AMIIE AGUIRRE

Uno Mississippi.

Dos Mississippi.

Tres Mississippi.

Las personas entran y salen del lugar como si se tratara de una atracción de circo. Puedo notar en sus rostros asombro, duda y dolor. Yo no sé si la expresión que tengo es la correcta, pues llevo mucho tiempo esforzándome por sentir una herida incurable en el alma, aunque, de vez en cuando y sin que nadie se dé cuenta, aparece esta mueca en mis labios que podría tomarse como un gesto de mal gusto, una burla o un desafío al dolor ajeno.

Suspiro y saludo moviendo la cabeza a todos los que pasan a mi lado y me reconocen. Se que dicen algo, pero ese algo es casi imperceptible. Algunos me extienden la mano y yo se las recibo de mala gana, no sé si se dan cuenta de mi desagrado, lo cual no me importa en lo absoluto, lo único que pretendo es no distraerme, sería fatal que perdiera de vista el objetivo.

Se lo dije. Le dije muchas veces que era pésima idea experimentar con esos extraños químicos. Pero nunca me hizo caso, siempre se tenía que salir con la suya.

Jamás fuimos buenos en la escuela, batallamos mucho con todas las clases y las tareas, concentrarnos en una sola actividad requería de mucho esfuerzo, pero el amor por la ciencia, nos hacia un poco normales, solo que mi hermano lo llevaba al extremo. La ciencia para mí era un pasatiempo; para él, su vida entera y una obsesión que lo iba consumiendo con los años. Siempre que jugábamos al Dr. Frankenstein terminábamos castigados por días, incluso semanas. Pero esta vez, fuimos demasiado lejos. Tan lejos, que el castigo no fue permanecer sin aparatos electrónicos, internet y por supuesto al acceso al laboratorio en el sótano de la casa.

Me doy cuenta de que los bocadillos que están sirviendo son los favoritos de mi hermano. Su gusto por la mostaza, la mermelada de arándanos con chile y las galletas saladas no podían faltar, mucho menos esa horrible música que ponía a todo volumen cuando bajaba al laboratorio y permanencia encerrado durante horas. Ya olvidé todas las veces que intervine con nuestros padres para que no lo metieran a un centro de rehabilitación. Ellos decían que no era normal su comportamiento. Que su manera de ser asustaba y que seguro tantos químicos ya le habían descompuesto la cabeza.

Pero ellos nunca lo entendieron, solo yo alcancé a entenderlo, por eso mismo evitaba a toda costa que nuestros padres nos separaran, no sabíamos estar el uno sin el otro. Y no éramos nada en la ciencia si no estábamos juntos.

Quienes se acercan a mí, observan de inmediato las pequeñas heridas en mi rostro. No pude protegerme del todo de la explosión. Estuvimos planeando durante días y al final un mal calculo mandó a la basura todo nuestro trabajo, pero esa explosión, nos llevó a un túnel sin salida. Sin querer habíamos matado al gato de mi madre, un gato callejero en color negro que tenía en la familia la misma edad de nuestra hermana menor. Fue un accidente, pero sabíamos bien que a ese gato lo amaban demasiado como para solo desaparecerlo de la escena del crimen. Mamá jamás nos lo perdonaría. Al acercarme al pobre animal, que quien sabe cómo entró al laboratorio si la puerta estaba cerrada, traté de levantarlo, pero mi hermano, estando en shock por la explosión, iba de un lugar a otro balbuceando y agarrándose la cabeza, que tuve que calmarlo primero para luego pensar que hacer con el felino muerto en el piso. Resulta, que, en ese momento, mi gemelo confesó sobre la formula en la que había estado trabajando en secreto y que ahora podía probar en el gato. Explicó, de manera sutil, que por error había encontrado la forma de revivir a los muertos.

Me miró emocionado, en sus ojos había un brillo desconcertante. Quitó unas tablas sueltas del piso y extrajo unos tubos con un líquido color rojo. Sacó sus notas, toda su investigación estaba en libretas viejas con una letra que solo él podía leer. Se suponía que trataba de encontrar la cura para la alergia que nos aquejaba desde siempre y que nos lastimaba la piel cuando nos exponíamos a temperaturas muy altas. Era un virus, lo sentíamos correr por las venas.

Fue por una jeringa, succionó solo un poco de aquella solución roja y se hincó para inyectarla en el gato. Yo no decía nada, solo observaba como mi hermano ni parpadeaba esperando a que el animal reaccionara. Pasaron los minutos y nada.

Mientras mi hermano revisaba sus notas para ver que pudo haber salido mal, yo ya estaba pensando en que excusa dar a nuestros padres. No podíamos decir que un carro lo atropelló, ya que vivíamos al fondo de una larga entrada y todo se encontraba rodeado de una barda. Además, el pobre gato nunca salía de casa, era un felino de esos que no gustaba de la naturaleza, se había acostumbrado a los mimos de mi madre y de todo el personal que trabajaba aquí.

Comencé a buscar una caja, el plan era sacarlo del laboratorio y luego de casa, dejarlo por ahí, a la vista de todos y que pensaran que la primera vez que salió al jardín algo malo le había sucedido. Cuando de repente y en mi desesperación por no encontrar ni una bolsa para echarlo, mientras mi hermano iba en círculos hablando quien sabe que, un extraño ruido nos hizo guardar silencio. Ambos miramos hacia la misma dirección, el gato no estaba en el piso.

¡Eureka! Gritó mi gemelo.

Al cabo de dos días, mi hermano ya planeaba la siguiente jugada para poner a prueba el suero, el siguiente paso eran los experimentos en humanos. Yo me rehusé a ello, era estúpido y demasiado peligroso. Una cosa fue el gato (quien por cierto y gracias al suero ya era de otro color), pero ¿Asesinar a una persona? Eso ya era exagerado. Sin contar que todas las miradas siempre estaban sobre nosotros. Si, los gemelos Montemayor eran difíciles de ignorar. Y matar a alguien a sangre fría no estaba en mi lista de pendientes. Pero mi hermano se adelantó.

Esa tarde, cuando bajé al laboratorio y después de intentar detenerlo, mi hermano se había pegado un tiro en la cabeza.

Uno Mississippi.

Dos Mississippi.

Tres Mississippi.

Voy hasta el ataúd y lo veo a través del vidrio de protección con ese maquillaje horrible con el que intentaron darle cierta humanidad. Justo aquí no nos parecemos en nada.

Las personas atrás de mi observan, no pierden detalle, es como si me respiraran en la nuca. No sé si lo que siento es miedo o emoción, pero lo único que puedo hacer es intentar no quedarme solo, nunca tuve amigos, solo a él. Si todo sale bien, predigo que habrá muchas personas asustadas huyendo de casa. Y yo habré recuperado a la única persona con la que me siento a salvo. Así que, lentamente, saco del bolsillo una jeringa con suero rojo y la inserto en el cuello del difunto. Solo queda esperar, por lo que doy media vuelta y sin ninguna expresión retomo la cuenta:

Uno Mississippi.

Dos Mississippi.

Tres Mississippi.

Si se levanta, seremos reconocidos por todo el mundo como los que descubrieron la fórmula para vencer a la muerte, pero si no, entonces se confirmara la locura.

©️AMIIE AGUIRRE

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