Hermana mía

ALEX BLAME

El trabajo que habían hecho con Maya había sido perfecto, apenas se notaban las terribles heridas que había sufrido en el accidente. Lamentablemente nada podría devolverle a la vida. Ahora estaba disfrutando de la gloria de Dios. En ese momento, deseaba estar con ella más que cualquier otra cosa en el mundo, pero tanto ella como su hermana gemela tendrían que esperar para volver a estar juntas.

Siempre habían hecho una pareja chocante, parecían las dos caras de una estatua de Juno, ella siempre contenida, paciente y reflexiva mientras que Maya, que siempre se autoproclamaba, medio en broma, medio en serio, como la gemela mala, era impulsiva y extrovertida.

Aún recordaba el día que le dijo que había sentido la vocación. La muerte de sus padres, con menos  de seis meses de diferencia,  en vez de alejarla, le acercó aún más a Dios y a su misericordia, pero Maya no lo entendió así y estalló como una erupción volcánica, le llamó idiota santurrona y dejó de hablarla durante meses, pero finalmente lo aceptó y estuvo presente el día que tomó los votos.

Desde ese momento, aunque apenas se veían, mantenían contacto diario por  email. Así se enteró de su primer novio, el aviador, de su segundo novio el submarinista, de su tercer novio el GEO… Ella le felicitaba cuando se enamoraba y le consolaba y daba gracias a Dios porque su querida hermana se hubiese librado del patán de turno.

Hasta que una vez perdida la cuenta y la esperanza, apareció Salva. En un principio le pareció otro zumbado más. Piloto profesional, corría en carreras de resistencia y conducía un Corvette en las 24 horas de Le Mans. Pero a pesar de la velocidad y el riesgo, el primer día que lo conoció, en un pequeño restaurante cerca del convento, resultó ser sorprendentemente equilibrado, inteligente y sensible.

Además era un hombre extremadamente atractivo, incluso ella sintió una ligera sensación de apremio en las ingles cuando lo vio por primera vez. Dieciocho meses después se habían casado; aquel día, Dios le perdone, se emborrachó con el vino blanco y lloró como una magdalena.

Fueron años felices. La carrera de Salva iba viento en popa. En el campeonato del mundo de resistencia conducía un Ferrari oficial y había logrado ganar dos veces Le Mans en la categoría LMP-2. Maya, mostrando un fino olfato para los negocios, se había convertido en su representante y hacía poco le había conseguido una plaza en el segundo equipo de Le Mans  de Audi mientras escurría el bulto cada vez que la hermana le preguntaba cuándo iba a ser tía.

La entrada de Salva en el tanatorio interrumpió el hilo de sus pensamientos. Su robusto cuerpo se apoyaba en una muleta y su rostro magullado reflejaba un profundo dolor, tanto físico como espiritual.

Todos los presentes se callaron y le miraron fijamente, unos con compasión, otros acusadoramente. Antes de que la situación se volviese incomoda de verdad, ella se adelantó y le abrazó con fuerza. Aquel cuerpo  fuerte y decidido intentó resistir pero enseguida se puso a temblar y le devolvió el abrazo en medio de profundos sollozos.

—Lo siento Mía… perdón… hermana Teresa, —dijo sin soltarla— es mi culpa, yo conducía, no sé cómo pudo pasar, yo, yo…la niebla…  debí ir más despacio…

La inconexa explicación se vio interrumpida por un nuevo acceso de llanto. Ella no pudo contenerse y ambos lloraron abrazados ante los ojos tristes y anegados en lágrimas de los presentes. Podían haber pasado unos segundos o mil años. El tiempo permanecía suspendido mientras los brazos magullados la rodeaban con tenaz desconsuelo. Finalmente se dio cuenta de la situación y le separó suavemente mientras Salva se disculpaba con torpeza.

—No tienes que pedirme perdón, Salva, un accidente es un accidente. Se llaman así porque entre otras cosas son impredecibles —le consoló ella sin soltarle las manos para no perder el contacto— Y no debes torturarte pensando en lo que podrías haber o no haber hecho. El pasado no se puede cambiar y es la voluntad de Dios que ahora mi hermana este junto a él, en el cielo. —continuó intentando que no le temblara demasiado la voz— Conozco… conocía a Maya tan bien como a mí misma y sé que desearía  que la recordases, pero también que continuases con tu vida y con tu carrera. Tienes que ser fuerte, tienes que amarla y recordarla, pero la mejor forma de honrarla es rehacerte y no dejarte caer en la depresión. La vida también es una carrera de resistencia y debes  rezar y confiar en que Dios te ayudará. Él siempre tiene un plan para todo, aunque ahora no te lo parezca, la muerte de Maya no es una muerte sin sentido.

—Quizás tengas razón, pero ahora mismo no puedo pensar en nada y cada vez que cierro  los ojos sólo veo su rostro  ensangrentado e inerte… ¿Por qué no fui yo? ¿Por qué no se llevó a mí? —dijo Salva comenzando a sollozar de nuevo— Soy yo el que se juega la vida todos los días a trescientos kilómetros por hora…

—Ya sé que es una perogrullada, pero los caminos del Señor son insondables… —replicó la monja volviendo a darle un corto abrazo.

La conversación entre los cuñados contribuyó a rebajar la tensión y la incomodidad entre los presentes, que se acercaron a ambos, ya sin ánimo de juzgar nada ni a nadie.

El resto del velatorio, la ceremonia y la cremación transcurrieron en un ambiente de dolor y recogimiento. Salva se mantuvo en pie, estoico, aguantando el dolor, apoyado en su muleta y ayudado por Sor Teresa en los momentos en que tenía dificultades para desplazarse.

Finalmente  dieron sepultura a sus cenizas y la gente fue despidiéndose y alejándose discretamente hasta que quedaron ellos dos solos, frente a la tumba cubierta de flores. La niebla, la misma niebla que había contribuido al accidente, se movía por efecto del viento creando sombras y difuminando el paisaje en la creciente oscuridad.

—¿Te vas esta tarde? —Preguntó Salva rompiendo el silencio.

—No, tengo un billete de tren para mañana por la noche.  Reservé una habitación  en el centro…

—Oh, no. De eso nada. Quiero que vengas a casa, aún sigo considerándote de la familia. Además querría pedirte un último favor. No sé muy bien qué hacer con la ropa de Maya. Me preguntaba si podrías ayudarme a empaquetarla y supongo que tú sabrás como darle  buen uso.

—De acuerdo, que haríais los hombres sin nosotras —dijo Sor Teresa mientras comenzaban a caminar lentamente en dirección al coche abrazados por una densa niebla que lo cubría todo.

La casa de Salva era una pequeña edificación sin pretensiones en las afueras de la ciudad. Constaba un edificio principal de una planta y cien metros cuadrados con enormes ventanales y un garaje casi tan grande como la casa, con espacio para tres o cuatro coches.

Al entrar en el jardín, Ras salió a recibirles moviendo la cola alegremente ajeno al drama que le rodeaba. Olisqueó a Sor Teresa con curiosidad y tras informarse detenidamente se dirigió al coche y dio varias vueltas alrededor como esperando que saliese alguien más. Salva le llamó y después de recibir unas caricias, el joven labrador se alejó de ellos sin dejar de mover el rabo.

Sor Teresa nunca había estado allí y cuando entró en la casa, le maravilló la luminosidad de su interior, que contrastaba con la frialdad de la piedra y la oscuridad del convento. El pequeño recibidor  daba paso a un enorme salón dominado por un ventanal y una enorme chimenea. A la derecha se abrían dos puertas, que,  por lo que le había contado Maya en sus correos, debían ser la cocina y el baño, quedando la única habitación de la casa tras la última puerta al fondo del salón.

—Dormirás en la habitación, ya he cambiado las sabanas —dijo Salva indicándole la puerta del fondo— yo dormiré en el sofá.

—No te preocupes por mí, yo dormiré en el sofá.

—De eso nada, eres mi huésped. Además ahí está la ropa de Maya. Así podrás empaquetarla sin que mi presencia te moleste. —replicó Salva cogiendo el ligero equipaje de la monja con la mano libre e hincando la muleta en la moqueta mientras se dirigía cojeando al dormitorio.

El dormitorio era amplio y luminoso con una enorme cama, una mesita y un sofá de lectura de cuero donde descansaba el bolso de Maya y  una novela de un escritor alemán que no conocía. A la derecha, un vestidor daba paso a un baño moderno y de colores discretos.

La monja entró en la habitación y sin darse cuenta de lo que hacía se sentó en la cama. Inmediatamente sintió que la calidez y comodidad del colchón le envolvían y le invitaban a tumbarse y descansar tras aquel día tan duro. A la vez, saber que era allí donde su hermana muerta había dormido, reído, llorado y hecho el amor, le producía una intensa tristeza. Entendía por qué Salva le había cedido la habitación.

Finalmente, tras unas cortas explicaciones, Salva le dejó allí mientras iba a cocinar algo para cenar.

Cuarenta minutos después Salva le despertó. Se había quedado dormida sin darse cuenta. El largo viaje desde el convento y las emociones del día le habían dejado exhausta. Con un pelín de desconcierto se levantó del edredón y siguió el renqueante cuerpo del hombre hasta la cocina.

El color blanco de los muebles, salpicado con toques de colores vivos en los tiradores y encimera, le daban a la cocina un aire alegre y desenfadado. Se sentó a la mesa en la que Salva había dispuesto dos servicios separados por una ensalada de aguacate de un aspecto delicioso.

—Como ya es algo tarde supuse que te apetecería algo ligero —dijo Salva sirviéndole ensalada— espero que te guste.

—Muchas gracias, me encantan las verduras, las comemos en el convento casi constantemente, estas también son caseras como las nuestras. ¿Tenéis un huerto?

—En realidad viajamos tanto que, aunque nos lo planteamos, no podíamos atenderlo adecuadamente así que se las compramos a unos vecinos. Son un matrimonio de ancianos que  consiguen un pequeño sobresueldo para complementar su pensión vendiendo huevos y hortalizas. Todo delicioso y superfresco. Creo que somos sus mejores clientes, nunca regateo los precios con ellos y ellos siempre apartan para mí los mejores productos. Lo único que hay de supermercado en la ensalada es el aguacate.

—Por cierto, ahora que estamos solos ¿Cómo debo llamarte? Teresa, Sor Teresa, hermana Teresa…

—Basta con que me llames hermana —replicó ella mirándole a los ojos.

La cena transcurrió en un apacible silencio. Tras la ensalada, a pesar de sentirse satisfecha, se permitió el pecadillo de comer un poco de helado de chocolate que Salva le ofreció de postre. Hacía más de un lustro que no probaba algo tan delicioso. La cara de la hermana fue tan expresiva que por un momento Salva sonrió.

—Es curioso, ella ponía exactamente la misma cara cuando comía algo sabroso. —dijo Salva con la mirada perdida.

—A pesar de esto, —replicó Sor Teresa cogiéndose el hábito— seguíamos siendo hermanas gemelas, teníamos multitud de gestos y manías comunes. No sé si te has fijado alguna vez en la peculiar manera que teníamos de lavarnos las manos, levantándolas hacia arriba como cirujanos antes de coger la toalla, el ser diestras para todo menos para hablar por teléfono… en fin siempre creímos parecernos tanto que cuando empezamos a pensar en chicos  temíamos  enamorarnos del mismo tipo… y ya ves, al final no fue así y yo me quedé con el mejor —dijo tocándose la sencilla alianza que le habían dado al tomar los votos.

Salva no contestó y se quedó mirándola, a pesar del hábito podía ver en aquella mujer los ojos oscuros, la fina línea de la mandíbula, los dientes blancos y regulares, los labios rojos y gruesos que tantas veces había besado… Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no alargar la mano y acariciar la cara de la monja… la cara de Maya. Consciente de repente de la incomodidad de la hermana, se levantó y se apresuró a recoger la mesa. Ella también se levantó y le ayudó a meter los platos en el lavavajillas. Trabajaron en silencio y terminaron rápidamente.

—Bueno, creo que me voy a retirar. —dijo ella mientras se secaba las manos—mañana me espera un día muy agitado si quiero tenerlo todo listo antes de coger el tren.

—¡Oh!  Por supuesto, tu como si estuvieras en tu casa. Y una vez más, gracias por todo. No sé cómo hubiese podido sobrellevar todo esto sin ti. —dijo Salva dándole un corto abrazo— Que descanses.

—Si Dios quiere. —dijo la monja mientras se dirigía a la habitación.

Cuando entró finalmente en la habitación, se sentía emocionalmente exhausta, afortunadamente, cuarenta y cinco minutos de oraciones y meditación, la ayudaron a relajarse y seguramente el mullido colchón haría el resto.

La ensalada estaba rica, pero como en el convento no usaban sal sentía la boca seca así que  fue hacia la cocina para tomar un vaso de agua fresca. La casa estaba oscura y en silencio así que se desplazó a tientas suponiendo que Salva ya estaría durmiendo, pero al llegar al salón le vio a través de los ventanales sentado en una de las sillas del porche acariciando al perro y con una botella de glenfiddich mediada y un vaso con hielo al lado.

Se quedó parada mirando a su espalda, estuvo a punto de acercarse y soltarle un sermón sobre el alcohol y sus peligros, pero decidió que no era el momento y se retiró a su habitación con su vaso de agua en silencio.

Se desnudó, se puso el tosco camisón que usaba a diario y se acostó. Después de una hora de dar vueltas en la cama se dio cuenta de que aquella noche no iba a dormir mucho, así que decidió levantarse y ganar tiempo empezando a  empaquetar la ropa de su hermana.

No sabiendo por dónde empezar abrió el primer armario de la derecha  y comenzó a sacar ropa de invierno. La clasificaba en montones listos para empaquetar la mañana siguiente cuando Salva le diese las cajas.

Cuando llegó al zapatero no pudo dejar de preguntarse cómo sería su hermana capaz de pasar un día entero encaramada en aquellos tacones. Picada por la curiosidad cogió unos zapatos negros con unos tacones particularmente altos y se los puso. Cuando se puso en pie, casi perdió el equilibrio. Instintivamente enderezo la espalda y tenso sus glúteos para adaptarse al cambio del centro de gravedad. Dio dos pasos cortos y se miró al espejo. De repente su culo y su busto destacaban a pesar del informe camisón. Ruborizada apartó la mirada y continuó con el trabajo.

Siguió sacando prendas. Maya siempre había tenido un gusto exquisito para la ropa, todo lo que sacaba de los cajones era precioso y de excelente calidad. De vez en cuando cogía un vestido o un jersey y lo apoyaba contra su cuerpo mirándose al espejo e imaginándose con ella puesto.

Cuando abrió el cajón de la lencería se quedó parada meditando. Finalmente pensó que sería la última vez en su vida que podría sucumbir a la vanidad y se quitó el camisón y la sencilla ropa interior que llevaba puesta. Sin dejar de pensar en cómo se lo iba a explicar al cura que la confesaba desde hacía casi diez años, escogió un sencillo conjunto de corpiño y tanga de raso negro. El conjunto le apretaba un poco. A pesar de ser prácticamente iguales, la relativa inactividad del convento hacía que sintiera los pechos un poco aprisionados en el conjunto que, por lo demás, era increíblemente cómodo  y suave. Recordó el bolso y revolviendo en su interior encontró rímel y pintalabios.

Se volvió hacia el espejo y se pintó los ojos y los labios. Estaba ensimismada observando como el conjunto y  su pelo negro, largo y encrespado contrastaba con su piel extremadamente pálida y sus labios gruesos y rojos, cuando oyó un fuerte golpe proveniente del salón.

Sin pensarlo se puso una bata de seda que colgaba del armario y anudándola descuidadamente en torno a su cintura salió tan rápido como los tacones se lo permitieron en dirección al salón.

En el suelo del salón, Salva se debatía intentando levantarse sin dejar de agarrar la botella de whisky casi vacía en su mano izquierda. La monja se apresuró en la oscuridad a echarle una mano. Estaba acostumbrada a lidiar con personas enfermas y disminuidas físicamente, así que la mayor dificultad consistía en mantener el equilibrio con los tacones mientras tiraba de un poco cooperativo Salva.

En cuanto lo puso en pie se dio cuenta del problema; Salva estaba bastante borracho. Antes de que volviese a caer se echó un brazo de Salva sobre sus hombros, mientras le quitaba con habilidad la botella de la mano. En tres rápidos pasos acabaron cayendo blandamente sobre el sofá. El cuerpo de Salva cayó encima del suyo inmovilizándola.

Al intentar moverse para salir de debajo de aquel cuerpo, la ligera bata de seda resbaló abriéndose y dejando la parte inferior de su cuerpo a la vista. Salva se quedó mirando sus piernas largas y esbeltas y cuando sus ojos subieron hasta su entrepierna la monja se sintió tremendamente vulnerable, primero porque por primera vez en mucho tiempo  un hombre le  observaba  con lascivia y después porque fue consciente de como los pelos rizados, largos y negros de su pubis superaban incontenibles  la escueta capacidad del tanga.

Antes de que pudiese taparse, Salva ya tenía la mano entre sus piernas. Su primer instinto fue sacudirle un bofetón, pero en vez de eso soltó un gemido y se puso rígida cuando las manos de él avanzaron y le rozaron el tanga con suavidad.

—¡Oh, Dios! —Exclamó Salva súbitamente consciente— ¿Qué estoy haciendo? Lo siento tanto… Yo no… —dijo intentando retirar las manos.

Pero algo en el cuerpo de Teresa había despertado definitivamente y relámpagos de placer irradiaban de entre sus piernas hacia todos los puntos de su cuerpo electrizándolo. La monja cerró sus piernas para impedir que él retirase sus manos y mirándole a los ojos deshizo el nudo del cinturón abriendo poco a poco el resto de la bata.

—No, no puedo. —Dijo Salva sin retirar la mano del cálido sexo de la mujer—eres la hermana Teresa…

—Hoy no soy sor Teresa, hoy soy Mía. —se oyó decir la monja a si misma mientras le besaba.

Fue como si las compuertas de un embalse cedieran ante una tormenta. La lengua de Salva se introdujo en su boca abrumándola por un momento con el fuerte aroma a roble y vainilla del whisky, pero el deseo volvió abrirse paso y le devolvió el beso con violencia mientras con su mano le acariciaba la mejilla magullada.

Sin dejar de besarle se sentó a horcajadas sobre él. Salva metió sus manos por debajo de la bata para abrazarla y apretar su cuerpo contra él.

Era como si estuviese en terreno conocido, era el cuerpo de Maya pero no lo era. Era más pálido, más generoso, más blando. Sus pechos pálidos y grandes surcados por finas venas pujaban por escapar del corpiño. Atraído por ellos, tiró de una  de las copas hacia abajo y dejó uno de ellos al descubierto para acariciarlo. Los pezones se erizaron inmediatamente arrancando a Mía un gritito de sorpresa. Salva le estrujó el pecho con la mano y se metió el pezón en la boca chupando con fuerza.

Mía gritó de nuevo y arqueó la espalda retrasando las manos para desabrocharse el bustier. Con un gesto de impaciencia se quitó la bata y el corpiño, quedándose totalmente desnuda salvo por el minúsculo  tanga.

Salva se paró y se quedó mirando. La luz de la luna atravesaba el ventanal y le daba al cuerpo pálido y sinuoso de Mía una textura casi fantasmal. Salva acercó sus manos al cuerpo de Mía recorriendo las marcas que había dejado la ropa interior en su piel.

Consciente del deseo de Salva, se levantó y dejó que él la observase a placer. Mía siempre había sido consciente de la belleza de su cuerpo, así que después de lustros intentando disimular sus curvas, se sentía un poco rara exhibiéndolo de esa manera. Por otra parte, por primera vez veía en los ojos de un hombre un deseo salvaje por poseerla que la excitaba tremendamente.

Con todo su cuerpo palpitando, sus pechos ardiendo por los chupetones de Salva y el tanga húmedo por su apremio, se inclinó y le quitó los pantalones dejando a la vista, lo que a ella le pareció una erección enorme. Intentando no parecer intimidada, Mía apartó el calzoncillo y cogió el pene entre sus manos. Estaba húmedo y caliente como su sexo, pero duro como una estaca.

Las manos de Mía, acariciando su polla,  sacaron a Salva de su ensimismamiento y con un movimiento brusco la cogió entre sus brazos y la deposito en el sofá bajo él. Mía le recibió separando sus piernas tímidamente para acogerle, besándole de nuevo y desabotonándole la camisa.  Salva se quitó la camisa con un leve gesto de dolor mostrándole a Mía un aparatoso vendaje en torno a las costillas. Mía no pudo evitar recorrer con sus manos las vendas y el oscuro verdugón que le había hecho el cinturón de seguridad en el amplio pecho.

—Debe de doler —dijo Mía notando la cálida presión del pene de Salva sobre su tanga.

—La vida es dolor, —replicó Salva apartando el tanga y aprovechando el despiste de ella para romper su virgo— pero también es placer.

Mía apenas notó el  ligero tirón y el   escozor. Solo sentía el miembro de Salva deliciosamente duro y caliente moviéndose en su interior. Nunca había sentido nada parecido. El peso del cuerpo desnudo de Salva sobre ella cada vez que se dejaba caer para penetrarla y su pene abriéndose paso en su interior, hasta el fondo de su vagina, le provocaba un placer tan intenso que no era capaz de reprimir los gemidos.

Dándose un respiro, Salva se apartó un poco y con dos fuertes tirones le quitó el tanga a Mía.  Apartó  con las manos el abundante vello púbico y acarició su sexo con los labios. Mía, gritó y alzó su pubis deseando aquellas húmedas caricias. Entre jadeos, no paraba de pedir más a lo que Salva respondió introduciéndole los dedos en su coño y masturbándola hasta que llegó al orgasmo.

La descarga del orgasmo cortó los jadeos de Mía hasta dejarla sin respiración, todo su cuerpo se crispó y tembló durante unos segundos mientras una intensa descarga de placer lo recorría. Toda su piel ardía y se contraía mientras Salva seguía masturbándola haciendo que el efecto se prolongase. Finalmente los relámpagos del orgasmo pasaron aunque aún seguía excitada.

Salva no necesitaba preguntárselo, sabía perfectamente que ella seguía excitada y agarrándola por la cintura le dio la vuelta de un tirón y le separó las piernas. Cogiendo la polla con la mano empezó a acariciar su sexo con la punta del glande. Con suavidad recorría la abertura de su sexo rebosante de los jugos del orgasmo y continuaba hacía delante presionando su clítoris haciéndola estremecer.

Mía separó aún más sus piernas y se agachó un poco más, intentando atraerle de nuevo a su interior. Salva reaccionó retrasando su pene y acariciándole el ano con él. Mía se asustó  un poco, aunque la caricia era placentera, no estaba segura de querer hacerlo, pero confiaba totalmente en Salva así que cerró los ojos y le dejó hacer.

Salva con una sonrisa notó el placer y la incomodidad de la mujer así que se demoró un poco más en sus caricias antes de volver a penetrar su coño con un golpe seco. Al notar el pene en su vagina Mía gimió y se relajó acompañando los embates de Salva con el movimiento de sus caderas.

No sabía si estaba en el cielo o en el infierno. En esos momentos sólo sentía como Salva le penetraba cada vez más rápido y con más fuerza mientras sus manos parecían multiplicarse acariciando sus pechos y sus caderas hasta llevarle de nuevo al éxtasis.

Segura de que Salva estaba a punto de correrse también, se separó y se arrodilló ante el tirando de su pene. Con timidez empezó a acariciarlo con sus manos y sus pechos arrancando roncos gemidos de la garganta de Salva. Torpemente se metió la punta de la polla en la boca y la chupó  hasta que Salva la apartó en el momento en que notaba como un jugo caliente y espeso salpicaba sus pechos y escurría entre ellos hasta quedar atrapado por la maraña de su pubis.

Satisfechos se tumbaron abrazados y desnudos  en el sofá. Cuando Mía se durmió aún sentía el calor de la semilla de Salva sobre su vientre.

Por el interior sin airbag ni cachivaches electrónicos sabía que estaba en un coche antiguo aunque el salpicadero de madera y la palabra Fulvia que destacaba cromada en la parte del acompañante, no le decían nada.

Al volante estaba Salva, que conducía el coche con gesto sereno en una noche oscura y con una espesa niebla. Maya parecía dormir con la cabeza apoyada en el cristal. Salva conducía por aquella carretera estrecha y revirada con prudencia y aplomo, sin salirse de su carril ni siquiera en las curvas más cerradas. Tras unos minutos llegó a una curva especialmente cerrada y sin visibilidad y tirando del freno de mano dejó el coche cruzado en medio de la estrecha calzada. Con el brusco movimiento del coche la cabeza de Maya osciló bruscamente y fue entonces cuando pudo ver el gran golpe que tenía en la cabeza y los ojos de su hermana que la miraban sin ver. Sus labios temblaron un poco justo antes de que Salva le pegase de nuevo la cabeza contra el cristal, pero –Mía ya sabía lo que su hermana quería decir: ¡AYÚDAME!

Apenas repuesta de la sorpresa, vio como unas luces, que pugnaban por rasgar la espesa cortina de niebla que cubría la carretera, se acercaban a la curva. El conductor del autobús, sin tiempo para reaccionar, sólo pudo cruzar los brazos en una postura defensiva mientras impactaba contra el lateral del coche con un estrepito de cristales rotos.

El autobús, un viejo cacharro pintado de color verde casi había partido el pequeño cochecito por la mitad pero lo peor se lo había llevado la zona del acompañante, su hermana yacía muerta, atrapada entre los hierros con una mano extendida hacia ella, suplicando…

Despertó bruscamente jadeando y cubierta de sudor. Salva ajeno a todo aún dormía y roncaba suavemente. Mía se levantó escalofriada y se dirigió a la ducha, confusa por la pesadilla.

Mientras el agua caliente resbalaba por su cuerpo llevándose con ella las esencias de la noche anterior Mía intentaba quitarse de la mente las imágenes de la pesadilla, pero en vez de eso una sombra de duda comenzaba a crecer en su interior.

Ni la ducha, ni volver a vestir el hábito, ni la hora y media de rezos y meditación lograron terminar con aquel estremecedor desasosiego.

Cuando Salva despertó incómodo y resacoso, la hermana Teresa le recibió en la cocina con un abundante desayuno.

Él intentó disculparse por lo pasado la noche anterior, pero ella le respondió que la culpa no era sólo suya y  era ella la que estaba sobria; la que podía haberlo parado y no hizo nada para hacerlo. Salva, más tranquilo, pero aún incapaz de mirar a los ojos a la monja terminó el desayuno y le dio las cajas a sor Teresa para que empaquetase la ropa.

La mañana transcurrió apaciblemente, ella doblando y embalando ropa mientras él trasteaba en un jardín bastante descuidado.

Cuando se sentaron a comer, la monja, incapaz de contener más su desasosiego le pregunto:

—Sé que es muy duro para ti, pero también era mi hermana y necesito saber cómo murió. Cuéntame lo que pasó, por favor.

—No hay mucho que contar en realidad. Era una noche un poco aburrida, con la niebla y el frio no había mucho que hacer, así que decidimos ir a una fiesta que había en un pueblo a diez quilómetros, al otro lado de ese monte. —empezó Salva con evidente desgana— Subíamos tranquilamente el pequeño puerto, ni siquiera iba deprisa por culpa de la niebla así que no puedo explicarme todavía como perdí el control. El caso es que  a punto de coronar hay una curva a la izquierda, la más cerrada de todas y cuando la tomé noté como la parte de atrás derrapaba y evitando todos mis intentos de enderezarlo el coche se quedaba cruzado en la carretera y se me calaba. Íbamos en un Lancia antiguo, sin ayudas electrónicas y con todos los sentidos puestos en intentar arrancarlo sin ahogarlo no me di cuenta de lo que se nos acercaba y … sólo me percaté del autobús un par de segundos antes de que impactara contra la parte derecha del coche.

—A partir de ahí todo se vuelve negro y lo siguiente que recuerdo es la cara de incomodidad del médico justo antes de decirme que Maya había muerto. —terminó Salva con un hilo de voz.

La hermana Teresa escuchó con atención sin interrumpirle, recurriendo a toda su fuerza de voluntad para  contener el escalofrío que recorría su espalda. Mientras comía los últimos bocados intentaba racionalizar inútilmente todo aquello.

Tras terminar y ayudar a recoger la cocina a Salva, se retiró a la habitación y se puso a rezar como nunca lo había hecho. Jamás se había sentido tan confusa y desconsolada. ¿Era el sueño un mensaje de su hermana o era sólo una casualidad? ¿Era Salva un asesino? No  podía creer que ese hombre, aparentemente tan dulce, fuese capaz de asesinar a nadie a sangre fría.

Rezó toda la tarde esperando una respuesta, pero Dios no habló.

Terminó de empaquetar las cosas de su hermana y llamó un taxi. A pesar de los intentos de Salva por llevarla, la hermana se negó y le recomendó que descansara. Cuando se despidieron Salva confundió con incomodidad el miedo y la confusión de la monja.

—A la estación —le dijo Teresa al conductor mientras se despedía.

Cuando diez minutos después llegaron a la estación de autobuses estaba tan ensimismada que casi no se dio cuenta de la confusión del chofer.

—Perdone, quizás ha sido culpa mía por no especificarlo, pero me refería a la estación de trenes.

—¡Oh! Disculpe madre. Yo también debí preguntar. Enseguida estamos allí, no se preocupe, —dijo el chofer engranando la primera marcha— no le cobrare el resto de la carrera.

—¡No! Espere, déjeme aquí de todas formas. —dijo la monja sintiendo que al fin Dios le había contestado.

Sor Teresa se apeó del taxi y cogiendo su pequeña maleta y agradeciendo a Dios se dirigió al mostrador de información.

—Disculpe señorita, sé que no es frecuente, pero puedo hacerle algunas preguntas sobre uno de sus chóferes.

—Depende de cuales sean las preguntas —respondió la azafata con un guiño cargado de rímel.

—Sólo quería hablar con un chofer que se vio envuelto en un accidente mortal hace un par de días.

—¿Para qué? —preguntó la azafata frunciendo el ceño— No parece periodista.

—No, no creo que este sea su uniforme.  —replicó la monja intentando romper el hielo.

—Desde luego —dijo la azafata con una sonrisa rojo chillón— Manolo, andén nueve. Si se da prisa, podrá pillarlo antes de que salga. Yo no le he dicho nada, madre.

Cuando llegó al andén vio a un tipo gordo con un espeso mostacho al pie de un vetusto autobús pintado del mismo verde que el del sueño. Después de que pasase el escalofrío, la monja se acercó al hombre que fumaba su puro abstraído.

—Si va a Grajales equipaje a la izquierda, si va a Vilela por la derecha —dijo el hombre sin apartar el puro de sus labios.

—¡Oh! Perdone, pero no es eso, sólo quería hacerle un par de preguntas sobre el accidente que tuvo.

—Disculpe, madre, pero ¿Cuál es su interés? —preguntó el chofer más afligido que mosqueado.

—Soy hermana de la víctima.

—¡Ah! Lo siento madre, ¿Qué es lo que quiere saber? —le preguntó el hombre temiéndose la respuesta.

—¿Cómo ocurrió el accidente?

—Fue haciendo el recorrido. —comenzó apagando el puro contra la carrocería del autobús— Era de noche y la niebla era bastante espesa. Iba puntual así que me lo estaba tomando con calma, pero me encontré el cochecito en el medio de la peor curva y aunque intenté reaccionar los frenos de estos cacharros no son precisamente de última generación, así que les embestí con bastante fuerza para volcarlos de lado. Salí inmediatamente del autobús e intenté ayudarlos pero estaban atrapados y no pude hacer más que llamar a emergencias. Al conductor no lo veía pero la chica murió en el acto, tenía un fuerte golpe en la cabeza y no respiraba ni tenía pulso. No sabe cuánto lo siento. Le acompaño en el sentimiento, madre.

—Muchas gracias. Ahora está en un lugar mejor. Una última pregunta, ¿sabe qué coche conducían?

—Mejor que eso, le voy a enseñar uno igual —dijo el chofer cogiendo su Smartphone y tecleando furiosamente— Era un Lancia Fulvia de principios de los setenta. Ahí tiene —dijo alargándole el teléfono.

Cuando la monja miró la pantalla vio un pequeño y bonito deportivo de dos plazas y tracción trasera. Fue pasando las fotos hasta que una foto del interior la dejó helada. El mismo salpicadero de madera y las mismas letras cromadas del sueño estaban ante ella…

—Una pregunta más ¿Se fijó en los ocupantes antes del accidente?

—No sé, ocurrió todo muy rápido, fue apenas un suspiro…

—Cierre los ojos, relájese  y vuelva a aquel momento. ¿Qué vio a través de la ventanilla del Lancia?

—Mmm… Sólo pude ver a la pasajera, que era la que estaba de mi lado. Estaba dormida, con la cabeza apoyada contra el cristal. Ahora recuerdo que pensé que debía estar bastante incómoda con el cuello tan estirado. Es terrible, tienes un accidente mortal y lo que piensas en ese momento es en tortícolis. —dijo el hombre visiblemente azorado.

—Ya sé que es difícil, pero no se sienta culpable, así son los accidentes. Sé que hizo todo lo posible por evitarlo y por ayudar a mi hermana. Que Dios le bendiga y no le haga pasar nunca más por un trago semejante.

—Gracias, madre. —respondió el hombre sintiéndose extrañamente reconfortado.

Cuando salió de la estación, tuvo que sentarse un momento en un banco abrumada. Como era posible que todos los detalles que había comprobado del sueño coincidiesen con lo que había pasado. ¿Por extensión podía dar por hecho el resto de detalles que no podía comprobar o todo esto era una broma del diablo?

Mientras más información obtenía, más confundida estaba. Pensar en Salva como en un asesino le parecía inconcebible, pero mientras más datos obtenía más culpable parecía. Tenía la sensación de estar aún dormida, envuelta en una terrible pesadilla.

Pero ahora que había llegado hasta allí no iba a detenerse hasta conocer toda la verdad. Se levantó del banco y se puso a caminar sin rumbo fijo mientras meditaba cual debía ser su siguiente acción. Sus pasos la llevaron ante una iglesia y sin pensarlo entró.

La atmósfera fresca y silenciosa enseguida le envolvió serenándola. La iglesia estaba completamente vacía salvo por   La Virgen que le miraba con el Niño en sus brazos desde lo alto de un sencillo retablo cubierto de pan de oro. Se sentó en uno de los bancos y rezó a La Virgen durante unos minutos ajena al mundo exterior.

Al salir de la iglesia, una hora después, ya tenía un plan.

Buscar a una persona era  más difícil que antes. Cuando era adolescente sólo tenía que coger una guía telefónica y conseguía los datos sin problemas pero ahora había poca gente con línea fija y había tantas empresas proveedoras que no era práctico tener una guía por cada uno. Lo que sí seguía siendo igual es que nadie se atreve a negarle una respuesta a una mujer con hábito.

Afortunadamente sus padres aún vivían en el mismo sitio que cuando eran amigas y le proporcionaron la dirección de Vanesa aunque ya no se acordaban de ella. Recordaban las dos simpáticas gemelas que eran las mejores amigas de su hija, pero después de tanto tiempo no recordaban sus caras.

Vanesa era una adolescente alta, desgarbada y extremadamente inteligente. Durante aquellos años las tres habían sido inseparables y por las cartas de Maya, la monja sabía que seguían siendo intimas amigas y mantenían una estrecha relación.

Con la esperanza de que Maya le hubiese contado algo a Vanesa que le ayudara a comprender un poco mejor aquella situación, se plantó ante la puerta de   la vieja amiga.

Cuando Vanesa abrió la puerta, a la monja  le costó reconocer a su antigua amiga. La chica alta y desgarbada se había convertido en una mujer elegante y atractiva, ayudada por unos pequeños retoques quirúrgicos aquí y allá.

Vanesa en cambio la reconoció al instante y le dio un fuerte abrazo mientras rompía a llorar incapaz de contener sus emociones. Una vez hubo pasado el acceso de llanto, Vanesa le invitó a pasar y se sentaron en la cocina delante de sendos vasos de té verde.

—Siento mucho lo que le ocurrió a tu hermana —comenzó Vanesa— desde que éramos niñas era mi mejor amiga. Era un gran apoyo y con su eterno optimismo me ayudaba siempre en los peores momentos.

—Sé que manteníais una relación muy estrecha y que es una gran pérdida para ti, —replicó sor Teresa— pero quiero que sepas que a pesar de la distancia que imponen mis obligaciones, sigo considerándote mi amiga y que si me necesitas te ayudaré en todo lo que esté en mis manos.

—¡Uf! ¡Qué tonta! Tu pierdes a tu hermana y en vez de consolarte me dedico a llorar y a contarte más penas –dijo Vanesa limpiándose con un pañuelo de papel.

—Ambas hemos sufrido una gran pérdida. No será fácil vivir sin Maya. Fue todo tan repentino que apenas me lo puedo creer.

—Tienes toda la razón, apenas puedo creerlo, la semana pasada estábamos riendo y contándonos banalidades  en esta misma cocina y ahora está…

—Con Dios —terminó la monja cuando a Vanesa se le cortó la voz por la emoción.

—Sí, eso, con Dios.

—Perdona si me meto donde no me llaman, pero no pude evitar ver que ayer en el tanatorio no te acercaste a Salva en ningún momento…

—Ese tipo no me cae bien. —le interrumpió Vanesa tajante— Al principio me pareció el marido perfecto, pero luego vi que no era trigo limpio. Tiene algo que hace que cualquier mujer se sienta automáticamente atraída por él. Y él se aprovecha de ello. Incluso intentó liarse conmigo y cuando se lo conté a Maya se enfadó muchísimo y casi nos cuesta nuestra amistad. Aún a estas alturas no sé si lo hizo porque le atraía o porque  quería separarnos. Afortunadamente, Maya al fin abrió los ojos y nuestra relación no se resintió.

—¿Cuándo ocurrió aquello?

—Fue hace ocho meses aproximadamente. —respondió Vanesa percibiendo el súbito interés de la monja.

—¿Notaste algo raro en la pareja desde aquel momento?

—Claro que sí. Maya no iba tan a menudo a las carreras con Salva. Hasta aquel día eran inseparables, pero últimamente se quedaba los fines de semana en casa y aprovechábamos para ir juntas por ahí de compras, al cine, lo que fuese. Se la veía preocupada y por lo que me contaba los fines de semana en los que él corría eran un oasis de paz en medio de una tormenta de discusiones continuas.

—¿Estaba muy deteriorada su relación con Salva?

—Bastante. Maya sospechaba de sus constantes salidas Después de meses de continuas discusiones y gritos, hace quince días, Maya me dijo que iba a divorciarse, que no aguantaba más.

—¿Alguna vez mostró alguna herida o contusión? —preguntó Sor Teresa intentando parecer casual.

—No, pero hubo dos ocasiones en las que dejamos de vernos durante diez días. Según ella por culpa de una gripe, pero cuando me ofrecí a visitarla y llevarla un caldo de pollo ella me rechazó nerviosa, como si tuviese algo que ocultar.

—Entiendo.

—¿Sabes algo  que yo debería saber? —preguntó Vanesa repentinamente seria.

—Yo…

—No lo intentes, las monjas no tenéis suficiente práctica en eso de mentir.

—Aún no tengo ninguna prueba…

—Lo sabía, quién puede creer que un tipo acostumbrado a conducir bestias de setecientos caballos no pueda controlar un cochecito que tiene desde su juventud. —le interrumpió Vanesa de nuevo— Y que casualidad que ocurre en la peor curva de todo el puerto en el momento en que pasa el autobús de una línea regular.

—El destino…

—El destino, ¡Una polla!… Perdón madre. —exclamó Vanesa inmediatamente arrepentida.

—Sea o no una casualidad, con Maya incinerada no tengo ni una sola prueba sólida.

—De todas maneras déjaselo todo a la policía y no intentes ninguna tontería, Salva es un tipo peligroso…

Tras unos momentos de silencio, Sor Teresa decidió cambiar de tema y mientras apuraban el té ya casi frío recordaron viejas anécdotas de su infancia. Antes de despedirse con un fuerte abrazo Vanesa le hizo prometer que no haría ninguna tontería y la monja se lo prometió con la certeza de que era una promesa que no iba a poder mantener.

Cuando salió de la casa de Vanesa sólo le quedaba una cosa que hacer. Cogió un autobús que le llevó al centro y tras preguntar a tres personas finalmente dio con la Jefatura de Tráfico.

Las oficinas estaban situadas en el entresuelo de un edificio de los años setenta. Unas escaleras estrechas y oscuras conducían a unas oficinas enormes pero aun así atestadas de gente.

Se dirigió a información y un amable funcionario le señaló la ventanilla correspondiente recordándole que debía sacar un número en una pequeña máquina dispensadora.

Afortunadamente las colas más nutridas eran la de los permisos y la de las multas. Tras veinte minutos de espera le llegó su turno y se acercó a la ventanilla.

—Buenos días, ¿En qué puedo ayudarle, hermana? —le preguntó una funcionaria de aspecto cansado.

—Buenos días hija, verá, uno de los ancianos de la residencia era pasajero en un autobús que se vio implicado en un accidente hace unos días. El caso es que en un primer momento estaba perfectamente, pero  ha empezado a quejarse del cuello y cuando hemos ido al médico nos ha dicho que todo es consecuencia del accidente. El hombre está empeñado en reclamar a la aseguradora y quiere  una copia del atestado. Me da a mí que es más por aburrimiento que por otra cosa, pero me resulta tan difícil negarles nada…

—Rellene esta solicitud y abone treinta euros en caja. Necesito la fecha, la vía y el punto quilométrico del accidente. —dijo la mujer interrumpiendo la bonita historia que había estado elaborando durante la travesía en autobús.

Cumplimentó el formulario y tras abonar los treinta euros se puso de nuevo a la cola. Tras otros veinticinco minutos de espera, la mujer sacó unos cuantos folios de la impresora los selló y se los entregó recibiendo un “Dios le bendiga” a cambio.

El atestado era bastante detallado. El informe de la guardia civil no aportaba nada nuevo. Aparentemente el accidente había ocurrido tal como  le habían contado y como el suelo estaba húmedo no había apenas marcas de frenazos que pudieran contradecir lo que Salva le había contado. Pero lo que realmente le interesaba era el informe judicial.

Como el accidente había sido mortal, un juez se había personado en el lugar y había realizado un informe detallado. En esencia se limitaba a certificar lo que los guardias habían plasmado en su informe, pero afortunadamente aquel juez, no sé si por rutina, o llevado por una corazonada había hecho un registro del automóvil siniestrado.

En la lista de objetos que habían encontrado no estaba, tal como esperaba. Para cerciorarse decidió hacer una visita al teniente de la guardia civil que firmaba el atestado.

El cuartel de la Guardia Civil era aún más viejo. Cuando entró le informaron de que el teniente Ribas estaba de servicio y no volvería hasta la tarde. Como disponía de tiempo y se dio cuenta de que no había comido nada desde el desayuno decidió comer algo. Enfrente del cuartel había una pizzería en la que dio buena cuenta de una pizza prosciutto, una ración de pan de ajo y una coca cola light.

Con el estómago lleno, se dirigió a un parque cercano y sentándose en un banco se dedicó a meditar y a observar las palomas.

Cuando volvió de nuevo al cuartel, el teniente ya había sido avisado y estaba esperándola. El guardia la recibió vestido de calle e impecablemente afeitado. Era un tipo alto, fuerte, pelirrojo y de ojos claros, fríos y duros, pero la trató con una educación que hacía tiempo que no veía.

—¿En qué puedo ayudarla, hermana? —Preguntó el guardia con curiosidad.

—Es por el accidente del autobús el otro día, según el atestado fue usted el que realizó la investigación.

—En efecto madre, un desgraciado accidente, no pudimos hacer nada por su hermana.

—¿Cómo sabe que era mi hermana? —preguntó la monja.

—No sé los demás compañeros, pero la cara de una mujer muerta no la olvido de un día para otro y usted es su viva imagen. —respondió el guardia.

—Tengo entendido que el juez realizó una investigación…

—En efecto, ya había empezado cuando llegó el juez.

—¿Había algo que le diese mala espina? —preguntó la hermana Teresa.

—No y sí. En realidad estaba todo en orden, demasiado en orden. El coche en la peor curva en la situación perfecta, en el momento exacto… Lo hice por precaución, por instinto, y finalmente no encontré nada que me hiciese sospechar que no había sido un accidente.

—¿Puedo hacerle un par de preguntas?

—Por supuesto hermana, dispare.

—Hizo una lista de todos los objetos que había encontrado en el coche y en la cuneta. —dijo la monja mostrándole el atestado— ¿Encontró el  bolso de mi hermana?

—Ahora que lo dice no lo encontré por ninguna parte.

—Una última cosa; ¿Estaba mi hermana maquillada?

—No, la examiné a conciencia, pero por lo que recuerdo, ni siquiera llevaba los labios pintados. —respondió el guardia frunciendo el ceño— Madre, ¿Hay algo que deberíamos saber?

—¡Oh! No, simple curiosidad. Es sólo que no encontramos el bolso de mi hermana por ninguna parte. —replicó sor Teresa intentando ser convincente— probablemente siga en el coche o entre las zarzas de la cuneta.

—No le voy a robar más tiempo, muchas gracias por todo y que Dios le bendiga. —dijo la monja intentando cortar la conversación ante el súbito interés del guardia.

—Gracias hermana, ¿Quiere que le llamemos un taxi?

Cuando subió al taxi ya no le quedaba ninguna duda. Sólo le restaba una última pregunta y sólo Salva podía contestarla. Con un plan perfectamente delineado en la cabeza, le dijo al taxista que la llevase al centro.

No entraba en Zara desde que tenía catorce años. El aspecto de la tienda no había cambiado demasiado; las mismas paredes blancas, los mismos colgadores metálicos, la música suave, las dependientas discretamente uniformadas y las mismas colas quilométricas en las cajas. Cuando entró, empleados y clientes le dedicaron una corta mirada de curiosidad y enseguida volvieron a sus quehaceres contribuyendo a mantener la sociedad de consumo. La ropa sí que había cambiado y ahora también vendían zapatos y todo tipo de accesorios.

Sin perder tiempo escogió un traje sastre de color negro, unos zapatos de tacón del mismo color y una blusa blanca semitransparente con escote en uve. Camino de los vestidores se encontró con la sección de lencería donde cogió un sencillo conjunto lycra negro. A pesar de los años transcurridos no había perdido el ojo para la ropa y todo lo que probó le sentaba como un guante.  Antes de dirigirse a la caja eligió un pequeño bolso plateado y se dispuso a hacer cola.

Sobre el mostrador al lado de la caja había una serie de artículos de cosmética, estuvo a punto de pasarlos por alto, pero un pintalabios de color azul petróleo oscuro llamó su atención y le dio una idea. Pagó y le pidió permiso a la cajera para cambiarse en los probadores, a lo que ésta accedió un poco alucinada. De camino pasó por la sección masculina y cogió una camisa y aparentando observarla con detenimiento le quitó los clips que la mantenían sujeta y doblada en torno al cartón.

Por segunda vez en veinticuatro horas estaba desnuda frente a un espejo, pero esta vez no se paró a contemplarse. Se vistió rápidamente y se puso los vertiginosos tacones introduciendo el hábito en la bolsa. Se perfiló las pestañas con rimmel  y se pintó los labios. El color azul oscuro destacaba en la tez pálida y limpia de la hermana, dándole un aspecto casi sobrenatural. Terminó su cambio de look recogiendo su melena en un apretado y tirante moño que sujeto con los clips que había cogido de la camisa.

Cuando la mujer salió del probador el único rastro que quedaba de la hermana Teresa era una bolsa llena de ropa gastada abandonada en una esquina del probador.

A pesar de estar frente a la puerta, casi se esfumó ante sus narices. De no ser por que como hombre que era, se paró a hacerle una radiografía completa, no se hubiese dado cuenta de que era ella. Mientras la seguía por el centro comercial hacía la salida se preguntó como una monja podía caminar  con tanta naturalidad y estilo con aquellos tacones.

A pesar de que  había comprobado los datos de la hermana, le costaba pensar en ella como en una monja cada vez que su culo se  meneaba y vibraba  al ritmo de aquellos tacones.

Mientras se acercaba a la  salida, Mía no podía evitar pensar en la ropa que había dejado en el probador. Cada paso que daba y se alejaba de ella sentía que se alejaba un poco más de sor Teresa, del convento, de sus hermanas… de Dios.

Dándole vueltas  a la sobria alianza que le unía a Dios y a la congregación, repasaba todo lo que le había ocurrido en su vida y sentía que había llegado a un punto de inflexión en ella. Desde que se enteró de la muerte de su hermana y salió del convento, en lo más profundo de su alma sabía que  que iba a ser  muy difícil que volviera.

No es que hubiese perdido la fe en Dios, pero la temprana muerte de su hermana a la que estaba indisolublemente unida le apremiaba  a experimentar y a vivir la vida por las dos, para las dos.  Hurgando en el pequeño bolso sacó la cartera y contó el dinero que le quedaba; Aún tenía para una última cena.

Eligió un bar restaurante de aspecto discreto y semivacío y se sentó en una mesa dispuesta a cenar y dejar pasar el tiempo hasta que llegase el momento adecuado. Cenó una menestra de verduras bastante buena y una zarzuela de pescado bastante congelado. Mientras masticaba lentamente, notaba como todos los parroquianos que entraban se le quedaban mirando un par de minutos y luego se volvían hacia su plato. Tras dar cuenta de una porción de tarta de chocolate y una menta poleo se dirigió a la barra y pidió un gin-tonic. Nunca lo había probado pero el calor de la ginebra le reconfortó y tranquilizó sus crispados nervios.

Un tipo se le acercó y decidió charlar con  él para pasar el rato, cuando le preguntó a que se dedicaba y después de pensarlo, le respondió que trabajaba para una O.N.G. Por suerte llegó la hora, justo antes de que se pusiese demasiado pesado, así que se despidió rápidamente y salió a la calle a buscar un taxi.

La noche era clara pero muy fría, el conductor le aconsejó que cerrase las ventanillas, pero después de un tercer intento infructuoso se limitó a encogerse de hombros y conectar el asiento calefactable del Mercedes. Mía se limitaba a acercar la cabeza y las manos a la corriente de aire helado que entraba por la ventanilla trasera sin decir nada.

Cuando llegó a la casa de su hermana, la cancela estaba abierta y sólo Ras apareció silenciosamente a saludarla. Llamó al timbre y esperó sin resultado alguno. Tuvo que volver a hacerlo tres veces para conseguir oír algún ruido en el interior. Cuando apareció Salva ante la puerta, con la mente nublada por el estupor alcohólico, Mía se le echó encima:

—¿Por qué? —preguntó Mía entrando en la casa.

—¿Maya? —dijo Salva reculando confundido, sin cerrar la puerta siquiera.

Salva adelantó su mano incrédulo sin poder dejar de mirar la tez pálida y los labios azules de la mujer. Cuando su mano tocó la cara helada de Mía la retiró como si quemara y ella aprovechó para cogerle la cara con sus manos igualmente heladas e imitando la voz de Maya volvió a preguntar:

—¿Por qué?

—Yo, no, no quería, fue un accidente…

—Así que un accidente que parece un asesinato y un asesinato que parece un accidente…

—No lo entiendes, cuando empezamos a discutir y tú me lanzaste el florero —replicó Salva con la lengua pastosa— yo reaccioné instintivamente y te lancé el trofeo, con la intención de romper algo y descargar tensión, pero te di con el justo en la sien. El crujido del hueso fue horrible e inequívoco.

—Y en vez de llamar a emergencias, lo resolviste tú sólo.

—Compréndelo. —dijo asustado— No podía permitirme un escándalo y un juicio, no ahora que estoy tan cerca de…

—Que Dios se apiade de tu alma. —dijo Mía arrepintiéndose inmediatamente.

—¡Mía! ¡Eres tú! ¡Puta! —dijo Salva súbitamente despejado.

Con un rápido empujón le acorraló contra la pared y le agarró por el cuello. Con la mano libre metió su mano por dentro del pantalón de mía y le apretó su sexo con fuerza. Los dedos de Salva resbalaron sobre la lycra que cubría su sexo despertando en la mujer flashes de lo ocurrido la noche anterior.

—Nunca había oído hablar de un fantasma con el chocho caliente.

—Entrégate, Salva, —dijo Mía con un hilo de voz— permite que mi hermana descanse en paz…

Salva apretó un poco más el cuello de Mía y la levantó a pulso contra la pared. Mía, con la punta de los zapatos apenas rozando el suelo y estrellas en el fondo de sus ojos, alargó el brazo y le dio  un flojo golpe en el tórax.

Salva se dobló por el dolor en las costillas rotas y dio un paso atrás permitiendo a Mía tomar una deliciosa bocanada de aire.

—Zorra acabaré contigo como lo hice con tu hermana. —dijo propinándole un bofetón tan fuerte que acabó con Mía por el suelo y manando sangre de sus labios.

Sin darle tiempo a levantarse Salva cogió el pesado  trofeo de bronce y lo enarboló por encima de su cabeza como un leñador, dispuesto a terminar su trabajo de un golpe…

—¡Teniente Ribas de la Guardia Civil! ¡Salvador Peña queda detenido por el asesinato de Maya Vela y el intento de asesinato de su hermana Mía! —Gritó el teniente sosteniendo su Beretta reglamentaria en la mano derecha— suelte eso y apártese de ella o le pego un tiro.

Aprovechando el desconcierto de Salva, Mía se apartó a gatas para ver como este se quedaba quieto y miraba el trofeo en su mano durante unos segundos, como si su mente emergiese de un sueño, para finalmente dejarlo caer en la moqueta.

Envuelta en una manta y sentada en la parte trasera de una ambulancia, mientras una enfermera le curaba la herida del labio, Mía no podía dejar de pensar en cómo su vida había cambiado en cuarenta y ocho horas… para siempre.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el joven teniente mientras se acercaba.

—Algo magullada, pero gracias a usted perfectamente.  Apareció en el momento justo, un segundo más y estaría muerta.

—En realidad la he estado observando todo el día desde que me hizo aquellas dos preguntas. Parece mentira que no cayese en ello, pero en fin, ya sabe cómo somos los hombres, a pesar de verlo continuamente, hasta ahora no había sido realmente consciente de que ninguna mujer saldría de fiesta sin su bolso y menos sin un mínimo de maquillaje.

—Deberían tener más mujeres en el cuerpo.

—¿Me está pidiendo trabajo? Porque por lo que veo, ha dejado su viejo uniforme…

La conversación se vio interrumpida por el paso del coche que llevaba a Salva a comisaría. Del  otro lado del cristal no vio culpabilidad, solo ira y resentimiento.

Romeo y Julieta

ALEX BLAME

Julieta tiene unos   grandes y expresivos ojos  de color chocolate, solo hace falta mirarlos con un poco de detenimiento para ver su disgusto por permanecer atada. Pero no sólo en ellos reside su belleza. A Romeo le gustan sus orejas largas y sus labios finos y extraordinariamente móviles y sus dientes grandes y blancos, que muestra sin reparo cuando sonríe aunque en este momento no parezca estar de buen humor.

Y eso es algo que Romeo no entiende y tampoco le interesa. El olor de Julieta es tan inconfundible como perturbador. Romeo se acerca con precaución por detrás y acerca su nariz al sexo rosado, cálido y palpitante de ella. El olor de su sexo penetra profundamente en su sistema olfativo provocando la casi inmediata erección de su miembro.

Julieta nota que Romeo está trasteando a sus espaldas y se revuelve nerviosa tirando de la cuerda  con la que su amo le ha sujetado a un poste y rebuzna indignada.

Romeo ya está acostumbrado como experimentado semental a que sus ligues reaccionen sin mucho entusiasmo a sus afectos y no se arredra ante la incomodidad de Julieta, es más, su miembro sigue creciendo incontenible como su deseo por la preciosa burrita hasta alcanzar un tamaño y una dureza prodigiosos.

Romeo vuelve a husmear suavemente la vulva de su forzosa compañera y harto de preliminares intenta subirse a las ancas de la burra para conseguir penetrarla.

Pero Julieta no está dispuesta a rendirse tan fácilmente, baja las orejas y se mueve de lado, justo cuando Romeo se sube, obligándole a poner de nuevos sus patas en tierra, y ese es el momento que elije Julieta para levantarse de las patas traseras y arrearle una buena coz en el centro del pecho a Romeo mientras rebuzna y muestra sus dientes satisfecha.

Romeo se retira, aparentemente indemne, dos pasos fuera del radio de acción de los cascos de Julieta; pero sólo de momento. Su erección sigue intacta y el olor de la hembra le está volviendo loco. Tras un minuto de descanso y aprovechando que Julieta parece más calmada se vuelve a acercar pero esta vez Julieta ni siquiera le deja levantar sus patas delanteras y con su punto de mira afinado le arrea una nueva coz.

El pecho de Romeo suena como un gong y está vez casi pierde el equilibrio, pero sabe que Julieta no puede escapar y eso le da suficiente confianza para intentarlo de nuevo casi inmediatamente. Esta vez Julieta está despistada confiada por sus éxitos anteriores y cuando se da cuenta tiene a Romeo encima abrazando sus flanco con las patas delanteras.

Julieta resopla y se mueve, intenta tirar de la cuerda que sujeta su cabeza, pero esta vez Romeo está preparado y mantiene el equilibrio. Ahora es el rebuzno triunfal de Romeo el que se escucha y rebota en las paredes del escarpado valle.

Con un empujón un poco burro el  gigantesco miembro de Romeo se abre paso en la delicada y palpitante vulva de Julieta hasta quedar completamente enterrado en su vagina.

Romeo estira el cuello y mostrando su desigual dentadura penetra a Julieta con rápidos y profundos  empeñones  hasta que segundos más tarde eyacula en su interior.

Romeo se retira con su verga aún dura y palpitante mientras restos de la eyaculación escurren por la vagina de Julieta que agita la cabeza con fuerza para sacudirse las persistentes moscas.

Romeo se siente satisfecho, pero a la vez sigue caliente cómo un burro. Se acerca de nuevo dispuesto a repetir la hazaña pero Julieta le recibe con una nueva coz en el pecho. Romeo envalentonado por su éxito anterior no se rinde y se lanza de nuevo sobre Julieta, sediento de sexo.

Pero está vez Julieta le está esperando y está verdaderamente cabreada con ese burro salido y persistente y con todas las fuerzas que le quedan estira su espalda de manera que cuando levanta sus patas traseras suelta un latigazo tan alto, fuerte y preciso que impacta con un sonido sordo en el centro de la frente de Romeo.

Romeo vacila grogui y se retira sacudiendo la cabeza, intentando despejarse, intentando aclararse las ideas, bueno las ideas que puede llegar a tener un burro. Se acerca de nuevo a Julieta pero el momento ha pasado. Su miembro, aunque aún aumentado de tamaño, cuelga flácido y desmayado de su ingle.

Julieta mientras tanto mordisquea unos hierbajos y pone  cara de aburrimiento.

El legado. Cap 12

JANIS MULLIGAN

 

Pura sodomía.

Hoy es sábado, penúltimo día de mi estancia en Madrid. Me he levantado más tarde que otros días, pero aún así, las calles están casi vacías tan temprano. Repaso cuanto hemos hablamos las chicas y yo en la cama, mientras corro. ¿Tan evidente son los cambios por los que estoy pasando? Mis niñas se han dado cuenta de muchas cosas, pero han reaccionado muy bien. Se han convertido en sumisas sin que yo fuera consciente de ello.

¿Me parece mejor que sean sumisas o bien, prefiero que sean mis novias?

No lo sé, esa es la pura verdad. Todo esto me toma un poco de sorpresa. No es lo mismo tratar a Dena que a mis niñas. Me viene a la cabeza un pensamiento que no puede ser mío. “Todas las mujeres son unas putas, solo están para servirme”. Es como un axioma, un versículo sagrado, grabado a fuego. Me río mentalmente. Es una de las cosas típicas de Rasputín y, ahora, Rasputín soy yo.

Me entretengo en el parque, haciendo ejercicios antes de pasar por la farmacia. Saludo a la señora, que me echa un buen vistazo, y me peso. ¡Ciento doce kilos! ¡He perdido veinte y dos kilos en apenas quince días!

¡La ostia bendita! ¿Será bueno perder tanto en tan poco tiempo? Ya no hay remedio. Rasputín me dijo que había tocado mis glándulas o no sé qué cosa, para hacerlo más rápido. Con razón me siento más ágil. Si esto sigue así, estaré en un peso adecuado a mi estatura en un par de meses como mucho. Regreso al piso con los pies muy ligeros. Casi se podría decir que bailando.

Paro en el tercero y llamo a la puerta de Dena. Me saluda con una bonita sonrisa. Le comunico que voy a ducharme y que bajo enseguida con el desayuno. Ella asiente y me besa. Antes de salir a correr, he dejado fermentando la masa de los buñuelos y los rosquillos. Hay que hacer algo especial en estos días previos a la Navidad. Me pongo a ellos, aún sin vestirme. Les dejo a las chicas, más dormidas que una marmota enferma, un buen surtido de buñuelos con miel y tiernos rosquillos bañados en azúcar. Bajo de nuevo al tercero, con una pequeña olla llena del surtido navideño.

No es Dena quien me abre. Unos ojazos impresionantes, de largas pestañas y color azul verdoso, se alzan para mirarme. Es una mirada dulce e inocente, muy tímida, casi asustada.

  • Hola, preciosa, tú tienes que ser Patricia, ¿verdad?
  • Si – titubea un segundo. — ¿Y usted?
  • Yo soy Sergio, pero no me digas de usted. Solo tengo tres años más que tú.

Veo el asombro en sus ojos. Me mira de nuevo, desde arriba abajo. Su pelo está tan cepillado que casi reluce, rubio pajizo. Lleva el cabello recogido en una larga trenza que, en esta ocasión, parte de la parte superior de su cabeza. Viste la chaqueta de un chándal celeste y blanco, que le está un poco corto, dejando entrever su ombligo. No parece llevar camiseta debajo. Cubriendo sus piernas, unas viejas mallas que ya no son negras, pero deben de ser muy cómodas, y unas Adidas rosas. Las viejas mallas ponen de manifiesto que su esbelto cuerpo está moldeando sus formas femeninas, aunque sin prisas. Se pasa la lengua por los labios al aspirar el aroma que surge de la olla, tapada con un paño. Es muy bonita. Demasiado, quizás, pienso.

  • Patricia, cariño, ¿no le dejas pasar? Mira que trae cosas muy buenas para el desayuno – bromea su madre, abriendo más la puerta.
  • Si, claro, pasa – murmura la chiquilla, apartándose.

Le indico a Dena que no me llame Amo delante de su hija, y me siento a la barrita de la cocina americana. Patricia se sube a otro de los taburetes, a mi lado. La noto como me contempla fijamente. Baja la mirada en cuanto me giro, las mejillas rosadas. Encantadora. Su madre llena su taza y la mía, y sirve un batido de chocolate a su hija. La veo un poco aniñada para tener catorce años. No sé, tampoco soy un experto.

Destapo la olla y coloco un surtido sobre un plato.

  • ¿Te gustan los buñuelos? – le pregunto a Patricia. — ¿Con miel?
  • Los roscos también. Mi abuela los hacía.
  • Perfecto, pues, ale, a comer, tía…

Ella sonríe, al escuchar la jerga de sus propios amigos. Devora un buñuelo como una ratita, a pequeños mordiscos y mirándome, casi de reojo.

  • Este chico se llama Sergio y vive con las chicas del ático. Nos conocimos en una clase del gimnasio y solemos desayunar juntos.
  • ¿Vives con las modelos? – pregunta, abriendo los ojos.
  • Si, la pelirroja es mi hermana.
  • Son muy guapas – musita.
  • Si, por eso son modelos – me río. — ¿Qué quieres tú ser en la vida?
  • ¿Qué eres tú? – me contesta con otra pregunta.
  • Un brujo – le soplo, guiñando un ojo.

Parpadea, sorprendida por la respuesta. Su madre se ríe y ella acaba haciéndolo también. Apoya la cabeza en una mano, inclinándose sobre la barra. Me mira.

  • Aún no lo sé. Algún trabajo en el que no tuviera que tratar con la gente… — responde.
  • Es muy tímida – aclara su madre.
  • Ya lo he visto. Suele mirar de reojo, casi por sorpresa – alargo una mano y le tiro de la trenza. Patricia sonríe y se sonroja.

Le comunico a su madre que mañana nos iremos a Salamanca a pasar toda la semana de Navidad. Le digo que no sé exactamente cuando volveré. Todo depende de unas cuantas decisiones familiares. Dena hace un puchero, aprovechando que su hija mira atentamente mi perfil.

  • ¿Qué clase de brujería haces? – me pregunta de repente Patricia.
  • ¿Cuál crees tú? – le devuelvo la mirada.
  • Alguna que tenga que ver con tus ojos. ¿Hipnosis? – tiene buena intuición.
  • Algo así. Yo cambio a la gente. Las convierto en lo que más desean – miro de reojo a su madre, quien sonríe feliz.
  • ¿Cómo? No comprendo.
  • Aún eres demasiado joven para eso…
  • No soy una niña – dice, bajándose del taburete y cogiendo los servicios de café. Se ha molestado, al parecer.

Cuando se iza sobre sus pies para dejar todo en el fregadero, sus mallas ponen de manifiesto un bello trasero, redondo y erguido. Dena ha visto mi mirada y su sonrisa se ha esfumado. Me mira, intranquila. No es el momento de decir nada.

  • ¿Tienes un cacharro para dejarte todo esto? – le pregunto, señalando los buñuelos y los roscos. – Así me llevo la olla. Me hará falta…
  • Claro – contesta, levantándose del taburete.
  • ¿Cuánto mides? – pregunta Patricia, enjuagando las tazas.
  • Dos metros.
  • ¡Que alto!
  • Si, a veces era jodido. Se me veía demasiado. Yo también he sido tímido. Ser alto y llamar la atención no es muy divertido si todos se burlan.
  • ¿Se burlaban? ¿Por qué?
  • Porque estaba muy gordo, porque era diferente. ¡Que sé yo! – Dena me entrega un Tupper grande y traspaso los dulces.
  • Pero, ¿si eras más alto, también serias más fuerte? ¿Por qué le dejabas burlarse?
  • Por la misma razón que tú te escondes de los demás en el recreo.

He acertado. Se muerde la lengua y vuelve la cara. Su cuerpo se envara. Alza la cabeza, sacudiendo su trenza, y mira a Dena.

  • Madre, estaré en mi habitación si me necesitas. Adiós, Sergio.
  • Adiós, Patricia.
  • ¿Me ha llamado madre? – se asombra Dena, una vez que la chiquilla se ha marchado.
  • Tiene carácter a pesar de la timidez.
  • Si, es muy cabezota. No suele dar su brazo a torcer.
  • Es hora de que vayas al dormitorio, te desnudes, y me esperes con el culo en pompa – la tomo por sorpresa.
  • Si, Amo – responde ella, con un bello resplandor en sus ojos.

Dejo la puerta entornada y subo al piso, a buscar uno de los cinturones. Cuando entro de nuevo, Dena observa lo que traigo en la mano. Sus nalgas se estremecen de temor. Está bellísima, desnuda y asustada, con las nalgas en alto, en espera de ser azotadas o usadas. Paso un dedo por su coño. Ya está muy húmeda.

  • ¿Siempre te habías mojado así?
  • Nunca, Amo Sergio. No sé lo que me ocurre contigo. Parece que te hubiera esperado siempre.
  • Puede que eso sea lo que realmente ocurre. ¿Temes lo que voy a hacerte?
  • Si, Señor, pero también lo deseo mucho…
  • Te aseguro que vas a gozar. ¿Tienes crema lubricante?
  • No, Amo.
  • Compra un tarro mañana. El aceite hace el apaño, pero mancha – le digo.
  • Si, Amo.

Me dirijo a la cocina y me fijo en la puerta de Patricia. No está completamente cerrada. Sonrío. Busco la botella del aceite y regreso. Me despojo de mi pantalón y de los boxers, y embadurno el vibrador y el esfínter de Dena. Me dedico completamente a dilatarlo con mis dedos, sin prisas. Disfruto metiéndole un dedo, después dos, y al final, tres. Sus suspiros cambian de intensidad, primero en gemidos, y después en grititos cortos y suaves.

Dena tiene un buen culo, a pesar de no haberlo usado. El esfínter es muy elástico y lo he dilatado tanto que le cabría un brazo por él. Sin embargo, lo que importa son sus paredes intestinales, y eso no da tanto de sí.

  • Amo, por favor… méteme… algo…
  • ¿Qué? – me pilla por sorpresa, atareado con su culo.
  • Por el… coño… por favor… algo para… calmarlo… Amo.

En verdad, está tan anegado que chorrea sobre la cama. Dena lleva agitando sus caderas un buen rato y no se ha corrido ya porque sabe que no le he dado permiso.

  • Sin prisas, zorra, no me había olvidado de tu coño. Ahora mismo, te lleno ese agujero.
  • Gracias, Amo.

Mi polla lleva un rato bien armada, preparada para todo. Sin tener que subirme a la cama, se la cuelo lentamente, abriéndole bien el coño. Dena casi rebuzna al sentir el pollazo. No quiere hacer ruidos, pues su hija está en la otra habitación, pero el problema es que el placer le hace olvidarse de eso. Tiene que desfogar, tiene que gemir y chillar; el tremendo gustazo la obliga.

  • Ooohh, Amo Sergio… no más… demasiado… dentro… — articula como puede. Creo que se la he metido demasiado.

La dejo que ella lleve el ritmo de su penetración y sigo metiéndole dedos en el culo. Ya no se estremece, sino que son verdaderos espasmos los que sacuden sus caderas.

  • Amo… ¿puedo?
  • Si, Dena, hazlo…

Con un hondo suspiro, se relaja, dejando que las trepidantes sensaciones que soporta la arrastren, gozando largamente. Muerde la sábana para no gritar, y los dedos de sus pies se crispan fuertemente. Su ano no deja de palpitar, e incluso se ha cerrado durante el orgasmo, colapsado por el placer. Sin embargo, ha vuelto a dar de sí, al relajarse Dena. Es el momento de ponerle el cinturón.

  • ¿Quieres que te meta el vibrador ya, zorra? – le pregunto, dándole un fuerte cachete en las nalgas.
  • ¡Aaay! Si, mi Amo.
  • Desde el momento en que te ponga este cinturón, estás libre de gozar cuando se te antoje, puta, todas las veces que quieras. Siempre que lleves puesto el cinturón, podrás correrte sin desobedecerme. Tienes que ponértelo seis horas al día. Te aconsejo que te lo pongas de noche, para dormir, es más efectivo.
  • ¿Cuánto tiempo, Señor?
  • Hasta que regrese a Madrid. Entonces, te la meteré por el culo, hasta el fondo.
  • Si, Amo.

Le doy un nuevo cachete, aún más fuerte, y le introduzco el vibrador. No da ningún problema para quedar alojado en el recto. Coloco las tiras con el velcro y el cinturón queda asegurado. Tomo el control y lo activo. Primera velocidad.

  • ¿Qué sientes, zorra?
  • Oh, Amo… es algo nuevo… diferente…
  • Buen, vamos a animar entonces la cosa – y me arrodillo en la cama, ante su rostro.

Mi erguida polla queda a escasos centímetros de su nariz, aún llena de sus jugos vaginales. Se la meto en la boca de un envite, haciéndola toser. Cuando la retiro, lo acompaño de otro duro azote en las nalgas. Vuelta a meterle mi miembro en el estuche bucal. Otro azote. Otra embestida.

Guardo los tiempos entre las acciones, alargando el proceso. Dena gime cada vez más fuerte. La baba escapa de sus labios, mezclada con las lágrimas que derrama. Sus nalgas están muy rojas y, seguramente, con un fuerte picor. Esta vez, entierro mi polla hasta su garganta, dejándola allí unos segundos, mientras aprieto sus firmes nalgas con mis dedos, dejándolos marcados.

Cuando se la saco, tose y escupe sobre la sábana.

  • Otra… vez… Amo… — jadea.
  • Guarra…

La introduzco de nuevo, aún más profundamente, si puede ser. Tiene una arcada cuando se la saco y parte de los buñuelos brota de su garganta. Alza los ojos y me mira. Sonríe.

  • Puta caliente – le digo y noto como se estremece.

Activo la segunda velocidad, lo que la toma por sorpresa. Agita sus nalgas con fuerza, acostumbrándose al movimiento del vibrador.

  • Aaahh, Amo… me quema…
  • Eso es bueno. Está frotando tus paredes intestinales, agrandándolas. Sigue mamando…

Justo en el momento en que entierro de nuevo mi polla en su boca, elevo mis ojos y descubro, en el espejo de la cómoda, situada en el rincón más alejado de la cama, los inocentes y curiosos ojos de Patricia. Está espiando, oculta por la entreabierta puerta del dormitorio, a través del espejo. Solo distingo su asombrado y hermoso rostro. Se encuentra de cuclillas, asomando solo su cabecita entre la puerta. Desde donde está, puede ver el enrojecido trasero de su madre y mi pecho desnudo, pero no lo que está haciendo la boca de su madre con mi polla.

No sé cuanto tiempo lleva allí, ni lo que ha visto, pero estoy dispuesto a darle un buen espectáculo. Me tumbo en la cama, haciendo que Dena se de la vuelta sobre las rodillas.

  • Cómemela, zorra mía.

Dena se tumba de bruces entre mis piernas, descansando de la anterior postura, y se atarea sobre todo mi tallo. De la forma que me he puesto, Patricia puede ver todo el esplendor de mi miembro y como su madre traga. Sin embargo, yo ya no puedo verla a ella. El espejo queda detrás de mi cabeza, pero puedo notar sus ojos clavados en mí.

Activo la tercera velocidad y Dena baila involuntariamente. Sus nalgas y caderas no pueden quedarse quietas, aún estando tumbada de bruces. Sus lametones se vuelven frenéticos y, en muchas ocasiones, tiene que dejar de chupar, para gemir y morderse el labio. Está muy cerca de un tremendo orgasmo que nunca ha experimentado.

Se pone de rodillas, incapaz de permanecer tumbada. Aprisiona sus nalgas sobre sus talones y gime, los ojos cerrados, el rostro levantado. Comienza a realizar un baile que contonea su cintura y su pelvis, apenas sin mover las caderas, casi como un ondulamiento de su cuerpo. Ha aferrado mi polla, frotándola contra su vientre sudoroso.

Es como una sacerdotisa pagana en trance, bailando sobre víctima a sacrificar. Su rostro muestra tal placer que no aguanto más, y me corro con fuerza sobre su vientre y sobre sus pechos, arqueando mi espalda. Restriega el semen que me ha arrancado sobre su piel ansiosa. Esta vez, ha abierto sus ojos y me mira, con todo el vicio del mundo en ellos.

Entreabre su boca y sonríe. Se está corriendo, lo sé, lo noto. Se corre y me mira. Quiere que sea testigo de lo puta que se siente.

  • Amo Sergio… te quiero… te quiero más… que a mi vida…
  • Sigue, puta mía, cuéntamelo todo…
  • No lo comprendo, pero… te quiero más que a… mi hija… ¡Quiero que me emputezcas!

Otro orgasmo la está alcanzando, casi sin descanso.

  • ¡Confiesa todo lo que sientes, lo que deseas, zorra descastada!
  • ¡No… no me atrevo… Amo! Me da vergüenza… confesarlo… Oooohhh, Dios… otra vez… me corroooo… ¡Para ese cacharro! Me vas a matar…
  • Pararé cuando me digas todo lo que deseo escuchar, esclava.

Jadea y se aquieta, retomando algo de control. Apoya sus manos en mi pecho y sus ojos quedan atrapados en los míos.

  • He visto como tratas a mi hija, Amo. Eres muy dulce con ella… Sé que te gusta… es muy bonita…
  • Si, zorra, lo es.
  • Quiero que la hechices… como a mí… Hazla tuya, atráela a nuestra cama… edúcala…
  • En verdad, tú eres la que la deseas, ¿verdad, putón?
  • Si… — cierra los ojos, avergonzada.

Reduzco una velocidad, permitiéndole recobrarse más. Le meto los dedos en la boca, obligándola a mirarme y a chuparlos.

  • ¿Desde cuando piensas en el incesto?
  • No lo sé… desde hace un par de años… desde su primera regla… he soñado con ello…
  • ¿La has tocado?
  • Solo roces. A veces, acaricio sus piernas mientras vemos la tele… pero no me atrevo a más… Amo… ¿Lo harás?
  • Dependerá de ella, Dena. No la intimidaré, ni la obligaré. Si decide entregarse, será por su propia voluntad.
  • Como quieras, Amo Sergio, según tus deseos…

Cuando me levanto, Patricia ya se ha marchado. Creo que será divertido jugar con esas cartas. Me marcho tras darle las últimas instrucciones a Dena.

Contemplo como mis chicas arrebañan el último trozo de fruta, regada con miel, del plato. He hecho una macedonia especial con las frutas que había en el frutero. Vamos a estar una semana fuera y se pudrirían todas.

  • ¿Estaba buena, cariñitos?
  • Mmm… peque, de vicio – responde mi hermana, relamiéndose.
  • Ahora, os vais a la cama, las dos. Os quitáis la poca ropa que lleváis y os aplicáis cremita en esos culitos – les comunico, divertido. Sus rostros se iluminan. – Yo mientras, fregaré los platos y haré café.
  • ¿Qué hacemos nosotras? – se extraña Maby.
  • Me esperáis, la mejilla sobre la sábana, los culitos alzados, los brazos estirazados. Si queréis, podéis dormir cinco minutos de siesta, pero sin bajar las nalgas. Tienen que estar dispuestas para mí – mi tono cambia de registro.
  • Si, Sergio – baja la cabeza Pam, dándole la mano a su compañera y marchándose las dos al dormitorio.

Sin prisas, recojo los platos de la mesa, limpio las migas, y pongo la cafetera sobre la Vitro. Mientras friego lo poco que hay en el fregadero, el café sube. Vierto una parte del contenido de la cafetera en una taza y dejo el restante para Pam. Maby no suele tomar.

Apoyado contra la encimera de piedra sintética, café en mano, pienso en lo mucho que me está gustando ordenar y controlar. Es una sensación poderosa y nueva; algo que se mete en la sangre, como una enfermedad que necesita supurar cada cierto tiempo. Por el momento, no estoy actuando de forma depravada, ni humillante. No creo que eso vaya conmigo, al menos con las personas a las que quiero, pero si me estoy volviendo muy controlador. Deseo que las cosas se hagan como yo digo, a mi manera, y no soporto críticas idiotas, ni excusas insulsas.

¿Irá a peor con el tiempo? Debo recordar que llevo a mi propia bestia en el interior. Rasputín no es ciertamente famoso por sus obras sociales. ¿Es esto resultado de su fusión? ¿A quien quiero engañar? Por supuesto que si. Llevo al Monje Loco en mi interior; en algo se debe notar.

Entro en el dormitorio, quitándome la ropa. Las dos están postradas en la gran cama, con los brazos estirados hacia el cabecero, los muslos separados y las nalgas bien alzadas, tanto que las rodillas tiemblan. Puedo ver la crema brillando sobre la piel de sus traseros. Sin despegar la mejilla del colchón, ellas me miran.

  • ¿Estamos bien así? – pregunta Maby.
  • Ahora, silencio… es momento para gemir o gritar, no para hablar. Quiero que os miréis…

Solo deben cambiar de mejilla, pues están una al lado de la otra, para conectar sus miradas. Maby le lanza un beso a Pam, y esta le sonríe.

  • Acercaros más, la una a la otra, vuestras caderas tienen que tocarse.

Acercan sus posiciones, quedando muslo contra muslo, y sus labios muy cercanos, pero no al alcance de sus lenguas. Ya desnudo, me acerco a sus grupas y las azoto con un golpe a cada una.

  • Solo podréis mover una mano – las advierto. – Quiero que os lubriquéis los coños, la una a la otra, preparándolos para mi polla. Quiero que os miréis mientras lo hacéis.

Tragan saliva. Creo que es más debido al morbo que sienten, que a un posible temor. Sus manos se mueven en busca de sus objetivos. El brazo de Maby por debajo del cuerpo de Pam, y el de esta, bajando por la espalda de la morenita, y bajando por sus húmedas nalgas. Casi no parpadean, admirando sus mutuas expresiones. Las bocas entreabiertas, embargadas por los primeros jadeos; los ceños que se fruncen, expresando el ansia de sentir; las aletas de sus preciosas naricitas que aletean, sin saber si buscan más oxígeno o deliciosos aromas enloquecedores.

Acaricio sus glúteos, comprobando que la crema lubricante está bien esparcida sobre los esfínteres.

  • ¿Cómo están ya esos coñitos, queridas mías?
  • Muy mojados, Sergi.
  • Si, peque, a punto…
  • Seguid así – y las rodeo para poner mi polla ante sus bocas.

Aún no está lo suficientemente alzada para traspasarlas. Llenarla de sangre cuesta cierto tiempo y calentamiento, no os creáis. Pero para eso están mis chicas, que, levantando la cabeza, se encargan de alzarla. Sus lenguas la palpan, la recorren, la atrapan, sin usar aún los labios, pasándosela de la una a la otra con diversión y pericia.

  • Mojadla bien. Hoy no habrá preliminares, ni juegos. Os la voy a meter del tirón, entera. Tanto por un lado como por el otro. Así que, cuanto más humedad haya, tanto en vuestros coños como sobre mi polla, mejor entrará – las aviso, y veo perfectamente como se estremecen. Ni siquiera contestan. Siguen lamiendo.

Las dejo sorber, lamer y succionar cada centímetro de mi polla. Escupen sobre ella y babean, se dan la lengua entre ellas para aumentar su salivación. Cuando creo que es suficiente, les pregunto:

  • ¿Creéis que está bien o queréis seguir más tiempo?
  • Está bien, Sergio – jadea Maby. Sus brazos tiemblan.
  • ¿Alguna preferencia para empezar?
  • Hazlo con Maby, Sergi… está a punto de correrse – me avisa mi hermana.

En los ojos de la morenita, puedo ver que es cierto. No aguantará mucho más.

  • Está bien. Os advierto que no pienso utilizar mis manos, solo empujaré. Tenéis que dirigir vosotras el acoplamiento, os permito ayudaros mutuamente – digo, poniéndome de nuevo detrás de Maby.

Pam se gira rápidamente, cogiendo mi polla con la mano, para ayudar a su amiga amante. Con pericia, introduce parte del glande en el ansioso coño de Maby. Un goterón de lefa cae sobre mi miembro, desde su vagina. Está inundada completamente. Empiezo a empujar y mi polla se desliza fácilmente en el cálido túnel de carne, separando sus carnes. El chillido de Maby nos toma por sorpresa, tanto a Pam como a mí.

  • ¡Jodeeeeeeeerrr!

Sé que se está corriendo, aunque no esperaba esa intensidad. Agita tanto sus caderas que casi me parte la polla. Pam le acaricia el pelo.

  • Es cierto que te corres cada vez que te la mete – le susurra mi hermana.
  • Siiii… con solo… deslizarla… dentro – jadea, sonriendo. – Deja que me recupere, Sergio, y…

Empiezo a follarla fuerte, empujando un poco más en casa embiste, martilleando con mi polla, cada vez más cerca de su útero. Grita algo que no entiendo. No le hago ni caso y aumento el ritmo. Soy una máquina en ese momento, sin piedad, sin descanso. Mi hermana no sabe qué hacer. Trata de consolarla, de amortiguar mis embates. No sirve de nada, así que solo le queda mirarnos, sentada sobre sus talones, sin ser consciente de que tiene una de sus manos en el coño.

  • ¡AAAAHHAHHAAA! ¡SERGIIIIII! – grita Maby. — ¡Para, para… por favoooorr! ¡Que me meoooo! ¡TE JURO QUE ME MEOOOOO…! ¡CAGO EN DIOOOSSS!!

Sonrío y empujo más. Enseguida, un líquido caliente se desliza por mi polla, por sus muslos, salta a la sábana, manchando el colchón. Tiene los ojos cerrados y se muerde el labio inferior, la frente apoyada sobre la sábana.

  • ¡Meona! ¡Guarra! ¡Cerda! – a cada insulto, le doy un fuerte cachete en las nalgas, usando ambas manos.

Maby se estremece y agita las caderas, intentando escapar al castigo. Tiene el rostro congestionado por la vergüenza y no abre los ojos, como si no quisiera ver lo que ha hecho. Un fuerte gemido desvía mi atención. Pam se está corriendo, contemplando mi azotaína. Sus caderas sufren un espasmo a cada vez que dejo caer un azote sobre las nalgas de nuestra amiga. Cuando descubre que me he dado cuenta, quiere parar, pero su cuerpo sigue corriéndose, así que no le queda más que seguir agitándose, también roja como un tomate.

Meto uno de mis dedos en el culo de Maby, abriéndolo. Es un brusco cambio tras el último azote. Alza su rostro, abriendo la boca, pero se resiste a abrir los ojos. Pam se inclina sobre ella, e intenta besarla, pero mis embistes no la dejan apenas.

Dos dedos. Su boquita hace un mohín de ansiedad. Se acerca a un nuevo orgasmo. Pam la sujeta por los hombros.

  • Avísame cuando llegue – le silbo a Pam y ella asiente.

Tres dedos y aumento el ritmo de follada. Mi polla entra al completo ya en su coño, sin impedimentos.

  • Ya está llegando, Sergi.

Se la saco de un golpe. Su coño hace un sonido hueco al quedar vacío. Llevo uno de mis dedos a su clítoris, pellizcándolo fuertemente.

  • ¡Ay, mi rey…! Mi niño… me muero otra vezzz… — gime.

Le cuelo todo el glande y un poco más, en el culo, por sorpresa. Le corto el orgasmo. Maby boquea, sin poder pronunciar palabra. Mi polla es un poco más ancha que el vibrador y acabo de meterle algo más de diez centímetros de golpe. Me quedo quieto, sintiendo como las paredes de su ano me oprimen la polla con fuerza. ¡Dios, que bueno!

  • ¿Duele, amor? – le pregunta Pam, limpiándole las lágrimas que resbalan por su cara.

No responde, pero silba, dejando que su culo se adecue a mi tamaño. Mis dedos empiezan a jugar de nuevo con su clítoris. Su coño sigue goteando y pulsando.

  • ¿Puedo seguir, putilla? – pregunto.
  • Siii… mi señor… — contesta, apretando los dientes.
  • Así me gusta, que seas valiente. Pam, aprende lo que es una buena zorra – me río.
  • ¿Qué puedo hacer para ayudarla, Sergi?
  • Ven aquí y escupe en su culo. Me he llevado casi toda la crema en los dedos.

Pam se apresura a escupir varias veces sobre mi polla y su esfínter. Saco de nuevo la polla y empujo la saliva al interior. Esta vez, con más lentitud, lo que Maby agradece. Tras repetir tres o cuatro veces esta misma operación, su esfínter aparece tan dilatado que solo es visible un buen agujero entre sus nalgas. Me parece encantador y terriblemente hermoso. Ese ano rojizo palpita, como si estuviera furioso. Ya no aprieta tanto como al principio.

  • ¿Estás preparada para que entre toda? – le pregunto.
  • Soy tuya. Haz lo que desees conmigo – me responde. Pam me mira con ojos implorantes.

Lo hago muy lentamente, con dulzura. Su recto se abre a mi paso, casi con delicadeza. Con exasperante lentitud, introduzco tres cuartas partes de mi miembro, mientras Pam abre las nalgas de su compañera con las manos, intentando dejarme más espacio.

  • Creo que estoy empujando tu mierda hacia arriba – le susurro con malicia. – ¿Quedarás estreñida?
  • No creo, demonio… con lo que me has abierto… no podré parar de cagar…
  • ¡Jajajaja! – me río con fuerza, casi con maldad. Hasta yo me asombro de la insana pasión que me llena.

Sin embargo, no parece que las chicas me tengan demasiado miedo. Más bien, creo que le tienen más miedo a lo que están sintiendo. Temen entregarse al desconocido torbellino que las atrae. Se han corrido a pesar de la vergüenza y del asco, y saben que aún no han acabado.

  • Vamos a ponernos en la otra cama. Aquí hay demasiada humedad – digo con sorna y me levanto, alzando a Maby entre mis brazos, como una pluma, sin sacársela.

La deposito un metro más allá, en la misma posición.

  • Ahora, te voy a follar el culo, sin prisas. Hasta aquí, no has sangrado nada. El entrenamiento ha dado sus frutos. No te haré más daño, tesoro mío. Procura gozar… — le susurro, casi al oído.
  • Si… si, mi cielo…
  • Pam, únete a mí, dame tu boca, anímanos con tus caricias – la llamo.

Viene rápidamente, con una amplia sonrisa, y se abraza a mi cuello, ofreciéndome su lengua. Ella misma se encarga de acariciar el clítoris de Maby para hacer más soportable la enculada. El caso es que parece disfrutarla. Me muevo lento y tranquilo, sin prisas. Pam no para de lubricar su culito con saliva y acariciarle el coño. Maby sigue apoyando la cabeza sobre sus brazos cruzados. Apenas la distingo, hundida entre sus hombros.

  • Maby, princesa… ¿Estás bien? – le pregunto.
  • Ya… no duele… pero escuece – contesta, con voz nasal por la posición.
  • ¿Paro?
  • ¡No! Es… demasiado lento… no alcanzo el orgasmo… ¡Dale de una vez, Señor!

Pam, que está lamiendo mis pezones, levanta los ojos y me mira. Nos sonreímos. En sus ojos, puedo ver la envidia… desea pasar ya por las mismas condiciones.

  • Tranquila, Pam. Pronto te tocará a ti y chillaras igual – ella solo asiente, los ojos bajos. – Prepárate para limpiarme la polla ahora, cuando nos corramos. Habrá mierda y leche por igual, pero lo harás, ¿verdad? Lo tragaras todo…

Alza los ojos y me sostiene la mirada durante dos segundos. Hay un conato de rebeldía en ese fondo avellana, pero pronto se disipa. Asiente y se lleva un dedo a su coño. Está alzada sobre sus rodillas, los muslos abiertos. Saca el dedo chorreando y se lo lleva a su boca. Vuelve a mirarme, sin sacar el dedo de la boca, y sonríe.

No hay nada más que hablar. Comienzo a culear y aumento la fricción. Los quejidos de Maby suben de tono, acompasados con mis golpes de caderas.

  • ¿Así te va mejor, puta?
  • Si, Amo – exclama Maby con fuerza. Creo que le está tomando gusto a llamarme con respeto. Es bueno que salga de ella, pues yo no se lo he pedido.
  • ¿Más fuerte mejor?
  • Como desees, Amo.
  • ¿Te quejarás?
  • ¡Jamás, Amo!

Pam gime largamente, aún en la misma postura que antes, pero con la cabeza apoyada en uno de mis hombros. Se bambolea con mis embistes, pero no deja de tocarse el coño. Agito mi hombro, levantándole el rostro. Me mira, con los ojos nublados. Está a punto de correrse.

  • ¿Te excita la sumisión de esa perra? – le pregunto.
  • Muuuucho… Sergi…
  • ¿Quieres dominarla también? – le muerdo la punta de lengua que asoma entre sus labios.

Niega con la cabeza, sin que yo suelte.

  • Quiero ser… como ella… — confiesa cuando la dejo libre.
  • ¿Tan puta con ella?
  • Mássss…

Maby se contorsiona ya sin pauta, abrumada por la mano de su amiga y por la larga sodomía. Solo emite un sonido quejumbroso que parece brotar de sus más profundas entrañas. Creo que se ha quedado en trance…

  • Entonces, ¿me tratarás con el mismo respeto?
  • Mi dulce… Señor… mi Amo…
  • Es tu voluntad, hermana, es lo que deseas, recuérdalo.
  • Siii… hermano mío, luz de mis ojos…

Maby, en ese momento, se derrumba de bruces, arrastrándome sobre ella para no salirme de su trasero. Agita sus nalgas como si tuviera un ataque de epilepsia, pero solo en esa parte. Su ano se contrae y se dilata en pequeños pulsos casi eléctricos, que atrapan mi polla en un delicioso tormento. Me corro en su interior mientras escucho sus balbuceos. Una pompa de saliva queda en la comisura de su boca y acaba estallando con su último jadeo.

Pam cae sobre nosotros, besándonos y acariciándonos hasta separarnos. Atrapa mi miembro al salir. Está enrojecido, tiene manchas de sangre, aunque poca cantidad, y grumos de materia fecal, todo ello impregnado con una buena ración de semen. Ni siquiera se lo piensa. Engulle cuanta polla puede, sin hacer ninguna mueca de asco, ni una arcada. No tarda en dejarlo todo limpio.

Sacudo a Maby por un hombro. Solo obtengo un gruñido. Me siento preocupado, nunca ha reaccionado así tras una sesión de sexo. Me incorporo y la tomo por el rostro. Abre un ojo y me mira.

  • ¿Estás bien?
  • En la gloria. Déjame dormir, por favor – dice en un suspiro.
  • Descansa, pequeña. Te lo has ganado – le contesto, acariciándole la mejilla.

Siento la mano de Pam en mi hombro. Repta hasta colocarse sobre mi espalda, y acaricia el pelo húmedo de su compañera.

  • Creo que ha sido demasiado para ella. Demasiadas emociones nuevas – dice.
  • ¿Te refieres a la sodomía?
  • No solo a eso. Creo que Maby, al igual que yo, ha aceptado sinceramente que es una sumisa. No solo de palabra, como lo hicimos ayer, sino como un hecho que se ha materializado con una fuerza virulenta, que somos incapaces de negar ya.

Comprendo lo que quiere decir. Maby necesita descansar para que su cerebro asimile lo que su cuerpo ya ha entendido.

  • Tiene que resetear, en una palabra – bromeo.
  • Algo así, cariño. A nosotros nos vendría también descansar algo. Esta sesión ha sido muy dura, y solo has desfondado a una de nosotras.
  • Tienes razón, hermanita.

Y la abrazo y la acuno mientras nos dormimos.

Despierto una hora después. Ellas siguen dormidas. No tienen mi resistencia. Me levanto y me meto en la ducha. Apenas cinco minutos. Desnudo y aún húmedo, me voy a la cocina. Abro un par de colas frías y pillo el plato con los buñuelos que sobraron del desayuno. Mis niñas necesitan hidratarse y un buen chute de azúcares. Las despierto con mimos y besitos.

¿Qué queréis? ¡Yo soy así! ¡Una de cal y otra de arena!

Maby me lo agradece, besándome todo el pecho. Está sedienta.

  • Gracias, amor mío – susurra Pam y se ríe cuando derramo unas gotas de cola sobre sus senos.
  • Vamos, niñas. Beberos la Coca y comeros un buñuelo. Después, ¡a la ducha, que apestáis!
  • Nuevo perfume – escupe Maby, junto con pedacitos de dulce.
  • ¿Te hice daño, preciosa? – le pregunto, alzándole la barbilla.
  • No importa, Sergi, al final me desmayé de gusto, ¿no?
  • Te juro que no quería llegar hasta ese extremo, pero no sé que me pasa… en cuanto me excito…

“Si lo sabes. No seas hipócrita. Compartes alma con el más grande libertino que dio la historia. Eso es poco para lo que puede llegar a hacer”, me digo.

  • Puede que no sepas lo que te ocurre – interviene Pam –, pero jamás estuve más cachonda. Era puro fuego lo que sentía.
  • Dabas miedo, pero más me excitaba – admite Maby.

No sé que contestar, así que me enderezo y cruzo los brazos.

  • Así que sumisas, ¿eh? ¿Es algo espontáneo o habíais sentido algo antes?

Las dos apartan la mirada y niegan con la cabeza.

  • Eso no es algo que surja de la noche a la mañana. Es un comportamiento que se forja con abusos y maltratos, con una infancia bajo una férrea autoridad, y cosas así – mascullo.

“A no ser que el viejo loco se esté imponiendo, allanando, a su manera, el camino”.

  • Vale, ya veremos en que queda esto. ¡A la ducha! – y las chicas salen corriendo.

La cama apesta. Retiro toda la ropa y hago un lío con ella, llevándola a la lavadora. Me cuesta un poco llevar el colchón a la azotea, yo solo, más que nada por las dimensiones, pero, al final, lo dejo allí, aireándose hasta la noche.

Me acomodo, desnudo, en el sofá, viendo una de esas tontas películas que echan en la tele, la tarde de los sábados. Las chicas aparecen, tan desnudas como yo. Nunca me canso de admirarlas. No las dejo sentarse. Sitúo a Pam entre mis piernas, en pie, y le pido a Maby que la excite.

Obedece al instante, con una de esas sonrisas sibilinas que sabe componer. Se abraza al cuerpo de mi hermana, haciendo coincidir los enhiestos pezones, deseosos de entrar en contacto con algo. Las coloco de perfil a mí. No quiero perderme detalle del trabajo de sus bocas. Verlas besarse me pone a mil por hora.

Deslizo mis dedos por sus nalgas, comprobando que Pam ya tiene las suyas impregnadas en crema lubricante. Buena chica. Mis manos las unen aún más, empujando la una contra la otra. Entrecruzan sus muslos y comienzan a frotarse lánguidamente, con ese vaivén sensual y enloquecedor que toda hembra parece llevar en los genes, cuando se roza contra otra congénere.

A los diez minutos, ambas están locas por tumbarse y pasar a mayores entre ellas, pero esa no es mi intención, claro. Mis dedos no han dejado de dilatar el esfínter de Pam, haciéndola gemir y rotar las caderas, pero sin dejarla correrse. Ahora, es el momento de atraerla sobre mi regazo, sin dejar que las dos se besen. De espaldas, la conduzco hasta sentarla sobre mí. Enseguida, sus nalgas comienzan a frotarse contra mi enhiesto pene. Maby se inclina, sin dejar de mordisquear los labios de mi hermana. No la quiere dejar, pues ella sabe lo que le espera.

  • Ponte de cuclillas sobre mi regazo – le pido dulcemente al oído.

Pam coloca sus pies sobre el sofá, uno a cada lado de mi cuerpo, y alza su cuerpo, manteniendo sus nalgas pegadas a mi retozona polla. Echa sus brazos al cuello de su compañera, como un náufrago se agarraría a una boya. Sabe que ha llegado el momento, y, a pesar de cuanto ha entrenado su agujerito, tiembla.

La hago alzarse un poco más y apuntalo la polla contra su ano. Le meto un dedo en el coñito. Hay que aprovechar toda esa lefa. No me lo pienso y le meto media polla en la vagina, haciéndola gemir largamente en la boca de Maby. Muevo mi miembro lentamente, empapándole de jugos. Hora de cambiar de agujerito. Como siempre, introducir el glande cabezón es lo más duro, y, tras un par de intentos, lo consigo. Enseguida, el esfínter se contrae, atrapando mi polla con la fuerza de unas tenazas. Me hace gemir.

  • Relaja, Pam – escucho decir a Maby. – No te pongas tensa que es peor…

Su ano me libera. Buena chica. Maby se ocupa de chuparle los pezones, inclinándose aún más, y ha bajado también un dedo al clítoris de Pam. Es una buena ayuda. Noto como mi propia hermana se empala lentamente, presionando con su peso. La dejo continuar a su ritmo, que ella busque el camino más adecuado.

  • Lo estás haciendo muy bien, cariño – la animo.
  • ¡Es diez veces más gorda que el vibrador! – dice, con los dientes apretados.
  • No exageres, tonta – musita Maby, sin dejar de mordisquear sus pezones.

Pam gruñe y la empuja hasta ponerla de rodillas, ante su coño.

  • ¡Come! – le dice, con un nuevo gruñido, y Maby sabe que lo necesita.

Hunde su lengua en el mojado coño, haciendo que Pam agite sus caderas con ansias, y acaba descansando la espalda contra mi pecho. Aprovecha para poder usar una mano y apretar la cabeza de Maby contra su pelvis.

  • ¡Necesito correrme, Maby! ¡Necesito… correrme ya!

La pobre Maby pone todo de su parte, usando lengua, labios y dientes. Incluso le mete un par de dedos. Pam se estremece largamente, alcanzada por la fuerza del orgasmo. Al mismo tiempo, empuja su cuerpo para meterse varios centímetros más en el culo.

  • ¡Eso es, campeona! – aclamo, comprobando que ha conseguido meterse mucho más de la mitad de mi miembro. – Casi no te queda nada, hermanita.
  • Lo haré… te lo juro – jadea, los ojos cerrados. – Dame un… segundo…

La aferro por los olvidados senos. Aprieto con saña, haciéndola gemir de nuevo.

  • Muévete, nena. Ya todo depende de ti – le digo. – Impón tu ritmo.
  • Si… si.

Maby, de rodillas, las manos sobre sus muslos, nos contempla con pasión. Sé que está enfebrecida, cachonda a más no poder, pero es consciente de que no es su turno. Quien ahora cuenta es Pam, la dulce y tierna Pamela, horadada por un trepanador de grueso calibre. Jeje.

Mi hermana ha comenzado a moverse con un empuje que no me esperaba. Se inclina hacia delante, colocando sus manos sobre los hombros de su compañera. Esta le sonríe, orgullosa de ella. Pam sube y baja, como un pistón, con fuerza y ritmo, ni demasiado lento, ni demasiado fuerte. Sube hasta dejar casi toda mi polla al aire, y se clava con un pequeño gemido. Toma aire al alzarse y lo expulsa al caer. Es como un tantra, repetitivo y sensual.

Ya la tiene toda dentro, bien aceptada, pues su recto me oprime con unas contracciones que… ¡Os juro que me está ordeñando!

  • Aaah, Pamelita… ¡Te estás corriendo! – exclama suavemente Maby, inclinándose un poco y recogiendo la emisión de fluidos de Pam con su lengua.
  • ¿Lo hagooo bien, Sergiiii? – me pregunta con un quejido.
  • Eres la mejor, Pam. Nunca una hermana ha demostrado tanto amor y entrega a su hermano – la adulo.

Ella sonríe, cierra los ojos y reanuda su cabalgata. Maby se pone en pie. Se queda ante nuestra, pellizcándose un pezón y con la otra mano metida en su coño, las piernas abiertas.

  • No aguanto más, coño… — murmura.

Se sube al sofá, de pie ante Pam, quien alza los ojos para mirarla. Mi fogosa pelirroja sabe lo que quiere su amiga del alma y está dispuesta a dárselo.

  • Ponme el coño en la boca, zorrilla – susurra.
  • Gracias, Pam – musita la morenita a su vez, colocando su pubis al alcance de la boca de su compañera.

De esa forma, los tres estamos conectados, pendientes de nuestros movimientos. Maby no tarda en dejarse caer hacia delante, para no doblar sus rodillas y quitar el coño de la boca de Pam. Así puede llegar hasta mi boca y hundir su propia lengua en busca de la mía.

En unos minutos, el culo de Pam vuelve a exprimir mi polla, de tal forma que detona mi orgasmo, llenándole el culo de leche. Maby, muy cerca también de su propio orgasmo, contempla, desde muy cerca, la expresión de mi rostro abandonado al placer. La saliva gotea de su entreabierta boca sobre mi barbilla y cuello. Cierra los ojos y se estremece, mientras sus dedos, engarfiados a la cabeza de Pam, tironean de sus rojos cabellos.

  • Uuuuhhh… ¡Joder con la… perra…! ¡Que lenguaaaaa…! – chilla.

Pam sigue con su ritmo, aprovechando que mi polla apenas ha menguado en su dureza. Maby se ha dejado caer sobre el sofá, jadeando y contemplándonos. Pam dobla una muñeca hacia atrás y mete sus dedos en mi boca. Su mirada me recuerda la de los fumadores de opio, soñadora, febril, las pupilas dilatadas. Pero, ¿cuándo he visto yo algún fumador de opio?

  • Llévame al cielo… otra vez, mi dueño – me suplica Pam.
  • ¿Cuántas veces te has corrido, putón?
  • Tres… vida mía… una por el coño… y dos por el culoooo…
  • ¡Joder! ¡Te voy a hacer sangrar, zorra! – me excita su capacidad de gozar. La taladro sin miramientos, lo más fuerte y rápido que puedo.
  • Si… Oh, si… así Sergiiiiiiii… aaaaahhh…
  • Hijos de puta… — murmura Maby, llevándose de nuevo los dedos al clítoris, sin dejar de mirarnos.
  • ¡La madre que os parió, malas putas! ¡Vais a daros conmigooooo! – grito enardecido.

Tumbo tanto a Pam hacia delante que la tiro del sofá. Debe colocar sus manos en el suelo, la cabeza colgando, las piernas abiertas sobre mi regazo. Sus rizos pelirrojos barren el parqué. Debo acompañar su caída para que no me parta la polla, pero consigo ponerme de rodillas y la cosa mejora. Creo que a esta postura la llaman la carretilla, solo que se la estoy metiendo por el culo.

  • Aaayy, Sergi… me matas de gustooo… ¡Quiero follar cada día!
  • Zorrón – mascullo.
  • ¡Quiero que me folles hasta que… me preñes… hermano!
  • Calla…
  • Que me preñes… una y otra vez…
  • ¡Calla, puta!

Pero Pam parece que ha entrado en un nirvana particular. Se corre y balbucea locas ideas, sin parar. Solo puede gritarle que se calle, pero lo cierto es que solo pensar en lo que dice, hace que me corra, sin control.

  • Darte muchos… hijos… para que follen con… nosotros… también…
  • ¡CALLAAAA!
  • ¡Diosssss! ¡Queeee morbooooo! – aúlla Maby, corriéndose, casi al mismo tiempo.

Pam queda en el suelo, jadeando, la boca pegada a la madera, dejando surgir un hilo de saliva. Yo caigo sobre Maby que, a pesar de quedar aplastada, me lame la mejilla y la nariz, abrazándome.

Hemos tenido tres orgasmos simultáneos; tres intensos orgasmos, desaforados y perversos, pero con un solo pensamiento. Creo que se podría decir que ha nacido una nueva religión.

¿No?

El legado. Cap 11

JANIS MULLIGAN

Juramento de sumisión.

La desaparición de Eric trae un espectacular cambio en el carácter de Pamela. Saber que ese hijo de puta no puede ya chantajearla, ni hacerle daño, la convierte en una chica mucho más animada, más alegre y vital, con enormes ganas de divertirse.

Cuando subo al apartamento, Pam ya está en pie, con el desayuno recién hecho, y con un plan de acción para todo el día. Sin querer revelar demasiado, despierta a Maby y cuchichean un buen rato en el dormitorio, antes de unirse a mí en la mesa.

Como no, todo eso implica mostrarme todos los monumentos importantes de Madrid, así como buena parte de sus museos y ofertas culturales. Pam quiere que conozca la ciudad, el asentamiento urbano que ha escogido para vivir su vida.

Salimos tras desayunar y nos pateamos la ciudad, desde la Casa de los Lujanes, en la plaza de la Villa, hasta la Puerta de Alcalá, en la plaza de la Independencia; desde el monasterio de las Descalzas Reales a la Puerta del Sol. Visitamos, así mismo, el observatorio astronómico, el Jardín Botánico, y el museo del Prado. Metemos los pies, en la fuente de La Cibeles, la de Apolo y la de Neptuno. Nos perdemos en el Palacio Real y tomamos un refrigerio en la Plaza Mayor. Jamás he tenido un dolor de pies como este.

Estamos tan cansados cuando llegamos a casa, que picoteamos algo de fiambre, un yogurt, y directamente a la cama. Solo pierdo el tiempo en ponerles a las chicas los cinturones vibradores, a velocidad lenta. No tardamos en dormirnos, abrazados.

Un nuevo despertar. Es viernes y amanece nublado y lloviznando. No tengo ganas de salir a correr. No con el tiempo tan desapacible y la paliza que nos hemos dado el día anterior. Apago los vibradores. Han tenido que correrse en sueños varias veces, pues los colchones están manchados

Están listas ya.

Yo también lo creo.

Me tiro al suelo y comienzo a levantar mi cuerpo con mis brazos. Series de diez flexiones con diferentes posiciones de muñecas y dedos. Sigo un ritmo respiratorio pausado. Cada vez se me hace más fácil. La verdad es que no he pensado demasiado en esa facilidad, en la asombrosa capacidad de mi cuerpo

Creo que siempre he contado con ella, desde niño. Los arañazos y los rasponazos de mis rodillas curaban muy rápidamente, en el mismo día. Podía levantar el doble o el triple de peso que los demás niños del colegio, o aguantar la respiración más de cuatro minutos, cuando los demás jugaban a los buzos en el patio. Me quedaba aparte y contenía el aliento cuando ellos, dando varias vueltas al gran patio escolar, sin que mis pulmones pidieran más oxígeno.

¿Eso me convierte en un bicho raro? ¿En algo que es más que humano? No tengo respuestas. No sé si soy algún tipo de mutación o que, simplemente, soy más fuerte que la gente normal y corriente. Sigo sosteniendo que provengo de algún rincón de este universo y que he sido depositado entre humanos por algún motivo desconocido. Jajaja.

En algún momento, Maby abre un ojo y me lanza uno de los cojines. “¡Fuera!”, exclama con ronca voz de bella durmiente. Me desplazo al salón, donde comienzo con abdominales de varias inclinaciones. Tras una hora de ejercicios, me ducho y me visto. Preparo café para las chicas y hago dos buenos platos de tortitas. Tomo uno de ellos y bajo a casa de Dena.

Hoy no ha ido al gimnasio. Le tocaba llevar las niñas al colegio y me explica el anárquico sistema rotatorio que usan varias madres para llevar a sus hijos al exclusivo colegio de pago de La Colegiata. Quizás por eso lleva vaqueros y un suéter de lana. Quito el papel de aluminio que cubre el plato.

  • ¡Tortitas! – exclama. — ¡Hace años que no como!
  • Tú pones el café y yo las tortitas – le digo con una sonrisa. – Después te haré otra propuesta.

Ella sonríe de forma pícara mientras saca unas tazas de un estante. Unos minutos más tarde, tras engullir algunas tortitas, me pregunta, realizando círculos con su dedo sobre la piel de mi brazo:

  • ¿Cuál es la proposición?
  • Que tú pongas el coño y yo el ariete – la digo, mirándola muy fijamente.

Se levanta de la silla y se atusa el pelo, como una diva.

  • Vamos a la cama, cariño.
  • Aquí.
  • ¿Aquí? – se asombra.
  • Sobre la mesa – la informo mientras quito lo que estorba y lo dejo sobre la encimera. — ¿No has fantaseado nunca con un inolvidable polvo en la cocina?

Se ríe y echa sus manos a mi cuello, besándome. Devoro su boca hasta hacerla gemir. Se derrite en mis brazos cuando mi mano se introduce bajo el suéter de lana. Alzo también la blanca camiseta de algodón hasta tocar piel. No lleva sujetador. Sus hermosos y grandiosos senos se mueven libremente bajo la lana camufladora.

Me encanta torturar sus pezones con pellizcos y tironcitos, hasta volverles tan sensibles que no soportan ni la ropa. Ella misma saca la camiseta y el suéter por encima de la cabeza.

Palmea sus tetas. Empieza suave pero aumenta los golpes al minuto.

“¿Otro truco?”.

No, ella es una sufridora. Está deseando que la controles, que la ordenes.

“¿Una masoquista?”.

Algo así, pero realmente, lo que quiere es obedecer y no tomar decisiones por su cuenta. Empieza con los pechos y veamos como reacciona.

Fustigo sus pezones con los dedos. Dena gime sordamente y eleva los senos, desafiantes. Entonces, dejo caer suaves palmadas desde arriba, haciendo bambolear sus grávidos pechos con fuerza. Me mira a los ojos y se muerde el labio. ¡Que mirada de puta!

Noto como aprieta sus rodillas, buscando presionar su sexo con las piernas. Cambio de ritmo mis palmetazos. Ahora, son bofetadas que inciden sobre los costados de los pechos, que bailotean de izquierda a derecha. Se están poniendo rojos. Dena entreabre la boca.

  • Más fuerte – gime, sin dejar de mirarme.
  • Está bien – dejo de azotar sus senos. – Trae las pinzas de tender, zorra.

Se le abren los ojos al comprender mi idea. Al minuto regresa con una pequeña cesta de plástico, llena de pinzas de todos los colores. La deja sobre la mesa e intenta besarme.

  • No, ahora no. Quítate el pantalón – ella sigue perfectamente el juego. – Siéntate sobre la mesa.

Acoge mi cuerpo entre sus piernas, las manos hacia atrás, apoyadas en la mesa, mostrando orgullosas sus tetas. Pinzo uno de sus pezones. Dena sonríe y agita el pecho, haciendo bailotear la pinza. Hago lo mismo con el otro. Después, en un artístico impulso, coloco pinza tras pinza sobre sus pechos, formando una cerrada espiral. Dena ya no sonríe, se queja y respira suavemente, para no hinchar demasiado el pecho, el cual está tomando un tono carmesí. De vez en cuando, se estremece toda. Deslizo un par de dedos sobre sus bragas. Totalmente encharcadas.

  • ¿Cómo te sientes? – le pregunto.
  • Avergonzada… pero a punto de correrme – confiesa muy bajito.
  • ¿Quieres que te las quite?
  • No… no… eso no.
  • Te sientes muy puta, ¿verdad?
  • Siii… toda una puerca… – me mira esta vez a los ojos. – Tu zorra.
  • Si, eso pretendo. ¿Vas a ser mi puta, mi perra?
  • Si, cariño.
  • ¿Para todo lo que desee? ¿Aunque pueda hacerte llorar y patalear?

Tarda un poco en contestar. Aprieto la pinza del pezón izquierdo.

 

  • ¡Auch! Si… si, aunque suplique.
  • ¿Comprendes que tendré el derecho y el placer de entregarte a quien me plazca? – la tomo del pelo, obligándola a mirarme.
  • Si…

Lo ha pronunciado en un jadeo. Está totalmente entregada. Por mi mente pasa cuanto he leído sobre dominación y esclavitud. No creí que algo así jamás me sucediera, por lo que siempre lo he mantenido reprimido, encerrado en lo más profundo de mi ser. No voy a psicoanalizarme ahora. No sé si es fruto de mi propia represión juvenil, o un terrible odio hacia mis congéneres, que he desarrollado en la soledad del desván, pero la revelación me golpea con una inesperada fuerza, como una divina epifanía. Tengo la seguridad de haber encontrado mi camino, mi destino.

La tremenda sensación de poseer la voluntad de otro ser, de tirar de los invisibles hilos de titiritero, de dominar todos y cada uno de los aspectos de su vida, me invade totalmente. En ese preciso instante, comprendo donde me ha llevado cada incierto paso que he dado en estos últimos meses; cómo el viejo me ha guiado por un tortuoso camino que solo tenía una meta; la serenidad que otorga la certeza de saber que es cuanto mi alma anhela y desea. La cada vez más evidente autoridad sobre mis chicas, la tremenda excitación que me embargó al manejar a Eric como un pelele, las enseñanzas controladoras de Rasputín… todo ello no es más que una forma de encaminarme a aceptar lo que en realidad deseo inconscientemente: conquistar y dominar a mi alrededor. Manipular profundamente mi entorno.

Es lo que deseo y, ¡por mis santos cojones, en eso me voy a convertir!

Voy a ser un Amo. El Puto Amo.

Bienvenido, hijo mío. Ahora estás completo. En pocos días, asumirás todos mis conocimientos, mis ideales, mis metas, y los proyectos que no he podido terminar. No habrá más dualidad, ni más consejos. Nos fundiremos para forjar una nueva entidad, una nueva alma mucho más poderosa y determinante de lo que pude ser por mí mismo. ¡No habrá más límites para nuestros anhelos!

“Si, viejo. Estoy dispuesto.”

Llámame Padre por una vez, pues aunque no seas carne de mi sangre, si eres heredero de mi mente.

“Es un honor serlo, Padre. Siempre lo ha sido.” Es evidente que Rasputín también me ha manipulado desde el principio. Siempre ha conocido mi pasión, pero ha sabido manejarme para que yo solo la aceptara y la fortaleciera, convirtiéndola en una ventaja y no en una debilidad.

No sé cuanto de esto ha asomado a mi rostro, pero Dena gime y tiembla, intentando bajarme el pantalón. Sonrío y le tiro del cabello, echando su cabeza hacia atrás.

  • ¿Quieres polla, eh, zorra mía?
  • Si… si… por favor.

Le escupo en su entreabierta boca. Dena respinga pero traga enseguida mi saliva.

  • ¿Si, qué? Busca una forma digna de dirigirte a mí.
  • Si… mi Dueño…
  • Dueño… suena bien. En público, me trataras de Señor, en la intimidad puedes usar Dueño o Amo Sergio. ¿Comprendes, puerca mía? – le comunico, agitando su cabeza para que asienta.
  • Si, mi Dueño – responde, apretándose ella misma uno de las pinzas de sus pezones.

La echo hacia atrás, sobre la mesa, y le arranco las bragas. Sus fluidos se escapan entre sus muslos. Creo que no se ha sentido jamás tan caliente. Su depilado coño casi aspira mi polla cuando la coloco sobre su palpitante entrada. Ni siquiera me he desnudado. No hace falta para follarse a una perra como ella.

Emite grititos contenidos cuando se la meto, en pequeños empujones. No osa mover su cuerpo, impresionada por el tamaño de mi polla. Solo traga y traga por su coño, mirándome con adoración. Se corre suavemente cuando ya no puede abarca más, y espera a que yo me mueva, respirando agitadamente.

  • Te he permitido que te corras esta vez, Dena – la digo –, sobre todo para aliviar tensión. Pero ahora no te correrás hasta que te de permiso. ¿Lo has comprendido?
  • Si, no me correré.

Un buen sopapo en la mejilla la estremece.

  • Si, no me correré hasta que me lo digas, Amo Sergio.

Le sonrío y le meto un dedo en la boca que ella chupa inmediatamente. Saco mi polla un tercio y la deslizo de nuevo en su interior. Un quejido. La saco casi entera y me hundo otra vez. Otro quejido, más largo. Un pollazo, un quejido. Me gusta.

  • ¿Qué piensas de mi polla, putona?
  • Que es obra de Dios… me está matando de gusto, mi Dueño…
  • ¿Crees que te cabrá en ese culazo?
  • No… no lo creo… solo lo he hecho una vez por detrás, hace mucho tiempo, Amo Sergio…
  • Pues habrá que ensancharlo, zorra.
  • Lo que desees, mi Dueño – responde, cerrando los ojos y aferrándose a los bordes de la mesa. Traga saliva, intentando controlar los espasmos placenteros que amenazan con vencerla.
  • Mañana te traeré un cinturón especial para que lo uses durante toda la semana… ya verás como dilatamos ese agujerito…
  • Si… Amo Sergioooo… ¿Cuándo podré correrme?
  • Pronto, cariño, pronto. Ahora, aguanta… no se te ocurra correrte – aumento la velocidad con la que la penetro.

Para haber parido una hija, tiene el coño estrecho, o bien, hace mucho que no folla con nadie. Con una mano, la levanto de la mesa y la pego contra mi pecho. Ella se abraza a mí como a una tabla de salvación. Ahora, la follo con frenesí, notando como mi orgasmo se acerca. Ella solo emite un larguísimo quejido, entrecortado por mis embistes.

  • Ammoooo… ¿yaaaa?
  • Casi, puta, casi. ¿Tomas algo para el embarazo?
  • Noooo… miii… Dueñoooo…. Peroo… córreeeteee dentroooo si… quieres…
  • Otro día, quizás – digo, sacándola y tumbándola de costado sobre la mesa. Le meto la polla en la boca, asfixiándola casi. Ella aprieta mis pelotas y descargo en su boca, empujando.
  • Puta, córrete – la ordeno y, casi inmediatamente, ella agita las caderas como una bailarina exótica.

Un chorro de fluido se desliza por el muslo que tiene debajo.

  • ¡Aggg…! Vaya corrida que hemos tenido, ¿eh, putona mía?

Dena asiente, tragando aún esperma, pero sus ojos chispean de alegría. Me inclino sobre ella y la beso tiernamente, saboreándome.

  • ¿Eres mía? – le pregunto.
  • Siempre, mi Dueño – responde, abrazándome.

Las chicas me comentan, durante el almuerzo, que han pensado que salgamos esta noche. Me dicen que no conozco nada de la noche madrileña, ni me han presentado a sus amigas, ni nada.

  • ¡Es que eres muy soso! – Maby me golpea un hombro con su tenedor.
  • ¡Joder! Que solo llevo cinco días aquí y todos ellos follando con vosotras dos, zorras – contesto. – ¡A ver de donde saco tiempo!
  • ¡Que trabajo más desagradecido! – pincha Pam.
  • Cuando quieras te das de baja, que ya verás la cola de voluntarios que apañamos en minutos – bromea mi morenita.

Dejo caer el tenedor sobre mi plato, con mala ostia. Las chicas levantan la vista, intrigadas.

  • ¿Qué pasa, Sergi? – pregunta Pam.
  • No tiene puta gracia.
  • ¿El qué?
  • Eso de que cuando quiera lo deje. No soy un puto consolador sin sentimientos.
  • Perdona, Sergi, solo era una broma – se disculpa Maby.
  • Si, hermanito. ¿O no te hemos dado suficientes pruebas de que te queremos?
  • Si, es cierto. Lo siento. Se me va algo la olla, no sé que me pasa… — pero sigo enfurruñado, dando vueltas a mi plato. Apenas he comido.

Me levanto y me pongo a recoger. Con ellas, no siento tanto ese impulso de dominarlas, pero estoy muy susceptible. Supongo que debe de ser a causa de la integración del alma de Rasputín. Debo controlarme un poco más. Las dejo acabar de almorzar y me siento en el sofá, a ver la tele. Minutos más tarde, Maby se acerca, mordiendo una manzana. A pesar de ir en pijama, es la misma imagen de Eva en el paraíso.

  • Sergi, ¿me perdonas, amor?
  • No hay nada que perdonar, pequeña. A veces soy desmedido con lo que siento.
  • Y yo, a veces, soy una bocazas – me dice con una sonrisa, sentándose a mi lado.
  • No, eres impulsiva, eso es todo. Como yo, te dejas arrastrar por tus pasiones y no piensas lo suficiente lo que vas a decir.
  • Pero aún sigues enfadado. ¿Qué puedo hacer para que se te quite?
  • No sé lo que me pasa hoy, Maby. Me siento disgustado con todo el mundo. Si estuviera en la granja, hoy sería un día de esos para encerrarme en el desván. Debe ser por la lluvia.

Pam se une a nosotros y se sienta a mi otro costado.

  • Sergi, hemos pensado que si hoy salimos, la sesión con los cinturones no podrá ser esta noche – me dice, apoyando su barbilla en mi hombro.
  • Hoy es el último entrenamiento. Mañana os follaré esos culitos – sonrío con una mueca. Noto como Maby se estremece, pegada a mi brazo.
  • Hemos pensado que podíamos hacer la sesión ahora – me sopla mi hermana en la oreja.
  • No me siento de humor. De verdad, es mejor que no os toque hasta que se me disipe este humor.
  • ¿Y para un espectáculo? ¿Estás de humor? – pregunta Maby.
  • ¿Un espectáculo? Bueno, no sé…
  • ¡Vale! ¡Quédate aquí, Sergi! Vamos, Pam…

Maby se pone en pie y le da la mano a mi hermana, desapareciendo las dos rápidamente en el dormitorio. Cuando regresan, vienen desnudas. Maby trae en sus manos los cinturones, la crema y el gran consolador doble que compramos en el sexshop. Pam arrastra una de las grandes mantas que cubren la cama doble.

Extienden la manta en el suelo, entre el sofá y la tele, y se instalan sobre ella. Maby se coloca a cuatro patas, meneando su culito con descaro, y Pam hunde sus dedos en la crema. Se dedica a aplicarle crema al trasero de su amiga, comenzando a dilatarlo. Parece que ya no hay mucha necesidad de preparativos. Pam no tarda ni cinco minutos en ajustarle el cinturón a Maby.

Tras esto, viene el turno de la morenita. Pam es aún más rápida que ella en aceptar el calibre del vibrador. Me confían, como siempre, los mandos de control. Decido empezar directamente con la velocidad media. Ambas respingan y me miran. Están de rodillas, frente a frente. Sonríen, acatando mi decisión, y comienzan a besarse.

Observo como ya han empezado a mover suavemente sus caderas. Sus lenguas se enredan groseramente, y sus dedos siguen caminos inequívocos. Pronto están jadeando, pero quieren alargar el espectáculo. Es de agradecer.

Se dejan caer de espaldas sobre la manta, sus cabezas en sentido opuesto, sus piernas casi entrelazadas. El pie de Maby busca la boca de Pam, quien atrapa rápidamente sus deditos con la lengua, succionándolos uno a uno. Su lengua se introduce entre ellos, lamiendo cada rincón, recreándose con su particular sabor. A su vez, uno de los pies de mi hermana remonta el cuerpo de su amiga, hasta detenerse sobre sus pequeños y suaves montículos con pezón. Los oprime con fuerza, los masajea y acaricia como puede, mientras los ojos de ambas se lanzan invisibles mensajes de pasión y lujuria.

Puedo ver lo guarras que son entre ellas, fruto de la complicidad que comparten desde hace tiempo. Pam, tras humedecer bien el pie de su compañera, lo conduce hasta su coño, rozándolo a placer, hasta introducirse el dedo gordo. Maby hace lo mismo con el pie de Pam. Las dos acaban contoneándose, penetradas por una gruesa falange.

Están de nuevo tumbadas, boca arriba, atareadas en agitar delicadamente sus pies. Ya no se miran. Tienen los ojos cerrados y sus dedos ocupados sobre sus pechos.

Era cierto. Todo un espectáculo, pienso.

Pam, de repente, abre los ojos, gira el cuello, y me mira. Alarga la mano hasta atrapar el doble consolador. No es totalmente rígido. Es suave y flexible en sus manos, de un resplandeciente color rosa. Aparta el pie de Maby de su coño, y manipula el gran consolador hasta introducirse el artificial glande. Al contrario que un falo real, este consolador tiene los glandes más pequeños que los tallos, para que dos chicas puedan empujar simultáneamente desde direcciones opuestas, y así penetrarse mutuamente.

  • Ahora tú, cariño – le susurra mi hermana, teniendo el pene rosa bien sujeto.

Maby arrastra sus nalgas hasta quedar más cerca e intenta lo mismo. Se nota que es la primera vez que usan un juguete de esa clase y tamaño, pero ponen mucho interés, os lo garantizo. Finalmente, quedan conectadas por el aparato, cada una con un glande en su interior. Ahora es el momento de coordinar y empujar. No es fácil. Tienen que coordinar movimientos y músculos. Cuando Pam empuja, debe apretar los músculos de la vagina y la pelvis, para que el consolador no se hunda demasiado en su coño y resista la penetración de Maby. Ésta, al contrario, debe relajarse y solo levantar un poco sus caderas para recibir el impulso de su compañera. Sin embargo, en el momento de tomar ella misma el impulso para que sus caderas realicen el mismo movimiento, debe atrapar el consolador con los músculos de su coño, para que no se le salga.

Pero son chicas listas y ágiles. Le toman el punto enseguida y asisto a una magnífica follada lésbica. Sus caderas se agitan cada vez más, sus senos botan sin control, sus boquitas abiertas, llenas de húmedos gemidos, y sus miradas casi incendian donde se posan. Ya se han corrido un par de veces, con todo el proceso.

Por mi parte, mi mal humor se está alejando, a medida que mi polla ha crecido. Me la tengo que sacar, ya no cabe en el pantalón. Me la acaricio, cada vez con más pasión. Conecto la tercera velocidad y las chicas saltan y aúllan, sin freno ya. Conseguimos alcanzar uno de esos orgasmos comunes tan raros de conseguir, que nos deja muy relajados.

Desconecto los controles y les indico que se quiten los cinturones. No necesitan más entrenamiento. Recuerdo que debo bajarle uno de esos cinturones a Dena.

Mi primera esclava sumisa…

* * * * * * *

 

Las contemplo mientras brindamos. Me siento un sultán. Jamás he tenido la posibilidad de sentir algo así. Seis fabulosas mujeres rodeándome y tratándome como un compañero de diversión. Esta es una noche para recordar, seguro.

Las miro y repaso sus nombres.

La rubísima Elke, modelo noruega de veintidós años. Lleva seis meses en la agencia española, fruto de un intercambio laboral. Aún no habla muy bien el castellano, pero se desenvuelve bien. Zaíma, la esbelta argelina, de ojos profundos y oscuros. Tiene veinte años y pretende comerse el mundo. Sara, de pura raza gitana y largos cabellos ensortijados, tan negros como su vocabulario. Tiene veinticuatro años y lleva dos de ellos trabajando exclusivamente para una gran firma de trajes de flamenca. Y, finalmente, Bego, la mayor de todas. Tiene treinta años. Lleva el pelo pintado de rubio ceniza, en un corte retro de los años 20, con las puntas pegadas al rostro. Fue modelo en sus días, pero ahora es la secretaria de uno de los socios fundadores de la agencia.

Estas son las chicas que forman la célula de amigas de mis chicas. Suelen salir siempre juntas.

Maby y Pam me han arrastrado hasta uno de los sitios más emblemáticos de la noche madrileña, la discoteca Kapital, en la calle Atocha. Es inmensa y llena de gente. En cuanto pasamos de la zona de cajeros y tiendas de souvenirs, la música me traspasa, vibra en cada rincón de mi cuerpo, y parece levantar mi espíritu por encima de todos aquellos bailarines. Giro en redondo, mirando hacia arriba, impresionado. Un espacio abierto, enorme. Una cubierta a decenas de metros. Plataformas metálicas crean una curiosa tela de araña llena de focos, efectos lumínicos desbordantes, y grandes cristales encierran a más gente, en distintos pisos. Las chicas me dicen que hay siete pisos, llenos de diversión.

¡Joder!

Mientras avanzamos entre la gente, me fijo en los cuerpos de las gogos, que se agitan sobre sus estratégicas plataformas. ¡Chicas de primera! Rozarme con tanto cuerpo cálido y vibrante me embota los sentidos. Debo serenarme. Rostros y más rostros desfilan ante mis ojos, maquillados, tensos, portando muecas que intentan enmascarar sus pérfidas intenciones. Nada es lo que parece allí dentro.

Las chicas se reúnen con sus amigas y, en cuanto me las presentan, las dispares emociones que parecía absorber del gentío, se disipan, se calman. Esas cuatro chicas, de alguna manera, las amortiguan. Aspiro sus personales aromas al besarlas en las mejillas. Noto sus miradas sobre mí, intentando averiguar mis puntos débiles, calibrándome cada una a su manera. El hecho es que parece que no les soy indiferente.

Espero el comentario de Rasputín, pero ya no es una conciencia independiente. Se ha fusionado. No obstante, mi imaginación me responde con uno de sus puyazos y sonrío.

Mis chicas salieron de compras, justo después de la última sesión de entrenamiento, para comprarme algo decente que ponerme, para salir de marcha. La verdad es que no tardaron demasiado.

Me hicieron probar mi primer pantalón estrecho. De un tono yema tostada, fino y elegante, con unas pinzas estratégicas al comienzo de las perneras para camuflar el miembro, aunque he empezado a pasarlo por la entrepierna, para dejar la punta descansando bajo mi culo, casi como un tanga de carne.

Es divertido, jajaja.

Me quedé sorprendido, ante el espejo, al comprobar lo bien que me sienta un pantalón así. Una camisa negra, de brillante satén, complementó perfectamente el pantalón. Pam me indicó que la llevara por fuera. Su caída disimula perfectamente mis abultados senos y los pliegues de grasa que aún quedan en mi cintura. Pero, al obligarme a mirarme al espejo, empezaba a estar muy satisfecho con mi nuevo aspecto.

Maby me pasó un grueso jersey de hilo, beige, con la marca bordada en color marfil sobre el lado izquierdo y en hombro derecho. Muy elegante. Pam me entregó los últimos complementos. Unos brillantes zapatos negros, de finos cordones, y un bonito reloj de caja y correa metálica.

  • El peque está perfecto para arrasar esta noche – me giró mi hermana, mientras Maby palmoteaba.

Sé que lo decía en serio. Para ellas, yo soy su macho alfa.

Ahora, por lo visto, las bellas amigas de mis chicas, piensan algo parecido. A lo mejor, no es tan primario, pero notan mi potencial. ¿Emito feromonas? Quizás, pero, sea como sea, ninguna de ellas me desprecia.

Tras bebernos la primera copa casi al coleto, las chicas deciden bailar en la grandiosa pista del primer piso, repleta de gente moviéndose de cualquier manera. La música que nos bombardea es muy rítmica, desconocida para mí, pero no exenta de atractivo. Hace que mis pies quieran moverse. Las chicas me dicen que se llama Megatrón, sea lo que sea lo que eso signifique. Entre todas, me empujan hacia la pista, riéndose. Observo como dos de ellas comentan algo al oído de mi hermana, que sonríe, divertida.

No sé cómo explicarlo. Nunca he sido un chico que tratara de llamar la atención. Al contrario, lo mío era pasar desapercibido siempre. Pero, estar rodeada de seis maravillosas chicas, bellas como diosas, que atraen la mirada de cuantos machos se cruzan con ellas – y no menos féminas –, me hace sentir muy bien. Eso sin contar el subidón que me da esa explosiva música. Me muevo con más o menos gracia, meneando mi cuerpo por primera vez ante los ojos de desconocidos, sin que me importe. No sé si es debido al nuevo carácter que estoy desarrollando o es que dispongo de una nueva y mejorada confianza en mí mismo.

Bromeo con Pam y Maby, creando pasos de baile divertidos y risibles, que ellas imitan. Mis chicas me dejan espacio, para que sus amigas participen de las bromas, y se rían también. Sara es la más loca de ellas, ideando muchas más locuras que yo.

Dos latinos acaban pegándose a nosotros, acaparando a Bego y a Zaíma. Se nota que son asiduos a estos sitios porque bailan como profesionales, pero me irrita la ciega confianza en sus artes. Están totalmente seguros de que cualquiera de esas chicas caerá en sus redes. Cediendo a un impulso, imito los movimientos de uno de ellos, al parecer cubano, exagerando bastante. Incluso articulo las mismas muecas que él hace. Lo que en él es sensual, en mí es ridículo.

Las chicas no tardan en reír a carcajadas, hasta que los dos latinos se dan cuenta de la ofensa. Los tipos se quedan quietos, mirándome, mientras que yo sigo con la charrada. Pam me pellizca para que lo deje. Las sonrisas de todas se borran.

¿Qué queréis que os diga? Sé que las burlas nunca sientan bien, pero es mi oportunidad de probar, de reírme de otros. Así que la aprovecho. Me llevo una mano a la boca, simulando morderme las uñas de miedo, bajo sus furiosas miradas. Las chicas dejan de bailar, nerviosas. Uno de ellos hace amago de andar hacia mí, pero su amigo le frena. Con el mentón, señala a nuestra derecha. Dos tipos, de brazos inmensos, nos miran. Llevan una camiseta negra con la leyenda “seguridad” impresa. Los latinos se dicen que no vale la pena y se marchan.

  • Anda, vamos a beber algo – me empuja Pam.

Pero no nos dirigimos a ninguna de las barras del primer piso, sino que tomamos uno de los ascensores y subimos al tercer piso, a una pequeña sala de retro, acristalada como todas las demás, y desde la cual se puede ver la gran pista central, abajo. Sin embargo, está totalmente insonorizada, dejando el retumbante sonido fuera. Lo único que se escucha es la divertida y simplona música disco de los años 80. Se agradece darle un descanso a los oídos y poder hablar sin tener que gritar a la oreja del vecino.

  • Buff… creí la noche se acababa, ahí abajo – comenta Bego.
  • Tenían cara de mala leche – agita los dedos Sara, divertida.
  • Bueno, chicas, ¿qué pido? – les pregunto, cortando los comentarios.

Tomo nota mental de los pedidos y me dirijo a una pequeña barra que se levanta en el rincón más alejado de la entrada. Las veo charlar entre ellas y, sobre todo, escuchar algo que mi hermana les dice. Después de eso, todas giran la cabeza hacia mí, con una extraña expresión en sus rostros. ¿Asombro? ¿Temor? Me gustaría saber que es lo que Pam les ha dicho.

Pago la ronda. ¡Joder! ¡A nueve euros la copa! ¡Ya les vale!

Doy un par de viajes hasta las chicas para llevar todas las bebidas. Bego me hace sitio para que me siente a su lado. Maby está al otro costado y me coloca bien el jersey que llevo echado sobre los hombros y atado al cuello.

  • Pam nos ha comentado que trabajas en tu granja ecológica – me dice Bego.
  • Ajá.
  • ¿Y no te aburres a solas, en una granja, en Salamanca? – acaba de exponer.
  • Que va. He llegado a convertir la contemplación del ombligo en todo un arte.

Todas se ríen, incluso Elke, con la ayuda del comentario que Zaíma le hace en inglés.

  • A veces, tengo que parar el tractor y echar un rato de conversación con el espantapájaros, para comentar los goles del Madrid y eso… pero, en general, es tranquilo, relajante.

Nuevas carcajadas.

  • ¿Sabéis? No sabía lo que era el bullicio y la aglomeración hasta que no he llegado aquí. Hay veces que me vuelve loco, pero, en general, me gusta – explico. Todas me prestan atención, volcadas hacia delante para no perderse mis palabras. – Por eso, he decidido dejar el gulag y quedarme aquí, en la capital del reino. Si estas dos bellas samaritanas están de acuerdo, claro.
  • Por supuesto – contesta mi hermana. – Todo el tiempo que desees.
  • Mientras sigas haciendo el desayuno todas las mañanas – me besa la mejilla Maby.

Sus amigas sonríen.

  • Hay que ver… Pamela nunca nos había hablado de ti – comenta Sara.
  • Es que no me fiaba de vosotras, ¡que sois unas lobas! – responde Pam.
  • No será para tanto – ríe Bego.
  • No, tú la peor, que te tiras a tu jefe día si, día no – suelta la puya Maby.
  • ¡Mentiraaaa! – exclama Bego, exagerando. Todas se tronchan.
  • Yo busco marido – informa Zaíma.
  • Eres muy joven aún – opino yo.
  • No para la media de mi país. Por eso lo busco aquí, para no tener que acatar lo que mi familia haya podido escoger en mi ausencia. Si puedo regresar casada con quien escoja, me libraré de un matrimonio impuesto – explica, con un gracioso acento silbante.
  • ¡Que triste que el amor no influya en nada en vuestra cultura!
  • A veces, si influye, Sergio, pero no es una constante. Tuve la suerte de poder estudiar y salir de mi país, alejarme de mi familia. No me gustaría volver sin un triunfo, aunque eso signifique renunciar al amor. Solo quiero un buen partido.
  • Te auguro un perfecto futuro, Zaíma. Con tu hermosura y tu mente, conseguirás al perfecto títere – la lisonjeo.

Noto el suspiro de Sara. Me mira con mucha intención.

  • Yo siempre creído que las modelos tenemos un problema general – comenta, por primera vez, Elke, en un casi entendible castellano marcado por un acento duro y nórdico. – Acostumbramos a ver belleza y vemos lo que esconde esa belleza. Celos, envidias, traición, venganza…

Todas asienten, pues todas han vivido esas historias de bambalinas.

  • Asociamos belleza con maldad. No fiamos de belleza, aunque, a veces, sucumbimos a ella – noto que se muerde el labio. – Las modelos buscamos otra belleza, pero difícil encontrar. El alma.
  • Eso te ha quedado precioso, Elke – le coge la mano mi hermana.
  • Gracias, Pamela. Pero belleza de alma puede estar en cualquier parte. En hombre o mujer, en joven o viejo, en blanco o negro. Nunca se sabe donde esta belleza de alma. Por eso siempre buscamos, en todas partes. Pero muy difícil resistir la tentación del robaalmas…
  • ¿El robaalmas? – pregunto, intrigado. Elke tiene una bella filosofía.
  • Es dinero y poder. El lujo y las fiestas, los caros regalos, los hombres poderosos… todo eso te roba el alma y la oportunidad de encontrar alma gemela.
  • Es una interesante manera de ver la vida – la alabo.
  • Son palabras de mi abuela materna. Fue gran mujer.
  • ¿Cómo ves tú la vida, Sergio? – me pregunta Sara.
  • Bueno, aún no tengo perspectiva. Soy joven e inexperto, pero ya he descubierto ciertas verdades inamovibles.
  • ¿Cómo cuales?
  • Que el odio es más fuerte que el amor, por ejemplo. Que los sentimientos impuros y retorcidos predominan en la humanidad y que suelen determinar el carácter de todo hombre y mujer…
  • Triste pero cierto – me da la razón Bego.
  • Pero, hasta ahora, lo más importante que he descubierto… es lo que mueve este mundo, lo que impulsa a la sociedad humana.
  • ¿Si? ¿Y se puede saber, según tú, qué es? – vuelve a preguntar Sara.
  • Es como un motor, ¿sabéis? Un motor potente, con un tremendo turbo inyector… ese motor es el Poder. Es lo que mueve todo. Desde las decisiones de una familia común hasta las grandes metas de un país. Poder para mejorar, para escalar, para negociar, para abarcar, para conquistar… para dañar. Pero es un motor tan potente que quema mucho combustible. Se alimenta, sobre todo, de emociones y de sueños. Cuanto más fuerte es la emoción, más ruge. Cuando más anhelado es el sueño, más velocidad adquiere. Pero, en muchas ocasiones, el motor necesita un empujón para vencer el duro recorrido. Entonces, hay que activar el turbo, el más importante refuerzo para el motor, y este se acciona solo con una cosa: el sexo – paseo mis fríos ojos por todas ellas. – Ese sexo sucio y degradado, sobre el cual todos soñamos, todos ansiamos. Esa parte del sexo que nos negamos a confesar, que crece en nuestro interior como un oscuro hermano siamés, que nos va devorando cada noche, en nuestros más íntimos sueños. Ese sexo fuerte y sin emoción que nos impulsa como un resorte hacia nuevas oportunidades o al interior de un profundo pozo. Es un impulso que no podemos controlar; ese turbo no tiene freno, ni volante, solo podemos ponernos de cara en la dirección que queremos ir y rezar al accionarlo.

Nadie habla cuando acabo con mi parrafada. Todas se quedan pensativas, analizando cada una de mis palabras. La primera en hablar es Bego. Coloca su mano en mi brazo.

  • Tío, jamás había escuchado una definición como esa. Tienes razón. Cuanto más lo pienso, más evidente resulta – sus ojos no dejan de buscar los míos.
  • Bego tiene razón – Sara echa hacia atrás uno de sus rebeldes rizos. – La próxima vez que me tire un tío bueno, lo llamaré “darle al turbo”.

Su comentario arranca nuestras carcajadas.

  • Que pena que no dispongas de dinero, Sergio. Serías un marido perfecto para mí – sonríe Zaíma.
  • A mi no importa dinero. Si quieres ser novio de mí, te llevo para Noruega – Elke le da un codazo a Zaíma.
  • ¡Eh, guarras! ¡Que es mi novio! – exclama Maby, aferrando mi brazo.
  • No pelearse, chicas. ¿Por qué no nos lo repartimos? Una semana cada una, estaría bien – bromea Sara.

Los cometarios jocosos surgen, a diestro y siniestro.

  • ¿Y yo qué? ¡Qué me lo parta un rayo, ¿no?! – bromea esta vez Pamela.
  • Bueno, puedo cambiártelo por mi jefe, si quieres – le ofrece Bego.
  • ¡Ni de coña! Te lo llevas nuevecito y a mí me dejas el usado.

Nuevas risotadas. Bego invita a la siguiente ronda y nos vamos de nuevo a bailar.

Dos horas después, Maby y yo nos encontramos en la planta sexta, en lo que ella llama el cine. Es una especie de anfiteatro lleno de cómodos y amplios sillones, frente a una gran pantalla. La película que exhiben es malísima pero no parece que nadie la esté mirando. La zona de los asientos está a oscuras e incita a las caricias y a los besos. Según Maby, la llama la sala del amor. Al parecer, las parejas vienen a relajarse.

Pam y sus amigas han bajado de nuevo al primer piso a bailar. Maby le ha pedido permiso para subir conmigo aquí. Ahora, está besándome y deslizando su lengua mi cuello. Tiene sus piernas recogidas bajo ella y me ha sacado la polla fuera, acariciándola lentamente. Se aparta y me mira a los ojos. Los contrastes de la pantalla permiten que nos veamos.

  • ¿Te has divertido esta noche? – me pregunta.
  • Si, claro que si. Tus amigas son divertidas.
  • Si, y guapas.
  • También – le respondo. La dejo plantear lo que le está royendo.
  • ¿Te gusta alguna?
  • En especial, no.
  • Pero ¿te las follarías?
  • Si, a todas.
  • ¿Sabes que lo que comentaron antes, en la sala retro, era de verdad? Lo de ser novias y eso…
  • Si, al menos eso pensé.
  • No te han tirado más los tejos porque saben que eres mi novio. Pero no estoy segura de que aguanten si salen con nosotros otra vez.
  • ¿Te da miedo que me ligue alguna?
  • No, Sergio. Nos da miedo que nos olvides, que te alejes de nosotras…
  • ¿Nos? ¿Has hablado de esto también con Pamela?
  • Esta noche nos hemos dado cuenta que has madurado. Creces muy deprisa y pronto no podremos retenerte… eso es lo que nos da miedo – esta vez tiene lágrimas en los ojos.

Ha dejado de meneármela. La tomo de las mejillas con mis manos. Sorbo sus lágrimas.

  • Nunca os dejaré, ¿me entiendes? Jamás. Pero, tienes razón. Estoy cambiando.
  • Sergio… Vemos como las mujeres se fijan cada vez más en ti. Pam y yo hemos perdido todo control. Acatamos cualquier cosa que propones. Nos dominas totalmente, aún sin ser conciente de ello.
  • Pero… ¡yo no quiero dominaros! – protesto.
  • Si, si quieres, aunque no lo reconozcas. Has empezado a tratarnos de zorras y putas, y lo consentimos. Cada día más, caes en una actitud dominante que, sea dicho, nos pone frenéticas. No podemos negarte nada. Pronto seremos tus esclavas y lo asumiremos…
  • No… no.
  • Te digo todo esto porque creemos que el pacto que hicimos se romperá cualquier día.
  • ¿Qué hacemos, entonces?
  • Tenemos que hablarlo los tres, más tranquilamente. Bueno, ahora que se te ha aflojado la polla con todo esto, guárdatela y vamos con las chicas. Acabemos esta velada entre risas – me dice, dándome besitos en la cara.

Una hora más tarde, nos marchamos todos de Kapital. Nos despedimos en la acera, antes de tomar distintos taxis. Esta vez, las amigas de mis chicas se despiden de mí con un suave piquito en los labios. Pam y Maby me miran, sentadas en el asiento trasero del taxi.

Dos horas más tarde, estamos tumbados, desnudos y jadeantes, en la cama doble. El alcohol ha hecho que tardáramos en corrernos. Las chicas están cansadas, pero no quieren dormirse sin hablar. Mantenemos encendidas las lamparitas. No nos gusta follar a oscuras.

  • ¿Qué piensas de lo que Maby te ha comentado esta noche? – me pregunta Pam. Tiene su cabeza sobre mi pecho y alza el cuello, buscando mis ojos.
  • Creo que tiene razón. Estoy cambiando muy rápido.
  • Le comenté que lo que las chicas insinuaron no era ninguna broma – dice Maby, incorporándose sobre un codo.
  • Es verdad. Podrías haber salido con cualquiera de ellas esta noche, incluso iniciar una relación más seria con alguna. Estaban dispuestas a entregarse. Lo sé, las conozco – comenta Pam – y nunca las había visto así.
  • Os juro que no lo hice a propósito – las beso suavemente.
  • Lo sé y Maby también, pero es evidente que lo hiciste.
  • Tenemos que anular el pacto – dice Maby.
  • ¿Por qué? Yo creo que está bien así – refunfuño.
  • No, no lo está. Aún nos tratas con deferencia y planeas las cosas junto con nosotras, pero, estamos convencidas que, muy pronto, no tendremos voto – dijo Pam, muy calmada. – Tenemos que liberarte de él, para que puedas crecer totalmente.
  • Esto ya lo hemos hablado entre nosotras. Somos conscientes de que ya nos sentimos demasiado sometidas a ti. Solo pensamos en tu bienestar, en cómo te sentirás, en cómo podemos complacerte mejor…
  • Por mi parte, si me pidieras que hiciera algo vergonzoso o perverso, incluso ilegal, por ejemplo, lo haría, sin pensar en las consecuencias. Así me siento – confiesa Pam.
  • El pacto debe romperse. No podemos atarte a nosotras, porque entonces, te perderíamos irremediablemente – puntualiza Maby. — ¿Estás de acuerdo, Pam?
  • Así no habrá remordimientos, ni protestas después – añade Pam.
  • Está bien. Pero, ¿por qué no repasemos las cuatro normas para ver si podemos modificarlas a gusto de todos? – las acabo convenciendo.
  • Está bien. La del periodo de un año puede mantenerse. No afecta para nada. Nosotras sabemos que es inútil. No creo que deje de quererte en mi vida, pero es inconsecuente – se encoge de hombros Maby. – Puede que sirva para calibrar a otras chicas que surjan, porque llegaran otras, ya verás.
  • Si, yo también lo creo – expone Pam.

 

Niego con la cabeza. ¿Desde cuándo se han convertido en sibilas?

 

  • Estáis hablando de tonterías – les digo, con mucha seriedad.
  • ¿Lo de no mantener relaciones serias fuera del círculo? Tampoco sirve. Ya no existe círculo, solo existe tu voluntad. No podemos forzarte a nada.
  • Explícate, Maby – le pido.

 

Pero no es Maby quien me responde, sino mi hermana.

 

  • Si te enamoraras de una chica, o te casaras por algún motivo, te estaríamos esperando, siempre. Maby y yo lo hemos estado hablando. Hemos renunciado a tener vida personal. Solo estás tú, solo cuentas tú. Siempre te amaremos.
  • Siempre te serviremos – acaba Maby.

 

Las dos están a punto de llorar por la emoción que contienen esas palabras. Debo reconocerlo, es un juramente que me están haciendo, de por vida, un juramente de servidumbre total.

 

  • Preciosas mías… os quiero más que a nada – las abrazo contra mí. – Nunca seréis siervas, ni esclavas. Sois mis primeros amores, jamás os abandonaré…
  • Gracias, cariño, nos consuela oír eso, pero es cierto. Ya somos tus siervas – me dice mi hermana.
  • Al igual que esta última norma, la de ingresar otras personas en el círculo, tampoco vale. Como te hemos dicho, ya no existe el círculo – razona Maby, dejando que sus lágrimas mojen mi pecho. – Aceptaremos otras personas que tú dispongas. Otras amantes, otras serviles, nuevos amigos o posibles familiares políticos. Como personas dignas de tu confianza, las aceptaremos con agrado. Esta noche, se nos han abierto los ojos, al verte rodeada de nuestras amigas. Nos sentíamos celosas, pero también orgullosas de pertenecerte.
  • Yo creo que ese será el futuro que nos espere. Compartirte con otras mujeres. Lo aceptaré si no me apartas – murmura Maby, apretándose contra mí.
  • Pero… — intenté decir, pero Pam me pone un dedo en los labios.
  • Hemos estado buscando sobre este tipo de acuerdos en Internet, y hemos descubierto que existen y se realizan. Se llaman contratos de sumisión. Maby y yo hemos llegado a esa conclusión. Somos sumisas a ti, a tu polla, a tu voluntad, a tu autoridad – me confiesa.
  • No podemos resistirnos, no lo deseamos. Si quieres, firmaremos cualquier documento que desees – itera Maby, sorbiendo por la nariz.
  • No es necesario, Maby – me doy cuenta de que están totalmente decididas. Han debido hablarlo entre ellas largo y tendido, estudiando todas las implicaciones.
  • Como ves, ninguna de las normas tienen significado ya. Ni siquiera la norma que especifica que no podemos empezar el acto sexual si no estamos todos presentes, o, en su caso, disponer de permiso del miembro ausente – expone Pam, secándose las lágrimas. – Somos tus siervas, tus esclavas, dependemos de tus caprichos, de tu estado de ánimo, o de cualquier otra circunstancia. Así que puedes usarnos en el momento en que lo desees, estemos las dos o no.
  • No sé qué decir, chicas. Me habéis tomado por sorpresa – la verdad es que me han emocionado, aunque ya esperaba una reacción así, pero más tardía.
  • No digas nada, nene – susurra Maby, desando mi mejilla. – Solo recuerda que nos hemos ofrecido nosotras, por voluntad propia. Procura no humillarnos vanamente, porque te queremos de verdad…
  • Si, hermanito. Sabemos todo lo que se expone y se ofrece en uno de esos contratos. Si nos lo pides, lo cumpliremos, pero no nos gustaría llegar a esos extremos por imposición.
  • Jamás os humillaría de forma conciente, cariños míos.
  • Ssshhh – mi hermana me besa en la boca, callándome. – No sabes lo que nos depara el futuro. Puede que algún día, te beneficie entregarnos a otra persona…
  • O tengamos que prostituirnos para ti…
  • Incluso intercambiarnos para un trato…
  • Todas esas cosas pueden pasar y estamos dispuestas a aceptarlo, pero… déjanos…

 

Recuerdo las palabras de Rasputín. “Deja siempre una salida”.

 

  • … que nos hagamos a la idea, cuando llegue el momento; que nos de la sensación que podemos opinar, o aconsejar – acaba la frase Pam.
  • ¿Quieres que te llamemos de alguna forma en especial? – pregunta maliciosamente Maby. — ¿Amo? ¿Señor?
  • No, tontas, solo tenéis que llamarme como os apetezca en ese momento. ya sabéis que a veces os he insultado con palabras como “putas” o “zorras”, pero…
  • Es verdad, cariño – ronronea Pam. – Somos tus zorras.
  • Me refiero a que ha sido en el calor del momento, de la excitación.
  • Puedes llamarme puta todas las veces que quieras siempre que me sigas metiendo ese cacho de polla – susurra Maby, metiéndome la lengua en la oreja.
  • De verdad, chicas, puede que todo lo que habéis nombrado pase en un futuro, pero, os juro que vosotras nunca tendréis que hacer nada de eso. Al contrario, si algún día dispongo de más siervos o esclavos, seréis tan dueñas de ellos como yo – y lo dije muy en serio, tanto que ellas supieron que era cierto.

 

Lo cierto es que aquellas cuatro normas que ideamos con todo cariño y lujuria entre nosotros tres, duraron relativamente poco tiempo. Pero no hay mal que por bien no venga; había dado un paso más en el camino del Amo.

La colaboracionista

ALEX BLAME

Después de novecientos kilómetros avanzando sin descanso, esperando una bala detrás de cada esquina o cada seto, por fin tenían un descanso. El Teniente Giggs se pasó dos días enteros durmiendo, pero el tercero de sus cinco días de permiso se levantó con ganas de pillar una buena borrachera. Cuando buscó a Carter y a Gennaro descubrió que se le habían adelantado así que cogió un jeep y se dirigió sólo al pueblo.

Era una localidad pequeña, a treinta kilómetros de Metz. Con apenas tres mil habitantes y lejos de cualquier cruce de carreteras o infraestructura de importancia, había sufrido relativamente poco la destrucción de la guerra. La mayor parte de la población se dedicaba al trabajo del campo y aunque habían sufrido escasez, no habían pasado verdadera grandes penurias.

Era mediodía cuando aparcó en la plaza del ayuntamiento. Salió del jeep y estiró su raído, aunque inmaculadamente limpio uniforme. Se colocó la gorra bajo la hombrera y se acomodó el Colt. A las mujeres francesas les encantaba el aire de vaqueros que les daba la automática enfundada en su cadera, por eso la llevaba siempre consigo a pesar de que sabía que las posibilidades de encontrarse problemas eran casi nulas.

Se giró sobre sí mismo buscando una tasca, era mediodía y tenía hambre. En una esquina de la plaza del ayuntamiento, bajo unos soportales de piedra, había un bistró típico de la zona.  Se sentó en la terraza y pidió queso, pan y una botella de calvados. No veía el momento de pillar una buena curda.

Le encantaba la comida francesa. Esos malditos franceses hacían delicias con cualquier cosa y desde que había llegado en julio había aprendido lo que era el vino y los licores de verdad. El sol de agosto brillaba con fuerza y le obligó a refugiarse a la fresca sombra de los soportales de piedra. El pueblo había sido liberado mientras descansaba,  hacía apenas doce horas, así que toda la gente que pasaba a su lado le saludaba efusivamente y le invitaba a una ronda de calvados.

Un  tumulto que se acercaba por una de las calles interrumpió su plácido almuerzo.  Giggs se incorporó un poco mareado por efecto del calvados y apoyándose en una de las columnas de los soportales observó cómo unas cien personas entraban en la plaza y llevaban a alguien medio a rastras. Con disgusto comprobó que era una mujer. Harto de venganzas estúpidas se acercó al grupo con las manos apoyadas en las cachas de nácar de la automática.

—¿Qué demonios pasa aquí? —dijo el teniente levantando la voz para poder hacerse oír entre el tumulto.

—Es una colaboracionista —dijo un hombre gordo que llevaba puesto un mandil blanco con restos de sangre  en la pechera— vamos a darle su merecido.

Giggs desvió la mirada del cabecilla y la dirigió hacia la víctima. La mujer ofrecía un aspecto lastimoso. Los dedos gordos como morcillas del carnicero sujetaban la larga melena rubia  de la chica y tiraban de ella para mantenerla en un equilibrio precario. La mujer era joven, apenas debía superar los veinte años. Su bonito rostro crispado y el rímel corrido mostraban dolor y humillación, pero sus gruesos y rojos labios, apretados en una fina línea horizontal, revelaban la determinación de la joven de no soltar el más mínimo gemido o súplica. La ropa que llevaba, bonita y de calidad estaba sucia,  rota y descolocada por los agarrones y empujones de que había sido objeto, mostrando parte de su ropa interior. Sus medias estaban rotas y había perdido uno de los zapatos de tacón.

—¿De qué la acusáis exactamente? —preguntó Giggs.

—Ha confraternizado con soldados alemanes. —respondió una anciana furibunda escupiendo al suelo.

—¿Con cuántos?

—¿Qué importancia tiene eso? —preguntó el carnicero.

—¿Con  cuántos? —repitió el teniente empezando a mosquearse con los aldeanos.

—Con uno. Un Capitán de la Wehrmacht. —dijo un hombre bajito vestido con ropa de los domingos.

—Aja. Ya veo…  Un gran  peligro para el esfuerzo de guerra aliado. ¿Puedo haceros unas preguntas?

—¿Cuántos de vosotros pertenecéis a la resistencia? —continuó sin esperar la respuesta.

Los presentes se miraron unos a otros dudando durante un momento y luego levantaron las manos unánimemente.

—Ja, este debe ser el pueblo más heroico de Francia. Ojalá en todos los lugares de Francia hubiese el mismo nivel de amor a la patria, los nazis las hubiesen pasado canutas. —comentó el teniente con sorna.

—Y usted ha debido pasarlo verdaderamente mal —continuó el teniente señalando la panza del carnicero —¿Acaso no ha vendido usted carne a los alemanes?

—Sí, pero estaba obligado a ello…

—Y también estaba obligado a aceptar su dinero. Saben, estoy harto de ver estos actos de venganza pueriles. Siempre con las mujeres solas e indefensas. ¿Qué pensabais hacer? ¿Raparle el pelo?

—Nosotros…

—¿Sabéis que es eso lo que hacen los alemanes con las mujeres que se acuestan con judíos o prisioneros de guerra? ¿Queréis ser como los nazis? Dentro de tres semanas me agradeceréis  no haberos dejado hacer semejante estupidez.

Poco a poco la resolución del grupo fue mermando hasta que soltaron a la joven y se retiraron lentamente de la plaza. La única que parecía sinceramente decepcionada era la anciana que fue la última en irse, no sin antes soltar sendas miradas llenas de inquina  a Giggs y a la joven.

Finalmente quedaron los dos solos en el centro de la plaza. El sol caía de plano haciéndole sudar bajo su pesado uniforme. La joven se mantenía en pie a duras penas dolorida y agotada.

—Vamos. Te llevaré a casa —dijo el teniente señalando el jeep.

La joven estuvo a punto de rechazar la invitación, pero luego miro el aspecto de su ropa y no tuvo más remedio que admitir para sí misma que subir al todoterreno era la mejor opción. Sin decir nada,  siguió al oficial hasta el jeep y se sentó tapándose con los jirones de su ropa como mejor pudo.

El viaje transcurrió en silencio. La joven intentaba arreglarse el pelo y quitarse el rímel corrido de la cara mientras él conducía por el pueblo, siguiendo sus indicaciones. Giggs no podía evitar pensar que aquel capitán alemán fue un hombre afortunado. Los labios gruesos, los pómulos altos, los ojos grandes y claros y la nariz pequeña; todo en ella era bello y armonioso.

Dos minutos después, salieron del pueblo y cogieron un pequeño camino de tierra que les llevó a una granja entre los árboles. El aspecto del edificio era un poco ajado. La guerra también se había cobrado su tributo allí. Cuando llegaron ante la puerta, la joven se apeó. Giggs pensó que iba a irse sin decir nada, pero la joven se volvió. Le dijo que se llamaba Aimée y dándole las gracias se despidió con dos besos. Mientras arrancaba, ella se quedó a la puerta, observando como el  jeep  se iba, con un zapato de tacón en  la mano.

El cabo Bonner le despertó a la mañana siguiente, su semblante serio y su brazalete de la policía militar le ayudaron a despejarse y vestirse rápidamente. No era la primera vez que le escoltaba la policía militar y como se imaginaba cual era el problema, no se puso demasiado nervioso. Giggs intentó sonsacarle la razón por la que lo escoltaba, pero no consiguió nada aparte de un Lucky.

Cuando pasaron de largo el viejo edificio semiderruido que hacía de cuartel de la Policía Militar,  empezó a ponerse nervioso y cuando Bonner le invitó a subir en el jeep, el asunto le empezó a oler bastante mal.

Tras quince minutos de paseo, ya estaba empezando a relajarse de nuevo y a disfrutar de la cálida mañana de agosto cuando el jeep se paró delante del cuartel general del Tercer Ejército Americano.

—Chico, no sé qué has hecho, —dijo el PM con una sonrisa malévola, pero tienes una cita con el mismísimo general Patton.

La sangre  abandonó repentinamente de la cara del teniente. Sabía que tenían terminantemente prohibido intervenir en la vida de los pueblos liberados.  Los propios franceses se ocupaban de su seguridad interior y eran muy celosos al respecto, pero no se imaginaba que callo había podido pisar para que el propio Patton se ocupara de echarle la bronca en persona.

Por un momento, se le pasó por la cabeza darle un empujón a Bonner, salir corriendo con el  jeep y no parar hasta Minnesota, pero su entrenamiento se impuso y haciendo de tripas corazón entró en el despacho del general, tras su asistente personal.

La oficina era  lujosa, con techos altos y muebles rococó que no pegaban para nada con el carácter del general.

—Ese maldito remilgado de   Monty*; en vez del bastón de mariscal deberían haberle dado un tutú. —dijo el general revolviendo formularios de un cartapacio mientras Giggs permanecía de pie en postura de firmes— Ese jodido gilipollas nos ha obligado a frenar nuestro avance para poder alcanzarnos. Si fuese por él, aún estaríamos acampados comiendo ese queso asqueroso en las afueras de Caen.

—Descanse, teniente. —continuó el general cerrando el cartapacio y levantándose— Entre otras jodiendas tengo un informe de la PM sobre un incidente ocurrido ayer por la tarde en el que usted se vio envuelto.

—Lo siento, mi general. Yo sólo…

—Cierre el pico, no le he dado autorización para hablar. —le interrumpió Patton sin ceremonias— El caso es que el alcalde de la villa ha venido aquí hecho un basilisco. Estos jodidos franceses salieron corriendo como gallinas asustadas cuando los nazis entraron en el país y ahora se pasean por mi cuartel general como si fuesen ellos los que les han echado a patadas. ¿Me puede explicar qué cojones pasó ayer?

—Verá señor…

—Rapidito, muchacho, tengo mucha gente que abroncar está mañana.

—A sus órdenes, mi general. Yo estaba en la plaza del pueblo almorzando. Aparecieron un grupo de garrulos, perdón…

—No se disculpe, es lo que son; unos garrulos y unos tocapelotas. —volvió a interrumpirle el general.

—Sí, bueno, los tipos llevaban arrastrando a una mujer por el pelo con la intención de hacer en ella escarnio público. Yo les detuve y les mandé a casa, luego escolté a la señorita hasta su casa…

—Vale, vale, ya me hago una idea. —volvió a interrumpirle Patton impaciente—¿Sabe quién es esa mujer?

—Sólo sé su nombre, Aimée.

—Bueno, muchacho, te he llamado porque quiero que sepas que en otras circunstancias, te hubiese despellejado como a un castor, pero te ha tocado la lotería y sin saberlo has prestado un gran servicio a la causa aliada. —dijo el general sacando un pequeño paquete de un cajón— Quiero que vuelvas a su casa y le lleves esto de parte del estado mayor aliado y de paso que vas, llévale algo de comida y  chucherías. Los de abastecimiento ya están avisados. Puede retirarse.

—¡Ah! —dijo antes de que Giggs se escurriese por la puerta— si se te vuelve a ocurrir hacer algo parecido,  te juro que yo mismo te devolveré a patadas al otro lado del Atlántico.

Los jeeps son rápidos, manejables y relativamente cómodos, pero su fuerte no es su marcha silenciosa, así que cuando Giggs llegó al claro donde estaba situada la granja de Aimée, la joven ya estaba esperándole apoyada en el quicio de la puerta con un vaporoso vestido de verano agitándose ligeramente con la brisa vespertina.

—Vaya, ha llegado Papa Noel —dijo la chica viendo como bajaba Giggs del todoterreno cargado de paquetes— aunque no sabía que fuese verde.

—Puede que no lo sepas, pero el original era verde, fue Coca Cola quién le cambio el color hace unos años por motivos publicitarios. —respondió el teniente mientras entraba en la cocina de la granja y depositaba tres paquetes sobre la mesa.

—¿A qué se debe tanto agasajo? —preguntó Aimée.

—Tú lo sabrás. Con lo de ayer me he ganado una entrevista con el general Patton en persona y en vez de cubrirme de insultos y patadas me da un regalito para ti. —dijo sentándose y alargándole el pequeño paquete— De parte del Alto Mando Aliado.

—¡Vaya! O mucho me equivoco o  eso son medias de nylon. —dijo la joven apartando el paquete que le daba el teniente y cogiendo un par de cajas planas con el dibujo de unas piernas en la tapa.

—Vi como habían quedado las suyas ayer y pensé que…

Aimée  cogió una silla y sentándose levantó ligeramente la falda del vestido, lo justo para soltar unas medias raídas y mil veces zurcidas de las trabillas del liguero. Con un movimiento rápido se las quitó ante la mirada atenta de Giggs.

Las piernas largas y delgadas de la mujer quedaron expuestas  en toda su gloria. Aunque el teniente lo intentó, no pudo evitar lanzarle una mirada cargada de lujuria.

Aimée se dio cuenta inmediatamente y se giró ligeramente para que Giggs tuviese una buena panorámica del interior de sus muslos mientras ella se ponía lentamente las medias nuevas.

—¿Te gustan? —preguntó terminando de colocarse las trabillas y cruzando las piernas.

—Me gustan, me gustas, eres una mujer muy hermosa. —respondió el soldado recreándose en los grises ojos de la muchacha.

Aimée se levantó y se sentó sobre la mesa, indicándole con un dedo a Giggs que se acercara. Los labios de Giggs se cerraron sobre los de la mujer mientras ella se desabotonaba el vestido. La  mujer  detectó la urgencia del hombre en sus besos violentos y sus manos apresuradas. Aquel hombre probablemente no había tocado una chica desde antes del desembarco y después de jugarse la vida varias veces estaría sediento de sexo, así que abrió sus piernas y le dejó hacer.

Giggs estaba tan excitado que casi  no fue capaz de bajarse la bragueta y sacar su pene erecto. La joven le ayudó librándose de las bragas con un gracioso movimiento. El Teniente no esperó y acercando el cuerpo de la joven hacia él la penetró sin más ceremonias. La joven se recostó sobre la mesa y dejó que Giggs la penetrara con fuerza. Su mirada dulce y sus gemidos de placer evitaron que  el teniente se muriese de vergüenza cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

Intentó separarse, pero la joven aprovechó para darse la vuelta y apoyando los pies en el suelo dejar que la penetrase por detrás. Su vagina caliente y estrecha recibió la polla de Giggs estremeciendo a la mujer de placer. El teniente tiró del vestido y lo arrojó lejos acariciando su culo blanco y suave mientras penetraba profunda y rápidamente en su interior. Segundos después se corrió.

Giggs se sintió un poco avergonzado por haberse apresurado tanto e intentó balbucear una disculpa, pero la mujer le calló poniéndole el dedo índice sobre sus labios y cogiéndole de la mano le llevó  a la habitación en el piso superior.

Ahora que el apremio se había ido, pudo pararse y observar el cuerpo de Aimée.  El fresco aire vespertino proveniente del bosque se colaba por la ventana inundando la habitación con un aroma fresco y poniendo a la joven la piel de gallina.  Giggs  se acercó y mirándola a los ojos le acaricio la larga melena rubia platino.

Su pelo era suave y brillante, Aimée sonrió y poniéndose de puntillas, besó levemente al teniente. Giggs le soltó el pelo y abrazó su cuerpo suave y elástico. Las manos de la mujer se movieron rápidamente quitando botones y corchetes hasta que quedó totalmente desnudo como ella.

Giggs subió las manos de la cintura de la joven y comenzó a acariciarle la espalda, el costado y los pechos. La respiración de la mujer volvió a ser anhelante y un hondo suspiro surgió de su garganta cuando el teniente le acaricio los pezones y se los chupó suavemente.

La joven estremecida se pegó al cuerpo del teniente en un movimiento reflejo. El pene flácido del soldado contactó contra el muslo de ella. El calor y la excitación de la mujer parecieron pasar por ese punto de contacto haciendo que su pene se irguiera de nuevo, pero él no se movió, siguió besándola suavemente, aspirando el aroma de su cuerpo y dejando que el deseo siguiese creciendo en ambos.

Aimée fue la que tomó la iniciativa y con un suave empujón sentó a Giggs en la cama.  La mujer se arrodilló y  cogió su miembro palpitante. Sus manos pequeñas y ligeras lo acariciaron y tantearon antes de metérselo en la boca. Todo el cuerpo de Giggs se estremeció ante el suave y cálido contacto de la lengua de Aimée.  La boca y la lengua de la joven se movían arriba y abajo por su pene con la misma suavidad con la que hacía un momento le besaba, haciéndole sentir un placer  intenso que él solo pensaba en devolver.

Levantándola como si fuera una pluma se la colocó en el regazo y la penetró. Aimée soltó un largo suspiro de satisfacción cuando tuvo el pene en lo más hondo  de su vientre. Apoyando las manos en sus hombros comenzó a subir y bajar, lentamente, disfrutando de cada  chispazo de placer. Giggs  le dejó hacer limitándose a acariciarla y besar sus pechos, sus labios, su cuello…

Poco a poco los movimientos de la joven se hicieron más apresurados y unos instantes después  gimió intensamente y cayó desmadejada y sudorosa sobre Giggs.

Giggs  abrazó su cuerpo jadeante y la dejó recuperarse unos segundos antes de tumbarla sobre la cama. Aimée hizo unos leves intentos por apartar los labios del teniente de su sexo aún estremecido por el orgasmo, pero Giggs no le hizo caso y su lengua y sus manos acariciaron su cuerpo ignorando los gritos y los tirones de pelo de la joven.

El sexo se convirtió en una pelea dura y placentera. Aimée jadeaba e intentaba resistir con su frágil cuerpo en tensión mientras Giggs avanzaba poco a poco en silencio lamiendo, mordisqueando, sorbiendo…  Cuando llegó a la altura de su cara la agarró por las muñecas y colocándole las manos sobre la cabeza la beso violentamente, sorbiéndola, saboreándola, sofocándola… La joven levantaba su pelvis golpeando su polla, intentando incitarle a penetrarla. Finalmente sin soltarle las muñecas cogió su pene con la otra mano y se lo hincó profundamente en el coño.

Aimée se estremeció e intentó liberar sus brazos, pero con una sonrisa el teniente la mantuvo inmovilizada mientras la follaba a placer  con movimientos  bruscos, primero espaciados, haciendo resonar el choque de sus cuerpos bañados en sudor, luego se fueron acelerando hasta que se convirtieron en un fuerte aplauso, acompañado por la ovación de gemidos e insultos que le lanzaba la joven. Aimée, incapaz de contenerse más, se corrió y las contracciones de su vagina electrizada por el placer provocaron que el teniente se derramase de nuevo en su interior, excitándola de nuevo y prolongando aún más su placer.

—¿Me vas a contar que rollo tienes con Ike**? —preguntó Giggs mientras compartía un Lucky con la joven.

—¿Estás celoso? —preguntó la joven divertida dando una calada al cigarrillo.

—No, sólo siento curiosidad…

—Está bien, algo hay que hacer antes de que vuelva  a estrujar esa polla a conciencia. —dijo la joven acariciándole el miembro con picardía.

—En realidad —comenzó Aimée— el carnicero no deja de tener una pizca de razón. Yo vivía aquí con mi padre, en la granja hasta que el ejército francés lo movilizó en enero de 1940. La última noticia que tuve de él fue una carta fechada el uno de mayo diciendo que estaban preparados y que iban a espabilar a esos cabezacuadradas. No he vuelto a saber nada más de él.

El ejército alemán pasó de largo, pero dejo una pequeña guarnición en la villa. Diez hombres bajo el mando de un capitán, un hombre alto, rubio y un poco crápula. Las primeras semanas se limitó a dejar todas las tareas en manos de un viejo cabo veterano de la primera guerra mundial y a correr de cama en cama. Yo me crucé en su vida como cualquier otra mujer del pueblo antes que yo, pero a pesar de que no hice nada especial, salvo acostarme con él y aceptar unos vales de comida, se encaprichó de mí y yo, joven y sola en el mundo, le acepté. La vida  a partir de ese momento fue más fácil. Fritz era un calavera y un perezoso, pero tenía buen corazón y odiaba  sinceramente a Hitler y a los nazis. Me encariñé de él y nos instalamos los dos en la granja.  Un día, hablándole de mi padre se ofreció a investigar su paradero, explicándome que era sobrino de  Wilhelm Canaris***y que se llevaba muy bien con él.

—¿El almirante Canaris?

—El mismo. —respondió Aimée— Cuando me enteré de ello fui andando hasta Metz y contacté con un viejo amigo de mi padre que pertenecía a la resistencia. A partir de ese momento me dediqué a informar regularmente de todo lo que me contaba el capitán. Era cierto que se llevaba bien con su tío y resultó ser una mina de información y sobre todo permitió a los aliados valorar la efectividad de su sistema de contrainteligencia.   En junio todo cambio, se volvió más irritable y bebía casi todo el tiempo. Finalmente me contó que ibais a desembarcar. Gracias a él, el Alto Mando supo que los alemanes estaban convencidos de que atacaríais por Calais.

—Pocos días después se marchó, dijo que su tío le había impuesto una tarea, que iba a acabar con la guerra de una vez y que volvería pronto, pero sus palabras y su beso me sonaron más a una despedida. Ese fue mi último  informe,  dos semanas después nos enteramos del atentado contra Hitler del mes pasado, supongo que participaría en él y probablemente a estas horas esté muerto.

—Lo siento, ¿Lo amabas?

—Si te digo la verdad no lo sé. Cuando me enteré de lo que tenía que hacer me propuse no enamorarme de él, pero no puedo evitar entristecerme por su destino. Nunca fue un soldado como tú, era leal como demostró cuando su tío lo llamó, pero no era un hombre violento, ni un nazi.

—¿Y a mí? ¿Podrías llegar a amarme? —preguntó el teniente.

—Yanquis, siempre con prisas. —respondió con desdén— No quiero perder a nadie más. Cuando termine esta estúpida de mierda puedes venir y hacerme una visita, si es que no te has olvidado de mí para entonces. Sólo en ese momento decidiré…

***

El claro era totalmente diferente en mayo, el color dorado de la hierba agostada de hace  meses atrás había sido sustituido por el blanco, el amarillo y el rojo de las flores que cubrían la pradera verde y fragante. Una  solitaria vaca deambulaba de un lado a otro cogiendo los bocados más apetitosos. Giggs se bajó del jeep pensando si sería lo mismo ser granjero allí que en Minessota.

 

 

*Apodo del mariscal Sir Bernard Law Montgomery.  Jefe de las fuerzas británicas en Normandía, era de sobra conocida entre los aliados la mala relación que mantenía con  el General Patton. Al igual que éste, murió en extrañas circunstancias.

**General Dwight David Eisenhower. Comandante supremo aliado en Europa en la segunda guerra mundial y 34º presidente de los EEUU.

***Almirante Wilhelm Canaris. Jefe de la Abwehr el servicio secreto nazi, implicado en varios complots para acabar con Hitler. Tras el atentado de julio del 44 fue apresado y condenado a la horca.

El legado. Cap 10

JANIS MULLIGAN

El recibimiento de las chicas está lleno de ansiedad y preocupación. No las he llamado ni siquiera, a pesar de que me han dado muchos toques al móvil. Pam y Maby me miran, con los ojos muy abiertos e implorantes, las manos apretadas.

  • ¿Qué pasa? ¿Nos ha tocado la lotería? – bromeo.

Se tiran a mi cuello. Maby llega antes y se cuelga de mí, Pam se aprieta contra mi costado, aferrándome de la cintura. Cierro la puerta con el talón. Menudo espectáculo para los vecinos…

 

Me piden toda clase de explicaciones, me hacen preguntas a toda velocidad, sin dejarme contestar; en una palabra, me agobian. Las callo de la mejor manera, a besos, y les cuento cuanto deben saber, ni un detalle más. Me reservo la forma en que murió Eric. Las chicas me miran, tratando de ver cuan afectado me siento, pero, la verdad, es que me siento de puta madre. Nada de remordimientos.

  • Pam, se acabó el problema, y para otras chicas también. No pienso decirle nada a Belén, pero cuando se de cuenta de que no recibe llamadas, ni visitas de Eric, supongo que se dará cuenta de lo que sucedido – la tranquilizo aún más.

Ella asiente. Sabe que era la única opción, la más directa y lógica.

  • Espero que nunca se sepa nada – musita.
  • Contra eso no podemos hacer nada. Así que, a partir de ahora, nos olvidaremos del asunto y viviremos felices, ¿de acuerdo?
  • Si, Sergi – repiten a coro, sonriendo.

Con una carcajada, atrapo a una chica bajo cada brazo y, cargándolas como sacos, las llevo al dormitorio. Ellas ríen y patalean.

  • ¿Qué vas a hacer, tonto? – chilla mi hermana, con voz demasiado aguda.
  • Tengo que soltar toda la adrenalina acumulada. Os voy a estar follando tres horas seguidas…

Ellas gritan en falsete, adorables. No quiero aburriros con detalles reiterativos, pero apuntaré ciertos datos que os permitirán comparar mi rápido aprendizaje en las técnicas amatorias, en tan escaso tiempo. Según Rasputín, es como montar en bicicleta, una vez que aprendes, nunca se olvida. Mejoras con la práctica, simplemente. El viejo conoce cuanto haya que saber, y lo ha practicado hasta la saciedad. Inconscientemente, yo conozco todo lo que él recuerda. Es como tener una memoria táctil.

El hecho es que, para ellas, llega un momento en que sus cuerpos se vuelven tan sensibles, sus sexos tan irritados, que un solo pellizco en los pezones o sobre sus montes de Venus, desata pequeños orgasmos.

Finalmente, tras dormitar una hora, vencidos por la fatiga, decido empezar con su entrenamiento de sodomía. Saco del cajón de la cómoda los dos cinturones, con los pequeños consoladores ya insertados. Las dos me miran de reojo, algo nerviosas, pero sin ánimos de moverse lo más mínimo, tiradas de bruces. Observan como unto los dildos con crema lubricante, y, a continuación, me acerco a ellas.

Masajeo sus nalgas, alternando de una a otra chica. Estrujo los firmes glúteos de Pam, los azoto suavemente, e, incluso, los muerdo. Pam gime y agita un poco las caderas. Me inclino sobre su esfínter, abro bien las nalgas con las manos, y paso mi lengua sobre el oscuro botoncito. Intento meter la punta de la lengua. Pam se relaja, abriéndose un poco. La cabeza de Maby choca contra la mía. Quiere ver de más de cerca.

  • Sigue lamiendo tú. Ensánchala con los dedos. Usa bastante crema – le digo a la morenita. Ella asiente, sonriendo malévolamente.

Me traslado a su trasera. Si el culito de Pam es divino, apretado y perfecto, el de Maby parece esculpido. Es más pequeño y menos generoso, pero también es ideal para lucir un ceñido vestido o unos apretados pantalones. Le meto directamente la lengua, salivándolo completamente. Al minuto, ya está meneando sus caderas suavemente. Su esfínter palpita, aceptando cada vez más mi lengua.

Con el uso, esos apretados esfínteres se volverán tan tiernos como coñitos, ya verás.

Es todo un vicioso, el viejo, y a mí me encanta que lo sea.

Cuando alargo la mano para tomar el bote de crema, me doy cuenta que Maby está metiendo su segundo dedo en el ano de Pam, la cual suspira ya como una burra contra la sábana de la cama. Decido acabar con ella primero. Atrapo uno de los cinturones.

  • Si, papi… prueba esa cosa con esta putilla – jadea Maby, con los ojos muy brillantes.

El vibrador, de color celeste, apenas tiene 10 centímetros de largo y un par de ancho. Pam se queja bajito cuando entra en su recto. Apenas lo ha sentido, bien dilatada por su amiga. Paso las cinchas del cinturón por su entrepierna y las pego con las tiras de velcro. El arnés queda firme y sujeto. Ese consolador no se saldrá del culo.

La dejo que se acomode a él y continúo con Maby. Pringo mis dedos con crema y los voy metiendo en su agujerito. Sin duda, es más estrecha que mi hermana. Solo puedo meterle el índice tras haberla humedecido.

  • Relájate, Maby. No aprietes el culito – le digo.
  • ¡No me sale! Lo hago por instinto – se disculpa.
  • Déjame a mí – me empuja Pam. – Mis dedos son más finos que los tuyos, bestia.

Muy cierto. Me tumbo en la cama, mirando como se atarean esos dedos largos y blancos, llenos de lubricante. Entran y salen, cada vez más profundo, cada vez más rápido. Maby ya está jadeando de nuevo. Es el momento de meterle el vibrador. Me cuesta algo más de trabajo que con Pam, pero, finalmente, está insertado hasta el fondo, entre húmedos quejidos, y el velcro asegurado.

Se bajan de la cama con cuidado y dan algunos pasos, probando como se adaptan, en su interior, los flexibles vibradores.

  • Tenéis que llevar los cinturones toda la noche. Si necesitáis ir al baño, os los quitáis, pero después tendréis que ponéroslos otra vez. Sin duda, os tendréis que ayudar la una a la otra, pero es imprescindible que los llevéis todo ese tiempo. Los mandos de control de esos chismes, los tengo yo. No avisaré para ponerlos en marcha. Será una sorpresa – sonrió con ferocidad.

Ninguna de ellas protesta, aceptando el juego. Se ponen una bata sobre sus desnudos cuerpos, y yo me calzo mi sempiterno pantalón holgado de lino y una camiseta; la indumentaria de ir por casa.

Son las siete pasadas. Ha pasado la hora de merendar, pero tengo hambre. Decido preparar una cena merienda. Abro la nevera y empiezo a sacar ideas. Las chicas se sientan en el sofá, con las manos unidas, viendo un programa de cotilleo en la tele. De vez en cuando, remueven sus culitos o llevan una mano a sus nalgas. No sé lo que deben sentir, pero me excita pensarlo.

Preparo unos cogollos y unas tiras de rábano picante. Frío unos ajitos y unas almendras para mezclar con un caldo de carne, que, tras calentar, vierto sobre los cogollos. Las chicas giran hacia mí sus ojos al llegarles los divinos aromas.

Se levantan del sofá y se acercan. Maby me pregunta donde he aprendido a cocinar. Me encojo de hombros.

  • No tengo amigos. Madre me ha enseñado muchas cosas, sobre todo recetas caseras. Me gusta experimentar. Me he pasado muchas horas de recreo mirando por Internet, nuevas recetas.

Pongo a las chicas a cortar taquitos de salmón y palometa, para colocarlos en lonchas de jamón dulce, que después enrollan y encolan con un poco de mermelada de arándanos. Una verdadera y simple delicatessen. Mientras, pelo un gran boniato y lo corto en tiras, como patatas para freír. Las echo en la misma sartén dónde antes he hecho los ajos y las almendras y a la que he añadido un poco más de aceite. Frío el boniato con el aceite no muy caliente, para que se haga bien por dentro, y, finalmente, saco las tiras en un papel secante de cocina, para que escurran.

  • Nunca he probado eso – dice Maby.
  • Pues ya es hora. Venga, poned la mesa, que vamos a cenar ya.

No ponen reparos. Cenamos mientras vemos uno de esos concursos tan de moda. La mezcla de sabores enamora a Maby. Pam, quien ya ha probado esas exquisiteces, le habla sobre la repostería de Madre. Me ofrezco a recoger y fregar. Ellas protestan, pero las convenzo de seguir viendo la tele. Antes de meter mis manos en el agua, saco los controles, los gradúo a la velocidad más lenta, y los activo, mirando a las chicas.

Dan un respingo y me miran. Yo sonrío y me pongo a fregar los platos. Cuando acabo, voy a sentarme, como siempre, entre ellas. Tienen las mejillas enrojecidas y los ojos les chispean. Apoyan sus cabecitas en mis hombros. Pam susurra: “Guarroooo”.

Tras una hora de ver sandeces en la tele y de mirar a mis chicas de reojo, decido aumentar el ritmo de los vibradores. Saco los controles ante sus ojos y las miro ante de seleccionar una nueva velocidad. Pam suspira y cierra los ojos, como agradecida. Maby no dice ni hace nada, pero, a los pocos minutos, comienza a rebullir sobre el sofá.

Parece tener una guindilla en el culo. No se está quieta. Mueve las caderas, cambia las piernas de posición, aferra mi brazo, frota su mejilla en mi hombro.

Pam está mucho más tranquila. Solo se estremece de vez en cuando e hinca las uñas en mi brazo. Su respiración es profunda, casi ronca.

  • ¿Un poco más rápido, niñas? – pregunto.
  • Si… si, por favor – musita Maby, con una voz que apenas le sale del cuerpo.

Pam no dice nada, solo cierra los ojos y entreabre la boca. Activo la tercera y última velocidad. Los efectos no se hacen esperar. A los pocos minutos, Maby se pone de rodillas en el sofá, poniendo su trasero en alto y apoyando su cabecita en mi pecho. Hace rotar sus nalgas en diferentes direcciones. Su bata se abre, mostrando su pecho desnudo. La escucho jadear, pero no puedo verle la cara. La beso delicadamente en la nuca, mientras llevo mi mano entre sus piernas. Es una fuente, destilando jugos por sus muslos. El cinturón deja su sexo libre gracias a una abertura de sus cierres.

  • ¿Cómo estas, Maby? – le pregunto.
  • Si me… si me tocas el coño… exploto – gime.
  • Entonces, no te lo tocaré.
  • Sergi… – suplica.
  • No – soy categórico. – Debes aguantar hasta que te lo diga.
  • Si, amor – acepta y noto que me besa en el pecho, encima de la camiseta.

Giro la vista hacia mi hermana. Continúa cerrando los ojos a momentos y ahora me aprieta el brazo con más fuerza. Su cuerpo sufre pequeños estertores.

  • ¿Y tú, hermanita?
  • Me he… corrido ya… tres veces – murmura, sin abrir los ojos.

¡Qué cabrona! ¡Sin tocarse!

Pamela debe de tener un trasero muy sensible. No es nada frecuente que una novata como ella, goce tanto de su culito.

“¡Ya ves! Los Tamión somos así.”

  • ¿Te vas a correr de nuevo? – le pregunto.
  • Pronto…
  • Ponte como Maby. Voy a hacer que os corráis a la vez.

Pam se arrodilla y alza el trasero. Llevo mis manos bajo sus batas, acariciando la parte interna de sus muslos.

  • ¿Preparadas?

Asienten, contoneando sus caderas. Les meto un dedo en el coñito. Maby suelta un pequeño gemido. Las rodillas de Pam tiemblan.

  • Podéis correros, guarras – les susurro, al mismo tiempo que les meto otro dedo a cada una.

Maby apoya sus manos en mi hombro para alzar la cabeza. Su trasero está enloquecido, agitándose espasmódicamente. Mantiene sus labios cerca de mi oreja y escucho el murmullo que sube de su garganta, mientras su coño vierte un largo chorro de lefa, cálida y aromática, sobre mi mano.

  • Gracias… me corrooo… gracias… Sergiiii… gracias, amor…

Pam es mucho más comedida en su orgasmo – el cuarto, hay que decir –, pero deja caer su mejilla sobre mi regazo, levantando el culo lo más posible, buscando tragarse mis dedos con su coño. No pronuncia palabra alguna, pero mordisquea mi polla sobre la tela del pantalón. Sus pies se tensan y algunos gases se escapan de su ajetreado culito, sin apenas más ruido que una rueda pinchada. Desconecto los controles.

De repente, Pam se levanta, con urgencia, el rostro enrojecido.

  • Tengo que cagar – murmura, y escapa, a toda prisa, hacia el baño.

Maby se ríe y mordisquea mi oreja.

  • Eres un cabronazo. Estas guarrerías no las había hecho nunca.
  • ¿Y?
  • ¡Me encantan, coño! Uuff… ¡Pam! Déjame entrar, que yo también me voy patas abajo – y se levanta, llevando una mano a sus nalgas.

Escucho sus risitas ahogadas que llegan desde el cuarto de baño, y me concentro en la tele. Esta noche, sobre las cuatro de la mañana, despierto y activo los consoladores de nuevo. Me doy la vuelta y sigo durmiendo.

Ha amanecido. Mis ojos se abren, casi por reflejo. Me siento genial, pleno de energías. Me digo que hoy es el día en que mi vida va a cambiar. Al menos, esa es la sensación que tengo. No sé que puede ocurrir, pero algo pasará. Sea lo que sea, puede esperar a que vuelva de correr.

Miro a mis chicas. Pam está de bruces y ha babeado toda la almohada. Aún mueve levemente sus nalgas, como meciéndose. No sé cuantas veces ha podido correrse mientras dormía. Maby tiene sus dos manos atrapadas entre las piernas, durmiendo de costado. Hay un gran charco debajo de ella y huele a orina. Las dos lucen una sonrisa feliz. Apago los controles. Suficiente por hoy. Esta noche seguiremos con el entrenamiento.

Mi polla llama mi atención sobre ella. Anoche dejé que las chicas disfrutaran con el entrenamiento, pero yo no me di ningún honor, parece reclamarme.

Yo de ti, le haría caso. Es muy importante tener un miembro feliz.

La risa del viejo es algo siniestra para ser tan temprano.

Empiezo a acostumbrarme a correr. Puedo adoptar un paso medio, aún algo pesado, pero que me permite recorrer una buena distancia, manteniendo una respiración controlada. De esta tarde no pasa comprarme algo de ropa deportiva. ¡Coño, parezco un ilegal corriendo de la Guardia Civil!

Me encuentro con una sorpresa en el cercano parque. Hay una clase de aerobic al aire libre. Todas mujeres, amas de casa, entre treinta y cincuenta años. Me detengo a mirarlas, sin dejar de moverme. La monitora, una chica menuda, de unos veintitantos años, me hace señas para que me una a ellas. Las señoras abren un hueco para mí. No es cuestión de decepcionarlas.

El aerobic es divertido. La monitora es buena. Tiene la música muy trillada y sabe como hacer que todos los ejercicios coincidan con los diferentes ritmos, para que sea más ameno. Su pequeño cuerpo es flexible y, por lo poco que puedo ver, musculoso. Seguramente, hace algo más que aerobic para mantener esa forma.

Me doy cuenta que muchas de las señoras que están cerca de mí, me sonríen, cuchichean entre ellas, cuando pueden, y, sobre todo, me devoran con los ojos. Devuelvo las sonrisas y sigo a lo mío, que cuesta mantener el ritmo.

Tras casi una hora, la monitora comienza a aplaudirnos y le devolvemos el gesto. La clase ha terminado. Estoy empapado en sudor. Me acerco a ella, que está guardando el pequeño equipo de música.

  • Te felicito. Nunca había hecho aerobic y me ha encantado – le digo. – Soy Sergio.

Ella me sonríe. De cerca, es más rubia que castaña, con una graciosa y corta trenza atrás.

  • Pepi, mucho gusto. Pues, apúntate al gimnasio Stetonic. Está muy cerca de aquí. Celebramos varias clases al aire libre como publicidad y gancho.
  • Buena idea. Me pasaré en cuanto tenga tiempo.
  • Toma una tarjeta – me ofrece, sacándola de una monada de mini cartera deportiva. – Pásate cuando quieras y pregunta por mí. Te enseñaré las instalaciones y te explicaré las opciones, modalidades y tarifas.
  • Así lo haré – digo, despidiéndome.

Las amas de casa gimnastas se han repartido como el agua de mayo, cada una para su hogar o sus obligaciones. Delante de mí, una de ellas parece llevar el mismo camino que yo. Por lo que puedo ver, desde atrás, parece en forma y no puedo deducir su edad. Tiene un culo prieto y mediano, que su pantalón anaranjado pone en evidencia. Medirá un metro sesenta y cinco, y tiene una buena figura. Me pongo a su nivel, ella sobre la acera, yo en la calzada. Sigo siendo más alto.

  • Una buena clase, ¿verdad? – le digo, como saludo.
  • ¿Disculpe? Oh, si, por supuesto – contesta, al reconocerme como el chico invitado. – Pepi es muy buena y divertida.
  • Así que todas ustedes pertenecen al gimnasio Tetoni…

Se lleva una mano a la boca para contener la carcajada.

  • Stetonic, por Dios, jajajjaa…
  • Coño, que torpe – me regaño yo mismo, con una sonrisa.

Tiene el pelo castaño claro, con mechas más rubias, pero no sé si lo tiene largo o es una melenita, porque lleva la cabeza cubierta con una especie de pañuelo turbante, con un gran nudo en el lado derecho, que deja caer las largas puntas sobre su hombro. No tengo ni idea de que función puede tener una cosa así para hacer deporte, pero parece ser que es así. Sus ojos me examinan de arriba abajo. Su sonrisa se amplia. Esos ojos son casi del mismo color que su pelo, marrones y claritos. Yo no le calculo más de treinta y cinco años, y, aunque no es una belleza, tiene algo que atrae en ella, en su rostro. Tardo algunos minutos en ver qué es.

  • ¿Y os reunís muchas veces así, en el parque?
  • ¡No, que va! Una vez cada dos meses o así. Animamos a los vecinos a que pasen por el gimnasio y nosotras nos exhibimos un poco. Para airearnos – agita la mano, de bellas uñas pintadas de bermellón, como un abanico ante su cara.

Tiene un buen sentido del humor.

  • Pues ha sido una sorpresa muy agradable para mí. Estaba un poco aburrido de salir solo a correr, cada mañana. Por cierto, soy Sergio.
  • Encantada, Sergio. Yo me llamo Almudena, pero todo el mundo me llama Dena – responde, y me ofrece una de sus bellas manos.

Retén su mano y mírala a los ojos. Clava tu mirada, como si fuera una flecha, con intensidad.

A ver, que alguien me explique como cojones se hace eso. “Como una flecha.” ¡No te jode! De todas formas, lo intento. Mi cuerpo debe de tener más conocimientos que yo, o quizás ciertos recuerdos del viejo. El hecho es que cuando aprieto aquella mano, nuestros ojos coinciden y ella parece quedarse prendida de mis grises y pálidas pupilas.

  • Vaya, Sergio, tienes unos ojos imponentes.
  • ¿Si?
  • Si, algo tristes, diría yo, pero muy bonitos – no me suelta la mano. – No te había visto antes por el barrio.

Nos hemos quedado parados, desconectados del ruido de la calle, con las manos apretadas aún.

Tienes que aprovechar este momento de indefensión. El clavar la mirada te permite bajar las defensas adquiridas de una persona. Durante algunos segundos, volverá a ser la persona ingenua e inocente que era cuando niño, cuando confiaba en todos los adultos, y aceptará casi cualquier cosa que le propongas. Pero debes actuar rápidamente.

No estoy preparado para eso. El viejo me ha tomado por sorpresa. Así que me dejo llevar por las palabras de Almudena.

  • Es que he venido a visitar a mi hermana. Soy de Salamanca.
  • Ah, bonita ciudad. Mi marido estudió allí.

Cruzamos por un paso de peatones. Seguimos caminando por una de las amplias aceras. Ahora, con más perspectiva – le saco más de treinta centímetros –, puedo observar que solo lleva un suave brillo en los labios y ningún otro maquillaje. Sus dientes, cuando sonríe, están algo inclinados hacia el interior de la boca. Esta mujer nunca ha tenido corrector, pero se ven fuertes, sanos y blancos. Todo natural, me digo.

  • Así que está usted casada – no sé por donde seguir; no tengo mucha experiencia en esto.

“Ayúdame, viejo.”

  • Ya no. Me separé a principios de año – me cometa ella, sin ninguna pena en su tono.
  • Lo siento.
  • Yo no – sonríe. – Estaba harta de cuernos.
  • ¡No me diga! Me resulta increíble que a una criatura como vos puedan someterla a semejante escarnio, ¿acaso su esposo no tenía ojos?

Almudena alza la cabeza con viveza, enarcando una delgada ceja. Me he limitado a repetir lo que me sopla Rasputín.

  • ¿Es que eres poeta?
  • Es una cualidad espontánea que me embarga solo ante los ojos de las criaturas más bellas de la creación.
  • ¡Oh, que bonito! Pero, por favor, tutéame. No soy tan vieja. A propósito, ¿cuántos años tienes tú?
  • Diecisiete – musito, apartando la mirada. Otro consejo del viejo.
  • ¿Por qué te avergüenzas? Es una edad magnífica – dice, acercándose a mí y buscando mis ojos.
  • ¿Si? – comprendo lo que está intentando hacer Rasputín.
  • Si, no eres un niño. No lo pareces, bien lo sabe Dios. ¿Cuánto mides?
  • Uno noventa y ocho.
  • ¡Dios santo! Debo parecer una enanita a tu lado.
  • Nada de eso, Dena. Tienes un cuerpo realmente proporcionado.
  • Gracias, lo mío me cuesta – se ríe, colocando una mano sobre mi brazo. – Me acostumbré a ejercitarme después de tener a mi hija…
  • ¿Hija? ¿Tienes una hija? ¡No puede ser! – exclamo, deteniéndome bruscamente.
  • ¿Por qué? ¿Qué pasa?
  • ¡Si no puedes tener más de veinticinco años!
  • Aah, que adulador – se cuelga de mi brazo, con total confianza, mientras seguimos caminando. – No, jovencito, voy a cumplir treinta y tres años. Mi hija, Patricia, tiene ya catorce.
  • Entonces… — hago la pantomima de contar con los dedos.
  • Quedé embarazada con dieciocho años. Por eso te decía que era una buena edad la tuya. La suficiente para tomar decisiones importantes. Yo me casé y tuve una hija. Solo me arrepiento de lo primero – me guiña el ojo.

Me río con fuerza. Llegamos ante el edificio donde se ubica el piso de las chicas.

  • De verdad, Dena, ha sido un placer conocerte, pero, desgraciadamente, me quedo aquí, en el ático – señalo.
  • ¿Qué dices? ¡Vaya coincidencia! – coloca sus brazos en jarra, las manos sobre sus potentes caderas. – Yo vivo en el tercero B.
  • ¡Coño! – si que es toda una coincidencia.
  • ¿Tu hermana es una de las modelos?
  • Si, Pamela, la pelirroja.
  • ¡Joder! Os parecéis poco…
  • Ya, siempre decimos que ella fue cambiada en el nido – bromeo. – Es la única de la familia que ha salido a un tío abuelo con sangre irlandesa.
  • No es que las conozca mucho, apenas coincidimos, pero toda la comunidad se saluda, ya sabes. Oye, ya que estamos…
  • ¿Si?
  • Carmelo, el conserje ha dicho algo sobre una pelea…
  • Los chismes viajan rápidos.
  • Mucho, mucho – agita ella la mano con gracia. – Sube a ducharte y te invito a desayunar en mi casa. Así me amplias ese rumor, ¿te parece?
  • Como negar nada a un ser tan efímero y destellante como vos…
  • Ay, que cosas dices… — y entramos en el ascensor.

¿Qué puedo contar de esta experiencia? Solo una palabra: increíble.

Sé que, de alguna manera, estoy influyendo en el comportamiento de Dena, colándome entre sus vericuetos emocionales, desmontando sus inseguridades, sus prejuicios morales, pero no tengo ni idea de cómo lo hago. Es tan fácil, tan imperceptible, tan sutil, que ningún testigo podría advertirlo. Para la mujer, cuanto dice, cuanto escucha, cuanto piensa u ofrece, tiene una lógica aplastante, el justo final de un razonamiento correcto y equilibrado. No siente dudas sobre comportamiento, ni temor del mío.

Todo es sugestión, imposición de voluntades. Aprendí que disponía de ese don siendo un niño, y lo fui desarrollando más con cada etapa de mi vida, hasta convertirlo en un afilado y práctico instrumento de control. Ahora, tú dispones de ese don. Tu cuerpo ha aprendido a usarlo, aunque aún debes ser consciente de qué es lo que puedes realizar: imponer profundas sugerencias en todo tipo de personas, para hechizarlas completamente, para hacerlas vivir goces sin precedentes, para incrementar delirios o sensaciones… Todo depende de la inflexión de tu voz, de la autoridad que emana de todo tu ser, y, por supuesto, de tu mirada. No te preocupes, ya aprenderás.

Por el momento, no es algo que deba, ni quiera contar a las chicas. Debo experimentar mucho más y ver donde me conduce. Siguen durmiendo, pero ahora abrazadas. Se han sacado los vibradores, que están tirados en el suelo.

Bufff. Habrá que lavarlos. Apestan.

Me ducho y me visto, algo muy informal. Un vaquero y un polo de manga larga. Vaya. Me cae mejor que hace un par de semanas. He perdido barriga. Perfecto.

Bajo y llamo al timbre del tercero B. Dena me abre la puerta, vistiendo un largo albornoz rosa. Ahora lleva el pelo suelto y, entonces, caigo para qué sirve ese turbante que llevaba. Así, el sudor de su cuello no impregnara su limpio cabello, no teniendo que lavarlo cada día. Las cosas que aprende uno en la ciudad. Dena tiene un pelo bonito, cortado en un redondo casquete y algo rizado en las puntas.

  • Pasa, pasa. Has sido rápido. No me ha dado tiempo de vestirme – me dice, apartándose de la puerta.
  • Yo haré el desayuno.
  • Oh, no, ni pensarlo…
  • Sin problemas. Cocino desde los ocho años. ¿Qué prefieres? ¿Tostadas, huevos, tortitas?
  • Ay, que cielo de chico. Tostadas con aceite y algo de fruta. El café ya está hecho.
  • ¡Marchando!

El piso es una cucada. Casi minimalista. Pocos muebles, pero todos de diseño y funcionales. Cuadros postmodernos en las paredes y algunos pósteres con mensaje. La cocina, de primera. Casi no sé usar tantos aparatos.

  • Parece que te va bien, ¿eh? – exclamo mientras tuesto el pan.
  • No me quejo – contesta desde el dormitorio.
  • ¿A qué te dedicas?
  • Trabajo desde casa. Diseño webs, algo de diseño publicitario, testeo productos… en fin, un poco de todo. No es que me haga rica, pero entre eso, y lo que me pasa mi ex, tengo de sobra para vivir.
  • Ya lo veo.
  • Jajjajaaja… No, todo lo que hay en la casa se lo saqué al pijo de mi marido. A veces, me dan ganas de venderlo todo – dice, saliendo del dormitorio.

Lleva puesto un jersey celeste de hilo, pegado al cuerpo y sin nada debajo, salvo el sujetador, y una falda vaquera, lavada a la piedra y descolorida, que le llega dos dedos por encima de la rodilla. Sobre sus pies, unas simpáticas pantuflas, de conejitos rosas. Al acercarse, huelo una esencia a coco. Descubre que he cortado varias frutas en dos pequeños tazones de cristal. He encontrado un bote de nata en el frigorífico y un pequeño bote de miel en un armarito. Cuatro tostadas de pan blanco aguardan sobre un plato, junto a una aceitera y un salero.

  • ¡Que lujo! – exclama con una risita.
  • ¿Cómo tomas el café?
  • Solo, por favor – se sienta a la mesa.

Comemos en silencio. Me observa con disimulo mientras mordisquea su segunda tostada.

  • ¿Fuiste tú el de la pelea? – pregunta de repente.
  • Me vi obligado a intervenir.
  • Carmelo comentó algo sobre una chica maltratada por su novio.
  • Así es. No vine solo a visitar a mi hermana, más bien a protegerla. Apareció en Salamanca, llorando y con marcas en el cuerpo. Al parecer su novio tiene la mano muy larga, y menos educación que un huno hambriento.
  • Pppffff… perdón – le ha entrado risa por mi comentario.
  • No me había dado tiempo a instalarme cuando el sujeto, molesto porque mi hermana se fue al pueblo sin su permiso, entró en el piso, pegando ostias. No soy violento, tengo cuerpo pero no tengo experiencia, pero fue superior a mi paciencia. Le pateé un rato hasta que llegó Carmelo y me lo quitó de las manos.
  • Hiciste lo que cualquier hermano haría. Esos tipos tenían que ir directamente a la cárcel.

“Ha ido directamente a un pozo.”

  • Veremos ahora lo que pasa. Puede que me denuncie por agredirle.
  • Mal bicho – escupe ella. – Dime, Sergio, ¿estudias?
  • Ahora, no. Acabé la ESO y ayudo a mi padre. Tenemos una granja ecológica.
  • Waoh, ¡Qué bien! ¿Y no te has planteado estudiar? No sé, ¿algún oficio?
  • Aún no sé lo que quiero. Me gustaría quedarme en Madrid una temporada y ver opciones.
  • ¿No dejarás una novia atrás?
  • Le doy miedo a las mujeres.
  • ¿Miedo? ¡Que tontería! ¿Por qué?
  • No lo sé. Me ven así, grande, bruto, callado…

La verdad es que me encanta jugar con ella. Me desplazo de un extremo a otro, alternando posibles facetas de personalidad, y ella parece aceptarlas todas, sin rechistar. Hago de chico seguro y la noto babear; me convierto en el tímido y alienado, y desea protegerme. Seguro que si me portara como un hijo de puta…

Su mano se posa sobre la mía. Me mira largo tiempo a los ojos. Aparto la mirada, aparentando turbación. Ella sonríe, sin saber que mi polla está despertando, ansiosa. Me levanto de la mesa, recogiendo platos.

  • Quita, quita. Deja eso, tontín – me empuja con la cadera, quitándome las cosas de las manos.

Me doy una vuelta por el comedor y miro las fotos de los portarretratos. Una jovencita muy mona aparece en la mayoría.

  • ¿Tu hija? – pregunto.
  • Patricia.

La foto que parece más reciente, muestra una niña de pelo pajizo, con una gran trenza, y ojos color de mar. Tiene una sonrisa muy franca y alegre, en la que brilla el metal del corrector. Parece una chiquilla alta para su edad.

  • Es muy guapa. Pronto tendrás yerno en casa – bromeo.
  • No me hables de eso. No quiero ni pensarlo – contesta, mientras guarda la nata en el frigorífico.
  • Pues deberías, porque el chico se hará un lío.
  • ¿Por? – no sabe a qué me refiero.
  • Porque no sabrá a quien declararse, si a su novia o a su suegra.
  • Tontooo – se ruboriza y agita una mano.
  • Que si, mujer. Eres una de esas madres con las que todos los chicos soñamos. ¡Poder tener una aventura con la madre de tu chica!
  • ¡Que guarros sois los chicos! ¡Que cosas pensáis!
  • Dices que Patricia tiene catorce años, ¿verdad? – bajo el tono mientras me acerco a ella.
  • Calculo que en tres años más, tendrá serios pretendientes si desarrolla tu belleza. Tú tendrías entonces…
  • Treinta y seis…
  • Al igual que yo, sabes que los adolescentes nos sentimos atraídos por las mujeres cuarentonas, y tú ni siquiera habrás llegado a esa edad – estoy tan cerca de ella, que capto su aliento. Ella tiene clavados sus ojos en mí, la cabeza hacia atrás. La arteria de su cuello palpita con fuerza.

Eso es. La has atrapado, como la araña a la mosca.

  • Dime, Dena, ¿te tirarías el novio de tu hija si te gustara?

Jadea, apoyando las manos sobre mi amplio pecho.

  • Si fuera como yo – repito suavemente.
  • Ssi – contesta muy bajito.
  • ¿Y si llegaran a casarse? ¿Te convertirías en su amante?
  • Entonces, tendré que tirarle los tejos a tu hija, Dena – digo mientras me inclino sobre ella y rozo sus labios con los míos.
  • Cerdo… — susurra, antes de besarme.

Le doy un buen morreo, metiéndole la lengua hasta la faringe, pero mis manos no se mueven de sus mejillas. Las suyas, en cambio, arañan mi pecho sobre la camiseta, recorren mi vientre, pero se detienen antes de llegar al pantalón. Cuando me aparto de ella, sigue con los ojos cerrados y jadea.

  • No debemos precipitarnos – digo, como si hubiera recobrado la razón. – Es mejor que vuelva al piso de mi hermana.
  • Si… si – se apoya en el fregadero, pasando una mano por su cabello.

Abro la puerta. Ella me llama. Me detengo y la miro.

  • Ven a desayunar mañana – musita, con fuego en los ojos.

Preparo el desayuno de las chicas. No las despierto, pero lo hacen ellas solas cuando huelen a tortitas y café. Me abrazan, mimosas, mientras le doy la vuelta a la última de las tortitas.

  • No puedes hacernos estos desayunos a diario, Sergi. Nos engordaras como vacas – se queja Pam.
  • Os querré igual.
  • Pero tenemos que currar – ríe Maby, devorando una tortita.
  • ¿No comes, Sergi? – se preocupa Pam.
  • Ya lo he hecho. Me levanté al amanecer. Tomaré un café. ¿Cómo os encontráis esta mañana, chicas?
  • Un poco cansada. Siento escozor en el culo – responde la morenita.
  • Si, y como un poco embotado – puntualiza Pam.
  • Pero fue una pasada. ¿Tenemos que llevarlo hoy también? – Maby engulle con ganas, esta mañana.
  • Esta noche y mañana noche, también.

Las dos asienten, dispuestas a llegar al final. Sorbo mi café y miró por la ventana, inmerso en mis cosas.

  • ¿Qué te pasa, Sergi? ¿Es por lo de Eric?

Niego con la cabeza y apuro el café. Las miro alternativamente. Están igualmente bellas, recién levantadas y sin maquillaje.

  • No quiero regresar a la granja. Quiero quedarme aquí, con vosotras – suelto de sopetón.

Las chicas me miran y se miran ellas. Pam se muerde el labio inferior. Sé lo que me va a decir.

  • Y a nosotras nos encantaría, de verdad, pero sabes que es imposible, al menos por ahora. Eres indispensable para papá.
  • No quiero ser toda mi vida un granjero – doy un palmetazo sobre la mesa que suena como un disparo.

Maby se sobresalta y, enseguida, se echa en mis brazos y se sube en mis rodillas, besándome, calmándome.

  • Necesito encontrar un trabajo aquí, en Madrid – insisto.
  • Cariño – me coge Maby por la barbilla. – Conozco gente; gente con negocios, con necesidad de gente que sepa hacer cosas como tú. Puedo hablar con algunos, a ver qué pasa.
  • Gracias, Maby, te lo agradezco. Cualquier cosa me vendrá bien. No tengo estudios superiores, pero no soy tonto. Puedo realizar cualquier tarea que un obrero haga…

“Y otras que no haría nadie.”

  • Lo sabemos, Sergi – me abraza Pam por detrás. – Eres un mago con las herramientas, pero debes tener paciencia. Hay que hacer las cosas bien.
  • Lo sé, lo sé – me miman con sus labios y dejo de pensar en el asunto.
  • ¿Sabes lo que vamos a hacer esta tarde? – Maby me coge de las sienes, de repente, mirándome a los ojos.
  • ¿Recuerdas que dijimos que había que quitarle esos cuatro pelos del cuerpo? – esta vez mira a mi hermana.
  • ¿Estás hablando de ir al Kappilar?
  • ¡Si! ¡Los tres! Un retoque completo para la Navidad, ¿hace?

Pam asiente, sonriente. Yo no tengo ni idea de donde me estoy metiendo, pero les digo que también tengo que comprar alguna ropa deportiva.

  • ¡Belleza y compras! ¡Genial! – exclaman a dúo.

No sé si algunos de ustedes han estado en uno de sus complejos de belleza tan modernos, en los que una mujer entra por la puerta, netamente desmejorada, y sale brutalmente cambiada. Desde el cabello hasta las uñas de los pies, literalmente.

El Kappilar parece enorme, con todos esos espejos, columnas y salones anexos. Todo el personal lleva unos cortos batines negros, con el nombre del local bordado en la espalda, sobre unas mallas moradas que cubren sus piernas, lo que les da, junto con los suecos blancos, aspecto de extraños duendes.

Mis chicas parecen ser conocidas allí. Pam me cuenta que la mayoría de las agencias de Madrid son clientes del Kappilar y hacen buenos descuentos a todas las modelos. Hay que tener en cuenta que una modelo debe cuidar mucho de su imagen. Cejas, cutis, depilación, uñas, cuidado del cabello…

Maby pregunta por Michu y la chica que atienda la recepción toma un teléfono interior. Dos minutos después, un chico delgado y bajito aparece, contoneándose. Lleva el corto batín oscuro abierto. Debajo, lleva una camiseta rosa, con la leyenda “Michu Star”.

“¡Dios, como pierde aceite!”

Se detiene ante nosotros, sonríe a las chicas y las besa sonoramente en las mejillas. Después, clava sus ojos verdosos en mí, recorriendo todo mi cuerpo muy despacio, manteniendo sus brazos cruzados contra el pecho y una mano en la barbilla. Me pregunto si se darán clases de poses para gays.

  • Michu, querido, pongo a mi hermano en tus manos – le comenta Pam, tomándole de una mano.
  • ¿Tu hermano? ¿Dónde le tenías escondido? – bromea, con una voz casi de chica, aterciopelada.
  • En la granja. Tenemos que limar sus maneras de pueblerino, ¿comprendes?
  • Creo que sí, guapísima. Me encantan estos retos – comenta, rondándome y observándome.

Yo no abro la boca y Rasputín se ríe, muy bajito.

  • ¿Completo? – pregunta Michu.
  • Completo – responde Pam.
  • Estaremos en la sauna, seguramente – indica Maby.
  • Ya os llamaré antes de tocar su pelo. Será lo último – puntualiza Michu.
  • Chao, guapos – se despiden las chicas, entrando por una puerta con el rótulo de Vestuarios.
  • Acompáñame, hombretón – me hace una seña con el dedo el joven gay, antes de ondular sus caderas, pasillo adelante.

El chico apenas tiene cuatro o cinco años más que yo, pero es todo un experto en estética. Mientras dos chicas me hacen la manicura en manos y pies, él se ocupa de empezar por mis cejas, los pelillos de la nariz, máscara facial para limpiar los poros y no se qué para las bolsas de los párpados, como si yo necesitara eso.

Después, con unas largas pinzas, me repasa torso y espalda, quitando pelo tras pelo, hasta asegurarse que estoy completamente limpio de vello. En esas entremedias, las chicas acaban con mis uñas, y nos dejan solos.

Entonces, el tal Michu se emplea a fondo. Reparte crema depilatoria por mis axilas, mi pubis y las piernas, sin olvidar el ano. Dice que mi vello no es muy fuerte, quizás debido a la gruesa capa de grasa pegada a mi epidermis, y con la crema bastará. No os cuento el sobeo que le da a mis nalgas y polla. Tampoco quiero contaros, el soponcio que le embarga cuando me desnudo y me ve el aparato. Parece un devoto santero ante su altar preferido. Gracias a que es todo un profesional y se recupera rápidamente de la impresión, pero no deja de mirar de reojo.

Tras un tiempo de espera, retira la crema, que se ha degradado un tanto, como jabón, y la mayoría de vello queda en los paños. Después, repasa las áreas con las pinzas, dejándolo todo como la patena.

Me pongo en pie, completamente desnudo, y me lleva ante un gran espejo que hay en una de las paredes. Me contemplo entero. Las chicas tienen razón. Es mucho mejor así. También echo un vistazo a las estrías que Michu me ha señalado al examinar mi piel. Estoy perdiendo peso rápidamente. Tengo que controlarme.

Me conduce nuevamente fuera y me sienta en uno de lo sillones de la grandiosa peluquería. Pam y Maby están esperando, con la piel luminosa y algo enrojecida del vapor de la sauna, o puede que de algo más.

  • Según la estructura del rostro de Sergio, y de su voluminoso cuello, yo me decantaría por un corte de pelo a navaja, por capas, y hacia atrás. Así su frente se despejaría, cuadraría la simetría de su cráneo y volcaríamos sobre la nuca algo más de volumen – explica Michu a las chicas mientras se acercan.
  • ¿Cómo una pequeña crin? – pregunta Pam.
  • Si, exacto.
  • Me gusta – confiesa Maby.

Y manos a la obra de nuevo. Michu parece saber de todas las artes cosméticas. Cuando acaba, debo reconocer que Michu tiene buenas manos y buen ojo. Me gusta. Maby y Pam se acercan y también quedan encantadas. Me contemplo en el espejo a placer. Cada vez va quedando menos del niño introvertido y gordo del desván.

Estoy haciendo la cena. Hoy toca espárragos con huevos y atún, con toque de mayonesa. Las chicas aún están mirando lo que han comprado en el Decatlón, después de salir de Kappilar.

Pam saca cuanto hay en mi bolsa. Un chándal nuevo, rojo, azul y blanco. Un poco más y voy a parecer el Capitán América. También he comprado unas Reebok para correr. Un par de pantalones cortos para correr cuando haga bueno, calcetas, tres camisetas de tejido en red, para transpirar, y un contador de pasos.

Pam ha comprado regalos útiles para la familia. Guantes, gorros, un anorak para Gaby, ropa cómoda y térmica para toda la familia. Siempre ha sido una chica práctica. Maby, por el contrario, mientras comprábamos en la gran tienda deportiva, se despistó y se gastó la mitad del sueldo en Victoria’s Secret. Bueno, es algo que yo disfrutaré.

Cuando Maby está a punto de sacar la lencería que ha comprado, las llamo para cenar. No es el momento para eso. Pienso en que hay que continuar el entrenamiento anal esta noche.

Aún estoy fregando los platos cuando las chicas tosen a mi espalda, para llamar mi atención. Están desnudas y con los cinturones anales en la mano. Sonríen con picardía, las cachos perras.

  • ¡A la cama! – exclamo, salpicándolas con agua. Ellas corren al dormitorio, lanzando grititos.

“Vamos, Sergio. Toca trabajar”, me digo.

Que no falte nunca ese trabajo.

Las chicas están a cuatro patas en la cama, esperando. Ya han lubricado tanto los vibradores como sus culitos. Mojo en la crema lubricante mis dos dedos corazón y las penetró a la vez. Las perras agitan las nalgas, queriendo más dedos. Parece funcionar el ensanchamiento. Añado los dedos índices. Necesito un poco de tiempo y vaivén, pero acaban suspirando, los dedos metidos hasta el fondo.

Es el momento de los cinturones. Maby no tiene que hacer demasiado esfuerzo para que entre entero. Conecto la primera velocidad y les indicó que es hora de jugar a despertar mi colita. Me tumbo en la cama y ellas me desnudan, admirando el trabajo de Michu. Después, se tumban ellas, una a cada lado, de bruces, las nalgas temblorosas. Comparten y se disputan mi polla, la cual no tarda en mantenerse erguida para ellas.

Pam trepa sobre mi cuerpo, deseosa de meterse una buena tranca, y Maby la ayuda con el trance. La sujeta y le acaricia los senos a la par que Pam va dejándose caer, de cuclillas sobre mí. Observo el rostro de mi hermana. Se muerde los labios y las venas de su cuello se le marcan. Me mira a los ojos, demostrándome su pasión y su amor. Noto la vibración del consolador en su ano. La pared vaginal transmite el suave temblor a mi pene. Maby se da cuenta que su amiga me está follando, prendida de mis ojos y no quiere cortar ese nexo, así que se aparta de mi cara, donde ha hecho un amago de sentarse, y se dirige a mis pies. Comprueba la manicura que me han hecho allí, y, traviesamente, se mete un dedo gordo en el coño. Comienza a agitarse dulcemente, rozando el dedo por todo su coño, succionándolo con sus músculos vaginales, los ojos clavados en el trasero de Pam.

Cada día descubrimos cosas nuevas en el sexo, en el amor, en la convivencia. Mis chicas se prestan a todo, sin quejas, sin protestas. Pam deja de enfocar la vista durante unos segundos, rindiéndose al orgasmo que estaba buscando. Me detengo y la tumbo sobre la cama, subiéndome a ella, sin sacarla.

Ahora, entra más adentro, y gime largamente. De nuevo, me mira, con esos ojos verdes y avellana, que parecen querer decirme que se entrega completamente. La follo duramente y, en apenas un minuto, está gritando como una loca, sus piernas enlazando mis caderas, los talones apretando mis nalgas.

  • ¡Aaahh… Ser… gi… me llega… al estoma… goooo…!
  • ¡Te voy a sacar la leche por la boca! – mascullo.
  • Si… si… ¡Perfórame, mi vida!

Deja de pronunciar incoherencias con su segundo y más poderoso orgasmo, que la deja completamente lacia. Sigo machacándola, moviéndola como si fuese una muñeca sin voluntad, hasta que me corro dentro.

Me derrumbo sobre ella, aplastando sus bellos pechos, y la beso una y mil veces, sobre los labios, en la barbilla, la nariz, el cuello y los párpados.

  • Oh, Sergio… ¿qué vamos a hacer? – gime, con los ojos cerrados.
  • ¿A qué te refieres? – pregunto, rodando a su lado.
  • A esto, a lo que siento por ti. Cada día te quiero más y más. ¿Dónde nos conducirá? – gira la cabeza para seguir mirándome.
  • No lo sé. Me preocuparé de eso en su momento. Es una tontería comerse el coco ahora.

Me doy cuenta de que estamos solos sobre la gran cama.

  • ¿Y Maby? – pregunto.
  • No sé. Estaba aquí hace un instante.

Escucho ruidos y una maldición apagada. Me asomo. Maby trae, con mucho esfuerzo, el gran espejo del vestidor.

  • ¿Qué haces?
  • Yo también quiero verte, como ha hecho Pam. Quiero vernos follando.
  • Trae, loca – le quito el espejo y lo introduzco en la habitación.
  • Aquí, ponlo contra esta pared – me indica. – Así, perfecto. ahora, siéntate en el filo de la cama. Eso es.

Se sube a horcajadas sobre mí y me echa los brazos al cuello. Me mordisquea una oreja.

  • Me encanta como te queda el peinado – me susurra. – Pareces un chulo total… mi chulo…

Su entrepierna no para de rozarse contra mi rabo morcillón, humedeciéndole a cada pasada. Empieza a levantar cabeza, buscando el coño transgresor y provocador.

  • ¿Qué me dices del depilado? – muerdo la piel de su cuello, levemente, para no dejarle marcas.
  • Me excita. Eres suave como un bebé… y tu polla parece aún más grande…

Pam se coloca a mi espalda, apoyándose en mis hombros. Pasa su cabeza por encima de uno de ellos, ofreciendo sus labios a su amiga. Las miro besándose a centímetros de mis ojos, escucho como sus alientos se mezclan, como sus salivas salpican. Creo que es lo más erótico del mundo, labios femeninos besándose. Mi polla está preparada de nuevo. Maby la nota golpearle las nalgas.

Se gira, dando la cara al espejo, y se empala con toda intención. Se abre el coñito ella misma, tensando con sus dedos los labios mayores. Apoya sus pies en el suelo, para controlar su descenso. Reflejadas en el espejo, nuestras cabezas quedan a la misma altura, pero ella aún no contempla el reflejo. Está demasiado ocupada en tragar centímetros de polla. Lo quiere bien adentro, según ella, para poder observar cuanto entra y sale en su coñito de Barbie.

Pam se arrodilla ante ella, entre sus piernas. Me soba los cojones con una mano y apoya la otra en una rodilla. Se inclina y lame el clítoris de Pam, ayudándola a lubricar más, a atenuar el dolor y la presión.

  • Suficiente, niña mía. Queda muy poco. Voy a empezar a moverte. Ya irá entrando lo demás con el ritmo – le digo al oído. Ella asiente varias veces, incapaz de hablar.

Respira con dificultad. La dejo que se calme, que recupere el control.

  • Se ha corrido mientras se la metía, Sergi – me indica Pam, la boca llena de su flujo. – Como si fuera la primera vez…
  • Si – sonríe Maby, reclinándose sobre mi pecho. – Me corro cada vez que me la metes… creo que es una reacción de mi coño al ensanchar tanto. ¡Me encanta!
  • Putón – le dice mi hermana antes de mordisquearle el clítoris.
  • Venga, Sergi, vamos a follar – me dice y me da un beso en la comisura, girando lo que puede la cabeza.

Maby tiene razón. Es todo un morbazo mirarnos follar en el espejo. Nuestros ojos están enganchados, recorriendo nuestros cuerpos, atentos a nuestras expresiones, a los pequeños rictus de placer.

  • Es como una serpiente en mi coño – susurra al alzarse tanto como para que el glande esté a punto de salirse de su vagina, para, enseguida, dejarse caer y tragarla entera. – ¡Es enorme, gigantesca!
  • Es toda tuya – le digo al oído y ella sonríe, orgullosa.

Pam está tumbada a nuestro lado, también mirándose en el espejo. Ha tomado su propio mando de control y está gozando de la tercera velocidad. Descubre que, aunque las expresiones de Maby son más viciosas y provocativas, las suyas son, sin duda, las más hermosas. El rubor de sus mejillas salpicadas de pecas, cuando se corre, es digno de un Botticelli.

  • Cariño… ya estoy a punto de… — le digo al espejo.
  • Espera… espera, Sergi. Pam, dale caña a mi control… por favor… a tope – pide, sin alterar el ritmo de sus caderas. – Quiero correrme por el culo… Sergi, córrete en mi vientre… en mis tetitas…

No puedo seguir escuchándola. La saco de un tirón y la dejo descansar sobre su vientrecito tan sensual y tan tierno. Sus manos jalan la polla, frotándola contra su piel. Los chorros de esperma manchan sus pechitos y su ombligo. Siento como se acelera el cinturón, contra mi regazo.

  • Oooohhh… ¡Por los clavos de Cristo! Pam… Pam… es tal como dijiste… ¡Ahora lo noto!

Ella misma tira de sus pezones, con fuerza, agitándose con furor. Se ha puesto en pie y la sujeto del cuello, echando su cabeza hacia atrás. Maby todavía aferra mi polla.

  • Quiero ver… quiero ver mi org… orgasmo…

Y se deja caer de rodilla ante el espejo, los ojos vidriados por el placer, las nalgas convulsas. Maby se contempla en pleno éxtasis y se desploma en el suelo. Pam se ocupa de ella y la sube a la cama. Yo me voy a la ducha. Cuando salgo, limpio y fresco, las dos están dormidas, cogidas de la mano. Pongo los cinturones en la primera velocidad y los enciendo. Pienso dejarlos encendidos toda la noche.

A la mañana siguiente, puedo comprobar la diferencia de correr con un buen equipo deportivo. Las zancadas son más dinámicas y más controladas con las Reebok que con las botas. Estreno chándal también, con una de las nuevas camisetas. Calculo un recorrido de cuatro kilómetros. Al regresar al inmueble, alguien me chista desde arriba, Dena está asomada a una de sus ventanas. También viste ropas deportivas. Tomo el ascensor y me detengo en el tercero. Ella me espera, con una sonrisa, la puerta abierta a sus espaldas.

  • Me ducho y bajo a desayunar – le digo.

Agita las manos, negando, y sin una palabra, me atrae hasta su apartamento. Sonrío ante su comportamiento. Cierra la puerta y se me encara.

  • Buenos días, Sergio. Yo también he estado haciendo ejercicio esta mañana y quiero seguir haciendo…

Me echa los brazos al cuello y me besa suave, pero largo y profundo. Un auténtico beso de hembra caliente y necesitada, al menos, eso creo.

  • Creo que este es un magnífico desayuno – murmuro al separarnos.
  • Anda, vamos a la ducha – se ríe.

Sin dejar de besarme, me introduce en el cuarto de baño y me quita la chaquetilla y la camiseta. Le doy el mismo trato y me encuentro con un sujetador deportivo, de la marca Nike. Ella misma lo saca por encima de la cabeza. Me bajo el pantalón. Ella echa mano al boxer y tras un tanteo de su mano, se aparta y me mira. Se ha quedado seria.

  • ¿Qué pasa? – le pregunto.
  • No puede ser verdad – murmura. Me baja los boxers de un tirón.

Se topa con una estaca que empieza a ponerse tiesa, aunque aún tiene un ángulo corto.

  • No estarás quebrado o algo de eso, ¿no?
  • Todo está sano y funcionando.
  • Madre de Dios, Sergio, has dejado Salamanca huérfana – me mira y se ríe.
  • Mejor para ti, ¿no?
  • Claro que si, guapo – se cuelga de mi cuello y me acaricia el pelo de la nuca. — ¿Has seguido los consejos de las modelos?
  • Pues han acertado. Estás muy bien – me besa, apretándose contra mi polla.

Deslizo mis dedos por su espalda, hasta llegar a sus duras nalgas. Las aprieto con fuerza. Ella gime en mi boca. Cuando nos separamos, le bajo el pantalón de un tirón. Un culotte de algodón, también de Nike, me saluda. Nos despojamos de las zapatillas y de la ropa que tenemos en los tobillos. Dena abre el chorro de la ducha. Contemplo su pubis. Tiene un buen matojo de vello púbico, eso si, recortado en las ingles.

  • ¿Qué miras? – pregunta con un puchero.
  • Ese matorral. Creo que voy a podarlo en la ducha.
  • Uuy, nunca me lo he quitado. Solo recortar – se mordisquea un dedo. – Me da como corte…
  • Si, un corte es lo que le voy a dar, no te preocupes.

Ella se ríe, provocativa, y me empuja bajo el chorro de agua caliente. Más besos y caricias entre el vapor y el agua. Ella se aferra como una desesperada a mi polla, murmurando palabras por lo bajito, como “increíble”, “sota de bastos”, y “la madre de todas las pollas”. Tiene los pezones que deben de dolerle, de tan inflamados que están. Las aureolas son grandes y oscuras, así como los pezones. Os juro que, al menos, miden tres centímetros de alzado.

Le meto un dedo en el coño. Es como si una boca me lo aspirara. Está muy mojada. Se frota contra mi mano. Su jadeo se hace más ronco.

  • ¿Cuánto hace, Almudena? – le pregunto.
  • ¿A qué te refieres? – me mira, los ojos medio cerrados.
  • ¿Cuánto hace que no te follan bien follada?
  • Sergiiii… demasiado, amor… no sigas, vas a hacer que me corra…
  • Quiero que te corras. Estás demasiado ansiosa y no disfrutarás – la aconsejo. – Déjate ir con mi dedo… así… muy bien…

La sujeto por la cintura mientras un tremendo escalofrío la recorre, de abajo arriba. Corto el agua y alargo la mano para coger una gran toalla. La seco mientras ella se recupera, y se pone muy mimosa. No le hago caso, apartando sus manos de mi polla.

  • Dena, trae unas tijeras, el gel y una cuchilla. No quiero pelos cuando te coma ese coño – le doy un azote en el trasero para que obedezca.

Ella da un gritito y sale pitando, desnuda. Cuando regresa con lo que le he pedido, la siento en el inodoro, y pelo ese montón de vello oscuro y rizado, con las tijeras. Embadurno bien de jabón y comienzo a rasurar, lentamente. Ella no deja de mirarme, de recorrer todo mi cuerpo.

  • ¡No tienes ni un pelo en el cuerpo! – descubre finalmente, ahora que está más calmada.
  • Ajá. Ayer me depiló completamente un mariquita encantador, en un salón llamado Kappilar.
  • ¡Joder! Es el mejor centro de belleza de Madrid.
  • Sip, eso dicen todas las modelos.
  • ¡Míralo! ¡Y parecía tonto! – se ríe de nuevo.
  • ¡Et voilá! – digo al acabar.

Dena inclina la cabeza y se abre el coño con las manos.

  • Tienes razón. Queda cuco y muy despejado. Me quita años.
  • Y más higiénico.
  • ¡Oye! Que yo me lavo todos los días… — me da un suave puñetazo en el hombro.
  • Y ahora, a la cama – la levanto en volandas y la llevo al dormitorio.

Cuando la dejó sobre la cama, Dena alarga las manos, como invitándome a subirme sobre ella. Me atrae hasta que quedo sentado sobre sus senos, la polla en su surco pectoral. Atrapa la polla con sus manos y le da tiernos besitos en el glande, hasta metérsela en la boca. Quizás habrá chupado pollas anteriormente, pero ninguna de ese calibre y, además, está desentrenada.

Cuando aprieta con los dientes, le doy un suave cachete y la amonesto con un dedo. Ella sonríe de forma pícara y vuelve a morderme. Esta vez el cachete se convierte en una bofetada. Parpadea y me mira, el ceño fruncido. Le meto la polla en la boca, casi media de golpe. Se atraganta, tose y casi vomita. La saco y ella escupe.

  • ¡Estás lo…!

Se la vuelvo a meter. Ahora soy yo el que sonríe, escuchando lo que me susurra Rasputín. Es alucinante como cala el alma de una mujer. La saco. Dena intenta quitarme de encima.

  • ¡Sergio!

No la dejo acabar. De nuevo la polla en la boca. Sujeto sus muñecas con mis manos y peso demasiado como para que pueda desmontarme. Retiro la polla de su boca. Me mira con malos ojos, pero esta vez no protesta verbalmente. Restriego mi nabo por sus labios, su cuello, las mejillas. Le doy pequeños toques con ella sobre la frente, en los pómulos, sobre la boca.

Dena intenta atraparla, lamerla, chuparla, pero sigo jugando, hasta que se la vuelvo a meter de golpe, profunda. Esta vez no hay queja alguna, ni siquiera una arcada. Aspira como una arpía furiosa, usando la garganta para aferrarse, para gozarme. Coloco sus manos sobre mi pene. Ella pasa un dedo por todo el tallo, varias veces, de forma sensual y delicada. Con la otra mano, sopesa mis testículos.

Quito mi peso de su pecho y la ayudo a incorporarse. Los regueros de saliva que no dejan de manar de su boca, resbalan por el canal de sus pechos. Mi polla queda ante sus ojos, subiendo por encima de su cabeza. Lo que tiene al alcance de su boca son mis huevos, y no duda en apoderarse de ellos.

La dejo caer de nuevo sobre la cama y froto mi polla sobre toda esa baba que tiene entre los pechos. La miro a los ojos y sabe lo que deseo. Ella misma acopla bien la polla, y sujeta sus pletóricos senos con sus manos, envolviendo el tieso mástil de carne. Escupe sobre él unas cuantas veces, para lubricar aún más el paso. Culeo sobre ella lentamente, frotando la polla dulcemente contra sus pechos.

Una buena cubana, eso es lo que Dena me está haciendo, y pienso correrme sobre ella, antes de pasar a mayores.

Al cabo de unos minutos de vaivén, le pellizco los pezones fuertemente. Ella gime y frunce el ceño. Le duele, pero no protesta. Tras varios pellizcos de ese tipo, sus pechos están muy sensibles y yo a punto de correrme. Ella lo sabe, lo ve en mis ojos, lo nota en mi agitación.

  • Hazlo en mi boca, cariño… hace tanto tiempo – sus ojos prácticamente me imploran.

Me dejo ir con un gruñido, apoyando el glande sobre sus labios. Ella aferra la polla con las manos, ordeñándome literalmente. Noto como estremece sus caderas, seguramente corriéndose ella también. Arrebaña y limpia todo el semen que surge de mi pene, relamiéndose y mirándome fijamente.

Me bajo de su pecho y ella me acoge entre sus brazos. Me besa en la boca y yo saboreo mi propio semen. No me importa en absoluto.

  • ¿Qué tal? – le pregunto.
  • No eres ningún novato, ¿verdad?
  • Algo he aprendido – sonrío. — ¿Estás preparada?
  • ¿Preparada para qué?
  • Para gozar de verdad. Para aullar de locura. Estás a punto de despegar hacia las estrellas – le digo, besándola en la nariz.
  • Contigo si… cuando me lo pidas…

Me deslizo por su cuerpo hasta toparme con ese coño recién rasurado. Para haber sido madre, está bastante cerrado, quizás poco usado, se podría decir. Meto un dedo y aplico la lengua. Sus caderas empujan. La lengua busca el mejor lugar por instinto. El clítoris se hincha, enrojece, y, finalmente, surge de su escondite, ansioso por sentir más y más. Paralelamente a este hecho, Dena suspira, gime, y finalmente grita. Yo no me detengo. Tengo dos dedos pistoneando en su vagina y otro en su apretado culo. Dos orgasmos la asaltan, sin pausa, provenientes de distintos lugares.

Dena aferra mi pelo, tironeando con fuerza.

  • ¡Sergi… no sigas… para… quieto! ¡Me voy a mear vivaaaa!
  • Quiero ver como te meas… ¡Hazlo!

Dena cierra los ojos y sus caderas se agitan por última vez. Después, de un golpe, su cuerpo se relaja, sus muslos se abren, sus rodillas se alzan. Me aparto justo a tiempo. Un espectacular chorro surge de su vagina, cálido y oloroso, rociando la parte más inferior de la cama. Los dedos de Dena me acarician el pelo, con dulzura.

  • Cabrón… la mejor corrida de mi vida – murmura, cansada.
  • Pero, Dena, aún no hemos follado – le digo con burla.
  • ¡Ni soñarlo! ¡Hoy no! Estoy molida…
  • ¿Seguro? – la miro a los ojos.
  • Mañana, Sergio, ¿te importa? Hacía mucho tiempo que no sentía esto y me has dejado baldada.
  • Por supuesto, solo bromeaba. He gozado mucho con tu cubana. Podemos dejar ciertos juegos para otro día – le digo, besándola suavemente.
  • Gracias, cariño… — sus ojos se abren como platos e intenta levantarse.
  • ¿Qué pasa?
  • ¡Que aún no hemos desayunado!

Me río a carcajadas. Ella me sigue. Estamos riéndonos un buen rato, rodando por la cama.

  • Déjalo. Tengo que hacer el desayuno de las chicas, así que ya desayunaré con ellas. Y me ducharé otra vez, claro.

 

Friendzone

ANNABEL VÁZQUEZ

 

Prefacio

 

Lo sé. No necesito abrir los ojos para ser consciente de lo que está sucediendo en mi habitación.

Aguanto la respiración mientras escucho el golpeteo de objetos al ser retirados de la mesita con brusquedad, la patada a unas deportivas que quedaron tiradas de cualquier manera la noche anterior o unos vaqueros al ser enfundados enérgicamente. Solo entonces, cuando he sido capaz de reunir el valor necesario para hacer frente a mi realidad, abro lentamente los ojos y parpadeo repetidas veces hasta vislumbrar la escena que se representa frente a mí; es inútil seguir retrasando lo inevitable, en el fondo sabía que esto iba a pasar.

Álvaro sonríe con tirantez justo antes de ponerse la camiseta. Mete en primer lugar los brazos por las mangas y luego enfunda la cabeza.

—Buenos días –dice educadamente una vez su cabello revuelto sale a la superficie; aunque en realidad, está molesto porque me he despertando antes de darle tiempo a emprender la huida.

—Te vas.

No pregunto, directamente afirmo.

—Sí… Tengo cosas que hacer.

—Ya.

Me tapo con la sábana, lo justo para cubrir mi desnudez, y continúo mirándolo mientras se sienta sobre la cama para ponerse los calcetines y las deportivas con urgencia, como si el suelo quemase bajo sus pies.

Se levanta cinco segundos después y acomoda sus vaqueros a las caderas; a continuación, se abrocha el botón y cierra la cremallera con rapidez. Tiene un culo horrible, prácticamente inexistente. Para ser exactos, la espalda le termina en las piernas.

—Bueno… –coge aire y me mira con intensidad; no sabe cómo decirme que posiblemente, esta sea la última vez que nos veamos.

No es nada nuevo, debo tener la piel recubierta de escamas porque siempre me ocurre lo mismo después del sexo.

Mientras espero a que proceda con su patética explicación, no dejo de pensar en la clase de hombre que será.

¿Será del tipo uno?: “Ha sido un placer conocerte. Lo hemos pasado muy bien juntos, pero no podemos ser más que amigos”.

¿Del tipo dos?: “Lo nuestro no puede continuar, Sara, olvidé que tenía novia. No sé qué ha pasado, me dejé llevar…, perdona”.

¿Quizás del tipo tres?: “He de confesarte que no soy hombre de una sola mujer, acabo de salir de una tortuosa relación y ahora solo quiero vivir la vida, disfrutar de cada momento tanto como pueda”.

O, tal vez, del tipo cuatro: “¡Oh, Dios, me acabo de dar cuenta de que soy gay!”.

 

—Me ha gustado pasar la noche contigo, ha sido…, interesante –dice en tono monocorde, y eso, me hace parpadear aturdida; aún no tengo claro en qué grupo ubicarlo–. Eres maravillosa, pero, ya sabes, no estoy preparado para una relación seria… –se acerca peligrosamente al tipo de hombre número tres–. Claro  que siempre podemos ser amigos.

¡Ah, no! Es del tipo uno.

Cojo aire y expiro lentamente por la nariz, debo jugar mi última carta, aprovechar esa cordial amistad que supuestamente quiere mantener conmigo y sacarle partido, ya que él, está aquí por un único motivo.

—En ese caso, si somos amigos, ¿puedo pedirte una cosa?

—¡Claro! –exclama aliviado por no haber montado un numerito–. Lo que quieras.

—Acompáñame a la fiesta de mi familia el próximo sábado. Solo te pido eso, luego podrás irte y no nos volveremos a ver.

Hace una mueca y menea la cabeza con fastidio.

—El sábado no puedo, lo siento. Pídeme otra cosa, o mejor aún –mete la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y me entrega unos papelillos arrugados–. Tengo consumiciones gratis para el pub Claro de luna, ese que está de moda.

Sonríe, siente que con ese gesto estamos en paz. Y sin alargar más esta agonía, se despide con un frío movimiento de cabeza dejando las consumiciones gratis sobre la mesita de noche.

Nada más escuchar el golpe seco de la puerta de mi apartamento, me obligo a reaccionar y cerrar la boca, que se ha quedado abierta por lo insólito de la situación.

     «Ahí está, ¿la ves? Se acaba de escapar de entre tus dedos… Lo que acaba de irse por la puerta dando un sonoro portazo es tu felicidad». Profiero un largo suspiro mientras pienso esto.

Todos estamos hartos de oír hablar de ella, desde el mensaje que aparece en la caja de cereales que desayunas cada mañana hasta los anuncios de compresas, parecen haber sido diseñados para alcanzar ese ansiado estado del ánimo: “la felicidad está en tu mano; y en todas partes”, “puedes lograr todo lo que te propongas”, “cree en ti Y tú, vas y te aferras a esas falsas promesas como si fueran tu nueva religión, pensando realmente que si te levantas con una sonrisa tatuada en la cara, el día irá mejor. Pero no es así, no nos engañemos, por más que te esfuerzas no hay resultados, cada nuevo día es igual al anterior, y sigues sola, deprimida, viendo cómo las arrugas se amontonan en tu entrecejo y empieza a salir la primera cana, e incluso te parece escuchar cómo te susurra con malicia: “tranquila, vengo con amigas dispuestas a quedarnos contigo para siempre”.

Ese es, queridas mías, el momento en el que miras a los demás y piensas: “¿Por qué todo el mundo es más feliz que yo? ¿Por qué a mí no me quiere nadie?”.

Tras formular esas preguntas ya no te cabe ninguna duda: algo falla, y ese algo, eres tú.

 

Me levanto con ganas de auto torturarme inflándome a helado de chocolate mientras veo películas sensibleras cuyas protagonistas, son mártires del amor que superan todas sus desventuras, y al final, consiguen todo cuanto habían soñado. ¡Como si a mí pudiese ocurrirme algo parecido alguna vez! En fin, más vale bajar del cielo y centrarse…

Recojo un poco la habitación metida en mis cavilaciones, analizo las frases, gestos y reacciones de Álvaro, llegando a la conclusión de que solo era cuestión de tiempo. Su marcha no me ha pillado desprevenida, lo que realmente me molesta es que haya sido tan pronto.

Desde que le conocí, hace un par de semanas, creí poder retenerle lo suficiente para que me acompañase a la dichosa fiesta anual de la familia García. Me niego a ir sola, es una especie de tortura a la que me veo obligada a acudir para escuchar, año tras año, lo perfectas que son las vidas de mis primas y lo capaces que son de parir tantos hijos como para formar un equipo de fútbol, para después, recuperar su esbelta figura en dos días –supuestamente sin hacer dieta–. Luego me ven a mí y se lamentan: “Pobre Lili, siempre sola y perdida como un pajarillo al abandonar el nido. Nadie la quiere, y encima, cada año está más vieja. A este paso tampoco podrá tener hijos“.

Siempre es la misma canción. Soy la oveja negra de la familia, y para colmo no me parezco a nadie, a veces tengo la sensación de que mis padres me encontraron en un vertedero al poco de nacer, dudo que por mis venas corra la misma sangre.

Para que os hagáis una idea más exacta de mi situación, toda mi familia tiene los ojos azules, una inmaculada piel blanca y cuerpos que parecen haber sido esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel; además tienen un envidiable cabello liso, brillante y suave, sin distinción entre hombres y mujeres. En los genes de los García, todo es perfecto.

Y después estoy yo. Soy tan pequeña, que para hacerse una idea exacta de mi tamaño habría que ponerme junto a una moneda de un euro. Dado que esto no es posible, intentaré ser lo más descriptiva posible.

Rozo el metro cincuenta y ocho por los pelos, y soy de constitución delgada. Pero sin lugar a dudas, lo peor de mi cuerpo son los pechos, que brillan por su ausencia. Además, tengo la piel inusualmente bronceada y atópica, por lo que cada dos por tres, los jerséis enrojecen algunas zonas a causa de una alergia. Incluso los rayos del sol, o cambiar la marca del gel de ducha, me produce picores.

Luego está mi pelo, rizado, como no podía ser de otra forma. Un rizo suave en el que se forman tirabuzones indomables, que caen a su antojo en cascada hacia abajo.

Mis ojos son de un común color marrón, y tan grandes que prácticamente abarcan mi rostro entero. No son saltones, gracias a Dios, son simplemente enormes. Hay gente que por mis rasgos me comprara con un dibujo Manga.

Tengo la nariz redondita, pequeña, a juego con mi boquita de piñón. Al menos puedo estar orgullosa de mis dientes, que contra todo pronóstico, salieron alineados sin necesidad de utilizar ortodoncia.

Como veis, mi aspecto es el de una chica del montón. No destaco absolutamente en nada, y tampoco comparto un rasgo físico con nadie de mi familia. A veces pienso que la única persona que realmente me quiere y me acepta tal como soy es mi padre, y porque no le ha quedado otra.

Él es un hombre guapo, rubio, de expresivos ojos azules. Jamás me ha hecho sentir mal, todo lo contrario, siempre que me ve decaída intenta animarme. No puedo reprocharle absolutamente nada, sin duda, es el mejor padre que hay.

A mi madre, en cambio, apenas la conocí. Murió a causa de una complicación médica cuando yo tenía cuatro años, así que los recuerdos que guardo de ella son escasos, solo he conseguido retener algunos olores e imágenes confusas de una mujer alta y delgada, con una espesa cabellera negra, a la que le gustaba bailar usando como pareja el mango de la fregona.

He visto miles de fotografías, que mi padre aún conserva, de cuando éramos una familia como otra cualquiera. En ellas se me ve contenta en brazos de mi madre, le encantaba hacerme posar como si fuera una muñeca de porcelana, vestida con conjuntitos de ganchillo y peinada con coletas, a las que anudaba un lacito rosa y dejaba que se formaran esos tirabuzones tan míos.

Por desgracia, creo que esas son las únicas fotos en las que parezco una niña, los años posteriores a la muerte de mi madre fue mi padre el encargado de vestirme, y me temo que su gusto para la moda femenina es un tanto peculiar. Prefería que utilizara pantalones de pana para que no se me pelasen las rodillas cuando caía al suelo, hecho que ocurría con más frecuencia de la normal –siempre he sido algo torpe, no lo voy a negar–.

De igual modo, me cortaba el pelo como a un niño porque no tenía paciencia para desenredar mis rizos, pero os lo creáis o no, guardo un bonito recuerdo de todo aquello.

Pese a las circunstancias, siempre procuró que tuviese una infancia sana y feliz, y si había algo que deseara más que nada en el mundo, hacía lo imposible para conseguirlo a cualquier precio. A veces pienso que me compraba juguetes para compensar la ausencia de mi madre y no pensar en su pérdida. Pero ¿para qué engañarnos?, una niña a esa edad, es consciente de que algo pasa, sabe que una parte importante de la familia ha desaparecido de la noche a la mañana, y por eso la lloraba a menudo, sobre todo por las noches, hasta que un día, su recuerdo se disipó lentamente como el humo de una habitación cargada y dejé de hacerlo. Así que, hoy por hoy, mi padre lo es todo para mí.

Pero no podemos decir lo mismo del resto de mi familia, a los que puedo incluir en dos grupos: los que me detestan y los que me compadecen. No entiendo por qué tienen esa fijación conmigo, tal vez se deba a que la larga estirpe de Garcías perfectos, ha sido alterada en el momento en que llegué a este mundo.

Sea como sea, lo cierto es que tendré que ir sola al dichoso encuentro un año más, y aguantar comentarios perniciosos, que intentaré mitigar con la astucia de mi ingenio irónico, pero tan pronto llegue a casa, descargaré toda la tensión acumulada ahogando sollozos contra la almohada, como hago siempre.

Es lamentable ser consciente de que ningún hombre me ha durado más de dos semanas. ¡Y pensar que quería a Álvaro únicamente para no acudir sola a la reunión familiar! Es increíblemente cruel no servir ni para eso, incluso accedí a acostarme con él para ver si así aguantaba más tiempo a mi lado, y en cuanto ha conseguido traspasar esa frontera, se marcha sin más dejando unas asquerosas consumiciones gratis que seguro están caducadas.

Ahora mismo no tengo mucho más qué añadir, después de haber hecho un repaso general a la realidad de mi vida, no me quedan fuerzas. Necesito un cambio radical, ver las cosas desde otro prisma para no dejarme arrastrar por la desesperación. La pregunta es, ¿qué puede hacer una chica como yo para cambiar el rumbo de su destino?

Señoras y señores, bienvenidos a la patética vida de Sara García, una treintañera del montón con mala suerte e incapacidad absoluta para retener a un hombre.

 

 

1

Cojo el móvil  y lo primero que veo es un mensaje de mi prima Denís, tan simpática como de costumbre:

 

«Buenos días, Lili, ¿estás preparada para la fiesta de este sábado? Yo tengo un buen lío, no sé si llevar a Edu o a Jorge, ¿tú qué opinas?»

 

Mi prima tiene la gentileza de adjuntarme fotos de los presuntos candidatos a entrar dentro de la secta familiar. No sabría decir cuál de los dos es más guapo, son asquerosamente perfectos. Si mi intención era olvidarme de Álvaro, con esto acabo de hundirme. Vuelvo a dejarme caer a plomo sobre la cama, enterrando la cabeza en la almohada; a esto se le llama una gran putada.

Es injusto que haya mujeres con dos novios cuando aún queda población femenina soltera, pienso fervientemente que esto debería estar penado por ley.

Emito un sonoro bufido y desconecto el teléfono para pasar de todo. Estoy cansada de estas situaciones, de la gente que disfruta haciéndome la vida imposible. ¿Por qué? ¡¿Qué mal tan grande he hecho para merecer este castigo?!

 

Cuando consigo recobrar la compostura, enciendo la radio y la primera canción que se escucha es Talk about you, de Mika. Me gusta, es lo suficientemente animada para distraerme mientras me visto con mi ropa habitual: camiseta lisa, vaqueros desgastados y zapatillas de deporte. Es una costumbre heredada de papá, ya que esta forma de vestir tan funcional, hace que me sienta mucho más cómoda. No soy de esas que se embuten en un vestido de lycra y se suben a unos zapatos de tacón de aguja, las escasas ocasiones que he intentado feminizarme un poco, estoy tan rígida y me siento tan desubicada que… ¡Bah! ¿Para qué esforzarse tanto? Ni vestida así la gente llegaría a fijarse en mí, a veces pienso que una de mis mejores cualidades es la invisibilidad.

Antes de acabar de domar mi pelo, atándolo en una coleta alta para que se alborote lo menos posible, escucho el timbrazo del interfono y me apresuro a descolgar el telefonillo; aún albergo la vaga esperanza de que pueda ser Álvaro, que en un arrebato de sensatez y arrepentimiento, ha reconsiderado su decisión y ha decidido acompañarme a la fiesta como acto de solidaridad.

—¿Nos abres, marmota, o vamos a tener que usar la llave?

Sonrío más animada. Me pongo las gafas de pasta que anoche dejé en el mueble del recibidor y me apresuro a abrir, deseosa de recibir a mis mejores amigas: Raquel y Gina.

 

     Raquel:

 

Treinta y cuatro años. Soltera. Padece hipocondría crónica, motivo por el cual, sus costumbres y rituales de desinfección y limpieza son un tanto extravagantes.

Trabaja desde casa escribiendo artículos de opinión para una editorial, ya que le cuesta salir debido a que las aglomeraciones y multitudes le generan mucha ansiedad.

Como dato de interés, lleva años acudiendo a un psicólogo para intentar solventar parte de sus problemas.

 

     Gina:

 

Treinta y cinco años. Soltera. Lesbiana y feminista extrema. Odia a los hombres, y si por ella fuera, los castraría a todos con una catana oxidada y sin anestesia; palabras textuales.

Es una escultora que empieza a despuntar en determinados círculos, aunque prefiere mantenerse en el anonimato, y hasta ahora, sus apariciones públicas han sido contadas.

 

Como os podéis imaginar, mis amigas y yo formamos un trío de lo más variopinto, cariñosamente nos he bautizado con el sobrenombre de X-Girls; no descarto la posibilidad de que seamos mutantes, tan raras y distintas que puede que formemos parte de alguna otra especie manipulada genéticamente, o también, barajo la posibilidad de que hayamos sido expuestas a altas dosis de radioactividad en el útero materno. Sea como sea, nuestro principal objetivo es pasar desapercibidas, con mayor o menor éxito, entre los humanos.

 

—Hola, chicas, ¿qué tal? –las saludo, echándome hacia un lado para dejarlas pasar.

—¡Madre mía! ¿Es que anoche practicaste una orgía en este apartamento o qué? ¡Está todo revuelto! –Gina le da una patada a una lata de cerveza vacía que hay en el suelo, junto a un cartón de pizza repleto de migas.

—No he tenido tiempo de limpiar, estaba a punto de ponerme ahora mismo –miento para intentar excusarme.

Raquel desciende los parpados como diciendo: “¡al igual!” mientras se recoloca la mascarilla de papel que lleva para cubrirse la boca y la nariz, al estilo japonés.

—¡Es que lo sabía! –exclama achinando los ojos mientras se dirige con paso firme a la habitación que hay a mi espalda. Automáticamente empiezo a reír; seguro que montará un cirio en cuanto detecte el fuerte olor a hombre que todavía queda entre las sábanas.

—¡¿Ves?! ¡Si es que no se puede ser más guarra!

Gina empieza a reír mientras me pregunta con la mirada el motivo por el que nuestra amiga se ha puesto así. Me encojo de hombros como si fuera la criatura más inocente sobre la faz de la tierra y espero a que vuelva a personarse en el salón.

—¿Se puede saber qué es esto?

Gina y yo soltamos una fuerte carcajada cuando vemos aparecer a Raquel sosteniendo unas pinzas de ensalada en una mano, en las que sostiene unos calzoncillos usados que ha encontrado por ahí.

—¿Sabes la cantidad de gérmenes y microbios que contiene esta insignificante prenda de ropa?

Nos mira muy seria, y eso, desata aún más nuestras carcajadas.

—Tengo que saberlo, Raquel, ¿de dónde has sacado unas pinzas para ensalada?

—Bueno, siempre llevo unas en el bolso, por lo que pueda pasar –volvemos a reír, sin duda, ese bolso es mejor que el de Mary Poppins, dentro hay todo lo que puedas imaginar–. No deberías dejar estas prendas radioactivas tan cerca de tu lugar de descanso, que debería ser tu santuario.

—Estoy completamente de acuerdo contigo, ¿qué propones que hagamos con la prenda radioactiva?

—Prepara una olla, hay que quemarla.

Hace un gesto con las pinzas, y sin querer, los calzoncillos caen a plomo al suelo con tan mala suerte, que rozan el dedo meñique de su pie derecho.

—¡Joder, JODER! ¡AHHHHHHHHHHH! ¡Hoy llevo sandalias! –chilla dando saltitos por todas partes– ¡¡¡LOS GÉRMENES!!!

Intento contener la risa, pero Gina es incapaz y se tira de espaldas contra el sofá, cubriéndose la barriga con ambas manos para reírse a gusto.

Conduzco a Raquel hacia el baño y abre su bolso mágico. De él, saca una bolsa hermética que contiene dos toallas, una la utiliza para ponerla en el borde de la bañera y sentarse sobre ella, la otra, la coloca sobre sus rodillas al tiempo que abre el agua caliente. Espera a que salga hirviendo, el humo es intenso, y entones me quedo de piedra cuando mete el pie debajo del chorro hirviente sin tan siquiera quitarse la sandalia.

—¡Te vas a quemar! –exclamo perpleja, pero ella aprieta los ojos y mantiene el pie debajo. Transcurrido un tiempo lo retira, y con sumo cuidado lo seca con la toalla que tenía sobre las rodillas–. Si quedaba algún germen vivo lo has chamuscado, ¡hay que ver! Y luego decís que la exagerada soy yo.

Se levanta con lentitud, dobla cuidadosamente las toallas y vuelve a colocarlas dentro de la bolsa, cerrándola herméticamente.

—Hasta que no desinfectes esta pocilga no volveré a venir, ha faltado poco.

Reprimo la risa mientras nos dirigimos de nuevo al salón, donde un inconfundible olor a quemado nos aturde.

—¿Ves, Raquel?, para que luego digas que no te hago caso. Estoy quemando estos calzoncillos de macho –comenta Gina, dedicándonos una sonrisa traviesa–. ¿Cómo los queréis, chicas, al punto o muy hechos?

Se me escapa otra carcajada mientras remueve con una cuchara el interior de la olla, asegurándose que el contenido se desintegra por completo.

—Estáis como una cabra, ¿lo sabíais?

—Oh, vamos, solo te ayudamos a deshacerte de recuerdos dañinos. Por cierto, ¿cómo fue anoche? Dime que tuviste un orgasmo por lo menos y que ese picha floja sirvió para algo.

Me siento en la silla de la cocina y cierro los ojos con resignación.

—Me ha dejado. Se ha ido nada más salir el sol, como los vampiros. Y para colmo de males, en la cama tampoco era nada del otro mundo.

—Si es que no aprendes –me reprocha Gina, negando con la cabeza–, nunca entenderé esa manía tuya de seguir buscando al hombre perfecto. No escarmientas, Sara, todavía no te has dado cuenta de que la idea de hombre que tienes en la cabeza no es más que un concepto machista que crearon las producciones Disney, donde la mujer es cándida y bobalicona y el hombre la salvaba de todos y cada uno de los peligros en los que se involucraba por pura estupidez. El hombre que buscas, el que esperan todas las mujeres insensatas como tú, no existe, así que no insistas, con eso solo lograrás perder tiempo.

—El mundo está lleno de parejas. Hay gente que se quiere de verdad, y su amor perdura en el tiempo y vence todas las adversidades, ¿por qué yo no puedo encontrar algo así? –espeto con indignación.

—Antes de que continúes por ahí –interviene Raquel con prudencia–, piensa el riesgo que supone intercambiar fluidos con otra persona. ¿Cómo puedes estar segura de que ese hombre realiza diariamente los cuidados necesarios de higiene para no exponer tu salud?

—Eso es fácil –claudica Gina, dando la espalda a la olla para mirarnos–. Partiendo de la base que todos los hombres, sin excepción, son unos cerdos, no hay cuidados de higiene que valgan, de hecho, y esto no es broma, leí un artículo estadounidense de hace unos años en el que le preguntaban a las mujeres acerca de los puntos flacos de los hombres. Un noventa y siete por ciento de la población femenina destacó las siguientes áreas de deficiencia masculina: las tareas domésticas, donde entra todo ese rollo de la higiene y demás, y…

—¡Ay, Dios! No sé si quiero oírlo… –digo tapándome la cara con ambas manos.

—…y los orgasmos –concluye, quedándose satisfecha–. Y cuando digo orgasmos, no estoy dando a entender, ni mucho menos, que los hombres no tengan orgasmos, no. La gran queja que plantean las mujeres es que con frecuencia, los hombres no saben inducir al orgasmo.

—¿Era necesario matizar? –expongo.

—Sí.

Suspiro. Esto se nos está yendo de las manos…

—Eso es verdad –la secunda Raquel, ¡la que faltaba!–. Con frecuencia el sexo causa infelicidad, porque cuando un hombre y una mujer intentan mantener una relación sexual, él suele llegar al clímax antes de que ella esté preparada.

—Y en ocasiones él llega al clímax antes de que ella esté técnicamente en la habitación –remata Gina, y las tres, rompemos a reír.

—¿En qué os basáis para decir eso, en vuestra vivencia personal? Porque si no me fallan los cálculos… –digo contando años exageradamente con los dedos.

—Mira, Sara, en el sexo admito que pueden existir las excepciones, no es que ninguna de nosotras tengamos mucha práctica en este área en concreto –reconoce Gina–, pero en la higiene…, eso sí es una realidad. He convivido con ellos y sé de lo que hablo. Os pondré un ejemplo…

—No, por favor, creo que no hace falta…

—¡Quiero oírlo! –exclama Raquel–. Cuenta, cuenta…

Se acabó, no hay nada qué hacer, debemos aceptar una aplastante realidad: están locas.

—Antes de dignarse a lavar la ropa, los hombres utilizan el SM.

—¿SM? –pregunto con el ceño fruncido.

—Sí –continúa Gina–, el Sistema del Montón, que consiste en dejar los calzoncillos sucios en el suelo hasta que forman un montón que te llega a la cintura.

Inevitablemente volvemos a reír dibujando la imagen en nuestra mente.

—Joder, chicas, no puedo escuchar ni una palabra más al respecto. Por si no lo sabéis, sois únicas animando, incitáis al suicidio que da gusto –espeto con sarcasmo.

—Es que realmente es innecesario todo este auto sufrimiento que te infliges. De verdad, Sara, no hay nada como estar sola, haces lo que quieres y lo que te apetece sin tener que rendir cuentas a nadie.

Finalmente dejo caer la cabeza sobre la mesa de la cocina, manifestando así mi rendición. Hay momentos en los que son inaguantables, pero, qué se le va a hacer, me consuelo pensando que son los efectos secundarios de la mutación genética.

—Creo que la única realidad –susurro poniéndome seria–, es que no entiendo a los hombres. Me esfuerzo muchísimo en saber cómo piensan, en comprender por qué son como son, pero se me escapa algo, os lo juro. No es normal que siempre tenga tan mala suerte y acabe topando con el típico hombre que lo único que busca es aprovecharse de mí una noche, para luego largarse y no volverlo a ver. Algo falla; o son ellos o soy yo.

—Yo creo que no enfocas bien el asunto –añade Gina, con cara de indiferencia–, entender a los hombres es fácil, solo debes tener en cuenta que, muy en el fondo, son criaturas biológicas igual que las medusas o los árboles, solo que menos propensas a limpiar el cuarto de baño o hacer la colada; sinceramente no creo que haya mucho más qué rascar, así que tus esfuerzos son en vano a menos que aceptes esa incuestionable realidad y dejes de comerte la cabeza.

Mis amigas desatan una sonora carcajada, pero en este momento no puedo seguirlas, una parte de mí empieza a creer que, tal vez, hay algo de razón en sus palabras.

—No le hagas caso, Sara –interviene Raquel, conmovida por mi expresión ausente–, puede que el único problema sea que te fijas en los hombres inadecuados.

—O puede que «el problema» sea exclusivamente mío: soy fea, una chica sin ningún tipo de atractivo y no puedo permitirme el lujo de elegir. Lo cierto es que no me importaría estar con un chico feucho, así como yo –me señalo convencida–, siempre y cuando tenga algo que me atraiga, como un carácter con el que pueda congeniar, por ejemplo. ¿Pido demasiado?

Raquel acaricia mi mano a través del guante de látex que lleva puesto, mientras sus ojos se suavizan con ternura. Es como si, dejando las bromas de lado, pudiera comprenderme pese a no compartir mis pensamientos.

Gina, en cambio, ha dado por concluido el diálogo sacando una cerveza de la nevera para bebérsela toda de un trago, en cuanto acaba, eructa como un camionero y se sienta sobre el mármol de la cocina.

—Cuando acabéis con las escenitas sensibleras me avisáis –interviene con la misma empatía que un molusco.

     Sin saber por qué, ese último comentario vuelve a hacerme sonreír y decido apartar todo lo que me aflige y volver a sacar fuerzas. Todavía no sé lo que me deparará el destino, por ahora todo apunta a que seré una vieja solterona que morirá sola en casa, devorada por los gatos que recogeré en el transcurso de mi larga y patética vida. Pero eso no significa que no pueda dar un giro inesperado en cualquier momento, y ese leve atisbo de esperanza, es el que me anima a continuar adelante manteniendo una gran sonrisa; tarde o temprano todo se solucionará, estoy segura.

 

(…)

 

¿Encontrará Sara a alguien que la quiera y la comprenda sin condiciones?

Esta es una divertida comedia que pretende analizar las relaciones desde un punto de vista diferente. Sara, sus peculiares amigas y Aitor harán que te sumerjas en una historia de amor real.

 

El legado. Cap 9

JANIS MULLIGAN

 

El primer crimen.

Despierto suavemente. Apenas hay ruido en la calle, por lo que tiene que ser aún temprano. Mi brazo izquierdo abraza la cinturita de Maby, quien tiene sus desnudas nalgas contra mi cadera. Pam duerme apoyando su cabeza rojiza sobre mi pecho, con mi otro brazo como almohada. Lo saco con mucho cuidado, pero Pam abre los ojos. Me mira y sonríe, los labios hinchados.

  • ¿Dónde vas?
  • A correr un rato. Sigue durmiendo – y la beso suavemente.

Me hago el firme propósito de comprarme unas buenas zapatillas para correr. No puedo seguir con estas botas en la ciudad. Es extraño como cada mañana, me siento más ágil y resistente. ¿Cosa de Rasputín? 

Pues claro, ¿de quien va a ser entonces?

Hoy tomo una nueva ruta que acaba llevándome ante un gran bazar de electrónica. Pienso que necesito moverme por Madrid, con la camioneta. No puedo depender de taxis, ni metro. Me encuentro con una zona para peatones, donde se alzan varias máquinas para gimnasia. Están diseñadas para la gente de la tercera edad, por lo que no son agresivas. Es divertido usarlas. Me paso casi una hora con ellas, casi forzándolas, hasta que decido regresar.

El bazar de electrónica está abriendo. Me detengo y palpo la pequeña riñonera donde llevo las llaves, el móvil, mi documentación y, por suerte, una tarjeta de crédito. Me llevo una gran sonrisa del dependiente por ser el primer cliente del día.

  • Necesitaría un GPS, pero no tengo ni idea de cómo se usa – confieso al joven sonriente.
  • No se preocupe. Son muy fáciles de manejar.

Me muestra varios modelos. Elijo el más facilón y grande. Le pregunto si lleva un buen callejero de Madrid.

  • Si, por supuesto, aunque puedo meterle también uno de los mejores, antes de que se lo lleve.

Acepto y se dedica a ello. Me enseña a manejar el aparato. Tiene razón, es fácil. Introducir el destino y actualizar posición. Se pueden elegir rutas alternativas, solicitar información del tráfico, estimación del tiempo y del combustible, y hasta información sobre gasolineras, restaurantes y ocio. Muy completo. Me lo carga a la tarjeta y me despido. No estoy seguro, pero me parece que me ha guiñado un ojo al irme.

Cuando llego al piso, las chicas ya están despiertas. Me meto en la ducha mientras ellas preparan el desayuno. Me sorprenden con un bol de avena dulce y leche, y tostadas con queso fresco.

  • Desayuno bajo en calorías – explica Pam.

Mientras desayunamos, Pam nos da los nombres de las dos chicas que ella reconoció en la fiesta a la que la llevó Eric, así como el de la agencia en la que trabajan. También le pido el apellido del proxeneta, puede que lo necesite en la indagación. Maby se viste para la ocasión, haciendo honor a las viejas películas de detectives.

Traje de chaqueta y pantalón, color crema, con una camisa azulona, y una corbata estrecha beige tostado. Cinturón y zapatos a juego, de cuero marón. Los zapatos, masculinos y flexibles, por supuesto, por si hay que correr. Cubre todo, con el impermeable que usó para salir en Salamanca, y lo remata con un pequeño sombrero de hombre, gris y de corte clásico, años 50.

¿Qué tendrá esa chica en el armario?, me pregunto.

Parece excitada por el asunto. Nos subimos a la camioneta. Coloco el GPS y lo conecto. Maby mira con curiosidad. Me encojo de hombros ante su muda pregunta. Inserto la dirección de la agencia de las chicas, y, en segundos, me da un camino. Tardamos casi media hora, sobre todo en encontrar un sitio para aparcar. La oficina de la agencia está en el tercer piso de un edificio centenario.

Maby se ocupa de hablar con la recepcionista. Le pide información sobre los próximos castings de la agencia, y, de paso, si están visibles las dos chicas que estamos buscando, alegando una amistad con ellas. El comentario acertado de que son sus madrinas, predispone a la madura recepcionista. Nos dice que una de las chicas se marchó ayer para un trabajo en Marbella y no regresará hasta el final de semana. La otra, por el contrario, llamó, la misma mañana, para suspender una sesión de fotos que tenía programada, aludiendo una enfermedad. Según la recepcionista, sonaba más a resaca que a enferma. Maby, con su maravillosa sonrisa y dulces palabras, consigue la dirección de esa chica.

  • ¿Has visto? ¿A que soy buena como detective? – me dice, al descender las escaleras del edificio.
  • Tú estás buena desde que naciste – la sorprendo.
  • ¡Chulazo! – me responde, con un meneo de caderas, justo en el último escalón.

Esta vez, llegar a la nueva dirección, nos toma casi una hora. El tráfico está fatal y, al parecer, la chica vive en las afueras. Es un barrio de reciente construcción, con muchos edificios aún sin acabar. Maby llama al timbre de la puerta, situada en una sexta planta de un inmueble de ángulos redondeados.

  • ¿Si? – pregunta una voz desde detrás de la puerta.
  • ¿Belén Toro?
  • Si, ¿Quién es?
  • Soy una compañera. Trabajo en Visión Martínez, y me gustaría hablar contigo. Me llamo Maby Ulloa y seguro que nos hemos visto en alguna pasarela.
  • ¿Maby Ulloa? Si. Tú hiciste el pase para Estela McCarney, ¿no? – pregunta, abriendo la puerta.
  • Si, así es.
  • Me gustaste mucho. Eres buena para ser tan joven – la chica se apretuja más en su bata, apoyándose en el quicio. Su mirada pasa de Maby a mí. Sus ojos huyen del contacto directo.

Tiene miedo.

  • Este es Sergi, mi novio – me presenta Maby. Le estrecho la mano. Por algún motivo, la miro fijamente, y la noto estremecerse. – Mira… te seré sincera. Tengo un problema con un modelo que trabaja en Massante Models. Se llama Eric y creo que tú también le conoces.

Belén mira a ambos lados del pasillo y nos indica que pasemos. El piso es muy luminoso y está amueblado con estilo modernista, muy coqueto. Belén me resulta mona, pero la curvatura de sus hombros encogidos y ese miedo huidizo que destila, la afean.

  • ¿Un problema con Eric? – vuelve a preguntar.
  • Tiene algo sobre mí que no me gustaría que se conociera, ¿comprende?

Belén asiente. Seguro que ella está igual.

  • Trata de obligarme a hacer cosas que no quiero. Sergi se ha ofrecido para ayudarme, pero necesitamos saber si Eric está solo o tiene más socios que pueden usar esa información.

Belén no contesta. Solo se muerde el labio y mira el suelo.

  • Belén – susurro su nombre. – Mírame…

Ella levanta la vista lentamente, y posa sus ojos lánguidos y oscuros sobre los míos. Parecen los de un cervatillo.

Así… déjame a mí… háblale suave…

  • Sé que te encuentras en poder de ese cabrón. Conozco lo que hace con las chicas, como abusa de ellas, como las vende – me acerco a ella despacio. Belén mantiene el contacto visual. – No quiero que Maby pase por eso, jamás. Si es necesario, le mataré y ya no podrá hacer nada…
  • Pero, las fotos… — gime ella.
  • Todo desaparecerá cuando él ya no esté. Fotos, vídeos, archivos.

Se arroja en mis brazos, llorando. La acuno, dándole calor y confianza. La bata que lleva puesta, resbala de uno de sus hombros, revelando varios surcos oscuros. Miro a Maby y ésta se acerca, bajando aún más la prenda. Belén tiene toda la espalda llena de gruesos verdugones. Ha sido azotada con saña, recientemente.

  • ¿Te ha hecho él esto? – le pregunta Maby.

Belén niega, sin dejar de llorar.

  • Tranquila, pequeña, tranquila. Yo te protegeré – le susurro. No sé aún por qué, pero le beso la frente y el cabello, recogido en una graciosa cola castaña. Maby me mira, pero no parece recriminarme.

La verdad es que parece una muñeca entre mis brazos. Es delgada y muy frágil. Sus sollozos se serenan. Hipa un poco y sorbe sus lágrimas. Abandona mis brazos. Sin más palabras, se da la vuelta y deja deslizar la bata por su espalda, hasta dejarla en el suelo. No parece importarle quedarse en bragas delante nuestra.

Maby se lleva las manos a la boca. No solo la espalda de Belén está llena de brutales señales, también sus nalgas y la parte posterior de sus muslos. Con razón, se ha excusado en el trabajo. No puede aparecer así para una sesión de fotos.

  • El sábado, Eric trajo un hombre, sin avisar, sin contar conmigo para nada. Venían muy enfadados – nos confiesa. – Por lo que pude comprender, ese cliente hijo de puta esperaba estar con otra chica, la pelirroja la llamó… No sé si es que la chica había huido o estaba enferma, no lo sé, pero me obligó a estar con él… se desahogó conmigo.

¡Me cago en Satanás! ¡Ese tío iba para Pam, sino hubiera ido a la granja!

  • ¿Qué tiene contra ti? – le pregunta Maby.
  • Unas fotos de una despedida de solteras.
  • ¿Comprometedoras?

Ella asiente. No quiero preguntarle más.

  • La mayoría de las veces no es nada malo. Eric nos pone en contacto con señores amables, limpios y discretos. Muchas de nosotras necesitamos ingresos extras – explica. – Incluso muchas de las chicas están en esto voluntariamente. Pero, otras, como yo, pues no…
  • Te juro que intentaré destruir todas esas pruebas que Eric guarda – le prometo, cogiéndola de las manos y mirándola.
  • Gracias – musita, con una bella sonrisa. – No he visto a Eric nunca con amigos o socios. Siempre viene solo, pero conozco a una mujer…
  • ¿Una mujer? – pregunta Maby.
  • Una vez teníamos que acudir a una importante fiesta de disfraces. Así que llevo a sus chicas, de una en una, a una gran casa, donde nos probamos disfraces y nos lo retocaron para adecuarlos. En esa casa, había chicas desnudas y una señora madura parecía la directora. La llamaba señora Paula y parecía conocerle muy bien.

Eso tiene todo el aspecto de un burdel.

  • ¿Sabes donde está esa casa? – pregunto, esperanzado.
  • En Arturo Soria, casi metida en el pinar de Chamartín. Es una casa grande, de ladrillo rojo, con verja alrededor y jardines.
  • Gracias, Belén – le digo, tomando su carita con mis manos. Con un impulso, me inclino y la beso suavemente en los labios. Ella responde, tímidamente. – Le daré un par de ostias de tu parte.

Maby no dice nada hasta estar en la camioneta. Noto que me mira fijamente mientras meto la nueva dirección en el GPS.

  • Has sido muy tierno ahí arriba – me dice.
  • ¿Por comprenderla?
  • Y por besarla. Belén parecía necesitar precisamente eso, una muestra de confianza y respeto, y tú has sabido cómo dársela. Estás sorprendiéndome mucho en estos días. No parece que quede gran cosa del chico paleto que conocí hace meses.

“Gracias, Rasputín.”

De nada.

  • ¿No te has enfadado por el beso?
  • No, en absoluto – responde ella, con aplomo. – Ni siquiera lo he considerado como algo sexual. Creo que si no se lo hubieras dado tú, lo hubiera hecho yo, aunque así, ha quedado mejor.
  • Venga, no nos pongamos sentimentales – me río y arranco la camioneta.

Es casi mediodía cuando localizamos el caserón. Está apartado y rodeado de árboles y setos, así como de una gran valla. Nos quedamos a curiosear, sin salir de la camioneta. Llevo unos buenos prismáticos en la guantera. Rasputín tiene razón, parece un burdel. En el par de horas que estamos allí plantados, entran, al menos, una docena de hombres bien vestidos, con maletines, por la pequeña puerta de la gran reja. No solo eso, sino que varios coches han entrado y salido; vehículos con los cristales oscurecidos. Cada media hora o así, un tipo grande, con gafas de sol, da una vuelta por los jardines, fumando un cigarrillo. ¿Seguridad? Seguramente. Además, hay cámaras en las esquinas de la verja y en la puerta de entrada.

No creo que haya manera de colarse sin ser vistos. Debe de ser un sitio bastante exclusivo. Maby piensa lo mismo.

Estos sitios se quedan desiertos después del almuerzo. Es una hora tonta, sin clientela. Si haces lo que te diga, tendremos una oportunidad.

Decido escucharle.

Las madames de los burdeles suelen ser, en su mayoría, putas jubiladas, o verdaderas oportunistas que se han hecho ricas con el trabajo de otra gente. En cualquier caso, esas mujeres no buscan hombres, hastiadas de ellos, sino savia joven, ya sean jovencitos o chiquillas primerizas. Lo que las pone a todas ellas es corromper la inocencia, educar en el vicio y el placer. Como te he dicho, tienes una oportunidad. Debes presentarte buscando a Eric, desesperado, cándido, perdido. Debes dejar claro que, sin Eric, no puedes sobrevivir. Le has buscado en su casa y no está, no contesta a tus llamadas, y tienes que encontrarlo. Tendrás que inventar algún pretexto creíble.

Puede que a esa señora le vayan las chicas, con lo que no te ayudará y te echará a la calle, pero cabe que le gusten los jovencitos y vea en ti una presa codiciada, que es exactamente lo que buscas. Entonces, debes dejarme actuar… sé como sonsacar a esas mujeres maduras. Puede que acabes en la cama con ella, pero, el que algo quiere, algo le cuesta, ¿no?

¿Eso es un plan? ¿Tengo que dejarlo todo a la improvisación, a la suerte, y a los deseos corruptores de una mujer?

¿Tienes algo mejor?

Refunfuñando, le digo a Maby que es buena hora para darle una sorpresa a Eric. A cada momento que pasa, estoy más seguro que Eric trabaja solo como gancho. La dirección de Eric es un pequeño adosado en la zona alta del Limonar, no muy lejos de allí, pero más metido en la ciudad. Las persianas están bajadas y no se escucha nada en el interior. Ni siquiera llamo. Una fuerte patada, y la jamba de madera de la puerta salta en pedazos, liberando la cerradura.

  • ¡Joder, que bruto! – exclama Maby, con el sobresalto pertinente.

Después de recorrer todo el cubil de Eric, tres cosas quedan en evidencia: la primera, el sujeto no está y, al parecer, no ha pasado la noche ahí; la segunda, que no brilla por su limpieza, y, la tercera, no hay rastro de ordenadores, ni archivos.

  • Volvamos a casa. Comeremos y pensaremos en algo – dice Maby, tirando de mi mano.

Pam está muy ansiosa por saber noticias. Quiere que se lo contemos todo, nada más llegar al piso. Maby se encarga de eso, mientras yo me dedico a guisar un buen arroz caldoso, con verduras y mariscos.

Mi hermana se queda muy impresionada con mi comportamiento en casa de Belén, y me abraza por detrás, mientras el arroz hierve.

  • ¿Sabes de algún sitio dónde se haya podido esconder esa rata? – le pregunto a Pam.
  • No, a no ser que haya vuelto con sus padres.
  • ¿Sus padres viven aquí, en Madrid?
  • No, en Huesca, en los Pirineos.
  • ¿Tienes su número?
  • No – contesta Pam, abatida.
  • Volveré a darme una vuelta por su casa, esta tarde. Puede que encuentre allí el número o la dirección.
  • Si, es una buena idea. Iremos en cuanto…
  • No, tú no vienes – corto a Maby.
  • ¿Por qué no? Esta mañana he sido muy útil.
  • Si y te lo agradezco, pero, esta tarde, voy a intentar colarme en un burdel, y tú, con tu edad, no te puedes presentar para puta.

Pam se ríe, pero después se queda seria.

  • ¿Será peligroso? – me pregunta, preocupada.
  • No más que ir al dentista, supongo. No voy a meterme en la cama con ninguna puta. Intentaré sonsacar a esa señora Paula.

Si, la reina puta.

¡El cabrón se ríe!

Nadie parece que se ha dado cuenta de la puerta reventada del chalé de Eric. La verdad es que la deje bien atrancada cuando nos fuimos. Entro con autoridad, como si la casa fuera mía. Hay que confiar a los posibles vecinos. Tengo suerte a los quince minutos de estar dentro. En un cajón lleno de papeles, encuentro un papel con un teléfono anotado y las palabras “papá casa” escritas. También encuentro varias cartas y postales de sus padres, con el remite. Seira, Huesca.

Si Eric está herido, como creo, lo más lógico es que se haya refugiado con sus padres. La montaña sería perfecta. Pero ese viaje turístico es mi último cartucho. Antes tengo que probar en el burdel.

Llamo a Pam. La convenzo de que debe llamar a Eric y averiguar donde está, aunque tenga que simular que le pide perdón por lo que yo le he hecho. Si no contesta o no puede averiguar donde está, que llame al número de sus padres, el cual le paso, y se invente algo. Me contesta que lo hará, que Maby le ayudará.

El tipo me mira fijamente. Pone mala cara. No parezco un cliente. No llevo traje, ni tampoco maletín, ni tengo la edad adecuada.

  • ¿Si? ¿Buscas algo? – me pregunta el tipo de las gafas de sol, abriendo la puerta de la casona.
  • Por favor, tengo que ver a la señora Paula. Es muy urgente – le digo, con voz compungida, evitando mirarle a la cara.
  • ¿Para?
  • Necesito su ayuda… por favor…

El tipo parece pensárselo y, finalmente, me deja pasar. El vestíbulo es lujoso y el pasillo que nos conduce a la sala de espera, está lleno de viejas fotos del Madrid de principios del siglo XX. Me encuentro con varias chicas ligeras de ropa en la sala de espera. Por el momento, no hay clientes. Las chicas me miran con curiosidad. El matón ha desaparecido por una puerta.

  • ¿Tu primera vez? – me pregunta una de las putas, una chica con aire latino, de generosos muslos, cubiertos por medias oscuras.

Asiento, manteniendo la cabeza baja.

Así, muy bien. Interpretas muy bien la timidez.

“Hasta hace poco lo era.” Me empiezo a dar cuenta de lo que estoy cambiando. Este juego incluso me gusta. Disfruto de él.

El hombre vuelve a salir y me indica que pase. Lo hago enseguida. Contemplo a la famosa señora Paula. Está sentada a un escritorio de bruñida madera, atareada con un libro de contabilidad y un sinfín de facturas. Deja el bolígrafo y levanta los ojos. Los tiene muy negros, rasgados.

Contará con cuarenta y cinco años, más o menos, muy bien llevados. Aún conserva un bello rostro, de pómulos marcados y amplia boca. Un lunar negro ocupa un lugar privilegiado en un lado de su labio superior.

  • Dicen que buscas mi ayuda. ¿De qué me conoces, niño? – me pregunta, con un tono muy suave, engañoso.
  • Eric me habló de usted, señora Paula.
  • ¿Eric?
  • Si, Eric, el guapo – dejo caer.

Ella sonríe. No hay tantos Eric en el mundo que sean tan guapos.

  • ¿Por qué te ha hablado de mí?

Suéltale la historia, Sergio.

  • Verá usted, señora. Me prometió que me escondería… Yo no… — bajo la cabeza todo lo que puedo. – no sé donde ir… no conozco Madrid… me dijo que me podía quedar en su chalé…
  • Tranquilízate, jovencito. Respira, eso es. Por lo que puedo ver, tienes problemas, ¿verdad?

Asiento presuroso. Dejo que mis manos retuerzan los dedos.

  • ¿Y Eric te dijo que te ayudaría con ellos?
  • Si, señora.
  • Entonces, ¿por qué vienes a verme?
  • Porque Eric no está en su casa. Lleva dos días sin aparecer. No contesta al móvil… me ha dejado tirado…
  • Vale, comprendo.
  • Él me habló de usted… que trabajaban juntos…
  • ¿Te dijo eso? – su tono suena preocupado.

Asiento nuevamente. Rasputín no me deja mirarla directamente.

  • Me dijo que podía confiar en usted… que entendía los problemas de los jóvenes. 

Bien jugado.

  • No puedo volver a casa. Tengo diecisiete años, soy menor, pero no… no quiero volver – no sé de donde saco el sollozo, pero es convincente.
  • ¿Vas a contarme porque has huido de tu casa?

Niego vehementemente con la cabeza. Noto los ojos de la mujer recorrer mi cuerpo, calibrándome.

¡Ahora! Mírala y no apartes los ojos. Sostén su mirada.

Nuestros ojos conectan en cuanto los alzo, con una fuerza desconocida. He dejado de respirar, ella también. Es como si no existiera nada más a nuestro alrededor, solo sus ojos y los míos. Su labio inferior empieza a temblar, como si estuviera a punto de llorar, pero no aparece lágrima alguna. De repente, con un gran suspiro, retoma el ritmo de sus pulmones. Se atusa el pelo tras apartar la vista.

Ya está.

“Ya está ¿qué?”

Está hechizada. Se dejará convencer de cuanto le digas o pidas, siempre que no lo hagas de forma brusca y directa.

“¿Es broma?”

No. Ese es uno de las cosas que debo enseñarte, clavar la mirada. Un impulso sugestivo que relaja las defensas de quien lo recibe, tanto éticas como morales. Conseguí mucho con esa técnica.

Joder. Joder…

  • Entonces, ¿en qué puedo ayudarte? – pregunta la señora Paula.
  • Tengo que encontrar a Eric… puede que usted sepa si tiene otra casa, o dónde viven sus padres… no puedo perder a Eric también… me lo prometió.
  • Estás desesperado, ¿verdad? – la señora se pone en pie y rodea el escritorio, cogiéndome de las manos. Yo asiento una vez más.

Ahora puedo verla al completo. Por debajo del metro setenta. Viste blusón oscuro, de satén, y un pantalón blanco, algo ceñido, que pone de manifiesto que aún conserva una admirable figura.

  • Parece que estás muy pillado con Eric. ¿Harías cualquier cosa por encontrarle?
  • Si, señora, cualquier cosa.
  • Ese cabroncete sabe escogerles, no hay duda – murmura ella y no sé a qué se refiere. – Ven, vamos a tratar esta cuestión con más calma, en mi habitación…

Aprovecha la sugestión… cuanto más baje sus defensas, más colaborará.

Tíos, es como tener tu propio manual de instrucciones personalizado.

Para ella, yo soy un dulce que robar, una oportunidad de caramelo. Me lleva a su dormitorio, donde destaca una amplia cama redonda, con sábanas de seda. La señora se cuida. Hace que me sienta en el borde y se coloca delante, desabotonándose la camisa y sonriendo.

  • Veras, puedo contarte cosas de Eric, pero siempre hay un precio. Debes complacerme. ¿Cómo te llamas, chico?
  • Jesús, señora. Haré lo que usted quiera…
  • Eso es. Has comprendido a la perfección – acaba mostrándome unos senos opulentos, de grandes pezones y un poco caídos, pero aún atractivos. — ¿Te gustan?
  • Si, señora Paula.
  • Pues ven y me los besas – dice mientras los sujeta con sus manos.

Avanzo de rodillas hasta ella y hundo mi rostro entre sus grandes tetas. Succiono, chupeteo y mordisqueo como un niño hambriento. Ella comienza a suspirar, aferrándose a mis hombros.

  • ¡Que hambre tenías, Jesús!
  • Mucha… mucha…
  • ¿Has estado antes con una mujer, Jesús? – me atrapa las mejillas con las manos y me mira, apartándome de sus senos.
  • No, señora.
  • Perfecto, hoy vas a convertirte en todo un hombre – dice mientras me empuja de nuevo hacia la cama.

La dejo que me quite los pantalones y después la sudadera. Entonces es cuando presta atención al bulto de mis boxers. Me los baja con dedos temblorosos. Veo como su expresión se transforma.

  • Jesús, por tu madre… esto se avisa antes… ha estado a punto de darme una cosa mala… ufff… ¡la madre que me parió! ¿Cuánto te mide?
  • Treinta centímetros, señora. ¿Es malo?
  • No, no, por Dios, ¡que va a ser malo! Pedazo de gilipollas el Eric… ¿Me dejas chupártela, Jesús?
  • Si, lo que usted quiera, señora.

La experta boca de la señora Paula cae sobre mi polla demostrando su hambre atrasada. Pone todo su empeño, su sapiencia, y su deseo en pulir mi herramienta. La verdad es que la señora tiene arte, hay que decirlo. Mi polla jamás se ha puesto tan dura. Finalmente, se pone en pie, resollando. Los ojos le arden, las mejillas encendidas. Se baja el pantalón y el tanga, con desesperación.

  • ¡Tengo que metérmela! ¡Por Dios, que me la meto! – murmura, tomándola con las manos y restregándola contra su pubis, bajo sus muslos, enfebrecida.

Es mi turno de actuar. Me siento en la cama, dejándola jugar con mi miembro, pero impidiéndole que se empale.

  • Antes de eso, señora Paula, debería saber donde puede estar Eric…
  • ¡No lo sé! – exclama histérica. – Puede que esté en casa de Julien. Ese camello también está por sus huesos. Déjame que me clave, por favor…
  • Aún no. ¿Eric es gay?
  • Es bisexual, le saca partido a todo, pero, por lo que sé, solo mantiene relaciones sentimentales con hombres, nunca con mujeres. ¿Puedo ya? – busca frotarse el clítoris contra mi mástil.
  • Una pregunta más. ¿Eric trabaja por su cuenta?
  • No, Eric es un gancho más de la organización. Se ocupa de las modelos, ya que trabaja en ese mundillo. No seas malo, ya no aguanto más… Te dejaré que me la metas también por el culo, si quieres, por favor…

Como ha cambiado la cosa. Tengo que aprender eso de “clavar la mirada”. Es de alucine. Con una sonrisa, la dejo que se empale lentamente. No deja de gemir, los ojos en blanco.

  • ¿Sabes cómo consigue Eric a las modelos? – pregunto mientras la dejo a su aire.
  • Las chan… tajea…
  • ¿Y comparte sus archivos con la organización?
  • Noooo… es muy celoso… con sus inver…siones…
  • ¿Conoces dónde guarda esos archivos?
  • Uuuhhh – se mete toda mi polla, como una campeona. – No… no sé… espera… espera… no te muevas aún… que me partes…
  • Cuando usted diga, señora Paula… ¿qué pasaría si Eric no apareciera más?
  • Suuu… pongo que sus chicas… se perderían…por lo menos, las que chantajea…aaaaahhh… eres un borrico, cariño… la organización buscaría otro… gancho y ya está…

Giro y la dejo caer sobre la cama. Pongo en marcha mis caderas, con un ritmo lento.

  • ¿Y usted, señora Paula, qué es usted para la organización? – le pregunto mientras ella intenta alcanzar mi boca con su lengua.
  • Controlo a las putas… las de esta casa y otras…quédate conmigo y las tendrás a todas… serás el chulo mayoooor… te las follarasss a todasssshiiiii…
  • ¿Te gustaría tener esta polla para siempre, eh guarrona? – susurro mientras aumento las embestidas.
  • Ooh si, claro que siiii… ooooh, dulce santa madre de los malditos… jamás…
  • ¡Dilo!
  • Jamás me… habían machacado… así…

Sus manos se aferran a mi cuello, con fuerza, para poder levantar más las piernas, ya que no queda más espacio para mi polla. Atrapo su lengua con mis labios y tiro de ella, con fuerza. Gruñe como un animal. Está totalmente entregada a sus sentidos.

  • ¡Córrete! ¡Córrete ya, que quiero meterla en tu culo! ¿Lo soportaras?
  • Si, si… oh siiii… ya, cariño mío, ya me corro… me corrooo… ¡¡ME CORROOOO!!

Un auténtico mal de San Vito recorre su cuerpo, agitando caderas y piernas, entre estertores. La saco y le doy la vuelta. Tiene buenas nalgas, amplias y redondas. Ella alza la cabeza en cuanto se recupera algo.

  • ¡Espera, espera! ¡En seco no! – exclama con miedo.

Se arrastra por la gran cama hasta alcanzar una de las mesitas de noche, de donde saca un tubo de crema lubricante.

  • Deja que te la ponga en esa magnífica polla, cariñito.

Ella misma se mete un dedo en el ano, lleno de crema. Se nota que está acostumbrada porque enseguida dilata el anillo del esfínter.

  • Con cuidado, eh, Jesús, que lo tuyo no es una polla, es un obús – murmura, pero sus ojos parecen decir lo contrario.

Es mi primera sodomía y me cuesta meterla, aún con una señora tan experimentada. El ano es mucho más estrecho que una vagina y no está apenas lubricado. Hay que abrir camino lentamente, y dejarlo despejado y resbaladizo. La señora Paula muerde las sábanas de seda, de color salmón y huevo. Mi polla la está matando, pero no protesta lo más mínimo.

  • Lento… lento… así… Jesús. Hasta que la metas toda… la quiero toda dentro…
  • Si, señora. ¿Empujo?
  • Si, un poco más… ñññggghh… para, para… déjame descansar.

Métela de un tirón. No le hagas caso. Le gusta que le hagan daño.

“¿Cómo lo sabes?”

He conocido a otras como ella. Son controladoras y frías con sus allegados, pero cuando sucumben a la lujuria, sale su verdadera condición. Son autoritarias porque en el fondo no son más que unas putas esclavas sin freno. Es una forma de compensar o de esconderse. ¿Comprendes? Ella ya se te ha entregado, es tuya para lo que quieras, mientras te recuerde. ¡Dale con fuerza!

Se la clavo de un tirón, sin miramientos. La señora aúlla con fuerza. Se estremece toda, babea y llora a la vez.

  • Ca…brón – apenas puede hablar.
  • Si, tu cabrón, recuérdalo – le digo al oído, embistiendo con rapidez en su culo.
  • Si… si… señor…

Pinzo su clítoris con dos dedos, con fuerza, y lo retuerzo. Un sonido estrangulado surge de sus labios. Su cabeza cae sobre la sábana, sin fuerzas, abandonado a lo que le hago sentir. Siento que mi orgasmo es inminente. Azoto con mucha fuerza sus nalgas, un par de veces. Alza de nuevo la cabeza con presteza mientras jadea con fuerza. Sus nalgas adoptan un ritmo vertiginoso, follándome a su vez. Descargo al menos cinco veces en su culo, mientras mis dedos tironean de uno de sus pezones. Ella rinde la espalda y cae de bruces sobre la cama, estremeciéndose toda.

  • Soy tu puta… soy tu putaaaa… toda una putaaa – la escucho decir bajito.

Tras unos minutos de descanso, la señora Paula me limpia la polla con unos pañuelos humedecidos en colonia y nos vestimos. Ella tiene una extraña sonrisa en los labios. Me acompaña hasta la puerta, cogida de mi brazo, tras darme el número de móvil de Eric, el móvil laboral. No me sirve de mucho, pero no se lo voy a despreciar.

  • Y recuerda, Jesusín, cariño, si Eric no puede ayudarte, vente por aquí, que yo te apadrino en la organización, con mucho gusto – me dice, dándome un tierno beso como despedida.

Hay buenas noticias cuando regreso al piso. Pam ha conseguido que la chica de servicio de la finca de los padres de Eric, le confirme que toda la familia está allí. Si, el “guapo modelo” también, palabras textuales. Les digo lo que he averiguado en el burdel, aunque me callo la forma como he conseguido la información. Las chicas me miran, contritas.

  • Tengo que ir. No hay más remedio – respondo cuando me doy cuenta de cómo me miran. – El único que puede hacerte daño es ese chulo. “Muerto el perro, se acabó la rabia”.
  • Pero estás hablando de matar a una persona – insiste Pam.
  • Yo no lo considero una persona.
  • Pero es peligroso. Algo puede salir mal – Maby también tiene dudas.
  • Entonces, ¿qué proponéis? ¿Nos quedamos aquí, a esperar que se recupere y vuelva a por ti y por mí, mucho más preparado, con ganas de vengarse?
  • No, no – se echa Maby en mis brazos. – Cariño, eso jamás. Si hay que hacerlo, se hace. Por eso vamos a ir contigo.

Pam asiente, dando su brazo a torcer.

  • ¡Ni de coña! ¡Esto es cosa de uno solo! Si algo sale mal, ¿quereis que vayamos todos al talego? Eso no es juicioso. Yo estoy más preparado físicamente, así que yo voy.

Las chicas bajan la mirada. No pueden discutir mi lógica.

  • Entonces, tengo que salir ya. Son las seis de la tarde. Tengo casi cinco horas hasta Seira, puede que algo más en esas carreteras de montaña. Necesito un par de mantas para no perder demasiado calor durante la vigilancia. Una buena linterna, un termo, una pala y una palanqueta. Mejor ir preparado. Bajo a la ferretería y, de paso, llenaré el depósito de la camioneta. ¿Me preparáis unos sándwiches y un poco de café?
  • Claro – dice Pam, dándole un codazo a Maby, que me mira embelesada.

Salgo de Madrid sobre las ocho de la tarde. No hay demasiado tráfico. Llevo una buena recopilación de AC/DC sonando a toda pastilla. He descubierto que los roqueros australianos también le gustan a Rasputín.

Este no deja de hablarme sobre aprender a “clavar la mirada”, lo que me dará mucha ventaja en hacer que la gente me obedezca o me preste una especial atención. Es pesado dando la vara, pero tiene razón, es hora de que me enseñe sus trucos más sucios.

Aún no sé lo que voy a hacer. No tengo ningún plan pensado. Todo está en mano del azar y de la improvisación. Sé que soy bueno improvisando y, además cuento con Rasputín y sus consejos, pero no tengo ni idea con lo que me voy a encontrar. No conozco la finca, ni el terreno, ni siquiera a la familia. El reconocimiento se hace necesario.

Hago varias paradas para no quedarme dormido, no por sueño, sino por aburrimiento. En la última parada, lleno el termo de fuerte café en una venta de carretera y compro varias chucherías. El azúcar me va a hacer falta.

Encuentro la finca bien de madrugada. Está en la falda de una montaña, es extensa, y está rodeada de un alto y viejo muro de piedra. Aparco en lo que me parece el bosque, aunque hay poca luna. Me abstengo de encender demasiado la linterna. Pongo el despertador del móvil para las seis de la mañana, y me envuelvo en las mantas. Me cuesta poco quedarme dormido.

El pitido repetitivo me despierta. Apago el móvil y atrapo el termo. El café aún está tibio. Un buen trago para despertar. Meto la linterna, los prismáticos y el machete que llevo en el coche, en la pequeña mochila de viaje que también llevo tras los asientos. Seria buena idea llevar también la palanqueta, aunque sea en la mano. Echo dentro la bolsa que contiene aún un sándwich y las chucherías que he comprado, junto con el termo casi vacío. Ahora, es cuestión de buscar un buen sitio para observar.

No me he equivocado, he metido la camioneta en un bosque de pinares y fresnos. Me muevo bajo los árboles en dirección de la finca. Encuentro unos riscos que me permiten otear la gran casa de una sola planta que se levanta en una gran plataforma o bancal, ganada a la montaña. En otra plataforma, más pequeña e inferior, han construido una piscina, junto con el espacio que necesita para la comodidad de los bañistas.

Al amanecer, veo movimiento. Enfoco los prismáticos. Un hombre, maduro y fornido, saca varios aparejos de pesca y carga un 4×4. Poco después, sale de la finca por la gran puerta metálica de la entrada. Sin duda el padre.

¿De pesca? Bien, uno menos. Espero. Hago flexiones. Espero aún más. Desayuno con el sándwich y el café que queda. Espero.

Sobre las nueve y media, una señora rubia y alta, saca del garaje un pequeño utilitario y sale de la finca también. Es la mía. Puede que haya más gente dentro, pero debo arriesgarme. Me meto un pastelito en la boca y salto el muro.

Mala suerte. Hay un perro, un pastor ovejero. Le espero llegar, ladrando. Un fuerte sopapo en el hocico le frena y le aleja. No es demasiado fiero. No molesta más. Rondo la casa, buscando un sitio para colarme y no dejar huellas. Bien, la puerta del garaje no se ha cerrado del todo, sin duda al sacar el utilitario.

Entro en la casa. Escucho. Nada. Marcó el número de móvil que la señora Paula me ha dado. Suena al fondo. Corto la llamada. Dejo pasar diez minutos para que vuelva a dormirse y me meto en su habitación. Le encuentro roncando, con un brazo en cabestrillo y el otro vendado. También tiene el torso vendado, bajo la camiseta. Si que le he hecho pupa. A pesar de eso, parece un angelito durmiendo. El cabrón es muy guapo. Le despierto suavemente, colocando la punta del machete sobre uno de sus ojos.

Se queda muy quieto, balbuceando preguntas. Le sonrío.

  • Hola – le susurro. — ¿Me echabas de menos?

Cógele la polla.

No entiendo lo que me quiere decir Rasputín.

Tienes que controlarle. Con alguien tan asustado, no sirve de nada la sugestión, ni la hipnosis, ni nada de eso. ¡Piensa! Si no ve salida alguna, puede no decirte la verdad, o hacer una locura. Tienes que darle siempre una salida para que haga lo que tú quieras.

El viejo Rasputín parece saber de estas cosas.

Sabemos que es homosexual.

“Bisexual.”

¡Lo que sea! Si le acaricias sexualmente, creerá que te gusta, que puede recuperar el control y disponer de una oportunidad de salvar su vida.

Muy listo. Meto mi mano bajo las mantas y le sobo la polla. La tiene empalmada, a pesar del miedo. Respinga al no esperar la caricia.

  • Pensaba matarte para que no me denunciaras, ni usaras lo que tienes de mi hermana, pero, al verte así, dormidito, no sé… eres demasiado guapo. No puedo matarte – le susurro.
  • No… me mates – suplica. — ¿Cómo me has encontrado?
  • Soy un sabueso – ironizo, apretándole los huevos.
  • Haré lo que tú quieras… todo lo que quieras – se ofrece.
  • ¿Quién hay en la casa?
  • Mis padres.
  • ¿Alguien más? ¿Criada, algún hermano?
  • ¡Ouch! – le he vuelto a apretar. — ¡Lo juro!
  • ¿Dónde tienes los archivos de todas las chicas?
  • En mi casa.

Mentira. Son su garantía. No los dejaría solos.

Le pincho en una ceja. Salta una gota de sangre.

  • ¡Está bien! Están en un servidor seguro, a la espera de que los desencripte si son necesarios – confiesa.
  • Entonces, podrás borrarlos online.
  • Si, pero aquí no hay Internet.
  • Está bien. Levántate y haz la maleta. Te vienes conmigo.
  • ¿La maleta? ¿Por qué?
  • Porque vas a hacer un viajecito. No me fío de dejarte atrás. Se te pueden ocurrir muchas cosas raras.
  • ¡No haré nada! ¡Lo juro!
  • He pensado que mejor compras un pasaje a… no sé, ¿Río de Janeiro? Te puedes pegar una buena vida allí.
  • Si, si… — acaba comprendiendo, con alivio.
  • Y no volverás jamás. Así ganaremos todos, tú, yo, las chicas que extorsionas, y hasta tus pobres padres…
  • Eso haré. No quiero problemas – sin embargo, seguía empalmado, con mi mano en su polla. La verdad es que no me desagradaba el tacto.

Le dejo que se levante. Eric, con un gemido de dolor, atrapa un petate e intenta llenarlo con su ropa, pero no puede. Me mira, asustado, su erección se ha esfumado.

  • Tengo el hombro dislocado, una fisura en el cubito del otro brazo y tres costillas astilladas. ¿Me ayudas?

Meto todo eso rápidamente y, además, el portátil. Noto que me está mirando, los brazos afirmados sobre su pecho. Necesito confiarle más.

  • Mira, Eric, siento haberte machacado tanto. Perdí la cabeza cuando te escuché amenazar a mi hermana. De otra forma, no te hubiera hecho daño nunca. A un chico tan guapo, jamás. La verdad es que no he podido dormir en estos dos días. Se me venía a la cabeza tus ojos llenos de miedo…

Me estaba excitando al contarle todo esto, extraño. ¿Seré bisexual yo también o bien es que disfruto controlándole? El caso es que mi polla se está quejando del encierro. Es extraño, nunca me ha gustado un tío. Ahora, no es el momento para pensar en eso, me recrimino. Eric pierde esa expresión de perro apaleado, e incluso me sonríe un poco. Pero no le dejo pensar.

Le saco de la casa, llevándole por el cuello. Es como un muñeco en mis manos. Atravesamos el bosque hasta la camioneta, a paso vivo. Conduzo con una mano, con la otra mantengo el machete en su entrepierna. Llegamos al cercano pueblecito, Seíra, ciento cuarenta y uno habitantes. La leche, vamos. Menos mal, hay una gasolinera. Mientras relleno el tanque, Eric usa el wifi para conectarse con su portátil. Sobre el capó, le obligo a borrar todos los archivos que tiene almacenados. Al menos cuarenta. Le empujo de regreso a la camioneta, a ponerse al volante.

  • ¿Y ahora? ¿Me dejas marchar?
  • ¿Me juras que te vas a ir del país?
  • De verdad, te lo juro. La verdad es que no sirvo para esto.
  • Te creo – ya no tengo el machete en la mano. Me sonríe, más confiado. – Vamos a hacer una cosa. Conduceme hasta un sitio apartado, donde te pueda dejar. Regresaras andando. Así me dará tiempo a quitarme de en medio.
  • Claro, pero de verdad, no voy a hacer nada – su tono es casi amistoso.
  • Mejor porque no me gustaría que me decepcionaras. Creo que eres un buen tío, algo equivocado, pero con sentimientos.
  • Te lo juro, tío. Ya he aprendido la lección. Me iré en cuanto saqué la pasta que tengo en el banco.

Eric me indica un camino vecinal.

  • Tío, no sabes cuanto sentí pegarte. Eres toda una dulzura – aunque no fuera cierto, en este momento no le tengo demasiada tirria.
  • Joder, ojala nos hubiéramos conocido de otra forma. También me gustas un montón – se confiesa él, al detener la camioneta en mitad del camino.

Se inclina sobre mí y me besa delicadamente. Saboreo los labios masculinos. En Eric, no hay apenas diferencia con una chica. Le agarro de la nuca y le doy un buen morreo. Nos apartamos jadeando.

  • ¡Tío, bestial! – exclama.
  • Me gustaría probar esos labios en otra parte del cuerpo – le digo.
  • Te la puedo mamar aquí, en el coche – susurra, inclinándose de nuevo sobre mis labios.
  • ¿Tú crees que puedes mamar esta dulzura dentro de un coche? – le digo, desabrochando mi pantalón y sacando la polla.

Se queda sin palabras. La mira y remira.

  • ¡Joder, tío! ¿Es de verdad?
  • Puedes tocarla para convencerte.

La aferra con las dos manos. Está alucinado con mi polla, incluso creo que se ha olvidado de que le he sacado de la cama, amenazándole con un machete. Tiene razón Rasputín, si les das una salida, aunque sea poco creíble, harán lo que uno quiera.

Me dice que arranque de nuevo, impaciente. Sigo el camino que, más adelante, se bifurca y acaba ante las estructuras de unos chalés en construcción, detenidos cuando la caída del sector. Meto la camioneta detrás de los muros de ladrillos sin terminar.

  • Esto se paró hace un año. No viene nadie por aquí – dice, abriendo la puerta.

Cae de rodillas ante mí cuando me bajo. Está deseando catar mi polla, se le ve. Aplica su boca con suavidad. Nunca ha tenido una de ese tamaño. Se afana en masajearme la polla y las bolas, mientras que su lengua se convierte en un torbellino. Es todo un experto en chupar pollas. No creía que me fuera a gustar la boca de un tío, pero ahí está. Bueno, hay que decir que más que un tío, Eric es un tanto andrógino, sin pelos en la cara, con una belleza casi femenina, y sometido a mi voluntad. Eso cambia algo las cosas. De todas maneras, sigue siendo un tío y me está gustando que me la mame. Si no le miras, no hay apenas diferencias con una tía.

Tienes la oportunidad ahora.

Lo sé, por eso le he llevado allí. Puedo ocultarle en cualquier agujero y nadie le encontrará hasta meses o años después, si es que le encuentran.

Utiliza tu polla, Sergio. Es tu mejor arma. Métesela en la garganta y asfíxialo.

¡Me morderá!

Si se la metes a fondo, no podrá. Las mandíbulas no tendrán apoyo. Córrete en su garganta mientras agoniza. ¡Es lo mejor del mundo!

La idea me da tanto morbo que le hago caso. De un golpe, se la cuelo hasta la garganta, produciéndole fuertes arcadas. Intenta apartarse, sacársela, pero le sujeto la cabeza con fuerza, mi tripa golpeándole la frente. Tiene los brazos inútiles para hacer palanca y apartarse. Embisto con fuerza su garganta, próximo al orgasmo. Sus esfuerzos por aspirar aire producen espasmos en su garganta que me vuelven loco. Finalmente, me corro con fuerza, vaciándome durante lo que me parecen minutos, directamente a su esófago. Eric ha dejado de retorcerse. Sus pies mantienen un corto movimiento involuntario, fruto de la agonía, hasta que todo queda en silencio.

Me aseguro, dejándole mi polla aún metida un tiempo, aunque va perdiendo consistencia. Le tomo las pulsaciones. Cero. Está frito. Me guardo la polla matadora y exploro un poco la obra. Encuentro un pozo negro sellado. Uso la palanqueta para destaparlo y arrojo el cuerpo dentro, junto con su bolsa y su portátil.

  • Adiós, Eric. Espero que se la chupes igual de bien al diablo – me despido, cerrando la tapa y colocando sobre ella varios bloques de cemento.

¿Te ha gustado la experiencia?

“Puede que demasiado.”

¿Qué has sentido al planear la muerte de otro ser humano, y después ejecutarle?

“Poder, Rasputín, absoluto poder, y mucha excitación.”

Bien, ahora conoces las dos constancias de la sociedad humana.

“El placer y el poder.”

Vámonos a casa.

El legado. Cap 8

JANIS MULLIGAN

 

Sexo en Madrid.

Apenas son las nueve de la mañana cuando despierto. La verdad, nunca he dormido demasiado. Me visto para salir a correr, aunque, la verdad, sin ganas. Al bajar, me encuentro a madre en la cocina. Está vestida para salir.

  • Tu padre y yo vamos a Urdales, al mercadillo medieval. Nos llevamos a Gaby. En el frigorífico hay de todo, pero si no queréis complicaros la vida, compráis unos pollos asados – me dice. La excelente noticia me acaba de espabilar.

Padre está fuera con Gaby, cargando unos esquejes y unas macetas. Sin duda lo que piensan vender en el mercadillo.

  • ¿Dispones de un puesto en el mercadillo? – le pregunto.
  • Si, Pepe Camps me ha cedido el suyo. Está enfermo. A ver si podemos vender estos sobrantes y algunas de las plantas de tu madre.
  • ¿Cuándo estaréis de vuelta?
  • A media tarde, creo.
  • Suerte – exclamo, alejándome.

Me propongo ir a la cañada y volver. La vuelta la hago andando, pero estoy satisfecho. En unos pocos días más, notaré los resultados. Voy directamente a la ducha. Casi me dan ganas de cantar bajo el agua caliente. ¡Estamos solos en casa! ¡Un regalo!

Me calzo unas viejas pantuflas de paño, un pantalón de pijama que apenas uso, amplio y cómodo, y una camiseta cualquiera. Bajo a la cocina y enciendo la vieja estufa de leña, que acaba ardiendo con fuerza. Pongo la cafetera en el fuego y voy a la habitación de Pam.

Las dos están desnudas, tal y como las dejé anoche. Pam abraza a Maby por la espalda, pegando su pubis a las redonditas nalgas de su amiga.

  • ¡Arriba, dormilonas! – grito, apartando las cortinas de la ventana. Se quejan y rebullan en la cama, pero no abren los ojos. — ¡Vamos! Necesitáis despejar esa reseca. Tengo buenas noticias.
  • ¿Qué pasa? – pregunta Pam, alzando la cabeza y abriendo un solo ojo.
  • Estoy preparando el desayuno. ¡A la cocina, las dos!
  • ¡Yo no quiero una mierda! ¡Quiero dormir! – gruñe Maby, sin ni siquiera abrir los ojos.
  • Entonces, me iré a ver una película o algo así. Me aburriré, solo en casa – y salgo de la habitación. Ya en el pasillo, las oigo saltar de la cama.

Pongo pan a tostar y preparo la mesa. Ellas aparecen. Pam se ha puesto una de las batas de madre y Maby se ha enfundado un pijama que le queda algo corto, o puede que sea así. No lo sé.

  • ¿Qué es eso de que estamos solos? – pregunta Pam, intentando acomodar los rebeldes rizos de su cabeza.
  • Padre y madre han marchado al mercadillo mensual de Urdales. Se han llevado a Gaby. Saúl no aparecerá hasta la noche, como siempre. Solos. La casa para nosotros. ¡Y tú pretendías dormir! – cosquilleo el costado de Maby.
  • ¡Aayy! ¡No, eso no! Piedad… me dueleee la cabeza – se queja, retorciéndose.

Sube el café y Pam coloca la cafetera sobre el viejo protector de cáñamo que madre siempre utiliza. El aroma a café y pan tostado despierta el apetito de las chicas, a pesar de sus embotadas mentes.

  • Ah, eso es vida – suspira Maby. – Un desayuno que nos espera, alguien que nos mima. Se me despejan las telarañas del cerebro.

A continuación, me besa el brazo, por debajo de la manga de la camiseta.

  • El pobrecito se quedó ayer esperando – sonríe Pam.
  • Es cierto. Ni siquiera recuerdo haberme quitado la ropa. Estaba bastante borracha.
  • Ninguna de las dos lo hicisteis. Os desnudé yo – me río. — ¿Os acordáis de haber meado delante de los picoletos?
  • Dios… — se tapa los ojos Pam, al parecer recordando en ese momento.
  • ¿Te multaron? – me pregunta Maby.
  • ¿Por qué? ¿Por llevar a dos hermosas chicas borrachas? No bebí nada en toda la noche.
  • ¿A qué es un encanto? – pregunta mi hermana, al mismo tiempo que desliza uno de sus pies, descalzo, hasta mi regazo.
  • Vale, fieras. Puedo oler aún el alcohol en vosotras. Mientras recojo todo esto, ¿por qué no os dais una duchita? Os espero en el desván.
  • Claro, amorcito – me lanza un beso Maby, al levantarse de la mesa. Mi hermana la sigue, haciéndole cosquillas.

Tardo un minuto en limpiar la mesa y dejar las tazas y platos utilizados en el fregadero. Reduzco el tiro de la estufa y subo al desván. Dispongo de una pequeña catalítica que apenas utilizo, salvo en los días más húmedos. Es para secar el ambiente, más que por frío. Para mí, con la manta de la cama, tengo suficiente. La enciendo para caldear un poco el ambiente. El desván es muy grande y está muy vacío. Puede dar mala impresión a Maby.

Diez minutos más tarde, es la primera que aparece. No ha estado aquí arriba nunca. Trae una gran toalla enrollada y está descalza. Su pelo está húmedo. Parece casi una niña, sin maquillaje ni artificios. Yo estoy echado sobre la cama, solo con el pantalón.

  • ¡Que de sitio para ti solo! – exclama, paseando sus ojos por la gran estancia.
  • No tengo grandes hobbys – digo, abriendo las manos. — ¿Y Pam?
  • Se está secando el pelo. Ella tarda más – explica mientras se acerca a una de cuatro ventanas que perforan el desván. – Esto tiene un gran potencial…
  • Puedo montar un laboratorio estilo Frankenstein – quiero sonar irónico, pero no estoy seguro de haberlo entonado bien.
  • No, en serio. Me refiero a una buena mesa de trabajo. Quizás, maquetas, o aeromodelismo. Un taller de…
  • Anda, déjalo. Ven aquí – la llamo, palmeando el colchón. – Te va a dar frío ahí de pie.

Con una risita, salta a mi cama y rebota. No la espera tan dura.

  • ¡Joder! ¡Peazo cama, tío!
  • Ventajas de ser grande y pesar tanto – bromeo, abrazándola.
  • ¿Podemos empezar ya? Recuerda… las normas – me dice, mirándome, risueña.
  • Tonta…

Tengo muchas ganas de besarla. Llevo deseándolo desde que la vi en el tren. Sus labios son suaves y enloquecedores. Sabe besar muy bien, bueno, al menos, mejor que yo. Sus dedos acarician mi cara, mi nuca, se enredan en mi pelo. Aflojo la toalla, que queda olvidada sobre el colchón. Su esbelto cuerpo me enciende. De una manera diferente a Pam, es igualmente bellísima. Sus menudos senos no tardan en coronarse con sus inflamados pezones. Casi podría tragarme uno de esos montículos de carne, de un solo bocado. Pequeños, traviesos, enervantes.

Su vientre se curva ligeramente, mostrando un alto y pequeño ombligo. Tiene barriguita de niña, que termina en un pubis algo prominente, totalmente depilado. Todo en ella, invita a protegerla, a mimarla y abrazarla, y yo no puedo evitarlo.

  • Veo que lleváis prisa.

Pamela ha subido las escaleras en silencio. También va descalza y totalmente desnuda. La toalla está en su cabeza.

  • Ven, amor – tiende una mano Maby.

Mi hermana arroja la toalla que lleva en la cabeza al suelo. Agita sus rizos, que se pegan a su espalda, y se sube a la cama, abarcando la cintura y vientre de su amiga. El juego de los besos ha comenzado. Se alternan indiscriminadamente, enervándonos cada vez más.

Ah, ¡que recuerdos me trae esto!

“Tú, viejo, calla y disfruta, que me distraes.”

Maby se lleva mi mano a su entrepierna, deseosa de un contacto más prolongado. Está loca por meterse mi rabo. Yo toqueteo ese coñito que no parece haber roto un plato, y sus caderas bailan sobre mis dedos, mientras sus gemidos se vierten en la boca de Pamela.

  • Métesela ya – susurra Pam. – Se va a volver loca…

Tumbo a Maby sobre el colchón. Pam mete la almohada bajo sus riñones y mordisquea sus tiesos pezoncitos. Maby abre sus brazos, llamándome con urgencia. Me coloco sobre ella. Tengo miedo de aplastarla. Se ve tan frágil bajo mi cuerpo, pero su boca entreabierta y deseosa me atrae demasiado.

Está empapada cuando rozo mi glande contra sus labios mayores, abiertos e hinchados. Sus caderas buscan aumentar el frotamiento.

  • Por favor… hazlo ya… — suplica bajito.

Empujo suave. Se abre como una flor bajo el rocío. Su pelvis empuja a su vez. Su boca se abre más, impresionada, intentando soportar la presión. Sé que no ha entrado nada tan grande en su coño. Me freno; Maby engancha sus brazos a mi cuello y se empala, ella sola, varios centímetros más, y, de repente, se corre sin remedio. Pone los ojos en blanco y aferra, con una mano, la cabellera aún mojada de Pam, quien la besa ardientemente.

Aprovecho para sacársela y tumbarme en el colchón, boca arriba. Maby no está dispuesta a dejarme. Ese orgasmo la ha pillado por sorpresa y quiere seguir. La dejo que se empale lentamente ella misma. Pam la sujeta por detrás, aprisionándole los pequeños pechos. Esta vez, mi polla entra más profunda. Ese coñito es más hondo de lo que pensaba, aunque no alcanza a meterse todo el nabo.

Emprende un ritmo que, antes de un minuto, se vuelve frenético. Maby pierde las fuerzas y deja caer su espalda contra el pecho de Pam, quien la sostiene amorosamente, observando su rostro contraído por la lujuria.

  • Oh… Pam… ¡Dios… PAM! ¡Otra vez! Esto es la… lecheee… — consigue decir, la boca llena de saliva.
  • ¡Como se corre la cabrona! – musita mi hermana.

Pamela tiene que desempalar a su amiga, que se ha quedado inerte tras el segundo orgasmo. La miro y trago saliva.

  • Pam, por favor… voy a reventar – susurro.
  • En mi boca… lo quiero en mi boca – me advierte, tomando mi polla con ambas manos.

Con un par de meneos y frotando el glande contra sus húmedos labios, me dejo ir con pasmosa facilidad. Le queda una buena lechada sobre sus mejillas y boca. Maby la limpia rápidamente con su lengua. Parecen desatadas. Mi hermana parece dispuesta a seguir mamando su gran biberón, así que se instala más cómodamente, de bruces y sobre sus codos, entre mis piernas. Mi polla pierde algo de su tersura, quedando más manejable para los lametones de Pam.

Maby, con una traviesa sonrisa, se acopla entre las nalgas de Pam, sobando y apretando a placer, antes de bajar y buscar con su lengua los orificios de su amiga. Pam se queja nasalmente, deseosa de gozar ella también. No tarda demasiado y me muerde, sin querer, en el glande cuando le llega su orgasmo. No me quejo, apenas me ha dolido.

Maby trepa por la espalda desnuda de Pam y le susurra algo al oído, que la hace sonreír. A los pocos segundos, las dos están a cuatro patas, ofreciéndome sus nalgas, agitando sus culitos, mirándome por encima del hombro.

  • Ahora, como perritas – me incita Maby.
  • Si, si… como perras salidas – repite Pam, con la voz pastosa.

Entro en mi hermana, sin prisas, pero sin detenerme, un largo pollazo. Grita cuando le abro el coño de esa manera. Entonces, la saco y se la cuelo a Maby, a su lado, de la misma manera. Su coño está más dilatado y aguanta mejor. Sin embargo, le hago el mismo tratamiento, un largo empujón y la saco.

Tomo de nuevo a Pam, quien agita las caderas. Esta vez no hay quejas. Se la saco cuando llego a su límite y la emprendo con Maby. Así, una y otra vez, sin descanso. Un solo pollazo cada vez. Sus coños gotean largamente sobre la sábana cada vez que se la saco. Gimen tanto que podrían emular un coro. Dios, están totalmente salidas. Se devoran las bocas, una a la otra, con solo girar el cuello. Sus brazos tiemblan, cansados de soportar su peso y mis embistes, pero no se quejan, ni se rinden.

Decido que ha llegado el momento para ellas. Empujo todo lo que puedo en Pam y, al mismo tiempo, meto un dedo en el culo de Maby, sin lubricar y de una vez. Las dos gritan, pero las siento estremecerse. Bombeo fuertemente en Pam. Su grito se transforma en un balbuceo, sin pies ni cabeza, y acaba enterrando la boca en la ropa de cama cuando se corre.

Maby, desde que le meto el dedo en el culo, no deja de dar suaves hipidos, agitando las caderas. Le saco el dedo y le meto la polla. Casi consigo metérsela entera esta vez. Alarga el cuello como si mi miembro amenazara con salir por ese extremo, y emite un largo y extraño ululamiento, que considero una buena señal. Empiezo a empujar con ritmo.

Pam, a nuestro lado, se ha girado, quedando boca arriba y mirándonos, las piernas abiertas. Le toca sentir ese dedo en el culo. Mi hermana ignora que se lo he metido a Maby. Agita sus nalgas cuando siente mis dedos rebuscar por allí. Cree que es una de tantas caricias. Cuando mi índice la perfora si miramientos, su cuerpo empieza a botar, intentando sacar el cuerpo extraño, pero, ni sus saltos, ni sus manos, que no dejan de tironear, consiguen algo.

Maby, quien se ha corrido otra vez con la enculada, se lame los labios, mirando como bota Pam. Tiene los ojos entornados. Seguro que se acerca otro goce.

  • Tócate el coño, tonta – musita a mi hermana. – Aprovecha ese dedo…
  • Y tú… córrete otra vez, putón – sonríe mi hermana, aferrando un pezón de Maby con dos dedos, mientras que su otra mano se pierde en su propio coño.

No sé como lo consiguen, pero las dos empiezan a agitarse y a suspirar con fuerza. Yo también estoy a punto. Pego un par de puntadas más, profundas, secas, y descargo casi en el útero de Maby, quien encadena otro orgasmo al sentir el semen en su interior.

Por su parte, Pam ha levantado su pie izquierdo y me lo ha metido en la boca. Chupo esos deditos pintados mientras aumento la presión de mi dedo en su ano. Se retuerce prácticamente bajo tantos dedos, los suyos y el mío. Acaba arqueándose, formando un puente en la cama, espalda alzada, y piernas dobladas, sucumbiendo.

Me dejo caer de bruces, de través en la gran cama. Ellas ruedan hasta abrazarse a mi amplia espalda. Las oigo jadear, exhaustas. Besan mis hombros, mis omoplatos, soban mis glúteos, agradecidas, felices.

  • Duérmete, campeón – susurra Pamela, soplando sobre mi oreja.
  • Si… descansa… te lo has ganado – murmura Maby por el otro oído, lamiéndolo.

Buen trabajo, Sergio. Serás un digno sucesor…

Me despierta una suave y húmeda esponja. Pam y maby están arrodilladas en la cama, desnudas, manejando unas esponjas, que mojan en un barreño lleno de agua tibia y jabonosa.

  • Ssshhh… no te muevas. Te estamos lavando. No queríamos despertarte para ir a la ducha – me dice Pam, con una maravillosa sonrisa.
  • Que buenas que sois – respondo, frotándome los ojos.
  • No te creas. Te estamos aseando para enviarte al pueblo. Queremos comer – se ríe Maby.
  • Zorras…
  • Sip – asiente Pam. Le toca el turno a mi miembro de recibir el roce de las esponjas.
  • ¿Pollo? – pregunto.
  • Con muchas patatas, por favor – contesta Maby.
  • Sus deseos serán cumplidos, mes dames – digo, levantándome.
  • Mientras, cambiaremos las sábanas y pondremos la mesa – me informa Pam mientras me visto.

Mientras conduzco, pienso en lo diferente que se ve la vida cuando uno tiene a alguien que le espera, que comparte. Bueno, en este caso, dos. Todo parece nuevo para mí. La esquina de una calle, el césped de un parquecillo, la forma de una nube… Bueno, ya sabéis, todas esas cosas que dicen los poemas de los enamorados…

¡Pues claro que estoy enamorado! ¡Como para no estarlo! ¿Es que vosotros habéis conseguido algo mejor que ellas? Ya me parecía a mí…

Cuando regreso, la mesa está puesta y las chicas han reavivado la estufa de la cocina. Están desnudas, sin ningún pudor, pero Pam no tiene cara de felicidad. En ese momento, un móvil suena. Un mensaje.

  • El número dieciséis – comenta Maby, mirando de reojo el móvil que está en el alfeizar de la ventana. – La bronca tuvo que ser gorda, ¿no?
  • Eric – responde Pam a la muda pregunta de mis ojos. – Tengo un ciento de llamadas perdidas y muchos mensajes. Parece que me ha estado buscando todo el fin de semana.
  • Bueno, ya nos ocuparemos de eso – digo. – Ahora, a comer, que se enfría…

Nos reunimos alrededor de la mesa, sintiendo el calorcito de la estufa. Me dan ganas de desnudarme también, pero es muy tarde, casi las cuatro de la tarde. Padre y madre pueden volver en cualquier momento. No es una buena idea.

Intento contar algo que alegre el almuerzo, pero no lo consigo. Pam está mustia. El problema ha vuelto a su mente. Maby, por simpatía, se mantiene seria, aunque no sabe lo que sucede. Yo no me atrevo a forzar el momento. Casi al acabar su plato, Maby no lo soporta más y, brazos en jarra, pregunta:

  • ¿Es que no me lo vas a contar, Pam?

Mi hermana deja caer el tenedor y estalla en lágrimas. Ya se ha liado el follón. Al verla así, Maby comprende que lo que sea, es realmente jodido. Abraza a Pam e intenta consolarla.

  • Me… ha… vendido… — intenta explicar mi hermana, por encima de sus lágrimas.
  • ¿Qué te ha vendido? ¿Droga? – intenta comprender su amiga.

Pam niega con la cabeza y sus hipidos aumentan.

  • ¡Por Dios! ¿El qué? – Maby se impacienta, nerviosa.
  • A ella. La ha vendido a ella – digo, muy serio.

La mirada totalmente asombrada de Maby cae sobre mí. Se ha quedado anonadada.

  • Pam ha huido de Madrid, de Eric. Es un vulgar alcahuete chantajista – explico. – La ha ofrecido en la última fiesta a la que asistió, y luego ha llevado un cliente a vuestro piso, un tipo enfermo y sádico que la ha maltratado, humillado y vejado.

Maby sigue sosteniendo la cabeza de mi hermana sobre su pecho, calmándola, mientras ella misma asimila lo que le he dicho. Finalmente, alza el rostro de Pam, le limpia las lágrimas, y le pregunta:

  • ¿Qué tiene sobre ti? ¿Con qué te chantajea?
  • Grabaciones… guarras…
  • ¿Muy guarras?

Pam asiente, sorbiendo.

  • Es un círculo vicioso. Primero era algo entre ella y Eric, algo que no era demasiado perverso, pero que podía ser vergonzoso. Pero al obligarla a realizar más cosas, obtiene más y más pruebas que la comprometen. Es un experto en estas cosas. Por lo visto, tiene a muchas más chicas en el ajo, ¿verdad, Pam?
  • Si, Sergi. Algunas son conocidas nuestras, de otras agencias.
  • ¡Que pedazo de hijo de puta! Con esa carita de bueno que tiene…

Empiezo a recoger la mesa y pongo la cafetera. Se nos ha quitado las ganas de comer.

  • ¿Por eso viene Sergi a Madrid? – cae Maby en la cuenta.
  • ¿Y la policía?
  • Todo sería subido a Internet. No soportaría que mi familia lo viera – crispó las manos Pam.
  • ¿Entonces…?
  • No lo sabemos. Necesitamos más información primero – digo, llenando el fregadero de agua.
  • Yo conozco gente que se puede encargar de un tema así. Costaría un buen dinero, pero podemos… — insinúa Maby.
  • Es una opción que le recomendé, pero, apartando que Pam no desea su muerte, implicaría meter a más gente en el asunto. Al final, no es una buena idea. Si hay que matar a alguien, siempre hay tiempo.

Lo dije con total frialdad, sin pasión alguna. Era como si ese tema estuviera totalmente asumido.

  • Subid y vestíos. Mis padres están a punto de regresar. Yo fregaré todo esto.

* * * * * * *

El viaje a Madrid resulta menos alegre de lo que había imaginado. Me encuentro al volante de mi camioneta. Pam y Maby, sentadas a mi lado, visionan todos y cada uno de los mensajes de Eric. Son intimidantes en su mayoría:

“dnde stas puta? No t sirve dna esconderte. T voi a encontrar zorra y t vas enterar. Como l lunes no stes en casa subire to a la red. E perdio 2 clientes x tu culpa puta!!.” Todo por el estilo.

De verdad que tengo unas ganas de echármelo a la cara…

Sin embargo, a medida que nos acercamos a la capital del reino, las chicas empiezan a recuperar parte de su jovialidad. Charlando sobre donde van a llevarme, todo lo que van a enseñarme de la ciudad, y lo que se van a reír cuando me presenten a sus amigas y compañeras.

Nunca he estado en el piso de Pam y Maby, ni tampoco en Madrid. Padre y madre, que si han estado, me dijeron que era un estudio muy coqueto, pero pequeño, en un ático.

  • ¿Cómo nos las vamos a arreglar? Creo que vuestro pisito es pequeño – pregunto.
  • Tranquilo, peque. Es suficiente para nosotros – dice mi hermana.
  • Si, hemos pensado pasar la cama de Pam a mi habitación, que es la más grande. De esa forma tendremos una cama grande donde dormir los tres juntos.
  • Seré vuestra mula de carga – las dos se ríen.
  • ¡Qué hambre tengo! – exclama Pam.
  • Claro, no comiste nada al mediodía – le pellizca la barbilla su amiga.
  • Normal, con el berrinche…
  • Bueno, madre nos ha metido unos cuantos tupperware en una bolsa. He visto albóndigas, croquetas, algún guiso casero, y un par de postres. Solo tenemos que meterlos en el microondas – las informa.
  • ¡Bendita sea tu madre! – suspira Maby.

Gracias a Dios, no tengo que entrar en Madrid con la camioneta. La M30 me lleva a un desvío y una rotonda, desde la cual tengo el barrio de mis chicas a un tiro de piedra. Encuentro un buen aparcamiento en un parquecito. Las calles están tranquilas y bien iluminadas.

  • Es un buen barrio – me dice Pam. – No es que sea exclusivo, pero la mayoría de vecinos son de mediana edad.
  • Si, aquí abundan los oficinistas y los burócratas – puntualiza Maby.
  • Entonces, esto estará tranquilo, ¿no?
  • A veces, demasiado – rezonga la morenita.

El edificio donde se ubica el piso tiene menos de diez años. No es glamoroso pero es funcional y está limpio y bien pintado. Tiene diez plantas. Dos estrechos ascensores, uno para los pisos pares, otro para los nones. La verdad es que el ático me encanta. El pisito es pequeño pero muy bien distribuido. Un salón multifuncional, con cocina, comedor, sala de estar, y despacho. Dos amplios dormitorios con el cuarto de baño en común, y un cuartito donde se amontonan el calentador, la lavadora y la secadora, así como los utensilios de menaje, y de donde partían unas escalerillas metálicas que conducían a una pequeña terraza, de uso particular. En ella, las chicas suelen tomar el sol en las dos hamacas dispuestas. Todo un lujo, desde luego.

Las paredes del pisito, pintadas de varios tonos, obtienen buenos contrastes relajantes y todo el suelo es de auténtico parquet de madera.

  • ¿Es caro? – pregunto.
  • 500 € al mes.
  • Está muy bien. ¿Cómo lo conseguisteis?
  • Era de la tía solterona de una compañera – explico Pam.
  • Si, una de esas viejas chifladas con muchos gatos. Se puso enferma y estaba en el hospital. Su sobrina nos dijo que no creía que saliera con vida. Así que vinimos a hablar con el casero.
  • Al principio, no le gustábamos. No quiere gente joven en sus pisos, por eso de las fiestas y demás. Pero en cuanto le sugerimos que nos encargaríamos de repintarlo, de sanearlo, y de deshacernos de los gatos, aceptó.
  • La señora murió en quince días. Cuando mi madre estaba con nosotros, mantuvimos la otra habitación que había, donde ella dormía. Pero, cuando se marchó, hicimos una pequeña reforma y así ha quedado – explicó Maby, orgullosa.
  • Mola – alabo. – Bueno, ¿qué hacemos? ¿Cenamos o movemos muebles, primero?
  • ¡¡Mudanza!!

Una vez que las chicas ven como queda una cama enorme en una habitación, deciden que así debe quedar, aunque yo no este. Desde ahora, dormirán juntas. Comentan que encargarán un cabecero común para las dos camas, y un colchón a medida. Además, la habitación de Pam queda como el vestidor común. Yo les prometo que desarmaré los dos armarios, el de Pam y el de Maby, para usarlos como estanterías para el vestidor. “¡Va a parecer el de una estrella de cine!”, palmean, encantadas.

Calentamos un poco de sopa de verduras y devoramos las benditas croquetas de madre. No hay nada interesante en la tele y las chicas deben madrugar. Así que nos vamos a la cama antes de las doce. Hay que estrenar la cama.

Las chicas se empeñan en jugar con mi polla de todas las maneras, usando manos, axilas, piernas y, finalmente, pies. Con cada una de ellas sentada a lado, con las piernas extendidas, sus pies masajean, frotan y soban mi polla. Me la han pringado de aceite Johnson y resbala que da gusto. No paro de gemir y ellas se esfuerzan aún más. No tardo mucho en correrme con un berrido.

Me dejan recuperarme mientras ellas se afanan en rodar abrazadas, besándose y morreándose. No sé lo que tienen dos tías besándose y frotando sus cuerpos desnudos, pero consiguen ponerme a tono en menos de lo que canta un gallo. Ni siquiera las separo. Aprovecho para meter de nuevo mi polla tiesa entre sus cuerpos, entre sus pubis apretados. La longitud de mi miembro me permite hacerlo.

Las chicas se ríen de mi juego y se acoplan a la perfección. Rotando sus pelvis, alcanzan a rozar sus vaginas contra mi polla o entre ellas, dependiendo del movimiento y del impulso. Pronto, los movimientos se convierten en una carrera desenfrenada para alcanzar un anhelado orgasmo. Maby es la afortunada, ya que es quien se encuentra encima de todos, y puede acelerar sus movimientos de pelvis hasta venirse largamente.

Pam se la quita de encima y se pone a cuatro patas. Parece frenética. Ella misma coge mi rabo con la mano y se lo mete, sin demasiados miramientos, en el coño. Se introduce el dedo corazón en el ano y se estremece. Creo que eso le ha gustado. Acelero mientra siento las manitas de Maby sobre mi pecho, desde atrás, pellizcándome los pezones.

  • Hermanito… la quiero por el culo… — jadea Pam. Creo que no la he entendido bien.
  • ¿En el culo? ¿Ahora?
  • Cuando quieras… Sergi…

Le harás daño. Nuestra polla es demasiado grande y gorda. Hay que entrenarla primero.

  • Te prometo que te lo haré, cuando estés preparada – gruño a causa del dedo que Maby me mete en el culo.
  • A mí también – susurra en mi oído la morenita. – Nadie nos lo ha hecho… somos vírgenes de culito.
  • Os follaré a las dos por el culo… hasta dejaros sin mierdaaaa… aahhhaaa… manita… m-mm corroooo… — la voz de Maby y sus palabras me excitan totalmente.
  • Ssiii… ¡Dame tu leche, Sergi!
  • ¡¡PUTA GUA…RRA…INCEST…U…OSA!! – aúllo al soltarlo todo en su vientre.
  • ¡¡¡SI…. TE A…AAMO… SERGIII!!! – grita Pam, sin control.
  • Y yo os amo a los dos – susurra Maby, apretándose fuertemente contra mi espalda.

* * * * * * *

Despierto como todos los días, a las siete y media de la mañana. Las chicas están dormidas, abrazadas a mí. No sé si tienen que ir a trabajar o no, ayer no las llamaron. Diciembre no es un mes bueno para trabajar como modelo, según Pam. Todas las campañas ya se han hecho y las de verano, no empiezan hasta febrero. Como no sea algo muy puntual, un desfile privado, algún anuncio, o algo así, la cosa está tranquila.

Me levanto con cuidado de no despertarlas. Me pongo mi ropa para correr. No es de lo más fashion para ir por las calles, pero no tengo otra cosa. Esto no es la granja, me obligo a recordar.

A pesar de lo temprano que es, hay bastante movimiento en la calle. Gente que se dirige a la parada de autobús, que sacan sus coches, que caminan presurosos y abrigados. Muchos me miran, asombrados de la poca ropa que llevo puesta.

Recorro un gran cuadrado imaginario, cortando calles, una avenida, un parque, y un acceso a la autovía. Compruebo donde se encuentran ciertos comercios que puedo necesitar. Un supermercado, una ferretería, una panadería, dos tiendas de chinos, y una farmacia. Con eso estoy cubierto. También he visto un bingo, varias peluquerías, un veterinario, una librería… ah, y un sexshop. Interesante este último.

Regreso al piso y subo a la azotea. Allí puedo hacer mis rutinas de flexiones y abdominales. Ya no me canso tanto. Tengo que acordarme de pesarme y medir mis contornos, sino no puedo controlar mi avance. Las chicas deben tener algún peso de confianza.

Me ducho y me visto. Miro en el frigorífico y hay poca cosa, pero me permite hacer un desayuno imaginativo. Habrá que ir al super más tarde.

  • ¡El desayuno, chicas! – grito al quitar la cafetera.
  • No había por qué madrugar hoy tanto – se queja Maby, enfundándose la camiseta de un pijama rosa.
  • No tenemos nada programado para hoy – se une Pam, quien sale del dormitorio solo con las braguitas.

Las miro, sirviendo unas tazas.

  • ¡Estáis guapísimas recién levantadas! – piropeo. – Atractivo natural.
  • Tonto – saca la lengua Maby.
  • He hecho tortitas con un resto de harina que había y una extraña mantequilla que debería estar rancia. Hay que ir a reponer víveres. ¿Desde cuando no vais a comprar?
  • Nunca vamos – alza los hombros Pam. – Pillamos de paso lo que nos hace falta, y una vecina nos compra el pan todos los días. La mayoría de las veces comemos fuera, en el trabajo, o pedimos algo por teléfono.
  • Con razón os encanta la cocina de madre – las regaño, colocando ante ellas sus tazas de café. – No hay leche, así que tiene que ser solo.
  • Es igual.
  • Ahora que estoy aquí, comeréis algo mejor.

Mientras desayunamos, les pregunto por su trabajo. No sé mucho sobre lo que hacen. Pam me explica que ella se dedica más a publicidad que a moda, pero que acepta lo que caiga. También hace presentaciones de bebidas en discos y pubs, o de azafata en convenciones, salones de automóviles y cosas así. En cambio, Maby se decanta más por las pasarelas y las sesiones fotográficas de moda, aunque, al igual que mi hermana, no rechaza nada. Han tenido un buen otoño, así que tienen la cuenta cubierta dos o tres meses, pero no pueden dormirse en los laureles.

Cabeceo. Se ganan bien la vida y eso que no son modelos célebres.

  • Me gustaría encontrar un trabajo aquí y quedarme una temporada – digo. – Pero no me atrevo a dejar la granja. Padre no puede solo y no creo que pueda costearse un trabajador a tiempo completo.
  • No puedes estar toda la vida con ellos, Sergi. Tienes que hacer tu vida – me dice Pam, poniéndome una mano sobre el hombro.
  • Creo que has acostumbrado a tu padre a trabajar demasiado. Haces el trabajo de varios jornaleros – me regaña Maby.
  • ¡Eso se lo he dicho más de una vez! – la apoya Pam.

Me encojo de hombros, dándoles la razón.

Tienes que salir de esa granja. No crecerás más en ella.

Todos en contra. Gracias.

Intentaré buscar la mejor manera de hablar con padre. Va a ser duro.

  • Otra cosa. ¿Tenéis herramientas?
  • Ni una sola.
  • ¿Nos vamos de compras? – les pregunto para animarlas.
  • ¿Compras? – levanta una de sus graciosas cejas Maby.
  • Pues si. Tenemos que ir al super. Hay que reponer la nevera. He visto una ferretería cerca y un par de chinos. Si tengo que haceros el vestidor necesito herramientas, puntillas, un metro, alambre, unas barras metálicas…
  • Uy, que de cosas…
  • Venga, vestiros, monísimas, que ahora me toca invitar a mí.
  • ¿Nos vas a invitar a herramientas? – se altera Pam.
  • Si, y voy a llenaros esa nevera vacía.
  • Pshhhé… eso nos pasa por traernos un cateto a Madrid – Maby tiene que salir corriendo, antes de que la atrape.

Coloco la lona de la caja de la camioneta y nos vamos, en primer lugar, a la ferretería. Compro un martillo, unos cuantos destornilladores, un metro extensible, un nivel, un maletín con un taladro y varias brocas, una pequeña sierra y una barrena para madera, varios paquetes de puntillas de distintos tamaños, tacos, tornillos, presillas, cárcamos y alcayatas, alguna escuadras metálicas, varios ganchos de acero, y diez barras metálicas de cuatro metros.

Deslizo todo bajo la lona y mi próxima parada deja a las chicas con la boca abierta. Abro la puerta del sexshop y les pido que entren.

  • ¿Qué hacemos aquí? – me pregunta Pam, dándome un pellizco en el brazo.
  • Me pedisteis algo anoche, ¿no os acordáis?

Pam enrojece y Maby se ríe por lo bajito.

  • No creeréis que voy a usar el rodillo de la cocina o algo así, ¿no? Hay que ser profesionales – dejo caer, con una gran sonrisa. Quien me haya visto la semana pasada…

Mira por donde, hay una chica joven despachando. Lleva varios piercings en la ceja y en la oreja izquierda. Los ojos furiosamente pintados de morado y el pelo naranja. Podría ser atractiva sino usara esas tonterías.

  • ¿Buscáis algo en especial? – nos pregunta, con una bonita sonrisa.

La tienda es amplia y está vacía, así que puedo hablar en confianza.

  • Pues si. Necesito un juego completo para dilatarles el culito – señalo con el pulgar a las chicas.
  • ¡Sergi! – exclaman, avergonzadas.
  • Bueno, el esfínter. Es más delicado, ¿no?

La dependiente se ríe. Ella tampoco se esperaba mi frescura, y si os tengo que decir la verdad, yo tampoco. Me siento otro en la ciudad.

  • Bueno, tengo dilatadores intercambiables, y todo un set de equipo anal. Todo depende del tiempo que se disponga – responde, pasando su mirada de las chicas a mí.
  • El tiempo siempre está en contra últimamente.

Vuelve a reírse.

  • Entonces te aconsejo un cinturón reversible – pasa a tutearme.
  • Explícame la jerga.

Me saca uno para que lo vea. Es como uno de esos cinturones fálicos que se ponen las lesbianas, para disponer de un pene falso, solo que ese pene puede apuntar tanto hacia fuera como hacia dentro.

  • El dildo es intercambiable a cualquier tamaño y el cinturón está equipado con baterías recargables y mando a distancia.
  • Interesante – digo, dándole vueltas en mis manos. – Pues entonces necesito dos de estos y dos vibradores anales, de tamaño medio.

La chica saca dos cajas sin abrir, con la foto explícita de lo que trae en el interior.

  • Un bote de lubricante con buen sabor también.
  • Por supuesto, eso va de regalo.
  • Muy agudo, gracias – guiño un ojo. — ¿Veis algo que os gusta?

Las chicas están curioseando por toda la tienda. Maby levanta un largo consolador doble, una de esas cosas monstruosas de dúctil textura, que dan tanto morbo en las escenas porno. Es como si un alquimista loco hubiera unido a dos grandiosas pollas roseas, por su base, cada glande apuntando en dirección opuesta.

  • Mira, Sergi, es más o menos de tu tamaño.

La dependiente vuelve a reírse cuando se da cuenta de que ella es la única en hacerlo. Sus ojos me atraviesan.

  • Ponlo también en la cuenta – le digo.

El sexshop es el tema de conversación de toda la mañana. Las chicas han alucinado con lo que han visto. Creo que se han hecho la promesa de probar más cosas. Al menos, las enseño a comprar en un supermercado y que es lo básico que necesitan en una casa. La verdad es que nos divertimos comprando.

Después de almorzar, Maby se marcha. Dice que tiene que resolver ciertas cosas para empezar de cero. Tanto Pam como yo no sabemos a qué se refiere, pero no preguntamos; ya hablará cuando lo necesite. Me dedico a sacar la ropa del armario de Maby, mientras que mi hermana vacía el suyo. Suena el timbre de la puerta y Pam abre. Una voz burlona hace vibrar mis tripas. Asomo un ojo por la puerta a cuchillo.

  • ¿Así que te has tomado unas vacaciones? – pregunta con indolencia un chico rubio y bien plantado, que entra en el piso como si fuera suyo. Lleva el pelo muy cortito, salvo el flequillo, peinado casi en una cresta. Tiene los ojos muy azules, aunque suele entrecerrarlos con su pose chulesca. Mide cerca del metro ochenta y su cuerpo parece trabajado. Sin duda es el famoso Eric. Pam tiene razón. Es muy guapo, casi femenino.

Pamela retrocede, disculpándose con un balbuceo. Hace un esfuerzo para no mirar hacia el dormitorio y delatarme.

  • Te has portado muuuy mal, zorra. Me has hecho perder buenos clientes al no poder contactar contigo. Vas a tener que compensármelo.
  • No, Eric… eso se ha acabado – el cuerpo de Pam se yergue, dispuesta a luchar.
  • Se acabará cuando yo lo diga. Tienes todavía mucho jugo que dar, pelirroja.
  • Le he contado todo a mi familia. Estoy haciendo las maletas – miente, señalando toda la ropa que tiene ya fuera. – Me marcho de Madrid. Regreso con mis padres.

Eric le da una patada a una silla, enviándola contra la pared.

  • ¿Te crees que te vas a escapar así y ya está? He invertido mucho tiempo en ti, puta. La familia es lo de menos, perdona cualquier cosa.

Eric atrapa los brazos de mi hermana y la sacude fuertemente.

  • Si subo el archivo que tengo sobre ti, perderás tu trabajo y estarás marcada como modelo, tonta del culo. Afectará a tus relaciones, a tus amistades, a cuanto eres. Incluso pueden acusarte de prostitución. No te creas que el escándalo pasaría en unos meses. Me encargaré de actualizar el asunto cada cierto tiempo. Te haré la vida muy difícil, puta barata.

Me arden los puños de apretarlos. Ya no puedo seguir escuchando a esa comadreja. Sus bellos ojos casi se salen de las órbitas cuando le sorprendo, surgiendo del dormitorio.

  • ¿Quién…? – trata de preguntar, pero no le doy tiempo.

Avanzo hasta él con rapidez, los ojos encendidos de ira. Intenta escabullirse, pero soy más rápido de lo que aparento. Le estampo de boca contra una pared, arrancándole un gruñido. Mi puño se incrusta en sus riñones. Cae de rodillas, jadeando. Le pateo duramente, aplastándole contra el suelo.

  • ¡Sergi! – grita mi hermana, tratando de frenarme.
  • Veras, capullito – le digo al oído, poniéndole en pie con una mano. – Soy su hermanito. Ya sabes, un palurdo de pueblo… De donde vengo, a los tipos como tú se les llama chulos resabiados, y no tenéis buena fama, ¿sabes?

Le dejo recuperarse un poco para que intente algo, y lo hace. Me lanza su codo con fuerza, alcanzándome en el pecho, pero no me inmuto. Le aplasto aún más contra la pared y sus pies ya no tocan el suelo. Eric gime, asustado. Patalea, golpeando mis espinillas. Ni caso.

  • ¡Sergi, por Dios, le vas a matar! ¡Déjalo! – tira de mi Pam.

Lo lanzo de nuevo, como un muñeco. Rebota contra la mesa de comedor y cae al suelo, sin aire.

  • Me va a costar poco trabajo partirte como una caña – me mira desde el suelo, acobardado, cuando me acerco. – O puede que no te mate. No, creo que no…

Veo la esperanza en sus ojos, ya que mi hermana sigue enganchada a mi brazo, tratando de frenarme.

  • No, definitivamente, no te mataré – mi bota se alza, proyectando su sombra sobre su rostro. – Te machacaré la cara a pisotones, mejor. Lo haré tan bien que ningún cirujano podrá recomponer esa dulce carita de maricón. Así no podrás seducir a ninguna chica más…

Aúlla como un condenado con el primer pisotón, que le fractura algo. No sé qué, pero oigo el chasquido del hueso. Se cubre la cara con los brazos. Piso con más fuerza, ahora estoy seguro de que es una muñeca la que chasquea. Gira por el suelo, entre lastimosos gemidos. Le lanzo un par de patadas a las costillas, que le hacen toser. Se aferra, como puede, a mi pierna. Creo que balbucea una disculpa, pero no le escucho bien. Mi hermana suena histérica detrás de mí. Piso su cara, pero mi bota resbala y cae finalmente sobre un hombro. Cuando aumento la presión, patalea, frenético. Seguro que siente como el hueso se sale de su alveolo.

El dolor debe ser de cojones, pero sigo poniendo más peso y presión. Sus gemidos se convierten en alaridos que apenas resuenan en mis oídos, concentrado como estoy en hacer daño. Los ligamentos ceden con un crujido. Puede que la cabeza del hueso esté astillada. Mejor. Su bello rostro está crispado, sudoroso. Tiene los ojos fuertemente apretados. Le escupo y mi pie se alza de nuevo, preparado para seguir con el castigo.

En ese momento, la puerta de entrada se abre y aparece un hombre en camiseta, de unos cincuenta años. Entra gritando algo, pero su voz se pierde cuando contempla lo que sucede. El hombre, seguramente un vecino, consigue apartarme de mi objetivo. Pam le ayuda.

Eric se arrodilla en el suelo, tosiendo y lloriqueando. Jadea y me mira con verdadero terror. Se pone en pie y sale corriendo por la puerta abierta. Mal asunto. Una babosa como él no es nada bueno estando suelto. Levanto las manos para indicarle al hombre que ya estoy bien y él se aparta. Mira a Pam y le pregunta que ha pasado.

Pam no responde, solo llora, aterrorizada.

  • Está bien, está bien, vamos a calmarnos – digo, sentando a mi hermana en el sofá. – Soy su hermano, ¿y usted?
  • Soy el conserje. Estaba arreglando una cañería en el piso de abajo cuando escuché el estrépito. Me llamo Carmelo.
  • Sergio – me presento, ofreciéndole mi mano. El hombre tiene fuertes manos. Lleva un tatuaje de la Legión en el hombro.
  • ¿Qué ha pasado? ¿Hay que llamar a la policía?
  • Era el novio de mi hermana. Un niñato prepotente y creído. Pam se marchó al pueblo la semana pasada para confesarnos los maltratos de su novio.
  • Madre mía – musita el hombre, agitando la cabeza.
  • Así que me he venido con ella, más que nada para tratar de mediar. Pero no me ha dado tiempo, el cabrón. Se ha presentado por sorpresa, mientras arreglaba el armario del dormitorio. Se ha puesto a vocear y a pegarle, sin ton, ni son. Le juro que lo he visto todo rojo. Creo que me he empleado bien con él. Si no llega usted a llegar, no sé lo que hubiera pasado.

Creo que me ha salido todo muy natural, mezclando mentiras y verdades. Lo cierto es que no he perdido los nervios ni un solo momento. No es que estuviera frío y calmado, pero sabía perfectamente qué estaba haciendo y qué quería hacer.

Hay que tener los nervios templados en cualquier momento. Puede que sea una ventaja tenerme en tu cabeza.

Asiento para mí y lleno un vaso de agua para Pam.

  • Puede que sea mejor que presentéis una denuncia antes que lo haga él. Le has machacado toda la boca. El hospital al que acuda presentará un parte de lesiones – el conserje parece saber de lo que habla.
  • Si, creo que tiene razón. No vaya a ser que encima, ese cabrón me haga pagar por sus gastos clínicos.
  • Si me necesita como testigo, no tiene más que decírmelo.
  • Gracias, señor Carmelo.
  • Solo Carmelo. Pegas duro, chaval – me sonríe, antes de marcharme.

Me siento al lado de Pam y la abrazo, una vez a solas. Ya no llora, pero su cuerpo tiembla, como si estuviera aterida. Necesita desahogar tensión.

  • ¿Estás bien?

Asiente. Me mira y musita:

  • ¿Y tú?
  • Ni me ha tocado.
  • Creí que le matabas, Sergi.
  • Es lo que quería hacer en ese momento. Menos mal que ha llegado el conserje. ¿Hay una comisaría cerca?
  • Más allá del parque. ¿Vamos a denunciarle?
  • Tenemos que hacerlo. Puede darnos problemas.
  • Pero… subirá los archivos a Internet.
  • No creo, Pam, al menos, no de momento. Ahora, está acojonado por la paliza. Habrá acudido a un hospital. Calculo que tendemos unas cuarenta y ocho horas, antes de que decida algo coherente. Los calmantes que le pondrán para el dolor le tendrán grogui bastantes horas.
  • Entonces, ¿qué hacemos?

Tienes que actuar de inmediato. Atrápalo en su propia casa…

“No es tan fácil, viejo. Está época es muy jodida. Las autoridades tienen la capacidad de reconstruir los crímenes con las meras partículas que deje atrás un criminal. Además, no sé si ese mal nacido está solo en esto o tiene cómplices. Eso es lo primero que debo averiguar, su implicación.”

Está bien. Tú sabes más que yo de tu época, pero, recuerda, una acción directa y rápida, sigue siendo lo más eficaz.

  • Vamos a la comisaría, pero antes… lo siento, Pam.

Y le arreo dos ostias bien fuertes en la boca, rasgándole el labio inferior. Se queda mirándome, atónita, con la sangre manchando su camiseta. Repito los golpes, pero, esta vez, más arriba, sobre sus pómulos, enrojeciéndolos enseguida. Cae sobre su costado, el cabello tapándole el rostro. La ayudo a levantarse. Las lágrimas brotan de sus maravillosos ojos. Examino las marcas. Perfectas, saldrán moretones.

  • ¿Sabes por qué lo he hecho, cariño? – le pregunto, acariciándole el pelo.

Ella asiente y suspira cuando le seco la sangre que le resbala por la barbilla.

  • Marcas para la policía… — musita bajito.
  • Chica lista – sonrío y la beso en la nariz.

Por el camino, ensayamos lo que tenemos que declarar. Ella está más calmada. Cuatro ostias hacen milagros. Le digo que debe fingir un poco de histerismo, que siempre queda mejor.

  • Soy buena actriz – gruñe, pero sonríe levemente.

Nos pasamos casi tres horas en la comisaría. Nos toman declaración y un médico forense toma nota de las lesiones de Pam. Recibo una llamada de Maby, quien está preocupada por como ha encontrado el piso, al llegar. Le cuento lo sucedido y le digo que vamos para allá. Cuando llegamos, las chicas se abrazan y lloran juntas, como magdalenas. Maby la besuquea sin parar, tratando de sanarle así las marcas de la cara. Las siento a las dos y las pongo al corriente de lo pienso hacer.

  • Es urgente que sepa si Eric lleva solo ese negocio o tiene más socios.
  • No lo sé. No he visto a nadie más con él, en las dos ocasiones – cuenta mi hermana.
  • Puede que lo sepa alguna de las otras chicas – insisto.
  • Pero solo conozco de vista a dos de ellas, de otra agencia de modelos.
  • ¿Sabes cómo se llaman?
  • Si, además, Maby las conoce también. Podría ir contigo.
  • No me gusta que te quedes sola – niego con la cabeza.
  • No me pasará nada. Echaré el cerrojo y la puerta es bien resistente. Además, Carmelo estará al cuidado si se lo pides.
  • Está bien. Mañana haremos de investigadores, Maby – le digo, tomándola de la barbilla.
  • ¡Guay! – exclama, alegre.
  • Anda, Pam, échate un rato en la cama mientras preparamos la cena – aconsejo a mi hermana.

Cuando se marcha al a dormitorio, pongo a Maby a cortar los ingredientes de una ensalada, mientras yo hiervo pasta.

  • ¿Qué piensas hacer con Eric cuando llegue el momento? – me pregunta en voz baja.
  • Seguramente matarle. Es peligroso dejarle suelto.
  • Eso pensaba.
  • Debo actuar enseguida. Cuanto antes mejor. Así evitaré represalias de cualquier índole.
  • Pero no puedes hacerlo a lo loco. No deben descubrirte.
  • Por supuesto, no soy ningún mártir. Eric no parece ser quien ha ideado un negocio tan organizado, ni tan grande, con tantas chicas. Él podría llevar a un par de ellas, a lo sumo. Se necesita mucho tiempo y recursos para prepararlas, educarlas, y chantajearlas. – en realidad, todo eso me lo había dicho Rasputín, aquella misma tarde, en comisaría. – Creo que solo es uno de los pececillos de la pecera, un gancho. Eso puede ser bueno o malo, aún no lo sé. Si las pruebas que tiene sobre Pam las retiene él, todo irá bien, pero si las tiene un socio, o un superior, puede complicarse.
  • Pero, a las malas, Pam puede vivir con ese escándalo, ¿no? – pregunta Maby, con ansiedad.
  • Eric dijo una gran verdad cuando la amenazó, aquí mismo – suspiré. – No solo romperá su trabajo, sino toda su vida social y familiar. Una cosa así, removida constantemente en la red, puede arruinar toda tu existencia: amigos, relaciones amorosas, familia, sin hablar de la vergüenza propia. Estoy dispuesto a evitarle todo eso a Pam, aunque tenga que ir a la cárcel, ¿comprendes?
  • Si – y me da un fuerte abrazo. – Cuenta conmigo para lo que sea. Mañana, te llevaré a esa agencia y encontraremos a esas chicas. A ver que nos cuentan.

Pam aparece una hora después. Nos besa a los dos y nos da las gracias por todo. Le doy un azote cariñoso en el culo. Sus labios se han hinchado, así como un pómulo, el cual ha tomado un color amoratado. Va a tener que pasarse unos días en casa, seguro.

Cenamos, casi en silencio. Pam está muy retraída, quizás rumiando todo el embrollo. Sin embargo, se come la ensalada de pasta y los canapés gigantes y calientes que he sacado del horno, con gran apetito. Maby se chupa los dedos y tampoco habla.

Después de cenar, nos sentamos a ver la tele. Maby se sienta sobre mis piernas, aunque tiene sitio en el sofá. Dice que le gusta abrazarse a mí. Pam, al contrario, no se acerca a mí. Tiene las piernas recogidas y se apoya en uno de los brazos del mueble. Sin embargo, si ha cogido mi mano, a la que sostiene contra su regazo. Maby no deja de rozar su culito contra mi entrepierna, buscando levantar a la bestia dormida, y lo está consiguiendo. Ellas llevan puestos sus pijamas, pero yo aún llevo ropa de calle.

Mi mano libre acaba en la boca de Maby, quien se deleita chupando y lamiendo cada uno de mis dedos. Pam nos mira y sonríe.

  • Iros a la cama, tontos. Ahora iré yo… — nos dice.
  • No, vámonos todos – dice Maby con un mohín.
  • No, no estoy de humor ahora. De verdad – se incorpora más y acaricia la mejilla de su compañera. – Os doy permiso… follad sin mí. Os quiero.

Retozar a solas con Maby, puede ser toda una experiencia. Aunque más joven que mi hermana, tiene más cama que ella. Nada más desnudarla, le como el coño con mucha lentitud, profundizando todo lo que puedo. Maby acaba saltando en la cama, rodeando mi cabeza con sus piernas, casi asfixiándome.

  • ¡Joder… joder! ¡Me vas a mataaaar! – chilla a placer. — ¡Eres un puto animal… de granja, cabrón! ¡Diossss… como co… comeeess!

Tras el orgasmo, se queda jadeando en la cama, con la mano sobre su pecho desnudo. Yo apoyo la barbilla en mi mano, tumbado entre sus piernas, y la miro, embelesado. Me encanta observar como recupera el resuello, su rostro arrebolado.

  • Cualquier día me da un infarto – dice, entre un jadeo y una risita.

Ella toma el relevo. Me hace tumbarme y se ocupa de mi miembro con real pasión. En un minuto, me la pone tan rígida que no le cabe en la boca. Deja caer ingentes cantidades de baba sobre mi glande, restregándolo por su pecho, su carita, e incluso su pelo. Lo usa como una gran brocha, para pintarse el cuerpo entero de humedad. Me tiene loco.

  • Me voy a ensartar – me susurra. – Hoy me la voy a meter entera, ya verás…

Se arrodilla sobre mí, su rostro a pocos centímetros del mío, mirándome. Su manita tantea atrás, apuntalando mi miembro contra su vagina. No deja de mirarme mientras mi polla se cuela, centímetro tras centímetro. Cada vez entreabre más la boca, traspuesta por la presión en su coñito. Finalmente, un hilo de baba surge lentamente entre sus labios. Lo atrapo con mi lengua, tragándomelo.

  • ¿Aún… falta? – pregunta, arrugando el ceño.
  • Solo un poco… ánimo…
  • No puedo sola… empuja tú – me dice, lamiendo mi nariz.
  • ¿Seguro?
  • Empuja, mi amor… rásgame toda…

La verdad es que falta muy poco. Un movimiento de pelvis y tiene toda mi polla dentro. Se queda estática, los ojos cerrados, las aletas de su nariz ventilando rápidamente. Empieza a moverse con suavidad, sintiendo a la perfección cada arruga de mi pene, cada vena dilatada. Ese coñito me aprieta tan bien que no voy a aguantar mucho.

  • Me voy a correr, Maby…
  • Yo ya estoy temblando… ¿no lo notas?

Es cierto. Su cuerpo ha empezado a estremecerse. Apenas se sostiene sobre sus manos.

  • Vamos a hacerlo los dos a la vez… ¿vale? – susurro al aferrarle los pezones con los dedos de ambas manos.
  • Si… si… aprieta… apriétalos fuerte… oooohhh…

Retuerzo los pezones con saña mientras ella baila sobre mi polla, arrancando los primeros chorros de esperma. Ella cae sobre mi boca, sin fuerzas para besarme. Los espasmos la vencen. Susurra algo en mis labios. Creo que ha dicho que me quiere. Sigo follándomela sin parar, aún después de descargar en ella. Sus gemidos no se detienen un momento. Vuelve a hablarme, en medio de un lametón.

  • ¿Puedo ser… tu novia?
  • ¿Acaso no lo eres ya? – contesto.
  • Te quiero… novio mío…
  • Yo más, Maby – atrapo sus labios. No es momento de hablar.

En ese momento, Pam entra en el dormitorio. Se mete en la cama, a nuestro lado, y se medio tapa con la manta, sin dejar de mirarnos. Medio sonríe y nos observa, tumbada de costado, casi en posición fetal. Alarga una mano y me acaricia la mejilla.

  • Seguid… seguid… hermosos míos – susurra, sin dejar de acariciarme.

Le meto un dedo en el culo a Maby, quien gime aún más fuerte al sentirlo. Bombeo más deprisa. Mi polla entra perfectamente el dilatado coñito. Maby parece un juguete entre mis manos. Su cabecita sube y baja a toda velocidad, impulsada por mis embistes. Intenta mirar a Pam pero el meneo no la deja.

  • Te amo… Pam… — consigue articular.
  • Y yo a ti, amiga.
  • Me… voy a correr… Pam – se queja.
  • Hazlo, mi amor, hazlo por mí.

Hundo un dedo más en su culo.

  • ¡CABRÓN! – grita a pleno pulmón. El orgasmo la alcanza, la rebasa, la inunda. Tiembla, con la mirada perdida en el techo, la boca abierta.

Bajo ella, me arqueó, enviando una nueva descarga contra su útero, mientras giro la cabeza para mirar a mi hermana. Sus bellísimos ojos no se apartan de los míos mientras gozo.

Estoy en el paraíso.

Maby tira de las mantas para taparnos, sin bajarse de encima de mí.

Pam se acurruca contra nosotros.

El sueño llega.

Supervivencia

ALEX BLAME

Nunca pensé que lo que acabaría con la humanidad sería la avaricia. Siempre pensé que sería la escasez de recursos, el petróleo, el agua… los nacionalismos y/o la religión, cristianos contra musulmanes, judíos contra musulmanes, cristianos contra judíos, cienciólogos contra cristianos, actores contra mimos…

Pero en cuanto a las élites que manejaban el mundo, siempre creí que el fuerte instinto de conservación de los ricos, les alertaría de cuando era el momento de dejar de estrujar a los pobres, sin embargo su fe ciega en la tecnología les perdió, y de paso también nos perdió a todos.

Y es que, por muy eficaces que fuesen utilizando satélites y drones para vigilarnos y por mucho que abusasen de la propaganda para vendernos que la recuperación estaba a la vuelta de la esquina, la realidad se imponía y finalmente, y con la ayuda de internet, la gente se dio cuenta de que no había futuro para ellos. Y claro, la desesperación es el motor de las revoluciones.

Ellos, desde sus altas torres pensaron que podrían controlarlo sin dificultad, pero estaban equivocados. Al fin y al cabo cuando se enfrentan doce millones acostumbrados a que otro les haga el trabajo sucio, contra siete mil millones hipermotivados, y sedientos de venganza, no hace falta que a uno le cuenten el resultado. Acabamos con ellos. Pero no sin un coste, nos dejaron un regalo envenenado, la anarquía.

Porque cuando has vivido durante décadas viendo como los que te gobiernan sólo procuran su propio bien, cada vez que aparecía una figura que pudiese sacarnos de aquella vorágine, por las buenas o por las malas, acababa sucumbiendo antes de que su influencia pudiera extenderse.

El ser humano se volvió una especie individualista y solitaria y no estamos biológicamente dotados para ello. En cinco años la población mundial se redujo en un treinta por ciento. A simple vista no parecería mucho, pero la asquerosa verdad es que se impuso la selección natural, el mundo se convirtió en el patio de un colegio, y en estos años sobrevivieron los abusones, mientras que los enfermos, los débiles y los cerebritos desaparecieron. Se impuso la fuerza bruta;  y  las mejores mentes, los únicos que podían habernos sacado del atolladero, ya no estaban para repararnos el ordenador o curarnos una neumonía, así que cuando las máquinas empezaron a fallar y la comida  y las medicinas a escasear, la desintegración se aceleró.  Algunos lugares del mundo quedaron totalmente despoblados y las ciudades, una vez fueron vaciadas de sus recursos, abandonadas.

Siendo optimistas y por lo que tengo paseado en este último año sin ver un alma,  quedaremos entre veinticinco y cien millones. Eso parece bastante, pero en realidad supone que la densidad de habitantes ha pasado de unos cincuenta habitantes por km cuadrado a uno y medio por cada diez km cuadrados en el caso más optimista. Para  la humanidad ha sido una catástrofe , pero para el resto del mundo ha sido una bendición. La contaminación, la sobreexplotación de los recursos naturales, las guerras, las películas de Jim Carrey,  hay que reconocerlo, el mundo es ahora un lugar mejor.

Ahora os preguntaréis cómo he sobrevivido yo. Muy sencillo, con una mezcla de fuerza, astucia, suerte y desapego. Yo era un mensajero, me dedicaba a recorrer la ciudad en una fixie a toda velocidad escurriéndome entre el tráfico. Lo que en una sociedad normal es un trabajo mal pagado y con una enorme tasa de accidentes mortales, cuando sobrevino el apocalipsis fue una ventaja. Podía moverme con velocidad y en silencio por toda la ciudad, sin depender del carburante que rápidamente empezó a escasear, conocía todos los rincones de la ciudad y por lo tanto cuando la mayoría pensó que era mejor largarse yo aguanté casi diez años a base de sus recursos. Mi familia estaba muy lejos  y con mi trabajo y mi sueldo las mujeres no me tocaban ni con un palo, así que no tenía cargas ni responsabilidades, era el perfecto superviviente.

Ahora estoy fuera. Al final, ver todos los días lo que habíamos llegado a ser y en lo que habíamos acabado convirtiéndonos me obligó a abandonarla.

Hace poco tiempo todo cambió. Desde que abandoné la ciudad, he estado vagabundeando por aquí y por allá, evitando las ciudades y estableciéndome, siempre por poco tiempo, en sitios tranquilos y alejados de posibles problemas. Durante mis andanzas, en alguna ocasión he divisado columnas de humo, pero he preferido no unirme a ningún grupo. Sólo en una ocasión me encontré con otro humano.

Jacob era, además de un nombre muy apropiado para alguien en estos tiempos, un hombre bastante majo, con casi setenta años debía de ser ahora la persona más anciana de la tierra, por lo menos de esta parte de la tierra. A pesar de tener el pelo y la barba blancos como la nieve, se mantenía en plena forma e irradiaba una vitalidad fuera de lo común. Había sido guardabosques en un parque nacional. Cuando comenzaron los disturbios se dirigió a la capital estatal para proteger a los suyos, pero llegó tarde, así que volvió a dirigirse a los bosques y vivía como trampero  en lo más profundo de los bosques de coníferas del norte del estado.

Después de los primeros minutos de desconfianza mutua, descubrimos que no teníamos nada que el otro pudiese ambicionar, así que congeniamos y vivimos un par de meses juntos recorriendo el bosque y cazando animales. El me enseñó a seguir un rastro, a vigilar una presa y a cazar con ballesta para ahorrar municiones de la 45 y del SAM-R*.  Un sueño, en el que el trampero y yo nos mirábamos a los ojos y hacíamos manitas me convenció de que había llegado el momento de separarnos. Nos despedimos como amigos, deseándonos lo mejor;  él se fue hacia el norte y yo hacia el sur.

Seguí hacia el sur durante tres semanas por un bosque que parecía interminable. La primavera estaba dando paso al verano y el calor del mediodía junto con la humedad que emanaba del suelo del bosque, hacia el ambiente opresivo y asfixiante, así que cuando encontré el río me bañé y decidí seguirlo. El cauce no era muy ancho y la corriente rápida y cristalina. Durante dos días comí truchas hasta hartarme pescándolas a mano en los huecos  que la corriente hacia debajo de las rocas del lecho, hasta que la tarde del tercer día me sorprendió el rumor de una cascada. Cuando me asomé por el borde vi como la corriente caía a plomo treinta o cuarenta metros formando un estanque en el lecho blando de roca caliza de la base.

Estaba valorando si me atrevería a saltar desde lo alto al pequeño estanque cuando unos movimientos entre los matorrales a la izquierda me hicieron tumbarme y sacar el rifle instintivamente.

En la orilla del lago apareció una joven de unos veinte años, no más. Me quedé quieto y apunté con mi mira telescópica a la deliciosa figura. La mujer se paró en el borde y escudriñó todos los rincones del lugar, obligándome a agacharme y retirarme un par de metros del borde. Luego fue quitándose el arco, la pistolera, las botas, los pantalones, la camiseta y la ropa interior hasta quedar totalmente desnuda. Desmonté la mira del rifle y la observé mientras vacilaba al borde del frío estanque. Era rubia y tenía los ojos de un azul tan profundo como el estanque. Su pelo largo y ligeramente rizado tapaba uno de sus pechos pequeños y apetitosos con los pezones rosados y erectos por el frescor del agua. Entre sus piernas largas y moldeadas por el continuo ejercicio había una espesa mata  de rizado vello, casi blanco de tan rubio, que no podía ocultar su vulva de mi ansiosa mirada. Por un momento pensé en tirarme al agua y sorprenderla, pero luego me puse a pensar. Con veinte años, veintidós como mucho. Cuando ocurrió todo, ella debía tener entre cinco y siete años. Alguien tenía que cuidar de ella, no podía estar sola. Eso quería decir más gente, y con más gente más problemas, así que decidí ser cauto y vigilarla para ver adonde me llevaba.

Pero para no variar, todo se fue  a la mierda. Justo por dónde había aparecido la joven, supongo que siguiendo su rastro, apareció un grizzly gigantesco. Cuando la joven lo vio se quedó durante un momento helada sin saber qué hacer. Con la ropa y las armas bajo el cuerpo de aquel animal sólo le quedó una alternativa, huir desnuda. El oso la vio inmediatamente y se lanzó al agua tras ella mientras yo montaba la mira en el rifle apresuradamente.

Era una chica lista, porque en vez de salir corriendo en dirección al bosque se acercó a la pared de la cascada e intento trepar por ella sabiendo que el oso no podría seguirla por allí.

Ya estaba casi a salvo, a pocos centímetros de una repisa, a cuatro metros de altura, cuando su pie resbaló en una roca mojada y aunque intentó asirse desesperadamente a la pared húmeda, resbaló y cayó a los pies del animal. El oso se levantó sobre sus patas traseras y enseñando sus aterradoras mandíbulas soltó un rugido atronador. Fue lo último que hizo antes de que una de mis balas atravesase su cerebro y cayese a los pies de la chica muerta de miedo.

Instantes después me tiré a la laguna y me acerqué al oso. Haciéndome el macho ignoré a la chica mientras le arrancaba las zarpas al oso y le sacaba un par de buenas tajadas de carne.

—¿Estás bien? —le pregunté en plena faena.

—Sí, creo que sí —dijo intentando levantarse y cayendo al suelo de nuevo con un grito de dolor.

—Ya veo.  —dije mientras terminaba y guardaba la carne y el cuchillo.

Con naturalidad y procurando mirar lo menos posible el cuerpo desnudo y hecho un ovillo de la joven me acerqué a ella. Un rápido vistazo me reveló que el tobillo derecho estaba dislocado.

—La buena noticia es que no está roto. —dije mientras palpaba su piel tibia y suave— La mala es que voy a tener que hacerte un poco de daño.

Ella asintió sin decir nada con los ojos fijos en mí y los orificios de su nariz dilatados por el terror. Sin aviso previo  tiré con fuerza del pie y haciendo palanca logré colocar el tobillo de nuevo en su sitio antes de que la joven me dejase sordo con sus gritos de dolor.

Con el tobillo en su sitio y el pie dentro del agua fría del estanque, el dolor pareció disminuir aunque no lo suficiente para poder volver sola a lugar de donde había venido. Se vistió mientras yo le daba gentilmente  la espalda y apoyándose en mí, emprendimos el camino.

Me ofrecí a llevarla en brazos, es más, hubiésemos ido más rápido, pero ella se obstinó en ir cojeando, apoyándose en mi cuerpo, mientras yo la sujetaba por su cintura. Después de años sin ver a una mujer, el sólo peso de su cuerpo y el aroma que despedía su piel me provocaron una erección que a duras penas pude esconder.

La chica me guio por una estrecha vereda  hasta que llegamos a un claro en el bosque.

—¡Alto! ¡Suéltala ahora mismo o te levanto la tapa de los sesos! —dijo una mujer alta y pelirroja salida de la nada que me apuntaba con una escopeta de repetición del calibre doce.

—Yo sólo…   —intenté decir levantando las manos.

Sin decir nada más la mujer se acercó a mí, sin dejar de apuntarme y cuando estuvo a mi lado con un rápido movimiento descargó un culatazo en mi sien. Al recibir el golpe solo oí unas débiles protestas por parte de la joven a la que había ayudado, antes de que todo se volviera negro.

Me desperté desorientado y con un furioso dolor de cabeza en el suelo de una  pequeña habitación pintada de blanco. Intenté moverme, pero alguien me había atado muñecas y tobillos con bridas.

—Hola, ¿Hay alguien? ¿Podéis darme un poco de agua?

Tras un par de minutos, unos pasos desacompasados se acercaron, un grifo se abrió y finalmente la joven rubia me trajo un vaso de agua que me ayudó a beber. Tenía el tobillo vendado y parecía haberse calmado un poco, aunque en su cara todavía se reflejaba el susto.

—¿Qué tal te encuentras? Pregunté carraspeando e intentando incorporarme.

—Bien —dijo ella ayudándome a sentarme— Hiciste un buen trabajo, apenas se me ha hinchado.

—Yo sin embargo tengo un dolor de cabeza terrible. ¿Podrías soltarme? —repliqué intentando que pareciese la pregunta lo más casual posible.

—Lo siento pero Erika me dio órdenes de que no lo hiciera bajo ningún concepto. Me dijo que intentarías embaucarme.

—¿Acaso os he hecho algún daño? ¿Por qué me tratáis así? —me quejé lastimero.

—Erika dice que eres peligroso.

—Y tú haces todo lo que te manda Erika… —repliqué yo con aire fastididado—  ¿Y cuál es tu nombre, o también te prohíbe Erika decirlo?

—Soy Lou Anne.

—Encantado, Lou Anne, soy Mortimer, pero los cuervos me llaman Morty.

—¡Lou Anne, te dije que no te acercaras a él! ¡Apártate inmediatamente!

Lou Anne vio cómo se acercaba Erika dejando sobre el suelo un buen trozo del grizzly que yo había matado y la apartó de mi con rapidez mientras la jovencita decía que solo me  había ayudado a beber un poco de agua.

Erika le dijo que volviese a poner el pie en alto y se quedó en la habitación mirándome como si fuese un jeroglífico que se obstinaba en permanecer sin solución.

Durante este tiempo aproveché para  observarla. Era mayor que Lou Anne, andaría por los treinta y pocos, era bastante alta, casi tanto como yo y los pantalones vaqueros y el sencillo jersey de Lana tejido a mano no ocultaba un cuerpo con generosas curvas. Lo que más llamaba la atención de ella era su larga melena lisa, color caoba, que enmarcaba un rostro ligeramente alargado y de tez extraordinariamente pálida. Sus ojos de color verde y ligeramente rasgados estaban fijos en mí, dándome la sensación de ser observado por un peligroso felino.

—Solos al fin —dije para romper el pesado silencio que se estableció entre nosotros.

—¿Quién eres? —preguntó Erika sin dejar de fruncir el ceño.

—Motimer  Lawrence, pero puedes llamarme Morty…

—Motimer, ¿Qué clase de nombre es ese?

—Ya lo sé, es un poco ridículo, pero es el peso que uno debe llevar por tener antepasados en la vieja nobleza inglesa. Pensé mil veces en cambiarlo, pero ahora es el único recuerdo que me queda de mi familia.

—¿Estás sólo? –preguntó ella aparentando no escuchar lo que yo decía.

—¿Ves a alguien más por aquí? —respondí a mi vez— Por cierto creo que al menos podrías darme las gracias.

—Lou Anne me contó lo que hiciste. Por eso aún  estás vivo…

—Así que es eso, no sabes que hacer conmigo. —le interrumpí,  no recuerdo si molesto o divertido.

—Básicamente.

—Mira, lo primero que podrías hacer es soltarme. Si hubiese querido haceros daño no hubiese llevado a tu hija, tu amiga o lo que sea, hasta ti. Pude haberla raptado y habérmela llevado antes de que tú pudieses hacer nada, pero no lo hice, te la traje de vuelta. —dije mostrándole de nuevo mis muñecas atadas.

Erika sacó un cuchillo de combate, del tamaño de un machete y lo asió con tal fuerza que los  nudillos se volvieron blancos. Se acercó poco a poco y con un movimiento rápido cortó las bridas que me sujetaban.

Antes de que pudiera reaccionar me abalancé sobre ella y la desarmé. Erika intentó darme un rodillazo pero la esquivé y cogiendo su propio cuchillo se lo acerqué al cuello. Todo el cuerpo de Erika se tensó y una pequeña lágrima de sangre mano dónde el cuchillo había entrado en contacto con su piel.

—Me bastaría un segundo y un poco más de presión para acabar contigo. —dije susurrándole fríamente al oído— Y luego cazar a tu joven amiga sería coser y cantar… Pero no he venido a eso. —dije separándome de mala gana de su excitante cuerpo  y devolviéndole el cuchillo por el mango.

Erika cogió el cuchillo que le daba y lo blandió con furia ante mí. Sus labios fruncidos en una estrecha línea y sus ojos clavándose en los míos, revelaron lo cerca que estuvo durante unos segundos de hincarme el cuchillo en el pecho.

—Está bien, no quieres hacernos daño, aunque se me ocurren otras formas de demostrarlo.

—Seguro, pero no tan rápidas como ésta. —repliqué yo.

—Y ahora ¿Qué? —preguntó Erika guardando el cuchillo en la funda de la cadera.

—Creo que contar como hemos llegado hasta aquí sería una buena idea… —dije yo.

—… Está bien, empezaré yo —dije al ver la cara de póquer de Erika— Por lo menos podrás darme algo de comer de una forma un poco más civilizada, prometo no hablar con la boca llena.

Erika me guio a la cocina y dejó un plato de espaguetis fríos delante de mí. Durante los siguientes diez minutos le conté mi historia con todo lujo de detalles, ni siquiera escatimé mi escabroso sueño con el guardabosques. Después de haber terminado,  Erika pareció relajarse un poco y esperó que terminase la comida antes de empezar a hablar:

—Nuestra historia es bastante más sencilla. Yo vivía en una granja, no muy lejos de aquí, tenía diecisiete, no dieciocho años Cuando todo ocurrió, fui al pueblo a conseguir munición para la escopeta y la pistola. Cuando entré en la armería no había nadie y conseguí lo que necesitaba. Estaba a punto de salir cuando llegaron tres tipos con una niña de seis años. Los tíos se pusieron contentísimos a ver todos aquellos fusiles al alcance de la mano, así que se pusieron a trastear con las armas y se olvidaron de la niña que se puso a recorrer los pasillos del establecimiento sin rumbo fijo.

—Yo me había escondido y estaba a punto de salir por la puerta del almacén cuando llegó otro grupo, obviamente con las mismas intenciones y te podrás imaginar. El tiroteo acabó con cinco cadáveres en el suelo de la armería, incluidos los tres hombres que habían llegado primero.  La niña empezó a correr por los pasillos con las balas volando a su alrededor. Empujada por un instinto estúpido la seguí y cogiéndola de la mano y disparando la escopeta para cubrirnos salí por la puerta del almacén y nos escabullimos.

—Volvimos a mi granja, pero cuando la situación empeoró en las ciudades, la gente empezó a huir al campo y mi granja era demasiado visible al lado de la carretera. Cuando logré deshacerme del segundo grupo que intentó tomar la granja por la fuerza, preparé los bártulos y nos fuimos. Conocía la existencia de esta pequeña granja de mis paseos nocturnos para bañarme en la cascada. Sabía que los dueños, unos ancianos habían sido desahuciados cinco años antes.

La granja está aislada y con el viejo tractor me encargué de destruir y ocultar el camino de acceso,  además   tiene todo lo necesario, un pozo con agua, unas placas solares para tener electricidad, incluso pude traerme unos cuantos animales y semillas. La tierra de aquí no es demasiado buena pero no es lo mismo una granja rentable que una que te dé de comer. Y ahora, después de diez años de tranquilidad, has llegado tú.

Cuando terminó de contar su historia, Erika comenzó a preparar la cena. Enseguida me levanté y le ayudé a lavar unas verduras mientras hablábamos. La charla empezó versando sobre la forma en la que se las habían arreglado para mantener la granja, pero poco a poco fue derivando hacia la soledad. No es fácil vivir durante años sin  contacto humano y le dije que no me extrañaba que hubiese reaccionado así cuando me vio.

Con una sonrisa un poco culpable se disculpó al recordar cómo me había sacudido en la cabeza y yo acepté las disculpas tratando de no darle ninguna importancia al chicón que seguía latiendo dolorosamente en mi sien.

Nos miramos y una corriente de atracción pasó a través de nosotros. Percibí su deseo y la besé, pero ella se despegó rápidamente.

—Lo siento, —dijo pasándose los lengua por los labios excitada— pero no puedo… A Lou Anne no le parecería bien…

—¿Qué es lo que no me parecería bien? —preguntó Lou Anne mientras entraba cojeando en la cocina.

—¡Oh! —exclamé yo para ganar un poco de tiempo a la vez que intentaba algo. —quería irme está noche, pero Erika dice que no te gustaría.

—Por supuesto que no. —dijo Lou Anne sentándose  y poniendo el tobillo en alto— me salvaste la vida. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras ¿Verdad Erika?

—Claro que sí —respondió con una sonrisa indecisa.

Durante la cena tuve que volver a contar le historia de mi vida, esta vez para Lou Anne. Se interesó mucho por lo que me había enseñado el guardabosques y me preguntó si la había descubierto mientras seguía el rastro al grizzly. Durante un segundo medité largarle una trola, pero finalmente opté por la verdad y le conté que estaba espiándola mientras se bañaba.

La joven se ruborizó inmediatamente, y su primer gesto fue de enfado, pero tras este primer momento de confusión me preguntó con curiosidad si le parecía que era bonita. Erika y yo no pudimos por menos que reír y la explosión de carcajadas contribuyó a eliminar la tensión del momento.

Después de asegurarla Erika y yo que no era bonita, sino que era preciosa, Lou Anne se dio por satisfecha aún más ruborizada que antes. No hay nada que siente mejor a una mujer que un piropo. A partir de ese momento la joven dejo de cojear y empezó a pasearse por la casa  como si flotara.

Dejamos a  Lou Anne fregando y nos fuimos a preparar los animales para la noche. El frescor de la noche me sentó bien y me ayudó a desembarazarme del dolor de cabeza.  Hicimos las tareas rápidamente y en silencio, no hacía falta que habláramos, nuestras miradas lo decían todo. Por un momento me planteé acercarme e intentar follármela allí mismo, pero tenía la impresión de que todo aquello era una especie de prueba así que me limité a dar de comer y a ordeñar las cabras como mejor supe.

Cuando volvimos a la casa, todo estaba recogido y Lou Anne nos esperaba con un té. Charlamos un rato más, de tonterías, sólo por el placer de escuchar una voz diferente y nos fuimos a dormir.

Había dos habitaciones en la parte de arriba. Una me la ofrecieron a mí y ellas se fueron juntas a la otra.

La habitación estaba limpia y ordenada pero sus muebles tenían una fina capa de polvo y al abrir la cama y meterme en ella sólo con unos calzoncillos y una camiseta, la humedad que noté en las sábanas me dio la impresión de que no se usaba a menudo.

No sé si fue el té o las emociones del día, pero no podía dormir. Al otro lado de la pared no dejaba de oír susurros y risas, eso acompañado de la conciencia de tener dos hembras tan cerca y a la vez tan lejos, no contribuyó a serenarme. De repente se hizo el silencio, yo pensé que por fin se habrían dormido pero me equivoqué, unos suaves gemidos venían de la habitación contigua.

Aplicando todas las lecciones aprendidas de mi viejo amigo el guardabosques, salí de la habitación en total silencio. Una vez en el pasillo, vi que la puerta de su habitación estaba ligeramente abierta. De ella salía un tenue haz de luz. Poco a poco, con desesperante lentitud, me fui acercando a su puerta hasta que pude espiar el interior de su habitación.

El ángulo de visión desde allí no era bueno, sólo se veía un pesado armario ropero de finales del diecinueve, pero una de las dos había dejado una de las puertas abiertas y el espejo de cuerpo entero que contenía apuntaba directamente a la cama donde las dos mujeres, hacían el amor. Erika estaba sentada sobre el borde de la cama mientras Lou Anne frotaba su sexo sobre el muslo de Erika gimiendo y dejando un rastro de humedad a su paso. El ritmo era pausado como si ambas esperasen algo.

Con cada respiración, los pequeños pechos de Lou Anne subían,  sus costillas se movían y su culo temblaba, haciéndome desear que fueran mis manos y nos las de Erika las que le acariciaran.

Lou Anne desmontó y besó a Erika con delicadeza mientras acariciaba sus pechos opulentos y sus pezones rojos y tiesos. Sus manos fueron bajando poco a poco hasta que desaparecieron entre las piernas de Erika provocándole un grito de placer.

Erika abrió las piernas y a través del reflejo del espejo pudo ver como los dedos de Lou Anne entraban y salían rápidamente del coño de su amante, forzándola a doblarse con el placer del orgasmo. Tras unos segundos, Erika se levantó y abrazando a Lou Anne me miró desde el espejo y sonrió.

Estaba a punto de largarme con mi rabo erecto entre las piernas cuando Erika levantó el brazo y me hizo una señal inequívoca para que me acercase.

Con la prisa que dan quince años sin probar hembra me quité la ropa y me acerqué sigilosamente a ellas. Cuando abracé a Lou Anne por detrás  haciendo que mi polla descansara sobre el culo y la espalda de la joven, esta dio un respingo,  se apretó instintivamente contra mí y gimió revelando su deseo. Erika me miró a los ojos y sonrió sin dejar de abrazar a Lou Anne. Cogí con mis manos los pequeños pechos  de Lou Anne y presioné con mi cuerpo para apretarlo un poco más contra el de Erika.

La joven volvió a gemir y noté como sus pezones se endurecían haciendo que volvieran como en un flash  las imágenes de la joven desnuda en el estanque. Besé a Erika por encima de la cabeza de Lou Anne  mientras frotaba mi polla contra el culo y la espalda de la jovencita.

Con suavidad separé sus piernas y ante la mirada aprobadora de la pelirroja, introduje con suavidad mi polla en el  coño de Lou Anne. Esta soltó un largo gemido y se agarró a  Erika para mantener el equilibrio.

Metía y sacaba mi polla con suavidad, disfrutando  de la estrechez de su vagina y acariciando su vulva con rápidos movimientos. Lou Anne se estremecía y gemía hincando las uñas en los hombros de Erika.

Tan excitada como su amante, Erika se acercó a mí y comenzó a besarme con violencia mientras deslizando la mano entre un bosque de piernas, me acariciaba los huevos. Sintiendo que estaba a punto de correrme apartó a Lou Anne y tumbándose en la cama se abrió de piernas mostrándome su pubis y su sexo incendiados por el deseo.

Con Erika no fui tan delicado, de un solo empujón le metí mi polla entera mientras Lou Anne le besaba los pechos y le mordisqueaba los pezones.

—Vamos, cabrón, dame tu leche… —dijo agresiva, sabiendo que eso me excitaría aún más.

Comencé a penetrarla cada vez más rápido, cada vez más fuerte, hasta que exploté, eyaculando semen contenido durante años y sin dejar de empujar salvajemente hasta que noté que ella también se corría.

Me separé de Erika que quedó tumbada jadeando y Lou Anne me cogió la polla aún palpitante y se la metió en la boca.

—Aún me debes algo –le desafió ella mientras se tomaba un respiro y miraba mi miembro con curiosidad.

Me senté en la cama mientras ella me chupaba la polla con fuerza hasta que estuvo de nuevo dura como una estaca, entonces se sentó encima de mí.

Se metió mi polla lentamente y, cerrando los ojos, concentró sus sentidos en las caricias de mis manos y de mi polla. A medida que su excitación iba en aumento, comenzó a moverse más rápido, unas veces deslizándose por mi polla, otras veces con movimientos circulares,  sin dejar de mirarme a los ojos, como queriendo cerciorarse de que me estaba haciendo disfrutar tanto como disfrutaba ella.

Sus jadeos y sus gemidos fueron haciéndose más frecuentes y anhelantes hasta que la elevé en el aire y la tiré en la cama bajo mi cuerpo, penetrándola con fuerza hasta que todo su cuerpo se crispó y tembló con las oleadas del orgasmo.

Me separé y Erika aprovechó para tumbarse sobre la joven, acariciarla con suavidad y besarla. Yo, ante la visión del culo grande y blanco de Erika con el coño aun rebosante de mi semen volví a penetrarla varias veces y jadeando por el esfuerzo me corrí de nuevo en su interior.

Sin darme cuenta caí sobre Erika medio desmayado y sólo las protestas de Lou Anne nos hicieron darnos cuenta de que la estábamos aplastando. Al oírla nos apartamos de ella riendo y resollando.

Minutos después las dos mujeres dormían mientras yo, incapaz de hacerlo, acariciaba sus cuerpos suaves, cálidos y llenos de vida, con la sensación de que no éramos más que los rescoldos de una humanidad casi muerta.