TANATOS 12

CAPÍTULO 29

Sonó aquel terrible claxon otra vez, y tuve que reiniciar la marcha, y no podía ver lo que María le escribía, pero sabía que lo hacía. Y me moría. Literalmente me moría por saber qué plasmaba ella, en aquella pantalla, con aquellos dedos errantes y nerviosos.

Ella dejó en seguida de escribir, y miraba su teléfono de vez en cuando, y yo no sabía qué decir, qué preguntar, y seguía impactado y bloqueado por cómo la había visto. Se me había quedado grabada en la mente la imagen de ella, con la boca entreabierta y aquella saliva colgando de su labio inferior… y su coño maltratado por sus dedos… y su braga de bikini exigida y vilipendiada… y sus pezones brillando y sus tetas hinchadas… moviéndose arriba y abajo, como todo su torso, por su respiración agitada… Y, mientras conducía, me preguntaba… “¿y ahora qué?”.

Se mantenía el silencio en aquel coche, silencio que rompí yo únicamente para preguntarle por qué Edu tenía el número teléfono de Rubén, y ella me contestó, seria, sin ganas de hablar, diciéndome que Edu se lo había pedido aquella misma noche, mientras yo había ido a nuestra casa a por ropa.

Y nada más. Yo la miraba y empezaba a pensar que era ella la que tenía que decirme lo que estaba pasando, que a poco que tuviera un poco de deferencia hacia mí debería hacerlo. A menos que aquella desconsideración formara parte del juego y de la escala de poder que se había creado.

Su sonrojo seguía intacto y sus pechos seguían atacando aquellos triángulos celestes, pero tras la parada y las órdenes de Edu, la saliva que había sido depositada en sus pezones transparentaba la tela azul, creando una imagen terriblemente impactante, con sus pechos hacia adelante, a ambos lados del cinturón de seguridad, y con aquel bikini mojado en la zona de sus pezones… los cuales se marcaban de una manera imponente y abusiva… y de nuevo aquella melena que caía espesa… con aquel flequillo que pretendía ocultar una vergüenza que no solo no se había ido, sino que había repuntado.

Llegamos al garaje y seguía mi martirio. Seguía aquella especie de castigo en cadena: de Edu a María y de María a mí, y yo pensaba que yo no lo merecía, y que María tampoco, pero después concluía que, merecido o no, algo dentro de nosotros lo deseaba.

Una vez allí, María se puso su camiseta y subimos en el ascensor. Y seguíamos en silencio. Y yo seguía sin saber nada. Y dudé en acercarme a ella, pero otra vez no me atreví. Ella no se miraba en el espejo, ni revisaba demasiado su teléfono… Parecía que lo que se hubiera acordado o desacordado estaba ya cerrado.

Entramos en casa y sus shorts vaqueros, tensos, como todo su cuerpo, pasaron por delante de mí, y supe que hacía escala en el cuarto de baño porque la escuché, pero no porque me dijera nada.

Me senté en el sofá y escuchaba el sonido de la ducha cuando mi bañador vibró y supe que era Edu, como si tuviera ya un sexto sentido que me indicaba cuando las cosas iban a reventar del todo.

Y no me equivoqué, y estaba tan nervioso por el silencio y el castigo de María que ni llegué a notar un incremento. Y vi que Edu nos enviaba una captura de pantalla de una conversación reciente con Rubén, y después él había escrito un texto. En el pantallazo se podía leer:

Edu: La tienes de ejecutiva, uniforme de colegio, o en plan cuero zorrón, con unos pantalones de cuero agujereados en el sitio preciso.

Rubén: ¿En serio?

Edu: Sí.

Rubén: Hostiás tío, lo estoy flipando. Espero que después no sea todo un puteo.

Edu: No lo es. Dime ya y le digo a ella.

Rubén: Joder, pues no sé si he entendido lo del cuero, pero bueno, el uniforme está bien.

Yo tragué saliva. Me llevé las manos a la cara. Su conversación terminaba ahí. Y me atreví a leer el texto de Edu, que decía: “María, ponte también el tanga azul que te dejé bien manchadito el otro día. Así cuando Rubén te lo quite piensas en mí”.

El sonido del agua de la ducha cesaba y ya solo escuchaba mi corazón latir. María estaba a segundos o escasos de minutos de leer la enésima tensada de cuerda de Edu. Y yo no sabía si ella aceptaba todo, nada, una parte, o ponía condiciones propias.

Y de nuevo mi mente iba a mí y a María, y me preguntaba qué querría María, y yo, como siempre, sentía que todo era a la vez maravilloso y una pesadilla, y quería que todo explotase tanto como que María apareciera tranquila, melosa, y que me dijera que estaba harta… y que solo quería que fuéramos ella y yo.

Tan pronto la escuché ir hacia el dormitorio me colé yo en el cuarto de baño, y, una vez allí, miraba el teléfono compulsivamente, ansioso por leer la respuesta de María, porque deducía que ya tenía que haberlo leído. Y uno, dos, tres minutos, allí, haciendo tiempo, bloqueando y desbloqueando el teléfono… y aquel chat no sufría variaciones, y sí lo hacía mi cuerpo… que sobrepasaba los límites conocidos de nerviosismo.

Comencé a escuchar entonces el sonido del secador de pelo de María, que provenía del dormitorio, y me decidí por fin a entrar en la ducha, y una vez allí el agua comenzó a intentar arrancarme el desasosiego, pero no lo conseguía, y miraba hacia abajo y mi miembro sí tenía las cosas más claras que yo, marcando una erección nerviosa que me resultó extrañamente desafiante, como si me dijera que dejara de intentar autoengañarme… que en el fondo sabía que quería la explosión total.

Salí de la ducha. Miré el teléfono. Y aquella conversación seguía intacta. Y era plenamente consciente  de que yo solo manejaba aquella información, sabedor del pequeño porcentaje que seguramente constituía, pero era lo único que tenía.

Me secaba en silencio, pretendiendo así que los sonidos de María desvelaran sus intenciones, pero apenas escuché nada. Y, una vez la oí caminar por el pasillo hacia el salón, decidí ir yo al dormitorio. Y me daba cuenta de que evitaba la confrontación a la vez que no quería incomodar su decisión… Pues sabía que, fuera la que fuera, no habría sido sencilla de tomar.

Una vez en el dormitorio me vestí con unos calzoncillos y una camiseta, y notaba que mi erección había descendido un poco, pero no así el latir de mi corazón y una especie de calor y frío simultáneo que me hacía sentir pequeños temblores involuntarios.

Miré de nuevo el teléfono y no vi novedad alguna. Y resoplé una vez más antes de atreverme a ir hacia el salón.

Pronto caminaba por el pasillo, con mi teléfono en la mano, y entonces este se agitó solo, haciendo que todo mi cuerpo hiciera lo propio. Y me detuve, allí, en el medio, en la penumbra, descalzo… y vi que era Edu, en nuestro grupo de tres, y entonces comencé a leer… a leer a medida que reiniciaba la marcha y caminaba hacia donde estaba María. Y la luz del salón se iba haciendo cada vez más presente y cercana, mientras leía:

Edu: Ya me he enterado de que habéis arreglado cómo recibirle. Me parece una postura muy sugerente.

Acababa de leer su última palabra y entraba en el salón, y mis ojos se iban hacia ella rápidamente, angustiados, histéricos… y veían a María, subida al sofá, de rodillas, apoyada en el respaldo… Dando la espalda a todo menos a aquel respaldo y a la pared… Y yo veía su espalda cubierta por aquella camisa blanca del uniforme de la hija de Carlos, y aquella falda tableada azul marino, y los calcetines del mismo color hasta casi las rodillas, y la corbata, y hasta los mocasines negros… Y yo contemplaba exaltado… y excitándome… que la obediencia era absolutamente completa y total.

La melena de María caía compacta y voluminosa por su espalda… pero también caía solemne y hasta con dramatismo, como lo hacía su amor propio… Y yo, abrumado, contemplaba aquel derrumbamiento con una erección incipiente.

Ella, allí, en silencio, esperaba, en aquel sometimiento obediente, y yo casi podía escuchar su desasosiego y su culpa por la vergonzosa traición a sí misma.

Y yo, allí, petrificado… me preguntaba si debajo de aquella obediencia había una promesa de contraprestación por parte de Edu, o si en realidad a ella le excitaba aquella obediencia sumisa… Y quizás fuera lo segundo…  O quizás las dos cosas…

Y entonces… sonó el timbre… y yo resoplé… y María tembló.

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