LOLA BARNON

Madre postiza, por un tiempo

Sancti Petri

(Vicky)

Los niños se han debido dormir. Hemos tenido un día muy completo. Una mañana de playa continuada, atentos a la colchoneta que han estado montando los chicos en las olas, y que, por cierto, ha terminado pinchada. Él, a sus castillos de arena, también. Yo, a leerle un cuento al más pequeño. La comida ha sido en un restaurante de la playa y ha consistido en pescadito para nosotros y unos filetes de pollo a la plancha, y salchichas, para los niños. 

Ellos, por lo que he comprobado en los días que llevan con nosotros, están acostumbrados a ver a su padre con una mujer. Quizá, y lo digo porque se mostraron en principio bastante reservados conmigo, es muy posible que echen de menos una cara conocida o repetida. Tengo la sensación de que preferirían que no fuera una mujer diferente cada vez.

Pero todo ha ido razonablemente bien. El hecho de que Ramón traiga a sus novias —reales o postizas— es porque quiere hacer de estos días algo normal y que sus dos hijos sepan y comprueben que ni se esconde, ni que el hecho de tener una pareja diferente a su madre es antinatural. No sé si está en lo cierto o en lo correcto. Y entendería que, en el fondo, y si nos ceñimos a los estereotipos sociales, no sea una buena idea juntar a los hijos con alguien como yo. Afortunadamente, no hice nada que me delatara como una prostituta. Ni en público y apenas en privado.

Salíamos a comer o a cenar a menudo. Una vez que ya estaban sus hijos, siempre con ellos. A veces acompañados por alguna pareja, también con niños. Otras, los cuatro solos. Y esas cenas, en la playa, con la brisa en la cara y las sonrisas y comentarios inocentes de los niños, confieso que me gustaron. Me sentí diferente, muy lejos de mi vida real. Solo me faltaba Andrés, y que los chicos fueran nuestros…

Los niños provocaban en mí una especie de situación artificial y lejana a mi propia existencia. Durante los minutos que les preparaba el desayuno, charlaba o jugaba con ellos, no pensaba en que era una puta. Me gustaba sentirme una especie de madre, aunque fuera postiza o falsa. Era una sensación placentera, de normalidad existencial que hasta ese momento, me era completamente ajena. Mi madre, una yonqui de múltiples recaídas, jamás me enseñó cómo ser una buena progenitora. De ella, por desgracia, solo recibí palos físicos y morales. Recuerdo cuando llegué con trece años a decirle que me habían tocado e intentado quitar la ropa. Que, aunque yo todavía no entendía exactamente lo que eran las relaciones entre adultos, sí sabía que aquello que me habían intentado hacer era malvado. Que forzarme a dejarme follar, en una palabra, no podía permitirse.

Aquel día, cuando llegué a nuestra desvencijada casa, a contarle entre lágrimas lo que había sucedido, me la encontré con un hombre en el dormitorio. Salió, incluso, a regañarme a gritos por molestarle. Fue la primera vez en que me fijé en sus pupilas. Dilatadas, brillantes, espectrales. Me dio miedo. Esperé a que aquel hombre se fuera, pero ni aún en ese momento me consoló o acarició. Me escuchó como ida y al momento se fue, dejándome allí. Aquella noche dormí sola. O me quedé dormida sin que ella hubiera regresado. Estaba aterrorizada y no encontré el menor consuelo en mi madre.

Fueron tiempos muy duros. Las desgracias fueron sucediéndose. Los hombres por el dormitorio de mi madre, también. A veces uno, otras, dos a la vez. Yo escuchaba sus gritos, sus gemidos, sus procacidades y la falta de consideración hacia mí, que estaba haciendo los deberes o viendo la televisión en la sala de estar. Los hombres salían del cuarto desnudos hacia la cocina, a por una botella de agua o una lata de refresco. Mi madre cuando se asomaba para ver si seguía bien, siempre lo hacía con una expresión ausente e ida. A veces me daba un poco de dinero y me decía que me fuera durante una hora al bar del Rafa. Yo cogía mis libros y lapiceros, y allí me iba. Sola, perdida y sin nadie que me ayudara a entender y comprender las lecciones y deberes. Solo Rafael, el dueño del bar, tuvo de vez en cuando compasión de mí. Me daba de merendar y me dejaba en la trastienda en una mesa tranquila, lejos de las miradas de los clientes. Nunca fui una niña, y creo, sinceramente, que jamás tuve madre. Ni padre, del que ni siquiera sabía su nombre, profesión o lo que les unió.

Por eso, allí en Sancti Petri, cuando disfrutaba de estos momentos, con las risas de los pequeños, sus comentarios e ideas peregrinas, me sentía contenta. Era algo que nunca había vivido y me gustaba. Sentía que la vida me debía una existencia como aquella, que en el fondo me la merecía, aunque cuando me quedaba a solas, siempre regresaba el pensamiento recurrente de que yo, por mucho que fingiera esa placidez y alegría, era tan solo una puta. Un prostituta cara.

Los hijos de Ramón se iban con él a jugar al golf. Empezaban en ese deporte y acudían a clases por las mañanas. Entiendo que algo debía hacer el profesor para que dos niños de tan pocos años permanecieran atentos o dispuestos a seguir aquellas clases. No entiendo el juego del golf, ni si algún día pudiera aficionarme. Me parece un deporte extraño y ajeno a mi forma de vida y mi manera de vivir. Pero quién sabe…

Aquellas mañanas me quedaba sola en la casa. No fisgué ni busqué nada en el dormitorio ni en las cosas de Ramón. Era un buen tipo y no se merecía nada malo. En mi pasado, ese del que me escabullía, incluso de recordarlo, había hecho cosas como robar y grabar a algunos clientes. Recuerdo uno, un hombre bajito, de bigote encanecido, al que le quité la cartera y un reloj. El que entonces era mi chulo, Marcelo, un ser abyecto y ventajista, se quedó con el dinero y las tarjetas, que usó de inmediato en una tienda de ropa. Yo, igual de detestable e indecente, vendí al día siguiente el reloj a un perista. Ni siquiera le había contado a Marcelo aquella parte de botín…

Cierro los ojos cuando recuerdo aquella fase de mi vida. Hundida en el barro de mi proxeneta, de las fiestas con droga ocasional, de sexo complejo y errático. Una etapa de la que salí porque vi lo negro que podía convertirse mi vida y de la que escapé gracias a un barman maduro, protector de chicas como yo, a las que veía cayendo sin remedio en una vorágine de excesos y mala vida. Un camarero viejo, de canas y cojones que, gracias a sus contactos con la policía, y la protección de los dueños del bar donde trabajaba, denunció a Marcelo por tráfico de drogas. Sus jefes, unos simpáticos horteras, más anclados en los ochenta que en lo digital, de aspecto cateto y algo patibulario, pero decentes, lo ampararon y por supuesto, entre la policía y los porteros de aquel bar de copas, fue intocable. Quizá a la policía le convenía llevarse bien con aquellos tipos, seguramente con algún rastro ilegal o alegal, pero honestos en su conjunto, y ajenos a la droga o a la prostitución. Se dijo que eran confidentes de la policía, e incluso, antiguos militares. No lo sé, pero el hecho es que Marcelo desapareció y yo pude, si no rehacer mi vida, encauzarla de forma un poco más aceptable.

La presencia de los niños durmiendo en su dormitorio, hacía que a Ramón y a mí nos quedara la casa entera para nuestros encuentros, aunque creo que nos conminaba a ser más prudentes o silenciosos. Eso no quiere decir que no folláramos casi todas las noches. Pero no de una manera estruendosa o de salvaje y desenfrenada lujuria. Sin contenernos, fuimos moderados en gemidos, suspiros y gritos. Aun así, hice que Ramón explotara de placer, que se derramara con espasmos de verdadero y deseado éxtasis.

Conseguí, sin necesidad de exageraciones ni excesos, que Ramón disfrutara de forma continuada y extensa. Por las noches, me convertía en una mujer con el punto de lascivia necesario como para que su placer fuera intenso y completo. Por el día, tal y como él me había dicho, procuraba ser una mujer atenta y dispuesta con sus hijos. Con el pequeño hice buenas migas, sobre todo cuando cogió afición a que le leyera cuentos, y a que yo les pusiera un final diferente cada vez. Aquello le hacía gracia al pequeño y yo terminaba riéndome con él.

Hubo momentos en los que me era inevitable pensar en el hijo fallecido de Andrés. En la falta, que sería eterna, y que tanto significaba para él. Me sentí una especie de madre de recambio. Y aquello, confieso que me sorprendió. Aunque me han gustado siempre los niños, no pensaba que, cuando recordaba a Andrés, allí en Cádiz, mientras le leía los cuentos al pequeño, me imaginara de madre de sus hijos.

No me atreví a decírselo a Andrés. Cuando hablábamos por la noche, a través de las pantallas de nuestros móviles, no pensé que fuera el momento adecuado. Quizás no había ninguno y ese era tan bueno o malo como cualquier otro, pero el caso es que no lo hice. Ese momento me lo imaginaba más romántico o íntimo que una simple pantalla de móvil con nuestras caras. Era extraño poder pesar en un hombre y que el sexo no fuera el elemento determinante. Al menos, para mí, constituía algo novedoso. Y eso no significaba que no echara de menos a Andrés y el sexo con él. Al contrario. Era un amante extraordinario. Muy capaz, sabedor y conocedor del cuerpo de una mujer y sus reacciones. Juntaba el ser atento con una capacidad amatoria notable. La experiencia, el buen uso de su polla, la manera en que acariciaba y cómo estimulaba, con dedos, boca o pene, nuestro sexo.

Ramón no era malo. Incluso mejor que muchos. Y no se trataba de un falo de enormes dimensiones, ni de una duración más allá de los normal. En ambos se daba la circunstancia de que hacían el sexo de una manera participativa, en armonía con nosotras. No se conformaban con alcanzar al orgasmo y descargar. Cada uno en sus estilo y en sus capacidades, coincidían en el tono de un sexo armónico y compartido.

Pensé en ese momento en que, si mantenía a Ramón, por ejemplo unos meses más, podría alcanzar ese inicio de autonomía monetaria y comenzar a andar en la nueva vida que me había marcado como objetivo, junto a Andrés. Por un lado, me satisfacía la idea. Por otro, debo admitirlo, me daba una cierta pena por Ramón. La forma en que se me había abierto, comentado sus deseos y motivaciones, me hacían pensar en que lo que buscaba era una compañera, y no alguien como yo. O al menos, una mujer que se comportara como yo había hecho en estos días de Cádiz. Comprensiva y atenta, a la vez que con ese punto de lascivia y atrevimiento que tanto le agradaba. La pena no venía dada por el hecho de que se quedara enganchado de mí. Eso era impensable. Ni yo de él, todavía menos. Mi lástima hacia él se centraba en que le había costado dar con esa tecla que hacían de sus vacaciones —o al menos, unos días— en algo de aspecto normal. No debí ser fácil o a él no le había resultado, a tenor de lo que me había comentado. Y Ramón me caía bien, me agradaba estar con él, sin que eso significara nada más allá que eso. Por eso, me dije, el día que por fin llegara a esa posibilidad de estabilidad económica, se lo diría. Antes de que me requiriera por mis servicios. No podía estar con él, sabiendo que iba a ser la última vez, y mentirle. O no contarle mi decisión.

Es posible que, como prostituta que era, no debería hacer otra cosa que acostarme con él y cobrar el dinero convenido. Lo deseable era no implicarse nunca con un cliente. Ni siquiera porque te cayera bien o te pareciera buena persona. Pero me era inevitable. Creo que la gente debe tener respeto por sus semejantes. No engañarlos ni contarles medias verdades para sacar un beneficio limitado e inmediato. Quizá me estuviera equivocando, pero prefería pecar por buena que por aprovechada.

Me quedaban dos días, allí en Cádiz, con él. Dos días en que volvería a ver a Andrés, a abrazarle, a volver a sentir sus manos en mi espalda y sus palabras animándome. Una pequeña lágrima salió de mi ojo derecho. Nunca había sido una mujer sensiblera o sentimental. De hecho, lo había evitado toda mi vida, y más desde que comerciaba con mi cuerpo y mi sexo. No me lo podía permitir, ni quería mostrar esa supuesta debilidad ante nadie. Pero Andrés había roto mis esquemas en más de un significado. El primero, y más importante, en hacerme creer que era posible una nueva vida juntos. Y lo segundo, en que yo me viera a mí misma como una mujer, y no únicamente como una puta. Ya solo por eso, merecía la pena la furtiva lágrima que se me escapaba cunado pensaba en él.

Y en nosotros…

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