.

Los compañeros de marco no sabían que decir, se miraban unos a otros y aunque no hablasen en ese momento, sus caras reflejaban enfado y vergüenza por su comportamiento. Se habían dado cuenta de que no se habían portado bien con algunos compañeros y sobre todo con Marco.

Desde aquel momento las cosas empezaron a cambiar y en la clase todos se respetaban y se ayudaban e incluso Marco en los recreos enseñaba lenguaje de signos.

Ahora lo que ocupaba la mente de Marco, a sus quince años, era conocer a las sirenas que veía desde su casa.

La noche del doce de agosto del año 2005, alrededor de las nueve y media, casi a hurtadillas, Marco salió de su cuarto, tiró del pomo de la puerta y cerró. Atravesó por el

pasillo en el que la alfombra le impedía el ruido de sus zapatos al caminar.

La habitación de sus padres estaba cerca, vio que salía luz por debajo de la puerta.

-Seguro que papá y mamá están leyendo, decía.

Él no quería contar a donde iba, no sea que, si se enteraba alguien, podría asustar a las sirenas y no volverían a la playa.

Llegó hasta la puerta de la calle. Estaba cerrada con llave. Giró la llave despacio y abrió.

Era ya de noche y solo se oía el ruido del mar. Cada vez estaba más cerca de la playa, se escondió detrás del primer banco situado en el paseo de madera junto a la playa.

Observo a aquellas maravillosas sirenas juguetear con el agua. Marco se acercó y las sirenas en un abrir y cerrar de ojos se habían escondido bajo el agua. Todas menos una,

era rubia con los ojos marrones y grandes, pestañeando sin parar.

– ¡No te asustes! Le decía Marco, sacando su voz que venía desde dentro e intentando comunicarse con ella.

Se ponía nervioso, no podía gritar, no le salía el sonido.

-Ella también se escondería, se repetía en su cabeza.

Pero cuando parecía que la sirena hacía un movimiento para irse, levantó una mano y otra mano y comenzó a comunicarse con Marco haciendo signos.

Nuestro protagonista no se lo podía creer, estaba entendiendo todo lo que le decía la sirena e incluso sabía

muchas cosas sobre él.

– ¡Pero como puede ser, me conoce y sabe cosas sobre mí! Se repetía Marco una y otra vez.

– ¡No puede ser! ¡no puede ser! – decía.

– ¡La conozco, se quién es, no puede ser!

Marco se fijó una y mil veces antes de decir:

– ¡Es la niña de la clase, la de la última fila, la que casi nunca habla y la que contestó hace años cuando llevé la fotografía de las gotas de agua! Ella también venía en los

recreos a aprender lenguaje de signos!

En el rostro de Marco se reflejaba, alegría e ilusión. La sirena le decía que le había gustado conocerle y que juntos podrían hacer grandes cosas.

Marco estaba feliz, se sentó en la arena y por la emoción una lagrima recorrió sus pestañas hasta caer en su mano. Cuando levanto la cabeza, se agitó. Ya no veía a la sirena, se había escondido bajo el agua.

– Pero ¿dónde estás, donde te has metido? Quiero preguntarte, donde vives y si eres tú realmente mi compañera de la última fila. ¡Vuelve!

Él esperó durante un rato, pero ella no regresó. Marcó volvió a casa. Despacio y casi sin hacer ruido llegó hasta su habitación, la luz del cuarto de sus padres ya estaba

apagada. Se quitó los audífonos y se sentó en la cama, pensando en aquel día tan diferente y especial.

-Tengo que volver a verla. Esperaré a mañana. Y como dice mi padre: ¡Hay que tener paciencia hijo!

A Marco le costó dormirse, daba vueltas y vueltas en la cama, no podía conciliar el sueño y se puso a escribir la carta más difícil que jamás había escrito. Una carta para

ella, porque esperaba volver a verla.

A las ocho de la mañana su despertador con luz intermitente le despertó, era la hora de levantarse y prepararse para un nuevo día, hoy sabría si la chica de la última fila era la sirena que había conocido. Estaba impaciente, casi ni desayunó.

A las nueve menos diez estaba en la clase, solo, esperando a que entrase por la puerta aquella muchacha con silueta de sirena.

Fueron entrando los compañeros, ya era la hora de comenzar la clase, faltaban escasos segundos para que entrase el profe y cerrase la puerta.

-Seguro que ha sido un sueño lo de ayer, lo soñé. ¡Despierta Marco! ¡Ha sido un sueño! se repetía en su cabeza.

De pronto un aire fresco recorrió toda la clase, Marco se giró hacía la puerta.

Era ella, con su melena rubia, sus ojos marrones y sus piernas largas y delgadas.

Sus miradas se cruzaron, no hacían falta palabras. Ella ocupó su sitio y la clase comenzó.

Cuando el profesor se giró a escribir en la pizarra, Marco, con la mano temblorosa, le dio a la muchacha la carta que había escrito la noche anterior. Ella alargó su mano y sus

dedos se rozaron lentamente, la muchacha abrió el sobre, sacó un papel amarillento que lentamente desdobló y comenzó a leer:

“Hoy, doce de agosto de 2005 he visto algo increíble, algo maravilloso.

Mi corazón late sin parar, no hay forma de que se calme desde que he visto tus ojos brillar como las aguas cristalinas de ese maravillo mar, no dejo de pensar en ti, quiero que me enseñes la luz de las aguas y que los días nublados se conviertan en días de colores.

Deseo que seas la chica sensible y especial de la última fila y quiero conocerte”

Marco.

Cuando Luna, que así se llamaba la joven, hubo leído la carta levantó la cabeza y dijo muy despacio para que Marco pudiese leerle los labios:

-Yo también quiero conocerte.

Y, así fue como, Luna y Marco, salieron juntos al recreo y siempre mirándose a los ojos y hablando despacio,  comenzaron a conocerse.

 

Nadie sabe el misterio de Luna, caminando de día y nadando sirena de noche, solo, solo el conocerá su secreto.

Aprendiendo a cerrar círculos

GABRIELA AMAY

Hay personas que llegan a tu vida y aunque se vayan siempre se quedará un pedacito de ellas contigo. Con esto no me refiero a que nunca los vayas a olvidar y no puedas continuar con tu vida, sino de que lograron cerrar su círculo de tal forma en que ya no hay rencores ni reproches de ningún tipo, de que lograron quedarse con los buenos momentos y convertirlos en un cariño especial… sí, sí cariño de amigos.

Sé que hay quienes no creen en la amistad después de un noviazgo, pues piensan que eso solo es una cortina de humo para autoengañarte a lo que no quieres dejar de sentir o ya no debes. Yo pensaba igual, hasta que un día me tuve que tragar mis palabras para entender la realidad que estaba viviendo.

En mi oscuro pasado viví por mucho tiempo atormentada por un amor (más bien sería ex amor) que llegó a su fin. No terminaba de superarlo y de alguna forma creo que me gustaba vivir los dramas de una telenovela porque no quería olvidarlo. Prefería vivir con recuerdos del pasado que conocer nueva gente y si en algún momento me daba la oportunidad de intentar algo con alguien, terminaba comparándolo con ese fantasma que ya solo existía en mi cabeza.

En mi caso, el tiempo no era mi aliado para superar esos recuerdos, o al menos no con la rapidez que me hubiese gustado. Siempre estaba pendiente de que llegara el día de volverlo a ver, pero la geografía siempre alejaba más ese reencuentro y esa espera me alejaba a mí mucho más de superar ese amor fantasma. Tenía la esperanza de retomar la relación, aun sabiendo que ya estaba muy deteriorada y que las segundas partes no suelen traer nada nuevo.

Lo bueno de todo esto es que el encuentro tan esperado llegó, pero llegó tan tarde que en lugar de dar brincos de alegría, sentí que el mundo se me desmoronaba, un frío recorrió todo mi cuerpo y todos los recuerdos vividos con este sujeto pasaron por mi mente como flash… Y eso me asustó.

Esto debido, a que sin darme cuenta, con el pasar de los años había logrado atenuar el dolor de esos recuerdos y la asistencia a esa cita podía arruinar todo ese avance, y empezar de nuevo se tornaba difícil. Lo discutí con mi yo interior una y otra vez… y en esos intercambios de ideas siempre triunfaba lo siguiente: “Haz el favor de ir, de lo contrario, la incertidumbre de saber qué hubiese pasado te atormentará otros añitos más”.

Ya de camino al encuentro me lo seguía cuestionando, y no me terminaba de creer que ese día había llegado. El miedo cada vez era más grande, se me formó un nudo desde la garganta hasta el estómago que no se me pasó hasta que lo vi. Me esperaba sentado y mirando el celular. Seguía igual de apuesto (o a mí me lo parecía), mientras me iba acercando, su barba me hizo notar que los años sí habían pasado. Una vez frente a frente, nos dimos un largo abrazo con el que pude notar que el cariño entre ambos aún persistía. Empezamos a hablar de tal forma que parecía que nos hubiésemos seguido viendo toda la vida. Todo iba bien hasta que… me besó.

Me dividí en dos partes para asimilar esto. Por un lado, estaba tan asombrada de que por quien me había traumado por tantos años no haya logrado moverme el piso con ese beso; la otra parte de mí, se sentía aliviada y se estaba armando una fiesta al darse cuenta de que obviamente lo había superado totalmente.

Después de ese reencuentro, tomé la despedida como no pensé que lo haría: deseándole lo mejor y con una paz interior que nunca antes había sentido. No dejamos nada pendiente por decir, aclaramos cualquier malentendido que hubo en algún momento y por supuesto hubo un perdón mutuo por todo lo sufrido.

De regreso a mi casa, los recuerdos otra vez pasaron por mi cabeza, pero esta vez no dolían en lo más mínimo. Sonreí y me di cuenta que tal vez lo que tuve por años fue una frustración de haber dejado cosas pendientes con él, frustración de haber llegado al final cuando aún yo no quería y como yo no quería. Pero como diría Shakira ¡No se puede vivir con tanto veneno! Es mejor soltar lo malo y dejar que perduren las cosas que te sacaron grandes sonrisas. Solo así podemos continuar con nuevos capítulos, con nuevos personajes y con nuevos escenarios… Pero aún en nuevos capítulos llegan personajes que creías ya no volverías a ver, pero si saldaste los pendientes, sabes que sus visitas no te aturdirán más, sino que por el contrario, será grato recibirlas.

Mapas de vida

LOURDES BLANCO

Llevaban seis meses saliendo y hasta ahora no se había atrevido a dar el paso. Tenía un miedo terrible a enseñar ese cuerpo suyo, tan magullado ya, tan lleno de heridas y cicatrices que la vida le había ido tatuando que tenía verdadero pavor a ser rechazada justo en el momento que todo aquel mapa de vida quedara al descubierto.

Adoraba a ese hombre, le amaba por encima de todo y no podía continuar eludiendo el deseo que los dos sentían, por eso, cuando él le propuso pasar la noche juntos, ella aceptó. Aceptó  con el mismo nerviosismo que lo haría una quinceañera que sabe que esa noche va a perder la virginidad.

Sin nada que se interpusiera entre la piel de ella y la de él, todo su cuerpo tembló de deseo y miedo.  Entonces se dio cuenta de que el cuerpo de él también contaba una historia marcada de cicatrices labradas por el dolor, el sufrimiento, las alegrías, por la vida.

El lado bueno de los errores amorosos

GABRIELA AMAY

Creo que una de las grandes meteduras de pata que puedes tener es involucrarte con tipos que alardean mucho de “no ser iguales al resto”, y cuando te tomas el tiempo de conocerlos, te das cuenta que tenían razón, no son igual al montón, sino mucho peor.

Siempre intento no generalizar, de no meter a todos los hombres en el fatídico frasco de mujeriegos y mentirosos. Sé que hay hombres que les gusta ir con la verdad por delante, que si no buscan una relación seria, lo aclaran desde el principio y todos felices. O que pasan de amores pasajeros y prefieren relaciones estables y basadas en el respeto y sinceridad. Lastimosamente me he topado con muy pocos que sean así, y de esos pocos que conozco, son novios de alguna prima o amiga… pero ninguno para mí.

Pero como dije al inicio de este post, es mucho peor encontrarte con un lobo disfrazado de oveja, de esos que te calientan la oreja diciéndote que ellos son diferentes y que incluso se enojan si los catalogas como el montón. Estos tipos sin lugar a duda se merecen el premio nobel de la mojigatería…

Me he hartado de desperdiciar mi tiempo con tipos como esos, por eso prefiero la soledad, (y no quiero decir que vaya a quedarme soltera de por vida, no, no, no…) porque me ayuda a reflexionar conmigo misma… Cuánto más te conoces, más sabes lo que vales y lo que mereces. Te vuelves más exigente, no aceptas menos, rechazas amores mediocres que solo vienen a perturbar tu mente y a quitarte esa paz que te brindaba tu soltería. Y cuando valoras tu soltería, te das cuenta que solo la dejarás por alguien que con hechos te demuestre que vale la pena volver a intentar una relación, por alguien que te dé más momentos felices que problemas y desilusiones.

Tal vez deba agradecer haber conocido tipos mentirosos, hipócritas, infieles, pedantes… (La lista puede ser muy grande), porque de no haber pasado esas malas experiencias, hoy no valoraría tanto mi soltería, y sobre todo, no me valoraría tanto a mí misma. Porque si de algo estoy completamente segura es que todo esto ha sido un proceso para conocerme, amarme y respetarme a mí misma. Solo así puedo decidir quién entra en mi vida; solo así puedo evitarme dolores innecesarios.