Pasos

Z
Resulta que hace poco imaginé una escena donde yo iba camino a casa.
Estando por abrir la puerta para entrar sentí un golpe en la espalda. Fue un golpe seco que me dejo caído al pie de la puerta. Luego sentí pasos detrás mío.
Me incorpore de manera debilitada. El golpe me había herido la espalda.
Luego entraba a mi casa. Y me dirigí al baño. Allí lavaba mi cara y miraba mis ojos en el espejo. Casi no distinguía las pupilas de mis ojos. Mi frente se encontraba con lineas oscuras que iban de un lado a otro.
Salí rapidamente del baño en dirección a la puerta. En el intento choqué con una silla y caí al piso. Desde el piso volví a oir pasos detrás mío. Me preguntaba si había alguien dentro de la casa.

Luego de tal imaginación retomé mis activades laborales.

¡Qué mejor marido que Dios!

FOXMAN

Me fui de peregrinaje para conocer las santas reliquias del templo franciscano de San Juan Bautista, que se encuentra cerca de los dominios de los marqueses de Oaxaca en el sin par pueblo de Coyoacán, gloria de la capital de la Nueva España. No obstante, mi camino pronto se vio interrumpido, pues al llegar al pueblo de Santa Anita vi que el canal de la Viga bloqueaba mi paso. No tuve otra opción que esperar la buena voluntad de algún indio que, motivado por la caridad, me encaminara con su canoa hasta el lago de Texcoco. Sucedió, pues, que un villano, que había terminado de faenar en el mercado, recogió sus flores y las acomodó en su balsa. Me dirigí al pequeño muelle en donde estaba éste y le comenté:

—¿Fue buena la venta?

—¡Que a las flores se las lleven los mil diablos, con perdón de su mercé, que no he vendido ninguna! ¡Mi mujer se pondrá como un basilisco cuando se entere!

Rato después, le pregunté que a donde se dirigía y él me contestó que a su chinampa. Viendo la posibilidad de avanzar algo de camino merced a su intermediación, intenté apelar a su piedad cristiana.

—Por la calidad de mis hábitos, vos podéis deducir que soy un peregrino. He visitado todo los lugares santos de esta patria mía y sólo me falta visitar la parroquia de San Juan Bautista. ¿Podéis vos hacerme la caridad de acortarme el camino?

El villano se rascó la nuca, a mi parecer, no exenta de liendres, y me respondió:

—Por caridad yo no hago nada y menos pasear forasteros por estos caminos de Dios. Empero, si voacé desembolsa unos buenos pesos para compensar la mala venta, yo llevaré a su mercé hasta el mismo infierno.

—¿Acaso vos sois Caronte?

—Yo no conozco a ese siñor. Yo fui bautizado como Gervasio, así que, por favor, no me troque el nombre su mercé.

Viendo que su necesidad era más grande que la mía, desembolsé dos pesos de plata para que me dejara embarcarme en su canoa. El trayecto fue parsimonioso y, de no ser por las destempladas canciones del balsero, el viaje hubiera sido más ameno. Pero el esquivo humor de la diosa Fortuna ordenó que las otrora mansas aguas del canal de la Viga se enturbiaran por una repentina tempestad. No tardó el villano en perder el control de la embarcación y, en consecuencia, terminó estrellándola contra un roca. La canoa acabó echa añicos y nosotros terminamos absorbidos por el agua para luego ser vomitados cerca de la orilla de un islote, en donde un ermitaño nos recogió repletos de ovas, lamas y algas. Cuando despertamos, suspensos estuvimos al ver que, en vez de estar en las puertas del cielo, nos encontrábamos en una rústica sala en donde ardía un buen fuego. Pero nuestra admiración pronto se convirtió en espanto cuando escuchamos un amargo lamento que decía de esta manera:

 

Lidiado y malherido por el ruedo voy

Pues para este tu enamorado payo

No fue suficiente nacer en mayo

Toro quise ser mas buey de Santín soy

 

Corrimos a buscar a quien daba tan tristes voces y, cerca de la floresta que rodeaba la choza, encontramos a nuestro huésped, pues al vernos se presentó como tal, y nos dijo que regresaramos a su morada. Ya ahí, Bernardino, que ese era el nombre del ermitaño, nos sirvió un poco de atole caliente, y luego que nos explicó cómo nos había encontrado, nos exhortó a que, como renta a su desinteresado gesto, escucháramos su muy triste historia.

—Yo, oh jóvenes náufragos, antes de despedirme de la civilización, solía ser un estudiante de la Real y Pontificia Universidad de México. Nací criollo y en el seno de una familia hidalga con un rancio abolengo corso, a la que, por desgracia, le sobraba nobleza, no así bienes de Fortuna. Digo, pues, que durante mi primer año en la universidad, destacaba, no tanto por mis estudios, sino por ser un esgrimista en extremo diestro, en lanzar la garrocha más lejos que los demás y en tañer la guitarra, con tal maestría, que se decía de mí que la hacía hablar. Todo eso cambió cuando, por no sé que maldita casualidad del destino, entró a la misma aula un caballero, pues en ese entonces lo creí tal, de nombre don Esteban Bellantín. Suspenso quedé al encontrarme delante de un compañero cuya bizarría, donaire y garbo excedía al de todos nosotros. Yo quise hacerme amigo de él y éste no tardó en aceptarme como su compañero de estudio. Gran cambio tuve al conocerlo, pues comencé a concentrarme en ciencias en las que antes era lego y, durante las horas de receso, don Esteban prefería mi compañía antes que la del resto de mis compañeros, razón por la cual fuimos conocidos como “los dos amigos”. Al poco tiempo de conocernos, nuestra gran amistad comenzó a ir más allá de la universidad y, por medio de pasarnos mensajes por debajo de la puerta de nuestros dormitorios, nos comunicábamos nuestros más profundos pensamientos. Empero, algo me desconcertaba sobremanera, ¿por qué le trataba con suma delicadeza?, ¿por qué veía en él toda la virtud y belleza humana?, ¿por qué ansiaba tanto su compañía y me pesaba tanto su ausencia?, y sobre todo, ¿por qué sentía que no había más luz que la de sus hermosos ojos verdes?

Gran incomodidad tuvimos al escuchar el curioso suceso del ermitaño, pues en primera instancia no dudamos en tildarlo de sodomita, pero éste nos tranquilizó diciéndonos que:

—Dejadme continuar que, como después veréis, para todo esto había una razón muy natural y que no contradecía a los santos mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia. Como os iba relatando, mortificado y culpable me sentía ante semejante insensatez que yo creía contranatural, aunque no por eso dejaba de frecuentar a don Esteban. Él me invitaba a su carruaje y juntos nos escapábamos a ver las comedias en los corrales. Recuerdo que a algún peregrino ingenio se le ocurrió traducir esa tragedia de Shakespeare intitulada Otelo, y como mi amigo y yo éramos muy aficionados al teatro, fuimos prestos a verla. Por alguna razón, la gente suele reír aun en las tragedias y, en mi imaginación, pensé que el senado (que es como los farsantes idiotas suelen llamar al respetable público), se burlaba de mí por mirar con admiración a mi compañero en vez de a la obra. Al final de la función, don Esteban se tronó los dedos de su fina mano de alabastro, de tal forma que me causó espanto, fuimos a su carruaje, me confesó que estaba muy complacido con nuestra inquebrantable amistad, y regresamos a nuestras respectivas habitaciones. Sucedió, pues, que impaciente por ver a mi amigo, aproveché que tenía que devolverle un libro que me prestó: “La economía” de Pseudo-Aristóteles. Su recámara no estaba lejos de la mía y, al ver que no le había puesto seguro a su puerta, supuse que podría entrar sin cuidado siendo yo su gran compadre. Al abrirla, menuda sorpresa me llevé al constatar que, adentro de la habitación de mi amigo, estaba una hermosa moza en cueros. Ella tuvo que callar para no alertar a los demás estudiantes y yo, sin acertar qué decir o hacer, le dije:

—¿Por casualidad se encuentra don Esteban?

—¡Yo soy don Esteban, idiota!

Dejé el libro y me retiré en silencio, no sin antes sentir un inmenso alivio al reconocer que el objeto de mi amor era, en realidad, doña Estefanía Bellantín. Lamentablemente, como yo era el único en conocer su secreto, comenzó a evitarme. Entretanto yo, sediento de su amor, aunque también necesitado de su amistad, le dejé una misiva mía en donde le decía que me perdonara el descuido y que su secreto estaba seguro conmigo. Ella me respondió, para gran regocijo mío, diciéndome en una carta que nuestras relaciones podían continuar, siempre y cuando la siguiese tratando como lo que creía que era. Volvimos a hablarnos; mas ya no fue lo mismo, pues quizá sospechaba la profunda admiración que por ella sentía. Aun teniéndola cerca la sentía lejana y, siempre que estaba a punto de descubrirle alguna razón enamorada, ella se apartaba de mí, y el dolor que sentía al verla partir tan aprisa era peor que el suplicio del potro inquisitorial. Infinitas noches pasé tañéndole mis canciones, cerca de su ventana, donde le descubría lo que en público me estaba vedado. Al ver que continuaba despachándome y que ya era imposible restablecer la antigua amistad, le mandé una infame carta, escrita en un momento en que la desesperanza y el despecho nublaron mi entendimiento, en donde no sólo la amenazaba de revelar su secreto si no me correspondía con la justa admiración que me debía, sino que también me atrevía a decirle que, aunque a comparación de ella yo era pobre, en linaje era igual a ella y quizá hasta le superaba. Muchas lágrimas derramé al escribirla y muchas más derramaré a consecuencia de eso. Después de mandársela, ella dejó la universidad. Maldije mi impertinencia y falta de juicio, pues en realidad era incapaz de descubrir ese secreto, y corrí a buscarla por todas las calles en las que solíamos pasear sin poder hallarla. Luego, encontré una nota en mi escritorio y, ¡ay!, ¡que no supe si sentir terror, alegría o culpa al ver que era de doña Estefanía! En ella escrito estaba lo siguiente: “Amor por nadie he sentido, excepto por el conocimiento. Noble nací, pero siendo mujer me fue vedado el más deleitoso placer que a mi inmensa curiosidad se le podía ofrecer, que era la educación universitaria. Ahora, por culpa tuya, oh villano Bernardino, tendré que tomar estado y, como castigo a tu iniquidad e impertinencia, quiero que estés presente en el día de mi boda. Debo de advertirte que contra mi futuro marido no valen las injurias ni las armas, así que puedo estar tranquila de que, contra Él, te encontrarás impotente. Sigue el mapa: en el día tal será la ceremonia.” Herido en mi orgullo, tomé mis mejores armas y salí para arrebatarle de las manos al villano que había quitado de las mías a mi doña Estefanía. Obedecí las indicaciones que estaban en su carta y llegué al templo de San Jerónimo que era donde iba a ser su boda. Cuando estuve a punto de entrar, un par de corpulentas religiosas me tomaron por sorpresa y me molieron a palos. Luego, ya sometido, me llevaron a ver de cerca el altar , e hincado y lleno de humillación, vi cómo le cortaban el cabello, ya no a doña Estefanía, sino a Sor Esperanza, que ese era el nombre con el que se consagraría al Señor. Ésta ya estaba con el hábito de monja puesto e iba emperifollada de la más hermosa forma que pudiera describirse, pues fue coronada con un sin fin de flores y joyas que resaltaban su inigualable belleza. ¡Hasta la mismísima Emperatriz de los Cielos sentiría envidia de su hermosura! Sintiéndome preso de una divina pesadilla, y sin mucho seso, inquirí:

—¿Y tu esposo?

Ella volteó a verme con la frente en alto. Me sonrió, orgullosa, mientras sostenía una antorcha dorada cuyo mango estaba cubierto de lirios. En el pecho llevaba una imagen de la Santísima Concepción y, luego de que las monjas del coro terminaron de cantar una especie de himeneo, me respondió:

—¡Qué mejor marido que Dios!

Aquí el ermitaño terminó anegado en lágrimas y nosotros, para no dejarlo solo en el llanto, recordamos nuestras desgracias y lo acompañamos en esa sinfonía de lamentos.

 

¿Filosofando?

MARÍA FLORENCIA SASSELLA

-Camilo, ¿no crees que cuanto más profundos son tus pensamientos, más te exiges a ti mismo y a los demás? 

-¿Qué cosa? ¿Es que acaso sigues tratando de impresionarme con tu poco redituable discurso de siempre? ¿Por qué te empeñas en demostrarme tu notable inteligencia, Dámaso? 

-No hago nada de lo que dices. En cambio, tú me contestas con preguntas cuando deberías emplear proposiciones. 

-¿Es que acaso también te atreves a corregirme y manipularme? 

-Nuevamente has cometido el mismo error. ¿Lo has advertido? 

-Realmente, querido, me interesa muy poco lo que consideras un acierto o un error. 

-¿Por qué te enojas cuando no tienes motivo para hacerlo? Yo simplemente te formulé una pregunta relativamente interesante, y mira a lo que hemos llegado. 

-… 

-¿…? 

-Creo que sí, Dámaso. A veces me parece que razono absolutamente todo, que ese todo lo paso una y mil veces por el tamiz de la abstracción y que, al final, no me queda en limpio ningún sentimiento puro. Eso sí es bien triste. 

-No te preocupes entonces, Camilo, porque no estás solo. A mí, por lo menos, me ocurre exactamente lo mismo. 

-Eso es bueno. Tú sabes, el hecho de que a ti te ocurra lo mismo. El saberse acompañado en el sentimiento es invalorable, aunque tiene como contrapartida la pérdida parcial o total de la originalidad. 

-Estoy de acuerdo. Necesitamos permanentemente sentirnos únicos, ser el centro de los pensamientos propios y ajenos, y creer que somos verdaderamente especiales, porque contamos con un talento extraordinario, algo así como un don, que hará que un día nuestra vida cambie y sea maravillosa para siempre y… 

-Espera un minuto; no comparto del todo tu opinión. ¿Acaso no existen momentos en los que pedimos imperiosamente un escondite, privacidad, ocultar la cabeza, porque sabemos fehacientemente que hemos cometido una grave falta que nos hará repudiables ante los ojos del prójimo, o tan sólo ante los de nuestra conciencia? Otras conductas similares se dan con frecuencia en las personas que buscan desesperadamente la fama durante gran parte de su vida, y una vez que la obtienen, reniegan de ella, o sencillamente fingen una timidez que no es tal. 

-Eso es muy cierto también. Pero no puedes negarme, estimadísimo Camilo, que todos nosotros somos en extremo cambiantes, moldeados por el tiempo y el espacio al cual pertenecemos; ni siquiera las personas viajadas y las no saben de fronteras pueden eludir este condicionamiento. Sólo se me ocurre imaginar excepciones muy notables, tal vez brillantes científicos, artistas, adelantados a su época, precursores… 

-Ha habido muchos, Dámaso. Y es muy positivo que seamos cambiantes, que crezcamos, que adquiramos nuevas formas de ver a nuestro amado mundo. Es la única vía para progresar. Fíjate si no en este ejemplo tan infantil: lees por primera vez un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro, una noticia periodística, un chiste, un ensayo, una enciclopedia. Evidentemente, le atribuirás un significado o varios. Luego de un tiempo (que pueden ser minutos, días o años) lo lees nuevamente. Encontrarás allí mismo nuevos significados, porque has cambiado y has crecido, indistintamente de si lo has hecho para bien o para mal. 

-Nuevamente debo darte la razón, camarada. Me parece que tengo mucho por conocer y entender, especialmente de ti que eres cultísimo, genial y de espíritu sensible. Noto minuto a minuto que percibes hasta el más mínimo atisbo de belleza y arte, incluso en las cosas vulgares y cotidianas. Te admiro muchísimo, Camilo, y  quisiera pedirte consejo sobre la vida en general, dado que tenemos más similitudes que diferencias, según mi modesto entender. 

-No me gustaría interpretar que estás burlándote de mí, pequeño. Me temo que pecas de exceso de estética en tus expresiones. ¿Para qué deseas que te aconseje? Soy partidario de la teoría de la superioridad innata, es decir, a mi criterio no te es en absoluto provechoso cursar estudios de todo tipo, informarte y cultivarte, si no tienes una base de brillante inteligencia previa a todos esos procesos. Si me aseguras que eres capaz de interpretaciones grandiosas sobre temas que desconoces por completo, recibirás las pautas que anhelas. 

-Infinitas gracias de todos modos, maestro. Con tus sabias palabras ya me has dado las mejores lecciones de mi vida. Sin embargo, concluyo que tú eres aún más reflexivo que yo, cosa que debe resultarte bien problemática. 

-Escucha, querido, no me gustaría sonar crítico, pero me obligas a recordarte que tuviste catorce noviazgos oficiales, cinco matrimonios, treinta y cinco hijos, incontables amoríos, cuarenta tipos diferentes de trabajo y  ocupación, notables y frecuentes cambios de apariencia, e incluso, perturbadoras modificaciones de personalidad. Suelo razonar analógicamente, y esto me permite arribar a una conclusión que no encaja: a mí, el problema o la virtud de pensar demasiado me hace cauteloso, reticente a estrambóticos despilfarros de tiempo, e incluso, y lo reconozco, algo cobarde. ¿Cómo explicas entonces, buen amigo, tu comportamiento absolutamente opuesto, si padeces el mismo problema o, si prefieres, gozas de la misma virtud? 

-Me extraña, querido Camilo, qué sólo utilices un tipo de razonamiento y que no tengas en cuenta las particularidades de cada ser humano que, como me imagino bien sabes, le otorgan su unicidad e irrepetibilidad. 

-¿Por qué siempre tienes respuesta para todo? ¿No puedes perder nunca? 

-Nunca tengo respuestas; más bien preguntas, amigo. Lo único que deseo es aprender. 

-Dejemos de elaborar, entonces, preguntas increíbles y respuestas brillantes. Sintamos. 

-Sintamos. 

Se tomaron de la mano y se fueron, como siempre, con rumbo incierto. 

Una tabla en un armario

LOURDES BLANCO

-¿Sabes como suena una tabla dentro de un armario?

-Las tablas no suenan cuando están dentro de un armario

-Sí suenan si el armario se mueve

-¿Y por qué habría de moverse un armario?

-Cuando transportas un armario en un coche y el armario se mueve en las curvas o en los baches, entonces el armario se mueve

-¡Ah! Sí, entonces si se mueve.

-Entonces ¿sabes cómo suena?

-No, nunca he oído el ruido de una tabla en un armario. ¿Cómo suena?

————-

Margarita abrió la puerta agitada ante la insistencia del sonido del timbre.  Dos policías locales estaban allí plantados delante de ella.

-Buenas tardes, señorita Rosales. Es usted Margarita Rosales ¿no es así?

-Buenas tardes. Sí, yo soy Margarita Rosales. ¿Ha pasado algo?.

Está usted esperando un transporte de un armario de nogal. ¿Lo confirma?

-Si, claro- la cara de Margarita no podía expresar más expectación.

Le informamos que el camión que transportaba el susodicho armario ha sufrido un accidente y no le podrá ser entregada la mercancía.

-¡¡Cuanto lo siento!! ¿Les ha ocurrido algo a los transportistas?

No señorita, pero el armario ha quedado destrozado.

La cara de Margarita se convirtió en una mueca indefinible cuando no pudiendo reprimir la tristeza arrancó a llorar a moco tendido. No podía creer que el armario de sus sueños estuviera hecho papilla, después del dineral que le había costado.

-Y ¿cómo ha sido?

El más joven de los guardias, un poco nervioso, posiblemente porque era una de sus primeras misiones en informar de una desgracia, contestó titubeante.

Pues según se ha podido saber a través de los accidentados, el armario en cuestión llevaba una tabla suelta y cuando han cogido una de las curvas cerradas de la carretera, ha dado tal golpetazo contra la madera del armario, que el conductor se ha asustado pensando que se le había estallado una rueda y ha dado un volantazo, de manera que se ha salido de la carretera. Han dado tres vueltas de campana y el armario ha salido despedido. Debe ser que tampoco lo habían afianzado bien a los anclajes del camión. En fin…una serie de circunstancias muy desafortunadas. Lo sentimos mucho señorita Rosales.

Los dos guardias locales se despidieron tocándose la visera de la gorra y Margarita se quedó hecha un mar de lágrimas pensando un su precioso armario.

Pero como todo en la vida, Margarita pronto  se olvidará del armario y volverá a comprar otro.

Desencuentro amoroso avicular

JULES SCHMIDT

La paloma se posa sobre un banco, en els Jardins Mercè Rodoreda, en el barrio d’el Putxet i Farró, Barcelona.

Rodeada de arbustos y azaleas en flor, tan blancas como ella, se contonea, orgullosa de su plumaje. Más bonita que las propias flores, comienza su baile de seducción. Con pasos cortos y movimientos lentos. En cada uno de ellos, más próxima a su improvisado galán: un ejemplar macho de loro americano. Sí, esos pajarracos verdes y gritones que nos han invadido el cielo y las copas de las palmeras.

Además de delicada, nuestra paloma tiene gustos exóticos. O un grave defecto en la vista y el instinto.

El lorito, incrédulo, se aparta conforme ella se acerca. No parece estar por la labor de procrear una nueva raza avícola. No es muy lista, desde luego. No capta indirectas ni se da por vencida. Perseverancia no le falta.

Hasta que él, agobiado por sus atenciones, emprende el vuelo y desaparece. No surgió el amor. El ave, que debe ser medio pez, por lo parca en memoria a corto y largo plazo, se distrae mordisqueando un pedazo de corteza de árbol.

No, no lo es.