DEVA NANDINY

Había tenido en brazos a Julen desde el momento en el que había salido de la incubadora. De pequeño, había sido un niño frágil y enfermizo, que yo había ayudado a cuidar, queriéndolo y protegiéndolo casi como si fuera uno de mis hijos, ya que su madre y yo somos amigas desde niñas. Nada podía presagiar, que a mis cuarenta años me convirtiera en su amante.

Julen se había independizado y vivía con su novia, con la que mantenía una relación totalmente convencional. Él y yo, nos veíamos a escondidas desde hacía algunas semanas, casi siempre, en su pequeño apartamento cuando la chica estaba en el trabajo. Reconozco, que me enganché rápidamente, estaba totalmente embelesada y encaprichada por mi ahijado. Ya que, pese tener veinte años recién cumplidos, enseguida supo que tenía que hacer para llevarme al límite.

Mi esposo y yo no atravesábamos por nuestro mejor momento. Aunque al contrario que yo, Alex seguía pensando que éramos inmensamente felices. Mis continuas y reiteradas infidelidades ya no eran suficientes para lograr paliar, de alguna forma, el tedio que sentía por estar encerrada en una relación totalmente agotada. Sin embargo, me costaba tomar la decisión de solicitar el divorcio. Sentía vértigo de que mi apacible mundo se pusiera patas arriba.

Julen y yo no solo éramos amantes, ya que entre ambos había un vínculo afectivo muy potente, forjado durante toda su vida. Lo deseaba como hombre, pero al mismo tiempo no había dejado de quererlo como ese ahijado cariñoso y tierno conmigo. Le gustaba conocer mis experiencias pasadas, las infidelidades que le había procesado a mi esposo, desde que a los quince años había comenzado a salir con él.

Reconozco que el chico me usaba egoístamente para cumplir la mayoría de sus fantasías, y ese egocentrismo con el que me trataba, me hacían desearlo aún con más fuerza. Al principio, yo me había negado a llevar a cabo algunas de sus morbosas ideas, pero siempre terminaba convenciéndome. Mostrándose conmigo, como un niño enrabietado por no salirse con la suya, yo terminaba cediendo una y otra vez. En el fondo, nuestra relación no había cambiado demasiado, yo seguía comportándome con él, como esa madrina generosa y complaciente, y Julen, se aprovechaba de ello. Semanas antes había tenido que dejarme follar por él, y por su mejor amigo.

Yo le había confesado que conocía el ambiente liberal, que había frecuentado algún club de intercambio de parejas, e incluso, que había sido invitada a fiestas privadas. Enseguida me comentó su deseo de que le mostrara un poco como funciona ese mundo. Su última fantasía, era follarme con gente mirándonos y teniendo sexo a nuestro alrededor.

—No quiero cambiarte por otra, solo deseo exhibirte. Que vean como gritas cuando te hago correr.

Yo me reí, me encantaba que me hablara de esa forma.

—Lo dices como si fuera una yegua que quieres mostrar en una feria.

—Pretendo que todos vean lo puta que eres —indicó, acercando su boca a mis pechos—. Quiero percibir como desean follarte, pero demostrarles al mismo tiempo, que eres solo mía.

Al principio le puse mil excusas, pero como siempre, terminé cediendo. Julen le dijo a su novia que esa noche saldría a cenar con unos amigos del gimnasio, y que luego se irían a tomar unas copas. Yo como hacía siempre utilicé a una amiga como coartada.

Sandra es mi mejor amiga y aprueba mi doble vida. Cuando quería pasar una noche fuera de casa, le decía a mi esposo que tenía «noche de chicas». Ni siquiera tenía que esforzarme en mentir, él ya daba por hecho que saldría con Sandra de fiesta, y que además dormiría en su casa. Mi marido no ponía nunca demasiados impedimentos, a mí me gusta bailar y salir de noche. En cambio, Alex era un hombre muy tranquilo que odiaba el ambiente nocturno. Por lo tanto, se quedaba en casa al cuidado de nuestros dos hijos, totalmente ajeno a mis tejemanejes. Por la mañana, yo siempre regresaba a casa como esa esposa perfecta y madre abnegada.

Mucha gente piensa que la infidelidad es una de las mayores causas de divorcio, en mi caso es todo lo contrario. Esos morbosos encuentros fueron los que me han permitido soportar tantos años de matrimonio.

Si hay un momento que me pone especialmente cachonda, es cuando comienzo a vestirme en casa, para acudir a una cita. Me encanta contemplarme en el espejo mientras me pongo las medias, me coloco el tanga y me subo a unos altos zapatos de tacón. Me siento empoderada, dándome la vuelta para observarme desde todos los ángulos. Es como una especie de ritual, que comienza a humedecer mis bragas. A veces, incluso he llegado a tener que masturbarme frente al espejo. Aseguro que el haberme corrido no rebaja para nada, la enorme calentura que siento. Esa misma tarde me había comprado un precioso y cortísimo vestido negro que, al subirme en los altos zapatos de tacón, estilizaban mis piernas hasta el infinito.

Pensé en mi ahijado, en la cara que pondría cuando me viese así vestida. Instintivamente, al tiempo que escuchaba el sonido del televisor desde el salón, donde mi esposo estaba viendo una película, deslicé un dedo por los labios de mi vagina. Entonces percibí una desmedida necesidad de un hombre.

—¡Joder…! —Exclamé pellizcando con mi otra mano mis rosados pezones, al tiempo que dos de mis dedos entraban y salían de mi sexo. «Para, Olivia. Es tarde», me censuré.

Nada más terminar de prepararme, entré al salón para despedirme de mi esposo. En ocasiones, me pongo una ropa en casa y termino por vestirme en el garaje, así Alex no me ve salir de casa de una forma demasiado escandalosa. «Ojos que no ven…».

—¿Dónde iréis a cenar? —me preguntó, mirando directamente mi generoso escote. Seguramente, censurándolo interiormente. Él siempre fue un hombre celoso que odiaba cuando íbamos por la calle y percibía como despertaba el deseo de otros hombres.

—No lo sé. Ha reservado Sandra, creo que es un sitio nuevo.

—No os acostéis muy tarde. Recuerda que mañana hemos quedado para ir a comer a casa de tus padres.

—Estaré de vuelta mañana antes de que los niños se levanten, tal y como hago siempre. Pedir unas pizzas para cenar los cuatro —indiqué, ya que había venido a dormir, como cada fin de semana, el mejor amigo de uno de mis hijos.

—Estás preciosa, más de uno esta noche te va a comer con los ojos —expresó, camuflando sus peores temores como si fuera un piropo. Metiendo su mano por debajo de mi vestido, comenzó acariciar mis muslos.

—Déjalos que miren… No me van a desgastar porque lo hagan. Yo no tengo culpa de estar tan buena, —respondí riéndome. Recordando que mi ahijado ya debía de estar esperándome justo abajo.

—Eso es cierto. Pero tú incentivas y provocas esos deseos, ¿no crees que vas vestida demasiado corta? —me preguntó, casi rozando la tela de mis bragas.

—Solo lo justo, cariño. Si fuera por ti, me harías ir vestida como un burka.

—Tampoco es eso, Olivia. No quiero que te enfades, pero pienso que deberías ponerte algo más discreto.

Aparté su mano, sabiendo que él odia percibirme enojada, siendo sin duda esa su mayor debilidad. Nuestras principales discusiones siempre fueron motivadas por mi atrevido modo de vestir.

—¿Ya estás otra vez con lo mismo? Me aseguraste el otro día, —dije haciendo una pausa, refiriéndome a la que había sido nuestra última riña—, que no volverías a meterte en mi manera de vestir.

—Perdona, no te marches enfadada. Dame un beso.

Me cerqué de nuevo a él ofreciéndole una tregua, volviendo enseguida a toquetearme las piernas. Sentí como uno de sus dedos esquivaba mi tanga, deslizándose por mi húmeda vulva, buscando la entrada de mi vagina. Tuve que hacer un esfuerzo para no gemir. Era tarde y sabía que él nunca me follaba estando los niños aún despiertos. Comportándose como un cachorro de gato, que juguetea con una presa sin rematarla definitivamente.

Nunca sentí que fuera justo, entregarme abiertamente a otros hombres, y no darle lo mismo a mi esposo. Siempre que él lo requería, le abría mis piernas. Aunque el sexo que me ofrecía estaba lejos de satisfacerme, yo intentaba complacerlo como hombre. Jamás le negué joderme, aunque llegara a casa saciada y recién follada por otro. Pronto aprendí a fingir con él los orgasmos, sabía que eso lo estimulaba y se corría más pronto. Además, fortalecía con ello su ego masculino.

No trato de excusarme alegando que le ponía los cuernos buscando fuera, lo que no me daban en mi casa. Yo soy infiel por naturaleza y me gusta la variedad. Sentir otra boca, disfrutar de otros cuerpos, percibir otras manos recorriendo el mío. Por muy bueno que sea un amante en la cama, siempre termino aburriéndome. No puedo evitarlo.

Me encanta el juego y vivir situaciones morbosas. Mi esposo no tenía el pene pequeño, ni tampoco se corría demasiado pronto. Simplemente, mi marido no sabía excitarme del mismo modo, que sí saben hacerme otros hombres. Nuestra sexualidad era diferente, yo me siento atraída por hombres morbosos y extremadamente dominantes. Para mí, el romanticismo, la suavidad, la ternura… no tienen cabida en una cama deshecha.

Le di un nuevo beso en los labios, recordando que mi ahijado me estaba esperando junto a la puerta del garaje. Me había enviado un mensaje un momento antes, advirtiéndomelo.

—La verdad es que no me apetece salir esta noche. Me quedaría aquí, tranquila en casa, viendo contigo la televisión, —mentí con descaro.

—Pues quédate. Tomaremos primero una copa y cuando los niños se acuesten, nos iremos a la cama y haremos el amor.

—Ya he quedado con Sandra, no puedo ahora decirle que no voy, cariño. Yo, que tú, sacaría ahora mismo el dedo de mi chochito.

—¿Es que no te gusta que te haga esto? —preguntó, introduciendo otro más.

—¡Joder, Alex! —Exclamé mordiéndome el labio inferior—. ¿Es que quieres que salga cachonda de casa? —pregunté amenazante.

Mi esposo no se lo pensó dos veces y liberó mi sexo ipso facto. Yo agarré su muñeca, llevándome los dedos que me había introducido en la vagina, a la boca. Simulando, estar haciendo una felación.

—Como me pone siempre verte hacer eso —indicó, con fuego en los ojos.

—Mañana nos vemos, cariño. Espero que remates lo que has comenzado a calentar hoy —respondí, alejándome de él.

A continuación, entré por las habitaciones de mis hijos y me despedí de ellos. Javi desde la cama miraba un partido de futbol, mientras que mi hijo mayor estaba con su amigo Iván, jugando como siempre a la consola.

—¿Ya te marchas, mamá? —preguntó levantando los ojos del monitor por unos segundos.

—Sí, Sandra me está esperando abajo. Le he dicho a papá que si luego os apetece os pida unas pizzas. Ser buenos, y no os acostéis muy tarde —me despedí, besando a ambos.

Bajé al garaje y antes de sacar el coche abrí la puerta, en la calle, estaba mi ahijado esperándome apoyado contra la pared. Al verme, me sonrió y accedió antes de que se volviera a cerrar la puerta automática.

—Joder, qué buena estás —exclamó acercándose—. Se te van a salir las tetas. Solo verte, ya me la has puesto dura, —comentó palpando mis pechos, sacándomelos para fuera del vestido. Yo me reí divertida, sintiendo como succionaba mis pezones.

—Vámonos o terminaré pidiéndote que me la metas aquí mismo, lo último que me faltaba, es que baje cualquier vecino y me vea así contigo.

—¿Qué te ha dicho tu esposo cuando te ha visto así vestida?

—Ya sabes… Para él, las mamás maduritas como yo, no podemos salir vestidas de casa como si fuéramos unas putas. No lo expresa con esas palabras, Alex es más fino y educado, pero para el caso es lo mismo.

Julen expresó una fuerte carcajada, al tiempo que yo volvía a introducir mis suntuosos pechos, de nuevo dentro de mi ajustado vestido.

—Opino todo lo contrario que tu marido. Adoro que las mamás se comporten como unas perras cachondas. Dile a tu esposo de mi parte, que los jóvenes también tenemos derecho a disfrutaros. ¿Vamos al club directamente? —Preguntó, sentándose en el coche.

—Es pronto. Ya está abierto, pero a estas horas no habrá demasiada gente. Mejor tomemos algo primero y luego vamos.

—Me va a poner muy cachondo saber que nos están mirando.

—Tengo un amigo al que le encantaba follarme en sitios públicos. Él está casado con una amiga mía que es enfermera, y cuando tiene turno de noche, algún sábado, su esposo y yo quedamos. Ya sabes, me gusta cuidar de los maridos de algunas de mis amigas, —dije con absoluto sarcasmo—. A Óscar le encanta que vayamos a un monte cercano, donde por las noches van parejas que quieren ser vistas por mirones.

—Si quieres… podemos ir. Me parece mejor plan que acudir a un club.

Yo negué con la cabeza.

—Ese tipo de aventuras cada vez son más peligrosas. La gente está obsesionada con los teléfonos móviles, y cualquier imbécil te graba y después sube el vídeo a Internet. El club es mejor opción.

—¿Se acercan mucho a las parejas? —preguntó, sin sacarse la idea de la cabeza.

—Todo depende, suelen respetar las reglas de cada pareja. Al principio se muestran casi escondidos, pero poco a poco, van cogiendo confianza y se van acercando. Me pone tremendamente cachonda, el sentirme observada por cuatro o cinco mirones, masturbándose a un metro de distancia, mientras Óscar me folla sobre el capó del coche.

—¿Han llegado a tocarte? —me interrogó, mientras buscaba aparcamiento.

—Sabía que me preguntarías eso, —respondí sonriendo. Sintiendo su mano subiendo por la cara interna de mis muslos—. Ya sabes que yo me dejo llevar. La última vez acabé en cuclillas, chupándosela a varios desconocidos. Al principio eran solo dos, fue precisamente Óscar el que me lo pidió. Pero en cuanto me agaché y me llevé sus penes a la boca, salieron varios que estaban observándome discretamente detrás de los árboles. Al final, hicieron un círculo y me vi rodeada por cinco o seis individuos. Fue una auténtica locura, terminé con el pelo, la cara y la ropa llena de lefa. Recuerdo que según iba complaciéndolos, abandonaban el círculo y se marchaban.

—Me encantaría haberte visto haciendo eso. Me sentiría muy orgulloso de ti,

comentó con cierta ternura.

Estuvimos tomando algo por los bares cercanos, y un par de horas más tarde nos acercamos hasta el club.

Después de abonar la entrada que nos daba derecho a dos consumiciones, accedimos al local. Rechazamos el tour que amablemente las relaciones públicas del club, nos ofreció para mostrarnos las instalaciones. Julen estaba muy nervioso y excitado al mismo tiempo.

—Tranquilo, solo es un pub con gente un poco más libidinosa. Acerquémonos hasta la barra a tomar algo. Relájate, —manifesté llevándolo de la mano.

Mientras bebíamos nuestra primera consumición observamos a una chica bailando. Estaba embarazada de al menos de ocho de meses, exhibiéndose completamente desnuda, en medio de dos hombres. Ella nos miró sonriendo. Era muy joven, calculé que debería de tener tan solo unos pocos años más que mi ahijado. De la mano de ambos acompañantes, se acercó a nosotros. Siendo los dos hombres, bastante mayores que la chica.

—Hola, me llamo Elena. Debido a mi estado no puedo beber alcohol, pero me tomaría otra cosa con vosotros. Ellos son Alberto y Jimy, mi marido y mi novio.

No quise preguntar de cuál de los dos era el bebé, que la chica llevaba con inmenso orgullo en su vientre.

—Encantada, yo me llamo Olivia y él es Julen —indiqué, sin querer comentarles nuestro parentesco. Me fijé en sus pechos, estaban hinchados y sus venas se transparentaban violáceas. Su aureola era muy ancha y sus pezones extremadamente gordos y oscuros.

Elena se acercó a mí y me dio un beso en los labios. Yo no me mostré demasiado receptiva, apenas sentí la humedad de la punta de su lengua entrar en mi boca.

—Eres preciosa, Olivia. Y tu chico también lo es —manifestó, acercándose ahora a Julen. Ambos se fundieron en un apasionado beso, mostrándose mi ahijado, mucho más abierto y deseoso de la chica.

Cuando terminaron, volvió a situarse en medio de los dos hombres que la acompañaban, como si fueran una especie de guardaespaldas.

—Aunque la veáis tan preñada, mi esposa sigue siendo muy complaciente. Os aseguro que os regalará una noche muy especial a ambos, —indicó el tal Alberto.

—Lo siento, pero no tenemos intenciones esta noche de interactuar con nadie. Hemos venido a jugar solos, —respondí con rotundidad—, luego acerqué mi mano a su vientre, en el que se dibujaba claramente la llamada línea alba, esa raya oscura que va desde el ombligo hasta el pubis, y que nos sale a casi a todas las mujeres cuando estamos embarazadas, —¡Enhorabuena! ¿De cuento estás, cariño? —pregunté acariciando su preñez.

—De treinta y dos semanas. Mi marido tiene dos hijos de su anterior esposa, pero para Jimy y para mí, será el primero, —expresó mostrando la misma complaciente sonrisa, que cualquier mujer embarazada. —Espero que paséis una bonita noche. Es una auténtica lástima, me enloquecen las rubias, —comentó justo antes de marcharse, del mismo modo que habían llegado. De la mano de ambos hombres.

Entonces me acerqué a mi ahijado y comencé a besarlo, sabía que la mejor forma de entrar en ambiente, la primera vez que acudes a un sitio así, es estar muy excitado. Abrí su bragueta y metí mi mano dentro, sentí su polla dura como el acero.

—¿Te ha puesto cachondo la puta esa? —le pregunté, señalando con la mirada a la chica que se alejaba de nosotros.

—La que me pone así, eres tú, —aseguró sacando mis pechos nuevamente por la abertura de mi escote, quedando así a la vista de todo el mundo. —La de pajas que me habré hecho, durante años, imaginado tocar estas tetazas que tienes. Aún me acuerdo como me ponías de cachondo, cuando de crío me llevabais a la playa y tomabas el sol en toples.

No hice nada por cubrirme, dejándolas fuera del vestido.

—¿Sí, cariño? ¿Se te ponía así de durita cuando veías a tu madrina tomando el sol? —pregunté con malicia, apretando su gruesa verga.

—Te daría la vuelta contra la barra y te jodería aquí mismo, como la zorra que eres.

—¿Y qué es lo que te impide a hacerlo? —lo reté sonriendo—. Puedes follarme cuando quieras, lo estoy deseando.

—Quiero que oigan como gritas. Mi madre siempre habla de ti como un ejemplo de tantas cosas… Si realmente supiera la enorme puta que eres.

Yo me reí, en realidad pocas personas de mi círculo más cercano, me conocen realmente.

—Mejor que no lo sepa, cariño. Ese es nuestro secreto —dije, riéndome.

—Hola, —saludó una mujer interrumpiéndonos— ¿Queréis tomar una copa en el reservado conmigo y con mi marido?

La miré con fastidio por habernos interrumpido. Calculando que debía de haber sobrepasado ampliamente los cincuenta y muchos años. Vestía obscena y ordinariamente, con unas botas negras de altos tacones de aguja y un diminuto tanga rojo, que a duras penas podía distinguirse, escondido o sepultado, como se quiera decir, entre sus rollizas carnes. Sus pechos eran enormes y caídos. Destacando, una larguísima melena negra, que ensombrecía y endurecía en exceso sus facciones. Era como una grotesca aparición, sinónimo de ordinariez y chabacanería.

Iba a negarme, pero mi ahijado imprevisiblemente habló primero.

—Estaremos encantados de tomar esa copa.

La señora miró a Julen de arriba abajo, sonriendo y comiéndoselo con los ojos.

—Eres un chico monísimo. Y tú, —expresó refiriéndose a mí con cierta altanería—, no te muestres tan reacia, mujer. Un monumento así, hay que compartirlo.

Le dio dos besos primero a él, casi pegados a la comisura de sus labios. Luego se acercó a mí, besándome ambas mejillas, momento en que nuestros desnudos pechos se rozaron.

—Me llamó Conchi y mi marido Alfredo, está esperándome en el reservado. Normalmente, tengo mejor intuición para estas cosas que él.

—Encantada Conchi. Yo me llamo Olivia y él es Julen. Tomaremos esa copa, pero no estamos interesados en tener relaciones con nadie, solamente nos excita que nos miren.

—Entiendo… —Expresó sin ocultar cierta decepción, pero sin dejar de sonreír—. Si no hay posibilidad de intercambiar. Nos conformaremos con mirar, puede que a él también le guste observar el placer que puede ofrecer este cuerpo serrano —expresó, señalándose a sí misma. Marchándose hacia los reservados delante de nosotros. Contoneándose exageradamente y sin ningún estilo. Caminando sobre los altos tacones de sus botas, que le llegaban hasta medio muslo. Su culo era prominente, como si fuera una especie de contrapeso para sus enormes pechos. Sus carnosas y blancas nalgas, se balanceaban obscenas, mostrando sin ningún pudor algo de celulitis.

—¿De verdad quieres que lo hagamos delante de ellos? —pregunté sorprendida en voz baja. Pues a mi juicio, aquella mujer era el antónimo de la sensualidad y de la provocación.

—Ya sabes como me ponen las maduras, —me comentó, sin dejar de mirar su inmenso culo mientras caminaba.

No quise exponer mi opinión al respecto. Pero en ese momento hubiera preferido haber follado con la caliente preñada.

—Cariño, ellos son Olivia y Julen, han venido a tomar una copa con nosotros.

Tal y como me esperaba, el hombre era tan poco atractivo como su esposa. Tenía cerca de sesenta años, era completamente calvo, con un frondoso y teñido bigote negro zaino. Al contrario que su mujer, su cuerpo era raquítico, menudo y muy delgado. Permanecía sentado, vestido únicamente con unos calzoncillos negros.

—Encantado, soy Alfredo —se presentó, con voz aguardentosa. Dándome dos besos, primero a mí, y a continuación estrechó la mano de mi ahijado.

Estuvimos hablando un rato de cosas tan efímeras, que parecía mentira que estuviéramos en un club liberal. Nos contaron que llevaban casados más de treinta años y que tenían un hijo diez años mayor que mi ahijado, pero que residía fuera de España.

—Siempre fuimos un matrimonio totalmente convencional, si me hubieran dicho, —expresó Conchi sin parar de reír— que, a mi edad íbamos a venir a este tipo de locales, no me lo hubiera creído. Yo tengo una frutería y mi esposo conduce un taxi.

Julen se mostraba muy interesado en la historia de ambos, para él, escuchar aquello era como el guion de una película de bajo presupuesto. En ese momento sentí la mano de mi ahijado sobre uno de mis muslos. Estaba marcando su territorio, era su manera de decir, que yo era suya.

—¿Lleváis mucho tiempo viniendo? —preguntó Alfredo, sin perder detalle al gesto de Julen. Yo abrí mis piernas, permitiendo que el viejo pudiera verme las bragas.

—Es la primera vez. Olivia es mi madrina y le encanta ayudarme a cumplir todas mis fantasías.

—Pero que pedazo de golfa eres, Olivia. ¿De verdad te estás follando a tu ahijado? —exclamó Conchi riéndose obscenamente—. Eres un chico muy guapo. ¿Cuántos años tienes?

—Veinte, —respondió un tanto cortado.

—¡Qué rico tienes que estar, cabrón! A mí me vuelven loca los jovencitos como tú. Para viejos, ya lo tengo a él —replicó con sorna.

—Supongo que tendrás mucho éxito, eres una mujer que desprende mucho morbo, —respondió mi ahijado dejándome atónita.

Ella lanzó una grotesca y estridente carcajada. En ella todo era exageración: los atributos de su cuerpo, el tono de su voz, sus risas, sus gestos…

—Nunca follo con un hombre que sea mayor que mi hijo. A excepción de él, claro está, —respondió señalando nuevamente a su marido.

—¿Y cómo empezaste a seducir jovencitos? —interpelé con curiosidad, preguntándome que lleva a un matrimonio convencional, a introducirse en el mundo liberal, cercanos ya a los sesenta años.

Ella sonrió al recordarlo. Estaba claro que disfrutaba contando ese momento.

—Fue durante nuestras vacaciones en Calpe hace dos años. En el hotel coincidimos con un grupo de estudiantes, que estaban de viaje de fin de curso. Alfredo se subía a la habitación a echarse la siesta. Si no duerme un poco después de comer, no es persona. Yo aprovechaba ese rato, para bajar a tomar el sol a la piscina. Aquella tarde estaba en la tumbona medio adormilada, cuando me di cuenta de que tres de los chicos no dejaban de pasar a mi lado. Ellos debieron de creer que estaba dormida, con las gafas de sol no se percataron de que tenía los ojos abiertos. Se pararon frente a mí, y escuché decir sus comentarios «Me la follaría aquí mismo», sus compañeros rieron divertidos. «Menudos melones tiene que tener». No sé por qué, pero no me pude quitar ese momento en todo el día de la cabeza. Me parecía increíble que una mujer de mi edad, pudiera despertar el interés de unos chicos tan jóvenes.

—Estás estupenda, Conchi. Yo pienso lo mismo que ellos, —la interrumpió Julen.

—Gracias, cariño —indicó sonriendo—. Cuando subí a la habitación a despertar a mi marido. Le pedí que me follara. Era como si hubiera vuelto a rejuvenecer veinte años. Mientras mi esposo me daba lo mío, yo pensaba en aquellos jóvenes, en su modo de mirarme, de hablar de mí entre ellos. A la tarde siguiente los esperé en el mismo lugar, deseosa de volver a experimentar el mismo juego. En el fondo me parecía algo totalmente inocente, que no debería de hacer daño a nadie. Solo quería sentirme deseada. La tarde antes me había comprado un bikini blanco, te juro que hacía como veinticinco años, que usaba únicamente bañador. La verdad es que nunca he tenido un cuerpo como el tuyo, —comentó mirándome a la cara—. Pero pasó el rato y los chicos no aparecían. Pensé que tal vez estuvieran de excursión o que, en el peor de los casos, se hubieran marchado. Pero justo cuando me levanté para irme para despertar a mi esposo, los vi acercarse. Se me quedaron mirando descaradamente. Entonces dejé mis cosas de nuevo sobre la tumbona y pasé junto a ellos, en dirección al pequeño bar de la piscina, compré una botella de agua y regresé disimulando. A mi lado había una joven con cuerpo perfecto haciendo toples, pero ellos la ignoraban y únicamente se centraban en mí. Todo sucedió tan rápido que no me dio tiempo a pensarlo. Uno de ellos me preguntó si nunca bajaba a bañarme la playa, entonces comenzamos una conversación que hizo que los tres terminaran sentados al borde de mi tumbona, para hablar conmigo. Poco a poco entramos en cuestiones más personales, uno de ellos era bastante más descarado. «¿Supongo que por las noches saldréis de fiesta y ligaréis con chicas?», les pregunté. «¿No me gustan las chicas de mi edad, prefiero mujeres como tú?». Os juro que ese comentario hizo que mi chocho palpitara.

—Me la estás poniendo tremendamente dura, Conchi, —comentó Julen poniéndose de pies, para desprenderse de los pantalones y de la camisa.

—¡Buf, cariño! Que bien atendida tienes que tener a tu madrina, con semejante pollón. Te iba a dejar seco. —manifestó sin dejar de mirar hacia la entrepierna de mi ahijado

—¿Te los follaste? —preguntó Julen adelantándose al final de la historia.

—El único hombre con el que yo había estado hasta ese día, había sido mi marido. La tarde siguiente me estaban esperando junto a los ascensores. El más atrevido se acercó a mí y cogiéndome de la mano me dijo que los acompañara, que querían enseñarme una cosa que estaban seguros de que me iba a gustar. Cuando me quise dar cuenta estaba encerrada en una habitación con aquellos tres chicos. «¿Te gustaría ver cómo nos pones de cachondos?». No respondí, no me atreví a hacerlo, pero me quedé quieta esperando. Entonces bajaron sus bañadores y me enseñaron al mismo tiempo sus bonitas vergas. Estaba como en trance, nunca había vivido algo tan morboso. Javi me cogió de la mano y la posó sobre la polla de uno de sus compañeros. Me sentí la mujer más deseada del mundo, y eso me volvió loca. Aquel demonio de chico, me abrazó por detrás, y mientras me besaba la espalda y el cuello, noté su dura polla sobre los cachetes de mi culo. Sabía que estaba tratando de desatarme el sostén de bikini, mis tetas cayeron por su propio peso, al tiempo que seis manos se apoderaban de ellas. Las denominaron con todo tipo de adjetivos: Melones, ubres, tetazas… Perdí el control.

—Tienes unas tetas preciosas, —comentó mi ahijado, observándolas desde cerca

—Es curioso, toda mi vida he deseado tener menos delantera. Siempre he estado acomplejada por mi excesivo pecho, además de los problemas de espalda que me ha provocado, debido a su constante peso. En cambio, ahora estoy encantada, los chicos se vuelven locos por ellas. ¿Quieres tocarlas, cariño? La Conchi te deja que des un buen festín con ellas, —comentó mirando a Julen y hablando de ella en tercera persona.

Mi ahijado ni siquiera me miró, me dejó y se sentó al lado de ella. Me sentí abandonada, era como si de repente él hubiera perdido el interés por mí. Aquella ordinaria mujer con su desmesurado cuerpo lo atraía como un imán.

—¡Qué rica estás Conchi! —Comentó pasando la legua por sus pezones— Continúa contándolo, por favor.

Ella lanzó una vulgar carcajada, sujetando la cabeza de mi ahijado para apretarla contra sus desmesurados pechos.

—Sigue comiéndome las tetitas y te lo contaré todo, mi amor. Uno de ellos comenzó a besarme la boca, él nunca me había besado así —indicó, señalando a su marido—. Cuando el primero abandonó mi boca, otro de sus compañeros ocupó su lugar. Yo mantenía los ojos cerrados, no sabiendo en ningún momento con cuál de ellos me estaba besando en cada turno. Aquellos cabrones no dejaban de manosearme, mientras noté como caía la braga de mi bikini hasta mis tobillos. Mi primera rección fue taparme el pubis, con las manos. Me sentí avergonzada. Incluso, os juro que cuando acudía al ginecólogo me daba cierto reparo. Aquello estaba yendo demasiado lejos, por un momento parecía que estaba comenzando a recobrar parte de mi cordura. No insistieron de momento, se conformaban con besarme y tocarme a su antojo los pechos. Reconocí la voz de Javi, el más decidido de los tres chicos, que susurrándome al oído me dijo: «Estoy seguro de que tienes un coño muy bonito, que me gustaría poder besar», me agarró de la muñeca, retirando así mi mano de la entrepierna. Estaba completamente desnuda ante aquello tres imberbes. «La muy puta lo tiene chorreando», escuché decir, mientras una mano desconocida se apoderaba de mi chocho. Luego todo pasó en pocos minutos, me tumbaron en la cama y Javi se subió encima de mí. «Te voy a follar». Me dijo colocando su cipote en la apertura de mi chocho. A causa de lo cachonda que estaba, únicamente ese primer roce me dio más placer que el que había experimentado jamás. Me la metió de un seco y certero golpe y comenzó a follarme. Fue como el despertar a la zorra que llevo dentro, comencé a gemir y chillar como nunca antes había hecho. Los otros dos chicos miraban como me follaba su amigo, esperando su turno, ansiosos.

—¿Te hizo correr? —la interrumpió mi ahijado.

—¿Qué si me corrí? Como una loca, mi amor. Nunca me hubiera imaginado que se pudiera sentir algo así. Los muy cabrones ni siquiera usaron condón. Cuando el primero eyaculó dentro de mi coño, lo sustituyó otro de los chicos. Y así fue hasta que los tres se saciaron de mí. Cuando regresé un rato después a mi habitación a despertar a mi esposo, llevaba las tres corridas dentro de mi chocho. Pensé que me sentiría mal por lo que había hecho, pero no fue así, había tocado el cielo y ya no quería vivir una vida normal. Por lo tanto, solo había dos caminos: seguir engañando a mi marido o decírselo todo.

—¿Se lo contaste esa tarde? —pregunté la única parte del relato que de verdad me interesaba. Yo había vivido experiencias parecidas a las de Conchi, pero nunca se me había pasado por la cabeza, contárselas a mi esposo.

—No, no encontré el momento durante los días de vacaciones que nos quedaban. Comencé a contárselo, una noche mientras me estaba follando en nuestra cama. Claro, no se lo detallé todo, fui preparándolo poco a poco. Desde que habíamos venido de Calpe yo estaba todo el santo día, cachonda como una perra. Mi marido es muy fogoso y estaba encantado, yo nunca me había comportado así. Por lo tanto, le comencé a decir que estaba así de caliente debido a que unos jóvenes, se habían pasado piropeándome y diciéndome cosas atrevidas en Calpe, mientras él dormía la siesta y yo bajaba a la piscina. Poco a poco, le fui contando más cosas: que me había dejado tocar un poco en los ascensores, que me había besado con uno de ellos… La situación excitaba a Alfredo. Hasta que un día nos metimos en un chat de internet y hablamos con un chico. Mantuvimos una conversación muy caliente, al día siguiente mi esposo llegó a casa con una webcam. Esa noche acabé masturbándome totalmente desnuda, frente a la cámara, ante un desconocido que hacía lo mismo desde su casa. Cuando corté la conversación, mi marido me jodió como jamás lo había hecho en toda su vida. Mientras lo hacía, yo me sinceraba y le contaba que me había dejado follar por aquellos tres chicos en Calpe. Después de correrse, le vino un bajón y estuvo unos días dolido conmigo. El muy cabrón casi ni me hablaba, y cuando lo hacía era para insultarme y decirme que debería contárselo todo a nuestro hijo, para que supiera así lo puta que es su madre. Pero al final, una vez que lo asumió todo, volvimos a jugar por Internet. Durante meses, todas las noches me desnudaba para un desconocido diferente. Fue entonces cuando descubrí la atracción que despertaba en los chicos como Julen.

—¿Volviste a follar con ellos? —preguntó mi ahijado, sin apartarse un segundo de sus pechos.

—Sí, me pasaba el día esperando que llegara el momento de la sobremesa. Las dos siguientes tardes repetimos.

—La muy puta, dejó incluso que se la metieran los tres por turnos, en su enorme culo. Hay que ser guarra… —expresó Alfredo, que hasta ahora prácticamente había permanecido en un segundo plano—. La muy zorra a mí nunca me había dejado ni siquiera intentarlo y, en cambio, aquellos chavales se la pasaron por la piedra.

Conchi estalló en una nueva risotada.

—Es cierto, —reconoció sin dejar de reír—. La última tarde que nos quedaba de vacaciones, como despedida, terminaron los tres dándome fuertemente por el culo. Nunca nadie lo había hecho y me dolió una barbaridad. Creo que todo el hotel, menos el lelo de mi marido, que dormía plácidamente imaginándome tomando el sol en la piscina, debieron escuchar mis gritos. Me dejaron el culo, que no pude sentarme en dos días. —Entonces Chonchi, hizo una breve pausa y miró descaradamente hacia la entrepierna de mi ahijado—. ¡Pero qué cosa más bonita tienes entre las piernas, cariño! —Comentó obscenamente.

—¿Quieres tocarla? —preguntó Julen riéndose.

—¡Menudo rabo, tienes, cabrón! —Exclamó abarcándola con la mano—. Tienes que tener a la zorra de tu madrina, bien contenta.

Julen rio divertido en su papel de macho Alfa.

—Creo que Olivia no tiene queja. Me gustas mucho, Conchi. Las maduras como tú, sois mi debilidad.

—Me encanta escuchar esa frase, —manifestó ella, comenzando a masturbarlo—. Me la dicen tan a menudo…

—¿Me dejarás follarte?

—Claro cariño, sabía que terminarías pidiéndomelo. Te aseguro que por bien que te lo haga esa golfa, —indicó apuntándome con el dedo—, “La Conchi” te lo hará aún mejor. Pero ella tendrá que entretener a Alfredo. Mi esposo no ha venido a mirar…—La escuché decir, como si yo no estuviera presente.

Julen se alejó de ella y se aceró a mí, dándome la mano para ayudarme a levantar. Pensé que todo había concluido, y que tal vez, querría follarme en otro sitio. Pero comenzó a besarme de forma apasionada, sentí como sus manos bajaban la cremallera de mi vestido, cayendo por su propio peso hasta el suelo. Quedándome expuesta, solamente con un pequeño tanga, las medias hasta medio muslo y mis zapatos de tacón. Agarré su polla, quería poseerla, sentirla entre mis piernas.

—Te quiero, mi amor… —expresé ansiosa.

—Voy a follarme a Conchi —susurró en mi oído. Necesito metérsela.

Miré a la mujer sin llegar a comprender como podía sentir deseos por ella, teniéndome a mí. Cualquier hombre, en su sano juicio, no hubiera dudado un solo segundo.

—Vamos fuera, haré lo que me pidas. Te lo juro, —le rogué intentando llevármelo. Sabía las ganas que mi ahijado tenía de practicar sexo anal conmigo. Yo también lo deseaba, pero había ido resistiéndome para aumentar aún más sus ganas de hacérmelo—. Dejaré que me des por el culo. Pero vámonos.

Cogiéndome por una mano, me hizo dar una vuelta de trescientos sesenta grados.

—Está buena, ¿eh? La hija de puta, es guapa de cojones…—Comentó soezmente mostrándome a Alfredo, que permanecía sentado.

—Es un mujerón, un pedazo de hembra. Te aseguro que estaré encantado de cambiártela por la zorra de mi esposa, —manifestó Alfredo, hablando de nosotras como quien intercambia cromos. A continuación, se puso de pies y se acercó a mí.

Julen no respondió, me soltó. Dejándome abandonada como el niño que se aburre de un juguete. Me sentí ridícula allí, de pies semidesnuda, entregada a aquel mamarracho. Rechazada, por una mujer sin ningún atractivo y al menos quince años mayor que yo. Observé como se sentaba a su lado manoseando una de sus piernas, y a continuación comenzaba a besarla, de la misma forma que un momento antes había hecho conmigo. Alfredo me abrazó por detrás, yo era bastante más alta que él, parecía un auténtico monigote a mi lado. Sus manos agarraron mis senos mientras restregaba su hinchada verga contra mi culo.

No sabía qué hacer, una parte de mí me gritaba interiormente que me marchara de allí. Sin embargo, mi vena sumisa y complaciente con mi ahijado, me obligaba a quedarme allí esperando.

—Si tu chico quiere joderse a mi mujer, tú tendrás que hacer lo mismo conmigo. Es lo justo. Se llama intercambio de parejas, putita, —protestó Alfredo, al comprobar la frialdad y la impasibilidad con la que yo me comportaba.

Mi ahijado debió de escuchar la queja de aquel hombre, que ponía en peligro el poder estar con Conchi.

—Olivia se portará bien. Ella siempre hace lo que yo le dijo. ¿Verdad, madrina?

No respondí. Ser sumisa es muy placentero para mí, ya que pocas cosas consiguen excitarme tan desaforadamente, pero en determinadas situaciones, la parte más racional me hace sentir avergonzada por ser así.

—Has oído a tu chico, ¿verdad? ¿Tratarás de complacerme?

Yo moví la cabeza de modo afirmativo. Le acababa de entregar mi cuerpo para que pudiera usarlo.

—Pues entonces comienza por enseñarme el conejo tan rico, que seguro que tienes.

Me bajé las bragas, obediente. Dejándolas junto a mi vestido, tiradas en el suelo. Luego me di la vuelta para mostrarle mi sexo al desnudo.

—Fóllatela, mi amor —escuché, el irritante tono de voz de ella a mi espalda.

—Precioso, me encantan los chochitos así de depilados. Estás casada, ¿verdad?

—Sí, —expresé con cierta timidez, sintiendo sus dedos tocándome la vagina.

—¿Sabe el cornudo que te follas a tu ahijado?

—No. Él no sabe que yo soy así —reconocí avergonzada.

—Mejor, encuentro un aliciente más, el ponerle los cuernos a un hombre. Que a mí esa guarra ya me los ha puesto bastante… ¿Tienes hijos?

—Dos chicos. El pequeño tiene once años.

De todas las parejas que había en el local, seguramente ellos debían ser los menos atractivos para mí. No comprendía la fascinación que había sentido mi ahijado, por las desmesuradas curvas de esa mujer. Desde el principio de nuestra relación, Julen siempre me confesó su predilección por mujeres casadas y maduras, yo era un ejemplo de ello. «Las mamás cachondas», nos llamaba con cierto morbo. Pero pensé, que se refería a mujeres atractivas, cercanas a los cuarenta, con cuerpos muy cuidados.

La boca de mi ahijado lamía sus interminables pechos. Perdido en medio de ellos, aún se distinguía más claramente su insultante juventud

—¿Te gustan mis tetas, mi amor? —preguntaba ella elevando el tono.

—Me encantan. Me voy a correr en ellas.

Conchi lanzó una obscena carcajada. Le divertía, el efecto que sus ajamonados senos, producía en los chicos jóvenes como él.

—Todos lo hacéis, cariño. Todos queréis en el primer polvo que me echáis, llenarme las tetas con vuestra lefa, —manifestó usando el plural.

Ahora era Alfredo el que besaba las mías, palpándolas y lamiéndolas a su antojo. Yo estaba más pendiente a mi ahijado, que a lo que estaban haciendo conmigo. Sentí aquella asquerosa lengua, ascendiendo por mi cuello, lamiéndome obscenamente la cara hasta llegar a la comisura de mis labios. Cerré la boca, no quería que me besara. Eso es algo que no soporto, cuando no me siento atraída por un hombre.

Observé como Julen se ponía de pies, y agarrando el tanga de ella, tiró hacia abajo, enganchándose primero en un tacón de la bota, cayendo a continuación sobre las mías, que seguían abandonadas en el suelo, junto a mi vestido negro. Me fijé en como Conchi abría, sin ningún tipo de pudor, sus redondos muslos mostrando obscenamente su sexo. Llamándome poderosamente la atención, una espesa mata de bello muy rizado y negro. Pensé con cierto regocijo, que tal vez mi ahijado sentiría algo de repulsión al ver aquel coño tan velludo. Él estaba acostumbrado a encontrar sexos femeninos más cuidados, ya que tanto yo como su chica, lo llevábamos completamente rasurado. Sin embargo, a veces un hombre puede sentirse interesado, por descubrir ese tipo de contrastes. Percibí como se le iluminó la cara, y poniéndose de rodillas entre aquellos rollizos muslos, comenzó a comerse aquella inmensa vulva, enterrada entre aquella negra maraña.

—¡Dios! —Gritó ella al sentir ese primer contacto—. Zorra, que bien has enseñado al crío —me gritó, al tiempo que colocaba las negras botas sobre los hombros de Julen.

Los labios de Alfredo se apoderaron de los míos y comenzó a besarme. Sentí asco y repulsión, no podía evitarlo. Mantuve fuertemente la boca cerrada, pero él me la chupaba obscena y asquerosamente. Por un momento miró hacia ellos y dejó de lamerme, observó durante unos pocos segundos, como mi ahijado llevaba casi al éxtasis a su rolliza y viciosa esposa.

—Todos se enganchan a su bendito conejo, como posesos. Pero ahora me toca a mí probar el tuyo.

Yo misma me senté en el sofá y me abrí de piernas. No tardé en sentir la lengua del estrafalario hombre buscando mi clítoris. No me apetecía, seguía sin sentir ningún tipo de deseo hacia él. Incluso, en esos momentos no estaba ni tan siquiera excitada. Pero prefería mil veces aquello, a que siguiera besándome.

—Ah, ¡qué rico! ¡Qué bien lo comes, mi amor! ¡Me vuelves loca, cariño! ¡Cómeme el chocho, cabrón!  —Comenzaba a gritar Conchi, descontroladamente. Soltando toda clase de ordinarieces.

Cerré los ojos, no podía evitar sentirme celosa. Intenté concentrarme en las caricias que la lengua y los dedos de Alfredo, proferían en mi sexo, imaginándome que era la boca de Julen.

Cuando volví a mirarlos habían cambiado las tornas. Ahora era ella, manteniéndose sentada sobre el sofá, mientras él estaba de pies, la que le hacía una ferviente felación. Su verga se perdía en su boca, mientras mi ahijado la sujetaba por la cabeza, intentando embutirle cada centímetro.

Aún me parece estar escuchando el gutural sonido que hacía su verga cuando se encajaba en su garganta. Al menos, en un par de ocasiones, ella tuvo que recular hacia atrás, escapando así de las violentas embestidas que él le profería. Teniendo un par de fuertes arcadas. De la boca de aquella vulgar puta, colgaban hilos de saliva que impregnaban obscenamente sus tetas.

—Vamos, Conchi. Deja que te la meta hasta el fondo, —decía mi ahijado disfrutando del atoramiento de ella.

Alfredo salió de entre mis piernas, y sin comentar nada comenzó a ponerse uno de los preservativos que permanecían desparramados sobre la mesa. «Va a follarme» pensé, un tanto angustiada.

—¿No prefieres que te la chupe? —Pregunte, haciéndome la complaciente por primera vez en toda la noche. Intentando eludir que esa birria de hombre, me follara.

—Quiero joderte el precioso coño que tienes, —contestó con su aguardentosa voz que parecía salir del centro de la tierra. —Ponte a cuatro patas sobre el sofá.

Mi ahijado me miró un momento. Creo que sintió mis dudas, percibiendo claramente el enorme rechazo que ese escuchimizado hombre me producía.

—Vamos, cariño, —me dijo Julen con inmensa ternura—. Deja que te la meta.

No hubo más que decir, me situé sobre el sofá como una perrita obediente, ofreciendo así mis partes traseras.

—¡Qué buenas estás! —exclamó palpando mis nalgas, abriendo soezmente mis cachetes para separarlos. Acercó su boca hasta mi ano y comenzó a lamer. Eso me hizo olvidarme por un momento de todo, ya que es algo que consigue volverme completamente loca.

—¡Ah…! —Expresé chillando por primera vez en toda la noche, moviendo mis caderas hacia atrás, buscando un mayor contacto con esa lengua—. Sigue, me gusta.

Cerré los ojos concentrándome en aquel inmenso placer, que aquel hombre me estaba ofreciendo sobre una de mis zonas erógena más sensitivas. En ese momento, sin dejar de besarme el ano, percibí dos de sus dedos que comenzaban a penetrar mi vagina.

—Vas de señoritinga con clase, —me acusó—, pero luego te pones igual de cerda cuando te comen el culo. ¡Pero qué perra eres! —Exclamó— Se nota que tienes más kilómetros que mi taxi.

La siguiente escena que recuerdo cuando abrí los ojos, fue a mi ahijado sentado en el sofá, y Conchi de cuclillas sobre él, follándoselo. Los altos tacones de sus botas negras, se clavaban en el cuero sintético negro, del sofá, amenazando con agujerearlo.

Me parece estar viendo los hoyuelos que la celulitis le producía, en sus grandes nalgas, que botaban al ritmo de su desatada cabalgada. Mientras, de vez en cuando, mi ahijado le propinaba un fuerte azote, tal y como él sabía que a mí me gustaba.

Mientras aquel culo iba enrojeciendo, se percibían claramente los dedos de la mano de mi chico, como si estuvieran impresos en su piel. Ella gemía como un animal embravecido. Se estaba corriendo como una perra. Lo siguiente que sentí, fue la polla de Alfredo apretando contra la entrada de mi vagina. Había llegado el momento, ya no había vuelta atrás. Estaba pagando la grotesca fantasía de mi ahijado, dejándome follar por un enclenque hombre, que no despertaba en mí, más que un hondo rechazo.

Mi vagina acogió aquella verga que entraba y salía incesantemente de mi sexo.

—¿No te jode lo suficiente tu marido, perra? —me preguntaba soezmente, y eso era algo que yo no estaba dispuesta a responder. Tampoco me atreví a censurarlo, necesitaba que aquel esperpento se corriera cuanto antes.

—Conchi. ¡Me encantas! —Exclamaba de frente mi joven ahijado desaforado. Totalmente embelesado y fascinado, por aquellos enormes pechos que subían y bajaban como si fueran enormes campanas.

Yo estaba lejos de alcanzar el orgasmo cuando sentí, que los movimientos de Alfredo se aceleraban.

—¡Vamos, golfa! Ponte de rodillas —exigió sacando su polla de mi vagina apresuradamente.

Sabía lo que quería y obedecí complaciente. Creo que lo hice sin pensarlo, casi instintivamente.

Me puse en cuclillas apoyando mis redondas y blancas nalgas sobre los talones. Abriendo mi boca y mirándolo a los ojos, saqué todo lo que pude la lengua.

El hombre se quitó el condón con extrema urgencia, tirándolo como un despojo sobre la mesa. Permaneciendo de pies frente a mí, comenzó a masturbarse tan frenética y enérgicamente, que temí que pudiera fracturarse el pene.

—¡Córrete!  —Exclamé, intentando incentivarlo para que terminara cuanto antes.

—¡Toma, perra! —Gritó, justo un segundo ante de que comenzara a descargar su semen sobre mi cara.

Su primera sacudida cayó directamente sobre mi lengua, que permanecía obscenamente fuera de mi boca, tratando de estimularlo al máximo. Los siguientes estallidos de leche caliente, salpicaron mi rostro, mi pelo, mis tetas… Dejándome, como se suele decir, echa unos zorros.

—Dame un pañuelo de papel, por favor. —Le pedí sin poder abrir los ojos, antes de proceder a limpiar mi mancillado rostro.

—Joder que gusto me has dado… Nunca me había follado a una mujer como tú… —Reconoció—. ¿Tú has disfrutado? —preguntó subiéndose los calzoncillos.

Me quedé cayada unos segundos. Por una parte, estaba contenta de que todo hubiera terminado. Pero, por otro lado, me sentía mal usada. En ningún momento había notado, ni por asomo, la llegada de un orgasmo. Me levanté sintiendo mis piernas entumecidas, debido a la postura.

—Sí, claro, —respondí secamente. Al tiempo que recogía mis bragas del suelo y comenzaba a vestirme.

—¡Ah, Conchi! ¡Conchi, me corro! —Comenzó a exclamar mi ahijado, justo cuando quitaba el tanga de esa mujer de encima de mi vestido nuevo. Arrugado como un trapo y tirado en el suelo.

—¿No decías que querías echarme tu lefa en las tetas? —preguntó ella riéndose, un par de minutos más tarde, cuando mi ahijado recuperaba el aliento.

—No me ha dado tiempo, —respondió con la respiración agitada—. Eres una joya, Conchi. Una hembra de pies a cabeza.

—Gracias, mi vida. Si te ha gustado, podemos repetir otro día, —dijo ella tratando de incorporarse con dificultad—. Puedes venir a mi casa, tengo una cama enorme. Si quieres luego te doy mi número de teléfono.

Diez minutos después, abandonamos por fin el local.

—Espero que hayas disfrutado, en mi caso te aseguro que ha sido difícil dejarme follar por un hombre así, —expliqué poniendo en marcha el coche.

—Ha sido una pasada, —respondió aún eufórico— Conchi es una mujer espléndida.

—¿Vas a llamarla? —interpelé arqueando las cejas, mostrando así mi asombro.

Él me miró aparentando sorpresa.

—¿No estarás celosa? —Preguntó sonriendo—. ¿Te molestaría si vuelvo a verla?

—No somos pareja, —expresé con cierto desdén—. No tienes que darme cuentas de nada. La cornuda es tu chica, no yo.

—Es cierto que no tengo que pedirte permiso, a saber, con quien jodes tú —respondió, poniendo una mano entre mis muslos, que me hizo sentir un tremendo escalofrío. Cuanto más autoritario se mostraba, más atraída y enganchada por él, yo me sentía

—Es solo que nunca pensé que pudiera gustarte alguien como ella.

—A veces, cuando me masturbo viendo videos por Internet, me gusta buscar mujeres así. En ocasiones me excitan esos videos bizarros y más ordinarios. Para mí, ha sido como protagonizar una de esas obscenas y amateurs grabaciones, donde salen mujeres parecidas físicamente a Conchi. Ya sabes… con tetas y culos enormes, coños peludos y vulgares. Gracias a ti Olivia, he podido cumplir esa fantasía.

Yo sonreí complacida, me encantaba poder ofrecerle a mi ahijado todos sus caprichos. Para algo yo era su madrina.

Este relato está sacado y adaptado, de un capítulo de mi novela publicada en Amazon «Mi ahijado, mi joven Capricho». Si te gustan mis relatos, atrévete también con mis novelas autobiográficas.

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