ADRIANA RODRÍGUEZ

Dicen que de todas las historias de amor, ninguna tiene final feliz, si es amor no tiene final y si es final es que no es amor. En cierta parte de esta encrucijada me perdí.

Lo conocí un 9 de mayo, a las vísperas de una festividad. Nos conocimos «a decir verdad, no nos conocimos, ni nos conoceremos. Más adelante les explicaré ¿Por qué? Digo esto» Éste amor «esperen, tampoco fue amor» está relación «aguarden ¿Que creen? Tampoco fue relación» en esta parte de todo no sabría decirles qué fue lo que pasó.

Les cuento. Cierto día mientras realizaba mis actividades diarias, me llegó un mensaje de un contacto

—¡Hola, hermosa!— ¿Es en serio? ¿Se supone que con esto me debo de sentir elogiada?

—¡Hola! — aún así y atendiendo a la educación, respondí de manera amable

Seguido de una charla considerable, me dijo su nombre, Adán; de inmediato pensé en la maldición que portaba, en el peso que habían puesto sobre sus hombros sus antepasados, por haberlo nombrado de tal manera, pensé que sería un problema mantener una relación del tipo que fuese con ese chico. Así que marque la línea de mi espacio personal y emocional, esperando que no la traspasara.

Cabe destacar, que siempre he sido una cínica, descarada, con respecto a los temas del amor. Soy muy distraída, apenas me doy cuenta de que algo sucede a mi alrededor. Poco le hago caso al amor o algún sentimiento, miro a todos como alguien que solo es amable conmigo, esto para evitar futuros engaños malintencionados de algunos «caballerangos emocionales» que se dicen corteses, para después desaparecer sin ningún remordimiento y excusando su huida en total deslinde de responsabilidad afectiva.

Esa tarde inició todo, los mensajes cada día, todos los días, que al principio eran extenuantes. Tener que atender todos sus mensajes, ser cortés, sin saber siquiera qué es lo que tu «adversario» busca. Después se hicieron interesantes, siempre había algo nuevo que contar, al ser dos completos extraños, esto motivaba mis mañanas tardías. Para terminar siendo necesarios, hasta cierto punto adictivos, leerle cada día era apremiante.

Tanto fueron nuestras charlas «por mensaje» que comenzó a decirme que quería casarse conmigo. Obvio le dije que no, que no sabía lo que quería. Yo soy muy despegada de todo; me dicen fría, sin sentimientos, que nada me importa. Lo cierto era que no es que no me importara, era que no demostraba interés por el motivo que lo tuviera. Él no era la excepción. Pasaron cuatro meses en los que hablamos diario, cuatro meses en los cuáles eran una montaña rusa de emociones y sentimientos, nos arrastrabamos a lo más hondo, nos alejabamos y volvíamos, nos decíamos te quiero, te extraño, te necesito, pero nunca fuimos nada. Si lo sé, quizá fue que me deje llevar por la fuerza de las palabras o el deseo de que fuese real.

Una mañana de septiembre, después de un último mensaje de «nos vemos» la aplicación solo mostraba una palomita. Me causó extrañeza, pero en ocasiones el sujeto en cuestión solía apagar el celular para lo que fuese, jamás pregunté. Motivada por el historial, lo dejé pasar. Paso el día, casi se acababa, cuando entré a mis redes sociales; quise pasar a su perfil para ver en qué andaba y… Para mí sorpresa, no apareció en mis contactos. Ya eran muchas señales obvias. El mensaje no visto, todo el día sin comunicarse, la restricción al acceso de su perfil. ¿Quééééé? Tenía una etiqueta imaginaria con letras grandes y rojas de: ¡PERSONA INDESEABLE! ¿Pero qué pasó? ¿Y el pastel? ¿Y la boda? ¿Y la luna de miel? «Digo, por si no lo han notado, esta parte de aquí es sarcasmo» lo que sí me resulta extraño, es el móvil de su desaparición. No es que lleváramos; lo que sea que hayamos tenido entre nosotros; algo «bien» pero considero que no fue cómo para desaparecer. Después supe que a esa acción se le llamaba «Ghosting» y que era muy usado en la actualidad. ¿Ghosting? Tiene sentido. Lo que no tiene sentido es ¿Por qué hacerlo? ¿No es más fácil la honestidad y sinceridad? ¿Por qué se complican tanto? ¡Caray!

Vivo cerca de una cordillera, cada mañana al salir de casa; veo las montañas que se pintan a lo lejos. Algunas veces me gusta creer que es el Himalaya. No hay hielo, pero si hace un frío descomunal. A mí que padezco el frío, se me hielan las manos, la nariz, los pies. Por eso, siempre cargo mis guantes. Esa tarde al regresar a casa, dí un último vistazo a la cordillera que se dibujaba, dejando entrever los rayos últimos de la tarde, entre naranjas, azules, violetas, rojos y amarillos. Y recordé a Adán, se me figuró verlo caminar por el filo de la montaña. Entonces entendí todo, Adán se había ido a explorar el Himalaya, por eso no contestaba mis mensajes, por eso no le llegaba la señal. De pronto otras siluetas fueron apareciendo a su lado. Imagino que son todos aquellos a los que no les llegaron los mensajes, ni las llamadas, todos aquellos que explorando, se perdieron junto a Adán en el Himalaya.

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