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Demasiado personal (17)

ALBERTO ROMERO

Háblale Mucho.

Antonio le hablaba a Ana todo lo que podía cada rato que pasaba a su lado.
Le acariciaba, le daba tiernos besos en la frente y le contaba como avanzaban los
días. A veces tenía pequeñas anécdotas del trabajo o incluso chistes que le apuntaban
sus compañeros para contarle. No había chisme del edificio, o noticia de la
actualidad que Antonio no le explicara a Ana en sus largos monólogos.
Aquella mañana Antonio llegó temprano al hospital y se extrañó de que Josefa
no apareciese al poco rato, que era lo habitual, ya que era muy ordenada en sus
horarios y muy predecible en ese sentido.
Aprovechó para bañar a Ana con ayuda de la auxiliar, que era muy amable con
él y le daba permiso para aquel tipo de cosas que siempre hacían sólo ellas. Y después
se sentó junto a la cama porque quería hablarle de un tema que iba dejando
para más tarde, pero que pasaban los días y no sacaba, con la excusa de que acababa
la hora de visita o venía alguien a visitarla.
Le tomó la mano con suavidad y le contó que ya sabía lo del embarazo. Estaba
muy ilusionado con la noticia y le confesó que estaba deseando que ella pudiera
despertar del coma para criar juntos a su deseado bebé. También le confesó que
al principio la noticia le sentó mal porque no entendía que ella lo supiera y no se
lo hubiese contado, pero que como la conocía seguro que había una explicación
lógica.
Le dijo que no se preocupara, que aquel enfado ya se le había pasado y que lo
importante ahora era que se recuperase y que juntos saldrían de esta. También le
contó que la Doctora Garmendia le iba informando cada día de la evolución del
bebé y que todo parecía funcionar, que estaba creciendo.
Fue entonces cuando Antonio tuvo que acercarse a Ana para dar crédito a lo
que estaba viendo. Se enjugó los ojos y miró alrededor de la habitación para comprobar que no había nadie más allí, que no estaba soñando. Una leve sonrisa apareció
en los labios de Antonio y sus ojos se llenaron del brillo de la esperanza.
De los ojos de Ana brotaron dos lágrimas tan grandes y brillantes que hasta le
pareció que se reflejaba en ellas.
-¿Me has oído? Preguntó Antonio casi con la voz quebrada.
Y otras dos lágrimas salieron de los ojos cerrados iluminando con su brillo
toda la habitación.
Antonio lloró de la emoción, agarrado a la mano de Ana, sin soltarse, sin creérselo.
¿Todo este tiempo le había escuchado todo? ¿O estaba empezando a despertarse?
Corrió a avisar y la enfermera galopó con él a la habitación sonriendo también,
contagiada por la misma emoción de Antonio. Era cierto, las lagrimas habían salido
de los ojos de Ana. Le tomó las constantes y todo parecía en orden.
Ya no salieron más, pero la Doctora Garmendia le confirmó que era una buena
noticia, porque eso era que había actividad cerebral, que continuase hablándole
con frecuencia.
Antonio se marchó lleno de alegría aquella tarde a trabajar, deseando volver a
la mañana siguiente para hablarle mucho. Hacía muchos días que no se sentía así y
quería contárselo a todos. Eran solo cuatro lágrimas, pero para él eran un mundo.
De Josefa siguió sin saber nada y le confirmaron que por la tarde tampoco había
ido al hospital, así que decidió mandarle un mensaje antes de meterse en la
cama.
Nadie respondió…

La hora postrera

ANA MADRIGAL

Eran las cuatro menos cuarto cuando aparcó en la plaza del pueblo. La luz del sol caía implacable sobre las casas encaladas rebotando en sus paredes mientras el canto de una chicharra rompía el silencio de la tarde. Al bajar del coche, recibió una bofetada de calor que casi lo hizo retroceder. Recorrió los labios resecos con la punta de la lengua buscando un ilusorio alivio y ajustó las gafas de sol en lo alto de la nariz. La plaza estaba desierta; sólo bajo un soportal un gato enroscado sobre sí mismo andaba medio vigilante con un ojo abierto y otro cerrado. Las persianas bajadas de las casas aumentaban el aire de abandono del lugar. En una esquina un letrero inclinado llamó su atención: “Taberna el gallo que no cantó”. Con paso rápido enfiló hacia ella con la esperanza de encontrarla abierta, como así fue. En el interior, no se veía más que un viejo que dormitaba en una mesa. De las comisura de los labios colgaba un cigarrillo ya consumido. Sobre el mantel, un plato con restos de comida, festín de tres moscones que revoloteaban a su alrededor, y un vaso que hacía mucho que no conocía la caricia de un estropajo y en el que se veía un dedo de vino tinto.

—Buenos tardes. ¿Le pongo alguna cosa? —le preguntó una mujer que apareció de pronto desde una puerta interior.

Permaneció unos instantes dudando antes de pedir una cerveza. El primer sorbo helado tras sufrir el sofocante calor del viaje le erizó la piel. Miró con curiosidad a la mujer quien le pareció que cambiaba su apariencia según se la mirase de perfil o de frente. Vista de lejos, era casi una anciana, una mujer en esa edad en fronteriza entre la madurez y la vejez. Pero, al tenerla de frente, cuando le cobró el servicio, no le pareció que tuviera más de treinta años.

—¿Queda muy lejos La Arcadia? —preguntó a la mujer.

—¿La qué?

—La Arcadia, la finca de don Gaspar Guerrero.

—No sé dónde cae eso —dijo la mujer encogiéndose de hombros.

Detrás de él, el viejo despertó de su letargo.

—Es que cada día eres más boba, Felisa —le gritó con evidente enfado—. El señor está hablando del Secarral, las tierras que don Joaquín vendió a esos señoritingos de la ciudad.

—¡Ay, Señor! ¡Es verdad, abuelo! Perdóneme, caballero. Ya va para tres años desde que vinieron a vivir al pueblo esos señores y todavía no me hago con ese nombre tan raro que le han puesto a las tierras de don Joaquín. Aquí se lo conoce como siempre se lo conoció, ¿sabe usted? El Secarral lo llamamos. Y como los señores no vienen casi nunca al pueblo… Yo a ella la he visto alguna vez en el comercio comprando alguna cosilla con la criada esa extranjera que se trajeron de la capital, pero a él no lo he visto nunca. Dice la Petra, una mujer que a veces va a ayudarlos con la plancha, que es un viejo chocho. Que digo yo qué hará una muchacha tan joven y tan guapa con un vejestorio como ese por mucho dinero que tenga. Ya lo dice el cura: no se puede echar vino nuevo en odres viejos. Y esta mujer me da a mí que…

—¡Felisa! Calla ya, que aburres al señor con tanta cháchara —le gritó el viejo—. No le haga caso, que está un poco faltuca.

Y se llevó el índice a la sien para hacerle ver que la mujer no andaba en sus cabales. Luego, levantándose de su asiento, salió con él hasta la calle y le indicó el camino que lo había de llevar a la finca de La Arcadia. En la plaza, dos mozalbetes entre doce y trece años merodeaban alrededor del coche y se asomaban a las ventanillas como si quisieran descubrir lo que se escondía en el interior. El viejo, que hasta ese momento caminaba con el paso vacilante de la artrosis, corrió tras ellos y, entre maldiciones, los echó a bastonazos. Él se subió al vehículo y ya iba a arrancar cuando el viejo introdujo la cabeza por la ventanilla del conductor y le preguntó:

—¿Es usted familia de los señores?

—No, no. Soy periodista. He venido a hacerle una entrevista a don Gaspar.

—¿Y lo esperan?

—No.

—Pues entonces, caballero, me parece a mí que se va a ir usted igual que ha venido.

Y, sin disimular su desdén, dio media vuelta y regresó a la taberna.

La Arcadia, o El Secarral como se conocía a la finca entre los lugareños, estaba a no más de cuatro kilómetros del pueblo. Se accedía a ella por un camino de tierra que se desviaba de la carretera principal y que, si no se conocía bien, era difícil encontrarlo. Pese a las precisas indicaciones que le había dado el viejo, pasó tres veces por delante del desvío antes de ver un pequeño letrero con el nombre de la finca. Una verja recientemente pintada de verde y un portero automático con una pequeña cámara eran las únicas señales de que hacía poco tiempo habían remozado el lugar. Pulsó el botón de tan anacrónico aparato y, tras unos minutos de espera, contestaron a su llamada.

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina con el acento de algún país del este.

—Soy Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Quisiera ver a don Gaspar Guerrero.

—El señor Guerrero no puede recibir a nadie en este momento.

—¿A qué hora podía volver? Voy a alojarme en la posada del pueblo y no me costará nada acercarme cuando usted me diga.

—No puedo decirle. Don Gaspar anda muy ocupado últimamente y no quiere que se le moleste.

—Lo comprendo, lo comprendo, y no quiero molestarlo, que estará escribiendo, supongo. Pero, ¿no podría hablar con su esposa?

La mujer pareció dudar un momento.

—Mire —le dijo el periodista—, le dejo en el buzón mi tarjeta con el número de mi móvil y que ellos me llamen cuando puedan. Voy a estar unos días por aquí. Dígaselo, por favor.

En los días siguientes, nadie de La Arcadia se puso en contacto con él para concertar una cita. Enrique mataba las horas con largos paseos por los alrededores del pueblo o repasando las anotaciones que guardaba en el portátil mientras tomaba una cerveza en la “Taberna el gallo que no cantó”. Viendo que el tiempo pasaba sin que sonase el teléfono, estuvo a punto de volverse a Madrid. Pero se negaba a renunciar a la idea de ser el primero en conseguir una entrevista con Gaspar Guerrero. Desde que se publicó su última novela, La hora postrera, nadie había tenido noticias de él. A diferencia de otros escritores que se embarcaban en tediosas campañas de promoción, el novelista parecía haberse desvanecido, indiferente al éxito que alcanzaba su obra. Pero él sería el primero en lograr una entrevista.

Aunque la editorial se negaba a proporcionar a nadie su dirección, él la había conseguido, tras mucha insistencia, de una chica que trabajaba en la firma y le debía unos cuantos favores. La invitó a salir una noche y, después de cenar, la sedujo con palabras que ninguno creía y le hizo prometer que le conseguiría las señas de Gaspar Guerrero. Dos semanas más tarde, su coche tomaba la autopista camino del pueblo donde vivía el escritor.

Una tarde a los pocos días de su llegada, se sentó a leer por enésima vez el último libro de Gaspar Guerrero bajo un roble a las afueras del pueblo en donde corría algo de brisa. Cuanto más repasaba sus páginas, más extraño le parecía que fuese obra del novelista. A diferencia de otras novelas del autor, rezumaba una visión pesimista de la vida.

El potente ruido de un coche que pasó a su lado a gran velocidad lo sacó de sus reflexiones y le hizo levantar la cabeza. Se trataba de un todoterreno de color oscuro, un vehículo fuera de lugar en aquel pequeño pueblo. Intrigado, siguió su rastro hasta la tienda de ultramarinos. Una mujer bajó del mismo. No había que fijarse mucho para darse cuenta de que no era de allí. Sobrepasaba el metro setenta de estatura; llevaba el pelo negro recogido en una cola de caballo, un vestido estampado de tirantes que se cruzaban en la espalda, unas sandalias planas de color rojo y un capazo de paja que se colgó al hombro.

—Señora Guerrero, ¿verdad? —la abordó Enrique— Perdone que la aborde así en la calle. No sé si sabe quién soy. Mi nombre es Enrique Pinilla, de la Revista Literaria Llegando al Parnaso. Llevo varios días en el pueblo intentando concertar una entrevista con su marido. He llamado varias veces a su casa y…

—Mi marido no concede entrevistas —le contestó con un tono cortante—. Está en pleno proceso de creación y no se le puede molestar, lo siento mucho.

—Lo sé, lo sé. Pero no sería una entrevista al uso. Estoy escribiendo un artículo sobre su última novela y necesito que me aclare algunas cosas. No es más que eso. Dígaselo a su marido, se lo ruego. No le robaré más que unos minutos.

—Se lo diré, pero no le prometo nada.

Enrique la dejó marchar con la convicción de que la esposa del escritor no iba a facilitarle su tarea. Permaneció unos minutos contemplándola caminar por la calle empedrada admirado de su belleza. Como había dicho la tabernera, uno se preguntaba qué hacía una mujer joven con un hombre ya casi anciano. Hasta donde él sabía, no debía de ser por dinero, pues ella era una economista que había desempeñado un cargo importante en una empresa dedicada a la importación de productos de delicatessen. Tampoco debía de ser por la fama que llevaba casarse con un hombre célebre pues nunca se la vio en las fiestas ni en los actos celebrados en honor de su marido; por el contrario, parecía no haberle importado encerrarse con él tres años atrás en aquel pueblo perdido en la nada.

Como imaginó, nadie lo llamó para concertar una entrevista. Todavía esperó una semana más hasta que una noche Enrique guardó en la mochila los pocos enseres que había traído decidido a regresar a Madrid al día siguiente. ¿Qué sentido tenía permanecer más tiempo en aquel lugar si Gaspar Guerrero no lo iba a recibir? Pero, al despertar por la mañana, decidió darse una última oportunidad y permanecer en el pueblo un día más. Se levantó temprano y fue hasta “El Gallo que no cantó” engolosinado con la expectativa de un desayuno suculento. Aunque había pensado visitar los alrededores del pueblo, se dejó arrullar por la pereza animado por el frescor de la taberna y la lectura de los periódicos del día.

Pasaba el mediodía cuando la vio entrar. La esposa de Gaspar Guerrero se sentó sola en un rincón oscuro como si no quisiera llamar la atención de nadie; ni siquiera la de Felisa para que le sirviera alguna consumición. Enrique pensó en acercarse a ella pero algo en su gesto lo hizo retroceder. Desde la mesa en la que se encontraba, podía observarla con detenimiento. Llevaba el cabello suelto y la melena le ocultaba medio rostro. Parecía absorta en profundas meditaciones en tanto trazaba en la superficie de la mesa dibujos con el dedo. La tabernera, sin que le hubiera hecho ningún pedido, le llevó una infusión y un trozo de bizcocho. Quiso entablar conversación pero la señora Guerrero parecía muy lejos de allí y no hacía caso alguno de sus palabras. La tabernera, airada, se alejó con el mentón levantado.

Tras un rato, la mujer pareció despertar. Paseó la mirada en derredor y la detuvo sobre Enrique.

—¿No se ha marchado todavía? —le preguntó— Creía que hacía días que había vuelto a Madrid.

—Pensaba irme hoy, pero todavía tengo la esperanza de que me llame su marido.

—Váyase. No lo va a llamar. Vuélvase a Madrid si no quiere pudrirse en este pueblo muerto.

A Enrique le sobresaltó el tono iracundo de la mujer. Ella pareció darse cuenta porque le sonrió. Después, como si un fugaz pensamiento cruzase su mente, exclamó:

—¡Lléveme a Madrid!

—¿Cómo dice?

—Lléveme a Madrid. Ahora mismo. Vayámonos de aquí y dejemos atrás nuestra vida.

Enrique no salía de su asombro. La mujer parecía al borde de la histeria. Lo miró sin verlo. Abrió la boca como si fuera a decir algo pero debió de arrepentirse porque se levantó y, sin volver la vista atrás, abandonó la taberna.

Cuando Enrique recuperó el dominio de su voluntad, salió corriendo a su encuentro. La esposa del escritor se había sentado en el asiento del conductor de su todoterreno. Tenía la cabeza baja y el rostro oculto tras su melena. Sus hombros se estremecían mientras sollozos apenas sofocados le sacudían todo el cuerpo.

—Dígame qué puedo hacer para ayudarla.

—No es nada, de verdad. Déjeme sola, por favor. Estoy bien, de verdad. Ya me vuelvo a casa.

Pero los sollozos desmentían sus palabras. Enrique no sabía qué hacer. No se atrevía a dejarla sola pero temía ser indiscreto si se quedaba. Sin ser consciente de ello, le acarició la cabeza. Ella no se movió como si no se diese cuenta de ello.

—Hagamos una cosa —le dijo Enrique, siguiendo una súbita inspiración—. Vayamos a Madrid, como usted dijo. No me cuente nada si no quiere; sólo déjese llevar.

—¿Está usted loco? Déjeme sola, por favor.

—No. ¡No le estoy pidiendo que abandone su vida por mí, por Dios! —exclamó con una risa forzada— ¿Qué se ha creído? Sólo que pase un rato alejada de lo que sea que le preocupe.

—¿Qué sabrá usted de lo que me preocupa o no? —la esposa del escritor había pasado del llanto a la cólera.

—Yo no sé nada, es cierto. No se preocupe, que no le diré nada de ello ni le haré ninguna pregunta. Iremos donde usted quiera y regresaremos cuando usted diga.

Enrique se asombró de su propia osadía. Después de todo, ¿qué le importaba aquella mujer?

—¿Qué me dice?

La mujer no dijo nada. Se cambió al asiento del copiloto y le tendió las llaves del coche.

Ninguno habló hasta que no salieron a la autopista. La esposa de Gaspar Guerrero contemplaba desde la ventana abierta el paisaje que viajaba en dirección contraria a la que llevaba el todoterreno mientras dejaba que el viento jugase con su cabello. Enrique simulaba que no le importaba otra cosa que lo que sucedía en la carretera pero de cuando en cuando la miraba de soslayo. La mujer del escritor se había tranquilizado pero se había encerrado en un silencio del que no parecía estar dispuesta a salir.

—¿Adónde le gustaría ir? —le preguntó.

—Hace tanto tiempo que no salgo que no sabría decirle.

A Enrique le conmovió la tristeza que desprendía su voz. Estuvo a punto de preguntarle qué era lo que la torturaba de aquella manera pero se contuvo. Vino a su memoria los rumores que corrían por la capital acerca del carácter irascible de Gaspar Guerrero, pero sabía que si le preguntaba ella se encerraría en sí misma.

—¿Ha montado alguna vez a caballo? —le preguntó tras una pausa— Mi hermana tiene una cuadra a cinco quilómetros de Aranjuez. Si nos damos prisa, podemos estar allí antes del mediodía. ¿Le parece bien?

—¿A caballo?, ¿quiere llevarme a montar a caballo?

—Sólo si usted quiere. Es una idea como otra cualquiera. Pero, si usted lo desea, hacemos otra cosa.

—No no. Está bien, muy bien. Me gusta mucho la idea, pero no he montado a caballo más que un par de veces y de eso hace ya mucho tiempo. No sé si sabría hacerlo.

—No se preocupe. Ahora cuando paremos a echar gasolina, llamo a mi hermana para que nos reserve unos caballos mansos. Ni siquiera necesitamos un guía. Yo la llevo. No tiene que preocuparse por nada; sólo de disfrutar.

—¿Siempre lleva a la gente allí? —preguntó con una leve sonrisa; la primera sonrisa de la mañana.

—No. Es la primera vez que llevo a alguien conmigo. Suelo escaparme a montar cuando quiero estar solo, pero creo que hoy estaría bien que pasáramos un rato juntos paseando por el Palacio de Aranjuez y sus alrededores.

A medida que dejaban atrás quilómetros, la esposa de Gaspar Guerrero iba cobrando animación y una tímida sonrisa iba asomando a sus labios. Enrique procuraba entretenerla con una charla insustancial sobre caballos, el negocio de su hermana y las rutas que ofrecían a los turistas, mientras se preguntaba qué escondía aquella mujer.

Cuando llegaron, Enrique se encargó personalmente de elegir los caballos. Para la mujer de Gaspar Guerrero, escogió una yegua que respondía al nombre de “Sosita”, tal era su fama de mansa. La ayudó a montar y le colocó los estribos antes de darle unas nociones muy sencillas sobre la monta.

—Coja las riendas con la mano izquierda… Así. Lo que sobra, cójalo con la derecha… Muy bien. No tire tanto, pero no lo deje suelto… Eso es, muy bien.

Tomaron un camino de tierra al paso. El aire arrebolaba las mejillas de la mujer tiñéndolas de rosado, que parecía haber rejuvenecido. Poco a poco la fue abandonando la tristeza y una luz más y más brillante iluminó sus pupilas. Enrique cabalgaba la mayor parte de las veces delante mostrándole los campos cuajados de margaritas, lavandas y amapolas que, tras un lluvioso mes de mayo, vestían de color la pradera. Su caballo, acostumbrado a galopar cuando salía con él, de vez en cuando apresuraba el paso y se adelantaba unos metros dejando atrás a la esposa del escritor. Entonces Enrique se veía obligado a tirar de las riendas para frenarlo y se detenía a esperar a que lo alcanzase.

—¿Va bien? —le preguntaba Enrique de vez en cuando.

—Estupendamente.

Recorrieron las calles de Los Sotos Históricos resguardados por la sombra de los plátanos y los tilos centenarios. La alegría que expresaban los ojos de la mujer se transformó en verdadero gozo cuando, tras pasar el Puente de la Reina, cruzaron las aguas del Tajo entre el alegre chapoteo de los caballos. Y antes de llegar a los Jardines Reales que conducían al Palacio, el trotecillo que animaba el paseo se convirtió en un animado galope.

A eso de las tres de la tarde, salieron del Real Sitio en busca de un lugar fresco donde detenerse a tomar el refrigerio que les había preparado la hermana de Enrique.

—No sabe cómo le agradezco lo que ha hecho por mí. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto.

—No tiene nada que agradecerme. Yo también me lo he pasado muy bien. No hay nada como una cabalgada para ahuyentar las preocupaciones.

El rostro de la esposa del escritor se ensombreció de nuevo, como si de golpe hubiese recordado lo que la movía al desaliento. Encendió un cigarrillo y permaneció unos instantes con la mirada en algún punto de la lejanía.

—Lo siento mucho —le dijo Enrique apesadumbrado—. No era mi intención entristecerla.

—No, no. Usted no tiene la culpa. En realidad le debo una explicación después de haberme dedicado toda la mañana sin conocerme ni saber nada de mí.

Enrique contuvo las ganas de cogerle la mano y llevársela a los labios. Después de más de dos horas de alegre cabalgada, volvían a ser dos extraños y ella parecía alejarse más y más en medio de sus pensamientos. En aquel paraje, donde no estaban más que ellos, no sabía qué hacer ni qué decir para que la mujer recobrase algo de la alegría del camino.

—No tiene que decirme nada si no quiere. No me debe nada. Ya le he dicho que yo también he disfrutado mucho.

—Mi marido no lo va a llamar nunca, ¿sabe?

—Eso ya no importa. Mañana me vuelvo a Madrid.

—No es lo que usted piensa. No es que sea un hombre envanecido por la fama ni nada parecido. Es que no está en condiciones de hablar ni con usted ni con nadie. Hace tiempo que un ave de rapiña le robó su vida y se llevó al hombre del que me enamoré hace diez años.

Hizo una pausa, como si dudase si continuar o no.

—¿Sabe? Cuando me casé, mucha gente creyó que lo hacía por su dinero y por su fama, pero no es cierto.

Se detuvo como si no supiese cómo seguir. Enrique hubiese querido ayudarla pero permaneció en silencio.

—Lo quería como no he querido a nadie más. Lo conocí en una cena en casa de unos amigos de mis padres. Mi madre se encontraba indispuesta aquella noche y fui en su lugar para que mi padre, que estaba muy interesado en asistir, no se sintiera solo. Nada más llegar, como si creyera que con ello me hacían un honor, la dueña de la casa me dijo que me había reservado el puesto de la mesa a la derecha de Gaspar Guerrero, el escritor más famoso de entonces. Pero con ello, no consiguió más que ponerme nerviosa y no disfruté de los entremeses que sirvieron antes de la cena pensando en lo que podía decirle si él me dirigía la palabra en la mesa. ¿De qué podía hablar yo, que entonces tenía veinticuatro años, con un célebre escritor de cincuenta y seis admirado por todo el mundo? Pero si dije algún despropósito en la cena, él no dio muestras de darse cuenta de ello. Por el contrario, estuvo toda la noche atento a mis palabras como si éstas fueran lo más importante que tuviera que oír. No quería hablar con nadie más que conmigo y, si otra persona entablaba conversación con él, se las ingeniaba para no dejarme al margen. Y no piense que su charla era pedante, dada su enorme cultura. No. Era sencillo y de trato cercano.

»Si le digo que aquella noche me enamoré de él, no crea que exagero. Antes de conocer a mi marido, había salido con un chico durante dos años que me gustaba mucho pero por el que nunca sentí lo que sentía por Gaspar. Nadie hasta entonces me había hecho creer que era alguien importante. ¿Cómo le diría? Como si yo fuera una mujer con algún atractivo para él, como si fuese un honor el que yo le hacía a él sólo por permitirle estar conmigo. Yo, ¡Dios mío!, una chica insustancial, como era en aquel momento. Más tarde, ya en mi cama, no lograba conciliar el sueño y me estremecía de emoción recordando los matices de su voz cuando pronunciaba mi nombre: ¡Ángela!

»Nunca creí que volvería a verlo y mucho menos que pudiera estar interesado en mí. Pero, para mi fortuna, me equivoqué.

»Una semana más tarde, cuando empezaba a bajar de la nube en la que flotaba desde que lo conocí, me llamó. Acababan de estrenar Casa de Muñecas en el Teatro Lara y me invitaba a acompañarle a verla. No me lo pensé dos veces. Anulé la cita que tenía con un compañero del trabajo y me fui con él sin decirle a nadie con quién iba a salir no fueran a estropearme la noche con comentarios inoportunos. Es curioso, ahora que lo pienso, como hoy he hecho lo mismo. También me he ido con un hombre que no conozco sin decir nada en casa. Aunque, claro, las razones que me mueven a ello sean ahora totalmente distintas.

Enrique reprimió una sonrisa. A medida que transcurría el día se iba sintiendo más y más atraído por el aire entre frágil y arisco de Ángela pese a saber desde el principio que sólo representaba para ella una vía de escape en un momento de debilidad.

—No me pregunté por la obra porque no la entendí —prosiguió con un tono de voz más sosegado—. Por entonces, lo único que había leído eran unas cuantas novelas de Rosamunde Pilcher y los problemas de Nora Helmer no me decían nada. Poco me importaba lo que sucedía en escena; me bastaba para sentirme dichosa mirar a Gaspar a mi lado y ser la única destinataria de su sonrisa. Cuando salimos del teatro, fuimos a cenar a un pequeño restaurante situado en una callejuela de nombre desconocido no muy lejos de la Cava Alta. A Gaspar le gustaban esos sitios olvidados de la gente donde podía paladear un plato exquisito con una copa de vino sin ser objeto de las miradas curiosas de los demás. Ni que decir tiene que me deslumbró con sus modales desenvueltos, su conversación sobre los más variados temas y la atención que, en ningún momento, dejó de prestarme. Lo miraba incrédula de que un hombre de porte tan elegante que parecía haber salido de las novelas que entonces leía estuviera pendiente de mis deseos aun antes siquiera de ser consciente de ellos.

»Ya imaginará las noches que siguieron a aquélla. Hasta que nos casamos, viví pendiente del teléfono. Una llamada me hacía temblar y la ilusión con la que me hacía vibrar el sonido de su campanilla sólo era comparable con la decepción que sentía si no era él el que llamaba. Cuando no lo veía, estaba como muerta. Iba y venía de casa al trabajo, hablaba con unos y con otros, comía y bebía no obstante no ser consciente de ello. Pero con sólo notar su mirada en la mía o el roce de sus labios en mi piel, renacía. O mejor debo decir surgía una Ángela nueva: la mujer que amaba Gaspar Guerrero.

»A los cinco meses de nuestro primer encuentro, desoyendo las palabras de mi  padre, que se oponía a una unión tan desigual, nos casamos en la ermita de este pueblo. Ninguno de los dos tenía otro vínculo con él que la fascinación que nos causó al pasar de camino a Asturias en nuestro primer viaje juntos. Durante diez años, nuestra luna de miel parecía no tener fin. Y no lo digo por las escapadas que hicimos a París, Londres o Praga, que fueron muchas: nuestra vida cotidiana era una fiesta  constante—a sus labios asomó una sonrisa—. Recuerdo llegar a casa de la oficina cada tarde y quitarme los tacones en el ascensor para salir corriendo a su encuentro. Pero, ¿para qué aburrirle con historias vulgares de mi matrimonio por mucho que significasen para nosotros? ¿Acaso toda pareja de enamorados no se cree única, la más especial del mundo?
»Pero nuestra felicidad se vino abajo hace algo más de cuatro años. Coincidió con el inicio de una novela. Tal vez por ello no me di cuenta de que algo iba mal. Siempre que se ponía a escribir, se volvía irascible y, hasta que no entregaba la manuscrito al editor, vivía encerrado en su despacho sin que se le pudiera molestar. Me vienen a la memoria los primeros tiempos de nuestro matrimonio. En aquellos años aprovechaba las horas de madrugada para sentarse ante el ordenador y descansaba mientras yo estaba trabajando. A mí me reservaba las tardes y las noches. Pero, en los últimos años, cuando se enfrascaba en alguna novela o en algún relato, lo absorbía hasta el punto de olvidarse incluso de que yo estaba allí. Así que, cuando comenzaron los ataques de cólera, pensé que no era más que otro período de concentración literaria, como él lo llamaba.

»Cualquier cosa podía provocar su ira: el retraso de la hora de la cena, una frase de su novela que no le llegaba a convencer o la llegada de una visita inesperada. Y, aunque me cueste reconocerlo, era conmigo con quien más se ensañaba en sus ataques de furia, sabe Dios si por ser la persona a la que se sentía más cercana, sin que pareciera importarle lo profundamente que me hería. Nada le enfadaba tanto como sus despistes. Siempre había presumido de su memoria tanto para las cosas importantes como para las más insignificantes y, de la noche a la mañana me llenó de dolor al ver cómo olvidaba una cita con su agente o, si salíamos a cenar a algún restaurante de Madrid, cómo le costaba recordar dónde había aparcado el coche. A veces, se quedaba ensimismado durante uno o dos minutos y, cuando salía de este estado, parecía volver de muy lejos. Con enormes esfuerzos, intentaba ocultar su desconcierto y el pánico que le causaban aquellos apagones de su cerebro. Entonces, lo abrazaba con fuerza para apagar su miedo y el mío. Pero él, que se negaba a admitir que le pasase nada que no fuera el cansancio por su implicación en su novela, me rechazaba con enconada violencia. Cada mañana, me iba angustiada a la oficina y, aunque no hablásemos de ello, los dos éramos conscientes de que algo grave le estaba sucediendo.

»Pero no me asusté de veras hasta que un día se perdió. Llevaba casi un mes que sólo salía del despacho a las horas de las comidas, enrocado en un capítulo de su novela que no acababa de salirle como él quería. Ni siquiera se afeitaba y no se hubiera cambiado de ropa si no me hubiese ocupado de ello. Una tarde camino de regreso de la oficina, me llamó al móvil. A duras penas podía entender lo que quería decirme. En su voz se entremezclaban el pánico y la angustia. Dejaba las frases sin terminar y horribles sollozos entrecortaban la comunicación. Con mucho esfuerzo conseguí calmarlo. Entonces me dijo que había salido a dar un paseo para descansar de la fatiga causada por la escritura y no sabía cómo volver a casa. Tardé casi dos horas en encontrarlo pues, él, que dominaba como nadie los secretos del lenguaje, no encontraba palabras para describirme el lugar donde se encontraba. Finalmente, pudo decirme el nombre de una tienda de bicicletas, que resultó encontrarse a no más de trescientos metros de nuestra casa, donde me esperó sentado en el escalón de un portal y encogido sobre sí mismo.

»No esperamos al día siguiente para pedir cita al médico y una semana más tarde estábamos en la consulta de un neurólogo. No le voy a abrumar con la descripción de la enfermedad neurodegenerativa de mi marido. Al principio, evolucionaba con lentitud. Durante meses, parecía no haber cambios. Nos acostumbramos a vivir con sus lagunas de la memoria; y hasta hacíamos bromas a cuenta de sus despistes para ocultarnos la angustia. Pedí una reducción de jornada para poder estar más tiempo con él. Pero al año siguiente, el ritmo del deterioro fue acelerándose más y más. Un día olvidaba su nombre, otro, quién era yo, otro, vagaba por la casa sin rumbo… Hasta que dejó de ser el hombre de quien me había enamorado, al que más he admirado, para convertirse en un niño que dependía de mí para todo.

»Hace tres años, el miedo a que se conociera el estado en el que se encontraba Gaspar me decidió a abandonar Madrid. Vendí nuestra casa con todo lo que tenía dentro y compré ésta en la que vivimos ahora. No se me ocurrió otra cosa para protegerlo de las miradas maliciosas, de la dañina compasión.

»Desde entonces, vivo con un extraño que se parece vagamente a mi marido. Un ser que carece de toda noción de sí mismo, que no se comunica sino con balbuceos y al que hay que cuidar como si se tratase de un bebé de pocos meses.

Cuando terminó de hablar, un pesado silencio se apostó entre ellos. En los ojos de Ángela asomaba la fatiga después de vaciar su alma. No había probado apenas los sándwiches que habían preparado en la cuadra. De pronto, levantó la vista.

—No irá a escribir lo que le he contado, ¿verdad?

En ese momento, era a Enrique al que la emoción le impedía hablar. Negó con la cabeza y le besó las manos después de llevársela a los labios.

—Ángela, ¿ha pensado alguna vez…?

—¿Dejarlo?

—Rehacer su vida, comenzar de nuevo. Es usted joven y tan bella…

—¿Acaso se deja de querer a alguien porque esté enfermo? Mi vida es ésta. Y, aunque mi corazón se haya ido destrozando hasta no quedar más que añicos, es la  vida que yo he elegido.

Enrique pero no contestó. Un extraño pensamiento cruzó por su mente. No pudo reprimirse y preguntó:

—El último libro de su marido lo escribió usted, ¿verdad?

Por toda respuesta, se levantó para recoger los restos de la comida y fue caminando hasta donde estaban los caballos. Enrique la siguió. Ángela estaba de espaldas a él acariciando el lomo de la yegua. La esposa del escritor permaneció inmóvil mientras la acogía entre sus brazos. Cuando se volvió, se fundieron en un beso hasta que ella se desasió bruscamente.

En el camino de regreso al pueblo, Enrique iba dibujando planes de un futuro juntos. Buscaría una casa lo suficientemente lejos de Madrid para que Ángela pudiera seguir disfrutando de una vida tranquila con su marido pero tan cerca que se pudiesen ver todos los días. Él la ayudaría a cuidarlo y los protegería de la malsana curiosidad ajena. Ángela parecía emocionada con la vida que se le ofrecía: Ya no iba a sentirse sola nunca más; por mucho que se deteriorase la salud de su marido, contaría con alguien para compartir su dolor. Pero, a medida que se aproximaban a su destino, su alegría iba desvaneciéndose.

Cuando llegaron a La Arcadia, Enrique quiso despedirse con otro beso en los labios, pero Ángela no se lo permitió. Para apaciguarlo, le acarició suavemente la mejilla y, luego, le susurró al oído:

—Gracias por haberme hecho creer que la felicidad podía haber sido posible.

—Te llamaré, Ángela.

Ella se estremeció.

—No. Prométeme que esperarás a que lo haga yo; que no me llamarás ni vendrás a buscarme.

—Pero, ¿por qué?

—Confía en mí, te lo ruego. Vuelve a Madrid y espera, por favor.

En los días siguientes, Enrique estuvo esperando impaciente la llamada de Ángela. Pero la espera fue en vano. Cada noche se sentía tentado a ir en su búsqueda, pero se contenía intuyendo que, si lo hacía, ella huiría de él. Su desazón iba en aumento a medida que pasaba el tiempo sin noticia alguna, hasta que un viernes, cuando finalizó su jornada en la revista, subió al coche y tomó la autopista que lo llevaba a la Arcadia.

Encontró todo cerrado: el portón de la verja, las persianas de las ventanas. La Arcadia parecía un paraíso abandonado, sin más rastro de vida que un milano que, en su vuelo, dibujaba círculos en el cielo. Pulsó con insistencia el botón del portero automático pero nadie acudió a su llamada. Pronunció a gritos su nombre: ¡Ángela! Pero no obtuvo más respuesta que el canto de un jilguero. A la media hora de espera, subió al coche y enfiló hacia el pueblo. En la taberna “El gallo que no cantó”, Felisa estaba de conversación con dos parroquianos. Enrique pidió una cerveza antes de decidirse a preguntar por Ángela. Fue el viejo el que se adelantó a responderle:

—¿Los señores del Secarral? Hace dos meses que cerraron la casa y se fueron sin despedirse de nadie.

Demasiado personal (16)

ALBERTO ROMERO

Lágrimas frente al Espejo.

De nuevo llovía fuera. Una fuerte tormenta se dejaba caer sobre el asfalto y los
edificios de la ciudad como si fuese el preludio del diluvio universal. Josefa se despertó
sobresaltada por el ruido de los truenos. Miró el reloj de la mesilla que marcaba
casi las 6:30h y se desveló pensando en que casi era la hora de levantarse.
Aquella noche notó, como muchas noches, que no dormía sola. Nadie lo hacía
desde que su marido murió de cáncer cinco años atrás, pero ella notaba algo.
Nunca se lo había dicho a nadie para que no pensaran que estaba loca, pero había
noches en que aquella sensación la dejaba tranquila en un lado de la cama, sintiéndose
abrazada.
Asomó la cabeza al balcón de la habitación y comprobó que caían chuzos de
punta.
Se calzó las zapatillas que descansaban perfectamente alineadas bajo la cama
y se dirigió a la cocina.
Su rutina para aquel día no variaba mucho por el hecho de que lloviese. Desayunar,
bajar a hacer algunas compras y marchar al hospital a visitar a su hija.
Mientras preparaba el café lloró desconsolada por culpa de los pensamientos
que se paseaban por su mente sobre el estado de Ana. Estaba preocupada por su
hija y angustiada porque su cabeza le decía que era una desgraciada, que todo lo
malo le sucedía a ella. Se miró en el espejo del baño y se regañó a sí misma diciéndose
que no debía derrumbarse y ser fuerte. Levantó el mentón con aires orgullosos
y se terminó de arreglar el moño.
Dejó un poco de acelga cocida para la comida del mediodía y revisó que llevaba
todo lo que necesitaba en el bolso.
Desde el incidente con Antonio y el accidente de su hija no había vuelto a pasar
por la casa de ambos a tomar café con Antonio. No le apetecía ver a su yerno
como si nada hubiera pasado. Era superior a sus fuerzas y no estaba segura de
contenerse tal y como estaba de los nervios. Además su oscuro plan no estaba
funcionando, cosa que le cabreaba mucho.
Bajó a la calle con intención de comprar algunos medicamentos en la farmacia
de su amiga Rosa. Se conocían de toda la vida del barrio y tenían mucha confianza
para hablar cada una de sus vidas y escucharse mutuamente. Sería un rato agradable
para desconectar un poco.
Ya había amanecido, pero las nubes grises eran tan espesas que la calle estaba
oscura en comparación a otros días. Apenas había gente a esa hora, los niños ya
habían empezado el colegio y la gente estaba en sus trabajos. Cuatro paraguas
con prisa y unos ojos que le miraban desde la esquina opuesta de la calle eran
todo rastro humano a aquella hora.
Josefa no reparó en la sombra que le vigilaba desde el otro lado de la calle y
tampoco notó que siguió sus pasos a distancia, camino de la farmacia.
Absorta en sus pensamientos y ocupada en sujetar su paraguas negro no sintió
a la sombra acercarse acortando distancias, como un cuervo oscuro al acecho.
Oyó los pasos tras de ella y se giró asustada al sentir que alguien le tocaba en
el hombro.
Apenas giró la cabeza cuando notó que se desplomaba por efecto de un pañuelo que cubría su nariz y su boca.
Alguien en un coche ayudó a la sombra a montar a Josefa en el asiento de
atrás, desmayada, inconsciente. Se montó en el asiento del conductor y arrancaron
sin perder tiempo en dirección al sur de la ciudad.

Violeta ríe y llora (4)

ANYS

El doctor
—Hora de muerte, veinte horas con cuarenta y seis minutos,
muerte natural, nombre del difunto Ramón López Acosta, veinticinco
años, casado sin hijos, tome nota de todo.
— Como usted mande doctor, ya los familiares vienen por el
cuerpo para llevarlo a preparar.
El difunto es enterrado, los funerales son en casa de la madre que lo
pario. Después del novenario, la viuda recibe una visita inesperada.
— ¿Usted?
— Si Violeta, he esperado este momento desde el día que me
entere que se casó, quiero que sea mi esposa.
— Mi marido acaba de morir, aún estoy de luto, su propuesta en
este momento está fuera de lugar.
— Me disculpo por mi imprudencia — Hace una reverencia —
vendré en otro momento, con permiso.
El doctor regresa, para una muerte, no hay un plazo para llevar el luto,
mujeres lo llevan toda la vida, otras nunca lo hacen.
—Soy viuda y vivo en la miseria, ahora soy una peor opción para un
hombre como usted, dígame la verdad Eduardo alguna vez les hablo de
mí.
— Nunca, no la mencione, sus palabras me asustaron, era joven y
no quería un responsabilidad tan grande como el matrimonio.
— ¿Y qué le hace pensar que ahora me van a aceptar? mi estatus
social no ha cambiado.
— La amo Violeta mía, le ha amado siempre, he esperado tanto
este momento, lo que pienses los demás no me importa.
— El gobernador me pretende, no me pone peros por ser viuda y
pobre.
— el gobernador es un viejo y usted un mujer muy joven, por favor
acépteme como su esposo, nada me haría más feliz.
—Hábleles de mí con la verdad a sus familiares, lo van a
desheredar cuando sepan quién soy, sin fortuna usted no me sirve de
nada.
—Le ruego que perdone mis errores del pasado, no dependo de mis
padres, acépteme.
—Sus errores me obligaron a aceptar al hombre que casi me mata
a golpes, le di la prueba de amor que me pidió y yo esperaba más de
usted que un simple abandono, retírese por favor —Le abre la puerta —
aún tengo una reputación que guardar, no es correcto que estemos solos
la gente lo vio entrar.
Actualidad.
Las heridas siguen sanando, la ropa le quedo perfecta, es momento de
hacer el segundo asalto.
—Caridad por favor, señor gobernador, solo deme un minuto,
escuche a este pobre hombre, tengo señora y siete hijos, tenga piedad
de su pueblo escúcheme.
—Deja pasar a ese limosnero, que la gente no diga que no siento
lastima por el pueblo.
Una vez adentro, y cuando el gobernador le da la espalda, Jaime
aprovecha para realizar el asalto, el disfraz de andrajoso le trae ventaja
para esconder todo lo que necesita.
—Levante las manos y no voltee — Lo guía —mi arma está
cargada, no voy a dudar en usarla ¡el dinero muévase! — le ordena con
voz impotente —todo el efectivo, sé que tiene una caja fuerte, ábrala.
—Se equivoca no hay nada aquí, el guardia no tarda en entrar
todos vieron su cara, es un delito muy grave lo que trata de hacer,
¡robarle al estado! — Dice indignado.
El gobernador recibe un golpe en la cabeza que lo hace caer.
—Indíqueme donde esta y abra la maldita caja si no quiere que le
suelte un plomazo— Dice Jaime apuntándolo con el arma
— ¡No me haga daño, hare lo que me pide! —El gobernador está
muy ajustado.
Si hay una caja fuerte y es personal, no es dinero del estado, ella se lo
conto a Jaime.
—No voltee y dese prisa, tome la bolsa y ponga todo— Jaime tiene
el botín en sus manos —Ahora camine y métase ahí.
Primero asegura la vista del hombre, luego le amarra las manos y los
pies, cierra la puerta y sale con el botín, el guardia entrara pero no vera a
nadie, el ladrón tiene el tiempo suficiente para huir, su presentación es
tan desagradable que la gente evita mirarlo cuando pasa por las calles.
— ¿Por qué está vestido así? — Ella lo deja pasar.
—Está hecho violeta, la gente no vera raro que un doctor venga a
visitarla, creerán que está enferma.
El ladrón se despoja de su bata y muestra el disfraz con el que llevo a
cabo el botín, uno más y está listo.
Más tranquilo y con su verdadera personalidad, permite que ella le corte
el cabello y lo afeite, no necesita más esa apariencia.
***
“SE RENTA CUARTO CON TODOS LOS SERVICIOS SOLO
SEÑORITAS.”
—Que diré si alguien viene a preguntar — Violeta está nerviosa.
—Que ya alguien vino antes, solo espera a concretar el negocio
para quitar el anuncio — Jaime da vueltas despidiéndose del lugar.
—Su dinero está seguro aquí, le repito que esta casa es la más
segura en el barrio, no tenga desconfianza de mí, yo le juro…
—No me jure nada, ese dinero está destinado a su futuro, vendré
cuando tenga la parte que nos falta — Se acerca a la puerta.
—Vaya con dios buen hombre — Le da la bendición — pediré por
usted todas las noches, cuide su herida y si por algo las cosas no salen,
no dude en venir a pedir asilo, yo le estaré esperando.
Jaime se va, ella se queda sola esperando al primer inquilino, pero
alguien más toca a su puerta. Violeta lo invita a pasar, se va, ya no le
importa lo que digan los demás.
—Vi el anuncio, por fin está sola, han robado al gobernador —
Informa —la ciudad siempre ha sido insegura pero este es el colmo, se
ha quedado sin nada, tendrá que mirar para otra lado Violeta, le ruego
mire hacia mi lado
—Buscaré otro pretendiente que tenga su misma posición, alguien
más, que pueda ofrecerme matrimonio.
— ¿Quién era esa hombre? Le ruego que quite los malos
pensamientos que inundan mi cabeza por las noches.
—Se lo dije, un inquilino que me quedo mal, se fue sin cumplir su
contrato, no tengo alquiler.
— ¡Un hombre!
—No era para él, su hermana venía con horas de retraso, se ha
quedado una noche y le han asaltado y herido, es caridad lo que hice con
ese hombre, eso enseñan en la iglesia, ella llego pero la inseguridad la
hizo huir, necesito un nuevo inquilino.
—Sé que vive de su alquiler, la persona que me ayuda es muy
mayor, yo puedo enseñarle a realizar un buen vendado, a asistirme en
alguna operación, no tendrá que depender solo de eso.
— ¡Una enfermera! — Le parece poco para una mujer como ella.
—Todos los trabajos son honrados por muy humildes que
parezcan, no tiene por qué avergonzarse de ello.
—No pensaba eso de mi cuando era la criada de su tía, creía que
era denigrante.
—Era joven y no sabía nada de la vida, ahora soy un hombre, le
ruego que olvide mis errores del pasado que tanto la lastiman y me dé
una nueva oportunidad.
—Será mejor que se retire — La viuda se pone de pie, el doctor la
sigue.
— ¿Está enferma? — Dice antes de salir— Un colega ha venido a
visitarle— Los vecinos lo vieron entrar, hablan de ella por las calles —
dígame violeta que le aqueja, quien mejor que yo para asistirle, puedo
guardar cualquier secreto, sabe que puede confiar en mí.
—Solo es un resfriado.
—Permítame hacerle una breve revisión —Regresa de la puerta,
pone el maletín sobre la mesa y saca sus instrumentos — recuerde lo
que le paso a su difunto esposo por una simple gripa que no se cuidó
como es debido.
Violeta toma asiento, coopera con el doctor, mira sus ojos con seguridad,
levanta su mentón con orgullo, él escucha su corazón, todo parece estar
bien.
Eduardo se va aunque quisiera quedarse para contemplarla siempre.
***
—Buenas noches — Se despide su ayudante.
—Vaya con Dios mujer.
Hay un pasamontañas en el rostro del asaltante, muestra su arma para
intimidar a la víctima, da órdenes sin emitir una silaba de sus cuerdas
vocales, empuja y el hombre camina, va directo a la caja fuerte, abre la
caja, recibe la bolsa, la toma y mete toda su fortuna, lo hace lento para
ganar tiempo, hay un objeto muy filoso que siempre lleva consigo, el
ratero suelta el arma para tratar de vendarle los ojos, olvida que solo
tiene dos manos, la victima voltea pero no ve su rostro, trata de trazar
una línea recta en la piel del hombre pero su muñeca es detenida y toma
un rumbo diferente, la línea se traza pero en la piel de la víctima y con su
propia mano, hay sangre y cae al piso, el ladrón huye a esconder su
botín.
El consultorio está abierto y pasan de las nueve, hay un letrero con el
horario de atención, debería estar cerrado.
—Buenas noches, ¿hay quien atienda en este lugar?
La campanilla suena, nadie atiende. El herido esta tirado en el piso se
desangra.
— ¿Usted? ¿Qué hace aquí? — Pregunta el doctor desde el piso,
no se puede mover
—Mi herida, quiero saber si ya sano completamente.
Nno pierda el tiempo ¡el teléfono! me han asaltado, llame a la
policía.
El herido es levantado sin mucho esfuerzo por el paciente, la camilla está
muy cerca.
— ¡El teléfono por favor! no ha pasado mucho tiempo, aún pueden
atraparlo.
—Su vida vale más que su dinero, usted me salvo la vida voy a
devolverle el favor.
El herido sangra y se queja, Jaime corta la ropa con unas tijeras, luego
con los lazos que detienen las cortinas, amarra al doctor de pies y
manos a la camilla.
—Necesito alcohol, dígame donde están las cosas, aguja, hilo, y
también va a necesitar mucho valor.
— ¡Está loco, llame a la policía usted no es doctor!
El paciente busca y encuentra, pone el alcohol en un plato y sumerge
una gasa, la exprime sin esfuerzo y lo pone sobre la herida provocando
un grito de dolor del herido.
— ¡Maldito loco, que trata de hacer!
—Devolverle el favor, no quiero deberle nada ¿quiere un trago? lo
que sigue le dolerá mas.
El paciente tapa la boca del herido, necesita tranquilidad para realizar su
trabajo, toma la aguja y ensarta el hilo, hace un nudo y comienza.
— ¿Le duele doctorcito de pacotilla? ¡Hijo de su puta madre así me
dolió a mí! de no ser por esa alma de dios me hubiese mandado al
infierno.
Es de madrugada y alguien toca a la puerta de la viuda.
—Entre rápido, gracias dios está bien, no lo esperaba aun, no he
parado de pedir por usted ¿tiene hambre? ¡Dios mío hay sangre en su
ropa, lo han herido!
—No es mía— Tranquiliza a la mujer — no mate a nadie, ayude a
una persona, creo que me acabo de ganar el cielo.
La viuda da de cenar al ladrón, pone agua a tibiar para que se dé un
baño, la noche es larga hacen, planes no duermen.
—Bueno, dijo que quería algo a cambio, me gustaría saber que es,
me atormenta estar adivinando.
—Su casa, le voy a comprar la casa y le pagare el doble por ella,
iremos con un notario, todo será en regla, será mía con papeles y dentro
de la ley.
— ¡Mi casa! Pensé que quería algo más, algo que solo una mujer
puede darle.
—Pensó mal Violeta. —Jaime camina por la habitación —Ya
empieza a amanecer, me di a la tarea de encontrar a la persona perfecta,
vendrá mañana y empezara el papeleo, usted podrá ir a donde quiera,
comprar otra propiedad, empezar una vida con mucho dinero.
—Quizá encuentre un marido en ese nuevo lugar.
—Lo más seguro, vamos a dormir unas horas, el notario vendrá a
las diez.
Jaime sale, se recuesta en la cama, escucha el llanto de la viuda.
— ¿Qué hace Jaime? Por favor salga de mi cama.
—No tiene que tener marido para que la hagan sentir mujer,
póngame un alto si no quiere que continúe, es viuda Violeta, no tiene
nada que perder, dijo que su matrimonio nunca se consumó.
—Ya no soy virgen si a eso se refiere.
—Mejor aún, su futuro marido tendrá que quererla como esta,
usted estaba dispuesta a entregarle su cuerpo a un marrano a cambio de
un matrimonio por conveniencia, yo no voy a pedirle nada a cambio, diga
que no y me iré directo a mi habitación, las cosas continuaran como
están planeadas.
Tres días después, el anuncio es retirado.
—He venido a conocer al nuevo inquilino.
—No lo hay.
—Retiro el anuncio — Afirma el doctor.
—Me voy, vendí la casa, me pagaron lo doble de su valor, el
comprador estaba muy interesado, voy a empezar una nueva vida— se
hace lado, lo invita a pasar — aun puedo ofrecerle una taza de té, la
última.
El doctor camina con mucha dificultad, toca su herida y se queja.
— ¿Está bien? que le pasa ¿qué tiene? por favor tome asiento
déjeme ayudarlo ¡dios mío está herido!
—Estoy bien no se preocupe.
—Venga — Lo guía —recuéstese en la cama, tengo gasas y
analgésicos del herido anterior.
—Ese malnacido ha sido.
— ¡Que dice! Quien ha sido, quien le ha hecho daño.
—Disculpe mis palabras, olvídelo.
La mujer retira la gasa y ve el trabajo mal hecho en la piel del doctor,
aplica ungüentos y vuelve a vendar, luego le ofrece un té.
—Beba — Pone la tasa en las manos — se va a sentir mejor.
—Gracias, sus manos hicieron un gran trabajo, aun puedo
enseñarle a realizar un buen vendaje, solo eso Violeta, me han robado,
ya no tengo nada que ofrecerle, ya no tengo fortuna.
—No hable más, la casa ya no es mía pero puedo quedarme el
tiempo que sea necesario, yo voy a cuidarlo y su herida va a sanar,
duerma.
La viuda sube a la cama y duerme a su lado, los días pasan y la herida
muestra una mejor cara.
—No puedo seguir reteniéndola Violeta, entregue la casa y siga su
camino, de verdad deseo de todo corazón que encuentre al marido que
busca, le pido una disculpa por todo el daño que le provoque al negarme
a casarme con usted, por quitarle la pureza que le pertenecía al hombre
que la desposo, por el daño que ese rufián le hizo por mi culpa, le juro
que he vivido atormentado desde que vi sus heridas, que soñé miles de
noches en curarlas y sanarlas con mis besos.
El doctor besa la mano de la mujer, se despide con el corazón
destrozado.
—Eduardo.
—Sí, dígame — Regresa y se pone a sus órdenes.
— ¿Aún necesita una enfermera?
—Sí, y también una esposa.
Dos meses después.
—Mire mi reina, esta es su casa ¿le gusta?
— ¿De veras es suya mi rey?
—Pásese para que la vea, cuando le he mentido.
—Muchas veces ¡esta re chiquita! de afuera se miraba más grande.
El ladrón pone las manos en las caderas de su mujer y la guía por todo
el lugar, toman como lecho matrimonial la habitación que la viuda
siempre ofrecía en renta, la mujer se levanta temprano y limpia todo el
lugar.
— ¡Gordito! correo ven, mira lo que encontré, somos ricos amorcito
hay un tesoro escondido en el patio.
***
La viuda es depositada en casa de los tíos del doctor, como si fuera
señorita.
—Es la hija de la sirvienta, no tiene fortuna.
—Tampoco yo ¿puede quedarse o prefiere que la lleve a otro lugar?
todavía soy parte de su familia.
La boda se realiza de una forma sencilla, luego ella va a vivir a casa del
doctor, su posición social no es la que Violeta esperaba, su marido no
tiene dinero ni propiedades, pero conserva su casa, su consultorio y todo
lo necesario para volver a tener una fortuna, ella lo ayuda, ya aprendió
todo lo que debe saber una enfermera.
Una mujer embarazada espera su turno al lado de su marido, el
consultorio le queda muy lejos del barrio en el que se viven, pero el
hombre dice que es el mejor doctor de la ciudad razón por la cual están
ahí.
Ellos se encuentran después de varios meses.
—Lo hirió, nunca menciono que la tercer victima seria él, yo no lo
hubiera permitido, quiero que devuelva lo robado.
—Gajes del oficio Violeta, no fue intencional, su marido trato de
resistirse, devolveré su parte como un regalo de bodas, le felicito por su
matrimonio, me sorprendió que no tomara nada de lo que había en la
casa, encontré todo intacto, tal como le fue entregado.
—Gracias por tratar de ayudarme, pero este era mi destino y estoy
agradecida por ello, Eduardo me ama y gracias a su intervención en
nuestras vidas ahora estamos juntos.
—Y gracias a la suya ahora soy un hombre rico, no necesito robar
más, le devolveré también su casa, le mandare los papeles por
paquetería.
La plática es interrumpida por el doctor, le habla desde adentro del
consultorio.
—Amor, puedes pasar al siguiente.
—Sí, enseguida, pase por favor señora.
La pareja pasa al consultorio el doctor esta de espaldas.
— ¡Usted!
—Cuanto gusto de volver a verlo doctorcito ¿Cómo está su herida?
— ¿Y la suya?
—Los dos estamos vivos de milagro, no soy el paciente en esta
ocasión, mi mujer está embarazada, me consta que es el mejor médico
de la ciudad, la pongo en sus manos y también a mi hijo, espero que la
experiencia le haya enseñado a dejar los asuntos personales fuera de los
asuntos de trabajo.
Fin

Mejores amigos

LOURDES BLANCO

Había estado disimulando todo el día. Echada en la tumbona hacía como que leía el libro que junto con los dos bocadillos, uno para ella y otro para él, se había llevado a la playa. Pero no podía evitar poner toda su atención en lo que Sergio estaba hablando con la mujer que justo a diez metros estaba tomando el sol en topless. No la llegaba con claridad la conversación, pero si las risas que, de cuando en cuando, sobresalían del bullicio generalizado de la playa. Entonces un nudo se ponía en su estómago y reprimía una lágrima que luchaba por abrirse paso al exterior.

De cuando en cuando Sergio volvía al lado de ella para coger un cigarrillo y sonriente le contaba lo simpática que era la chica que había conocido, que parecía interesante y que además tenía un cuerpo espectacular. Entonces Andrea le sonreía y colocaba el pareo sobre su cuerpo blanco y blando.

Cuando el hambre empezó a hacer mella en su ya maltratado estado de ánimo decidió comerse el bocadillo. Estaba claro que a Sergio se le había olvidado que tenía que comer.

Y sola, con el libro sobre el pareo, comió distraídamente mientras miraba la línea del horizonte. Había decidido olvidarse de ellos y perderse en sus fantasías que era lo único que nunca la decepcionaba.

A media tarde la morenaza de cuerpazo escultural decidió que tenía que irse y Sergio, con una sonrisa bobalicona, volvió junto a Andrea, se echó en la tumbona que ella le había reservado y que había estado vacía durante todo el día, y se quedó dormido.  Andrea, sin disimulo, no podía dejar de mirarlo. Estaba tan enamorada de él que se conformaba con la relación fraternal y amistosa que les unía, porque sabía que no podía aspirar a nada más. Se conformaba con amarlo en la distancia, con que él tuviera con ella pequeños detalles, como llevarla a tomar café a uno de los lugares más bonitos del puerto, o a bailar salsa, algo que él odiaba pero que a ella la encantaba, o con que la llevara de fin de semana a la playa aunque se pasara todo el día sola haciendo con que leía, cubriendo su cuerpo con un pareo.

Nuevo imperio

MANGER

Nuestra experta jauría de perros servo-mecánicos apenas encontró huellas que nos pudieran llevar hasta el objeto de nuestra búsqueda; estaban como desorientados y sus acerados belfos denotaban un nerviosismo rayano en el miedo, algo absolutamente excepcional en su propia naturaleza; estaba claro que habían perdido el rastro y demostraban así su disgusto. Antes de salir de la estación orbital habían sido minuciosamente programados para capturar cualquier presa sin hacerle el menor rasguño, pero esta vez no parecía que pudieran llegar a cumplir su misión. El espécimen se les había escapado por los pelos.

Estaba casi seguro de que nuestra pieza estaba seriamente tocada; al menos dos de nuestros disparos paralizadores debieron acertarle de pleno, pero “aquello”, lo que fuera, salió desbocado como alma que lleva el diablo y perdimos su pista. Apenas tuvimos el tiempo suficiente para darnos cuenta de que era muy rápido, de una forma extraña desconocida para nosotros, cuadrúpedo… Y grande, bastante grande, al menos diez veces nuestra propia estatura…

La espesa niebla de metano cubría el lugar con un humeante manto grisáceo, y la abundante materia vegetal en descomposición que tapaba el nauseabundo y pastizal suelo impidieron que, ni los fieles canes robóticos ni nosotros mismos, acertáramos a fijar la ruta que había tomado aquel misterioso ser.

Rästack, mi segundo de a bordo, me insinuó con voz trémula que había podido ver por un momento sus enormes dientes y, lleno de miedo, me pidió que abandonáramos definitivamente la persecución. Me sorprendió su reacción; era un tipo avezado en mil batallas y experto cazador. Siempre frío y dispuesto a la acción, me extrañó que mostrara en esos momentos esa debilidad casi infantil…

Le conminé a continuar y, como pudimos, proseguimos la marcha por entre aquella untuosa niebla. La cantidad de aire respirable en aquel enorme planeta era bastante débil, pero se había asistido a nuestros trajes con la suficiente carga de mezcla como para aguantar al menos veinticuatro hexatiempos ininterrumpidos, incluso sometiendo nuestro físico al máximo esfuerzo. De cualquier modo, la atmósfera era irrespirable por su insoportable mal olor, sin lugar a dudas debido a la mezcla de nitrógeno, metano y  sulfuro de hidrógeno presente en el ambiente, haciendo absolutamente imprescindibles nuestros cascos aislantes.

El silencio en aquel lugar era agobiante… Los perros habían desaparecido, quién sabe si seguirían persiguiendo sin rumbo a la criatura; eso me intranquilizó lo suficiente como para tomar las máximas precauciones, y empecé a pensar que mi amigo podía tener razón. Ambos nos distanciamos unos cinco cuerpos del otro para lograr una mejor posición en el terreno y avanzamos como pudimos; aquella niebla se había empeñado en no levantar y nos impedía ver más allá de nuestros propios cascos.

Al parecer, todo el planeta era un inmenso invernadero, lleno de ciénagas y pegajosos restos orgánicos malolientes. Según nuestros primeros sondeos, y pese a la beligerancia del entorno, la existencia de vida en él era teóricamente posible, pero a duras penas podría llegar a ser multicelular de nivel diez. Según los datos que manejaban los estudios biológicos previos no era previsible la existencia de vida inteligente, ni siquiera la presencia de un animal –o lo que quiera que fuese aquella criatura- de la envergadura que habíamos visto.

Estaba claro que la sonda se había equivocado radicalmente en su análisis.

Seguimos en dirección desconocida guiados por nuestro propio instinto, yendo como ciegos hacia ningún lugar. Rästack me miraba interrogante y yo no supe qué contestarle. No sé por qué, pero hubo un momento en que su pose inquisitiva me resultó extraña, incluso grotesca. Creo que se me pasó por la mente la típica pregunta de «¿qué hago yo aquí?» unida a una sensación de dejà vu.

No era la primera vez que me ocurría.

Tras haber caminado unos ciento cincuenta cuerpos, descubrimos con sorpresa una extraña edificación que se apartaba totalmente de nuestros conceptos arquitectónicos. De consistencia metálica, de forma cilíndrica, algo plateada y con tintes marcadamente herrumbrosos, unas grandes y humeantes plastas de materia en descomposición se situaban a ambos lados de su entrada y parecían querer ocultar su enigmática presencia. La entrada era redondeada y tenía por visera una especie de puerta fija, sin bisagras a simple vista; el diseño era burdamente dentado y permanecía casi abierta, dejando entrever la oscuridad que inundaba la mayor parte de su interior.

Nos acercamos con precaución y, antes de recorrer unos cinco cuerpos, escuchamos un ruido de ramas quebradas que pareció proceder cerca de la entrada. Nuestro instinto hizo que nos acurrucáramos tras unos montículos cercanos, expectantes y prestos para disparar nuestras armas en cualquier momento. Le indiqué a Rästack con un simple gesto que se mantuviera en silencio, y esperamos escondidos durante un par de hexa-hexatiempos la aparición de aquel desconocido ser.

Sin embargo todo recuperó la calma… De nuevo el pesado silencio se volvió a hacer dueño de aquel plúmbeo paraje. Pasado unos instantes recuperamos la calma, decidí acercarnos con cautela hacia la extraña edificación… y entramos.

El interior no ofrecía nada de particular, excepto una especie de excrementos desecados, en forma de grano alargado del tamaño de tres de nuestras manos que encontramos en su curvado suelo. Desde luego, el animal que hubiera dejado aquellas deposiciones no debía ser pequeño, pero no había rastro de él. 

Encendimos nuestras linternas y comprobamos que la longitud del refugio superaba los treinta cuerpos y una altura de otros quince; parecía abandonado desde hacía mucho tiempo y mostraba unas paredes llenas de mugre y algo de óxido, con ciertas ondulaciones prensadas en algunos de sus tramos de finalidad ininteligible para nosotros. En su fondo, un pequeño charco de una materia orgánica, en estado pútrido, remataba todo lo que pudiéramos encontrar en aquel extraño cilindro.

Era evidente que su construcción obedecía a una mente inteligente, pero no parecía que el objeto hubiera tenido sentido práctico alguno, al menos para mí. Indiqué a mi compañero que pasara el analizador de componentes y detectó la presencia de hierro y estaño, un material que hacía mucho habíamos dejado de utilizar en nuestro planeta natal para evitar la temida contaminación.

Salimos de su interior y continuamos la exploración durante dos hexatiempos más, pero tampoco logramos encontrar al ignoto ser que había llamado nuestra atención y decidí ordenar a Rästack nuestra retirada. Con cierta alegría, comprobamos que afuera estaban esperándonos nuestros fieles perro-robots, dispuestos a acompañarnos hasta la nave.

A excepción de aquella criatura desconocida, no detectamos nada más. Aquel planeta parecía estar muerto, no nos ofrecía nada más que inmundicia, desechos y gases tóxicos, por lo que partimos sin más dilación.

Aquí Blöss… Finalizamos la exploración y volvemos a Nodriza… Este planeta no tiene interés para nosotros… Cambio y corto –comuniqué a Base-1, antes de poner en marcha los motores y salir catapultados de aquel lugar sucio y contaminado.

***

Abajo, a diez mil kilómetros de Nodriza, un pequeño ratoncillo salió de su escondrijo y raudo volvió a meterse asustado y dolorido en su oxidada guarida, una vieja lata de conserva en cuyo etiquetado, un día no muy lejano, quizá pudo verse en negrita: “POMODORI SCHIACCIATI”, y la fotografía de una jugosa sopa de tomate triturado…

A diez kilómetros del gran estercolero, Roma, capital de Nuevo Imperio.

Demasiado personal (15)

ALBERTO ROMERO

Comida en Familia.

Antonio llegó a casa de su hermana Marta y ya antes de tocar al timbre oyó las
carcajadas de los gemelos, que debían estar correteando a gritos por el pasillo.
Sonrió ilusionado y añorando un futuro así de idílico en el que Ana y él serían felices
junto al bebé que estaba en camino, a pesar de la incertidumbre actual que
tanto le angustiaba.
Cogió aire unos segundos y se prometió a sí mismo no derrumbarse delante
de su hermana para no hacerla sufrir más de la cuenta.
Tocó el timbre y enseguida le abrió la puerta su cuñado Deyan sonriéndole de
oreja a oreja y con los gemelos amarrados cada uno a una pierna. Los niños se
abalanzaron a los brazos de Antonio en cuanto lo vieron y se los comió a besos.
Que gusto daba visitarlos y ser recibido con tanto amor aunque apenas tuvieran
dos años y se tambalearan al caminar.
Deyan también le recibió agarrándole por el hombro con fuerza y preguntándole
como se encontraba mientras entraba para adentro de la casa. Deyan era búlgaro
y daba miedo verlo cuando no le conocías. Su aspecto físico imponía hasta al
más duro, pero era sólo una fachada que poco tenía que ver con su interior. Tras
aquel cuerpo, que más parecía un armario empotrado que el de un hombre, se escondía
una persona sensible, sencilla y amable hasta niveles insospechados.
Antonio todavía recordaba el día que su hermana le contó que se había
enamorado de un hombre “del este” como ella decía y le tomó el pelo preguntándole
si era de Valencia. Ella pensando que todos criticarían en casa que se echase
un novio extranjero y resultó que Deyan los enamoró a todos con su forma de ser.
Marta le esperaba en la cocina poniendo la mesa y se abrazó a él en cuanto le
vio entrar. Los gemelos se dispersaron con las bolsas de chuches que les había
traído Antonio como regalo. Su hermana enseguida preguntó por Ana y si él necesitaba
algo en lo que ella le pudiera ayudar.
Deyan trabajaba como fontanero para una empresa multigremios e iba a turno
partido, así que pudo quedarse a comer con ellos. Antonio y él se llevaban a las
mil maravillas y le dio mucha alegría poder compartir aquel rato también con él.
La comida transcurrió muy bien y Antonio no veía momento de contarles la noticia
de que Ana estaba embarazada. Llegado el postre les soltó la noticia y aunque
la primera reacción fue de alegría enseguida se quedaron preocupados por la
situación en la que se encontraba Ana. Antonio les transmitió las esperanzas que le
había dado la doctora Garmendia y se abrazaron emocionados concentrándose
en el lado positivo de la noticia.
Antonio se sintió con confianza también de confesarles lo que había pasado el
día del accidente de Ana con Josefa. Sus caras de incredulidad fueron un poema.
Marta se llevaba las manos a la cabeza porque no podía entender que una mujer
tan dulce como Josefa le estuviese chantajeando a su hermano. Deyan dio un
golpe en la mesa cabreado y dijo que aquello no lo podía consentir, pero Antonio
les pidió calma. Desde que había pasado lo de Ana parecía que Josefa le estaba
dejando tranquilo y quería ver por donde avanzaba el suceso después de todo.

Violeta ríe y llora (3)

ANYS

El ladrón
— No voltee, esto es un asalto. — apunta con una pistola.
— ¡Por favor no me mate, tengo una esposa y tres hijos! — suplica
el hombre espantado.
—No lo voy a matar, quiero su asqueroso dinero, camine y no
trate de voltear porque le voy a romper el cuello.
El hombre es atado de manos y pies, el ladrón primero les cubre los ojos
para que nunca miren su rostro, cuando hace un asalto cubre su cabeza,
siempre viste ropa oscura, es pesado pero ágil, huye rápido y sabe
disimular, se mezcla entre la gente hasta que se pone a salvo, saca el
botín y lo gasta en cigarros, cerveza y mujeres, ha estado en la cárcel
tres veces, las tres por robar pero ha salido ileso de cargos más fuertes,
como la muerte. No tiene esposa pero si muchas mujeres e hijos
ilegítimos, cuando se le acaba el dinero, pide fiado, paga cuando vuelve
a robar.
Jaime tiene muchos disfraces, el que más usa es el de viajero con clase,
finge ser una persona que no es.
—Levante las manos y no voltee, es un asalto.
La pistola cae de sus manos, la victima voltea con miedo y mira el rostro
de su agresor, la capucha está a media cara, distingue bien sus ojos
claros y sus labios gruesos
— ¡Maldito! — el ladrón golpea a la víctima— le dije que no
volteara, ahora si voy a matarlo.
— ¡Por favor tenga piedad — la victima cubre su rostro con sus
brazos, cierra los ojos — no vi su cara lo juro por dios, no me mate!
El ladrón huye con el botín, es la primera vez que alguien podría
reconocerlo y mandarlo a la cárcel, está en su territorio, tiene que huir, no
quiere irse pero no tiene opción, usa su mejor disfraz, viaja a donde sus
botas apuntan, bajando del camión compra un periódico para informarse
de los acontecimientos que acechan a la ciudad, hay un anuncio en
primera plana.
— En la privada, la viuda es la dueña — Recibe indicaciones del
repartidor de periódico.
— ¿Viuda?
— Si, joven, hermosa y deseosa de hombre, dicen que mato al
marido porque no le cumplía como dios manda ¡cuidado amigo! Todos
los de aquí le parecen poca cosa, se cree de la alta sociedad pero ya no
es nadie.
Jaime ubica la casa, necesita dinero para cubrir el alquiler, una mujer
sola, joven, desamparada, la victima perfecta. Antes de tocar a la puerta,
da una vuelta por la ciudad, hace su plan en su cabeza, se arriesga
demasiado porque no conoce el lugar, pero necesita dinero, hay una
joyería alejada de las demás vendimias, se aleja de la ciudad y hace su
primer asalto, la joyería puede esperar.
Con dinero en la mano toca a la puerta, le cuesta pero convence a la
mujer, solo necesita un par de noches para conseguir las joyas y tener
donde refugiarse.
—Levante las manos y abra la puerta — Jaime da indicaciones a la
víctima — camine, tome una bolsa y meta todo lo que le quepa ¡ni se le
ocurra voltear a verme, porque le voy a disparar! — Es una amenaza que
no quiere cumplir.
—Haré todo lo que diga, no dispare— La victima quiere cooperar.
—El dinero de la caja también— ordena — déjela ahí, levante las
manos y vaya al rincón ¡de rodillas!
Suena la alarma, el ladrón se asusta, la victima trata de quitarle el arma
de las manos, forcejean, el hombre está armado con una navaja de gran
densidad, los dos cuerpos ruedan por el piso, la alarma sigue sonando, el
miedo le quita las fuerzas al ladrón y pierde de momento, Jaime no
quiere perder el tiempo matando a su víctima, le golpea la cabeza para
que pierda el sentido, se levanta y huye con todo el botín, deja un rastro
de sangre, suerte que está lloviendo , la viuda no lo vio salir, piensa que
está adentro, por la mañana tendrá que abrir para que salga, pero lo que
hará es entrar.
Actualidad.
La mujer se arregla como si fuera a una gran fiesta.
— ¿Va a salir? no ponga la llave, quizá necesite dar una vuelta por
el barrio, estoy cansado de estar encerrado.
— Recuerde que nadie puede verlo salir de mi casa, se ve mejor,
de su herida— Explica y luego se sonroja
La bata no le entro, nada de la vestimenta, la mujer es delgada, el ladrón
es ancho, ella tiene días prometiéndole ropa pero parece que le gusta
verlo así, cuando sale y regresa viene con las manos vacías.
—El doctor vino el otro — Informa el ladrón.
—Espero que no haya atendido a su llamado ¿cuándo piensa
marcharse? necesito poner el anuncio con tiempo no puedo perder un
mes de alquiler.
—Aun no ¿le molesta mi compañía?
—Claro que no, me gusta tener con quien hablar.
La mujer sale, la puerta está abierta, el doctor regresa.
—Sigue aquí y sigue desnudo— dice mirándolo con desprecio.
—aquí vivo, Violeta salió.
— ¡Violeta! ahora le habla de tu, ni siquiera a mí me lo permite.
— ¿Que quiere? Usted y yo tenemos una cuenta pendiente
doctorcito.
—Dígame quien es y de donde viene.
La mujer llega, el doctor se disculpa y se va molesto.
—El doctor esta celoso— Dice Jaime cuando están cenando.
— ¿Se bañó? — Huele a Jabón —Debió esperarme para tallarlo,
no debe agacharse su herida se puede abrir, le traje algo de ropa, espero
que le quede.
Su barba ha crecido, el cabello le cubre parte del rostro, ella tiene tijeras
y aún conserva navajas para afeitarlo.
La mujer sale otro día muy arreglada, fue requerida por el gobernador,
regresa más tarde y se encierra en su recamara.
— ¿Porque llora Violeta?
—Me rechazo, jamás voy a tener un marido, mis posibilidades se
agotan, dijo que no soy lo suficiente mujer para ningún hombre, quiere
que sea su amante.
—No necesita casarse con ese marrano para tener clase y subir
su status social, necesita dinero.
— ¿Y de dónde lo voy a sacar?
— Tres asaltos a hombres con poder son suficientes para amasar
una fortuna, el primero ya está hecho, el botín está aquí, el segundo lo
hare en cuanto pueda salir con ropa decente de esta casa, el tercero
aun lo estoy planeando en mi cabeza.
— Porque arriesgaría su vida por mí, si lo agarran ira directo a la
cárcel.
—Porque usted sabe lo que quiere y lucha todos los días por
conseguirlo, porque el marrano ese se va a arrepentir de rechazarla, el
doctor va a suplicar su perdón, y yo quiero algo a cambio.

Violeta ríe y llora (2)

La viuda
— Doctor una mujer lo busca, dice que es una emergencia que usted ya la conoce.
El hombre le pide a la enfermera que la haga pasar, Violeta viste bien a pesar de su situación económica, el doctor le acerca una silla, ella se queja antes de tomarla, tiene un golpe en el rostro.
— ¿Fue él?
El silencio es afirmativo. Suben al auto y viajan hasta la casa, el enfermo
esta postrado en cama desde hace una semana, las sabanas están
mojadas, se ve muy mal. Violeta dobla las mangas de su blusa,
dispuesta a ayudar en lo que sea necesario, muestra un golpe más en su
piel.
— ¿También le hizo eso? ¿Con que fue?
—Dos años de maltratos por decirle que no era virgen.
— No tenía que decírselo, pudo callar y evitar tantos golpes.
— Se hubiera dado cuenta cuando no viera una mancha de sangre
en la sabana matrimonial.
—No todas las mujeres sangran, el himen se rompe por otras
cosas, no solo con la penetración.
—Yo si sangre.
El doctor y la mujer permanecen juntos todo el día, el enfermo sigue
convaleciente.
— ¿Cuánto tiempo le queda? — Pregunta ella.
—Si sigue así, pronto ¿le avisaron a sus familiares?
—No, pero voy a salir a mandar un recado para su madre, no
quiero que venga antes.
—Sera hoy o mañana — Informa el doctor.
El hombre muere por la noche del segundo día, entre los dos cambian
las sabanas mojadas y las tiran a la basura, el medico da fe de todo,
nadie duda del hombre estudiado, la madre del difunto no comprende
¡como una simple gripa le provocó la muerte a su hijo! la viuda recibe el
poco dinero que el hombre tenía ahorrado, paga con ello los gastos
funerarios.
Actualidad.
Ella lo lava, no tiene que tallar con fuerza, la mugre ya salió con las
primeras bañadas, el enfermo se fija en las heridas de la mujer que se
asoman bajo su falda mojada.
— Por favor póngase la bata, es incómodo para mi mirarlo
desnudo todo el tiempo, veré la forma de conseguirle algo de ropa.
— ¿Que le paso en las piernas?
—Mi marido — Dice bajando su vestido.
— ¿Por eso lo mato?
—No lo maté, solo lo ayudé a morirse. Ramón era un joven
apuesto, detallista, de la clase baja era un buen partido, no para mí,
después de la boda se convirtió en un desgraciado — Dice con
desprecio — Hábleme de las suyas.
— Mi padre primero con el cinto, estas— le muestra — luego con
el cable de la luz — La mujer se espanta — las de acá son de peleas
con mis enemigos, con mis hermanos, en la cárcel, en la calle, en
cualquier lugar.
— ¿Quién lo hirió y porque? — La postura de la viuda es recta, su
mentón en alto.
— Tengo un oficio peligroso.
— ¿Porque lo hace? — Ella tiene una costura en sus manos.
— Por lo mismo que usted se quiere casar con ese marrano, por
dinero.
— No solo es por eso, necesito un esposo, si me caso con el
gobernador, puedo recuperar mi dignidad, tendré posición, tierras,
sirvientas, dinero, joyas, lujos, todo lo que tenía cuando niña.
— Permítame preguntarle su edad sin que se ofenda.
— No me ofende, tengo veintidós años.
— Es una mujer joven y muy hermosa para ser viuda.
Seis años atrás
— ¿Porque estas tan triste Violeta?
— Estamos en la ruina, nos echaron a la calle, ya no tenemos
nada, mis padres no pueden mantenerme, me van a dar en matrimonio al
primero que me lo pida, quiero que ese seas tú. ¿Vendrás? él no se
negara, te dirá que sí, nuestro matrimonio es conveniente en este
momento, nos vas a salvar de la ruina, no solo a mí, también a mis
padres.
Violeta se queda esperando por días hasta que pierde las esperanzas.
— ¡Mis muñecas no, papá por favor! — Dice la joven llorando
— Lo siento, todos tenemos de desprendernos de nuestros lujos
para sobrevivir.
Las mujeres salen con una enorme bolsa negra, caminan muchas
cuadras, se sienten agotadas porque no están acostumbradas a
andar pie, el baratillo mide 10 cuadras de largo, ellas toman lugar hasta
el final.
— ¡Qué vergüenza, mira como nos miran todos mamá! no quiero
estar aquí, vámonos a la casa.
También la madre siente vergüenza, han perdido su dignidad, se están
rebajando a los mas bajo.
— ¡Que linda muñeca! — Dice con ella en manos —casi tan
hermosa como la dueña ¿son de su hija?
— Si, ella no juega con muñecas, por eso las estamos vendiendo.
El hombre compra la muñeca y se la regala a la joven, luego dice que es
el encargado de cobrar los espacios, pregunta si van a seguir vendiendo
porque tienen que pagar.
— Vendimos todas las muñecas— informa la madre al padre de la
joven — tuvimos que darlas más baratas, nadie quiso pagar lo que
pedíamos por ellas, mañana vamos a vender la ropa, solo podemos
conservar un par de cambios.
No solo venden la ropa, también las zapatillas, las bolsas, los adornos
del cabello, corbatas, sombreros, perfumes, crema, se desprenden de
todos sus lujos.
— ¡Por favor mamá! no quiero ser la criada de mis amigas, no me
obligues a ir contigo ¡papá por favor!
— Lo siento pequeña, no tengo trabajo y pronto nos van echar
nuevamente a la calle, no tenemos a donde ir, ustedes dos pueden
trabajar en casa y pedir un techo, yo voy a tener que vivir en la calle.
Sus amigas hablan de ella cuando se enteran que la familia quedo en la
calle, y que ahora madre e hija son sirvientas.
— ¡Pobre Violeta! sus manos se van estropear tallando pisos, su
piel se va oscurecer cuando tenga que salir a tender la ropa, su cabello
perderá el brillo con tanto polvo ¡que chica tan desdichada!
— Y dicen que el novio se le echo para atrás, por cierto ¿no era tu
primo su novio?
— ¡Claro que no! ¡Cómo crees! Mis tíos tienen muchísimo dinero,
nunca van a permitir que salga con una sirvienta.
Las dos mujeres piden cosas que la gente rica no necesita y siguen
vendiendo en el baratillo.
— Mi muñeca no, él me la regalo — Dice la joven protegiéndola
entre sus brazos
— ¿Quién? — Pregunta el padre — ¿Es joven? ¿La pretende?
Las mujeres regresan al trabajo, el joven rico la mira ahí, en casa de sus
tíos.
— Te estuve esperando y nunca llegaste — Violeta esconde sus
maltratadas manos detrás de su vestido.
— Lo siento— Dice el joven avergonzado, viste de traje —mis
padres dicen que soy muy joven para casarme.
— ¿Ya les hablaste de mí? diles que soy una mujer con clase, que
nuestra situación económica está pasando por un mal momento,
explícales, por favor pídeme que sea tu esposa.
— Es lo que más quisiera— Dice mirando el piso.
El tiempo pasa, sus manos se llenan de callos, su piel está seca, sus
vestidos se estropearon, su cabello está lleno de polvo.
— ¡Violeta donde estas! no es correcto que te alejes tanto con ese
muchacho, tienes que estar en donde te pueda ver, no te comportes
como una mujer de la calle, porque entonces ya no le vas interesar.
El joven pide la mano de la hija, habla con el padre y ella está de
acuerdo. Los vecinos quieren hacer una fiesta, todos van a cooperar,
será en la privada, en donde los novios van a vivir. Ella no quiere
mezclarse con la plebe, se lo dice a su prometido, no quiere fiesta, solo
la ceremonia religiosa y la boda la civil, no tiene nada que celebrar, el
padre le pide a su hija que ceda al primer capricho de su futuro esposo.
— No tendremos luna de miel pero esta noche será especial, al fin
eres mi esposa — La besa.
El novio desnuda a la novia, es la noche de bodas, ella tiene algo que
decirle antes de consumar su matrimonio.
— Eres un buen hombre Ramón…
Dos años después.
Ramón llega borracho insultando a su mujer, está lloviendo a cantaros,
después de golpearla, se queda tirado y despierta ardiendo en calentura,
la puerta se cierra con llave y no se abre hasta el quinto día, que ella sale
a buscar un doctor.
***
— Hace un año que murió mi esposo, mi madre es sirvienta en una
casa del lugar, donde antes vivíamos, mi padre vive de arrimado con su
familia política, me case para dejar de ser una sirvienta para esa familia,
pero lo fui de mi difunto marido, soporte muchos de sus golpes y
maltratos a cambio de esta pocilga en la que vivo, he buscado marido
desde entonces, un marido con poder que me devuelva al estatus social
al que pertenecía.
— También dicen otra cosa sobre usted — Se atreve a decir el
herido.
—Que, dígame, estamos hablando sin pelos en la lengua.
—Que esta urgida de hombre.
La mujer se sonroja, se levanta, retira las cosas de la mesa, limpia y
friega los platos.
—Dicen muchas cosas sobre mí, no crea todo lo que escucha

Demasiado personal (14)

ALBERTO ROMERO

Huellas.

El reloj pasaba de las 21:30h cuando Antonio entró en su casa. El día había
sido muy duro. Había estado todo el día en el hospital y Ana se encontraba estable,
pero sin evolución positiva. Ya iba para dos semanas desde el accidente y Antonio
tenía ratos de pura desesperación en los que perdía la fe en que Ana algún
día saliese del estado de coma. La doctora Garmendia le daba el parte con una
sonrisa, pero Antonio veía más allá de esa cara bonita un mensaje poco claro de
esperanza.
-No tires la toalla, le decía la doctora, que se mostraba optimista respecto al
estado de Ana. He visto muchos pacientes en esta situación, y en peores, y de repente
una mañana se despiertan y todo queda en un mal sueño.
Antonio se aferraba a aquellas palabras todo el tiempo, porque pensaba que
un médico no suele dar esperanzas si no está muy claro que vaya a suceder. Pero
los momentos de derrumbe mental eran cada vez más frecuentes.
Echó un vistazo al frigorífico. Daba pena verlo. Desde que Ana estaba en el
hospital Antonio había descuidado hacer la compra o mantener la casa limpia. Se
alimentaba de bocadillos de la máquina del hospital y pasaba por casa lo justo
para dormir y darse una ducha. Tenía que ponerse la pilas para poner la casa al día
y que estuviese limpia y recogida. ¿Y si de repente un día de estos Ana despertaba
y volvían a casa? Tenía que tenerla preparada para recibirla como ella se merecía.
Al día siguiente había quedado para comer con su hermana Marta. El día anterior
les había visitado en el hospital y quedaron en verse para pasar un ratito con
los gemelos y desconectar un poco de tanto pasillo de hospital. Decidió que le
contaría la noticia del embarazo de Ana. Era una buena noticia y quería compartirla
con alguien que se alegrase de recibirla. La doctora Garmendia le mantenía informado sobre el estado del embarazo con absoluta discreción, sin que nadie más
lo supiera.
Era muy tarde y estaba cansado, pero le dio tal asco ver el suelo lleno de polvo
que cogió la mopa y decidió pasarla antes de acostarse. En el recorrido por la casa
algo le dejó petrificado en el sitio. De la puerta del baño al pasillo salían dos huellas
de algo que parecía barro de un pie bastante pequeño para ser suyo.
Dejó la mopa y se agachó a mirar de cerca esas huellas. No quería perder la
calma pensando en que alguien había entrado en casa a robar. Nada estaba movido
de sitio, ni echaba de menos ninguna de sus pertenencias.
Cogió uno de sus zapatos y otro de Ana creyéndose Sherlock Holmes y los
puso a la par de las huellas de barro. Ninguno coincidía en tamaño. La huella de
sus zapatos era bastante más grande que la marcada en el suelo. La huella de los
zapatos de Ana también eran algo más grande.
Sin pensarlo sacó el movil del bolsillo y le hizo una foto a tan sospechosas huellas
de barro. Las borró con la fregona y se metió en la cama mirando la foto en el
móvil.
Eran huella de mujer, eso estaba claro, pero ¿De quien? Y sobre todo: ¿Qué
hacía en su casa? ¿Cuándo habían entrado y con que propósito?…