TANATOS 12

CAPÍTULO 30

Aquella angustia en cadena me asfixiaba a mí tanto como tenía que estar asfixiándola a ella. Pero al menos María tenía poder de decisión, con consecuencias en caso de que decidiera parar aquello, pero con decisión al fin y al cabo. Sin embargo yo lo único que podía hacer era caminar hacia el telefonillo.

Descolgué, nerviosísimo, tenso y aturdido, y escuché al otro lado del aparato voces y movimiento, y la puerta del portal cerrarse, por lo que deduje que algún vecino le habría ya abierto la puerta a Rubén. Y entonces abrí yo la puerta de nuestra casa, un poco, y no sé por qué comencé a pensar en lo que pasaría si ese vecino o vecina supiera lo que estaba pasando, si supiera a quién acababa de abrirle la puerta, y me estremecí, pues no lo podrían creer… no podrían ni imaginar que aquel corpulento hombre entraba en su edificio para… follarse… a esa chica… guapísima… e inalcanzable… que vive con su novio, con el que se va a casar… Esa abogada que baja en el ascensor, elegante, seria, algo engreída, y hasta seca en ocasiones… Y que, además… su novio mirará mientras la follan…  y todo organizado por el antiguo jefe de ella y amante preferido. Y quizás, o seguramente, el vecino que le abrió se habría masturbado pensando en ella, o, de ser vecina, la habría envidiado y criticado.

Pensaba en eso mientras volvía al salón y al mundo real, y entonces volví a ver a María, sin moverse, allí, esperando, con aquel uniforme que la hacía parecer algo ridícula, pero no del todo, como si consiguiera llevarlo con una cierta dignidad, a pesar de ser aquello un verdadero disfraz, sobre todo para toda una mujer, en plenitud y exuberancia, como ella.

La miraba y quería que me dijera algo. Veía su espalda rígida, y entonces, no sé por qué, susurré:

—María…

No dije nada más, sin entender si por el mero hecho de pronunciar su nombre estaba demandando una explicación. Y entonces, ella, sin girarse, dijo:

—Apaga la luz de arriba y enciende la lámpara. Haz el favor.

Lo dijo con tal poso y solemnidad que me impactó. Y obedecí y comencé a escuchar unos pasos pesados y rápidos por las escaleras al tiempo que se creaba un resplandor tenue en aquel habitáculo agobiante, que no parecía en absoluto el salón de siempre, sino algo turbio, prohibido y opresivo.

Aquellos sonidos me indicaban que Rubén había descartado el ascensor y yo me dirigí a la puerta y una vez allí me lo encontré, de frente, pues él empujaba la puerta que yo atraía hacia mí.

Me pareció más grande y fuerte que la otra vez, con unos vaqueros claros y una camiseta blanca. Con su calva, su barba y sus ojos azules. Me pareció más joven que en el restaurante. Y alargó su mano para estrechármela, y me la apretó con fuerza, y noté sus manos frías, y vi sus ojos rojos, y pasó por delante de mí, oliendo a alcohol.

Su entrada era abrupta, errática y acelerada, y, tan pronto me sobrepasaba, esbozaba un “¿Por aquí?” arrastrado y nervioso.

Ambos llegamos al salón y apareció la pieza de caza, la entregada por Edu, antes por mí, o por los dos, o ya no sabía ni cómo verbalizarlo. Aquella pieza disfrazada y sometida, pero que quería mantener su dignidad a pesar de tener todos los elementos en contra.

Ella allí, quieta, obediente… y Rubén, a mi lado, no parecía saber qué hacer.

—¿Entonces tú eres su novio? ¿Siempre lo has sido? —preguntó él entonces, en un tono algo alto y accidentado. Nerviosísimo.

Antes de que yo dijera nada, él mismo continuó:

—Perdona, me ha dicho Eduardo que no preguntara mucho y es lo primero que he hecho.

La situación era extrañísima y tensa. Y entonces vi mi teléfono, que estaba sobre la mesa de centro, iluminarse, y fui a cogerlo, al tiempo que Rubén posaba allí su móvil y su cartera, y María no se movía y seguía dándonos la espalda.

El chico se decidió a acercarse a María al tiempo que yo leía que Edu me escribía. Yo, tensísimo, casi tanto o igual que Rubén, miraba mi pantalla mientras también controlaba como él se colocaba tras ella, sin saber cómo abordar semejante regalo.

—¿Cómo va? —leí en mi teléfono a un Edu impaciente, y me sentí extrañamente bien porque me escribiera de forma individual, y pidiendo información, como si aquello me diese algo de poder sobre él.

Rubén posaba sus manos, que se podrían ver temblar a veinte metros de distancia, sobre la cintura de María; parte sobre camisa y parte sobre falda, y yo podía sentir aquel tacto y sus nervios como si yo fuera él. Y entonces le escribí a Edu:

—Él está bastante nervioso.

—Es que tú no sabes quién es María —respondió Edu inmediatamente.

—Sí que lo sé —respondí yo al tiempo que Rubén pegaba su torso a la espalda de María y me llamaba más la atención su corpulencia.

Edu parecía no querer saber más, y Rubén comenzó a acariciar el culo de María, sobre la falda, con un cuidado exagerado, como si temiera romperla sin querer. Y entonces ella se movió por fin, llevando su mano a su melena para despejar un lado de su cuello, como incitándole a que besara allí, a que tocara piel por fin, y entonces él susurró un tembloroso y revelador: “Es que no me lo creo…”

Yo quise ver la cara de María, así que caminé despacio hasta ver sus ojos llorosos y entrecerrados. Parecía algo mecida, extraña, pues lucía calmada pero a la vez encendida, y entonces me miró, y él se atrevió a posar su aliento y sus labios en aquel cuello que María ofrecía… Y yo sentí una tremenda excitación y pude ver claramente el contorno de los pechos de María bajo la camisa blanca y hasta sus pezones marcando claramente la tela y la situación, y aquello me revelaba que no llevaba su sujetador y que su excitación no había descendido desde que había visto a Edu aquella tarde.

Aquel beso en su cuello se alargaba y derivaba en pequeños besos sonoros, y él cerraba los ojos y no se atrevía a tocar apenas nada… y su lenguaje corporal parecía mostrar que había soñado con aquello no una sino muchísimas veces. Y más besos aterrizaban en su cuello y sus manos seguían castas en la cintura de María y yo me lo imaginaba sirviéndole cafés todas aquellas mañanas… deseando que dieran las once o la hora que fuera para deleitarse con su belleza y con su porte… y que quizás hubiera suspirado por ver alguna mañana un botón desabrochado de más, o un poco más de pierna, o quizás algún día un centímetro del encaje de sus medias… o un milímetro de sus sujetador en un descuido… y que ahora… la tenía allí, de aquella forma, en su casa, entregada como un obsequio inesperado.

María me sacó de nuevo de mis ensoñaciones y susurró entonces, y mirándome, un “tranquilo…” que por primera vez no era para mí, y que nos revelaba que notaba el temblor de sus manos y de su cuerpo. Y él, entonces, como queriendo contraatacar y ocultar su nerviosismo, respondió con un “¿no te giras?” que volvió a sonar arrastrado y un poco ebrio.

Ella parecía aceptar y echaba una mano hacia atrás, como para apartarle un poco y poder maniobrar, y él se retiró y ella se volteó y se bajó del sofá hasta completar el movimiento, quedando ambos, de pie, frente a frente.

María le miraba, seria, y mandaba, a pesar del ridículo disfraz de colegiala, de aquella falda tableada y de aquella corbata. Y él, de nuevo, quiso hacerse valer, y llevó sus manos a su camiseta, como si exponer su torso pudiera darle seguridad, y se quitaba la prenda blanca… sacando a la luz unos pectorales extensos y un vientre hinchado, con unos abdominales prominentes pero no esculpidos, como si tuviera barriga y abdominales a la vez.

A su favor jugaban su cara suficientemente agraciada, su cuerpo y la obediencia de María a Edu, pero en su contra lo hacían su embriaguez, sus nervios y una veneración hacia ella que yo sabía era contraproducente.

Y, entonces, allí, frente a frente, con el imponente torso desnudo de él, y con los pezones de María marcando permanentemente la camisa de la hija de Carlos, Rubén dijo:

—Es que no sé qué tengo que hacer…

Y aquello sonó entregado y desbordado. Y yo creía que María pondría de su parte para que todo comenzase a fluir. Pero entonces dijo:

—¿Has tenido que emborracharte para atreverte a venir?

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