Crónica de un zorro

ESTEFF

Erik Roux descansa su peso sobre la cadera izquierda: masculino, arrogante, observador. Siempre con la cabeza alta, se deja llevar por una interminable correa que lo transporta a paso de tortuga por la terminal hasta la puerta de embarque. Un anciano con artrosis iría más rápido que él, pero se lo toma con calma. Le gusta mirar cómo actúan las personas ante este tipo de circunstancias, jugar a adivinar sus personalidades e inventar sus vidas a raíz de estas reacciones. De hoy en adelante, ha decidido adoptar esa apariencia preconcebida de elegante y pulcro británico, aunque realmente procede de los suburbios franceses. Su presencia cuidada e imponente hace que muchos ojos se posen en él. Su aspecto ha evolucionado. Se ha cortado a primera hora de la mañana su frondoso cabello castaño casi a ras, y cubre su cabeza con un elegante sombrero borsalino negro, que le da cierto aire distintivo. Los pendientes y demás abalorios han desaparecido. Recientemente se ha dejado crecer el bigote y la perilla, como la de los mosqueteros de Dumas, de un color castaño claro que contrasta con sus grandes ojos verdes. Amante de los pequeños detalles, lleva un pañuelo satinado anudado al cuello, delicado y artesanal, con rayas de colores negro y granate. Porta un elegante blazer de lana merino, suave jersey de cachemira gris perla, pantalón pinzado negro hecho a medida, cinturón aparentemente sobrio pero con incrustaciones de oro blanco en la hebilla, Rolex en la muñeca derecha (por eso de ser zurdo) y sofisticados zapatos Aubercy. Se ha rociado las dosis adecuadas de un exclusivo y diminuto bote de alta perfumería inglesa, Clive Christian, sin excederse; aun así no puede evitar el inconfundible olor que más de un carajillo ha instalado en su aliento. Sus costumbres prevalecen, insondables, por encima de toda actuación camaleónica. Carga un equipaje de mano rígido pero liviano y de aluminio, con alta seguridad a base de más de un candado con contraseñas diferentes y ranuras en su sobria y rígida estructura, fruto de la obsesión de su dueño por la privacidad y sus secretos. Erik se ha deshecho de casi todas sus prendas y enseres personales, y transporta lo esencial en forma de escasa ropa y documentos hiperprotegidos, con el fin de que nada ni nadie pueda identificarle. Ha confeccionado un borrón y cuenta nueva radical en su vida, del que nadie debe ser partícipe. Si hubiéramos conocido a Erik hace tan sólo setenta y dos horas no nos parecería la misma persona. El cambio ha sido abismal. ¡Como pueden girar las tornas en tan sólo tres días! -piensa a medida que llega al final del trayecto. Con la puerta de embarque casi delante de sus narices camina enérgico dejando atrás a lo menos sesenta personas, que viajarán en su mismo avión pero en clase turista, y que se agolpan unos contra otros en una lamentable fila india, a sabiendas que ninguno de los allí presentes tienen su asiento asignado. Bienvenidos al circo de los vuelos económicos, al libre albedrío, puro caos en estrechos pasillos. Alimañas sacando uñas y dientes para poder sentarse en asientos rígidos e incómodos, aprisionados entre los llantos exasperantes del niño de delante, codazos desconocidos a los lados y patadas en el respaldo. Mira de reojo a ese tumulto de gestos hastiados e irascibles, atisbando cierta envidia y desazón hacia él, y disfrutándolo como nunca. Les dedica una media sonrisa altiva mientras es atendido personalmente por la lozana azafata, quien le mira encandilada. No es de extrañar, ya que si hay algún arte que Erik domina a la perfección es el de la galantería y la seducción en las distancias cortas. Siguiendo el protocolo, la chica comprueba la documentación, chequea el billete y le acompaña hasta el mismo asiento, en primera clase. Está rodeado de minuciosos obsequios, todos los cuidados y preocupaciones existentes, agradable peloteo. Podría acostumbrarse a esto. Quizá deje a la chica calderilla de propina, premiando esa actitud aduladora y casi servil con la que lo atiende: de repente, vislumbra en ella su reflejo y un atisbo de lástima compasiva recorre su cuerpo, desechando ese intermitente pensamiento con rapidez, reprendiéndose a sí mismo. Reclina su espacioso asiento y acto seguido escoge una lista de canciones selectas de Led Zeppelin, los Stones y algo de Clash, y deja preparados unos auriculares de alta definición que, obviamente, ha pagado a parte para un vuelo de tan sólo cuarenta minutos. Coloca sus pertenencias de manera compulsiva y ordenada, ya que ha rehusado terminantemente que nadie pusiera sus manos en la maleta -ni siquiera la azafata-. Erik no se fía ni de su sombra. Hay una mesita auxiliar adherida al asiento que lleva incorporada una pequeña pantalla para poder ver películas, muy comerciales y no precisamente buenas, pero que cumplen con su función de entretener. De inmediato tras sentarse, le sirven ese tentempié: una chorrada pija más, lo más caro que encontró en la carta, cuyos ingredientes no le sonaban ni por casualidad. Una suerte de delicatessen minúscula a base de huevas de esturión recubiertas por salsa de trufa negra. El placer experimentado al sumergirse por entero en el mundo de estos derrochadores, ricachones sin medida, fue inexplicable; para ser francos, probó una y tuvo que hacer verdaderos milagros para no vomitarlo, aunque únicamente fuera por respeto a su bolsillo. Con la intención de contrarrestar el repulsivo sabor de la regurgitación que le dejaron, con otro despliegue ostentoso, pidió una botella de Moet Chandon: frío, espumoso, con el sabor del triunfo y las burbujas del éxito resbalando por su garganta. En ese momento, no podría existir sensación mejor. La historia del por qué Erik Roux ha pasado de tener sesenta euros en su cuenta bancaria a treinta y ocho mil, es tan sencilla como maquiavélica. Le valió una inversión y varios viajes a Connemara, un riesgo que fue preciso correr, aunque está claro que todo está más que compensado a estas alturas. Él ya viajó con intenciones un tanto oscuras, previamente analizadas, con todos los planes A, B y C habidos y por haber más que trazados y todas las posibles opciones barajadas, con sus respectivas consecuencias. La compleja y privilegiada mente de Erik, que suele utilizar para fines de dudosa ética en lugar de para algo honrado o decente, funciona como un diagrama de calidad altamente acelerado, en constante actividad. Sus conexiones son tan brillantes y su proceder tan calculador que asusta. En realidad, el inicio de toda esta empresa comenzó hace unos tres meses. La primera noche en Irlanda, destino no escogido por casualidad, salió dispuesto a cazar: cual hambriento animal nocturno, buscando saciarse con una presa acorde a sus pretensiones. Erik no busca un cuerpo ni una cara: sus deseos exploran otros derroteros. Y en el pub irlandés más de moda, la encontró. Allí estaba ella: sentada en una mesa reservada, minúscula, redonda y ridícula, entre sofás enormes clavados en la pared. Era el Irish Temple, el local más moderno y prestigioso del lugar, donde se reunían hombres y mujeres manirrotos y ricos, gastando indecentes cantidades de dinero por hora, niños de papá jugando a devorar la noche y probar cuantiosos vicios. Filtraba todas las posibles víctimas a través de su teleobjetivo inequívoco. Esa noche vestía acorde a la fauna autóctona del entorno, con sus mejores galas -alquiladas- que en una percha como la suya daban el pego. Pasaba desapercibido, como uno más del rebaño. Erik representaba al lobo que cuela su pezuña nívea por la rendija y al que, finalmente, los pobres confiados abren la puerta, mientras él se relame de gusto bajo su disfraz lanudo. Erik cultivó durante mucho tiempo la virtud de leer entre líneas, empleándose a fondo en ello. Desde siempre tuvo un don: un sexto sentido para ver la verdad entre las excusas, descubrir las heridas a través de los escudos, tejer historias más allá de los devaneos, hilar los traumas reales a través de esas historias inventadas, vislumbrar las debilidades mediante comportamientos, desarmar entramados y adivinar personalidades según las preferencias y las elecciones más banales. Si alguna vez falló, ya no se acuerda. Y si acaso pasó, le sirvió para no tropezar con la misma piedra. Y esas niñas ricas….¡Dios, eran tan fáciles! Marionetas elementales, madejas con pocos hilos: las hacía bailar a su antojo. Ellas carecían de lo que a él le sobraba; les faltaba esa picardía adquirida en la escuela de la calle, aquella que se obtiene cuando la vida no te da nada masticado y se han cicatrizado ya las manos de tanto sacar castañas de entre las llamas. De hecho, Erik sabía meter hasta el antebrazo en ese fuego y salir indemne de ello. Si a eso le añadía la atracción natural, rozando lo prohibido, de estas muchachas por los chicos toscos, claramente procedentes de otro estrato social y con ese aire de estar de vuelta de todo, endurecidos por las aventuras y con cien marcas de guerra, resultaba condenadamente sencillo embaucarlas. La vio cruzar el umbral junto a sus amigas, que dejaban tras de sí un halo de petulancia que odiaba, y por supuesto no entraba en sus planes. La última en aparecer fue esa chica insegura y retraída. Enseguida supo que sería ella. Lo adivinó por sus hombros caídos, el aire apesadumbrado, su apocada y natural posición en un tercer plano dentro de ese grupo de cotorras vacías y envalentonadas, la sobria manera de vestir, las miradas de soslayo, la continua manía de bajar la cabeza… algo que parecía ocurrir por pura inercia. Se llamaba Victoria. Ella, tranquila en su ignorancia, no sospechaba que había estado vigilada durante semanas. Erik ya sabe que suele ir siempre sola las pocas veces que se enfrenta al mundo que hay más allá de los terrenos familiares. Es el arquetipo de hija única y, a sus casi veinte años, sus padres se niegan a dejarla crecer, sobreprotegiéndola, permanentemente resguardada bajo sus alas. Como una sombra invisible, Erik controló sus idas y venidas rutinarias a la facultad privada de derecho. Al caer la tarde, padre e hija salen a hacer su sesión de marcha deportiva de cuarenta y cinco minutos. No parece tener amigas ni vida social reseñable; algo que se convierte en un buen tanto para sus propósitos. Está claramente acomplejada por su físico, aunque a primera vista no hay razón para ello, a excepción de un ligero sobrepeso. Viste siempre de color oscuro y con prendas holgadas y largas, que no dejan entrever ninguna forma femenina. Enmarca su rostro una fuente de graciosas pecas esparcidas en una piel muy blanca, es bajita y con poca preocupación por el cuidado de su apariencia, ocultándose del mundo tras unas enormes gafas de exagerada montura carey, haciendo las veces de armazón de acero. En sus investigaciones sigilosas, Erik, gratamente complacido, no alcanzó a ver ningún amigo íntimo, pareja, novio o derivado, aunque sí pudo apreciar buenos fajos de billetes lilas, de quinientos, y entonces le brillaron los ojos. Así fue como escogió a su próxima víctima, y con todos los factores a su favor, se puso manos a la obra. La volvió a observar, y por más que se esforzó en encontrarlo, no existía nada en aquella chica que hiciera pensar en morbo, feminidad o atracción. , pensó Erik, que se frotaba las manos ante la bandeja de plata que pasaba ante sus ojos. No era fea, pero tampoco la ayudaba una melena rojiza y sin brillo, enmarañada, que caía rasa y sin gracia por su clavícula, dando sensación de languidez, o ese estilo anticuado y mojigato. No podía evitar esos ademanes tan propios y casi innatos de la clase alta. Erik, que procede justo del otro extremo, sabe reconocer perfectamente ese olor, esas gesticulaciones, esa aureola que las rodea, esos modos tan propios que las engloban. Sabe distinguir también, entre tanta flor y nata de tan populares lares, a las víctimas desvalidas, que son sus favoritas, ocultas casi imperceptibles bajo las luces de neón y el estruendo al que llaman música. Como era de esperar, sus amigas salen al centro de la pista escoltadas por pretendientes varios. La chica apocada no es invitada ni siquiera por pena. , piensa Erik; y cuando se cerciora de su soledad aprovecha la ocasión brindada. Pide dos gintonics y se acerca a su mesa, iniciando hábilmente una conversación trivial. Muy corta, con las palabras adecuadas y elegidas con esmero; lo suficiente para que ella -que en un principio parecía no estar nada interesada en ligues y, cohibida, desconfiaba de cualquier rondador masculino- no pudiera desterrarle de sus recuerdos a partir de esa noche. Consiguientemente, Erik desplegó sus mejores alas de conquistador en forma de mensajes al móvil: si había llegado bien a casa. Al día siguiente, si había dormido bien, si tenía resaca. Que cómo estaba. Al tercer día fueron a cenar, y él se comportó como un caballero: sacando conversación, ayudándola a desprenderse de su timidez enfermiza. Nunca escatimó en nada, siempre provisto de sorprendentes y sencillos regalos, jamás le pilló lanzando miradas furtivas al reloj, la hacía sentir única y la embargó de atenciones y caprichos, sin intención alguna de propasarse aunque sí dejando entrever las ansias de hacerlo. En todas esas citas, únicamente la besó furtivamente. Victoria se sintió respetada a la vez que deseada como mujer, lo que acabó por cerrar el último eslabón. Combinaban noches en lujosos clubs nocturnos con un día en el parque de atracciones o picnics en el lago, la acompañaba a la facultad, a veces la recogía, comidas, más cenas, hasta que se convirtió en alguien imprescindible en su vida y, cegada por alguna especie de embrujo, se volvió adicta a aquel chico que se hacía llamar Harry Stendhal, natural de Dublín y ciudadano del mundo. En el trascurso de la relación, Erik se inventó andanzas suyas, vividas hace años, en la facultad de derecho donde ella estudiaba en la actualidad, y se autoproclamó héroe y defensor de los derechos civiles y laborales, siempre mirando por el más débil, un exaltador al que los rectos y conservadores decanos expulsaron por tratarse de la personificación de la igualdad, la pasión, la valentía y la justicia. Le relató una vida llena de entuertos, incomprensión por parte de unos padres millonarios que lo desheredaron por sus radicales y diferentes puntos de vista. Le habló de descubrimientos y peregrinajes interminables, miles de viajes, conocedor de culturas varias, pozo de sabiduría y tolerancia sin ánimo de lucro, pobre alma incomprendida vagando por el mundo. Le contó de sus vivencias en miles de lugares insólitos, a veces inhóspitos: cómo cazaba con tribus africanas y cómo los Bambana le adoptaron como uno más, de sus días entrenando halcones junto a jeques árabes y compartiendo sus costumbres, le enseñó cómo saborear el verdadero té moruno; sus rezos con monjes budistas en Asia y las exóticas técnicas de meditación aprendidas en la India. Cómo sobrevivió a situaciones bajo peligro de muerte, luchas a ultranza, aventuras arriesgadas, sus amistades con presos de guerra, la superación de auténticas adversidades naturales y burocráticas que harían temblar al mismo Átila. Su encanto de forastero nómada y su manera humilde y despreocupada de contar tales aventuras, restándoles toda importancia, hizo que ella se sintiera protegida e inmersa en un cuento de hadas y le amara profundamente. Que jamás indagara en los detalles y le tuviera una fe sin criterio. Que le quisiera tanto, y tan irracionalmente, como se puede querer a un primer amor. Mientras hacía las veces de novio paciente y perfecto, yerno adulador, causa de decenas de invitaciones a fiestas universitarias y eventos sociales juveniles, Erik se preocupó por fidelizar sus propios contactos, procedentes de un mundo que este nuevo entorno suyo nunca había pisado ni jamás pisaría. Experto en codearse siempre entre los mejores de su calaña, Erik contactó con Phillipe Neuman, uno de los más populares falsificadores de documentos oficiales de identidad en la isla, conocido por su minuciosidad entre los bajos fondos. Por el módico precio de unos mil quinientos euros, Erik obtuvo una copia idéntica de NIF, pasaporte y permiso de conducción, realizada con todos los detalles existentes, cuya demostración no sería imposible pero sí harto difícil. En cuanto al nombre, el azar jugó su mejor papel de la siguiente manera: Cuando Erik reservó en un pequeño, coqueto y aislado hotelito rural la habitación en la que remataría su ardid, donde desplegaría por fin toda su red de conquista sobre la inocente Victoria quedándose para sí su virginidad, puso toda su atención en los anteriores firmantes de la hoja de huéspedes. Un tal Harry Stendhal pasó por ese mismo puesto apenas unas horas antes que él, y ese pobre hombre tuvo la mala suerte de firmar con trazos sencillos y con una escritura muy fácil de imitar. Si el tal Stendhal hubiera sabido todo lo que le caería encima en los meses venideros, indudablemente se hubiera ahorrado ese fin de semana bucólico. Erik, perspicaz, nunca firmó nada en ese hotelito rural gracias a sus dotes dicharacheras e ingeniosas; a la dueña de esa suerte de parador le pareció tan tierno y sincero aquel apuesto joven, cargado con velas aromáticas y pétalos multicolores de rosas, tan entregado a la causa de sorprender a su amante, sin ocultar ningún detalle romántico, que le dejó pasar por alto la inscripción con el fin de salvaguardar la sorpresa. Erik, por supuesto, la satisfizo con un par de besos en las mejillas, la mayor de sus sonrisas y unos cincuenta euros de más por las molestias y su silencio. Ese mismo día, por la noche, Victoria se entregó totalmente, en cuerpo, alma y mente, al hombre de su vida y de sus sueños. La niña Victoria pasó a convertirse en una mujer, resguardada entre los brazos de ese irlandés nutrido en mil batallas que la había escogido a ella entre todas las mujeres de todos los lugares de todos los rincones del mundo. No pudo sentirse más dichosa y más enamorada. Mientras él dormía, con el olor a chocolate belga que aún desprendían las velas, y que se mezclaban con el de los pétalos rosas, rojos y blancos de rosas esparcidos por el suelo, con la mirada puesta en la botella de champán que reposaba en la cubitera, no pudo evitar unas lágrimas de felicidad, de placer, casi de bendita incredulidad. No quería separarse jamás de ese hombre, el único al que se había entregado enteramente y que ya había elegido como padre de sus hijos, como acompañante para el resto de su vida. Mientras él permaneciera a su vera dejaba de importar el mundo y todo lo que le deparara el destino, bueno o malo. Porque era su todo: como él: nadie, y sin él: nada. A la mañana siguiente, cuando después del brunch abandonaron la estancia, Erik se fijó disimuladamente que Harry Stendhal había abandonado la habitación haría unas tres horas, dejando impresa una tierna dedicatoria en la hoja de agradecimientos y sugerencias: “acogedor, idílico. Altamente recomendable”. Erik se fijó en la unión de las letras, las redondeces de las vocales, la ligera inclinación hacia la derecha, la separación de algunas consonantes, los palos de las d, las l, las t, la forma de escribir los puntos y los acentos. Y, con todo imborrable en su envidiable retentiva, se despidió complaciente y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Durante muchos días, Erik se reencontró y estuvo viéndose furtivamente con un viejo conocido, que ahora residía en Dublín: el francoirlandés Abraham Fagim. Les unían los mismos orígenes y las mismas amistades y experiencias: juntos habían vivido varios pálpitos con nervios a flor de piel, heridas que no llegaron a cerrarse nunca, huidas, persecuciones, pasos en falso de equilibristas, actuaciones conjuntas a sangre fría y resoluciones fortuitas. Si bien no se puede decir que fueran amigos íntimos, el respeto mutuo lo sustituía con creces y la confianza entre ambos era ciega: nunca se hicieron pregunta alguna, la curiosidad reinaba por su ausencia, no sospecharon el uno del otro porque ya sabían que lo ilícito siempre les resultaba mucho más rápido y estimulante, además de ser algo en su ser tan natural como las manos curtidas y manchadas o los poros siempre alerta de su piel. Tenían en común la lealtad silenciosa que conlleva el interés mutuo, y aunque podían jactarse de ser perros viejos en cuestiones delictivas, no lo hicieron. “A ti te conviene tan poco como a mí”, y con esa premisa se entendían dentro de la parquedad en sus palabras, con miradas cómplices antiguamente entrenadas, por lo que el dar y devolver favores ya quedaba implícito sin tener porqué asegurarlo. La figura de Abraham Fagim fue decisiva en esta empresa para cubrirle las espaldas. Durante unos tres meses aprovechó los beneficios que le confería mantener una relación seria con alguien de tal estatus. Dicha situación se materializó en viajes en yate, estancias paradisíacas alejadas del mundo, conducir deportivos de alta gama, cenas lujosas en restaurantes de vanguardia, convirtiéndose en invitados de honor y afortunados comensales ya casi expertos en la cocina de fusión. Cambió por entero su anodino y casual vestuario, por recomendación de la misma Victoria, que le proporcionó varias prendas importadas, únicas en el mundo y confeccionadas únicamente para él. Secretamente, ella le bordaba sus iniciales en la etiqueta interior, para que siempre llevara consigo su recuerdo. Asistían a fiestas, aunque Erik no era muy dado a prodigarse en ellas, y la mayoría de las veces intentaba eludirlas. No le gustaba mucho mezclarse con la gente ni tenía interés en integrarse en círculos sociales. A Victoria no le importaba: ella, de natural introvertida y reservada, casi suspiraba de alivio ante estas decisiones. Una tarde, tras hacer el amor, Erik casi entre sollozos, le confesó algo que le rondaba hacía días por la cabeza. Le confesó esa idea que le martirizaba, y se desahogó fingiendo un desasosiego que incluso acompañó con lágrimas convenientes; preocupado por su limitación en cuanto a recursos económicos y culpó desesperado a esa misma circunstancia de la imposibilidad de culminar su felicidad. “Lo único que me haría feliz en esta vida sería despertarme junto a ti cada mañana, arroparte cada noche, mirarte todos los minutos del día, comprar y cocinar juntos, acurrucarnos en el sofá cada atardecer, hacerte el amor las horas restantes, admirar juntos todos los amaneceres que nos queden. Pero no puedo dártelo; soy un miserable, un inmundo, un pobre, un desgraciado. No tengo ni un jodido euro para poder hacerte feliz…lo mejor será que te busques alguien mejor”: Y con estas últimas palabras mágicas, tras el necesario autofustigamiento para dar más énfasis al drama y esa aparente resignación a dejarla ir contra su voluntad, como vagando por su amor, se acabó de redondear el círculo que tanto tiempo le había costado construir. Porque Victoria -como él ya había previsto-, entre lágrimas de amante conmocionada y abrumada por tal intensidad emocional, algo inusual en un hombre tan de mundo, tan vivido y experimentado, le dijo que no se preocupara. Que hoy por ti y mañana por mí. Que para eso eran una pareja: para ayudarse mutuamente, y que las cosas ya mejorarían en algún futuro venidero. Al día siguiente, ya estaban abriendo una cuenta conjunta, donde el depósito inicial constó de cuarenta mil euros , unos ahorros personales que Victoria guardaba en una de sus cajas fuertes, en un principio cantidad reservada para emergencias. La cuenta se abrió a nombre de Victoria Hayes y Harry Stendhal, con sus pertinentes contratos y documentos de identidad debidamente fotocopiados, la garantía más que suficiente del apellido prestigioso de la abajo firmante, entre las adulaciones hipócritas de los banqueros que habían conseguido captar a sus clientes de oro. No cabe decir cuánto sirvieron las horas de arduo trabajo, sin descanso, en las que el perito calígrafo Abraham Fagim enseñó incansable técnicas y trucos a Erik para firmar como si se tratara del mismo Stendhal. Con licencia para acceder al archivo de datos central, Fagim no tuvo muchos problemas en localizar un documento de impuesto por bienes inmuebles firmada por el susodicho, y también una copia escaneada de su carnet de identidad. Con detenimiento, calma y pericia se dedicó a memorizar, calcar, copiar y desmontar cada trazo: la velocidad con la que garabateaba, la dirección de las líneas, el tamaño de las letras y su inclinación, los puntos y las mayúsculas, lo legible de su nombre, la sencillez del subrayado. Tras muchos intentos, desgranó, conoció sin haberlo visto y se mimetizó con aquel desconocido, gracias a ese don suyo que tanto había cultivado para usos fraudulentos. Analizó repasando todo lo aprendido teóricamente, todos los ejercicios realizados hasta la saciedad y todas las prácticas que ya había efectuado, y siendo lo más objetivo posible, por fin decidió que habían alcanzado la perfección. No habría manera de probar, si remotamente llegara el momento, que el autor de la firma no era el mismo Stendhal. Necesitaron muchas horas de muchos días para que Erik no errara lo más mínimo, pero esos dos meses dieron su fruto y no falló en ninguno de los intentos, tras cientos de papeles destruidos repletos de firmas que a ojos comunes parecían iguales pero que ellos, perfeccionistas, sabían que no lo eran, ya estaban preparados. Si como pareja firmaron un lunes la apertura de la cuenta, el martes por la mañana a primera hora ya estaba Erik en el banco, desplegando todo tipo de rocambolescas y creíbles historias con el fin de retirar todo el depósito. Le dio pena, eso sí, dejar la cuenta a cero y le dejo dos mil euros por las molestias, por el daño causado, por su falta de escrúpulos y por el egoísmo del cual no se arrepintió en ningún momento. Erik, que hasta entonces iba siempre pulcro y afeitado, con pendientes en las orejas y una especie de lanza dorada en miniatura que le atravesaba la ceja derecha, con una melena ondulada castaña que caía sobre sus hombros, procedió al cambio físico. Su rostro quedó desierto de cualquier adorno, y se dejó crecer el vello facial -que tampoco tardaba demasiado-; se deshizo de la cabellera de años y quedó rapado. Se agenció gafas semitransparentes para intentar ocultarse del mundo, compró una buena maleta, introdujo en ella lo mínimo, y bajo cuatro candados con cuatro contraseñas diferentes guardó con recelo los documentos falsificados y los suyos reales. El resto de sus pertenencias fueron a parar a la hoguera improvisada en las cercanías del lago; con los ojos en llamas, Erik respiro hondo y por fin sonrió queriendo sonreír, sin ningún tipo de fingimiento. Actuar las 24 horas durante tanto tiempo le resultó un ejercicio agotador. Ahora, nadando en la abundancia y con todo ese efectivo en su regazo, tras cerciorarse de que cualquier vestigio del pasado declarado como prueba fuera convertido en cenizas, cogería el primer vuelo hacia Londres. “Adiós, Connemara: fuiste bonita mientras duraste.”, les espetó al fuego. Su mente de diagramas veloces y calculadores no descansó un sólo instante, ni tan siquiera se posó un segundo en la figura de la pobre Victoria, quien tras ser informada de su realidad, salir del estado de shock y saberse víctima de un embolado tan atroz, jamás pudo recuperarse y se encerró en sí misma de manera rotunda e indefinida. Conocedor de la estricta cadena de favores entre profesionales del medio, compensó al grafólogo y al falsificador con dos mil euros por cabeza, en agradecimiento de su profesionalidad, complicidad, ayuda sin fisgoneos y futuras o posibles colaboraciones y defensas. Erik Roux siempre fue un tipo atento, generoso y agradecido con los suyos. Ahora, en el avión, una mujer de unos cuarenta y ocho años, de andares portentosos y sofisticados, se sienta casi en el otro extremo del pasillo reservado a viajeros de primera clase. Le confiere una suculenta propina a la azafata, y el ojo presto de Erik se posa en el grosor de esa enorme cartera en forma de sobre, con costuras doradas y piel de serpiente. Minutos después y con su galantería habitual, hace que la azafata actúe de alcahueta y le ofrezca a la pasajera una copa de Moet Chandon burbujeante y frío, que en tales circunstancias es capaz incluso de adquirir poderes afrodisíacos. Cuando la mujer descubre gratamente el aspecto refinado y masculino de su pretendiente, accede a entrar en el juego del cortejo. Y Erik, desde la distancia, levanta su copa con esa media sonrisa de conquistador, tan sugestiva, y rabiosamente seguro de sí mismo brinda en el aire inclinando la copa hacia ella. Su próxima inversión ya está en camino.

El cuento de la desdichada criatura marina

ESTEFF

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo existía un mundo mucho más abajo de nuestros suelos, tan abajo que incluso rozaba el núcleo interno de la Tierra, aquel casi inalcanzable, más allá de los niveles superiores del mar. Andaba a medias entre los límites de lo terrestre y del inframundo, y estaba cubierto de agua y oxígeno, todo a la vez, y también de criaturas fascinantes que vivían en paz, que no albergaban malos sentimientos y vivían en plena armonía. Estas fascinantes criaturas, de belleza superlativa, se trasladaban aleteando de un sitio a otro, con una rapidez encomiable;
allí no existían las piernas, al igual que tampoco las escamas cortantes y dañinas tan propias de los seres humanos y animales acuáticos, sino que las colas y aletas eran suaves y aterciopeladas, veloces y resplandecientes. Contadas veces, por diversión, subían hasta la superfície y los tenues rayos del sol, que iluminaban su apéndice marino, creaban un hermoso efecto óptico a través de toda la inmensidad de mar y lograban con él cubrir de destellos las olas.
Pero un día una de estas criaturas, pura, divina e inmortal, quiso aliarse con su curiosidad y traspasó todos esos mundos. Con absoluta rapidez vio barcos abandonados, cofres destartalados, oro perdido y envuelto en arrecifes, más arriba contempló peces grandes y fieros devorando a otros bancos de ellos, más débiles y pequeños; aún más arriba quedó estupefacta al observar cómo uno de esos peces mordía un gusano para saciar su hambre, y con esta artimaña era empujado hacia arriba, fuera de la humedad, para nunca más regresar a su hogar. Quiso saber qué le había empujado exactamente a irse para no volver.
Entonces, dejando burbujas y un rastro de espuma tras su paso vigoroso, subió más y más arriba; sin saber qué era y por tanto sin juzgarlo como bueno o malo, advirtió otros seres inertes carentes del más ligero movimiento, cayendo en la cuenta que anteriormente estuvieron vivos. Gran cantidad de ellos poseían aletas, las de algunos eran enormes y las de otros, sin embargo, minúsculas; los había minúsculos pero también caían algunos de dimensiones descomunales, vio unos con alas, con picos, con branquias…los halló de todas las formas y tamaños, envueltos en capas negras y sucias, inmóviles y con ojos opacos. Vio avecinarse redes gigantescas sin interrupción que logró evadir, aunque otros más desafortunados quedaron presos. También percibió el avance imparable de líquidos extraños, y torbellinos de agua con hélices que rotaban sin pausa, y vio algas destrozadas y corales rotos y peces que quedaban atrapados, y otros salían
despedidos a algún otro lugar con tremendos embistes.
Pero aquel ser bello y exótico venido de otros mundos aún quiso más, y subió valiente hasta el siguiente escalafón, porque todavía no había caído en la cuenta de qué significaba lo que había contemplado. En milésimas de segundos, más rápido de lo que nosotros podríamos entender, se encontró donde sólo existían rayos del astro rey, arena y sequía, y unos extraños seres que se desplazaban mediante cuatro ramificaciones unidas a un tronco, todos diferentes y de varios tamaños.
Nuestra criatura, que no entendía de acechos ni de maldades ni de intenciones con perjuicios, no pudo más que observar anonadada, con encantadora curiosidad que nunca se saciaba, con los ojos de quien descubre un mundo nuevo por vez primera, lejos de cualquier temeridad. Mas lo que allí encontró fue destruyendo sus pensamientos ortodoxos y puros poco a poco. Como no tenía conocimientos del marco espacio-temporal no supo cuánto tiempo permaneció allí, pero lamentablemente éste fue el suficiente para que muchas personas le retuvieran en un pequeño habitáculo contra su voluntad, coartando sus ansias de libertad y mermando su rapidez y agilidad, que cada vez se iba atrofiando más. Toqueteaban y maltrataban su preciosa aleta resplandeciente,
fina, enorme, elástica y rasa, al igual que su cabello frondoso color verde y azul marino; quisieron investigarla y exhibirla, consiguieron hacerle daño en sus extraños ojos de visión submarina, cuyo precioso iris era de un atractivo color rosa coral. Intentaron separar sin éxito sus falanges unidas permanentemente, dañando éstas de forma considerable, ya que eran inseparables y estaban formadas por materiales que escapan a nuestro entendimiento. Sintió el dolor físico y emocional por vez primera, y la sensación fue cruel e indefinible.
Así se vio nuestra criatura de repente: burlada, vejada, expuesta, maltratada. Agazapada y escondiéndose a través de su magnífica aleta suave y su frondoso cabello verde azulado. Sin entender nada. Sintió no poder escapar; de repente creyó necesitar el agua para vivir, aunque fisiológicamente podía hacerlo en cualquier otro ámbito, tanto en el ardiente desierto como en el glaciar más helado. Dentro de ese ser algo nació, algo muy oscuro y lúgubre, y toda su fuerza venida de los mundos más antiguos y las magias más sabias y poderosas se concentraron en un sólo momento, causando así un remolino de agua, sal, tierra, aire y todo cuanto la naturaleza pudo abarcar a su paso, llevándose consigo cualquier rastro de ser viviente, también inanimado, enfureciendo al mar, desatando las tormentas, resquebrajando y abriendo el suelo, causando estragos en muchas millas a la redonda: tal era su pena y tan grande su dolor. Fue más ardua que
la más violenta de las tempestades. La ira y el desconsuelo no perdonaron nada a su paso. Las consecuencias fueron devastadoras.
Nuestra criatura divina no pudo volver a su hogar, pues la pureza se había ido y jamás volvería, y los límites para acceder a él se habían cerrado. No encontraba el camino de vuelta. Unos seres desconocidos la habían corrompido y ahora se encontraba perdida.
Concentró todo su poder con la fuerza del arrepentimiento, que era infinito e indescriptible, en restablecer la naturaleza que se había cobrado su estado impetuoso. Volvió el mar a su cauce, a la calma, con su color plata y azul y plomizo y casi negro por las noches. Volvió a otorgarle su transparencia, inmensidad y belleza. Le limpió de impurezas, extrajo lo negro y lo volvió paraíso.
Volvieron las algas, los arrecifes, los corales, los peces, las medusas y absolutamente todas las criaturas marinas que, en otro nivel, cuando subía a la superficie, antaño había conocido. Reunió las tierras agrietadas y las hizo planas, dotándolas de las más maravillosas flora y fauna, con los mismos animales que residían pacíficamente en ellas. A los humanos que tanto mal le habían causado, que habían acabado con su inherencia y quebrado su alma, no los quiso devolver a ese lugar, y como una promesa interna, se juró prevenir su recién inaugurado reino de sus miradas, pisadas y acercamientos.
Nuestra criatura, que ya jamás albergó esos oscuros y lúgubres sentimientos los cuales causaron toda una catástrofe indescifrable, decidió rodearse toda ella de escamas transparentes, afiladas, tan cortantes al mínimo tacto como puntas afiladas de cuchillos. Eran pequeñas y eran miles y miles de millones. Llenándose de paciencia se envolvió enteramente en ellas, convirtiéndolas en su nueva piel: cubrió sus falanges inseparables, y sus ojos color coral, y su boca de pez, y su frondosa melena azul y verde, y también las depositó en su enorme aleta, exótica y sedosa, aterciopelada, e hizo hincapié en ella y colocó dos capas, minúsculas escamas incisivas y transparentes.
A partir de entonces, pasó la eternidad custodiando ese trozo de tierra, marina y terrestre, sin que ningún otro ser, humano o no, animado o inanimado, pudiera posar una sola parte de su cuerpo en ella. Era inalcanzable, totalmente inaccesible, y sólo así pudo llegar a recuperar, con el paso de muchos siglos, un ínfimo trozo del alma pura que le habían arrebatado.

La playa de los traficantes

GER GERTZEN

Me ocurrió la tarde del domingo 6 de marzo.

Fue en una playa, en un punto de la interminable costa arenosa que hay en Portugal, pongamos, para no dar demasiados detalles, que entre Porto y Lisboa.

Yo hacía turismo. Horas antes había llegado a la zona, aparcado en un pinar y caminado hasta el mar, que no era más que un indeterminado punto, hacia el oeste, claramente marcado por el sonido de las olas rompiendo y por las dunas.

Tras la caminata (durilla en los montículos más cercanos al mar, menos invadidos por las plantas, pues la arena había tenido menos tiempo para ser desalinizada y fertilizada) me di de bruces con el Atlántico. Y con kilómetros de playas inocupadas.

¡Nadie en kilómetros hacia el norte, nadie hacia el sur!

Disfruté un rato del paisaje.

Luego volví, a comer un bocado, a mi vehículo.

Mi intención era quedarme a dormir en el lugar.

Pero todo cambió unos minutos más tarde.

¡Paciencia!

No nos precipitemos.

Volvamos a mi cena.

Era invierno. Finales. Aunque la meteorología era bien primaveral, en pocos minutos el sol se iba a poner.

Yo aproveché para saciar mi sed y mi hambre.

Tras lo cual, me dije que sería bonito volver a la playa para ver el ocaso. Eso hice: me encaminé, nuevamente, hacia el mar.

Llevaba, de nuevo, mi cámara. Habían pasado unos minutos desde mi primera visita, en la que tomé, entre otras, la foto que ilustra la presentación de esta historia. En ella el sol estaba ya bajo. Ahora había desaparecido tras el horizonte, pero aún estaba claro y toda una gama de colores ígneos decoraba el océano, colándose entre nubes de distintas formas y tamaños.

Pero había cambiado algo más: a unos 200m de distancia, ligeramente envuelta por el agua, una persona se afanaba con algo que debía de estar a su pies. Me dio la sensación de que sujetaba, con una mano, una especie de barra metálica en posición vertical, y con la otra usaba algo como martillo para golpear la primera.

Mi primera idea fue que se debía de tratar de un surfer en dificultades.

En esa misma zona, en mi visita anterior, había constatado que asomaban rocas, de poca altura, de la arena. Era la única franja de tales características.

Él, aparte de mostrar un perfil masculino y joven, como de la veintena, llevaba un traje de neopreno oscuro. Creo que fino, como de un milímetro o dos de espesor.

Pensé que había tenido algún problema con la tabla y que estaba tratando de desencallarla de las rocas.

Yo esgrimí mi cámara (con la que acababa de tomar fotos de las dunas, del mar, del cielo) y lo capté en una imagen.

Y en una segunda, en la que, este individuo, había cesado en su actividad y me miraba. Guardo ambas.

Supongo que él podía verme bastante bien, recortado contra el fondo claro de una duna, sentado en ella, y apuntándolo con mi cámara.

No duró mucho dicha situación, pues, de pronto, el tiempo inició una especie de caída libre. Todo se aceleró: aquél chico se puso a correr hacia mí.

¡La adrenalina me hizo reaccionar de inmediato!

Mi cerebro desmontó la historia del surfista instantáneamente y se ha puso a tejer otra muy diferente, en la que el delgado joven del neopreno era un asesino que intentaba deshacerse del cadáver, un recolector furtivo de marisco o un traficante de drogas que acababa de señalizar el lugar del intercambio.

De hecho, en mi anterior visita a la playa (como una hora antes) había llamado mi atención un palo clavado verticalmente en la arena. Algo más al sur, como a 100m. En una playa donde no se veía a nadie. Ahora ese palo era una señal, cobraba sentido.

Y sí, yo acababa de ver huellas, muchas huellas que entraban en la arena.

No sé exactamente qué es lo que me impulsó, si una intuición, un reflejo… pero algo me hizo comprender que la moda en ese momento y en esa playa era ¡CORRER!

Mientras me desplazaba lo más rápido posible por el accidentado y complicado relieve, me di cuenta, de golpe, que mis huellas iban a chivar a quien quisiera leerlas por dónde acababa de pasar yo, luego no hacía falta más que seguirlas para darme caza. Así que me puse a buscar el más mínimo rastro de hierba o de vegetación algo más desarrollada para marchar sobre ellas.

Tras correr un ratito, obviamente con las dunas entre mí y mi hipotético perseguidor, me oculté. Primero tras una duna que quedaba bastante resguardada por otras y por la vegetación. Estaba parcialmente cubierta por un tipo de arbusto que alcanzaba como de metro y medio y que, incluso, me permitía desplazarme a ras de suelo, si me hacía falta, pues entre los troncos su follaje era más escaso.

Durante mi loca huida, había visto, ocultas entre dos dunas bajas, dos bolsas textiles, en pie, ordenadas una con respecto a la otra, y con forma muy paralelepipédica[1].

No me arriesgué a acercarme, ni siquiera para echar un vistazo, la prioridad, en ese momento, era otra:  ¡Largarme!

Me alejé unos cientos de metros, lo que se traducía en media docena de elevaciones arenosas y me paré en una zona ocupada por los matorrales.

Ningún ruido excepto el fuerte y constante murmullo del mar. Y mi aún agitada respiración.

Nada más que la arena y las plantas mecidas por el viento.

Estaba a salvo.

Por el momento.

Lo que sí deduje, era que me convenía poder ver lo que pasara a mi alrededor, pues si me escondía iba a poder quedarme así durante días, de miedo de no saber lo que pudiera haber en torno a mí y, gracias a ello, por no tener ni idea de lo que realmente pasaba.

Es más. Si realmente aquél tipo fuera un narcotraficante, quizá se pudiera permitir un ejército de gente que se pusiera a buscarme entre las dunas.

¡Y perros sabuesos!

Yo tenía las de perder, pues no conocía bien los alrededores. Supuse que él (ellos) sí.

Barajé la posibilidad de hacer un amplio rodeo por el sur, para llegar a mi vehículo (que se encontraba al este), caminando por el borde de la vegetación bastante desarrollada que se veía a unos cientos de metros de mí y dejando la zona más despejada de en medio como “póliza de seguros”, para detectar fácilmente a quien pudiera venir en mi busca.

Pero, el inconveniente de esa salida era que yo nunca sabría si todo había sido un malentendido o si realmente ahí se cocía algo. ¡Podría haber estado corriendo y escondiéndome por nada!

Así que, decidí subir con mucha precaución a la cima de mi duna y, así, tener un poco de perspectiva de lo que me rodeaba.

Eso hice: con infinita precaución, sin hacer el mínimo ruido, oteando en todos los sentidos antes de avanzar un milímetro más (esperando, así, que yo viera a quien fuera antes de que ocurriera al revés) y siempre preparado para ocultarme de inmediato, llegué a la cima.

Me protegía con las matas, giré la cabeza en todos los sentidos antes de erguirme. Y, ¡De pronto, lo vi!

¡Había otro varón joven!

Me oculté de inmediato, pero, a través de la vegetación lo mantuve en mi punto de mira.

¡Mi rival, mi perseguidor, no estaba solo!

Éste segundo llevaba un palo al hombro, del que pendían, en equilibrio, dos bidones o sacos (la luz flaqueaba) también paralelepipédicos. En la otra mano llevaba una barra o palo como de un metro de largo.

Seguí a mi nueva pesadilla en su trayectoria: caminaba hacia el lugar (más al norte) desde donde yo había visto al primer “surfer” (que ya no lo era) y punto hacia donde él debía de haberse encaminado.

De hecho, al poco, pude ver a ambos jóvenes hablar entre ellos: exsurfer 1 gesticulaba, señalaba hacia donde yo había estado y cambiaba impresiones con exsurfer 2. Al poco desaparecieron en esa dirección. Una o varias dunas me impidieron verlos.

Mi intención era arriesgarme lo menos posible a ser visto, pero, si era posible, mantener mi ventaja estratégica de saber por dónde andaban ellos.

Así que, me posicioné lo mejor posible para, con poco riesgo de ser descubierto, poder yo dominar sus posibles salidas.

Mi esperanza era verlos alejarse con todos sus pertrechos y dar el asunto por terminado.

Pero no.

Iba oscureciendo, el tiempo pasaba y yo no veía movimiento alguno por parte de ellos.

Al menos, como punto a mi favor, la falta de luz iba a ponerles muy difícil seguir mis huellas, bien camufladas entre los vegetales y muy discontinuas sobre la arena.

Volví a la misma reflexión: si me quedaba oculto o bien podía estar haciendo el tonto, tanto por el hecho de que ellos no me estuvieran buscando (que lo hubieran dejado e incluso que se hubieran ido) como por el hecho de que, así, yo ignoraba lo que se me podía avecinar.

Y lo que se me podía echar encima era incalculable.

Eso me hizo moverme de nuevo.

Otra vez con infinitas precauciones, avancé hacia el norte (donde ellos deberían estar, al menos hacia donde habían desaparecido).

Llegué a la cima de otra duna.

Me moví con toda la precaución del mundo. Antes de atreverme a asomar la cabeza, miré, parapetado tras la maleza (que en este caso se había convertido en “bueneza”), en todos los sentidos.

¡Nada!

¡Heme ahí, subido a un montículo de arena, revestido de esas benditas plantas (que yo ya adoro) mirando a mi alrededor, buscando a mis buscadores!

Me adelanté un poco hacia el norte y, de golpe, ¡Descubrí dos masa negras en la base de mi duna, no, más bien a media altura de la misma, delante de mí, a menos de veinte metros!

Pese al esfuerzo que hice más tarde de intentar recuperar los detalles, no lo conseguí. No sé si ellos me habían detectado, o no, antes que yo a ellos, si ellos me habían oído, si eran los mismos tipos o no, si estaban mismamente vestidos, incluso si yo no había visto más que dos rocas (extraño en una zona donde brillaban por su ausencia, en todo caso).

Creo que mis sentidos no tuvieron, simplemente, ni tiempo de captar nada: me anticipé a todo.

¿Corre la luz de las siluetas más rápida que la de su relleno?

No tuve tiempo a responder a la científica pregunta.

¡Yo salí por patas como un loco!

Claro que por el lado opuesto al de ellos.

Puedo afirmar que, desde ese momento, ostento el récord mundial de 100m dunas.

Oí gritar detrás de mí. No sé si era frustración, intentos de intimidarme o de darse coraje ellos mismos.

Cuando, al cabo de ese espacio, eché un vistazo hacia mi reciente pasado, pude ver un potente haz de luz que barría por todas partes, como si de un campo de prisioneros se tratara: cielo, mi posición anterior, los matorrales, un montículo, las nubes y otro montículo… No alumbraba, desde luego, a mi persona, yo estaba ya a buena distancia.

Su luz no era tan rápida como yo.

Delimité todos las zonas ocupadas por la vegetación, me aventuré en todo el bosque bajo que pude encontrar a mi paso, y, sobre todo, me alejé de allí con toda la eficacia posible.

La luz ponía de manifiesto la posición de uno de mis perseguidores. Pero yo ignoraba el juego, incluso la posición, del otro.

Parecía que, desde que se habían juntado, la decisión que los guiaba era de mantenerse juntos. Eso había jugado a mi favor, pues perdían la ventaja que el número les brindaba, al menos, en el caso de haberse podido mantenerse ellos en contacto mediante teléfono o walkye-talkye.

Yendo juntos cubrían bastante menos terreno y no se valían de la presión que cada uno podía ejercer sobre mí para obligarme a hacer un movimiento equivocado y ponerme,  así, al alcance del otro. Iban los dos juntos, porque, seguramente, ellos tenían tanto o más miedo que yo.

¡Narcos aficionados!

Ignoraban quién era yo, mis intenciones (evidentemente tomando imágenes de ellos no serían “buenas”, al menos para sus intereses), ignoraban cuáles eran mis capacidades, si iba armado (hasta el momento no tuve evidencia de que ellos sí).

Pero aún no podía descartar el riesgo de que ellos contaran con apoyo externo. Podían haber llamado ya a alguien y encontrarme yo con sus “refuerzos” de golpe y porrazo.

Así que evité los caminos.

Cuando la vegetación no me permitía atravesarla y tenía que salir al (relativo) descubierto, lo hacía por el menos tiempo posible. Volvía al anonimato del follaje en seguida.

Cabía la posibilidad de que me perdiera.

Yo tenía memorizado en Google Maps la ubicación de mi furgón. Pero encender el teléfono y ponerme a mirar la luminosa pantalla, era demasiado arriesgado, habría podido atraer sobre mí alguna mirada de mortales intenciones.

Así que, tras buscar rincones lo más protegidos posibles, me agazapaba sobre la pantalla y echaba un vistazo a mi posición, para vez si iba en la buena dirección.

Iba.

Cada paso que conseguía dar me colocaba más cerca de mi salvación.

Pero, vista la actitud de mis perseguidores, ya no había duda: me jugaba la vida.

Y yo desconocía el lugar, no sabía si ellos podían haber detectado mi coche, si iban a movilizar a más gente, si ya habían renunciado a buscarme por las arenas y se habían decidido a controlar los accesos, si eran de la zona, con lo que, de toparse alguien conmigo iba a cantar mucho quién no era del lugar… Eran demasiadas incógnitas

Pensé que podía llamar a la policía, pero, en un lugar desconocido para mí y con muchas lagunas para comunicarme en portugués, preferí no arriesgarme: ellos podían tener compinches por todas partes.

Seguía caminando.

Estaba ya oscuro, bien oscuro. Luna decreciente, casi nueva, por lo que se había ocultado ya antes que el sol, y el cielo estaba cada vez más cubierto. Ni estrellas.

Renuncié a hacer campo a través hacia mi vehículo, pues, aparte de poderme meter en un cenagal (ya había detectado aguas estancadas en las proximidades) me podía dejar la piel en la maleza, incluso perder un ojo con una rama traidora o torcerme un tobillo: no estaba en el mejor momento para correr riesgos.

Así que, me dirigí a la raya más cercana según lo que me mostraba Google Maps.

Di con un camino. Pisé, al rato, asfalto.

Poca actividad en la zona.

Casas dispersas.

En todo momento mis ojos saltaban de un posible escondite al siguiente, por si algún vehículo se me acercara o yo detectara a alguien en las proximidades.

Ningún perro que me pusiera en evidencia.

Caminé, siempre guiado por los mapas de mi smartphone, hacia una calle meridiana que me permitiera avanzar hacia el norte y, de ese modo, me colocara justo a la altura de mi furgón, o del trazo horizontal que me llevaba hasta el mismo.

Iba comprobando los nombres de las callejuelas para confirmar mi ruta y mi destino.

En un momento dado, un turismo, con un solo ocupante, un joven, me pilla al descubierto. Me mira de arriba a abajo y se va. Mal agüero. Ni me molesté en intentar esconderme, continué lo más natural posible, como si pasearse a esas horas por esos lares fuera la cosa más normal del mundo. Al menos para un guiri despistado.

Tuve la precaución, eso sí, de fingir una ruta diferente. Al menos para encaminar, a quien pudiera seguirme, lo más errado posible.

Desapareció.

También mi interpretación.

“Caminho Do Moinho” decía el cartel.

Lo tomé.

No era la ruta por la que había yo llegado, pero sí la paralela más próxima. Me llevaba a mi destino. Pero evitaba el suelo ya marcado por mis neumáticos.

Toda precaución era poca.

No tenía más que una vida que me pudieran arrebatar.

Margen de error cero.

Todos los sentidos al 150%, continué mi largar e irregular ruta. La oscuridad me protegía, pero arriesgaba mis tobillos sobre el firme irregular.

En cuanto estuve cerca de mi furgón (antes de ser yo detectable desde el mismo), tomé una circunvalación. Me aproximé desde el norte al punto atento a cualquier movimiento en su entorno. E intentando no ser yo quien se pusiera en evidencia.

Nada.

Con infinitas precauciones, me aproximé: nada ni nadie que me alertara.

Di un rodeo por la segunda fila atento a toda posible manifestación enemiga en primera.

Nada.

Agazapado, de árbol en árbol, me aproximé, saqué la llave, la introduje en la cerradura y tuve la precaución (aparte de no usar el mando a distancia, pues éste hace destellar todos los intermitentes) de hacer un solo movimiento de muñeca, así no desbloqueaba más que mi puerta.

Cerré la puerta tras de mí y eché el seguro.

Introduje la pala perforada en su receptáculo, la giré, haciendo que el motor rugiera y, agradeciendo haber tenido la precaución de aparcar facilitando la salida (como acostumbro y raramente hago excepción a dicha regla), salí por ruedas.

Encendí las luces una centena de metros más al este, cuando el camino se complicaba un tanto.

Respiré.

Vivo.

Libre.

[1] ”Paralelepípedo” es al cubo lo que el rectángulo al cuadrado, es decir, una forma tridimensional de seis caras, paralelas de dos en dos, pero de altura, anchura y fondo no (exactamente) iguales.

La playa de los traficantes

GER GERTZEN

Me ocurrió la tarde del domingo 6 de marzo.
Fue en una playa, en un punto de la interminable costa arenosa que hay en Portugal,
pongamos, para no dar demasiados detalles, que entre Porto y Lisboa.
Yo hacía turismo. Horas antes había llegado a la zona, aparcado en un pinal y caminado hasta el mar, que no era más que un indeterminado punto, hacia el oeste, claramente marcado por el sonido de las olas rompiendo y por las dunas.
Tras la caminata (durilla en los montículos más cercanos al mar, menos invadidos por las plantas, pues la arena había tenido menos tiempo para ser desalinizada y fertilizada) me di de bruces con el Atlántico. Y con kilómetros de playas inocupadas.
¡Nadie en kilómetros hacia el norte, nadie hacia el sur!
Disfruté un rato del paisaje. Luego volví, a comer un bocado, a mi vehículo.
Mi intención era quedarme a dormir en el lugar. Pero todo cambió unos minutos más tarde. ¡Paciencia!
No nos precipitemos. Volvamos a mi cena. Era invierno. Finales. Aunque la meteorología era bien primaveral, en pocos minutos el sol se iba a poner. Yo aproveché para saciar mi sed y mi hambre. Tras lo cual, me dije que sería bonito volver a la playa para ver el ocaso. Eso hice: me encaminé, nuevamente, hacia el mar. Llevaba, de nuevo, mi cámara. Habían pasado unos minutos desde mi primera visita, en la que tomé, entre otras, la foto que ilustra la presentación de esta historia. En ella el sol estaba ya bajo. Ahora había desaparecido tras el horizonte, pero aún estaba claro y toda una gama de colores ígneos decoraba el océano, colándose entre nubes de distintas formas y tamaños.
Pero había cambiado algo más: a unos 200m de distancia, ligeramente envuelta por el agua, una persona se afanaba con algo que debía de estar a su pies. Me dio la sensación de que sujetaba, con una mano, una especie de barra metálica en posición vertical, y con la otra usaba algo como martillo para golpear la primera. Mi primera idea fue que se debía de tratar de un surfer en dificultades.
En esa misma zona, en mi visita anterior, había constatado que asomaban rocas, de poca
altura, de la arena. Era la única franja de tales características.
Él, aparte de mostrar un perfil masculino y joven, como de la veintena, llevaba un traje de neopreno oscuro. Creo que fino, como de un milímetro o dos de espesor.
Pensé que había tenido algún problema con la tabla y que estaba tratando de desencallarla de las rocas.
Yo esgrimí mi cámara (con la que acababa de tomar fotos de las dunas, del mar, del cielo) y lo capté en una imagen. Y en una segunda, en la que, este individuo, había cesado en su actividad y me miraba. Guardo ambas.
Supongo que él podía verme bastante bien, recortado contra el fondo claro de una duna,
sentado en ella, y apuntándolo con mi cámara.
No duró mucho dicha situación, pues, de pronto, el tiempo inició una especie de caída libre.
Todo se aceleró: aquél chico se puso a correr hacia mí.
¡La adrenalina me hizo reaccionar de inmediato!
Mi cerebro desmontó la historia del surfista instantáneamente y se ha puso a tejer otra muy diferente, en la que el delgado joven del neopreno era un asesino que intentaba deshacerse del cadáver, un recolector furtivo de marisco o un traficante de drogas que acababa de señalizar el lugar del intercambio.
De hecho, en mi anterior visita a la playa (como una hora antes) había llamado mi atención un palo clavado verticalmente en la arena. Algo más al sur, como a 100m. En una playa donde no se veía a nadie. Ahora ese palo era una señal, cobraba sentido.
Y sí, yo acababa de ver huellas, muchas huellas que entraban en la arena.
No sé exactamente qué es lo que me impulsó, si una intuición, un reflejo… pero algo me hizo comprender que la moda en ese momento y en esa playa era ¡CORRER!
Mientras me desplazaba lo más rápido posible por el accidentado y complicado relieve, me di cuenta, de golpe, que mis huellas iban a chivar a quien quisiera leerlas por dónde acababa de pasar yo, luego no hacía falta más que seguirlas para darme caza. Así que me puse a buscar el más mínimo rastro de hierba o de vegetación algo más desarrollada para marchar sobre ellas.
Tras correr un ratito, obviamente con las dunas entre mí y mi hipotético perseguidor, me
oculté. Primero tras una duna que quedaba bastante resguardada por otras y por la
vegetación. Estaba parcialmente cubierta por un tipo de arbusto que alcanzaba como de metro y medio y que, incluso, me permitía desplazarme a ras de suelo, si me hacía falta, pues entre los troncos su follaje era más escaso.
Durante mi loca huida, había visto, ocultas entre dos dunas bajas, dos bolsas textiles, en pie, ordenadas una con respecto a la otra, y con forma muy paralelepipédica1.
No me arriesgué a acercarme, ni siquiera para echar un vistazo, la prioridad, en ese momento, era otra: ¡Largarme!
Me alejé unos cientos de metros, lo que se traducía en media docena de elevaciones arenosas y me paré en una zona ocupada por los matorrales.
Ningún ruido excepto el fuerte y constante murmullo del mar. Y mi aún agitada respiración.
Nada más que la arena y las plantas mecidas por el viento.
Estaba a salvo.
Por el momento.
Lo que sí deduje, era que me convenía poder ver lo que pasara a mi alrededor, pues si me escondía iba a poder quedarme así durante días, de miedo de no saber lo que pudiera haber en torno a mí y, gracias a ello, por no tener ni idea de lo que realmente pasaba.
Es más. Si realmente aquél tipo fuera un narcotraficante, quizá se pudiera permitir un ejército de gente que se pusiera a buscarme entre las dunas.
¡Y perros sabuesos!
Yo tenía la de perder, pues no conocía bien los alrededores. Supuse que él (ellos) sí.
Barajé la posibilidad de hacer un amplio rodeo por el sur, para llegar a mi vehículo (que se encontraba al este), caminando por el borde de la vegetación bastante desarrollada que se veía a unos cientos de metros de mí y dejando la zona más despejada de en medio como “póliza de seguros”, para detectar fácilmente a quien pudiera venir en mi busca.
Pero, el inconveniente de esa salida era que yo nunca sabría si todo había sido un
malentendido o si realmente ahí se cocía algo. ¡Podría haber estado corriendo y
escondiéndome por nada!
Así que, decidí subir con mucha precaución a la cima de mi duna y, así, tener un poco de
perspectiva de lo que me rodeaba.
Eso hice: con infinita precaución, sin hacer el mínimo ruido, oteando en todos los sentidos antes de avanzar un milímetro más (esperando, así, que yo viera a quien fuera antes de que ocurriera al revés) y siempre preparado para ocultarme de inmediato, llegué a la cima.
Me protegía con las matas, giré la cabeza en todos los sentidos antes de erguirme. Y, ¡De
pronto, lo vi!
¡Había otro varón joven!

1
”Paralelepípedo” es al cubo lo que el rectángulo al cuadrado, es decir, una forma tridimensional de seis caras, paralelas de dos en dos, pero de altura, anchura y fondo no (exactamente) iguales.
Me oculté de inmediato, pero, a través de la vegetación lo mantuve en mi punto de mira.
¡Mi rival, mi perseguidor, no estaba solo!
Éste segundo llevaba un palo al hombro, del que pendían, en equilibrio, dos bidones o sacos (la luz flaqueaba) también paralelepipédicos. En la otra mano llevaba una barra o palo como de un metro de largo.
Seguí a mi nueva pesadilla en su trayectoria: caminaba hacia el lugar (más al norte) desde donde yo había visto al primer “surfer” (que ya no lo era) y punto hacia donde él debía de haberse encaminado.
De hecho, al poco, pude ver a ambos jóvenes hablar entre ellos: exsurfer 1 gesticulaba,
señalaba hacia donde yo había estado y cambiaba impresiones con exsurfer 2. Al poco
desaparecieron en esa dirección. Una o varias dunas me impidieron verlos.
Mi intención era arriesgarme lo menos posible a ser visto, pero, si era posible, mantener mi ventaja estratégica de saber por dónde andaban ellos.
Así que, me posicioné lo mejor posible para, con poco riesgo de ser descubierto, poder yo
dominar sus posibles salidas.
Mi esperanza era verlos alejarse con todos sus pertrechos y dar el asunto por terminado.
Pero no.
Iba oscureciendo, el tiempo pasaba y yo no veía movimiento alguno por parte de ellos.
Al menos, como punto a mi favor, la falta de luz iba a ponerles muy difícil seguir mis huellas, bien camufladas entre los vegetales y muy discontinuas sobre la arena.
Volví a la misma reflexión: si me quedaba oculto o bien podía estar haciendo el tonto, tanto por el hecho de que ellos no me estuvieran buscando (que lo hubieran dejado e incluso que se hubieran ido) como por el hecho de que, así, yo ignoraba lo que se me podía avecinar.
Y lo que se me podía echar encima era incalculable.
Eso me hizo moverme de nuevo.
Otra vez con infinitas precauciones, avancé hacia el norte (donde ellos deberían estar, al
menos hacia donde habían desaparecido).
Llegué a la cima de otra duna.
Me moví con toda la precaución del mundo. Antes de atreverme a asomar la cabeza, miré, parapetado tras la maleza (que en este caso se había convertido en “bueneza”), en todos los sentidos.
¡Nada!
¡Heme ahí, subido a un montículo de arena, revestido de esas benditas plantas (que yo ya
adoro) mirando a mi alrededor, buscando a mis buscadores!
Me adelanté un poco hacia el norte y, de golpe, ¡Descubrí dos masa negras en la base de mi duna, no, más bien a media altura de la misma, delante de mí, a menos de veinte metros!
Pese al esfuerzo que hice más tarde de intentar recuperar los detalles, no lo conseguí. No sé si ellos me habían detectado, o no, antes que yo a ellos, si ellos me habían oído, si eran los mismos tipos o no, si estaban mismamente vestidos, incluso si yo no había visto más que dos rocas (extraño en una zona donde brillaban por su ausencia, en todo caso).
Creo que mis sentidos no tuvieron, simplemente, ni tiempo de captar nada: me anticipé a
todo.
¿Corre la luz de las siluetas más rápida que la de su relleno?
No tuve tiempo a responder a la científica pregunta.
¡Yo salí por patas como un loco!
Claro que por el lado opuesto al de ellos.
Puedo afirmar que, desde ese momento, ostento el récord mundial de 100m dunas.
Oí gritar detrás de mí. No sé si era frustración, intentos de intimidarme o de darse coraje ellos mismos.
Cuando, al cabo de ese espacio, eché un vistazo hacia mi reciente pasado, pude ver un potente haz de luz que barría por todas partes, como si de un campo de prisioneros se tratara: cielo, mi posición anterior, los matorrales, un montículo, las nubes y otro montículo… No alumbraba, desde luego, a mi persona, yo estaba ya a buena distancia.
Su luz no era tan rápida como yo.
Delimité todos las zonas ocupadas por la vegetación, me aventuré en todo el bosque bajo que pude encontrar a mi paso, y, sobre todo, me alejé de allí con toda la eficacia posible.
La luz ponía de manifiesto la posición de uno de mis perseguidores. Pero yo ignoraba el juego, incluso la posición, del otro.
Parecía que, desde que se habían juntado, la decisión que los guiaba era de mantenerse
juntos. Eso había jugado a mi favor, pues perdían la ventaja que el número les brindaba, al menos, en el caso de haberse podido mantenerse ellos en contacto mediante teléfono o
walkye-talkye.
Yendo juntos cubrían bastante menos terreno y no se valían de la presión que cada uno podía ejercer sobre mí para obligarme a hacer un movimiento equivocado y ponerme, así, al alcance del otro. Iban los dos juntos, porque, seguramente, ellos tenían tanto o más miedo que yo.
¡Narcos aficionados!
Ignoraban quién era yo, mis intenciones (evidentemente tomando imágenes de ellos no serían “buenas”, al menos para sus intereses), ignoraban cuáles eran mis capacidades, si iba armado (hasta el momento no tuve evidencia de que ellos sí).
Pero aún no podía descartar el riesgo de que ellos contaran con apoyo externo. Podían haber llamado ya a alguien y encontrarme yo con sus “refuerzos” de golpe y porrazo.
Así que evité los caminos.
Cuando la vegetación no me permitía atravesarla y tenía que salir al (relativo) descubierto, lo hacía por el menos tiempo posible. Volvía al anonimato del follaje en seguida.
Cabía la posibilidad de que me perdiera.
Yo tenía memorizado en Google Maps la ubicación de mi furgón. Pero encender el teléfono y ponerme a mirar la luminosa pantalla, era demasiado arriesgado, habría podido atraer sobre mí alguna mirada de mortales intenciones.
Así que, tras buscar rincones lo más protegidos posibles, me agazapaba sobre la pantalla y echaba un vistazo a mi posición, para vez si iba en la buena dirección.
Iba.
Cada paso que conseguía dar me colocaba más cerca de mi salvación.
Pero, vista la actitud de mis perseguidores, ya no había duda: me jugaba la vida.
Y yo desconocía el lugar, no sabía si ellos podían haber detectado mi coche, si iban a movilizar a más gente, si ya habían renunciado a buscarme por las arenas y se habían decidido a controlar los accesos, si eran de la zona, con lo que, de toparse alguien conmigo iba a cantar mucho quién no era del lugar… Eran demasiadas incógnitas
Pensé que podía llamar a la policía, pero, en un lugar desconocido para mí y con muchas
lagunas para comunicarme en portugués, preferí no arriesgarme: ellos podían tener
compinches por todas partes.
Seguía caminando.
Estaba ya oscuro, bien oscuro. Luna decreciente, casi nueva, por lo que se había ocultado ya antes que el sol, y el cielo estaba cada vez más cubierto. Ni estrellas.
Renuncié a hacer campo a través hacia mi vehículo, pues, aparte de poderme meter en un cenagal (ya había detectado aguas estancadas en las proximidades) me podía dejar la piel en la maleza, incluso perder un ojo con una rama traidora o torcerme un tobillo: no estaba en el mejor momento para correr riesgos.
Así que, me dirigí a la raya más cercana según lo que me mostraba Google Maps.
Di con un camino. Pisé, al rato, asfalto.
Poca actividad en la zona.
Casas dispersas.
En todo momento mis ojos saltaban de un posible escondite al siguiente, por si algún vehículo se me acercara o yo detectara a alguien en las proximidades.
Ningún perro que me pusiera en evidencia.
Caminé, siempre guiado por los mapas de mi smartphone, hacia una calle meridiana que me permitiera avanzar hacia el norte y, de ese modo, me colocara justo a la altura de mi furgón, o del trazo horizontal que me llevaba hasta el mismo.
Iba comprobando los nombres de la callejuelas para confirmar mi ruta y mi destino.
En un momento dado, un turismo, con un solo ocupante, un joven, me pilla al descubierto. Me mira de arriba a abajo y se va. Mal agüero. Ni me molesté en intentar esconderme, continué lo más natural posible, como si pasearse a esas horas por esos lares fuera la cosa más normal del mundo. Al menos para un guiri despistado.
Tuve la precaución, eso sí, de fingir una ruta diferente. Al menos para encaminar, a quien pudiera seguirme, lo más errado posible.
Desapareció.
También mi interpretación.
“Caminho Do Moinho” decía el cartel.
Lo tomé.
No era la ruta por la que había yo llegado, pero sí la paralela más próxima. Me llevaba a mi destino. Pero evitaba el suelo ya marcado por mis neumáticos.
Toda precaución era poca.
No tenía más que una vida que me pudieran arrebatar.
Margen de error cero.
Todos los sentidos al 150%, continué mi largar e irregular ruta. La oscuridad me protegía, pero arriesgaba mis tobillos sobre el firme irregular.
En cuanto estuve cerca de mi furgón (antes de ser yo detectable desde el mismo), tomé una circunvalación. Me aproximé desde el norte al punto atento a cualquier movimiento en su entorno. E intentando no ser yo quien se pusiera en evidencia.
Nada.
Con infinitas precauciones, me aproximé: nada ni nadie que me alertara.
Di un rodeo por la segunda fila atento a toda posible manifestación enemiga en primera.
Nada.
Agazapado, de árbol en árbol, me aproximé, saqué la llave, la introduje en la cerradura y tuve la precaución (aparte de no usar el mando a distancia, pues éste hace destellar todos los intermitentes) de hacer un solo movimiento de muñeca, así no desbloqueaba más que mi puerta.
Cerré la puerta tras de mí y eché el seguro.
Introduje la pala perforada en su receptáculo, la giré, haciendo que el motor rugiera y,
agradeciendo haber tenido la precaución de aparcar facilitando la salida (como acostumbro y raramente hago excepción a dicha regla), salí por ruedas.
Encendí las luces una centena de metros más al este, cuando el camino se complicaba un
tanto.
Respiré.
Vivo.
Libre.

La montaña

JUAN NADIE

No son muchos los que lo saben, y menos aun los que están dispuestos a
admitirlo. O tienen el valor de hacerlo. Pero escrito está en los arcanos libros que
aún guardan la sabiduría ancestral. Hubo un tiempo en que los hombres vivían
sometidos al yugo de los dioses, hasta que un héroe lo sacrificó todo para romper
las cadenas y liberar a la humanidad.
Los pueblos que vivieron en los primeros tiempos del mundo lo sabían y
con resignación lo aceptaban. La única manera de hacer realidad sus deseos era a
través del favor de los dioses. Sin su indulgencia, ningún anhelo era satisfecho,
ningún ruego colmado, ninguna esperanza alcanzada. Sin los dioses, nada se
podía conseguir. Pero los dioses no siempre escuchaban. Concedían los sueños
rogados por los hombres si su caprichosa y voluble naturaleza así lo determinada.
Pues la voluntad de los dioses era tornadiza como el viento entre los juntos. Los
hombres no podían hacer otra cosa que suplicar sin cesar su beneplácito.
El conocimiento de aquel mundo original se ha perdido ya en la memoria
del mundo, pero para Ere Nayak, la tiranía de los dioses era algo real y tangible,
pues él vivió en aquella época cuyo recuerdo no ha llegado a nuestros días.
Al pie de la ladera, Ere Nayak tiró a un lado el zurrón con las magras
provisiones que aún le quedaban. Estaba en la última etapa de su viaje y ya no le
servían para mucho. Tras unos instantes de vacilación, también arrojó lejos la
maciza espada de hierro que llevaba al cinto. Tan sólo conservó la lanza, que
podría servirle de cayado durante la escalada. Se arrebujó en sus gastadas ropas
de piel sin curtir y comenzó a subir con determinación. Desde hacía muchas
lunas, alcanzar la cumbre de la montaña se había convertido en el único motivo
de su existencia. Quizá también en el último.
―Tal vez lo consiga ―dijo #113 a sus dos compañeros en lo alto de la
montaña. El dios observó con los ojos entrecerrados a la pequeña figura que se
movía gateando entre las rocas, acortando la distancia de forma lenta, pero
inexorable.
―Eso es imposible ―contestó #54 con un deje de hastío―. Ninguno de
ellos ha llegado nunca hasta aquí.
―Una o dos veces sí que lo han conseguido, mi querido #54. Deberías
leer los Registros de vez en cuando.
El dios soltó un resoplido y expresó sin sombra de duda el fastidio y
aburrimiento que supondría la tarea sugerida por su divino colega. Se giró sobre
sus pasos y centró su atención en #69, que indolente y perezosa se recostaba
sobre la nieve.
―¿Tenemos que estar aquí todavía mucho tiempo? ―preguntó #69 con
un bostezo―. Estoy terriblemente aburrida. Aquí no hay nada que hacer.
―Te comprendo perfectamente, querida. Pero tenemos que esperar a que
el humano llegue a la cima de la montaña ―contestó #113.
―¿Para qué? ¡Yo quiero volver! ―insistió la diosa con un precioso mohín
de su boca mientras cambiaba de postura.
―Mucho me temo, querida mía, que no te queda más remedio que ejercer
la virtud de la paciencia. Esta es la montaña de los dioses. Si un humano
consigue alcanzar la cumbre, al menos uno de nosotros tiene que estar aquí para
recibirlo. Ya lo sabes. Son las reglas ―replicó #113 con una sarcástica sonrisa.
―Esto de la divinidad es a veces un auténtico fastidio ―replicó #69 con
un suspiro. Se recostó un poco más sobre el helado suelo y cerró los ojos.
—Tienes toda la razón —replicó #54 con otro bufido.
Ere Nayak miró hacia arriba un momento, a la cima que era el final de su
largo viaje. Su meta. Su destino. Aún le quedaban mucho por ascender y el frío
de la montaña drenaba con rapidez sus ya mermadas fuerzas. Soltó un gruñido de
dolor cuando uno de los desollados pies se apoyó sobre una piedra plagada de
filos cortantes. Paró unos instantes y maldijo por enésima vez a los dioses.
Él nunca había prestado demasiada atención a las antiguas historias de su
pueblo. Los dioses siempre le habían parecido criaturas remotas e impredecibles,
tiranos ciegos que regían el mundo llevados tan sólo por su capricho y su antojo.
Pero cuando el desastre abatió la aldea, Ere Nayak comprendió que la única
manera que tenía de cambiar el destino era subir a la montaña y hacer su
petición. Según contaba la leyenda, ya hubo una vez un hombre que lo consiguió.
Su deseo fue gobernar sobre el gran bosque y los ríos que lo surcaban. Él fue el
primer rey de su pueblo.
Apretó los dientes, se agarró con fuerza a las rocas y continuó su
ascensión. No estaba dispuesto a rendirse.
Llegar a la montaña y conseguir el favor de los dioses no había sido tarea
fácil, como bien le advirtieran las leyendas de su tribu. Ere Nayak tuvo que
atravesar desiertos calcinados habitados por criaturas extrañas y ponzoñosas.
Surcar pantanos abarrotados de mosquitos y sanguijuelas que se pegaban a su
piel por docenas. Se vio obligado a luchar contra enemigos sanguinarios y bestias
feroces. Ninguno de los que partieron con él al comienzo del viaje había
conseguido llegar. Sólo la obstinación y el odio le impulsaban a seguir, a
mantenerse en pie. Y la última prueba había sido la peor de todas. Tuvo que
elegir entre aquella pobre gente o continuar su largo viaje. Muchos inocentes
murieron, incluyendo mujeres y niños. En su búsqueda lo había perdido todo,
familia, amigos, honor, dignidad y hasta la bondad de su corazón. Ya no le
quedaba nada. Ya nada podía detenerlo. Sabía que no habría viaje de vuelta a
casa.
―¡Creo que aquí llega! ―exclamó el dios de menor rango.
―¿Qué se supone que debemos hacer con él? ―preguntó #54.
―Hay que concederle lo que nos pida, según creo. Es el premio por subir
a la montaña ―contestó #113.
―¿Y qué nos pedirá?
―Riquezas, fama, poder, la resurrección de algún ser querido…, eso suele
ser lo normal.
#69 se desperezó con voluptuosidad y emergió de la aparente modorra en
la que estaba sumida.
―¿Podemos resucitar a los mortales? ―preguntó.
―Según los Registros, creo que sí ―contestó #113.
―¡Qué interesante! Aun así, sigo pensando que todo esto es una
verdadera pérdida de tiempo. Deberíamos olvidar a ese estúpido mortal y
regresar. ¡Me aburro! ¿Por qué me habéis traído aquí? ¿Por qué no se lo pedisteis
a #27? ―refunfuñó la diosa.
―Lo hice, querida ―dijo #113―. Pero ella tiene un rango superior al
tuyo, así que podía permitirse elegir.
La diosa recostada sobre la nieve escupió una maldición que era a la vez
un soez y despectivo insulto para su correligionaria deidad.
Un brazo sucio y medio congelado asomó por el borde del último risco. Le
siguió un cuerpo que una vez fue musculoso y fuerte, pero que ahora se
encontraba desecho, como un muñeco de lana a punto de deshilarse. La cabeza
del hombre estaba oculta en parte por un burdo vendaje manchado de oscuro que
cubría uno de sus ojos. Los pies y las manos no eran más que llagas heladas.
#113 sintió un conato de asombro, incluso de admiración ante la visión del
desdichado mortal. #54 se vio invadido por la confusión. #69 lanzó una mueca de
asco.
―¿Sois los dioses? ―preguntó Ere Nayak, con todo el aplomo que el
terror que aleteaba en su pecho le permitía.
―Yo soy… uno de los… eh… dioses de la montaña ―respondió #54 en
la lengua del hombre―. Bienvenido a nuestra sagrada presencia… eh… mortal
del pueblo de… eh… los… de abajo de la montaña.
#54 lanzó una mirada de interrogación a su compañero. #113 respondió
con una leve inclinación de cabeza.
Ere Nayak observó con su único ojo sano a la sonriente deidad. El temor
que sintió al principio empezó a desvanecerse como la niebla en un vendaval.
―¿Os avendréis a conceder mi petición? ―preguntó.
―Esa es la regla. Todo aquel que alcance la cima de la montaña de los
dioses tiene ganado su favor —dijo #113.
―¿Cualquier cosa?
#69 lanzó un resoplido de impaciencia.
―Lo que pida tu corazón ―respondió #54.
Ere Nayak se dejó caer de rodillas, agotado, delante de la divina trinidad
que lo contemplaba. Tras unos segundos, levantó el rostro con esfuerzo y miró a
los dioses con desafió.
―Pido que los dioses abandonen la montaña y nunca más intervengan en
el mundo de los hombres ni en sus vidas. Que nunca más dependamos de los
dioses ni tengamos que rogar sin tregua por su benevolencia. Que no nos veamos
sujetos a su capricho ni a su ira. Deseo que los hombres sean los dueños y
señores de su propio destino.
Las tres deidades se miraron unas a otras en profunda consternación.
―Las reglas son las reglas ―dijo #113 con un encogimiento de hombros.
Ere Nayak dejó escapar un suspiro y se desplomó. Su cuerpo hizo un
sonido apagado al chocar contra la helada nieve de la cima.
Cayó muerto a los pies de los dioses de la montaña, pero su viaje no fue en
vano. Consiguió su propósito. Los dioses abandonaron el mundo y nunca más se
inmiscuyeron en los asuntos de los hombres.
Aunque algunos lo hayan olvidado.
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Del Qenya (alto élfico) y/o del Sindarin (élfico gris):
Ere  solitario
Nayak  dolor, doloroso