JOS LIRA

CAPÍTULO 3

Chupando los dedos

Mamá cierra la puerta de golpe. Retrocedo. Sus braguitas negras resbalan manchadas de mi leche y caen al suelo.

“Mierda”

¿Qué ha ocurrido?

“Mierda”

Siento los pálpitos de mi corazón en mis tímpanos. no me creo que haya pasado esto. ¡Qué vergüenza!

Mamá me ha descubierto masturbándome, o más bien recién masturbado, con su prenda íntima enrollada en mi miembro, manchada de mis espermas. 

Mis pensamientos botan de un sitio a otro.

Salgo rápido al pasillo, todavía desnudo, sin terminarme de bañar. Veo la puerta blanca de mi cuarto al frente. Giro la cabeza y me concentro en la puerta que está al fondo, la de mis padres. Mamá seguro entró. No me ha dejado explicarle. Se ha ido. ¿Qué le hubiera dicho de todos modos?

¡Qué momento tan fuerte, joder! Qué fuerte. No sé qué carajos hacer. Cierro la puerta del baño y me meto a mi habitación. Me tumbo en la cama y me quedo como idiota pensando sin pensar.

No puede estar sucediéndome esto. En esa posición cierro los ojos. Me quedo dormido. Despierto en la madrugada y salto. Sigo desnudo. Me pongo un pijama y regreso al baño. Dejé todo en el suelo, mi ropa y las braguitas de mamá.

Al menos voy a lavarlas. Bastante tengo ya con haber sido descubierto así para que encima mamá las encuentre y vea la asquerosidad que le he dejado.

“Mierda”

Pero no están. Las putas bragas no están. Alguien las ha levantado. Pienso en papá, pero él es tan desordenado que si ve una caca en el suelo salta para no recogerla. De mi pequeña hermana Lucy ni hablar: ella tiene su habitación en la primera planta, ella va al baño de abajo siempre.

Tuvo que haberlas recogido mamá. Tampoco está mi ropa. Las debe de haber llevado al cesto. Bajo corriendo, sin hacer mayores sobresaltos. No hay nada en el cuarto de lavado.

Todo esto es una mierda.

Estoy acabado.

¿Con qué puta cara veré a mamá desde ahora?

No tengo perdón de Dios.

No tengo perdón de mamá.

Estoy perdido.

***

 Por fin es sábado. Pero estos últimos días la he pasado muy mal. Aparentemente todo sigue igual, pero nada es igual. Mamá apenas me dirige la palabra. Me rehúye. Evita tener contacto visual conmigo. En la mesa, durante la comida, todos estamos en silencio. Solo escuchamos los tiktoks que mira Lucy para luego hacerlos ella.

Papá no ha comido con nosotros estos días, solo en la cena. Pero en la cena todo es igual. Hablamos de cosas sin importancia. Más bien habla papá. Siempre tiene cosas que decir sobre su trabajo. Se queja de todos. Para él ningún chalán es lo suficientemente eficiente para ejercer de albañil. Nadie tiene su gracia y estilo para enjarrar paredes. O al menos eso dice él.

Ahora se acaba de despedir. Se ha ido refunfuñando al partido de los Astilleros contra los Campestres porque mamá se quedará horneando los pastelillos para el pedido que tiene para esta misma noche. Lucy se ha marchado con sus amigas Brenda y Clarita. Yo, se supone, he rechazado ir al Olímpico de Saltillo para verle jugar porque ayudaré a decorar los pastelillos.

Ahora que se han marchado no sé cómo acercarme a la cocina. No tengo idea de cómo romper el hielo y hablar con ella. No sé si mi estrategia de llegar a decirle que la ayudaré con la crema pastelera haciendo como que no pasó nada la otra noche me resulte.

No sé si ahora que no hay nadie me reclamará. Tampoco estoy seguro de si me hago idiota me hará segunda y también hará como que no pasó nada.

Quiero intentarlo, pase lo que pase, quiero intentarlo. Ya no soporto estar así. No soporto que mamá me tenga con la ley del hielo.

Arrastro los pies hasta la cocina, y allí la encuentro agachada con el horno abierto y ella revisando los pastelillos. Toda la casa huele deliciosamente a pan.

Pero nada es más delicioso que verla así, empinada, con el culo en pompa. Grandote. Hinchado. Lleva puestas unas mallas blancas muy apretadas que le marcan los muslos y sus piernas. Dice que con lo blanco no se nota tanto el sudor cuando va a sus clases de zuma. Además cree que con ese color sirve para pasar desapercibida la harina, el royal, la crema y la masa que pudiera manchar su ropa.

“Joder” pienso.

Es lógico que me salte mi pene viéndola en esa postura tan sugerente. Cualquiera podría llegar y ensartarla así como está, con las nalgas levantadas y apuntándome a la cara.

La licra es tan trasparente que se le marcan sus braguitas que lleva puestas. Deben ser beige, porque el color resalta.

“Mierda, mamá.”

Enfoco mejor mis ojos y no puedo creer que esté viendo la forma de su chochito. Esa empanadita gruesa, brotada y jugosa de dos carnes que se entrejuntan en su centro. Su vulva es grande e hinchada, y se le adivinan unos labios entreabiertos, como si su ropita interior estuviese enterrada en la hendidura de su vagina y separara los labios mayores.

El calor me quema el pubis y los testículos nomás de verla. Cada vez que se mueve o hace algo, así empinada, sus nalgas vibran.

Quisiera acercarme a ella y darle una nalgada que haga que sus abombados glúteos reboten. Luego poner mi dedo en medio de sus dos nalgas. Palparla toda. Sentir su humedad y el orificio de su sexo. Hundir mis dedos y averiguar qué tan elásticos son su leggins y a qué tanta profundidad pueden hundirse con ayuda de mis dedos.

Es cuando respiro que mamá se asusta. Yergue su figura y mira hacia mí. Trae el pelo agarrado en un chongo en la nuca. A pesar de no llevar maquillaje su carita sonrosada me encanta. Sus iris azules brillan. Sus labios mullidos apenas se curvan al sonreír.

Lleva puesto un top que hace juego con sus leggins. Si tan malo es sentir deseos insanos por mi madre, ¿por qué Dios permite que ella se ponga ese top tan apretado? Sus dos mamas parecen insostenibles allí dentro. Son demasiado grandes para contenerlos. Quiero estar cerca cuando el top no soporte el tamaño y explote. Quiero que sus grandes pechos golpeen mi cara y reboten sobre ella.

—Hola, má.

—Hola —responde seca, volviendo al horno.

Me siento rápido detrás de la mesa para que no vea mi erección. Intento no mover sus utensilios de cocina. Quiero serenarme, pero es ver el rodillo sobre la mesa, el mismo con el que se masturbó en la tina, y mi corazón se azota en mi pecho.

Si no es ahora que estamos solos, no será nunca.

—Mamá… lo del otro día, yo… lo siento.

Ella ni siquiera me mira. Camina hacia el fregadero, situado en la esquina de la cocina, y hace como que lava algunos trastes. Su culo rebota cuando se mueve y mi erección crece más.

—No, yo, no… te preocupes —me dice—. Más bien perdóname tú a mí. No debí entrar así. Fue como invadir tu privacidad.

—No, má, no invadiste nada, es tu baño, soy yo el que lo usé. Debí de poner el seguro por dentro y…

—Te digo que no pasa nada, en serio.

Se queda en silencio. Yo no digo nada. Me quedo allí, mirándola toda. Veo el delantal en la silla y me pregunto por qué no se lo pone, así evitaría que mi cabeza se corrompa aún más viéndola así.

—Vete a hacer tus cosas —me dice de golpe.

Sé que su intención no es sonar tan fría, pero lo hace, y me lastima.

—Voy a quedarme contigo —digo firme, sin atreverme a levantarme de la silla e ir hasta donde está ella—. Prometí ayudarte a decorar los pastelitos.

—En serio, Ernesto, no hace falta.

Sus palabras me inquietan y me vuelve a herir.

—¿Estás enojada conmigo? —le pregunto directamente.

Tal vez mi voz suena quebrada porque mamá se vuelve a mi cara y me mira con todo el destello azul de sus ojos.

Respiro repetidamente. No es fácil para mí hablar estas cosas con ella. Me da mucha vergüenza. De hecho, de haber podido me habría negado a hablarlo, hasta que las cosas solitas progresaran. Pero me duele en el alma su distanciamiento. No soporto que esté así de distante y tan fría conmigo.

—¿Por qué iba a estar enfadada contigo, hijo?

Al menos su voz vuelve a sonar como antes. Solo un poco.

—Porque me llamaste Ernesto.

—¿Y qué no es ese tu nombre? —hace un esfuerzo por sonreír—. Si fui yo quien lo propuso, Ernesto, como mi padre. Ernestito, de cariño.

—Sí, ya sé que me llamo así por mi abuelo, pero tú nunca me llamas así. Para ti yo no soy Ernesto. Para ti yo soy… “tu bebé” o “tu cielo”, o “tu amor.” Soy para ti hasta tu “tontito.” Soy todo lo que quieras, menos Ernesto, porque tú sólo me llamas Ernesto cuando estás enfadada conmigo.

Mamá entrecierra los ojos. Se enternece al oírme. Brillan sus pupilas, deja los utensilios sobre el fregador y se acerca. Arrastra una silla y se sienta junto a mí.

—Perdóname cielo, si te he hecho sentir mal. Yo nunca podría estar enojada contigo. Tú siempre serás mi bebé… sólo que… esa noche, no sé, simplemente creo que me cuesta trabajo pensar que has crecido. Que ya no eres un bebé, como dice tu padre, sino un hombrecito. No sé, a lo mejor soy muy sentimental y yo no querría que crecieras. Yo querría que estés siempre conmigo.

—Siempre estaré contigo, má, te lo juro.

Sonríe. La noto triste. La tomo de la mano, la llevo a la sala y nos sentamos en el sofá, de lado, mirándonos a la cara.

—En serio, má, voy a estar contigo siempre. No me iré.

—No seas tontito —me acaricia las mejillas. El contacto suave de su dorso con mi piel me enciende—. Todas las madres nos tenemos que resignar a que nuestros bebés crezcan, se casen y se vayan con sus nuevas familias.

—No, mamá, yo no me casaré si no quieres.

Ríe con ganas. Al menos estoy sirviéndole de bufón.

—No seas loquito, cielo. A lo mejor me malentiendes. Digo que me gustaría que no crecieras, y que siempre fueras mi niño, pero sé cuál es la ley de la vida y la acepto. Ya has crecido, y quiero que encuentres una buena esposa y te cases.

—No me voy a casar con nadie sino quieres.

Ella niega con la cabeza, sonriendo.

—¿Cómo no voy a querer, mi pequeño Tito? Incluso quiero que me des nietos.

Ahora soy yo el que sonríe.

—Eres muy joven para ser abuela, mamá.  

—Oye, que tampoco te estoy diciendo que los tengas ya. Sólo es un decir.

—Sí, pero no. Morirías de pesar si te llaman abuela.

—Bueno, también pueden decirme mamá.

—No quiero.

—¿Por qué tan renuente?

—Yo quiero ser tu hijo único, mamá. Bastante tengo con compartirte con Lucy. Encima dicen que los papás luego quieren más a los nietos que a los hijos.

—A lo mejor.

—Pues no.

Mamá sonríe de nuevo. Se acerca a mí, me abraza fuerte. Siento sus mamas en mi pecho y me dan ñañaras. Nos separamos. Me da calor.

—Adoro que seas un celocito, cielo —me dice.

—¿Entonces me perdonas, mamá?

—Que no estoy enojada contigo, mi amor.

—Lo que viste fue…

—No, no, no, hijo, no tienes qué explicarme nada.

Se levanta. No quiere entrar en terreno pantanoso. Yo me levanto con ella.

—Pero quiero hacerlo.

—Te digo que no. Me incomoda.

—Mamá, te juro que a mí me incomoda igual.

—Entonces vente, ayúdame a decorar los pastelitos y no hablemos más del tema, ¿te parece?

Sonreímos y acepto.

***

No podría explicar exactamente lo que hicimos esa tarde, pero parece que todo volvió a la normalidad. Solo hubo un pequeño detalle muy extraño que, aunque no es nada del otro mundo, me ha tenido cachondo toda la noche, y se ha convertido en una razón para que me haya estado masturbado varias veces por eso.  

Mamá y yo hablamos sobre Lucy y el posible “noviecillo” que tenía, en lo mucho que papá va a sufrir si nuestras teorías del novio son ciertas y los dramas venideros. Hablamos también de que mañana irá a las seis de la tarde a la oración mensual del barrio de los Astilleros, al salón parroquial, donde se reúnen todos los grupos de pastoral de la zona los domingos de la segunda semana del mes.

Me dijo que un hombre viudo de su edad llamado Nacho entró hace un par de meses al grupo de pastoral a los que ella asiste semanalmente. Que es un hombre “interesante” que pondrá una cafetería en el vecindario y que quiere que ella le haga los postres. Me dijo que el tal Nacho busca asociarse con ella y que a ella le parece bien.

Todas mis alarmas se encendieron de golpe: esa presunta calentura de mi madre al acariciarse su cuerpo desnudo, de meterse el mango de un utensilio de cocina en su conchita podrían tener una razón, y esa razón llamarse “Nacho”. Ese color radiante que ha adoptado últimamente en sus ojitos claros no es normal. Y saber del tal Nacho me ha dejado intranquilo.

Solo pensar que otro hombre que no sea papá me robe su atención o la ilusione me aterra.

Así que me he propuesto averiguar qué onda con ese tal Nacho.

Pero eso no es lo raro que pasó entre ella y yo que quiero contar, sino otra cosa. 

Estábamos terminando de empaquetar los postres, y en una de esas me resbalé de estar parado como cualquier tonto de manual y para sostenerme metí por accidente los dedos de mi mano derecha en el recipiente de crema pastelera que estaba en la mesa, provocando que mamá se riera de mí.

La verdad es que los dos nos reímos de mi naguera.

Le dije riendo que me lavaría las manos, pero ella dijo que era pecado desperdiciar todo lo comestible. Dudoso le dije, “¿y entonces qué hago? ¿Me como la crema con la boca?”

Y su respuesta me dejó a cuadros:

“Déjalo, mi niño, te ayudo yo”

No sé cómo no ardí en llamas en ese preciso momento, o mi polla no explotó dentro de mi pantalón cuando mamá me hizo levantar mis dedos medio y anular, que eran los más manchados de crema pastelera, y los metió en su boca.

“Como cuando eras bebé” me dijo como si nada “así te limpiaba cuando no tenía agua o trapos a la mano.”

Mi polla saltó, y todas mis terminaciones nerviosas se encendieron. ¿Qué mierdas estaba pasando?

Vi su lengua mojada, y luego su textura esponjosa y húmeda lamiendo mis dedos. El cuero se me puso de gallina.

 Hiperventilé. Me miró a los ojos, y vi algo oculto en su mirada. Una perversión insana. Y yo la vi de manera lujuriosa, porque esa mirada procaz mientras me chupaba los dedos me recordó a las escenas porno donde las milf chupan las pollas a sus machos de turno, mirándolos fijamente a los ojos.

“Madre mía, mamá” pensé.

Se embarró de crema su boquita de labios gruesos mientras me chupaba los dedos como una viciosa, y mi mente sucia asoció la crema con el semen.

“Así debes de verte con semen en los labios, mami” pensé.

La imaginé de rodillas, con sus gordas tetas de fuera. Su baba, saliva y flujos preseminales mojándole los senos. Su lengua chapoteando alrededor de mi glande. Sus dedos jugando con mis testículos. Y yo tomando su cabeza para dirigir la felación.

Estuve temblando todo el tiempo que duraron mis dedos dentro de su boca, sintiendo su saliva y su calor, y ella limpiándomelos como si se tratara de lefa.

Sentía su lengua serpentear fuerte, vehemente, como si quisiera mostrarme algo. Como si quiera hacerme descubrir cómo se sentía su lengua cuando chupaba algo. Como si quisiera enseñarme cual podría ser la sensación de tener mi verga retacada en su boca.

“Mierda”

Y ahora heme aquí, con mi polla en mano, y mi semen cubriendo mi pecho después de otra paja en su honor… recordando que mamá me chupó los dedos como si fuese una mamada de polla.

***

Sólo una cosa me ha hecho olvidar momentáneamente la mamada de dedos que me hizo mamá ayer en la cocina: Nacho, el tal Nacho.

Vi cómo brillaban sus ojos cuando me habló de él. Su sonrisa coqueta. La forma en que sus mejillas se encendieron. Y eso me preocupa. Sé que no ha hecho nada con él… todavía, porque por algo se toca cuando se ducha. Lo hace porque hay un deseo insano que no puede saciar.  

Y como digo, eso me preocupa.

Yo no voy a soportar que otro hombre me la quite.

Estoy en un pequeño rincón en mi cuarto que he reformado para hacer mis deberes de la facultad, donde tengo mi laptop y un escritorio destartalado que me compró papá de segunda mano. Pero no puedo concentrarme, aun si sé que falta poco para terminar el semestre y que el profesor Moncayo no me aprobará si este proyecto de “propuesta de parque urbano sustentable” no sale como debe.

—Hijo… —escucho a mamá en la puerta.

—Mamá —me levanto y me acerco a ella, que, ¡oh my good! Ha dejado como cuatro revistas sobre sexualidad en el colchón de mi cama, y tres revistas eróticas de desnudos que recuerdo haberle visto leer a papá alguna vez.

Apenas puedo respirar. ¿Por qué me ha traído esto?

—Bueno… hijo, yo… Mira, encontré esto. Son de tu padre. Es un consumidor de estas porquerías. Y las revistas de educación sexual las he comprado yo cuando salí al mercado esta mañana. No veas la cara de pervertido que puso el vendedor cuando las compre. Es la peor vergüenza que he pasado en mi vida. Pero lo hago por ti, mi pequeño Tito. No sé si algo de esto servirá para que sacies tus… dudas y esas cosas de hombres.

—Mamá… por favor.

La cara se me cae de vergüenza. No me lo puedo creer.

—Sí, sí… perdona, hijo, pero es que… ay, cielo, te juro que me está costando mucho esto. Pero la culpa es de Lorenzo, por no… haberte hablado de sexo cuando debía. Las mamás hablan con sus hijas y los papás con los varones. A él le correspondía porque él es hombre como tú, pero… al parecer no lo hizo. Yo hablo de sexo con Lucy y no me da pena, porque entre las dos…

—Mamá, te juro que no hace falta.

No sé dónde meter la cabeza. Pero mamá no me oye. De su bolso extrae unos sobrecitos que conozco bien y que me privan el habla.

—También… te traje estos… preservativos, hijo, por si tienes novia o amiguitas para… eso… pues que no tengan accidentes y…

—¡Mamá! ¡Mamá! En serio, bájale dos rayas a tu intensidad. Todo esto es muy embarazoso para mí.

—Embarazoso será si no te cuidas y “embarazas” a la chica con la que andes. Además estos plastiquitos sirven para que no haya infecciones y…

—¡De veras, má, de veras, párale a tu carro!

Estoy rojo de la vergüenza. No sé dónde meter mi cabeza. Hablar de sexo con mis ex amigos era normal. Incluso habría sido tolerable hacerlo con papá (que por cierto cuando recién cumplí mis 18 intentó llevarme a un prostíbulo para hacerme hombre, invitación que rechacé por considerarlo tan vulgar, y razón que incentivó que ahora piense que tengo inclinaciones homosexuales) pero con mamá, ¿qué hijo varón promedio habla de sexo con su madre?

Lo que me da más bronca es que mamá me crea un estúpido en temas sexuales. A lo mejor no tengo la experiencia que otros chicos de mi edad, pero al menos sé lo primordial; que el pene se mete en la vagina, que en casos extremos incluso se usa el recto, y, lo más importante, sé que ella me gusta en extremo aunque sea mi madre, que es posible que esté enamorado de ella y, lo peor, que todo el tiempo tengo sucias fantasías sexuales con ella.

 —Mira, má. En el colegio se te adelantaron en educación sexual como por lo menos diez años. Esto yo ya lo sé, y seguramente sé más que tú y que papá. Y no necesito de esas revistas xxx de papá para saciar mis apetitos sexuales ni para mis ejercicios de masturbación. De vez en cuando consumo porno en mi móvil y no me hace falta más. Y por cierto, estos plastiquitos que tienes en la mano se llaman condones, y sirven para ponerse en el pene erecto antes de tener relaciones sexu…

—¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! —Mamá levanta las manos tras dejar los forros en la cómoda. Las sacude con escándalo como si estuviesen embarrados de caca—. Está bien, cielo, está bien… te repito que para mí es tanto o más incómodo que para ti, pero es que desde esa noche me quedé pensando que en esta casa nadie te había hablado sobre… eso, y que necesitarías una guía. Y la verdad es que no me animo a decirle a Lorenzo que hable contigo sobre estos temas tan delicados por lo tosco y mala entraña que a veces es. Te podría confundir en lugar de ayudarte.

—Ya, entiendo, má, te juro que te entiendo, pero te repito que no hace falta.

—Ya lo veo… ya lo veo. Y lo siento.

Pasamos como 20 segundos en completo silencio. Y ese silencio es abrumador. Incómodo. Interminable. Ella respira, tiene una pregunta en la boca y no se anima a exteriorizarla. Suspira otra vez y al fin se decide:

—Hijo…

—¿Sí, mamá?

—¿Lo has hecho antes?

—¿Qué cosa?

—Tocarte…

Ay, no. Ahí vamos de nuevo, y yo que quiero zanjar el tema. ¿En serio no se da cuenta de lo incómodo que es para ambos?

—¿En verdad quieres hablar de esto, má?

—Claro que no, Tito, si me da muchísima vergüenza, es solo que…

—Entonces déjalo.

Vuelve el silencio sepulcral. Nos miramos de lejos, incómodos, por eso decido ser yo quien rompa el hielo, cuando me siento en la cama junto a las revistas, diciendo:

—Desde los catorce, creo.

Ella levanta los ojos. No sabe de lo que le hablo.

—¿Qué?

—Me toco desde los catorce.

—Ah, no, mi amor —sonríe ardiendo de pena—. Yo te pregunto, que si lo has hecho antes, el tocarte… con mis bragas como aliciente.

Me quedo como piedra. ¿Ha sido tan evidente que me he masturbado bajo el estímulo perverso de sus bragas? ¿Ella sabe que yo soy un depravado sexual que la desea como mujer?

¡Mierda! ¡Mierda!

“Piensa pronto, Tito, piensa pronto.”

—Mira, má. Te lo explico abiertamente para que no pienses cosas raras o tengas teorías que no son…

Quiero dejarle claro que yo no usé sus bragas negras para masturbarme pensando en ella. Debo convencerla aunque tenga que usar todo mi repertorio de mentiras. Intento poner una cara de mustio mientras le digo:

—Con toda la vergüenza de mi alma te confieso que esa noche estaba… viendo un video erótico en mi móvil, y como consecuencia de ello, se me encendieron las hormonas y… pues ya vez.

Mamá tiene sus ojos azules entornados. Me mira nerviosa.

—Y lo de tus… braguitas ahí… en mi miembro fue porque… necesitaba limpiarme con algo, y como la braga estaba más cerca que el papel de baño se me hizo fácil tomarlas y… Pues lo que viste.

Ella sigue respirando profundo, abochornada.  

—Pero má, antes de que me digas que soy un asqueroso pervertido, te juro que no lo pensé. Actué en automático. Por inercia. Te juro también que mi propósito era lavarlas yo mismo, pero luego más tarde, cuando volví al baño, ya no estaban donde las dejé.

Los resuellos de mamá se han vuelto más discordes. Incluso veo sus mejillas coloradas, más que de costumbre.

—Ya, Tito, lo que pasa es que yo las recogí y las lavé.

—¿Me lo juras?

No lo puedo creer.

—Sí. No te apures por eso. 

Imaginar que mi madre ha recogido sus bragas empapadas de mi semen me da un morbo tremendo. Es imaginar sus manitas agarrando la prenda, y sus dedos manchándose de mi semen, si es que aún no estaba seco. ¡Mi madre ha tocado mi semen! ¿Lo habrá olido, como yo olí sus fragancias femeninas?

Por amor de Dios, ¿cómo va hacer algo así? No, ella no es de esas.

—Lo siento de nuevo, má. No volverá a ocurrir.

Ella y una sonrisa nerviosa. Suspira profundo.

Como estoy sentando, pongo una almohada en mis piernas, como si quisiera apoyar mis brazos sobre ella. La verdadera razón es que no quiero que mamá note mi erección.

—Bueno, cielo, aclarado todo, me voy. Y por favor, no hablemos más del tema, que para mí es muy fuerte hablar contigo de estas cosas.

Asiento con la cabeza porque no puedo estar más de acuerdo con su afirmación.

La verdad es que lo que quiero es no hablar nunca más sobre ese bochornoso episodio. Mamá avanza hacia mí y yo ajusto mi almohada para que cubra toda mi entrepierna. No hacen falta nuevos bochornos si se llega a enterar que de nuevo estoy duro. Sus esféricos y carnosos pechos se acercan mucho a mis ojos y luego se distorsionan cuando pega su esponjosa boca en mi frente para darme un beso. Me dice que me quiere, que ya pasó todo, acaricia mi pelo con sus dedos y luego hace amago de salirse de mi cuarto.

Pero yo le hablo, para preguntarle una última cosa que también me ha estado preocupando:

—Oye, má, ¿papá se enteró de…?

—No —me aclara sin esperar a que termine de formular mi pregunta—. ¿Cómo crees, hijo? Conoces a tu padre. Muy machito, muy machito, pero para estas cosas Lorenzo… no es tan… abierto como nosotros.

 Termina su respuesta con una sonrisa que yo descifro como mórbida y hasta coqueta.

Mi polla vibra debajo de mi pantalón. Además el “nosotros” me hace sentir como si ambos estuviésemos pactando un secreto inmoral.

Lo más fácil habría sido decirle que yo también la he visto masturbándose dos veces, y que por tanto ambos tenemos un secreto del otro que nos pone en una misma situación de vulnerabilidad. Y que por eso tenemos que cuidarnos el uno con el otro. Pero no me atrevo. Tampoco quiero arruinar esto. No ahora.

Aun así, creo que con mamá hemos cruzado una pequeña línea: creo que hemos avanzado un paso hacia un sitio al que no veo principio ni final. Hemos evolucionado. Ambos tenemos un secreto inconfesable. Y esa complicidad entre los dos, de alguna manera, nos ha unido más.  

—Papá salió al billar para celebrar. Al parecer ganaron el partido de ayer. Lucy está encerrada en su cuarto. Creo que terminó con su “no-novio”.

—Vaya.

—Y yo me terminaré de arreglar para mi reunión parroquial de mes. ¿Saldrás a algún lado, hijo?

—A lo mejor salgo a comprar una nieve.

—Bien. Antes de irme te aviso, mi bebé.  

Sugey se va y yo me tiro con los brazos abiertos en mi cama. Pensando en todo lo que pasará.

***

Ya pasan de las cinco y media de la tarde, y mamá está por irse a su reunión. Cuando pretendía salir a comprar una nieve para mitigar el calor, ella, desde su cuarto, que está muy cerca del mío, me ha mandado llamar:

—Cielo, mami necesita ayuda con este collar de plata.

—Voy, má.

Para mí sus órdenes son ley. No me importaría ser su alfombra si pasará sobre mí su suculento cuerpo.

Entro al cuarto de mis padres y la encuentro parada frente al tocador, viéndose al espejo, intentándose poner un collar de plata con un dije de la virgen de la medalla milagrosa, patrona de la parroquia.

No es para nada vulgar la falda de tubo que lleva puesta, pero con ese enorme culo tan impresionante es imposible que mi madre pase desapercibida para mis ojos.

“Joder, mami.”

Me pregunto si las medias negras que lleva puestas debajo de la falda tienen ligueros. Con lo que me excita mirar la lencería, joder. Y yo ni siquiera había reparado en que mamá siempre la usa cuando sale de fiesta con papá o a esas reuniones parroquiales.

—Es tan pequeña que no puedo atármela, ¿me ayudas mi niño?

—Sí, mami, yo te ayudo.

La falda le llega arriba de las rodillas, pero le queda muy apretada. Se le marcan las nalgas y las piernas. Está preciosa.  

Lleva una blusa blanca con holanes en el cuello que aunque es la clásica prenda de vestir de las mujeres persignadas de iglesia, en ella se le ve demasiado sensual, sobre todo con esa carita tan hermosa que tiene, esos ojos, y esos labios tan sexuales que lucen en su boca. Una boca donde ayer estuvieron metidos mis dedos en lugar de mi verga. Pero bueno, por algo se empieza. Y si encima añado que aunque es holgada esa blusita, sus hinchados senos se marcan en su pecho, todo empeora.

—Estás hermosa, mamá.

—Tú siempre tan adorable, mi bebé.

—Te lo digo en serio, mami, estás impresionantemente hermosa.

Quiero decirle que se mira buenísima, pero tengo miedo sonar tan osado.

—Gracias, mi amor, te amo.

—Yo te amo más.

Me acerco a ella y el aroma a mujer llega a mis pulmones. Huele muy rico. Ella está muy rica. Me gusta toda, joder, toda.

Los tacones de aguja que se ha puesto la hacen lucir por centímetros más alta que yo. Me pone en la mano la medalla y al momento me doy cuenta que no podré maniobrar con esos holanes tan estorbosos en el cuello.

Mamá se da cuenta del problema y me dice:

—Si te estorban los holanes, hijo, detrás hay cuatro botones. Desabotónalos para que puedas ponerme la medalla.

Trago saliva. El pene se me para. Mi corazón se sacude. Lo que me pide es muy fuerte. No sé si ella sea consciente de ello.

El cabello rubio de mamá lo lleva atado en una trenza, dejando dos mechones adelante que la hacen lucir coqueta. Hace hacia delante la trenza y yo, con dedos torpes, desabotono los cuatro botones que me permiten descubrirla hasta la mitad de su blanquísima espalda.

Mamá usa sus manos para evitar que la parte frontal de adelante se caiga y se desparramen sus tetas.  

—¿Crees que se pueda, bebé?

—S-í— m—á —tartamudeo.

Esto es muy fuerte para mí.

—Okey, corazón, ponme la medalla.

Miro su espalda, los tirantes elásticos del sujetador y las trasparencias de encaje en el diseño de la parte posterior están pegados a su piel.  

—¿Puedo?  —pregunto inhibido, con la boca seca, mi falo duro detrás de ella, junto a su abultado culo.

—Por supuesto, cielo, puedes.

Sin querer toco su piel en la parte posterior de su cuello. Es tersa, su espalda es tersa. Toda ella es suave, gloriosa. La acaricio, y le digo que es un pequeño masaje para que se le vaya el estrés.

—Qué rico, mi niño, tienes unas manos muy suaves —me dice, como si fuese una perversa invitación a seguirla tocando.

Pero ya no lo hago. No soy tan fuerte para sólo conformarme con acariciar la espalda teniendo esas nalgas debajo de mi bragueta.

—Papá dice que tengo manos de mujer —intento bromear.

—Porque él las tiene de lija —se ríe ella.

Agarro con mis dos manos cada una de las puntas de la medalla. La extiendo a lo largo y la paso por delante de su cuello. Mamá se levanta el cabello trenzado para pasar la medalla de plata por debajo y durante el movimiento saca el culo y aplasta mi endurecido miembro.

“Santo Dios» me asusto.

Ella no dice nada. Veo sus ojos azules por el espejo y su sonrisa traviesa.

Trago saliva. Luego me pego más a ella simulando una maniobra más concreta para comprobar que no se ha enredado la medalla, y casi siento cómo mi verga se restriega en su cola. Quiero moverme, restregarme más, que ella la sienta, que la sienta dura en la raya de sus nalgas, pero me acobardo y no me atrevo a más.

Como estoy tan cerca detrás de ella, me incorporo un poco más y miro hacia abajo.  Por su blusita blanca, que ella sigue sosteniendo con sus manos, se divisan los puentes de dos enormes protuberancias de carne. Veo su canalillo, lo gordo de sus pechos, y mis manos acarician su cuello y sus hombros para frenar la horrible necesidad que tengo de estrujarle las tetas.

—Listo, mamá —le digo con la boca seca.

—Gracias mi amor.

Ella se gira. Extiende los brazos para darme un abrazo como agradecimiento de mi ayuda, pero se le se le olvida que con sus manos estaba sosteniendo la blusa.

“Madre mía”

Cuando nos damos cuenta de su error, ya es demasiado tarde.

Ella ha quedado en sostén frente a mí.

Y veo sus dos protuberancias carnosas, lechosas, brillantes, humectadas, que rebotan frente a mis ojos. Veo sus pezones y sus prolongadas areolas rosas a través del erótico sostén.

Los dos nos miramos sorprendidos, y casi parece normal que un hijo esté delante de su madre mirándole las tetas de fuera, sólo cubiertos con un pequeño brassier que, con franqueza lo digo, no le cubre casi nada.

—Hijo —me dice en un susurro.

—Mamá —respondo con el corazón bombeándome fuerte.

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Continúa.

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