Nuevo imperio

MANGER

Nuestra experta jauría de perros servo-mecánicos apenas encontró huellas que nos pudieran llevar hasta el objeto de nuestra búsqueda; estaban como desorientados y sus acerados belfos denotaban un nerviosismo rayano en el miedo, algo absolutamente excepcional en su propia naturaleza; estaba claro que habían perdido el rastro y demostraban así su disgusto. Antes de salir de la estación orbital habían sido minuciosamente programados para capturar cualquier presa sin hacerle el menor rasguño, pero esta vez no parecía que pudieran llegar a cumplir su misión. El espécimen se les había escapado por los pelos.

Estaba casi seguro de que nuestra pieza estaba seriamente tocada; al menos dos de nuestros disparos paralizadores debieron acertarle de pleno, pero “aquello”, lo que fuera, salió desbocado como alma que lleva el diablo y perdimos su pista. Apenas tuvimos el tiempo suficiente para darnos cuenta de que era muy rápido, de una forma extraña desconocida para nosotros, cuadrúpedo… Y grande, bastante grande, al menos diez veces nuestra propia estatura…

La espesa niebla de metano cubría el lugar con un humeante manto grisáceo, y la abundante materia vegetal en descomposición que tapaba el nauseabundo y pastizal suelo impidieron que, ni los fieles canes robóticos ni nosotros mismos, acertáramos a fijar la ruta que había tomado aquel misterioso ser.

Rästack, mi segundo de a bordo, me insinuó con voz trémula que había podido ver por un momento sus enormes dientes y, lleno de miedo, me pidió que abandonáramos definitivamente la persecución. Me sorprendió su reacción; era un tipo avezado en mil batallas y experto cazador. Siempre frío y dispuesto a la acción, me extrañó que mostrara en esos momentos esa debilidad casi infantil…

Le conminé a continuar y, como pudimos, proseguimos la marcha por entre aquella untuosa niebla. La cantidad de aire respirable en aquel enorme planeta era bastante débil, pero se había asistido a nuestros trajes con la suficiente carga de mezcla como para aguantar al menos veinticuatro hexatiempos ininterrumpidos, incluso sometiendo nuestro físico al máximo esfuerzo. De cualquier modo, la atmósfera era irrespirable por su insoportable mal olor, sin lugar a dudas debido a la mezcla de nitrógeno, metano y  sulfuro de hidrógeno presente en el ambiente, haciendo absolutamente imprescindibles nuestros cascos aislantes.

El silencio en aquel lugar era agobiante… Los perros habían desaparecido, quién sabe si seguirían persiguiendo sin rumbo a la criatura; eso me intranquilizó lo suficiente como para tomar las máximas precauciones, y empecé a pensar que mi amigo podía tener razón. Ambos nos distanciamos unos cinco cuerpos del otro para lograr una mejor posición en el terreno y avanzamos como pudimos; aquella niebla se había empeñado en no levantar y nos impedía ver más allá de nuestros propios cascos.

Al parecer, todo el planeta era un inmenso invernadero, lleno de ciénagas y pegajosos restos orgánicos malolientes. Según nuestros primeros sondeos, y pese a la beligerancia del entorno, la existencia de vida en él era teóricamente posible, pero a duras penas podría llegar a ser multicelular de nivel diez. Según los datos que manejaban los estudios biológicos previos no era previsible la existencia de vida inteligente, ni siquiera la presencia de un animal –o lo que quiera que fuese aquella criatura- de la envergadura que habíamos visto.

Estaba claro que la sonda se había equivocado radicalmente en su análisis.

Seguimos en dirección desconocida guiados por nuestro propio instinto, yendo como ciegos hacia ningún lugar. Rästack me miraba interrogante y yo no supe qué contestarle. No sé por qué, pero hubo un momento en que su pose inquisitiva me resultó extraña, incluso grotesca. Creo que se me pasó por la mente la típica pregunta de «¿qué hago yo aquí?» unida a una sensación de dejà vu.

No era la primera vez que me ocurría.

Tras haber caminado unos ciento cincuenta cuerpos, descubrimos con sorpresa una extraña edificación que se apartaba totalmente de nuestros conceptos arquitectónicos. De consistencia metálica, de forma cilíndrica, algo plateada y con tintes marcadamente herrumbrosos, unas grandes y humeantes plastas de materia en descomposición se situaban a ambos lados de su entrada y parecían querer ocultar su enigmática presencia. La entrada era redondeada y tenía por visera una especie de puerta fija, sin bisagras a simple vista; el diseño era burdamente dentado y permanecía casi abierta, dejando entrever la oscuridad que inundaba la mayor parte de su interior.

Nos acercamos con precaución y, antes de recorrer unos cinco cuerpos, escuchamos un ruido de ramas quebradas que pareció proceder cerca de la entrada. Nuestro instinto hizo que nos acurrucáramos tras unos montículos cercanos, expectantes y prestos para disparar nuestras armas en cualquier momento. Le indiqué a Rästack con un simple gesto que se mantuviera en silencio, y esperamos escondidos durante un par de hexa-hexatiempos la aparición de aquel desconocido ser.

Sin embargo todo recuperó la calma… De nuevo el pesado silencio se volvió a hacer dueño de aquel plúmbeo paraje. Pasado unos instantes recuperamos la calma, decidí acercarnos con cautela hacia la extraña edificación… y entramos.

El interior no ofrecía nada de particular, excepto una especie de excrementos desecados, en forma de grano alargado del tamaño de tres de nuestras manos que encontramos en su curvado suelo. Desde luego, el animal que hubiera dejado aquellas deposiciones no debía ser pequeño, pero no había rastro de él. 

Encendimos nuestras linternas y comprobamos que la longitud del refugio superaba los treinta cuerpos y una altura de otros quince; parecía abandonado desde hacía mucho tiempo y mostraba unas paredes llenas de mugre y algo de óxido, con ciertas ondulaciones prensadas en algunos de sus tramos de finalidad ininteligible para nosotros. En su fondo, un pequeño charco de una materia orgánica, en estado pútrido, remataba todo lo que pudiéramos encontrar en aquel extraño cilindro.

Era evidente que su construcción obedecía a una mente inteligente, pero no parecía que el objeto hubiera tenido sentido práctico alguno, al menos para mí. Indiqué a mi compañero que pasara el analizador de componentes y detectó la presencia de hierro y estaño, un material que hacía mucho habíamos dejado de utilizar en nuestro planeta natal para evitar la temida contaminación.

Salimos de su interior y continuamos la exploración durante dos hexatiempos más, pero tampoco logramos encontrar al ignoto ser que había llamado nuestra atención y decidí ordenar a Rästack nuestra retirada. Con cierta alegría, comprobamos que afuera estaban esperándonos nuestros fieles perro-robots, dispuestos a acompañarnos hasta la nave.

A excepción de aquella criatura desconocida, no detectamos nada más. Aquel planeta parecía estar muerto, no nos ofrecía nada más que inmundicia, desechos y gases tóxicos, por lo que partimos sin más dilación.

Aquí Blöss… Finalizamos la exploración y volvemos a Nodriza… Este planeta no tiene interés para nosotros… Cambio y corto –comuniqué a Base-1, antes de poner en marcha los motores y salir catapultados de aquel lugar sucio y contaminado.

***

Abajo, a diez mil kilómetros de Nodriza, un pequeño ratoncillo salió de su escondrijo y raudo volvió a meterse asustado y dolorido en su oxidada guarida, una vieja lata de conserva en cuyo etiquetado, un día no muy lejano, quizá pudo verse en negrita: “POMODORI SCHIACCIATI”, y la fotografía de una jugosa sopa de tomate triturado…

A diez kilómetros del gran estercolero, Roma, capital de Nuevo Imperio.

La pluma mágica (5)

PSIQUE W.

Ya pasan la una de la madrugada del sábado al domingo y Ana sale sigilosa de su cálida cama. Con suma delicadeza se pone sus vaqueros desgastados, se calza sus viejas zapatillas moradas y se introduce su sudadera granate por la cabeza. A continuación saca un pequeño peine del cajón de la mesita de noche, se peina y se pone una diadema roja para sujetarse su larga melena castaña. Después hace la cama cuidadosamente y se sienta en su escritorio.

Sobre la mesa de su dormitorio, donde todos los días hace los deberes, Ana abre su ya inseparable libreta fucsia por la última página. Acto seguido coge la mágica y brillante estilográfica verde jade de plumín y clip dorados, rematada con un pequeño rubí rojo en el capuchón. Quiere escribir una pequeña nota. Primero toma aire profundamente, mira al techo, cierra los ojos y baja la cabeza de nuevo para centrase en la tarea que tiene delante.

 “Mamá y papá:

Me marcho y puede que para siempre. Tranquilos, la culpa no es vuestra. Ni mía en realidad. Pero tengo un problema, un problema que me hace sentir muy triste todos los días. Un problema que a veces me hace enfadarme con vosotros, cuando vosotros no sois culpables de nada. Los culpables son otras personas. Pero voy a enfrentarme a ese problema y lo voy a vencer.

Me gustaría volver a veros cuando solucione mi problema. Y también me gustaría ver a mi hermanito, Alberto. Porque yo ya sé que se llamará Alberto. Pero si por algún motivo no logro volver del mundo mágico al que me dirijo, no estéis tristes por mí. De hecho, no quiero que me recordéis. No quiero que nadie me recuerde. Quiero que sigáis siendo felices como hasta ahora, como si yo no hubiera existido jamás. Cuidad mucho de mi hermano.

Muchos abrazos y muchos besos. Os quiere muchísimo, Ana.

PD: Este colgante es un regalo para Alberto.”

Un poco emocionada, Ana arranca el trozo de hoja cuadriculada en la que acaba de escribir la que puede ser su carta de despedida. “Ojalá pueda volver con ellos”, piensa Ana para sus adentros mientras besa el papel. Es consciente de que tiene una misión peligrosa por delante y que no sabe cómo se resolverá.

Sin hacer ruido sale de su dormitorio y se dirige a la habitación de sus padres, que está enfrente de la suya. La puerta está abierta de par en par. Lentamente, Ana se desliza hacia el lado de la cama en el que duerme su madre. Se detiene para mirarlos a los dos para verlos dormir plácidamente y felices, ajenos a lo que su hija está a punto de hacer. Sonriente, Ana deja la nota en la mesita de noche de su madre junto con el colgante en forma de pluma para su hermano.

Después vuelve a su habitación y se sienta de nuevo en el escritorio. Ana respira con lentitud, intentando preparase para lo que está a punto de hacer. Va a enfrentarse a sus temores. Va a luchar por ser feliz. Va a dejar de lado a todo y a todos y va a luchar con toda la valentía del mundo contra todo lo que alguna vez le ha hecho sentirse mal. Agarra con fuerza su pluma mágica y escribe con decisión en la penúltima hoja de su libreta fucsia: “Voy a luchar contra el miedo”.

Las palabras comienzan a emborronarse y a convertirse en un tornado de tinta negra. La libreta y el escritorio comienzan a vibrar con fuerza, mientras los libros de su estantería no paran de moverse. La libreta fucsia no para de agitarse y el tornado de tinta se hace más y más grande sobre el escritorio de Ana. La niña agarra con todavía más fuerza su pluma y se asoma al interior del tornado. Dentro ve salir una luz muy tenebrosa, con truenos y relámpagos cegadores. Ana se inclina por enésima vez sobre ella y al instante es absorbida por la luz que sale del tornado de tinta negra. Ha vuelto al lugar donde comenzó todo y donde todo puede terminar.

Al caer al suelo y levantar la vista Ana se da cuenta de que ya nada es como ella lo había imaginado. Su mundo mágico ya no es un prado verde, con árboles grandes y frondosos donde viven manadas de unicornios, bandadas de hadas o miles de mariposas que revolotean entre las flores. Su mundo mágico ya no es el lugar donde están Blancaflor, Alfredo, Atenea o Zeus. Su mundo mágico ya no es el sitio donde el gigante Gerardo habita plácidamente en una playa tropical. Ya no hay nada de lo que Ana había creado con su imaginación. Ni pozo, ni montañas, ni monos saltarines. Nada. El miedo lo ha destruido todo y ella tiene que recuperarlo de nuevo.

En su lugar Ana se encuentra ante un enorme páramo desierto, lleno de rocas y tierra yerma. Oscuro, sin sol ni luna ni estrellas que lo iluminen. Solo truenos y relámpagos. Un paisaje frío, desolador y muerto en el solo está ella. Entonces Ana saca su pluma mágica y su libreta fucsia. “Si de verdad yo creé mi mundo mágico con la magia de esta pluma y mi imaginación, ahora destruiré este reino del terror que mi miedo ha creado”, se dice a sí misma. En la penúltima hoja de su libreta escribe: “No te temo”.

De pronto, de las mismas entrañas de la tierra, emerge un ruido. Un grito desgarrador, fuerte, tenebroso y feroz. El suelo se mueve como si estuviera sufriendo un terremoto, se agrieta y de su interior surge un feísimo monstruo. Un ser inmensamente grande, de color negro, con forma andrógina, que tiene por ojos dos luces rasgadas en el rostro y por boca un orificio del que sale toda la inmundicia posible. Es el Miedo, el miedo de Ana.

  • Me temerás –dice amenazante el Miedo.

El monstruo coge con sus garras un puñado de piedras y se las tira a Ana. Pero ella permanece impasible ante su amenaza. Se agacha y se tapa en un intento por evitar ser apedreada, pero es en vano. Las rocas comienzan a golpearla en el cuerpo, pero sobre todo en los brazos con los que se está cubriendo la cabeza. Aun así, Ana no se mueve de su sitio. Piensa en sus padres, en Alberto, en Blancaflor, en Alfredo, en Alba y Alex… Ana se acuerda de todos ellos para reunir todo el valor que guarda en su interior, para plantarle cara a los problemas y para seguir luchando.

Cuando termina la lluvia de piedras, Ana vuelve a ponerse de pie y escribe en su libreta: “Soy más fuerte y mejor que tú. Nunca lograrás hacerme daño”. El Miedo, cabreado por la actitud de Ana, abre su boca de cloaca y comienza expulsar un fuerte y violento viento que hace caer a la niña al suelo. Ana, sentada sobre el lecho de afiladas piedras, mira desafiante al Miedo.

  • No puedes hacerme nada. A pesar de todo tengo personas que me quieren –le dice Ana al Miedo.
  • A ti no te quiere nadie. Todo el mundo te odia y te desprecia –responde el Miedo mientras se ríe de Ana.
  • ¡Eso es mentira!
  • Eso es verdad Ana. Nadie te quiere. Eres una idiota y una fea –se burla el Miedo de ella.
  • ¡Puedes decir todo lo que quieras, pero yo se que todo lo que dices es una gran mentira! –grita Ana mientras se pone de pie y se acerca al monstruo -. Mis padres me quieren, mi amiga Alba me quiere, Blancaflor, Gerardo y los demás me quieren. Todos me quieren. ¡Al único al que no quieren es a ti Miedo!

“Y yo tampoco te quiero”, escribe Ana en su libreta. El Miedo retrocede unos metros ante la actitud valerosa de Ana. Para defenderse, el monstruo sigue abriendo la boca y atacando a Ana, pero cada vez es más débil. Se hace más pequeño. Desesperado, lanza un último ataque. Haciendo un raro gesto con sus manos envía un hechizo a Ana que hace saltar la pluma mágica por los aires. Ana acaba de quedarse sin su arma.

  • ¡Ahora no eres tan valiente! –exclama el Miedo ante la cara de pánico de la niña.

La pluma mágica cae a unos metros de Ana. Ella, asustada, no sabe cómo reaccionar. Se queda inmóvil sin saber qué hacer. Pero entonces recuerda a la niña guerrera del cuento que Blancaflor le contó: “Yo también soy una guerrera. Venceré al Miedo, salvaré mi mundo mágico y volveré a casa con mis padres, mi hermano, Alba y todos los demás”. Entonces por un impulso de coraje y pasión, Ana sale corriendo hacia el lugar donde ha caído su pluma mágica. Al instante ve brillar el rubí rojo del capuchón en el suelo y se lanza a por ella recogiéndola rápidamente. Para su tranquilidad no está rota ni dañada.

“Soy más valiente que tú. Yo soy más fuerte que el miedo”, escribe Ana apresuradamente. Entonces el Miedo da un último grito. Un grito de rabia y de dolor. El Miedo sabe que ha perdido la partida y se aferra desesperado a su existencia. Insulta a Ana, la ataca y la increpa, pero todo es en vano. Ana ve como ante sus ojos va desapareciendo el monstruo negro y feo, que se va haciendo cada vez más pequeño hasta que se reduce a la nada y explota en mil pedazos. La desaparición del miedo produce una fuerte explosión que sacude todo el páramo. La onda expansiva hace que Ana caiga dando vueltas al suelo y pierda la libreta, pero sigue manteniendo la pluma mágica en su otra mano.

Segundos después de que todo haya acabado, Ana, que está tirada bocabajo sobre el páramo, se levanta magullada y dolorida. Percibe algo extraño en su mano, una sensación líquida. Entonces se mira y ante su estupor ve como la pluma mágica se ha roto. Al caer al suelo, Ana se apoyó sin darse cuenta con las manos para evitar golpearse la cabeza: “Ha sido cuando se ha roto la pluma”, piensa. Ahora no sabe cómo va a volver a casa y no sabe cómo recuperar su mundo mágico y a sus amigos. De la desesperación pasa a la resignación, se da cuenta de que ahora está sola, sola en este terrible y pétreo páramo.

Entonces comienza a llorar de pena. “¿Qué va a ser de mí?”, se pregunta. Ana empieza a ser consciente de que no podrá abrazar a sus padres, de que no verá crecer a su hermano y que no volverá a jugar más con sus amigos. Y que tampoco volverá a subir en el lomo de Atenea, ni beberá batido de vainilla del pozo de piedra. Estará sola para siempre. Pero un pensamiento se cruza de repente en su cabeza. Puede que no todo esté perdido. En un acto de fe, Ana se impregna ambas manos con la tinta mágica de la pluma, las pone sobre el suelo del páramo y grita en voz muy alta:

  • ¡La aventura comienza de nuevo!

La magia de la tinta se expande por todo el frío páramo que rápidamente se vuelve a convertir en el mundo mágico de Ana, en su mundo. Los prados, árboles, flores, animales, montañas y playas regresan. La laguna de agua dulce aparece en su lugar junto al pozo mientras Alfredo da saltos de alegría sobre sus aguas. El sol vuelve a iluminar un cielo surcado por Atenea y Zeus. Gerardo ríe con los monos saltarines. Y Blancaflor corre hacia Ana para tomarla con muchísima fuerza y alegría en sus brazos.

  • Lo has conseguido valiente Ana –la felicita la bruja buena.
  • ¡Sí! Al final he vencido al miedo Blancaflor –dice Ana llena de felicidad.
  • Pero ahora se ha roto la pluma y no puedes volver a casa –dice un poco apenada Blancaflor.

Es cierto. Con la desaparición de la pluma mágica, Ana ha perdido toda esperanza de regresar del mundo mágico. La niña se mira con detenimiento las manos, que aún guardan restos de tinta entre los dedos. Ana siente que un pequeño nudo se le hace en la garganta: “¿Qué les pasara ahora a mis padres? ¿Me buscaran? ¿Se preocuparan?”, piensa Ana. Pero se acuerda de la nota que les escribió antes de irse pidiéndoles que no la recordaran. Entonces se da cuenta de que ellos no se preocuparan más de ella, porque al no recordarla no sufrirán por su partida. El nudo en la garganta de Ana desaparece y responde sonriente a Blancaflor:

  • No me importa, Blancaflor. No pasa nada. Aquí estoy bien.

EPÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS.

Alberto duerme plácidamente en su cuna, ajeno a la atenta mirada de sus padres Alejandra y Álvaro. La pareja no le quita ojo su precioso recién nacido mientras se abrazan y se sonríen. Alberto es su primer hijo y llega después de un desahucio y del despido de Álvaro de la fábrica de refrescos en la que trabajaba desde hacía años. Por ello su nacimiento ha sido todo un soplo de alegría.

  • ¿De dónde sacaste ese colgante tan bonito? –pregunta Alejandra a Álvaro por la pluma plateada que adorna el cuello de Alberto.
  • Estaba en una de las cajas del desván de tus padres –responde Álvaro -. Lo más curioso es que tiene grabado el nombre del niño. Qué casualidad, ¿no?
  • Sí, es mucha casualidad –dice Alejandra pensativa -. Puede que fuera de un hermano de mi madre. Aquel que desapareció en la guerra.

Álvaro nota como su teléfono móvil comienza a moverse en el bolsillo de su pantalón. Sale un segundo de la habitación y habla por teléfono. Mientras Alejandra se queda al lado de la cuna sin dejar de mirar a su pequeño, risueño, rollizo y hermoso Alberto.

  • Acaba de llamarme Carlos –dice Álvaro cuando vuelve al lado de Alejandra -, mi compañero de instituto. ¿Te acuerdas de él?
  • Sí, sí que me acuerdo.
  • ¡Me ha ofrecido trabajo Alejandra! –exclama Álvaro todo lo susurrantemente que puede -. El lunes quiere hacerme la entrevista. Aunque dice que es un mero trámite, que el trabajo es mío.
  • ¡Cariño! No sabes cuánto me alegro –dice Alejandra dándole un beso a Álvaro.
  • También me ha dicho que va a venir con Isabel y sus hijos a ver al bebé.
  • Tenía dos hijos, ¿no? –pregunta Alejandra -. Alba y Alex.
  • Sí –responde Álvaro abrazando a Alejandra por la cintura.

Ajeno a todo lo que ocurre su alrededor pequeño Alberto se mueve y sonríe en su cuna llamando de nuevo la atención de sus padres. Seguro que está soñando con un mundo mágico lleno de dragonas, sirenos, gigantes y brujas buenas.

La pluma mágica (4)

PSIQUE W.

Anoche Ana se durmió muy tarde porque estuvo escribiendo toda la noche. Con su pluma esmeralda y su libreta fucsia estuvo creando nuevos amigos con los que jugar en el mundo mágico, como por ejemplo Gerardo el gigante. “Gerardo es un gigante de tres metros, fuerte, bueno y un poco bobalicón”, escribía Ana en su libreta, “Va vestido con una camisa blanca, un pantalón verde y un chaleco a juego”. Pensó que Gerardo necesitaba un lugar para vivir y no se le ocurrió mejor lugar que “una playa tropical de arena blanca, aguas turquesa y rodeada de árboles tropicales abarrotados de monos saltarines”. Escribiendo esto, Ana se quedó dormida con su libreta sobre la almohada y la pluma mágica fuertemente sujeta en su mano derecha.

A la mañana siguiente, una mañana de sábado, Ana se levanta muy tarde porque no tiene que madrugar. Todavía con el pijama azul puesto y el sueño en los ojos, desciende las escaleras bostezando hasta llegar a la cocina para desayunar. Cuando entra en la cocina sus padres la esperan impacientes. Su padre sentado en la mesa y su madre de pie mientras le calienta una taza de leche.

  • Buenos días Ana –saluda su madre -. ¿Qué quieres para desayunar? Hay galletas de chocolate.
  • Está bien, dame galletas –responde Ana mientras se sienta a la mesa.
  • Tenemos que contarte algo importante –le dice su padre
  • ¿Qué es papá? –pregunta Ana con curiosidad.

El padre guarda silencio un momento mientras busca la mirada cómplice de la madre, que deja la taza de leche delante de Ana.

  • Vas a tener una hermana o un hermano –responde el padre con una sonrisa exultante.

Ana se queda en silencio, con la taza de leche en la mano, mirando fijamente a su padre. Hasta que no lo soporta más y rompe a llorar de alegría.

  • ¿De verdad papá? –pregunta Ana emocionada.
  • ¡Sí! De verdad Ana –responde el padre -. ¿Te hace ilusión?
  • ¡Mucha! –grita Ana de alegría.

Los tres se abrazan con fuerza, llenos de entusiasmo por la futura llegada de un nuevo miembro a la familia. Ana llora y chilla de la emoción y sus padres no dejan de besarla y estrujarla entre sus brazos. El desayuno de Ana se convierte en una conversación monotemática sobre cómo será el nacimiento del bebé hasta que sus padres terminan recordando que pasó el día que Ana nació.

Llena de ilusión, Ana sube a su habitación y lanzándose sobre su cama aún desecha se sienta sobre el colchón con las piernas cruzadas. Después coge su libreta y su pluma y escribe: “Quiero verlos a todos”. Como siempre, Ana se sumerge en la espiral de luz y tinta negra que representa el camino hacia su mundo mágico. Nunca antes se le había hecho tan corto el trayecto, porque apenas medio segundo después tenía delante de ella a Blancaflor, Alfredo, Atenea y Zeus.

  • ¡Hola Ana! –saludan Blancaflor y Alfredo al unísono.
  • ¡Hola chicos! Tengo una noticia que daros –grita Ana.

Mientras se acerca corriendo y con los brazos abiertos al filo de la laguna de agua dulce donde todos la esperan, Atenea y Zeus saludan a Ana rugiendo y chillando respectivamente. No pueden hablar, pero también se alegran de verla.

  • ¿Qué ocurre Ana? –pregunta Alfredo con curiosidad.
  • Voy a tener un hermano o una hermana muy pronto –responde Ana jadeante por la carrera.
  • Eso es una noticia estupenda Ana –exclama Blancaflor dándole un fuerte abrazo a la niña.

Atenea lanza una llamara al cielo en señal de felicidad y de enhorabuena para Ana. Zeus abre sus alas y las agita con euforia y Alfredo comienza a gritar de emoción mientras hace cabriolas en el agua. Ana se siente aún más feliz al ver que sus amigos se alegran de la noticia.

  • Nos alegramos mucho Ana –responde Blancaflor en nombre de los cuatro.
  • Muchas gracias a todos –dice Ana con sinceridad.
  • Sabes una cosa, podemos hacerle un regalo a tu futuro hermano o hermana –propone Blancaflor.
  • ¿En serio? ¿Cómo? –pregunta Ana con asombro.
  • Observa y veras –responde Blancaflor guiñándole un ojo -. Zeus, ¿me permites?

Zeus arranca con su pico una de las plumas color castaño que forman sus alas. A continuación se la da a Blancaflor, que la lanza al aire y la hechiza con su magia proporcionándole un halo de luz. Después Atenea escupe fuego sobre la pluma, pero lejos de quemarla la templa como un herrero templa una espada y la hace aún más brillante. La pluma cae lentamente a la laguna de agua dulce y se hunde en sus aguas, donde Alfredo va a buscarla rápidamente para sacarla de su interior intacta y reluciente. El sireno acerca la pluma a Blancaflor y esta se la ofrece Ana.

  • Toma, esto es un regalo para tu futuro hermano.

Ana observa con asombro como lo que hasta hace un momento era la pluma de un pájaro gigante, ahora se ha convertido en un colgante del tamaño de su pulgar, con forma de pluma plateada y destellos rojos, dorados y verdes. Lo sostiene sobre la palma de su mano, como si fuera el objeto más valioso del mundo, le da la vuelta y ve un nombre grabado: “Alberto”.

  • Es el nombre de tu hermano –le explica Blancaflor.
  • ¿Va a ser un niño? –pregunta Ana.
  • Sí.
  • ¿Podrá Alberto venir a visitaros cuando sea mayor? –vuelve a preguntar Ana.
  • Por supuesto –responde Blancaflor.
  • Me gusta mucho. Y seguro que a él también le gustará vuestro regalo. Cuando nazca ser lo daré de vuestra parte –promete Ana -. Muchísimas gracias.
  • De nada Ana –responde Alfredo en nombre de todos.

Ana se queda mirando fijamente la pluma de águila real plateada y brillante mientras le da la espalda a sus amigos y avanza unos pasos. La aprieta fuertemente sobre su pecho lleno de felicidad, como si eso la ayudara a estar más cerca de su futuro hermano. De pronto, Ana se da cuenta de una cosa, pega un brinco, se da la vuelta y exclama:

  • ¡Tenemos que ir a ver a Gerardo!
  • ¿Gerardo? –pregunta Alfredo.
  • ¡Sí! El gigante Gerardo –responde Ana.
  • ¿Has creado a un nuevo amigo? –pregunta Blancaflor.
  • ¡Sí! Y una playa preciosa. Gerardo vive allí –explica Ana -. Vamos, sube sobre Zeus. Le haremos una visita Blancaflor.

La bruja buena hace lo que le pide Ana y Ana se monta a lomos de Atenea. Rápidamente, la dragona roja y el águila real elevan su vuelo hacia un cielo azul reluciente y esplendido. Ambos extienden sus alas cuan largas son y se dirigen rumbo al horizonte, a cualquier lugar del cielo. Porque parte de la magia del mundo mágico de Ana radica en eso, en que da igual a donde te dirijas porque siempre encontraras un sitio maravilloso a donde ir.

Poco a poco los verdes prados plagados de unicornios, duendes, hadas, mariposas y árboles preciosos se van transformando en arena, en una arena fina y blanca. El azul del cielo se confunde con el azul turquesa del agua, un agua tranquila y casi cristalina que dibuja el borde de una playa. Lentamente Atenea y Zeus descienden y se posan delicadamente en la orilla. Frente a la línea del mar, al otro lado de la playa, hay un denso y extenso bosque tropical donde viven muchísimos monos saltarines. Es el nuevo mundo mágico que Ana ha creado y que se ha unido al antiguo por medio de la magia de su pluma.

  • Aquí vive Gerardo –dice Ana al bajarse del lomo de Atenea.
  • ¿Y dónde está? –pregunta Blancaflor con curiosidad.

Al instante se oyen unos pasos a lo lejos. Ana y Blancaflor se dan la vuelta y ven llegar alguien vestido con pantalón y chaleco verdes y una camisa blanca. Ese alguien, a medida que se aproxima a ellas, se va haciendo más y más y más grande. Hasta que se planta delante de las dos con sus magníficos tres metros de altura.

  • ¡Hola Gerardo!
  • Hola pequeña Ana.

Responde el gigante con una voz muy grave, como si hablara desde el interior de una cueva muy profunda. Gerardo coge a Ana en su forzuda mano con extrema delicadeza y se la acerca a los ojos para verla mejor.

  • ¿Cómo estas Ana? –pregunta el gigante.
  • Muy bien. Me alegro muchísimo de conocerte Gerardo. ¿Cómo estás tú?
  • Muy feliz de verte a ti también Ana –responde el gigante.

Blancaflor sigue en la orilla de la playa, sorprendida por todo lo que ocurre a su alrededor.

  • ¡Ana! –grita la bruja buena desde el suelo.

Ana y Gerardo reparan en ella. El gigante, de pelo y ojos negros, se agacha para estar más cerca de Blancaflor y Ana le explica:

  • Ella es Blancaflor, una bruja buena y otra de mis amigas aquí en el mundo mágico.
  • Un placer conocerte Blancaflor –le dice Gerardo a la bruja buena mientras le ofrece su dedo meñique a modo de saludo.
  • Lo mismo digo Gerardo –responde Blancaflor, que para devolverle el saludo da un par de palmaditas sobre el dedo que el gigante le ofrece -. Nunca había visto a un gigante tan gigante.

El comentario de Blancaflor incita la risa del gigante, que comienza a emitir sonoras carcajadas provocando que los monos saltarines comiencen a chillar imitando las risas de Gerardo y el agua calmada de la playa se rice formando esplendidas olas.

  • ¡Oh! ¡Ana! ¿Es cierto que vas a tener un hermano? –pregunta de pronto el gigante a la niña.
  • ¡Sí! –responde Ana -. Y mira lo que Blancaflor, Atenea, Zeus y Alfredo han hecho para él –añade Ana mostrándole al gigante con orgullo la pluma plateada.
  • ¡Vaya! En ese caso, yo también debo hacerle un regalo a Alberto.

Gerardo deja a Ana en la orilla, junto a Blancaflor. Se dirige a los arboles tropicales y coge un par de lianas de las ramas. Primero las enrolla, después las pone en las palmas de sus manos, a continuación une ambas manos y comienza a frotar para terminar soplando dulcemente sobre ellas. Un segundo después abre de nuevo las manos y mostrándole a Ana la yema del dedo índice de su mano izquierda le da su regalo.

  • Es una cadena plateada para el colgante –le explica Gerardo.
  • ¡Vaya! Es preciosa –exclama Ana -. Muchas gracias amigo.

Ana se queda un rato más jugando en la playa con sus amigos, despreocupada y alegre. Hasta que se da cuenta de lo tarde que es y de que aún no ha hecho la tarea de la escuela. Apurada, se despide de Atenea, Zeus, Blancaflor, Gerardo y los monos saltarines hasta la próxima visita. “Esta aventura toca hoy a su fin”, escribe como siempre en su libreta fucsia antes de lanzarles un último beso de despedida.

Esa misma tarde, tras terminar los últimos deberes de plástica que le habían puesto en la escuela, Ana sale corriendo de su habitación camino del salón. Con un pequeño papelito en la mano, descuelga el teléfono y marca el número de su amiga Alba. Al otro lado del teléfono descuelga la madre de Alba, que al instante le pasa el teléfono a su hija.

  • ¿Tienes algo que hacer esta tarde? –le pregunta Ana a Alba tras saludarla.
  • No, ¿por qué? –responde Alba.
  • Es que tengo que contarte una cosa –dice Ana con tono misterioso.
  • ¿Te ha pasado algo malo? –pregunta Alba alarmada.
  • ¡No! Es bueno –la tranquiliza Ana -. ¿Nos vemos en el parque?
  • ¡Vale! Nos vemos allí.

Ana se despide de sus padres y sale de su casa rumbo al parque. Por el camino se imagina como será todo cuando nazca su hermano Alberto. Se ve a sí misma jugando con él, enseñándolo a caminar, cogiendo su manita, sosteniéndolo en sus brazos y paseándolo en su carrito. “Cuando sepa hablar y andar solo lo llevare al mundo mágico”, piensa Ana con una sonrisa en la cara. Lo que ella más desea es que Alberto la acompañe a allí, que disfrute de lo que ha creado tanto como ella disfruta. En definitiva, Ana quiere compartir su pequeño paraíso con alguien y con quien mejor que con su hermano.

­En la puerta del parque la están esperando Alba y su hermano, que tiene un balón de futbol debajo del brazo. Cuando los ve, Ana cruza la calle corriendo para encontrarse con ellos.

  • ¡Hola! –saluda Ana a los dos hermanos.
  • ¡Hola! –responde Alba -. ¿Qué era eso que ibas a contarme Ana?
  • ¡Voy a tener un hermano! –suelta de repente Ana.
  • ¡Vaya! Enhorabuena –felicita Alba a Ana dándole un fuerte abrazo.
  • Me alegro mucho Ana –dice el hermano de Alba.
  • Gracias –responde con timidez Ana.
  • Chicas, me voy a jugar con mis amigos –añade el hermano de alba.
  • De acuerdo Alex –responde Alba a su hermano.

Alex, se acerca con cortedad a Ana y le da un abrazo. Ana se lo devuelve sonrojándose automáticamente mientras baja la vista al suelo. Alex sale corriendo hacia el interior del parque para ir a jugar con sus amigos, que lo están esperando. Alba tira del brazo de Ana para que vaya detrás de ella a jugar en los columpios y toboganes del recinto.

Subiendo, bajando, saltando y bailando en los balancines del parque, las dos amigas imaginan que son dos valientes y aguerridas piratas. Las dos capitanas de un gran barco que surca los mares buscando tesoros en islas perdidas y asaltando barcos. Retándose a duelo con otros piratas y marineros que quieren robarles su navío, pero ellas siempre ganan.

  • ¡Mira! Un cofre lleno de luminoso oro –exclama Alba intentando imitar la voz ruda de un pirata -. ¿Qué podemos hacer con él?
  • ¡Comprar chucherías! –grita Ana.

Las dos amigas abandonan entre risas el juego y se sientan cada una en un columpio a descansar.

  • ¿Sabes cuando nacerá tu hermano? –pregunta Alba con curiosidad.
  • Mis padres me han dicho que dentro de seis meses –responde Ana.
  • Qué suerte tienes Ana. Yo quiero un hermano pequeño –dice Alba.
  • Si quieres, cuando nazca Alberto, puedes venir a jugar con él y conmigo a casa –propone Ana.
  • ¿Alberto? –exclama Alba con extrañeza.
  • Eh… ¡Sí! Es que me gustaría que se llamara así –intenta responder con soltura Ana. Se ha dado cuenta que se le ha escapado el detalle del nombre.

Las dos amigas vuelven a reír de nuevo a carcajadas, cuando de pronto una piedra pasa volando muy cerca de la cara de Ana. Desconcertada, comienza a mirar a su alrededor, buscando el origen de aquella piedra voladora. Mueve la cabeza de un lado a otro, pero no ve nada ni a nadie. Extrañada, retoma la conversación con Alba cuando otra piedra, esta vez un poco más grande, la golpea en la cabeza. Dolorida se lleva la mano al lugar donde la han aporreado y vuelve a mirar hacia todos los puntos que la rodean. En ese instante aparece Luis, estaba escondido detrás de unos arbustos.

  • ¿Qué haces aquí? –pregunta Luis con tono de desprecio.
  • ¡A ti que te importa! –responde Ana con rabia.
  • Estamos jugando –interviene Alba a favor de Ana -. ¡Vete!
  • Tú te callas pija –le responde Luis a Alba con mucha brusquedad.
  • ¡No le hables así a mi amiga! –sale Ana en defensa de Alba.
  • ¿Tú amiga? Tú no tienes amigos. Nadie te quiere –le escupe Luis a la cara de Ana.
  • ¡Cállate! –exclama Ana.
  • No me hables así, tonta –responde Luis aún con más desprecio.
  • ¡GILIPOLLAS!

El insultante grito que Ana lanza a Luis se escucha en todo el parque llamando la atención de todo el mundo. Alba se queda sorprendida ante el arrebato de su amiga, arrebato que comprende, pero la reacción de Ana la deja descolocada. Nunca imaginó que sería capaz de decir una palabrota tan fea. Luis se enfada y enrabieta por qué Ana le ha llamado “gilipollas”, así que se agacha y coge la piedra más grande que encuentra en el suelo para tirársela a Ana a la cabeza.

Cuando Luis se pone de pie y alza la mano apuntando hacia Ana, un balón de futbol aparece volando en la escena. Es el balón de Alex, que se estrella con fuerza en la cara de Luis obligándolo a soltar la piedra por el dolor que le produce en impacto. Mientras la piedra cae al suelo, la nariz de Luis comienza a sangrar.

  • ¡Déjala en paz! –grita Alex abalanzándose sobre Luis seguido por sus amigos.
  • ¿Qué pasa? ¿Te gusta Anita la gordita y tontita? –dice Luis en tono burlón intentando zafarse de Alex.
  • No te metas con ella, no te ha hecho nada –le recuerda Alex cogiéndolo del cuello de la camiseta.
  • ¿Te gusta? –insiste Luis.
  • Me gusta mucho más que las personas malas, las que son como tú –sentencia Alex.

Alex y Luis comienzan a darse empujones, tortazos y patadas. Los amigos de Alex llegan en su ayuda o bien para observar la pelea. Alba se asusta muchísimo por lo que le pueda pasar a su hermano y se abraza instintivamente a Ana. Pero Ana no lo soporta más, está llena de rabia y decide actuar por su cuenta y riesgo. Así que, armándose de valor, se abre camino entre el corro de chicos que rodean a Alex y Luis, aparta al hermano de su amiga y ante la cara de confusión de Luis le propina a este una patada en la espinilla y después le pega un empujón que lo hacer caer de espaldas al suelo.

Ana observa con desprecio a Luis mientras le dice:

  • ¡Déjame en paz! No quiero juntarme contigo nunca jamás en la vida. Nunca hemos sido amigos. Eres un egoísta y un abusón, una mala persona y un convenenciero.
  • No me hables así niñata asquerosa –responde el matón desde el suelo.

Luis se levanta con rapidez, coge a Ana de la coleta con la que recoge su pelo y empieza a tirar de ella con fuerza. Ana chilla de dolor y rabia intentando desprenderse de Luis, pero su esfuerzo es en vano. Entonces el resto de chicos, con Alex a la cabeza, los separan obligando a Luis a soltar el pelo de Ana. Finalmente lo consiguen y mientras sujetan a Luis para que no se abalance de nuevo sobre Ana, este la amenaza:

  • ¡Les contare a todos tu secreto!
  • ¿Qué secreto? –exclama Alex.
  • Tiene una pluma mágica y con ella va a un mundo donde hay dragones y magia –confiesa Luis sin ningún reparo.

La peor pesadilla de Ana se ha cumplido. Su mayor temor acaba de hacerse realidad delante de sus narices. Ya no solo se siente traicionada por Luis por revelar su secreto, también se siente agredida. La traición de Luis le duele casi más que el estirón de pelo de hace un momento. Todo el mundo de Ana se derrumba, no se encuentra bien. ¿Qué haría ahora? Todo el mundo querría usar su pluma, todo el mundo iría a su mundo mágico, a su pequeño paraíso. Sentía como un escalofrío la recorría desde los pies a la cabeza.

Pero nadie respondió ante la afirmación de Luis. Nadie se volvió hacia ella para pedirle explicaciones. Al contrario, todo el mundo seguía mirando a Luis, pero no con desprecio, ahora lo hacían con extrañeza. Lo que acababa de decir sonaba a la mayor tontería de la historia de la humanidad. ¿Un mundo dónde hay dragones y magia? ¿En serio? Ana, que se da cuenta de que Luis ha fracasado en su intento de avergonzarla delante de los demás, dice:

  • Eso es mentira. Eres un embustero.
  • A mí nadie me llama embustero. No es mentira, es verdad. Es como un cuento de hadas. ¡Yo he estado allí! –grita Luis desesperado.
  • Eres un niño bebé que cree en los cuentos de hadas –dice Ana en tono burlón.

Imitando a Ana, todos los chicos comienzan a burlarse de Luis. “Niño bebé, niño bebé”, le dicen al unísono mientras le sacan la lengua y se ríen de él. Luis es uno de los peores abusones del colegio, así que, en cierto modo, lo que le están haciendo es que pruebe su propia medicina. El chico, avergonzado y desconcertado, se libra de los demás niños que lo sujetan y se marcha de allí corriendo entre las risas y vítores de los demás.

Ana se queda callada, jadeante y satisfecha mientras ve a Luis huir del parque. Los chicos empiezan a darle palmaditas en la espalada y a felicitarla por la lección que acaba de darle a Luis, pero ella no responde. Todo ha pasado demasiado rápido y necesita asimilarlo. No sabe si estar feliz o triste, si reír o llorar, si quedarse allí quieta mirando cómo se marcha Luis o salir detrás de él y seguir increpándolo. Dentro de Ana se funden sentimientos encontrados: miedo, alegría, duda, felicidad.

  • ¿Quieres que te acompañemos a casa? –pregunta Alex sacando a Ana de sus pensamientos.
  • ¿Eh? No, no hace falta. Estoy bien –responde Ana.
  • ¿Seguro? –dice Alex.
  • Seguro –insiste Ana.
  • Yo no tengo ganas de volver a casa todavía –interviene Alba -, podemos acompañarte hasta la estación de autobuses y damos un paseo.
  • De acuerdo –accede Ana con desgana.

Los tres amigos se van lentamente del parque en dirección a la estación de autobuses. Por el camino hablan de la pelea con Luis, aunque Ana habla poco del asunto. A medida que se acercan a la estación la mente de Ana comienza a divagar y rememorar otra vez la pelea, paso a paso, con detenimiento. Por un lado comienza a preguntarse qué la hace distinta de Luis después de haberse burlado de él esta tarde. Pero por otro se plantea que no tenía otra opción, Luis había desvelado su secreto ella tenía que defenderse. Además le había tirado del pelo y la había llamado tonta.

Se le hace un nudo en la garganta, siente una fuerte presión en el pecho. “Si nadie se metiera conmigo no tendría estos problemas. No tendría que burlarme de nadie para que me dejaran en paz y no tendría que sentirme así de mal”, intenta razonar Ana. Pero por más vueltas que le da a todo no puede aclarar sus ideas.

  • Bueno, nosotros nos vamos ya Ana –dice Alba.
  • Está bien. Muchas gracias por acompañarme –responde Ana con un hilo de voz.

Los dos hermanos se despiden de Ana, que espera a que se marchen y desaparezcan de su vista para entrar en la estación de autobuses. Cuando Alba y Alex desaparecen entre el gentío, Ana da media vuelta y esquivando viajeros y viajeras comienza a correr por la estación. El nudo que siente en la garganta se hace más fuerte, le aprieta aún más, y las lágrimas comienzan a inundarle los ojos nublándole la vista.

Llena de rabia y dolor, Ana se mete en los servicios de la estación. Están sucios y malolientes, pero ahora mismo son el único lugar donde puede refugiarse y estar tranquila. Entra en el último lavabo que encuentra libre y cierra la puerta de un golpe. Entonces da un grito de angustia que hace temblar hasta los espejos de las paredes. Ana no puede dejar de sentir miedo. Miedo de quienes la insultan, miedo de quienes la maltratan, miedo de ella misma. Es una sensación muy extraña la que le oprime el interior de su pecho.

Desesperada, Ana saca su pluma y su libreta de los bolsillos de su sudadera granate, su pasaporte hacia el sosiego que necesita. Con pulso tembloroso escribe como puede, mientras las lagrimas caen en sobre el papel mojándolo y emborronándolo: “Necesito ver a Blancaflor ahora”. Las palabras se convierten en manchas de tinta negra, la libreta se mueve con muchísima fuerza en sus manos. El tornado formado por la tinta es más negro y grande que en otras ocasiones, como si en lugar de ser un túnel para llegar a un bonito lugar, fuera la entrada a la más horrible y recóndita de las cuevas. De su interior no sale luz, sino truenos y relámpagos.

Ana, sin pensarlo, se introduce dentro del tornado. Comienza a dar vueltas, vueltas muy violentas que la agitan de un lado para otro. De pronto, cae de rodillas al suelo y levanta la vista. Su mundo mágico ahora es un lugar terrible. El cielo se ha vuelto oscuro, el sol ha desaparecido, no hay nada, más que árboles secos y muertos y frías piedras en el suelo. El viento y la lluvia se agitan con fiereza. Impresionada Ana observa como un rayo se estrella contra un árbol y comienza a arder. Segundos después Ana ve a Blancaflor delante de ella, con su vestido y sus cabellos moviéndose con el viento. Ana sale corriendo con todas sus fuerzas y se abraza a la cintura de Blancaflor llorando con mayor estruendo que el que provoca la tormenta.

La pluma mágica (3)

PSIQUE W.

Ana está sentada detrás de la escalera de incendios del patio del colegio. Es la hora del recreo y se está comiendo un bocadillo de queso con aceite. Mientras mastica su merienda, Ana rememora lo sucedido cuando hace unos días llevó a Luis a su mundo mágico. Le dolió mucho lo que hizo. Había confiado en él compartiendo algo que para ella era muy importante y la reacción de Luis fue destrozarlo y criticarlo.

Aunque no habían dejado de ser amigos, puesto que se veían y hablaban todos los días, los sentimientos de Ana hacia Luis habían cambiado. Ahora desconfiaba un poco de él y si Luis le pedía volver al mundo mágico, Ana le ponía excusas para no llevarlo. Luego estaba el miedo que sentía ante la idea de que Luis revelara su secreto a alguien más. Por no hablar de la actitud de Luis, que se había vuelto más irascible y malhumorado. Todo esto hace llegar a Ana a la conclusión de que llevar a Luis a visitar a Blancaflor y los demás no fue una buena idea.

En todos estos pensamientos está ensimismada Ana cuando Alba se acerca y se sienta a su lado. Tan concentrada está Ana en comerse el bocadillo y en sus preocupaciones, que no se da cuenta de que su amiga se ha sentado a su lado.

  • Hola Ana, ¿qué haces? –saluda Alba intentando llamar su atención.
  • Nada –responde Ana con la mirada pérdida -. Estaba pensando.
  • ¿En qué piensas? –insiste Alba.
  • En mis cosas. ¿Qué es eso? –pregunta Ana intentando cambiar de tema.
  • Galletas caseras. ¿Quieres una? Yo no puedo comer más –dice Alba señalándose la barriga.
  • ¡Sí! Gracias –exclama Ana cogiendo una galleta de la bolsa que le ofrece Alba.
  • ¿Quieres venir esta tarde a mi casa? –pregunta Alba mientras observa como Ana se come la galleta -. Hoy no tenemos muchos deberes, podemos jugar juntas.
  • ¿A qué podemos jugar? –pregunta Ana con la boca llena de galleta.
  • A lo que quieras. Mi hermano tiene una videoconsola. Bueno, es de los dos, la compartimos.
  • ¿Tienes una videoconsola? –exclama Ana entusiasmada. Ella no tiene videoconsola, nunca ha jugado con una -. ¡Sí! Esta tarde iré a tu casa.

Suena la campana que señala el final del recreo y Ana y Alba se dirigen instintivamente a la fila para entrar de nuevo a la escuela. Las dos horas que restan de clase se le hacen muy cortas a Ana pensando en todas las cosas a las que va a jugar con Alba. Por eso, cuando llega la hora de salir de la escuela, Ana sale corriendo. Pero esta vez es porque quiere llegar pronto a casa y visitar después a su amiga.

Antes de salir del colegio, Luis se cruza en el camino de Ana, ofreciéndose a acompañarla en el camino de vuelta. A Ana no le apetece pararse a hablar con Luis, pero tampoco quiere parecer antipática.

  • ¿Qué vas a hacer esta tarde? –le pregunta Luis a Ana mientras caminan por la calle con la mochila al hombro.
  • Voy a casa de Alba, a jugar –responde Ana escuetamente.
  • ¿Por qué? –pregunta Luis en un tono muy serio.
  • Porque es mi amiga –contesta Ana con inocencia -. Y porque me ha invitado a ir a su casa.
  • ¿Y por qué no vamos otra vez a ese sitio que te inventas? –propone Luis con cierto desprecio. Se nota por su expresión y su forma de hablar que no quiere que Ana vaya a casa de Alba.
  • ¿Para que vuelvas a destrozarlo todo? –le espeta Ana con rencor a Luis.

Luis se para un momento y mira muy enfadado a Ana. No le ha gustado lo que Ana le ha dicho, se siente rabioso: “¿Quién se cree que es esta niñata asquerosa?”, piensa Luis apretando los puños. Por una vez Ana le ha hablado claro, le ha plantado cara y Luis no está acostumbrado a que le hablen así. Pero finalmente se tranquiliza y responde:

  • Lo siento, no lo volveré a hacer –responde Luis intentando parecer arrepentido.
  • Vale, pero esta tarde me voy a casa de Alba –resuelve finalmente Ana y mientras dobla la esquina para dirigirse a su casa, se da la vuelta y dice -. Hasta luego Luis.

Luis no responde y se limita a decir adiós levemente con la mano. Ana se va a su casa contenta, con una gran sonrisa en la cara. Cuando al llegar a casa les dice a sus padres los planes que tiene para esta tarde, estos se alegran mucho. Incluso su padre se ofrece a llevarla en coche a casa de Alba y su madre le da dinero para que invite a su amiga a chucherías.

Cuando llega la hora de ir a casa de Alba, su padre la lleva con el coche y la deja en la misma puerta. La madre de Alba le abre la puerta y saluda a Ana dándole un beso en la mejilla. Alba baja corriendo de su habitación al oír el timbre y también saluda con mucha alegría a Ana. Nada más llegar, Ana le propone a Alba ir a comprar chuches con el dinero que le ha dado su madre. Alba acepta encantada y van dando un paseo a la tienda de chucherías.

Al volver a casa de Alba, las dos se ponen a comer chuches y a jugar al parchís, la oca, las damas y por supuesto a los videojuegos.

  • ¡Hola Ana! –saluda el hermano de Alba asomándose a la puerta de la habitación.
  • Hola –responde Ana tímidamente.
  • Ya podéis poneros a jugar con la videoconsola. Os la he dejado encendida –les dice el hermano de Alba antes de irse a jugar al baloncesto.

Ana se queda mirando fijamente al hermano de Alba, le parece muy guapo y también muy simpático. La ha saludado con mucha amabilidad o al menos eso cree Ana, que por un instante se sonroja. Pero la invitación de Alba a dejar las fichas del parchís y coger los mandos de la videoconsola saca a Ana de su ensoñación temporal. En la videoconsola se ponen a jugar con un videojuego de deportes, concretamente de tenis. Ana va ganando cuando la madre de Alba las llama desde el piso de abajo:

  • ¡Alba! ¡Ana! Bajad a merendar.

Las dos bajan rápidamente a la cocina a tomarse el batido de chocolate y los sándwiches de jamón y queso que les ha dejado la madre de Alba. Cuando se quedan solas, Alba aprovecha para preguntarle a Ana sobre lo que le pasaba esta mañana en el recreo:

  • ¿Qué te pasaba hoy en el recreo Ana? Estabas muy seria.
  • Es que… -titubea Ana -. No sé cómo contarlo… No sé cómo explicarlo… Estaba preocupada por una cosa me pasó hace unos días, nada más.
  • ¿Alguien se ha metido contigo? –insiste Alba preocupada -. Porque le puedo pedir a mi hermano que te ayude a defenderte de los demás niños.
  • No, no es eso –responde Ana con tristeza y clavando la mirada en el plato que tiene delante -. Es Luis, tenias razón sobre él.
  • Te dije que no te juntaras con él –le recuerda Alba.
  • Ya…
  • ¿Qué te ha hecho? –vuelve a insistir Alba, pero esta vez con tono enfadado.
  • Nada… Bueno, le enseñé una cosa y la intentó romper. Y hoy no quería que viviera a tu casa –intenta explicarse Ana apresuradamente.

Ana no despega la vista de su plato vacio y guarda silencio. No sabe cómo explicar lo que le pasa, un cumulo de sensaciones se le amontonan en la garganta. El miedo a que su secreto, su mundo mágico, sea descubierto la obliga a callar y a no confesarle a su amiga lo que realmente le pasa. Alba, que se da cuenta, intenta consolar a Ana:

  • Ana, puedes hacer lo que quieras, pero te aconsejo que dejes de juntarte con él –le dice Alba cogiéndola de la mano -. Si alguna vez necesitas ayuda puedes contar conmigo siempre. Yo nunca me portaré mal contigo.
  • Gracias Alba –responde Ana con una mezcla de emoción y alegría en la voz.

Anochece y es hora de volver a casa. Ana se despide de Alba y su familia deseando volver otro día. Mientras camina por las calles de su pueblo Ana va absorta en sus pensamientos, rememorando cada momento que ha vivido junto a Alba esta tarde, con las manos en los bolsillos y esquivando transeúntes. Piensa en lo que le ha dicho Alba, que nunca se portaría mal con ella y se da cuenta de que su amiga tiene razón. Es en este momento cuando Ana toma la firme decisión de estar siempre al lado de las personas que la quieren de verdad, las que nunca le harán daño, y alejarse de las malas personas. En definitiva, estar cerca de gente como Alba y lejos de individuos como Luis.

Tan despreocupada y feliz va Ana por la calle que no se da cuenta de por dónde camina. De pronto, choca con alguien. Ana se tambalea intentando no caerse al suelo y levanta la vista del suelo al frente. Delante de ella está Luis, con quien ha chocado, mirándola con desdén.

  • Hola Ana.
  • Hola Luis –responde Ana tímidamente.
  • ¿Te lo has pasado bien con Alba? –pregunta Luis con rencor.
  • Si, muy bien –responde Ana intentando aparentar normalidad -. Y tú, ¿cómo te lo has pasado esta tarde?
  • ¿Yo? Bien también…

En ese instante, un grupo de cuatro niñas, del colegio de Ana y mayores que ella, pasan por su lado y mirándola de arriba abajo comienzan a meterse con ella:

  • ¡Ana! ¡Ana! –la llama una de ellas con voz burlona.
  • ¡Tonta! –le dice otra con la misma voz burlona.
  • ¡Anita gordita! –exclama la tercera pasando por su lado.
  • ¡Anita tontita! –dice la cuarta mientras intenta contener la risa.

Las cuatro niñas pasan una a una al lado de Ana, observándola con mucho desdén y riéndose de ella. Ana se queda paralizada, impotente ante el ataque que su persona y su autoestima están recibiendo gratuitamente. No sabe qué hacer, simplemente aprieta los puños de pura rabia e intenta aguantar sus ganas de llorar. Busca la ayuda y el apoyo de Luis, pero este la mira fríamente y no actúa. Luis no habla ni hace nada para defenderla, solo se mueve para marcharse con las cuatro niñas. Ana se siente definitivamente traicionada por él.

Cabizbaja y entristecida Ana retoma el camino de vuelta a su casa. Ya no está feliz, ya no sonríe. Solo piensa en desaparecer de la faz de la tierra, en no existir nunca más. Se da cuenta de lo efímera que puede ser la alegría, cómo en segundos se puede pasar de la felicidad al llanto. Analiza cada una de las palabras y actos que ha vivido desde que sale de casa de Alba hasta que se encuentra con Luis, intentando dar con el motivo y la explicación de su desdicha. Preguntándose por qué todos los niños y niñas de su colegio la increpan de esa manera si ella nunca le ha hecho nada malo a nadie.

Al llegar a casa, Ana tiene los ojos hinchados y la garganta dolorida por intentar aguantarse el llanto. No le gusta que nadie la vea llorar. Sus padres la esperan con la cena en la mesa, la saludan con alegría pero Ana no tiene ganas de ver ni hablar con nadie.

  • ¿Cómo ha ido la tarde? ¿Te lo has pasado bien? –le pregunta su madre.
  • Sí –responde Ana con desgana mientras se lleva la comida a la boca.
  • ¿Qué habéis hecho Alba y tú? –dice su padre.
  • Jugar –vuelve a responder Ana con desinterés hacia sus padres.
  • ¿Y por qué estas tan triste entonces? –insiste su madre -. ¿Te has peleado con Alba? ¿Te ha pasado algo en la calle?
  • ¡Dejadme en paz! –grita Ana enfadada -. ¡No quiero hablar! ¡Dejadme tranquila!

Sorprendidos por la reacción de Ana, sus padres se miran ojipláticos intentando comprender la respuesta tan tosca de su hija. No esperan esa réplica ante su interés por saber cómo había pasado su hija la que se suponía que iba a ser una tarde feliz. La contestación de los progenitores no se hace esperar.

  • ¡Señorita! Esa no es manera de dirigirse a nosotros –le regaña su padre -. Somos tus padres y nos preocupamos por ti.
  • Estás castigada –interviene su madre -. Sube ahora mismo a tu habitación.

Ana deja la comida en el plato y sube corriendo a su habitación. Llorando, se sienta sobre el edredón de la cama y se abraza fuertemente a sus rodillas. Mientras solloza, intenta no hacer ruido para no llamar la atención de sus padres y que así no sigan haciéndole preguntas que ella no quiere responder. Ana vuelve a preguntarse por qué es tan desgraciada, por qué no puede vivir su vida con tranquilidad sin que nadie se meta con ella. Preguntas que se hace en vano puesto que no es capaz de encontrar respuestas.

Minutos después, cuando ya se ha desahogado lo suficiente, busca su pluma mágica de color verde y su libreta fucsia. Las pastas de la libreta están gastadas por el uso y apenas quedan una veintena de hojas en blanco en las que poder escribir. Ana la abre por la última página escrita y pone: “Necesito ver a Blancaflor”. Esas cuatro palabras se emborronan lentamente dando lugar a un tornado de tinta negra que aumenta poco a poco de tamaño. La libreta vibra con energía y Ana se inclina sobre el tornado de tinta. Cegada por la intensa luz blanca que desprende Ana se va abriendo camino hacia su mundo mágico.

Al llegar, Ana se encuentra con un paisaje triste y lánguido, diferente al que ella siempre imagina. El cielo está nublado y gris, el sol apenas brilla. Las flores y los árboles aparecen marchitos. Los unicornios no corretean por los prados verdes. Los pájaros no cantan y las mariposas no revolotean alrededor de Ana. Atenea y Zeus tampoco recorren el cielo haciendo gala de su esplendido vuelo. Ana lo observa todo desolada.

  • Hola Ana.

Blancaflor aparece al lado de Ana y la saluda con un tono suave en su voz. Ana se vuelve hacia ella, abrazándola rápidamente y rompiendo a llorar desconsoladamente.

  • ¿Qué te pasa pequeña? –pregunta Blancaflor intentando consolarla mientras le acaricia la cabeza.
  • ¡Estoy triste y tengo miedo! –grita Ana con la voz rota por el llanto sin despegarse de Blancaflor.

La bruja buena se agacha para poder mirar a Ana a los ojos y le responde con dulzura:

  • Una niña tan maravillosa como tú no puede sentirse así. Ven conmigo –dice Blancaflor a Ana ofreciéndole su mano.

Las dos caminan hasta el pozo que da de beber lo que cada uno desee. Blancaflor saca una cubeta de agua de su interior y se la ofrece a Ana para que beba un poco. Después se sientan en unas rocas junto al lago, donde Blancaflor intenta tranquilizar a Ana y limpiarle las amargas lágrimas que inundan sus mejillas. La respiración de Ana se suaviza poco a poco volviéndose normal. En ese momento Alfredo emerge a la superficie del lago de agua dulce.

  • ¿Qué te pasa Ana? –pregunta el sireno.
  • Está triste y tiene miedo –responde Blancaflor en lugar de Ana.
  • ¿Cómo es eso? –exclama Alfredo.
  • No lo sé. No me ha dicho nada todavía –responde Blancaflor -. Ana, ¿por qué sientes miedo y tristeza?
  • Porque yo nunca le he hecho nada malo a nadie y el resto del mundo si me hace daño a mí –solloza Ana.
  • ¿Quién es “el resto del mundo” Ana? –pregunta Alfredo con curiosidad.
  • Los niños y niñas de mi colegio –responde Ana.
  • Ana, una de las maneras que tenemos de crecer es superar nuestros temores. Tú eres muy joven todavía, pero lograrás superarlos y vencerlos –dice Alfredo mirando fijamente a Ana -. Lo que esos niños y niñas te hacen está mal.  Sé que es insoportable para ti y no te gusta que lo hagan. Pero recuerda que tú eres muy valiosa, que tienes a muchas personas que te quieren, te admiran y lo último que quieren es verte triste y con miedo. Reúne todo el valor y la fuerza que tienes dentro de ti y planta cara a tus miedos. Como la niña guerrera del cuento –le recuerda.

Ana mira perpleja a Blancaflor y esta le dice:

  • Alfredo tiene razón.

Ana, mucho más tranquila y reconfortada, sonríe y poniéndose de pie le dice a Blancaflor y a Alfredo:

  • Muchas gracias por vuestra ayuda y vuestros consejos. Sois unos amigos muy leales. Os quiero mucho.

Ana se abraza primero a Blancaflor, que le devuelve el gesto y le da un tierno beso en la coronilla. Después, Ana se acerca a la orilla del lago y hace lo mismo con Alfredo, que le acaricia suavemente la mejilla cuando se despide de ella. Feliz de nuevo, Ana escribe en su libreta las palabras que la llevan de su mundo mágico al su mundo real: “Esta aventura toca hoy a su fin”.

Segundos después aparece en su habitación. La casa está en silencio, Ana intuye que sus padres ya se han acostado. Agotada por el día tan intenso que ha vivido, con tantos altibajos emocionales, Ana cae rendida en su cama. Sin ponerse el pijama y ni deshacer el lecho, se tumba sobre el edredón mientras abraza su pluma mágica y su libreta fucsia. Lentamente cierra los ojos y se va dejando llevar por el sueño mientras una lágrima nace de sus pestañas y una leve sonrisa de dibuja en su rostro.

La pluma mágica (2)

PSIQUE W.

Es domingo y, como cada domingo, Ana va a comprar chuches después de hacer los deberes. Cuando atraviesa el parque de vuelta a casa se da cuenta de que los niños de su clase no están allí. Así que, como hace buen tiempo, decide quedarse un rato. Ana busca un árbol apartado y se sienta bajo su sombra. Cómodamente situada sobre el césped verde, Ana come feliz de la bolsa que tiene en su regazo llena de regalices rojos.

Entonces, saca su libreta fucsia y su pluma mágica de los bolsillos de su sudadera granate. En su libreta de anillas, Ana escribe y describe todos y cada uno de sus deseos, relata todas las historias y mundos que crea con su infantil imaginación. Abriendo la libreta por la última página manuscrita, Ana escribe: “Quiero ver a Blancaflor”.

Al instante, la libreta fucsia comienza a vibrar en las manos de Ana y un torbellino tinta negra la absorbe por completo, haciéndola desaparecer de la sombra del tilo bajo la que se encuentra. Lo siguiente que Ana ve es a una sonriente y radiante Blancaflor que la recibe con los brazos abiertos.

  • ¡Hola Ana!
  • ¡Hola Blancaflor! –chilla Ana llena de alegría abrazando a Blancaflor.
  • ¿Cómo te ha ido la semana? –pregunta Blancaflor a Ana.
  • Como siempre… -responde Ana con tristeza -. ¿Quieres chuches? –recupera la sonrisa mientras le enseña su bolsa llena de regalices, golosinas y chocolates a Blancaflor.
  • ¡Gracias! –exclama Blancaflor cogiendo una bola de chocolate blanco y llevándosela a la boca.
  • ¿Qué podemos hacer hoy? –pregunta Ana entusiasmada.
  • ¿Quieres que volemos hasta la montaña rosada? –propone Blancaflor.
  • ¡Sí! –responde Ana con euforia.

Como si hubiera estado escuchando la conversación entre Ana y Blancaflor, la dragona baja volando desde el cielo azul y se planta delante de ellas. Ana y Blancaflor se suben sobre el lomo rojo de la dragona y comienzan a sobrevolar el mundo mágico y fantástico que las rodea. Bandadas de pájaros de colores cuyos cantos se asemejan al sonido de las arpas, hipogrifos, elfos, centauros, ninfas, unicornios, sátiros, dríadas y sílfides se arremolinan a su alrededor o bajo su sombra al verlas pasar montadas en la dragona.

Al fondo, en el horizonte, se ve la montaña rosada. En realidad, la montaña no es del todo rosada, simplemente esta impregnada de todos y cada uno de los colores cobrizos, rojizos y anaranjados del atardecer. La visión de la montaña cubierta por el atardecer le recuerda a Ana aquellas vacaciones en el pueblo de sus abuelos paternos, trayendo a su mente esos interminables paseos de la mano de ambos mientras el sol se ponía en el horizonte. Por eso le gusta tanto esa montaña. Al llegar a ella, la dragona aterriza en la cumbre permitiendo bajar a Ana y Blancaflor de su lomo.

  • ¿Qué nombre podría ponerle a la dragona? –pregunta Ana a Blancaflor mientras se recuesta sobre la hierba fresca de la montaña.
  • El que tú quieras –responde Blancaflor colocándose a su lado.
  • ¡Llamarada! ¡Flor de fuego! –chilla Ana todos los nombres que se le ocurren, pero ninguno la convencen -. ¡No! ¡Atenea!
  • Me gusta Atenea –reconoce Blancaflor -. Y a esta montaña donde nos encontramos, ¿cómo la llamarías?
  • Um… -medita Ana un instante -. La Montaña Solar –sentencia finalmente.
  • ¿Por qué? –pregunta Blancaflor con curiosidad.
  • Porque el sol la ilumina al ponerse y le da unos colores muy bonitos. A mí me gustan mucho –explica Ana con pasión -. Además, me recuerda a los paseos con mis abuelos en mis vacaciones de verano.
  • Vaya, no me había dado cuenta de los colores de la puesta de sol –responde Blancaflor ensimismada -.
  • ¿Y al sireno? ¿Cómo lo llamo? –vuelve a preguntar Ana.
  • ¿Cómo quieres llamarlo tú? –dice Blancaflor.
  • ¡Alfredo! -exclama de pronto Ana -. El sireno Alfredo. Ja,ja,ja,ja,ja –rompe Ana a reír sin parar.
  • ¡Qué graciosa eres Ana! –dice Blancaflor a carcajadas.
  • Y al águila real la podría llamar Zeus. ¿Qué te parece? –pregunta Ana a Blancaflor con los ojos muy abiertos.
  • Me parece fantástico Ana.

Otro ataque de risa se apodera de Ana y Blancaflor que ríen hasta quedarse sin aliento. Tumbadas en el suelo, cogidas de la mano y mirándose fijamente a los ojos, Ana le pide a Blancaflor que le cuente un cuento.

  • Te voy a contar uno muy cortito –le dice Blancaflor.
  • Te escucho –responde Ana.
  • Había una vez –comienza Blancaflor a relatar -, una niña guerrera muy, muy, muy valiente. Esta niña guerrera protegía a su aldea de un brujo malvado que enviaba maleficios contra sus paisanos siempre que podía. Hasta que un día decidió enfrentarse cara a cara con él. Pero el brujo malvado sabía que la niña guerrera tenía un punto débil: el miedo. Así que el brujo malvado lo aprovecho para hacer daño a la niña guerrera. Cuando la niña guerrera fue al encuentro del brujo malvado, este la esperaba junto a un feo monstruo que representaba todos sus miedos. La niña guerrera, asustada, se escondió detrás de una gran roca para que el monstruo no la encontrara. El monstruo la buscaba por todas partes, mientras que el brujo malvado se reía de la cobardía de la niña guerrera. Entonces la niña guerrera se dio cuenta de que si no plantaba cara a sus miedos el monstruo y el brujo malvado arrasarían su querida aldea. Por eso se armó de valor, salió de detrás de la gran roca y se plantó delante del monstruo diciendo: “No te tengo miedo. Yo soy más fuerte que tu.” Entonces el monstruo grito de terror y dolor y desapareció, y con él también lo hizo el brujo malvado. Y así la niña guerrera venció a sus miedos y salvó su aldea.

Ana, sorprendida por el cuento que le acaba de contar Blancaflor, se queda sin habla por un instante. Hasta que se da cuenta de la hora que es.

  • ¡Ay! ¡Qué tarde es! –exclama mirando su reloj -. Tengo que volver a casa.
  • Regresa pronto Ana –se despide Blancaflor.

Ana vuelve a sacar su libreta fucsia y su pluma mágica escribiendo: “Esta aventura toca hoy a su fin”. Otra vez el remolino de tinta negra la absorbe y la devuelve a la sombra del tilo bajo la que estaba sentada hace un rato. Poniéndose de pie y sacudiéndose la hierba de sus pantalones vaqueros, Ana guarda su libreta y su pluma en los bolsillos de su sudadera y se va a casa con la bolsa de chucherías en la mano.

Camina lentamente hacia la salida hasta que antes de cruzar la puerta del parque, un niño se cruza en su camino. El chico es rubio, con pecas, ojos azules, alto y delgado. Él se planta delante de Ana y le dice intentando imitar un tono de timidez:

  • Hola… -responde Ana desconcertada y desconfiada.
  • Me llamo Luis –dice el chico, que es mayor que Ana.
  • Yo soy Ana –responde Ana nerviosa, con muchas ganas de marcharse.
  • ¿Qué es lo que has hecho antes? –pregunta de sopetón Luis.
  • No… Nada –vuelve a responder Ana bajando la cabeza. Está incomoda.
  • ¡Sí! De pronto estabas junto al árbol y luego has desaparecido –insiste Luis reclamando una respuesta.
  • Eso es mentira –responde Ana muy nerviosa.
  • ¡No! –insiste Luis -. Yo te he visto.

Ana, asustada por la forma intimidante en que Luis se dirige a ella, sale corriendo del parque. Con las lágrimas asomándoles en los ojos, se lleva las manos a la cara para que nadie la vea llorar. El camino a casa nunca se le había hecho tan largo. Cuando por fin llega, antes de entrar al salón, se limpia las lágrimas y respira hondo antes de entrar a comer. Tiene que disimular su estado antes de ver a sus padres.

  • ¿Dónde estabas? –pregunta su padre.
  • En el parque –responde Ana.

Ana se sienta a la mesa y comienza a comer sin pronunciar palabra, mientras piensa en lo que acaba de sucederle. Se le hace un nudo en el estomago y se da cuenta de han estado a punto de descubrir su secreto. Entonces comienzan a llenarla pensamientos negativos sobre las consecuencias de ese descubrimiento. ¿Qué pasaría si alguien se enterara de que tenía un pluma mágica y podría crear mundos y seres fantásticos con ella? Todo el mundo querría usarla y ella se quedaría sin un lugar donde poder ser feliz. La sola idea aterroriza a Ana, que intenta sacársela de la cabeza como puede. “No debo preocuparme. No sé quién es ese niño, y probablemente no vuelva a verlo nunca más”, piensa Ana.

A la mañana siguiente, de camino a la escuela, Ana ya se ha olvidado de lo sucedido ayer en el parque. Cuando entra al patio de la escuela se pone en fila esperando a que sea la hora de entrar a clase. Mientras está ahí, habla tímidamente con Alba sobre todo lo que han hecho el fin de semana. Ana y Alba ríen sin parar cuando Alba le cuenta lo bien que se lo pasó jugando con sus primos en el pueblo de su madre. Pero dejan de sonreír cuando Luis se acerca a Ana por la espalda y la aparta un momento de la fila.

  • Perdona lo de ayer… -se excusa Luis -. Yo también lo pasó mal en la escuela –reconoce con la intención de acercarse a Ana.
  • No pasa nada –responde Ana con timidez.
  • ¿Me perdonas? –pregunta Luis con arrepentimiento.
  • Vale –dice Ana asintiendo con la cabeza.
  • ¿Amigos? –le propone Luis a Ana sonriendo y tendiéndole la mano.
  • Amigos –responde Ana devolviéndole el gesto.

Cuando Ana vuelve a la fila, Alba la espera con cara de preocupación.

  • No te fíes de él –le advierte Alba -. Es un repetidor. Va a clase con mi hermano, dice que tiene trece años y que no le hace caso al profesor.

Ana no responde ante la advertencia de Alba. Es cierto que al principio Luis no le inspiraba confianza, pero si dice que el también tiene problemas en la escuela no puede ser tan malo. “Quizás otros niños se metan con él”, piensa Ana para sus adentros. Sin mediar palabra, Ana y Alba se dirigen a la clase siguiendo a la fila de compañeros y compañeras.

La semana va pasando y poco a poco Ana y Luis se van haciendo amigos. Se esperan al salir de la escuela para volver a casa y se saludan en todos los recreos. Incluso Luis la defiende cuando los matones de la clase de Ana se meten con ella. Luis se va convirtiendo en un confidente, en una especie de héroe para Ana. Tanto es así, que el carácter de ella comienza a cambiar. Ya no está triste, ni llega corriendo o llorando a casa. Ahora es una niña feliz de once años.

El domingo, Ana vuelve a ir a comprar chuches después de terminar sus deberes, pero esta vez se encuentra con Luis en el parque. Mientras comparten las golosinas, Ana le dice a Luis:

  • Luis, ¿puedo contarte un secreto?
  • Sí, claro –responde Luis.

Ana guarda silencio un instante y vuelve a decir:

  • No se lo digas a nadie, ¿vale? –le advierte -. Es un secreto entre tú y yo.
  • De acuerdo. Te lo prometo –dice Luis -. ¿Qué quieres contarme?
  • Tengo una pluma estilográfica que es mágica –suelta Ana de repente.
  • ¿En serio? –exclama Luis -. No me lo creo.
  • ¡De verdad! Todo lo que escribo con la pluma se hace realidad –cuenta Ana con una sonrisa en la cara.
  • ¿Y qué escribes con ella?
  • Me invento un mundo mágico, lleno de seres y animales fantásticos. Como en los cuentos y las leyendas –explica Ana entusiasmada -. ¿Quieres visitarlo conmigo?
  • ¡SI! –grita Luis eufórico -. ¿Qué tengo que hacer?
  • Seguirme al interior del tornado de tinta.

Ana saca su libreta fucsia y su pluma mágica ante la cara de asombro de Luis. “Quiero ir a ver a Blancaflor y que Luis venga conmigo”, escribe Ana con letra infantil. Las hojas de la libreta se mueven y estremecen, hasta que la tinta plasmada en ella se arremolina y se convierte en un torbellino de luz. Entonces Ana salta dentro tirando del brazo de Luis para que la siga.

Segundos después, Ana y Luis aparecen en el mundo mágico, Blancaflor los espera sonriente.

  • ¿Quién es esta? –pregunta Luis al ver a Blancaflor.
  • Es Blancaflor, mi amiga –le explica Ana -. Es una bruja buena.
  • Hola Luis –saluda Blancaflor.
  • ¡Puf! Menudo nombre… -exclama despectivo Luis -. ¿Y eso?

Detrás de Blancaflor están la dragona roja Atenea y el agila real gigante Zeus, que han llamado la atención de Luis.

  • Son Atenea y Zeus –explica Ana sonriente -. Atenea es una dragona y Zeus es el águila real.
  • ¿Una dragona?, ¿y se llama Atenea? Estás un poco loca –le dice Luis a Ana en tono de burla -. ¿Y aquello que es?
  • Un pozo –señala Ana.
  • Buah… Menuda birria de mundo mágico. Qué imaginación tan mala tienes Ana –sigue quejándose Luis.
  • Puedes beber lo que quieras de él. Cualquier cosa. –le explica Blancaflor.
  • ¿En serio? –pregunta Luis.

Tanto Ana como Blancaflor asienten a la pregunta de Luis que sale corriendo hacia el pozo y comienza a beber y a reír con carcajadas estruendosas y maléficas. Ante el ruido producido por Luis, Alfredo el sireno sale a la superficie de las aguas de su lago de agua dulce. Cuando Luis lo ve, comienza a tirarle piedras consiguiendo asustar a Alfredo. Pero su vandalismo no queda ahí. Luis empieza a correr de un lado a otro, destrozando todo lo que encuentra a su paso. Ana y Blancaflor se miran la una a la otra con pena. Es ahora cuando Ana se da cuenta de que Alba tenía razón, no debería haber traído a Luis a su mundo mágico.

La pluma mágica (1)

PSIQUE W.

Ana es una niña de once años normal y corriente, tiene unos padres normales y corrientes, vive en una casa normal y corriente, en un pueblo normal y corriente. También tiene unos ojos grandes y marrones normales y corrientes, con un pelo castaño normal y corriente y unos mofletes sonrosados normales y corrientes.

Aparentemente, todo es normal y corriente en Ana, salvo una cosa. Ana es una niña triste y solitaria. La razón de ello es como discurre su día a día en el colegio. En el colegio, algunos de sus compañeros y compañeras de clase se meten con ella. Le dicen cosas feas sobre su forma de ser, su forma de hacer las tareas en la escuela y algunas veces sobre su físico. Mientras, el resto de niños y niñas no hacen nada para ayudarla porque también tiene miedo de que los niños malos se metan con ellos. Esta es la razón por la cual Ana no tiene muchos amigos, casi no tiene ninguno, y también es la razón por la que llega triste a casa. Ana está cansada de sentirse sola en la escuela.

Como todos los días, Ana es la primera en salir de clase cuando la maestra les da permiso para irse a casa. Ana recoge rápidamente sus lápices, libretas y libros y sale corriendo del colegio con su mochila roja a la espalda y sus viejas zapatillas moradas. Así, evita que los matones de su clase la increpen por los pasillos y la empujen. Nada más salir de la escuela, comienza a correr, cruzando esquinas y pasos de cebra sin mirar a los lados. Cuando llega a casa, Ana jadea por el cansancio de tan larga carrera. Al entrar a la cocina para beber agua ve a su padre terminando de preparar la comida.

  • ¿Por qué llegas siempre corriendo Ana? –le pregunta su padre extrañado.
  • Me gusta correr –responde Ana de mal humor. Una de las cualidades de Ana es que es un poco deslenguada, y no le importa contestar de mala manera a quien se ponga por delante. Lo hace para protegerse de los demás.

El padre de Ana está en paro desde hace un año. Trabajaba en una fábrica de refrescos, pero hicieron reducción de plantilla y se quedó sin trabajo. Desde entonces, el padre de Ana, es quien limpia la casa, prepara la comida y hace la compra.

  • Suelta la mochila en tu habitación y baja a comer, ¿vale? –le dice su padre haciendo caso omiso a los malos modos de Ana.
  • Sí papá –responde Ana de mala gana.
  • Por cierto, he limpiado el desván de los abuelos. Te he dejado una caja con cosas viejas en tu habitación que creo que pueden gustarte –dice el padre de Ana en tono amable.
  • Vale papá, le echaré un ojo –contesta Ana mientras sube las escaleras hacia el piso de arriba.

Ana vive con sus padres en casa de sus abuelos maternos. Su abuelo murió cuando ella tenía cinco años y su abuela murió hace un año, justo cuando se mudaron a su casa. Antes, Ana y sus padres vivían en un piso grande, espacioso y nuevo. Pero el banco echó a Ana y sus padres de su piso por no poder pagarlo al quedarse el padre de Ana sin trabajo. Así fue como terminaron viviendo en casa de la abuela materna de Ana. Cuando murió su abuela, la madre de Ana heredó la casa y finalmente se la quedaron.

Ana sube corriendo las escaleras hasta llegar a su habitación, que antes fue la habitación de su madre. Es cuadrada, con una cama grande, un armario de madera y un escritorio al lado de la ventana y con una estantería llena de libros y peluches encima. Cuando entra, Ana tira la mochila al suelo y se sienta delante de la caja de cartón que su padre le ha dejado, llena de cosas, en mitad de su habitación. Empieza a rebuscar y mirar todo lo que hay, encontrándose con ropa vieja, muñecas, la tulipa de una lámpara, unos prismáticos viejos, una caja de latón, papeles antiguos… Hasta que finalmente encuentra algo que llama poderosamente su atención.

En el fondo de la caja, muy bien escondida, o perdida, Ana se topa con una antigua pluma estilográfica. La pluma es muy brillante, de color verde jade, con un diminuto rubí rojo en el capuchón y el clip y el plumín dorados. Nunca había visto una pluma estilográfica de cerca, pero Ana se queda fascinada por ella y observándola con mucho detenimiento decide quedársela.

  • ¡Ana! ¡Vamos a comer! –grita su padre desde el piso de abajo.

Ana se mete la pluma en el bolsillo de su sudadera granate y baja corriendo las escaleras hasta llegar al salón. Cuando entra, la mesa esta puesta y sus padres la están esperando para comer. Ella se acerca a su madre y le da un beso en la mejilla antes de sentarse delante de su plato. La madre de Ana trabaja en unos grandes almacenes, como encargada de la sección de informática. Trabaja allí desde que los abrieron, es una de las empleadas más veteranas, y es gracias a ese trabajo que el hogar de Ana sale adelante.

  • Cariño, ¿cuándo vas a tirar esas zapatillas tan viejas? –le pregunta su madre.
  • ¡No quiero tirarlas mamá! Me gustan mucho –dice Ana en un tono mal humorado.

Ana siempre lleva unas zapatillas moradas, muy viejas, pero que le gustan mucho porque se las regaló su abuela paterna. Son unas zapatillas de lona, con la suela muy gruesa, que le cubren el pie desde el tobillo y tienen unos cordones muy largos de color blanco. Nunca se separa de ellas, y a pesar de que ya empiezan a romperse, Ana no las cambiaría por nada del mundo.

  • No contestes así señorita –le regaña su madre con los ojos muy abiertos.

Ella agacha la cabeza avergonzada. Mientras comen, Ana piensa en los niños de su colegio y se da cuenta de que en realidad no todos son malos con ella. Hay una niña, una compañera de clase que se llama Alba, que se porta bien con Ana. La saluda siempre que la ve y la ayuda a hacer los deberes en clase. Ana no entiende porque Alba hace eso, y más siendo una de las niñas más inteligentes y populares de la escuela. Le extraña tanto la actitud de Alba que una vez Ana le preguntó porque era tan agradable con ella y Alba le respondió: “Porque me da pena verte sola”. Desde aquel día Ana es más simpática con Alba. Pero aun así Ana intenta no juntarse con el resto de niños y niñas de su clase que siempre se meten con ella. Aunque Ana no sabe porque lo hacen.

  • Ana, recuerda que esta tarde tienes clase de inglés –le dice su padre.
  • Sí papá. Ya lo tengo todo listo para ir –responde Ana.
  • De acuerdo. ¿Quieres que te recoja al salir? –le pregunta su padre amablemente.
  • No –responde Ana en tono cortante.

En la academia de ingles ningún niño se mete con Ana pero nadie habla con ella. Solo lo hacen los chicos y chicas más mayores que van a su clase. Ana siempre está callada porque tiene miedo de relacionarse con otros niños y niñas. Teme que le digan las mismas cosas que le dicen los matones de su colegio, por eso nunca les dice nada. Pero con los chicos y chicas mayores es diferente, ellos se acercan, hablan con ella, la invitan a chucherías y se sientan con ella en clase cuando entran a la academia. Las clases de inglés son un remanso y un consuelo para Ana.

Después de la clase de inglés, Ana sale feliz y contenta hacia su casa. Pero al entrar en el parque de su pueblo, el cual cruza para ahorrar tiempo de vuelta a casa, se encuentra con algunos niños de su clase.

  • Ana, ¿dónde vas? –le grita uno de ellos. Pelirrojo y con pecas.
  • A mi casa –responde ella bajando la cabeza y acelerando el paso.
  • Ven aquí con nosotros. Queremos jugar contigo –le vuelve a decir el pelirrojo.

Pero Ana sabe que no quieren jugar con ella y de reojo ve como el niño pelirrojo y sus tres amigos empiezan a seguirla. Ana empieza a correr con su carpeta bajo el brazo.

  • ¿Quién va a querer jugar contigo con lo fea que eres? –grita uno de los niños.
  • ¡Sí! ¡Culo gordo! –dice otro.
  • ¡Tonta! ¡Estúpida! –la insulta el tercero -. Qué no sabes hacer las cuentas de dividir. ¡Tonta!

Ana corre todavía más rápido y los cuatro niños empiezan a perseguirla por el parque. Mientras intenta huir de ellos, sigue oyendo como la increpan y se meten con ella. Y aunque Ana intenta hacer oídos sordos a todo lo que le dicen, cada palabra es un palo en su autoestima. Antes de salir del parque, los cuatro niños se cansan de perseguirla y dejan que Ana se vaya corriendo.

Cuando llega a casa Ana no ve a nadie, solo encuentra una nota de sus padres en el salón: “Ana, hemos ido a comprar al supermercado. Volveremos pronto. Besos, papá y mamá”. Ana deja la nota sobre la mesa del salón y sube corriendo a su habitación. Entra y cierra la puerta de un portazo, sentándose en la silla del escritorio y dejando caer la carpeta a sus pies. De pronto, siente un nudo en la garganta, sus ojos se llenan de lágrimas y comienza a llorar muy fuerte. Apoya los brazos sobre el escritorio y deja caer su cabeza sobre ellos ahogando sus lágrimas. Se pregunta por qué los niños son tan crueles con ella, por qué tiene que sufrir esos insultos y por qué nadie la defiende. Se siente incomprendida y mientras más se lamenta, más dolorosos son sus llantos.

De repente, escucha un tintineo a su lado. Mira a su alrededor y ve la pluma verde tirada en el suelo. Se le ha caído desde el bolsillo de su sudadera. Ana la recoge del suelo y la observa levemente mientras se sorbe los mocos de la nariz y se limpia las lágrimas de las mejillas con el puño de la mano. Decide averiguar si esa vieja pluma estilográfica funciona. Quita el tapón de la pluma y abre una libreta fucsia que tiene a mano.

Ana pone la pluma sobre el papel y escribe: “Ojalá viviera…”. Antes de continuar la frase una nueva lágrima cae sobre la hoja en blanco. “Ojalá viviera en un mundo donde pudiera ser feliz”, escribe Ana. La tinta brilla un instante y luego se vuelve negra, su color original. Ana nota que ha pasado algo raro con la tinta de la pluma, pero sigue escribiendo: “Ojala viviera en un mundo fantástico, sin niños malos”. El llanto y las lágrimas de Ana se transforman en ímpetu y deseos de describir lo que para ella sería un mundo perfecto: “Un lugar con muchas flores de colores, árboles verdes, frondosos y de todo tipo, águilas enormes, dragonas, unicornios, sirenos que vivan en lagos de agua dulce y todo tipo de criaturas y seres fantásticos. Y gatos, ojalá vivan muchos gatos y animales en él. Y también tiene que vivir una bruja buena”, escribe Ana sin parar. “Además, también tiene que haber un pozo que contenga cualquier tipo de bebida, para beber lo que quiera cuando me apetezca”, culmina Ana de diseñar su mundo ideal.

De pronto, las palabras comienzan a emborronarse y a convertirse en un tornado de tinta negra. Ana, sorprendida, ve como su libreta y su escritorio comienzan a vibrar con fuerza, mientras los libros de su estantería no dejan de moverse. La libreta fucsia no para de agitarse y el tornado de tinta se hace más y más grande sobre su escritorio. Ana asustada agarra su pluma con fuerza y se asoma al interior del tornado. Dentro ve salir una luz blanca y cegadora, se inclina levemente sobre ella y al instante es absorbida por la luz que sale del remolino de tinta negra.

Ana, siendo tragada por el tornado mágico de tinta y luz, comienza a dar vueltas como una peonza. Agarrada a su estilográfica y a su libreta, se siente ligera como una pluma. Incluso encuentra divertido estar dentro de un tornado, siente como si estuviera en una montaña rusa. Lentamente deja de dar vueltas y el tornado comienza a desaparecer. Ana cae bruscamente al suelo bocabajo y al incorporarse ve algo maravilloso. El mundo que ella acaba de describir en su libreta.

  • Bienvenida Ana.

Le dice una mujer con un vestido azul eléctrico y un sombrero de pico en la cabeza. El vestido tiene las mangas anchas y arrastra por el suelo, mientras que el sobrero es negro y tiene una hebilla dorada.

  • ¿Quién eres tú? –pregunta Ana boquiabierta.
  • Soy una bruja buena, como tú has deseado –responde la mujer.
  • ¿En serio? –pregunta Ana aún mas sorprendida.
  • ¡De verdad! –exclama la bruja buena -. Todo lo que ves aquí lo has creado tú con tu pluma, tu libreta y tus deseos.
  • ¿Cómo? –Ana no da crédito a lo que está viendo.
  • Con tu imaginación –dice con dulzura la bruja buena mientras sonríe y toca la nariz de Ana con su dedo índice.

Ana mira a su alrededor y ve un enorme y hermoso jardín lleno de hierba verde y flores de colores de todos los tipos que puede alcanzar a imaginar: rosas, margaritas, jazmines, campanillas, claveles, narcisos, kalanchoes… Los árboles son altos y verdes: pinos, sauces, hayas, robles… Y además hay cascadas y fuentes por todas partes alumbrados por un enorme y radiante sol.

  • Vamos, demos un paseo –le propone la bruja buena a Ana.

Ana coge a la bruja buena de la mano y se va con ella caminando tranquilamente. Mientras van andando, los animales y los insectos se les acercan cariñosamente. Un gato negro se enreda en los pies de Ana intentando jugar con ella y una decena de mariposas de colores se arremolinan sobre su cabeza. Pero lo más impresionante es cuando sobre el cielo aparece la silueta de una inmensa y magnifica dragona de color rojo brillante. La dragona va escupiendo fuego por su boca, dibujando símbolos con su aliento y describiendo espectaculares cabriolas en las alturas. Ana queda fascinada y boquiabierta ante el poderío de la dragona roja.

A continuación, una manada de unicornios se cruza delante de Ana y la bruja buena. Hay unicornios pequeños y grandes, de color blanco, marrón, negro, gris y con manchas. Los unicornios juegan entre ellos y se paran a comer hierba fresca. Ana pensaba, hasta este momento, que los unicornios no vivían en manadas y que solo eran de color blanco. Pero se equivocaba. El mundo que ha creado no deja de sorprenderla. Le duelen los mofletes de tanto sonreír.

Ana y la bruja buena siguen caminando hasta que una enorme y hermosa águila real se para frente a ellas. El águila les indica con su pico que suban sobre ella.

  • Ana, ¿quieres dar una vuelta en águila? –le pregunta la bruja buena.
  • ¡Sí! ¡Sí que quiero! –exclama Ana feliz.

Las dos se montan sobre el enorme cuerpo del águila y esta comienza a mover sus alas levantando una nube de hierba y polvo, hasta que comienza a elevarse poco a poco en el aire. El águila vuela portando a Ana y la bruja buena, pudiendo Ana observar y admirar todo el mundo que ha creado gracias a su imaginación y a su pluma mágica. Puede ver las flores, los árboles, el agua, los unicornios… y también centauros, minutaros, hadas, duendes, entre otros tantos seres y animales mágicos, y no mágicos, que alberga su imaginación.

Después del vuelo, el águila desciende poco a poco al suelo, posándose a la orilla de un lago. Cuando Ana y la bruja buena se bajan del águila, esta le dice a Ana:

  • Esto es un lago de agua dulce, Ana. Y en él vive un sireno.

Ana, sorprendida por la explicación de la bruja buena, dirige su curiosa mirada al centro del lago. Inmediatamente emerge de la superficie del lago la figura de un hombre con la piel pálida, el pelo largo y negro y que esta vestido con un chaleco azul de escamas brillantes.

  • ¿Es el sireno? –pregunta Ana entusiasmada señalando al centro del lago de agua dulce.
  • Sí, lo es –responde amablemente la bruja buena.

El sireno saluda a Ana agitando su mano, para volver a sumergirse un segundo después en el agua mostrando su cola de color rosa.

  • Tengo sed –dice Ana volviéndose hacia la bruja buena.
  • Puedes beber del pozo –se sugiere la bruja buena, indicándole un pozo que hay en el borde del lago.
  • ¿Hay agua en ese pozo? –pregunta Ana extrañada
  • El pozo da lo que tú quieras beber. Si tu quieres agua, habrá agua para beber –explica la bruja buena inclinándose hacia Ana.
  • ¡Batido de vainilla! –grita Ana con los ojos muy abiertos -. Quiero batido de vainilla.

Corre y conforme se va acercando al pozo, Ana se da cuenta de que es el mismo que tenía en mente cuando estaba sentada escribiendo en su escritorio. Es un gran pozo, con el brocal de piedra, una polea colgada de un pequeño arco de forja, un cubo de madera y todo cubierto de hiedra y musgo. Al llegar al pozo Ana se asoma al fondo, pero no consigue ver nada. Entonces echa el cubo al interior y lo vuelve a sacar tirando de la cuerda que lo sujeta. Cuando Ana ve el líquido que contiene el cubo no da crédito, está lleno de batido de vainilla.

  • Tú has creado este mundo –le dice la bruja buena cogiéndola por los hombros -. Todo lo que desees, sucederá.

Ana, fascinada, bebe del cubo de madera hasta saciar su sed. Vuelve a dejar el cubo sobre la piedra del brocal y saca su libreta y su pluma mágica de los bolsillos de su sudadera granate. Sabe que ya es hora de irse, seguro que sus padres la esperan en casa. Y para volver con ellos solo tiene que desearlo, tal y como le acaba de decir la bruja buena. Pero antes de irse, Ana cae en un pequeño detalle.

  • ¿Cómo te llamas? –le Ana pregunta a la bruja buena.
  • No tengo nombre, solo soy la bruja buena –responde sin más.
  • Tengo que ponerte un nombre –medita Ana con expresión pensativa -. ¿Te gusta Blancaflor? –propone finalmente a la bruja buena.
  • ¡Me encanta Ana! –exclama entusiasmada la bruja buena, ahora llamada Blancaflor -. Gracias por este nombre tan bonito Ana.

Las dos se dan un gran abrazo de despedida, como promesa de una nueva visita de Ana a este lugar mágico. Blancaflor se aparta un poco de Ana y ella escribe en su libreta fucsia: “Esta aventura toca hoy a su fin”. De nuevo, la libreta comienza a agitarse, las palabras se emborronan y surge un tornado de tinta negra y luz que absorbe a Ana por completo. Minutos después, tras pasar por una montaña rusa de magia, Ana aparece de nuevo en su habitación sentada en su escritorio y puede ver desde la ventana como ya es de noche.

Nada más percatarse de que está de vuelta en casa, Ana escucha la voz de su madre desde el salón:

  • ¡Ana, la cena esta lista!

Contingencia cuántica

JUAN NADIE

Tuvo suerte y consiguió aparcar a pocos metros del edificio de apartamentos en el que
vivía. Salió del coche emitiendo un ligero gruñido por el esfuerzo. Había conducido como un zombi los últimos kilómetros de vuelta a casa y su cara era un espléndido homenaje a las ojeras y al cansancio. Cruzó la calle y entró en el portal del bloque. Resopló con fastidio al comprobar que, una vez más, el ascensor estaba fuera de uso. Se dirigió con desgana hacia las escaleras.
Se sentía completamente exhausto y de hecho lo estaba. Habían sido cuarenta y ocho
horas agotadoras en la central nuclear. En la madrugada de hacía dos días, pocas horas antes de que acabase su turno, las alarmas se habían disparado en una orgía de sirenas estridentes y luces parpadeantes. Durante un periodo largo hasta la extenuación, pareció que la catástrofe era inevitable. Llamadas realizadas con urgencia a oficinas desconocidas por el gran público despertaron y mantuvieron en vilo a un buen puñado de altos cargos. Al final, tras ímprobos y agotadores esfuerzos, la amenaza consiguió ser contenida, aunque el desastre había estado cerca. Quizá demasiado.
Tras la intensa batalla, las aguas retornaron a su cauce, las sirenas volvieron a
enmudecer y los altos cargos regresaron a sus camas, no sin antes dejar muy clara la
necesidad de hacer rodar unas cuantas cabezas antes de que acabase la semana.
Pero eso sería un nuevo temporal que ya capearía de alguna forma. Ahora lo que
necesitaba era alejarse del pánico y la histeria. Le correspondían dos días de descanso en su turno rotatorio, y tenía pensado pasárselos durmiendo. La tensión había sido brutal y le estaba pasando factura a su cuerpo y a su mente. Cada músculo y cada hueso rezumaban cansancio y pedían a gritos la merecida tregua. Con todo, sabía que no podría conciliar el sueño hasta que su organismo limpiase los últimos restos de adrenalina. Se dirigió a la cocina, cogió una lata de cerveza del frigorífico y se dejó caer con pesadez de plomo sobre el sofá. Sólo quería desconectar el cerebro, quedarse como idiota mirando la caja tonta y tragarse con total docilidad cualquier estupidez que estuviesen emitiendo.
Accionó el mando a distancia, pero el aparato le mostró una pantalla gris y sibilante de
nieve electrónica. Recorrió los más de ciento cincuenta. Todos le devolvieron la misma
respuesta vacía. Sintió como perlas de sudor se acumulaban en su frente y una punzada de ansiedad se le agarrotó en la boca del estómago. El más horrendo de los pensamientos cruzó su cerebro y se quedó allí, adherido como una sanguijuela. Trató de quitárselo de encima sacudiendo la cabeza. No puede ser, pensó, conseguimos pararlo.
Con un leve temblor, alargó la mano hacia el teléfono que descansaba ignorante sobre
la pequeña mesa auxiliar al lado del sofá. Se llevó el auricular al oído y pudo sentir como el silencio electrónico le golpeaba como un mazazo.
La línea estaba muerta.
El pánico, ominoso y frío, lo inundó como una ola gigantesca e irremisible.
Con el corazón tronándole en el pecho, se dirigió al dormitorio. Abrió el cajón superior de la cómoda y rebuscó durante unos segundos hasta que encontró la pequeña bolsa de tacto aterciopelado. La abrió y de su interior extrajo un revólver reluciente y bien engrasado. Con mano no demasiado firme, desplazó el tambor del arma hacia un lado y rellenó los seis huecos con sus correspondientes balas cobrizas. Encajó el tambor cargado en su lugar, levantó el percutor, apoyó el cañón del revolver contra la sien derecha y apretó el gatillo.
La policía encontró el cuerpo una semana más tarde. Tratando de esclarecer los hechos
acaecidos, los inspectores preguntaron diligentemente a todos y cada uno de los vecinos del edificio. Todos recordaban muy bien la fecha en que ocurrió el trágico suceso. Fue el fatídico día en que el manazas del técnico que estaba instalando la nueva televisión por cable en el bloque cortó por accidente la línea del teléfono.

Debo llegar antes

FRANCISCO J. MARTÍN

Me acecha, me persigue, sé que está ahí pero no veo a nadie. Voy calle abajo apretando el
paso, no puedo permitir que llegue antes, sería un fracaso para mí.
Las calles están muy húmedas al amanecer. Estar al lado del mar hace que la sensación de frío aumente, pero tengo que seguir, debo andar más rápido.
Al cruzar una bocacalle veo un destello, me paro y vuelvo atrás, miro bien y veo a lo lejos lo que parece la cúpula dorada de la Catedral y tomo esta nueva calle, ese es mi objetivo, debo llegar el primero.
Continúo por la calle que ahora sube con algo de pendiente, ya voy corriendo, el corazón se me sale, pero no puedo parar. Presiento algo detrás, una presencia conocida, me siguen. Me paro en un soportal, acalorado, tratando de relajar la respiración, miro atrás y nada, no viene nadie.
Sigo la marcha, comienzo a correr de nuevo, ya está cerca, muy cerca, tengo que llegar
primero. Ya casi sin fuerzas llego a la plaza y creo ver algo en la puerta de la Catedral, ¿será ella?, ¿habrá llegado antes?
Rápidamente me acerco, no hay nadie, subo las escaleras que dan a la gran puerta de entrada, ya casi la toco, estoy a punto de entrar, pero antes me paro, me vuelvo y miro atrás, sigo notando su presencia pero no veo nada ni a nadie, solo al Sol que me deslumbra.
Sin más dilación empujo la gran puerta y entro, la vista es espléndida y otra vez he llegado el primero. En este juego, mi sombra siempre me persigue, pero siempre llego antes que ella.

Salomé

ANA MADRIGAL

“Amo a aquel que ama lo imposible”.

Fausto. Johann Wolfgang von Goethe

 

Para Federico no fue fácil asimilar la pérdida de sus padres y el despido de su trabajo, ocurridos ambos sucesos con unos pocos meses de diferencia. Aunque desde muy joven dijo que quería tener casa propia, había dejado pasar los años sin hacer nada por independizarse y a los treinta y cinco años abandonó sus planes para un futuro mejor. Con la ayuda de su madre, vació la buhardilla de trastos viejos, pintó las paredes del color del cielo en primavera, compró una cama tan grande que en ella podían dormir cuatro personas holgadamente y llenó la habitación de estanterías para sus libros. En aquella estancia pasaba casi todo el tiempo que no le robaba su trabajo como contable en un negocio de compraventa de coches de segunda mano. La juventud y buena parte de la madurez se le fueron lamentándose ante sí mismo de su vida gris y solitaria pero nunca hizo nada por ponerle remedio. Vio cómo sus amigos del colegio se enamoraban y casaban con mujeres que habían conocido desde niñas mientras que a él lo dejaban atrás hasta convertirlo en un extraño.

Con el tiempo se tornó huraño. No se relacionaba más que con tres o cuatro parroquianos de una taberna cercana a la casa de sus padres con quienes jugaba una partida de mus las tardes de los domingos. Llegada la noche, permanecía en la salita de su casa, aburrido ante el televisor, oyendo sin escuchar las conversaciones de sus padres; siempre las mismas, año tras años. Hasta que su madre empezaba a cabecear. Entonces tenía que ayudarla a subir los cuatro escalones que la separaban de su dormitorio y se quedaba junto a ella esperando a que su padre se acostara.

Ya solo en su cama gigantesca dejaba volar la imaginación y fantaseaba con una vida lejos de allí. Soñaba que conquistaba países exóticos a lomos de un caballo negro como el firmamento sin estrellas; que se dejaba amar por mujeres de largos cabellos cobrizos, cinturas cimbreantes y labios jugosos; que borraba su pasado y se transformaba en un nuevo Rodolfo Valentino. Luego, de repente, despertaba de su sueño. Miraba a su alrededor y se sumergía en el presente. A su mente acudía la imagen de sus padres indefensos por su avanzada edad y lo corroía la culpa, que lo acusaba de hijo egoísta y desagradecido.

La muerte de sus padres lo sorprendió en una época en que creía haberse conformado con su destino. No la esperaba, a pesar del delicado estado de salud de ambos. Primero se apagó la vida de su madre, que se durmió una noche para no despertar más. El padre quiso velarla a los pies del lecho conyugal y, pese a las protestas de Federico, no se movió de su lado hasta dos días más tarde, cuando la muerte vino a buscarlo compadecida de su soledad por la partida de su esposa.

Federico, de pronto, se sintió golpeado por el vacío de su vida. La aguja de su brújula interior giraba enloquecida sin acabar de detenerse en ningún punto. Entraba en una habitación y se quedaba parado en medio sin saber qué buscaba, salía y volvía a entrar desorientado para volver a salir al momento. Las horas pasaban a su lado sin percatarse si era de día o de noche. Por las mañanas, permanecía con la mirada perdida en el infinito en tanto en su mesa de trabajo se amontonaban facturas sin revisar. Por las tardes se dejaba caer en cualquier sitio.

Al principio, su jefe se mostró comprensivo e, incluso, le dio unos días libres para que resolviera los asuntos de sus padres. Pero, con el paso de las semanas, se volvió más y más exigente, hasta que un error en dos facturas precipitó el despido de Federico.

A partir de entonces, se confundieron los días, el reloj cesó de dar las horas y él se sumergió en un estado de estupor que le hizo olvidar que tenía que seguir viviendo. No era raro verlo caminar por el espigón hasta bien entrada la madrugada. A paso rápido, la mirada al frente, los brazos balanceándose hacia delante y hacia atrás. Mientras la vida seguía su curso en la pequeña ciudad, Federico caminaba sin descanso por las calles hasta que, vencido por el agotamiento, tomaba el camino que lo llevaba de regreso a casa. Allí lo esperaba la densa presencia de la ausencia que le aplastaba los hombros hasta hacerle casi tocar el suelo. Medio aturdido, subía las escaleras que le conducían a la buhardilla y, cuando alcanzaba la cima, se dejaba caer en la cama sin desvestirse ni quitarse tan siquiera los zapatos.

Muchas veces, en las largas noches, lograba dejar la mente en blanco mientras, con la vista fija en el techo, acababa hechizado con las figuras que se formaban sobre la superficie rugosa cuando la habitación se iluminaba por el paso de los coches que transitaban por la carretera: una pipa humeante, un molino de viento, una noria… Luego de nuevo la oscuridad hasta que los faros de otro automóvil traían con su luz la silueta de más figuras. Aquel juego de luces y sombras fue convirtiéndose en su razón de ser. Esperaba con ansiedad la llegada de la noche sólo por encontrarse con esas imágenes fabulosas que forjaba su mente con la ayuda de un haz de luz y la superficie informe del techo abuhardillado. Pronto descubrió que, si dejaba ascender el humo rizado de su cigarrillo, las imágenes cobraban volumen y se llenaban de color: se hacían más vívidas. Entrecerraba los ojos y exhalaba un aro de humo que se elevaba hasta casi tocar la línea donde se juntaban las paredes inclinadas del techo. Entonces le parecía ver la figura de un tren que entraba en un túnel dejando a su paso una estela de vapor.

Llevaba tres semanas recreándose con aquel juego de luces y sombras cuando apareció ella. Vino precedida de la mayor calada al cigarrillo que había dado jamás. Primero entrevió la línea ondulante de unas caderas que ascendía sinuosa hasta perderse en unos brazos que se movían gráciles al ritmo de una melodía silenciosa. Se incorporó de la cama con la intención de percibir mejor la insinuante figura pero, antes de vislumbrar siquiera fugazmente el contorno de su rostro, la imagen se desvaneció entre el humo del cigarrillo. Al día siguiente, se le presentaron unos ojos rasgados, al otro, una mano de largos dedos y al otro, la figura al completo. Cintura estrecha, piernas kilométricas, pies descalzos y cabello ondulado que caía rebelde sobrepasando los hombros. Noche tras noche, la imagen se formaba lentamente desde la primera calada y el corazón de Federico se detenía hasta que vislumbraba el rostro de la mujer. A veces le parecía descubrir en sus ojos la dulzura de la Venus de Botticelli; mas, un segundo después, clavaba su mirada en él con la perversidad de Jezabel.

La vida de Federico dejó de ser vida sino era en los momentos en que se hacía presente la dama misteriosa. Durante días, apenas salió de la buhardilla sólo por sorprender la silueta que lo hechizaba. Si la luz del sol iluminaba la estancia, cubría la ventana con una gruesa cortina y dejaba colarse la brisa entre sus pliegues, que, en su vuelo, sugerían el perfil de la evocadora imagen. Sólo en ocasiones salía a dar un largos paseo por la ciudad y entonces se sorprendía a sí mismo buscándola entre la gente. En estos paseos, no era raro el día en que creía adivinarla doblando una esquina. Una rama agitada por el viento le hacía pensar en la gracia de su cuerpo al moverse y el roce de una mano al pasar por la concurrida avenida que conducía a la Plaza del Mercado lo colmaba de una loca esperanza.

En su largo deambular por la ciudad, una mañana se detuvo ante el escaparate de una tienda de antigüedades. Un cuadro de enormes dimensiones destacaba entre un baúl de madera policromada, un mantón de cachemir de vistosos colores y una colección de caracolas marinas. Federico no podía creer lo que veían sus ojos. Sobre un fondo oscuro, sobresalía el retrato de una mujer de edad indefinida entre los veinte y treinta años. Una mujer inquietante. En un primer vistazo sorprendía que, en la misma persona, se conjugase la dulzura de su rostro con la exuberancia de sus caderas, pero una mirada más atenta le descubrió la armonía del conjunto. Federico quedó prendado de sus ojos rasgados color cobalto con un destello de luz blanca en el mismo centro de la pupila. Desvió la mirada por los brazos en los que ajorcas de oro repujado apenas dejaban ver unos centímetros de piel: unos brazos que se elevaban sobre su cabeza y terminaban en unas manos que parecían querer acariciar el cielo. Iba vestida con una túnica blanca casi transparente con un cordón dorado que le ceñía una cintura desmesuradamente estrecha. Se perdió entre las piernas esbeltas y terminó en sus pies que, descalzos, iniciaban una danza. Federico ascendió hasta enredar la mirada entre la larga cabellera negra y volverse a perder en los ojos de mirada seductora. Dio unos pasos hacia atrás para contemplarla mejor. Por un momento le pareció que la bailarina, la misma mujer que cada noche lo visitaba en su buhardilla, tendía sus brazos hacia él y ladeaba la cabeza en un gesto de súplica. No fue más que un instante: suficiente para que se detuviese su corazón. Mas una nueva mirada restableció la quietud.

Sin aliento, no supo qué hacer. Sentía que aquel cuadro le pertenecía pero no se atrevió a entrar en la tienda para preguntar por él. Intuía el carácter exclusivo de la tienda y temía que el precio de la pintura no estuviera a su alcance. Con la decepción pintada en sus facciones, se dejó caer en el banco que había frente a la tienda y estuvo contemplando el rostro de la mujer hasta que, ya anochecido, bajaron la persiana del escaparate.

Aquella noche olvidó los juegos de luces y sombras, aunque no durmió mucho pensando en la turbadora pintura. En cuanto llegó la mañana, salió hacia la callejuela en la que se encontraba la tienda. En su ansiedad por llegar cuanto antes, equivocó el camino. Por un momento, lo invadió el pánico al no reconocer las casas que lo rodeaban. Miró en torno a sí asustado. Buscó alguna persona para preguntarle por dónde tenía que ir, pero, antes de dar con ella, vio la farmacia a la que solía acudir su madre y pudo ya orientarse.

Ese día y los que siguieron los pasó sentado en el banco frente a la tienda de antigüedades extasiado ante la belleza de la bailarina de las ajorcas. Como, para entonces, no hablaba con nadie, a nadie pudo contar que la bailarina del cuadro le dedicaba miradas amorosas, que ladeaba la cabeza, fruncía los labios y le enviaba un beso antes de regresar a la inmovilidad del cuadro y a su mirada fría e indiferente. Federico, encandilado, no abandonaba su puesto hasta llegada de la noche, cuando el dueño cerraba la tienda de antigüedades.

Una de esas noches, Federico se armó de valor y se presentó ante el anticuario con el fin de preguntarle el precio del cuadro. Tres mil setecientos cuarenta euros, le dijo. Una fortuna para alguien como él que apenas vivía con el subsidio por desempleo. Durante semanas estuvo dándole vueltas a la manera de hacerse con la pintura. Recontó los billetes que guardaba en una caja de madera bajo la cama para alguna emergencia. ¿Qué mayor emergencia que llevar a casa a la dueña de su vida?, pensó. Pero, como ya sabía, sus esmirriados ahorros no llegaban a los ochocientos euros. Sacó del joyero de su madre las cuatro alhajas que conservaba de ella y las mandó tasar en una casa de empeños pero ni el collar que con tanto orgullo lucía en las ocasiones especiales era de perlas auténticas ni la sortija que le trajo su padre de un viaje a las islas era de oro. De tan pequeño tesoro sólo merecían la pena una medalla de la Virgen del Rosario y la pulsera que le regaló una prima con motivo de su boda. Pero no obtuvo por ellas más que unas decenas de euros.

Al borde de la desesperación, acudió a su banco en busca de un préstamo. La cabeza le dolía hasta no poder resistir el ardiente clavo que le atravesaba las sienes y la culpa le cosquilleaba el pecho. Nunca había pedido dinero prestado siguiendo las enseñanzas de su padre, que se enorgullecía de no deber nada a nadie. Lo que no sabía era que, por estar desempleado, le iban a poner tantas trabas antes de concederle el préstamo. Tuvo que suplicar, escuchar condiciones incomprensibles y firmar cientos de documentos con el fin de que le dieran el visto bueno si ponía como garantía la casa de sus padres.

Con el dinero en el bolsillo, salió del banco en el momento en el que caían las primeras gotas de lo que sería un fuerte chaparrón de verano. Un temor supersticioso se adueñó de Federico. ¿Y si aquella lluvia incipiente no fuera sino las lágrimas de su padre que, desde el cielo, lloraba su comportamiento imprudente? Aligeró el paso por la acera para ahuyentar tan lúgubres pensamientos y la evocación de la imagen de su amada hizo que olvidase sus temores.

En pocos minutos se presentó ante la tienda de antigüedades. Casi se detuvo su corazón cuando dejó descansar la mirada en el escaparate. ¿Dónde habían llevado a su amada? En lugar del retrato de la bailarina, un horroroso reloj se burlaba de él. Sobre un pie de mármol verde, ofendía la vista de los viandantes con sus azules y dorados estridentes. Era tan feo que hubiese sido repudiado por el mismo Luis XV, tan devoto de tales excesos. ¿Sería posible que hubiesen vendido su cuadro? Entró en la tienda presa del pánico y allí estaba, arrumbado en un rincón medio oculto por el mantón de cachemir. Sin detenerse siquiera a saludar, puso sobre el mostrador el fajo de billetes que le habían dado en el banco. El anticuario pareció asustarse ante aquel cliente de rostro alucinado. Mas, tras respirar hondo, Federico logró convencerlo de que le vendiese el cuadro de sus desvelos: “Salomé”, así dijo el dueño de la tienda que se llamaba la danzarina.

Se lo llevaron a casa esa misma tarde. Estuvo dos días buscándole un lugar digno de ella. Su buhardilla le parecía poco elegante, la habitación de sus padres, nada adecuada y el dormitorio de invitados, muy frío. Finalmente, lo colgó en el salón y puso frente a él el sillón orejero donde solía cabecear a la hora de la siesta su padre. Aquel lugar se convirtió en su dormitorio, su salón, su comedor. No se apartaba de Salomé más que para hacerse un bocadillo con lo primero que encontraba en la cocina. Su vida se consumía en el deseo no siempre satisfecho de ver a la bailarina danzar para él desde su marco en la pared. Con los ojos bañados en lágrimas, seguía el vaivén de sus caderas voluptuosas, el vuelo de sus manos juguetonas y la caricia de su melena en sus hombros. Federico hubiese entregado su vida con placer si la mujer de pérfida mirada hechicera hubiera pedido su cabeza a un Herodes cualquiera. Con gusto hubiera ofrecido su cuello al verdugo sólo por saberse objeto de los pensamientos de su amada. Pero a ella no parecía importarle su hondo amor. Mientras lo seducía con su sugerente baile, le dirigía despreciativas miradas.

En tanto Salomé bailaba su danza, Federico no se atrevía apenas a moverse. Bastaba con que alargase la mano para que la mujer regresase a su hierática quietud, que era como una muerte; perderla sin haberla tenido. Salomé se le escapaba cada noche mientras él se consumía de deseo. Su cuerpo ardía como una antorcha encendida anhelante de un abrazo y sus labios no deseaban otra agua que apagase su sed que la de los besos de su amada. En alguna ocasión, logró armarse de valor y, mientras Salomé bailaba su danza sensual, Federico quiso llamar su atención. Mas ni el llanto ni los gritos le arrancaron una sola caricia. No consiguió con ello sino que Salomé se refugiase en la inmovilidad del cuadro. Federico, entonces, se alzó ante ella y la cubrió de besos ardientes que le dejaron frustrado ante la frialdad del lienzo.

Una noche, su amada escuchó sus súplicas. Con paso insinuante, bajó del marco y se arrodilló ante Federico, que la miraba lleno de deseo desde el sillón orejero. Salomé le acarició la mejilla con el dorso de su mano derecha. La sortija con el lapislázuli le rasgó la piel y un hilo de sangre humedeció sus labios. Como si de un delicioso néctar se tratara, ella acercó la boca a la suya y libó el líquido rojo. Los labios de Federico se abrieron como una rosa roja y respondieron al apasionado beso antes de que su mente fuera consciente de la dicha que lo embargaba. Sus manos recorrieron la línea de su talle y, sin pedir permiso, desciñeron su cintura. La túnica de seda cayó a los pies de la bailarina y, cuando Federico, contempló su alba desnudez, la oscuridad cubrió su abrazo de amor.

***

La noticia corrió con celeridad por toda la ciudad. Tras un mes sin que los vecinos supieran nada, la policía entró en la casa de don Federico Bautista. Un pestilente olor a podredumbre les dio la bienvenida. Nadie respondió a los gritos de los agentes. En la cocina, los restos de comida habían atraído a un batallón de hormigas que, de manera ordenada, formaban cientos de hileras de disciplinados soldados. Toda la casa estaba a oscuras. Los dormitorios cerrados, con las persianas bajadas para que la luz del sol no alterase la paz de los muertos que una vez descansaron en sus camas. Al final de un largo pasillo, una puerta estaba abierta. Entraron los dos policías seguidos del vecino que se había ofrecido a acompañarlos.

Allí estaba don Federico Bautista. En el suelo. Abrazado a un cuadro. Y muerto desde hacía una semana. No había signo alguno de violencia sino un leve rasguño en su mejilla derecha.

Luz de gas

JUAN NADIE

París a finales del siglo diecinueve. Una húmeda y silenciosa noche, alumbrada por la
tenue luz de las farolas de gas. Entre el silencio de las calles vaga una sombra triste y
apesadumbrada.
Pero la pesadumbre y tristeza del hombre no se deben a un mal de amores. No hay corazón roto, fortuna perdida en el casino ni primeros síntomas de una tisis fatal.
¿Por qué deambula el hombre por las calles del París decimonónico rodeado de un aura de fatalismo? La razón es tan sencilla como definitiva. Fue un accidente. El más
irremediable accidente que se pueda imaginar, pues el último hilo de esperanza acaba de romperse.
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Las pisadas del hombre resonaron húmedas sobre los adoquines en la
quietud de la noche. Una neblina pegajosa subía del Sena y empapaba los edificios
de la ciudad, cubriéndolos de un sudario de telarañas. Notre Dame aparecía entre la
bruma como la sombra de un terrible monstruo bicéfalo de cabezas cercenadas. Las
farolas de gas del alumbrado público lanzaban con esfuerzo sus mortecinos charcos
de luz amarillenta que apenas conseguía disipar las tinieblas de la madrugada.
Caminaba despacio, con un andar vacilante. Las manos en los bolsillos, los
hombros hundidos, la mirada perdida entre la niebla y una expresión mezcla de
desencanto y añoranza dibujada en su rostro de pronunciado mentón. Había sido
una larga visita, aunque como tantas otras, igual de decepcionante y yerma. Acudió
a la casa del profesor, uno de los químicos más celebérrimos de la Sorbona, a
primera hora de la tarde. Lo que empezó con una taza de té acabó por prolongarse
en amena y estimulante conversación mucho más allá de la hora de la cena. El
egregio mentor se había mostrado perspicazmente interesado en sus preguntas, en
sus conjeturas y en sus especulaciones. Era un magnifico conocedor de la ciencia
de su tiempo.
Pero ahí es donde residía el problema.
El hombre torció sus pasos para adentrarse en uno de los innumerables
puentes de piedra que cruzaban el río de la ciudad de las luces. En mitad del
puente, pegada contra el pretil, una solitaria farola siseaba en la noche, proyectando
su débil resplandor en un círculo dorado. Levantó la mirada y lanzó al aire una
torcida sonrisa. Luz de gas, pensó, el asombroso prodigio que transformó la vida en
las ciudades del siglo XIX, que prolongó el día y civilizó las calles, las cuales
dejaron de ser peligrosos vertederos de delincuentes y maleantes tras la puesta de
sol.
Esa primitiva mezcla de hidrógeno, metano y óxidos de carbono era uno de
los buques insignia de la gran revolución social y tecnológica de la época, esa
época en la que se encontraba atrapado desde hacía ya más de quince años.
Desde el día del fatídico accidente.
Arropado por el frío y el amortiguado sonido de un carruaje de caballos
perdiéndose entre la niebla, se encaminó hacia la larga avenida de los Campos
Elíseos. Una hilera de farolas incandescentes le marcaba el camino a casa. La que
había sido su casa en los últimos años, y la que, cada vez con más probabilidad,
sería su última morada.
Más allá de la hilera de fanales de gas de la avenida, una isla de oscuridad.
Tras ella, en la bruma que empezaba a disiparse, podía vislumbrar la inconfundible
silueta de las carpas y los bultos oscuros de los carromatos, parcialmente
iluminados por la llama de las antorchas. Volvió a sonreír con tristeza. El París que
ahora pisaba era muy distinto de aquel que conoció en su juventud, una urbe que
brillaba luminosa y resplandeciente gracias a maravillas que sus correligionarios
del circo no podían ni siquiera imaginar.
Saludó con un vago gesto de la mano a uno de los guardas nocturnos, que le
devolvió un adormilado gruñido. Se desplazó por el borde de la gran carpa central
hasta llegar a un pequeño carromato en cuyo lateral había pegado un cartel, copia
de los muchos que se habían repartido por toda la ciudad. Aunque apenas podía
verlo, lo conocía como la palma de su mano, pues con él había viajado por las
mayores metrópolis del continente. Era un dibujo de él mismo, vistiendo una
amplia capa de terciopelo rojo y un exótico turbante de maharajá que lucía un
enorme brillante falso sobre su frente. Sobre el dibujo, unas ostentosas letras
doradas anunciaban su nombre: ODISEO, EL GRAN MAGO LEVITADOR.
Tras el accidente fue fácil encontrar trabajo en el fastuoso circo Maxentius
Giraldini, que llevaba por toda Europa el mayor espectáculo del mundo. Su
itinerante forma de vida le permitía visitar las bibliotecas y las universidades de
todas las grandes ciudades. Sus compañeros de espectáculo lo contemplaban con
curiosidad. Se preguntaban que llevaba a aquel tipo extraño a leer todo libro sobre
ciencia que caía en sus manos y a entrevistarse con sesudos y eruditos profesores.
Pero lo toleraban sin más. Eran gente avezada en las turbulencias de la vida y
acostumbrada a tratar con bichos raros, pues ellos mismos eran parte de la eterna
parada de monstruos que constituía el gran mundo del circo.
Además su número era uno de los más populares y de los que atraían más
público bajo la voluminosa carpa rayada. Y eso siempre significaba dinero y
comida para todos. El espectáculo del gran mago era sencillo, pero cada vez
lograba dejar al público con una expresión de desencajado pasmo en sus
semblantes. Odiseo era capaz de hacer flotar en el aire, tanto tiempo como quisiera,
a cualquier voluntario del público que tuviese el valor de ofrecerse a la prueba.
Nadie nunca había conseguido averiguar la metodología del truco, así que el gran
Odiseo se había ganado con los años la reputación de ser uno de los mejores
ilusionistas de la época, y también uno de los más herméticos.
La explicación, sin embargo, era simple.
El truco consistía en que no había truco. Ni finos alambres ni delgados hilos
invisibles movidos con presteza. Las personas, simplemente, flotaban de verdad.
Sólo él sabía que la falsa joya de su turbante no era tal, sino un pequeño
dispositivo antigravedad que podía enfocarse sobre cualquiera a voluntad,
accionado a través del pequeño control remoto escondido bajo la manga de su frac.
Unos cuantos pases mágicos, unas palabras extrañas e incomprensible
pronunciadas con voz grave, unos momentos de simulada concentración con los
brazos cruzados y…¡oh là là!… el voluntarioso miembro del público, para estupor
de propios y extraños, acababa balanceándose en el aire por arte de magia.
El rayo antigravitatorio era una de las pocas cosas que pudo salvar tras el
percance con su máquina de traslación temporal que lo había dejado varado en
plena centuria decimonónica, a más de trescientos años del futuro, de su casa y de
su hogar.
Durante largos años había tratado de reparar la máquina del tiempo. Y casi
lo había conseguido. Tan sólo le faltaba un último detalle, un ingrediente final. El
combustible. El artefacto necesitaba quemar 239Plutonio, un elemento metálico
radiactivo que no sería descubierto por la ciencia hasta 1940. Había buscado por
todas partes, había leído cada libro técnico y científico de la época. Había hablado
con todos los especialistas y eruditos que pudo encontrar. Pero era demasiado
temprano en la historia del mundo. En ese año de 1884 Pierre y Marie Curie aún no
se habían conocido, y todavía faltaban unos cuantos años para que la genial
pareja descubriera al mundo las maravillas de la radiactividad natural.
Lanzó un ahogado suspiro y abrió la pequeña puerta del carromato que era
su hogar. Mañana había función, y tenía que preparar los ropajes para su número.
Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la
magia.
Sir Arthur C. Clarke