JOS LIRA

CAPÍTULO 4

Los Encajes de Mamá

Mamá tiene puesto un bonito sostén negro con transparencias y motivos de encaje que resalta entre la blancura de sus pechos. La prenda es tan sexy que no logro entender por qué la usa para una reunión parroquial. ¿A quién pretende seducir?, ¿a San Juan de los Burros?

Estoy como estúpido mirando sus pechos. Quiero levantar los ojos pero estoy hipnotizado. ¡Mierda!

Noto que se transparentan sus rosadas areolas, tan prolongadas como si fuesen salamis. Así de cerca sus pezones lucen más gorditos y abultados cual montículos asalmonados que se marcan en el brassier. Pero sus pechos son tan desmedidos que brotan más de la cuenta, y cuelgan en su pecho, como peras de carne.

En lugar de cubrirse los senos subiéndose la blusa de nuevo, mamá intenta taparse sus redondas partes con sus pequeñas manos. El resultado es que aplasta las mamas y estas se desparraman entre los dedos como si fuesen globos llenos de agua que se escapan entre las rendijas.

No sé cuánto tiempo pasa, pero tatúo la imagen de mamá, casi en pelotas, en mis ojos.

Ella se gira con brusquedad y dice un “lo siento.”

Yo retrocedo, respiro, y como si no pasara nada le digo “bye, má, iré por una nieve.”

***

Han pasado varios días desde los últimos eventos.

Y han pasado cosas interesantes que ahora les contaré. ¿Progreso? ¿Retroceso? ¿Estupidez?

Ahora verán.

En primera, ya no he vuelto a espiar a mamá, entre otras cosas porque quería intentar lograr sacármela de la cabeza, aunque he fracasado en esa misión. Además el tío Fred informó a mis padres que no había asistido a mis últimas clases de guitarra de los martes y jueves aun si yo les había dicho lo contrario, y ambos se preocuparon por mí, creyendo que me estaba yendo a otros lados, quizá con malas compañías.

No podía decirles que la realidad era que esos días espiaba a mi deliciosa mami. No sabría cómo explicarlo.

El jueves pasado, tras salir de mis clases con el tío Fred, descubrí que mamá tenía de visita a su amiga Elvira. Una buenaza pelirroja que vive a dos cuadras de nuestra casa.

No sé bien cómo comenzaron la charla, ni a cuento de qué apareció esa conversación en la discusión, pero al parecer Elvira le contaba a mamá sobre una reciente aventura sexual que había tenido el fin de semana con un chico menor que ella, una conversación que ya era de por sí escandalosa.

Lo que me sigue sorprendiendo es el interés de mamá por saber más sobre esa experiencia. Le asombraba, pero a la vez quería conocer los detalles. Es cierto que mamá se mostraba, al menos en apariencia, escandalizada, pero no deja de sorprenderme su actitud receptiva ante un hecho que, por sus creencias católicas, deberían de haberse juzgado con severidad.

A mi padre no le gusta que mamá tenga de amiga a la “zorra” del barrio, como la llaman los vecinos, pero mamá siempre se ha excusado diciendo que una de las enseñanzas de Jesucristo es que los sanos no son quienes necesitan de Dios, sino los enfermos.

Y tal parece que mamá se ha empeñado durante toda la vida de ejercer de “doctora del alma” para que Elvira “la enferma” vuelva al redil. Pero cuando el árbol nace torcido, ramera se queda, ¿o cómo era?

Ambas estaban en la cocina, como a las 8:20 de la noche. Lucy en su habitación y papá no había llegado. Ninguna de las dos mujeres me oyeron entrar.

—Pero mira su apariencia, Elvira —le decía mamá, que miraba la pantalla del móvil de su amiga.

—¿Qué tiene su apariencia, Sugey? Si está hermoso este niño, ¿no te lo parece?

—Lo que me parece es que tu víctima tiene cara de niño: es que podría ser tu hijo, Elvira.

—Pues el “hijo” ya le comió las tetas a mamá, Sugey.

Ese comentario despertó a mi pene y lo hizo saltar en mi pantalón. Cada referencia sexual que había entre madre-hijo me ponía como una moto. No dejaba de fantasear con comerme los pechos gordos de mi madre.

—¡Qué cosas dices, mujer!

—Mira la foto, Sugey, este chamaco es colágeno puro, ¿apoco no está bueno? Me echó todos los mecos en la cara, y mi marido pensando que me puse Botox. Él no entiende que no hay nada más rejuvenecedor que una mascarilla de lefa juvenil.

Mamá le rio la gracia, y yo me sorprendí de que no se escandalizara por el dicho tan obsceno.

—Bueno, Elvira. Se ve un poco flaquito, yo preferiría uno más… ¿cómo te digo?

—¿Más musculoso, querida Sugey?

—Tampoco tan así, Elvira, que luego los musculosos son bastante vanidosos. Más bien me gustan con carnita de dónde agarrar… forniditos… no sé, algo más atlético pero natural.

Su respuesta me dejó cuadrado. Mamá no era de decir esa clase de comentarios tan mundanos. De hecho le fastidiaba cuando otras mujeres se expresaban así, juzgándolas de indecentes y sinvergüenzas.

Por otro lado. ¿Desde cuándo mamá tiene experiencia sobre hombres musculosos para opinar que son demasiado “vanidosos”? ¿Desde cuándo a mamá le gustan los hombres con “carnita” de donde “agarrar” o “forniditos”, algo más “atlético” y con apariencia “natural”? ¿Será que sus idas al gimnasio, concretamente a la zumba, también se han vuelto momentos idóneos para relacionarse con ese tipo de gente? ¿O es que se refería con esos comentarios a experiencias que tuvo en su juventud?

—¿Cuántos años tiene el chico? —le preguntó mamá a Elvira, muy interesada.

—Como 18 o 21. ¿Yo qué sé, Sugey? No se lo pregunté.

—¿18 o 21?

—Sí, Sugey, pero estoy hablando de edad, ¿eh?, no de centímetros, que creo que calzaba poquito más.

—¡Santo Dios, Elvira!

Mamá exclamó sorprendida, pero no por eso dejó de reír.

—Déjate de mojigaterías, Sugey, ¿ya se te olvidaron los machitos que nos comimos en nuestra juventud?

—Eran otros tiempos, Elvira, ahora soy una mujer casada.

—Yo también, Sugey. Estamos casadas, pero no del chocho enjauladas.

Ambas se rieron a carcajada suelta.

A mí me sorprendió enormemente que mamá tuviera una historia de juventud de ese tipo con Elvira. Me sorprendió de que se riera de esos indecorosos comentarios. Es que la veo ahora y no me la imagino viviendo una vida loca, de desenfreno y de lujuria con esa mujer de almeja caliente llamada Elvira.

Es difícil visualizar a tu madre comportándose como una cachonda, cogiendo con otros.

Mi madre para mí siempre ha sido una mujer muy seria, recta, una mujer respetable y con valores.

No sé, todo esto es tan raro que me come la cabeza.

O sea, sé que son amigas de toda la vida, pero Elvira es la clase de mujer que está entre boca a boca de los vecinos, a la que no bajan de puta y al marido del “pobre cornudo.” Encima mamá, con lo persignada que es, parecía validar el comportamiento adúltero de Elvira, una pelirroja de la edad de mamá, guapa a su manera, y de muchas carnes, que no por eso dejaba de estar buenísima, pero que tampoco por estar buenísima dejaba de ser tan inmoral.

A veces me da pena Gerónimo, su hijo, que tiene que pasar las vergüenzas de que no bajen de prostituta a su madre. Gerónimo actualmente es el único amigo sincero que me queda, pero que a últimas fechas frecuento poco ya que la mayor parte del tiempo se la pasa estudiando su carrera de medicina, que lo absorbe por completo.

—Elvira, ¿dices que conociste al chico por facebook?

—Sí, pero fue él quien me agregó, ¿eh?, que tampoco ando de urgida acosando muchachos. Ellos me buscan a mí, no yo a ellos. Este chico vive por el barrio de los Guayabos. Dice que vio mi perfil de casualidad y que le llamé la atención.

—No se lo reprocho, con esas fotos tan provocativas que pones en tu perfil me extraña que no tengas agregados a todos los chicos de Saltillo.

Elvira le rio la gracia.

—Tampoco es para tanto Sugey. Deberías de animarte.

—¿Animarme a qué?

—Pues a… calmar tus calores por otro lado. Tu marido no te folla desde hace dos o tres años, además con ese cuerpo que ha adoptado últimamente dudo que se te antoje. Dedearte a la larga no aplaca la calentura, sólo la aumenta. Tú y yo ya tenemos más de cuarenta años, y nuestras hormonas están vueltas locas, por eso andamos calientes y chorreando todo el día.

¿Era así como mamá se sentía? ¿Caliente y chorreando todo el día? ¡Joder! Mi pene volvió a palpitar.

—Además tenemos la suerte de que los jovencitos se sienten atraídos por nosotras, Sugey. Quizá por nuestros cuerpos o experiencias. Por eso nos llaman MILF.

—¿MILF? ¿Qué cosa significa eso?

Yo se lo habría podido explicar a detalle, como fiel consumidor del porno de MILFS que soy. En todos los videos porno que miro de ellas imagino que son mi madre convertida en auténtica zorrona.

—Las MILF son un acrónimo en inglés de “Mother I’d Like to Fuck”, que en español significa “madres follables” o algo así —acertó Elvira.

—¿Madres follables? Dios santo, Elvira, eso suena muy fuerte.

—Es que eso es lo que somos para ellos, cariño. Madres follables. ¿Apoco crees que tú no le pones gorda la verga a nadie?

—Más respeto, Elvira.

—Te lo digo de verdad, Sugey. De hecho te odio en secreto porque no sólo tienes esos ojazos y esas tetazas del tamaño del sol (incluso igual de calientes), sino que además eres preciosa. Eres rubia natural, tienes una piel muy bonita y sonrosada. Tus medidas son envidiables, ¿cuánto te miden las tetas?, ¿98, más de 100? Y tu carácter sencillo y apasionado te hacen perfecta para ser la MILF de cualquier jovencito. Y también en no tan jovencitos.

Oí las risas nerviosas de mamá.

—La de guarradas que has de escuchar cada vez que te paras en el gym, cabronaza —la acusó Elvira.

Mamá volvió a reír nerviosa.

—De pronto sí —reconoció mamá, y los celos se apoderaron de mí.

—Más de alguno te habrá buscado en facebook, ¿o no Sugeyita?

—Lógico, Elvira, no te lo niego. A diario recibo solicitudes, pero yo no agrego a nadie para evitarme problemas.

—¿Problemas o tentaciones, Sugey? —la instigó Elvira.

—Las dos cosas —rio mamá de nuevo.

Y yo volví a rabiar.

Mamá dijo:

—Además Tito me ha dicho siempre que no acepte solicitudes de desconocidos, porque uno nunca sabe quién esté detrás de la pantalla del móvil.

—Pues yo opino que me hagas caso, Sugey, y te des una canita al aire. Estás muy buena, y lo sabes, o no te pondrías esas mallas que te hacen lucir espectacular. No me extraña que tu hijo se haya empalmado con verte semidesnuda el otro día.

¡JODER!

Me tembló el corazón. ¿Cómo sabía Elvira que me había empalmado…? ¿Es que mamá en verdad era consciente de que me había puesto duro por ella? ¿Mi madre estaba consciente de que tenía un hijo enfermo y pervertido que ansiaba follársela y no me había dicho nada? ¿Encima mamá le había contado estas intimidades a su amiga Elvira, aun sabiendo cómo era de instigadora?

¡Joder!

—Es natural, Elvira. Mi bebé está creciendo… está teniendo cambios. Es lógico que a veces no los pueda reprimir.

—Lo que le está creciendo a tu hijo es eso que le cuelga por las piernas, Sugey. Lo que sí es medio rarito es que se masturbe con tus bragas enrolladas en el cipote, reina.

—No se masturbó con ellas, Elvira, sólo se limpió.

—¿Y desde cuándo se limpia el semen con las bragas enrolladas en el trozo?

—¿Yo qué sé?

—Encima ya van dos veces que te restriega su pene duro en ti. ¿Crees que eso es normal, Sugey?

—A esa edad todos los muchachos deben estar duros todo el tiempo. Estás loca si piensas que a mi hijo se le puso dura por mí, ¡caray, Elvira, si soy su madre!

—Pues muy su madre, cariño, pero no me vas a negar que se le puso dura cuando quedaste en pelotas delante de él.

—¡En pelotas no, Elvira, ya te dije que en sostén!

—A ver, Sugey. Es que solo a ti se te ocurre pedirle a un muchacho de 18 años con presunto síndrome de Edipo, al que has visto con tus bragas en su polla, misma que además te ha restregado con anterioridad, y al que has sorprendido mirándote el culo y las tetas de vez en cuando, que te ponga una medalla, cuando estás vestida con una falda de tubo que marca tus gordas nalgas, y que le pidieras que se pusiera detrás de ti, arriesgando que se le parara de nuevo, y encima que le pidieras que desabotonara tu blusa. Una blusa que misteriosamente dejó de estar en su lugar, justo cuando él te miraba de frente.

¡Puta mierda! Esa Elvira lo sabía todo. ¡Mamá lo sabía todo! Sabe que me pone caliente y que tengo deseos insanos por ella.

¿La pregunta es por qué actúa ante mí como si nada pasara? ¿Por qué se sigue vistiendo de esa manera tan seductora, con mallas o pantalones de cuero que le marcan las nalgas, si sabe mis precedentes? ¿Por qué se agacha cuando estoy cerca de ella, poniendo sus nalgas en mi dirección? ¿Por qué cuando estoy sentado me abraza de repente, asegurándose de que sus gordas mamas se aplasten en mi cara?

¿Será que… mamá es igual de enferma que yo… y le parece morbosa la posibilidad de… dejarse follar por su hijo?

¡Santa Mierda!

—No sé que estés sugiriendo, Elvira, pero sea lo que sea quítatelo de la mente, porque es muy enfermo lo que piensas.

Elvira rio a carcajadas.

—No, Sugeyita, el enfermo es él, Tito. Y es tan morboso todo.

—¡Mejor que te calles! —exclamó mamá adoptando una actitud severa.

—Tampoco lo veas tan mal, Sugey. Todo esto tiene su morbo.

—¡Entre madre e hijo no debe de existir ninguna clase de morbo, mujer! ¡Eso es pecado!

—¿De qué pecado hablas, Sugey? Si hasta la biblia lo avala.

—¿De dónde sacas tanta tontería, Elvira? ¿La biblia cómo va a avalar una relación… incest… de madre e hijo?

—Caín tuvo hijos con su propia hermana, ¿o de dónde crees que salió su esposa si Caín proviene de la primera y única familia que había en la tierra, según la biblia, nacida a partir de Adán y Eva? Obvio que tuvieron otros hijos, y una de las hijas fornicó con Caín.

Mamá no respondió nada frente a las sorprendentes clases bíblicas que asombrosamente estaba dándole Elvira.

—En la biblia se metían hermanos con hermanos —continuó Elvira—, primos con primas. Madres con hijos, padres con hijas. Cuñados con cuñados. En fin. Una orgía filial.

—Tú sólo aprendes de la biblia lo que te conviene, ¿verdad Elvira? Además eso que me dices no es tan así. Lo has interpretado mal. Y sácate esas ideas tontas de la cabeza, que una relación filial, peormente entre madre e hijo, es una abominación natural que debería de estar prohibida aquí y en China.

No entiendo si lo dijo porque lo sentía de verdad o sólo para que no fuera tan evidente que había sido descubierta por Elvira. Yo, en lugar de sentirme herido, más bien me sentí contento. Una esperanza nació en mí. Una posibilidad, aunque fuera remota.

¿Mamá me había estado tratando de seducir durante las últimas semanas? ¿Me estaba dando la posibilidad de que me la follara? ¿Era eso?

—Lástima que Tito es tu hijo, Sugey, sino desde hace mucho que me lo hubiera comido, que tiene una carita de inocente que me pone cachonda.

—¡Carajo, Elvira, ni se te ocurra poner los ojos en mi hombrecito!

No resistí más y me fui corriendo al baño para masturbarme. Todo lo que acababa de escuchar me había llenado tanto de rabia como de calentura.

Rabia por las cosas raras que había dicho mamá, dando a entender que en el fondo no era tan… santa como yo pensaba, y que se ponía hot con otros hombres de su entorno. Calentura porque el hecho de que una mujer madura tan deliciosa como Elvira diga que le pones cachonda, uffff, eso sí que calienta.

Pero sobre todo calentura porque inconscientemente había visto una luz al fondo del túnel. Una posibilidad de que entre mamá y yo pudiera haber algo más… que una relación filial.

***

Con esta conversación al menos pude enterarme y confirmar algunas cosas: enterarme de los gustos físicos que prefería mamá en un hombre (ya he anotado mentalmente que debo entrar a un gimnasio para estar como a ella le gustan), y confirmar que mi padre tenía tiempo que no tocaba a mamá ni con un palo.

“¡Qué cabrón!”

¿Qué tan imbécil tienes que ser para no comerte o estrujar unas tetas como las de mi madre por las noches? De no amasar esas dos magníficas nalgas que oscilan al caminar, de lamer un coñito rosadito como ese, de clavarle tu falo hasta que ella ya no pueda más.

Es que me da rabia, porque si mi madre no fuera mi madre… si ella simplemente fuera una MILF común y corriente, ¡yo tendría oportunidades, y la seduciría, entregaría incluso mi alma al diablo para enamorarla, para hacerla mía! ¡Para cogérmela todas las noches hasta que se corriera en mis testículos! ¡Para hacerla saltar sobre mi polla y obligarla a pedirme “más, más”, mientras sus senos rebotan en mi cara y su vagina aprieta mi falo!

¡JODER PAPÁ! “¿Cómo no puedes follarte a mamá? ¿A caso ya no se te para? ¡Yo me la cogería todo el día!”

***

Estamos a finales de junio, y mamá ha vuelto a tener otra reunión mensual. Una reunión un tanto extraña. Sobre todo porque nunca dijo que la tendría ese domingo. De hecho no avisó nada hasta que papá nos dijo durante la comida que el tío Fred nos había invitado a ver el partido del Saltillo vs Monterrey en su casa, invitación que tanto mi madre como yo rechazamos. Ella diciendo que tenía “su reunión mensual” (otra, sí, otra reunión mensual en el mismo mes), y yo que realmente estaba afinando los últimos detalles del proyecto del profesor Moncayo.

De hecho nos sorprendió que Lucy aceptara ir con papá. Supongo que más que ir a ver el futbol más bien quiere contar sus cosas de adolescentes con mi prima Esther, hija del tío Fred, y que es de su camada.

Mi hermana y mi padre (este idiota que ni siquiera se le hizo raro que mi madre saliera otra vez) se fueron a las cinco, aun si el partido sería hasta en la noche, porque papá quedó de ayudar al tío a pintar un muro de la fachada de su casa. Luego salió mamá, de nuevo con una falda negra estrecha y una blusa blanca que le marcaban sus nalgas y sus pechos.

—¿Apoco este mes se juntarán dos veces? —le dije cuando ella salía.

—Sí, mi amor, se los dije antes.

—No, má, no lo dijiste.

—Más bien no me pusieron atención.

—¡Pero si yo siempre estoy al pendiente de todo lo que haces y dices, mamá, te juro que no lo dijiste antes!

Mamá ya estaba en la puerta, pero vuelve cuando observó mi reacción.

—Mi hombrecito es más celoso que el padre —me sonríe.

Siento su delicioso perfume en los poros y me da un beso en la mejilla.

—Te amo, mi bebé —me dice.

Y yo, resignado, le respondo que yo también.

***

He estado intranquilo toda la tarde. No es normal que mamá se haya ido a una segunda reunión. Me da miedo que le haya hecho caso a Elvira y hubiera decidido tener “una canita al aire” con Nacho. Con el imbécil del tal Nacho, al que odio sin conocerlo.

De hecho pasan de las nueve de la noche y mamá no ha llegado. No me responde las llamadas y casi estoy tentado a salir a buscarla. Pero entonces escucho un auto afuera de casa. Voy a la ventana y veo que un hombre está de piloto, y platica con alguien.

¿Será mamá? No lo creo. Han pasado ya casi cinco minutos y ellos siguen hablando. Mi madre no es de las que se quedaría fuera de casa conversando con otro hombre en el interior de un vehículo. La sola idea me aterra. La oscuridad me impide enfocar mejor.

—¡Mierda!

¡Joder! Claro que es mamá. Se ha bajado del auto blanco, sola. Ni siquiera ese tipo ha sido caballeroso para abrirle la puerta. Ella rodea el vehículo, se dicen algo, el tipo da marcha y se va, y mamá entra. La rabia me consume por dentro.

—¿Quién era ese sujeto que te trajo, madre? —le digo en cuanto entra.

La veo rara. Se toca las sienes. Se la ve mal.

—¿Qué? ¿Cuál sujeto, cielo?

Su voz también es rara.

—El del carro blanco que te dejó en la puerta de la casa. Imagina si hubiera estado papá, ¿desde cuándo es correcto que una mujer casada se baje de carros ajenos?

Mamá se tambalea, y yo me preocupo.

—¿Carro blanco? Por Dios, cielo, si es un uber.

—¿Y desde cuándo les das las confianza a los choferes de uber para conversar tanto cuando te dejan en casa? Porque tardaste al menos cinco minutos metida en ese carro antes de salir. Seguramente con ese tipo, ¿era Nacho?

—Hijo, por favor, ayúdame que me siento mareada.

—¿Mareada? ¿Qué pasa, má?

De pronto ella exhala y un tufazo a alcohol me estremece.

—Mamá, ¿hueles a alcohol?

¡Mierda! No me lo creo, por Dios santo que no me lo creo.

—¿Qué alcohol, mi vida? Es sólo ponche de tamarindo.

—¿Ponche de tamarindo? Joder, mamá.

Deja su bolso en el sofá y avanza tambaleándose hacia las escaleras.

—Me daré una ducha, a ver si me siento mejor.

—¡Mamá, ¿has bebido?! ¿En serio haz bebido?

—Así de beber, beber, no, hijo, pero creo que me excedí con el ponche.

—¿Ponche?

—De tamarindo. Carmelita ofreció ponche al término de la reunión, y como no había agua, pues yo me tomé dos vasos de ponche, y por lo que veo, se me subió.

—Mamá, pero si tú nunca tomas alcohol, y el ponche tiene alcohol. Ay, mami, mañana te dolerá mucho la cabeza.

—Déjate tú de eso… tu padre me va a regañar.

—¡No tiene por qué! —me enfado—. ¿Él sí puede llegar borrachote y tú no?

—¿Entonces sí me ves muy borracha? Oh, por Dios.

—No, no, má. Digo que si él bebe, sería muy doble moral si te reclamara algo… tú también tienes derecho a beber. Pero tampoco tomes así como así. Y menos cuando sales sola. Alguien se podría aprovechar de ti.

—¿Entonces no está tu padre y Lucy?

—No, má, así que tienes tiempo para bañarte y recuperarte de esas fachas. ¡Mira cómo estás!

—Ayúdame a subir, bebé, que siento que floto.

—¡Es que tú nunca bebes, mamá! De hecho nunca te había visto así.

—No lo vuelvo a hacer, por Dios santo que no lo vuelvo hacer.

Se sujeta de mi brazo y subimos las escaleras. La siento muy pesada. No es como una borracha normal. A lo mejor no está del todo borracha, porque las palabras las pronuncia bien. Pero sí se ve fuera de sus sentidos.

¡Nacho hijo de puta! ¡Sé que el del auto blanco eres tú y me la vas a pagar!

***

He dejado a mamá en su habitación y yo he vuelto a sala de estar. He oído que se ha metido a la ducha y mientras tanto espero sentado a que salga, no vaya ser la de malas y azote como res en el suelo.

He tratado de seguir la película que hay en la tele, pero de pronto he oído un jadeo con eco procedente del baño de arriba y me he lanzado como torbellino hasta allí.

—“¡Haaaa!” —escucho a mamá jadeando.

—¿Má? —toco la puerta, aunque lo más fácil habría sido abrir y maravillarme con lo que encontrara allí dentro.

¿Se habrá caído?

—“¡Juuuum! ¡Juuuum!” —Su respiración es agitada. Muy fuerte—. “¡Ha! ¡Ha!”

—¿Mamá? —vuelvo a tocar la puerta.

—“¡Hooo! ¡Haaaa!”

¿Mi madre está gimiendo? ¿Mi madre se está masturbando?

—¡Madre, ¿qué haces?!

—“¡Haaaaa!”

El chapoteo del agua es mucho más intenso. Es obvio que se está metiendo los deditos en su conchita caliente.

—¡Joder mamá! —toco más fuerte a la puerta.

—“¡Haaa! ¡Síii!”

¡Mierda santa! ¿Mamá en verdad se está masturbando? Sus gemidos me han puesto cachondo. El bulto de mi pantalón casi pega en la puerta, y eso que no lo tengo tan grande.

Es una locura lo que ocurre. Mamá sabe que estoy escuchando sus gemidos. Es obvio que me ha escuchado tocar y llamarla. Y aunque es consciente de mi presencia me ignora.

¿Y si abro? ¿Y si la sorprendo masturbándose? ¿Y si me meto al baño y me acerco a la tina donde ella debe de estar? ¿Y si luego me desvisto delante de ella y me sumerjo en el agua, con mi polla erecta? ¿Y si ya en el agua luego me le encimo? ¿Y si después le como los senos, sin decir nada, sólo dejándonos llevar? ¿Y si ella me besa, me acaricia el pene, los testículos, mientras mis dedos suplen los suyos y se insertan en su vagina?

Y si nos seguimos besando… hasta que mi pene está tan duro para apuntarlo directo a su coño y metérselo.

¡Mierda! ¡Qué puta paradoja! ¿Qué hago?

—¡Oh, Dioooos! ¡HaAa! ¡Jummm!

—¡Mamaaaá contesta…!

Un último “HAAAAA”.

Un largo chapoteo.

Y luego un silencio.

—¿Qué pasa? ¡Mamá, joder, respóndeme!

Lo que pasa es que ha tenido un orgasmo delante de mí. ¡Qué morbazo y frustración a la vez! Una puerta nos ha separado mientras se corría después de masturbarse, pero ella ha sabido todo el tiempo que yo he estado ahí, imaginándomela con sus hinchados pechos flotando en el agua. Sus areolas brotadas, sus pezones duros. Y lo ha hecho a propósito, para ponerme caliente.

¡Una calienta pollas!

¿De verdad lo ha hecho sabiéndome ahí?

—¿Hijo? —se dirige a mí, agitada.

—Sí, má, estoy aquí. —Pero sé que eso ella ya lo sabe—. ¿Qué pasa? ¿Por qué jadeas?

—Nada, cielo, ya voy.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

***

Papá ha llamado, que Lucy y él llegarán en 30 minutos, que ya casi se acabó el partido. Yo he vuelto a la sala de estar. Pasan de las 10 de la noche. Estoy mirando la tele aunque no sé qué mierdas veo.

Han pasado casi 20 minutos desde que mamá se masturbó en el baño, y yo esperándola afuera.

Se ha metido a su cuarto y no ha salido.

Hasta ahora, que la veo bajando por las escaleras.

¡Santa mierda!

Todavía luce mareada, muy mareada. Se le ve retraída. En verdad se ha embriagado. Ese hijo de puta de Nacho me las va a pagar. Lo que me sorprende no es su evidente estado de embriaguez, sino la bata de dormir negra de encaje que lleva puesta, y que le trasparenta todo su cuerpo. ¡Todo su delicioso cuerpo!

¡Mamá no lleva nada debajo, joder, y yo me quiero morir de la impresión!

Veo sus enormísimos pechos blancos, el rosado de su areola, lo respingón de sus pezones duritos. ¡Incluso veo la vellosidad clara de su pubis!

La bata le llega a los muslos. El cinturón es de satén y está medio-atado a la cintura, pero el resto de la tela es transparente, ¡encajes por todos lados intentando ocultar una voluptuosidad que no oculta nada!

—Ma—m—i…

El corazón se me acelera con fuerza. Siento que no puedo respirar.

—T—e ay—ud—o —le digo tartamudeando.

Subo a las escaleras, me acerco a ella. Le rodeo la cintura, y la rugosidad de los encajes contrastan con la tersura de sus dedos cuando me acaricia la cara y luego se sujeta de mí para terminar de bajar las escaleras.

Arrastra las pantuflas hasta que la conduzco al sofá.

Tengo que hacerla dormir. Decirle que le diga a papá que sólo está mareada, nada más. No quiero que él la reprenda por algo por lo que sé que no tuvo la culpa.

La culpa la tuvo Nacho, y el no constatar si mamá dice la verdad y estuvieron en el salón parroquial y no en otro lado me mata.

—¿Qué has hecho, mamá? —susurro, pero ella parece estarse muriendo de sueño.

No me responde. La ayudo a sentarse en el sofá. Yo hago lo mismo, a su lado. Entrecierra los ojos.

—Me duele la cabeza, cielo, ¿me puedo acostar en tus piernas?

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!

—S—s—sí, má… puedes.

El pedo es que ya estoy duro otra vez, y mis bermudas lo hacen más evidente. Es que se le transparenta todo, TODO. No puedo dejar de admirar cómo le cuelgan los senos debajo de la bata, y cómo el triángulo velludo de su pubis me invita a que la toque, joder.

Prácticamente la tengo desnuda ante mí. Y nunca la había tenido así, tan obscena, tan cerca de mis ojos.

—A ver, mamá, con cuidado, sube tus pies y recuéstate.

Ni siquiera alcanzo a ponerme un cojín en mi bulto, para que mamá recueste su cabeza y no me lo sienta. Ella se ha dejado caer con cuidado y su pelo rubio se ha esparcido entre mis piernas.

Mi respiración es agitada, y siento un calor en mis testículos que me sube al pecho.

Pasan los minutos e intento no moverme. Luego su respiración se vuelve pesada.

Se ha quedado dormida. La miro allí recostada y me excito. Tengo miedo de que mi pene despierte y me ponga en evidencia, y la despierte también a ella.

Sus pezones se marcan en los encajes, y será por el frío, o no sé qué mierdas será, parecen duros. Muy duros, diría yo. Quiero morderlos, acariciarlos.

El corazón me palpita fuerte y aun así poso mi mano izquierda a la altura de su vientre. Constato que siga dormida y desato el cinturón de satín. Ella está boca arriba, con sus piernas cruzadas, y con su cabeza de lado, como si mirara la tele aunque tiene los ojos cerrados.

Su respiración me indica que sigue dormida y que puedo avanzar. Por eso deslizo mis dedos en los bordes de la bata, y la entre abro. Su vientre plano queda al descubierto. Mamá sigue respirando. Mi respiración también es muy pesada, pero yo estoy despierto.

Hago otro movimiento con la tela, y ésta resbala un poco más. Todo su vientre brilla ante mis ojos. Mis dedos se deslizan hacia arriba y a su paso la solapa de la bata está cediendo.

Su pecho derecho está muy abultado, inmenso, y ya la mitad de su areola está descubierta. Mi respiración es más intensa. Más dolorosa. Quiero contenerme pero no puedo.

Mi pene se sacude debajo de su carita, pero sigo avanzando. Un pequeño movimiento más y toda la solapa de la bata queda colgando hacia abajo del sofá.

¡Buuuuuffff!

Mamá tiene la mitad de su cuerpo desnudo a merced de mis ojos. Trago saliva y siento que me ahogo. Es tan bella, tan hermosamente delicada y sensual. El triángulo de su fino vello púbico está ante mis ojos. Sin tocarlo creo que debe de ser suave. Es una pena que tenga las piernas entrecruzadas porque no puedo ver su rajita, solo la fina vellosidad que la cubre.

Pero sí puedo admirar su pecho, que cuelga blando hacia su costado.

Recorro mis dedos nerviosos y torpes sobre su vientre y los dirijo hacia una de sus montañas de carne, la que está desnuda, la que tiene un hermoso y apetecible pezón erecto y grueso mirándome a los ojos, como si quisiera hablarme.

Se me hace agua la boca. De hecho saco la lengua y la tengo bastante húmeda. Bastaría con inclinarme lo suficiente para que mi punta toque su pezón.

Como no me atrevo, de momento, mis dedos siguen desplazándose.

“Qué rica estás, mami, qué suave estás, me tienes loco.”

Ella dormida, mis dedos acariciando su piel fresca, suave, sin decidir si seguir avanzando hacia arriba o mejor me vuelvo hacia abajo, y meter mis dedos entre su entrepierna cerrada. Pero más bien quiero tocar sus pechos desparramados, que lucen turgentes y extendidos hacia los lados, el izquierdo tocando mi panza, aun cubierto por la bata. El otro desnudo, glorioso, brillante.

“Joder.”

Se mueve un poco, y su nuca masajea mi polla mientras se acomoda. Sus senos se balancean, buscan su lugar, se aplastan un poco, uno con el otro, y vibran un momento. Se quedan quietos, y sus pezones se marcan aún más. Ahora la mejilla de mamá ha quedado sobre mi pene, duro, durísimo, y vibra debajo de ella. Y así, en posición fetal, puedo mirar la curvatura de sus nalgas, grandes y firmes.

“Diosito, ayúdame…”

Pero el seno izquierdo sigue oculto, y el derecho mucho más despierto, desnudo, despejado.

Por eso vuelvo a posar mi mano sobre su vientre, y de nuevo subo lentamente hasta llegar al inicio de su monte carnoso. Y con los dedos quemándome lo trepo. Ya estoy casi en la cúspide. Mi piel arde de morbo y de deseo. Ya estoy sobre su pecho, sobre el pecho de mamá, el mismo que me amamantó cuando yo era bebé, y que ahora que soy mayor quiero volver amamantar.

Y mis dedos se cierran e intentan abarcarlo, pero sólo consigo aplastarlo lentamente.

Es tan suave y caliente. Es como amasar algo muy blando y duro a la vez. Siento la protuberancia de su areola quemándome la piel. Su duro pezón clavándose en mi palma. Si antes sentía humedad en mi boca, ahora estoy seco.

Y mi falo durísimo.

Y me excita aún más saber que mi mano no ha logrado abarcarlo en su pecho, porque es demasiado grande.

¡Diositoooo!

“¿Qué estoy haciendo?”

¡No puedo creer que la tenga así! ¡Con su pecho desparramándose entre mis dedos!

Y comienzo a frotarlo. ¡Qué rica sensación, joder! ¡Qué delicia de blandura siento entre mis dedos! “Qué rica estás mamá”.

Su pecho me quema, agonizo, mi respiración es pesadísima. Casi no puedo respirar.

Abro los dedos y los vuelvo a cerrar. Lo aprieto de nuevo, y esta vez la estrujo más fuerte. Tan fuerte que ella se vuelve a mover.

Nunca mi terror fue tan grande como ahora, que ha movido la cabeza y ha abierto sus ojos azules.

—¿Qué haces, hijo? —me pregunta, sintiendo mi mano estrujando su teta derecha.

Y no sé qué hacer. No sé qué decir. No sé qué gritar.

Sólo sé que ya no puedo más, ¡que ya no me puedo resistir a ella! La pasión y el deseo que siento por mi madre es más fuerte que yo.

—Déjame amarte, mamá… por favor —Le suplico.

Y de repente ella pone su mano sobre mi dorso, justo sobre la mano que le está estrujando su pecho.

Y sé que sin decirlo me ha dicho que sí: que la ame. Que ella se dejará.

 ////////////////////////////////// 

Continúa.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s