LOLA BARNON

Capítulo 2

Ramón

(Vicky)

Hemos llegado a la casa de Ramón en Santi Petri. Es un chalet grande, de cuatro dormitorios y un ático que se puede convertir en un apartamento independiente. La parcela, según me ha dicho él, porque yo no sabría calcular, es de unos setecientos metros cuadrados y tiene una piscina de agua clara y cuidada.

—No quiero un jardín demasiado grande. Da mucho trabajo y aquí vengo a descansar.

—¿No tienes nadie que te lo cuide?

—Sí, pero para césped, vallas, gente de seguridad o personal de servicio, ya tengo la casa de Madrid. No necesito otro engorro más. Aquí viene un muchacho del pueblo, le doy una buena propina y lo mantiene cuidado. Con eso me sobra.

Ramón es un hombre rico. O al menos, lo que yo considero rico. Es dueño de una empresa farmacéutica, especializada en test y diagnósticos rápidos de enfermedades. Estudio Técnico Superior de Laboratorio Clínico y Biomédico en la Formación Profesional. Me cuenta que ha trabajado desde los dieciocho años en la farmacia a la que su madre iba como dependienta. La dueña, tras quedarse viuda, por el accidente de su marido al chocar contra un camión que transportaba madera, por la sierra de Guadarrama, le hizo un hueco en la plantilla.

Ramón terminó el bachillerato, estudió y trabajó en la farmacia, así como en una clínica privada, de celador, por las tardes y los días que libraba. Poco a poco empezó a interesarse por los pacientes y los métodos de diagnóstico. Habló con enfermeras, médicos, personal sanitario y vio un hueco en el mercado de los test y ensayos clínicos.

Con un préstamo que pidió al banco, un par de socios capitalistas y mucha fuerza de voluntad, empezó con su empresa. Al principio importaba y vendía a los hospitales y clínicas. Posteriormente, empezó a investigar y a pedir a otros laboratorios que le hicieran prototipo de test y pruebas.

Cuando tuvo una clientela fija, estable y vio que el negocio necesitaba de una ampliación de capital, recursos humanos y mayor inversión en la investigación, buscó nuevos socios y él empezó a estudiar a distancia Administración y Dirección de Empresas.

Diez años más tarde, con apenas treinta y cinco, se casó con una chica que trabajaba de comercial en su misma empresa. Tuvieron dos hijos y él siguió trabajando como un mulo, mientras ella, aunque de común acuerdo con él, se quedaba en casa al cuidado de los niños y del hogar. Y como la empresa daba dinero de sobra, también de ella misma. Gimnasio, pádel con amigas, cenas y viajes de chicas. Al cabo del tiempo, un guapo y maduro abogado, que le sacó una buena pensión al marido y algunos años de buen sexo, hizo que se separaran y divorciaran.

Ramón, dolido, pero no vencido, continuó con la empresa y con su vida. Rehízo la suya algunas veces con intentos de pareja estable, pero siempre fracasaron por uno u otro motivo. Hoy, con cincuenta y pocos años, y con una filosofía de la vida muy particular, había decidido disfrutar sin complicaciones. 

—Verás… —me explicaba el primer día que nos vimos—. Mi propuesta es sencilla. Busco una mujer guapa, elegante y que sepa estar. Quiero sexo, pero también conversación y que me acompañe a dar un paseo en la playa o a cenar con algunos conocidos. Quince días. Pago bien y no doy el coñazo. Intento dar la imagen de pareja… ¿No sé si me explico bien?

Desde el primer minuto supe que a Ramón tendría que besarlo. Entraba en ese concepto de novia de pega o alquiler. Y, aunque rompiera esa máxima de no besar a un cliente, sabía que él demandaba aquello. No podía negarme ni escurrirme.

En realidad, acepté venirme con Ramón por varios motivos. Uno, porque me pareció un tipo directo, franco y simpático. En segundo lugar, porque, en efecto, pagaba muy bien y eso hacía que mi pretensión de alejarme de esta vida pudiera acelerarse. Y en tercer lugar, porque me trató de forma muy educada y galante. A Ramón, aunque suene estúpido, le gusta que las cosas parezcan normales. No es partidario de vestidos ceñidos, escotes de vértigo o taconazos de infarto. Prefiere las camisetas, el pantalón corto y las chanclas. Es un hombre sencillo que ha aprendido a sofisticarse, pero que, en el fondo, sigue siendo ese joven trabajador que empezó en la farmacia donde su madre despachaba.

Podría tener un yate y un magnífico deportivo. Pero solo posee una pequeña lancha motora donde algunas mañanas se va a pescar con su caña y aparejos, y un todoterreno de una marca generalista, como los que se ven por cualquier ciudad española.

Tampoco es de grandes restaurantes. Sí, de vez en cuando, porque como a cualquiera, le gusta disfrutar y ha entrenado su paladar. Pero su plato preferido son los huevos fritos con chorizo.

Le gusta el sexo, claro está. Pero no se las da de campeón, ni de machirulo. Tampoco utiliza química o drogas. Su edad, por los cincuenta, aún le permite tener erecciones normales y poder follar sin ayudas. No lo descarta, como él mismo dice, pero por ahora, prefiere lo natural.

Tiene la creencia de que las mujeres, vamos a decir normales, no terminan de congeniar con él. Es posible que la culpa sea suya, me ha confesado. Su trabajo, la forma de implicarse…

—Creo que tras el divorcio con mi mujer, me he convertido una persona desconfiada y eso me hace no terminar de entregarme —me dice sonriendo mientras quita la chapa a una botella fría de cerveza que se ha servido antes de sentarnos en la terraza de su chalet.

—¿De verdad que no quieres? Están muy frías…

—No gracias. Luego me tomaré una —le contesto con una sonrisa de agradecimiento. Me lo pienso otra vez—. Bueno vale. Me encanta una buena cerveza fresquita —me río cuando me la pasa.

Está sentado, relajado. Creo que le gusta este entorno, en donde se siente liberado del trabajo y de las relaciones laborales o de negocios. Lleva puesto un pantalón corto azul marino y un polo blanco. En los pies unos náuticos. Luce un buen reloj en la muñeca y tiene una mirada un poco perdida cuando habla.

—Mis hijos, obviamente, no saben nada de… —duda en decírmelo. Creo que intenta suavizar el hecho de que yo sea una profesional.

—No saben que nos pagas —le ayudo a completar su comentario tras dar un trago a la cerveza. Sí, está fría y entra muy bien.

Asiente y noto un ligero deje de tristeza. Es como si Ramón se percatara en esos momentos en que habla de sus hijos o de la realidad que yo soy, que no puede acceder a mujeres normales o ha fracasado en el intento.

—No me gusta decir que os pago… —me confiesa—. Sé que es la verdad, no te creas que me engaño. Pero prefiero pensar que nuestro… acuerdo, voy a llamarlo así, es algo parecido a una relación fingida.

Me quedo callada. Este tema ya me lo comentó cuando nos conocimos y nos acostamos la primera vez. Ahora, sin embargo, le noto algo más serio, como si quisiera remarcar el hecho de que el pago, como tal, trasciende a una mera transacción comercial.

—Yo te voy a tratar como a una novia… o una pareja, aunque a mí me gusta más la palabra antigua y que parece en desuso… novia… —repite para sí con una sonrisa que se queda un poco a medias—. Y espero que tú también me trates a mí como a alguien cercano. —Me dice esto, mirándome a los ojos. Buscando algo de complicidad y de afecto, creo.

—Ya te lo dije. Son tus reglas y las cumpliré. Sé hacerlo.

Él se me queda unos segundos observándome. Unos instantes después cambia la mirada que se queda enganchada en el vuelo de un par de gaviotas, y termina poniendo una sonrisa parecida a la de antes.

—¿Sabes por qué te elegí a ti?

—Me dijiste que te parecía buena persona… —digo recordando nuestra primera entrevista.

—Sí, en efecto. Estoy convencido de que lo eres. Pero hay más —añade dando un nuevo sorbo directamente de la botella de su fría cerveza. 

Aguardo a que continúe. El jardín tiene una piscina y una especie de cenador con una casita adyacente. La de invitados, que me comentó en su momento, con un dormitorio y un cuarto de baño. El césped se ve recién cortado, y las flores y rocallas, cuidadas.

Cruzo las piernas. Yo llevo unos shorts blancos y una camisa del mismo color. Unos collares baratos, comprados un domingo con Andrés en un mercadillo de la sierra de Madrid, junto con dos pulseras étnicas que también adquirí ese día. Llevo unas sandalias planas en los pies. He tomado el sol antes de ir allí, por lo que estoy razonablemente morena.

Ramón en ese momento me mira, abre un poco las piernas y deja la cerveza en la mesa de jardín. Se recuesta un poco en el butacón y cabalga su pierna derecha sobre la izquierda. Se toca la sien. Es un gesto que hace mucho cuando piensa en lo que va a decir.

—Tengo la sensación de que eres una mujer inteligente. Diría que madura, y que entiendes lo que quiero.

No digo nada, porque pienso que no ha terminado. En los días que he estado con él, le he escuchado razonar las cosas y casi nunca es del tirón. Parece que los pensamientos se le van ordenando a medida que habla.

 —Cuando te comenté lo que buscaba me dio la impresión de que no lo veías extraño. Que, como te digo entendías lo que busco. No es que me esté refiriendo a que entiendas mi forma de vivir, con… novias de pago, por así decirlo. —Vuelve a quedarse en silencio—. No sé si me equivocaré, pero creo que conozco a las personas y te miro —lo hace en ese momento de nuevo, antes de coger la botella de cerveza— y veo confianza. Estoy seguro de que eres una mujer que tienes metas en la vida. Que no pasas por ella simplemente, sino que buscas mejorar, que tienes motivaciones, inquietudes… Y las personas que son así, suelen entender las de los demás.

Cuando termina, bebe otra vez directamente de la botella, mira de nuevo a la calle del campo de golf que se extiende más allá de la verja alambrada de la parcela. Luego me mira.

—Y tienes estilo. Si solo fueras guapa, que lo eres, posiblemente no estarías aquí… En fin —cambia de postura—, te estoy aburriendo, Vicky.

—No, no. De verdad. Me gusta saber lo que quieres y cómo lo quieres.

—Que escuches ya es una reconfortante señal de inteligencia.

—Soy muy normalita.

—No, no lo creo… Como bien puedes entender, no eres la primera que vienes aquí y que haces de novia de pago, como antes he dicho. Pero sí eres la primera, en cambio, que no solo escucha, sino que estás pendiente a los detalles. Y eso, Vicky, al menos, para mí, es importante.

—Yo solo procuraré que todo esto… —sonrío—, salga como tú quieres. Que lo pasemos bien y que tengas un sonrisa en la cara mientras yo esté aquí.

—Creo que lo lograremos… —me dice elevando en señal de brindis la botella de cerveza.

—¿Tus hijos? —pregunto—. Quiero decir… ¿Qué dirán cuando me vean?

Se queda un momento pensativo y arruga la frente visiblemente.

—Mis hijos vendrán en un cuatro o cinco días… O nueve o diez. En realidad, cuando su madre, según su santa voluntad, me los quiera entregar. Y les diré que eres mi… mi nueva pareja. Son pequeños y no preguntan mucho.

Él se queda callado y mira al cielo unos instantes. Luego, me sonríe, dando por cerrado ese capítulo familiar.

—¿No tenéis un acuerdo con los niños para las vacaciones?

—Sí, claro… Pero ella hace lo que quiere o le da la gana. O mejor dicho, lo que más le conviene. Mi ex llega de su viaje en uno o dos días, creo, y si le parece que está muy cansada para traerlos, lo hará en los días siguientes. El que ella decida… Ni pregunta ni lo consulta. Sencillamente, actúa. No voy a hacer una guerra por eso… —se detiene otra vez, pensativo, da un nuevo sorbo bastante largo a la botella y respira descabalgando la pierna derecha de la izquierda—. Es una lucha continua. Yo me porto bien, te lo juro. No protesto, no pongo problemas… pero a ella le divierte fastidiarme. —Se encoge de hombros lentamente—. Si un día salgo victorioso e indemne de esta guerra, que no tengas ninguna duda de que lo es, será en el largo plazo… Y a veces conviene no ganar todas las batallas.

»Hay escaramuzas en las que te desgastas mucho. Te conviertes en un ser lleno de rabia y te inundan las ganas de devolver la jugarreta. Pero yo, creo que por suerte, soy más tranquilo y estratega. No sé, quizás sea mi experiencia empresarial o mi carácter… Pero no malgasto tiempo ni bilis en mi ex. No lo merece, la verdad.

—Me parece buena estrategia.

—No sé si lo es. De serlo, lo descubriré en el futuro, no de inmediato, Vicky.

Aquella noche nos acostamos. Era lo lógico y por lo que, en realidad, me pagaba. Al día siguiente había una cena con dos matrimonios. Uno de ellos de un amigo suyo, socio del bufete mercantil que le lleva los temas a su empresa. Su mujer, según me dice, es una compañera de la facultad, también abogada de un buen despacho de Madrid. La otra pareja, en cambio, sí ha pasado por el divorcio. Ambos están casados de segundas nupcias y con hijos de sus anteriores relaciones. Él tiene varios concesionarios de automoción, motocicletas y maquinaria agrícola, y ella es pediatra.

—A pesar de todo, del divorcio y todo eso —me dice Ramón refiriéndose a su amigo, el de la última pareja de divorciados— se llevan bien. Incluso ella mantiene un contacto fluido con él. Me parece una mujer muy razonable, la verdad —comenta con gravedad.

Pero esa noche fue para nosotros. Yo intenté ser esa persona que a él le gustaba ver en mí. Fingí esa vida falsa que representaba, pero que él tanto buscaba. La que intentó antes con otro par de escorts que se hicieron pasar por su pareja, sin mucho éxito. Quise que, en la medida de lo posible, se lo creyera y lo viviese, que disfrutara con esa sensación de acompañante y pareja real. Por esa razón, aquella noche no fue una secuencia continuada de orgasmos y sexo combativo. Más bien, nos limitamos, y yo la primera, a hacer lo que se espera de una pareja tranquila y de vacaciones.

No quiero decir con eso que no resultara excitante o atractivo, pero en estos días que estaré con él he decidido huir del descaro provocativo y los convencionalismos de una prostituta y su cliente. Esa noche empezamos con sonrisas, con roces, caricias y lentitud estudiada. Dejé que me besara el cuello y lamiera los pezones con esa delicadeza y tranquilidad tan suyas. Yo notaba su excitación en aumento, su puesta a punto más como un diésel que como un bólido de carreras. Despacio, pero firme y en ascenso.

Él mismo buscó mi sexo con su lengua, besándolo, lamiendo mis labios vaginales y el clítoris con suavidad. Consiguió excitarme y dejé que me hiciera lo que le apeteciera. Sentí algo extraño en esos momentos. Una sensación parecida a cuando Andrés y yo hacíamos el amor. No es que Ramón sea remotamente parecido, ni mis sentimientos estuvieran confundidos con la imagen de mi pareja verdadera. Pero esa exquisitez, tranquilidad y química que ambos conseguimos, me resultó agradablemente familiar. Posiblemente, no hubiera sido fácil ni sencillo ponerme en la piel de la Vicky de sexo duro, desconectado y monetario, tras pasar esas últimas semanas con Andrés hablando y planeando nuestro futuro. Empezaba a notarme en otra onda y con necesidades diferentes

Ramón se parece, salvando distancias, a Andrés. Atento, suave, delicado y a la vez firme. Con esa sabiduría con las mujeres tan necesaria en la cama. Y sin embargo, son completamente diferentes; como el agua y el fuego. Andrés más dinámico y vigoroso, y Ramón con un ritmo más pausado pero constante. Andrés, el hombre con quien sueño. Ramón, el que me permite esos sueños…

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