JOSÉ MANUEL CIDRE

-¡Solo tres patas, solo tres patas, solo tres patas!

Los jóvenes lobeznos desfilaban en corro alrededor de la enorme fogata. La algarabía era mayúscula. Todos reían y levantaban decididamente la pata trasera izquierda.

Aquella celebración en mitad de la noche cerrada se asemejaba a un aquelarre.

Asio y Tesio, los viejos lechuzos contemplaban intrigados la ceremonia desde una gruesa rama de roble. Juntos habían sobrevivido a varios incendios forestales, a las guerras entre buitres y águilas en las que las distintas especies del bosque se fueron aliando con unos u otras formando bloques antagónicos, y ambos también habían sobrevivido a inundaciones y terremotos. Pues bien, aún después de todo ello, se sorprendían viendo el ritual de los lobos.

-O sea. ¿Reivindican el derecho a caminar sobre tres patas? Su incredulidad le impedía a Asio comprender bien la situación.

-Eso es, y mientras el Gran Consejo de los Lobos se decide, lo han convertido en un baile.

-¿Y ahora? ¿Qué hacen?

-¿Ahora? Se ponen a mascar mandrágora. Tesio respondía mirando a su amigo con una sonrisa cómplice y sardónica. Él ya había pasado de la sorpresa a la displicencia. -Dicen que les hace sentirse muy bien. Tuvo que taparse el pico con el ala derecha para disimular una pequeña risa fugitiva.

Los grandes ojos de Asio parecía que no daban más de sí. Aquello le sobrepasaba.

En ese momento pareció que los gritos arreciaban y bastantes lobeznos empezaban a moverse caóticamente; girando como peonzas, corriendo desesperados, riéndose a carcajadas, y lo contrario, aullando desconsoladamente.

-¡Viva la revolución! ¡Viva la revolución! Dos jovenzuelos, en su deambular errático se disponían a pasar por debajo de la rama que servía de atalaya a los dos ancianos.

-Oye chavales. Es que no sé si lo he entendido bien. ¿A esto que estáis haciendo lo llamáis revolución?

-El Consejo tendrá que concedernos nuestros derechos. Tenemos derecho a caminar sobre tres patas, a mascar mandrágora, yyyy..

A Asio le picaban los ojos de tanto abrirlos. Tesio ya no disimulaba la risa. Todo parecía indicar que él ya sabía lo que venía ahora.

-¡A lamernooosss!

Efectivamente, continuando con la misma ceremonia de confusión, los jóvenes lobos se fueron agrupando en manadas de varios individuos que, mientras se revolcaban en arbustos, frenéticamente se lamían unos a otros por todo el cuerpo en un mar ensordecedor de aullidos y paroxismo.

Asio permaneció serio.

Los lobeznos siguieron retozando hasta bien entrada la mañana. Tras el maltrato al que había sido sometida, la llanura volvió a quedarse sola.

Continuó el paso de las estaciones determinando las costumbres de los seres vivos del bosque. La caída y el renacer de las hojas de los árboles, de la floresta y de la vegetación, la hibernación de algunos animales en invierno y su despertar en primavera, las migraciones de algunas aves, la búsqueda de pasto de los rumiantes, la caza de los depredadores…

A Tesio le costó convencer a su viejo camarada para volver a la llanura. Todo el bosque había sabido que el Gran Consejo de los Lobos había accedido a las reivindicaciones de los lobeznos; caminar solo sobre tres patas, mascar mandrágora y lamerse en los arbustos libremente. Los lechuzos volvieron a colocarse en su rama de roble.

El viejo Asio, que llegaba pensando que nada le iba a sorprender más que lo que había visto pocos años antes, apenas podía creer que los que primero llegaban no eran los lobeznos, sino cuervos que plantaban sus tenderetes con camisetas y banderolas luciendo la figura de lobos caminando sobre tres patas, y justo después, un buen número de hienas que mostraban ofertas de arbustos artificiales y mandrágora. Así pues, cuando llegaron los lobeznos, lo primero que hacían era recorrer los puestos de cuervos y hienas comparando ofertas y adquiriendo los artículos que luego iban a consumir, ejerciendo sus derechos.

Asio miró a su amigo con incredulidad, y este, sin perder su burlona sonrisa le informó.

-El Gran Consejo se lleva un porcentaje de esas ventas. Para terminar añadiendo con su incansable ironía –¿Recuerdas cuando a esto le llamaban revolución?

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