JOS LIRA

1.         La masturbación de mamá

A mi querido Carl, mentor y amigo, que me enseñó que trasgredir es propio de la literatura.

Todo es normal, todo; incluso que los gatos parezcan hablar mientras maúllan, que a veces haga frío en el verano o que caigan torrentes en primavera; que tu novia te engañe con tu mejor amigo o que no apruebes las notas de la facultad aunque siempre tengas “excelentes en los exámenes”.

Todo es normal, todo, excepto calentarte viendo a tu madre en pelotas mientras se masturba con el mango de un utensilio de cocina.

“Joder.”

Sucedió hace rato, apenas dos horas atrás, y no lo he podido digerir. Me siento excitado. Me siento culpable. Me siento bien. Me siento mal. Todo es tan raro. Tan perverso y tan extraño. No puedo dejar de pajearme desde entonces.

No puedo olvidar su carita de viciosa ni lo que hacía con esa cosa que tenía en sus manos.

Mi nombre es Tito, bueno Ernesto, pero me dicen Tito por el diminutivo de “Ernestito”. Tengo 19 años, estudio arquitectura en la Universidad de Saltillo —más para satisfacer los deseos frustrados de mi padre, que se tiene que contentar trabajando como constructor, que por mi propio placer—. Por las tardes de los martes y los jueves, cuando me queda tiempo, suelo ir a clases de guitarra a un taller de música que ofrece mi tío Fred, hermano menor de papá, para pasar el rato, pero el día de hoy, sin avisarnos siquiera, al irresponsable de nuestro “profesor” se le hinchó un huevo y no se presentó.

No suelo salir con amigos, pues los pocos que tenía los dejé de frecuentar cuando me ocultaron que mi ex novia Liliana se estaba revolcando con el que se supone era otro de mis amigos, Julián. Todos sabían sobre la relación adúltera que llevaban a mis espaldas, menos yo, que como siempre, el cornudo es el último que se entera.

Lo peor es que fui la burla durante los últimos tres meses en mi círculo de amistades, paseándome con mis cuernos en la cabeza por todo el vecindario, y yo sin saberlo.

No. Yo gente hipócrita y doble cara no quiero en mi vida. Mejor estar solo que mal acompañado. Prefiero refugiarme en la facultad, o leyendo libros de fantasía, mirando porno de asiáticas o milfs, en mis clases de guitarra o incluso ayudando a decorar los postres que hace Sugey, mi hermosísima mamá. 

Como digo, hoy mi flamante tío no fue al taller de guitarra, que se lleva a cabo en un pequeño centro comunitario del barrio que tiene usos múltiples. Como está a veinte minutos de mi casa, no hace falta pedirle el coche a papá o trasladarme en mi bicicleta para llegar. De pronto me gusta caminar y mirar las montañas de la sierra Madre occidental que rodea a la Ciudad de Saltillo, aquí donde vivo.

Caminé despacio para evitar llegar pronto a casa, pues llegar significada retomar un proyecto que tenía pendiente con el profesor Moncayo y que había que entregar antes del fin de semestre.

Levanté dos o tres bolsas de frituras que encontré en la acera “Puta gente puerca”, y me las guardé en la mochila justo cuando llegué a casa.

Desalentado, tiré la guitarra en el sofá, cerré la puerta de un puntapié y me dirigí a mear al baño que tenemos en el segundo piso y que, para colmo, queda frente a mi cuarto.

Lo que no preví fue que al abrir la puerta me encontraría con una imagen de lo más dantesca.

Lo normal habría sido que al entrar al baño y ver que mi madre estaba en la tina, desnuda, con las piernas abiertas y haciendo no sé qué, yo me diera la media vuelta y largarme de ahí, no quedarme como idiota viendo esa imagen tan procaz.

“¡Mierda!”

Con un aliento seco entrecerré la puerta de inmediato, y me quedé viendo por la rendija lo que pasaba. Es que mamá ni siquiera se enteró que abrí la puerta. De hecho estaba tan concentrada haciendo algo que de primera vista no advertí que tampoco escuchó mi fuerte suspiro.

Dos enormes pechos sonrosados flotaban sobre el agua de la tina de baño como si fuesen globos de carne que acabasen de hinchar. La espuma apenas cubría la mitad de sus areolas y la punta de sus endurecidos pezones.

Sus ovalados y pequeños talones estaban levantados, apoyados a la altura de los bordes de la tina, formando una “V”, y esa obscena posición me supuso una impresión que me dejó helado momentáneamente.

“¡Dios santo!”

Mamá es la mujer más hermosa que se puedan imaginar. También la más discreta, amable y angelical. Por eso me he quedado de cuadros con lo que he visto. Es que nunca había advertido que fuese tan sexy. Tan demencialmente sexy. Sus ojos son grandes, tiernos, entre verde y azul, y su cabello cenizo, tirando a rubio, color que suele acentuarse cada dos meses con su amiga Denisse, le llega justo a la altura de sus pechos.

Sus labios son gruesos, como almohadillas suaves, y del color de sus pezones, ahora lo sé; sonrosados.

Su rostro es delgado, pero ovalado. Mirada dulce, discreta, cautelosa. De semblante ingenuo, nada malicioso, por el contrario, siempre irradiando buena vibra. Por eso quedé aturdido con ese gesto tan prosaico y lujurioso que tenía. Mordiéndose sus gruesos labios, bufando de placer, sumergida en el insaciable deseo.

“¡Pero qué es esto!”

Esa no parecía mi madre, aunque fuese ella. Esa mujer sumergida en la tina, de semblante lujurioso, con los pechos de fuera y las piernas abiertas no era la misma que solía consentirme todos los días, la que iba a misa los domingos, a sus reuniones bíblicas dos días a la semana y que se desvivía abnegadamente por atender a mi padre y ser ejemplo de rectitud para mi hermana menor.

No, no era ella aunque lo fuera.

Yo en serio estoy aturdido, impresionado.

“¡Mamá!” grité en mi mente confundida.

Vi Movimientos estudiados con sus manos, que estaban ocultas debajo de las aguas a la altura de la entrepierna. Iban hacia abajo y hacia arriba, o lo que es lo mismo: iban de adentro hacia fuera.

Hiperventilaba. El color de su voz era suave pero desesperado. Sus ojos grandes, entrecerrados. Su cara de viciosa contrastaba con su antigua mirada maternal. El detalle de su boca entreabierta, por donde emitía insistentes jadeos, le conferían un deje de perversidad a la escena. Sus pezones grandes, erectos, parecían duros. La tina de baño desbordándose por los movimientos indecorosos de mamá.

El agua escapando de la tina, ella húmeda, toda.

“Ayyy” “Aaaaah” jadeando ella.  

El aire se me fue ante lo que presenciaba. Luego puse atención para distinguir qué era eso que mamá había sacado del agua a la altura de su entrepierna y me llevé una sorpresa violenta. Era el mango de un utensilio de cocina, y éste tenía un forro puesto que es lógico que mamá había comprado para que no se hiciera daño durante su masturbación. Lo había comprado sólo para darse placer. Dudo que con papá usen condón a estas alturas del partido. Es más, dudo que cojan más.  

Deduzco que si mamá se autocomplace sola es porque su relación sexual con él se ha extinguido. Quizá los años apagaron la llama del deseo. La monotonía. Los 54 años de mi padre, junto a su mal genio, o la panza chelera que le cuelga. Cualquier cosa. Puede ser cualquier cosa.

El caso es que mamá estaba ganosa, ansiosa de sexo. Ambiciona tocarse. Volverse a sentir mujer.

Ella jadeando, el agua chapoteando. El piso mojado, como debía de estar su sexo. Yo nervioso, impresionado.

No la pude ver directamente, porque estaba debajo del agua, pero no pude evitar imaginar cómo era su vagina, aun cerrada, porque a Lucy y a mí nos parió con cesárea “una cesárea vertical que casi no se nota”, le he oído decir a sus amigas “una cesárea que al menos de allá abajito me sigue manteniendo virgen a mis 44 años.”

44 años bien puestos. Y ella está mejor que nunca.

Son recordar esos comentarios e imaginar su vagina del color de sus labios rosados. Sus labios mayores brotados, igual de gruesos que los de la boca. En ese rato babeando, tal vez enrojecidos por los constantes vaivenes de su masturbación. Por los roces del mango cubierto por el condón. El mango del rodillo con el que aplana la masa de sus postres. Y ella se masturbaba con el mango: sólo el mango, que tampoco es tan grueso ni tan largo. Y ella se conformaba. Ella se tocaba.

“Dios, mamá, cómo me has puesto” pensaba mientras me sobaba el paquete frenéticamente.

Tal vez el clítoris le brotaba, florecido, sensible, y ella estimulándolo con sus deditos libres. Yo no sé, no lo podía ver, pero con solo observar el gesto lujurioso de su perfil, podía imaginármela, con sus dedos libres aferrándose al rodillo, clavándose el mango dentro de su empapado sexo. El condón friccionando su interior mojado, ya abierto por tantas embestidas. Ella gimiendo, rogando en silencio que el utensilio masturbatorio fuese de carne flexible que pudiera adecuarse al interior de su coñito.

Un coñito abandonado por el insensible de mi padre.

“¡Ahg!” gimió.

Su voz: lo mejor de todo es su voz, tan dulce, tan maternal, tan inocente y a la vez tan obscena. Gemidos, dulces gemidos, fácilmente confundibles con el oscilar del agua de la tina.

“¡MmmmHHH!”

A lo mejor después introdujo en su agujerito dos dedos, tal vez tres, y con ellos el rodillo, dejando más abierto el agujero, más pegajoso, más mojado por el agua, porque siguió gimiendo más fuerte.

“¡Jesússs!” dijo ella.

El agua oscilante, ella se agitándose en cadentes movimientos. Una sirena masturbándose y nadando en la bañera. Su coño seguía invadido por el mango del rodillo. Sus ojos verde azul todavía cerrados. Su pelo rubio cenizo pegado a la cara. Su boquita medioabierta, con la lengua por fuera. El jabón tocando el contorno de sus gordas mamas, los pezones meneándose libres, gloriosos, gorditos y duros, a simple vista.

“Oh, mamá” digo ahora mismo mientras aprieto mi mano en el tronco, y jalo el cuero arriba y hacia abajo, sintiendo una presión en el pecho y un calambre en los testículos, recordando lo que vi hace rato.

La imagen de una madre cachonda, libidinosa, ansiosa de polla, me pone más duro que antes.

Con el carácter de papá y su conducta intachable, no me extraña que mamá no tenga un consolador en casa, teniéndose qué conformar con ese utensilio de madera.

Ni siquiera me la puedo imaginar yendo a comprarse un falo de goma, después de ver sus telenovelas, después de hornear los postres que hace bajo pedido. Después de ir a sus reuniones de la iglesia, con sus amigas santurronas.

Después de dar sus clases de zumba. Porque también baila, y ese detalle a papá le gusta menos. Dice que mamá no puede ser una santurrona que va los viernes al taller de biblia, y que el resto de los días se la pase “bailando esas canciones obscenas de niñas urgidas”.

En realidad yo nunca la he visto bailar esas canciones “de niñas urgidas”. Bueno sí, pero cuando era más niño. Ahora que soy mayor no. De hecho, ahora que lo pienso, no había reparado en lo mucho que me gusta mi madre, en lo increíble de buena que está. En que los pechos le cuelgan como melones de carne, pero no le cuelgan por la edad, sino por lo pesados y carnosos que son. 

Mi madre sigue en mis ojos, aunque los tenga cerrados. Su gesto distorsionado por los calambres de su vagina que le avisan del orgasmo. Sus piernas temblando cuando las hormonas se disparan, cuando explota, cuando se corre. Y un largo “Huuuum” que me trastorna.

Ahora me masturbo, pero también me masturbé hace rato, detrás de la puerta, viendo a través de la rendija. Incluso grabé algo; tuve los huevos de grabarla. Y tras un prolongado “Ho siiiii” ella se corrió.

El alma se me fue al culo cuando el orgasmo la hizo explotar y gritar de placer. Ella se agarró los pezones y los jaló de las puntas. Jadeó, sabiéndose sola en casa, jadeó con un grito que me pareció bastante sexy y vulgar. Se estremeció en el agua. Parecía que se estaba electrocutando. Las piernitas nomás le temblaron. Pronto muslos y talones cayeron al interior de la tina y sus grandes pechos rebotaron sobre el agua.

Me corrí en los pantalones sólo de oírla, de verla, de sentirla sin sentirla. Además gemí de gusto, de gozo, de adrenalina. Fue un gemido audible. Apenas pude cerrar la puerta cuando mamá exclamó un jadeo nervioso diciendo: “¿Lucy?, ¿Lorenzo?, ¿Tito?”.

Maldición. Oyó ruidos, mis ruidos.

Lucy es mi hermana, Lorenzo papá, y Tito pues yo.”

“¿Quién anda allí?” preguntó como en las películas de terror luego de oír ruidos extraños por la casa.

No podía decirle que era yo. No podía descubrirme. No sabría cómo explicarle que me había corrido en los pantalones mientras me masajeaba mi pene por fuera viéndola masturbar. Viéndola desnuda. Viendo cómo sus pechos flotaban como globos de carne sobre la espuma y el agua de la tina. Que verla así me la había puesto dura. Que me había excitado. Que todo mi cuerpo se había calentado. Que en un arranque de irreverencia saqué mi celular y le tomé dos videos cortos y cuatro o cinco fotos, la mayoría borrosas por los nervios de no enfocar bien.

Y por eso me di la media vuelta, bajé por las escaleras, agarré la funda de mi guitarra y corrí a la calle, huyendo cual cobarde. Apenas con aliento di varias vueltas a la manzana, agitado, suspirando nervioso. Ni siquiera recuerdo si cerré la puerta de la entrada o la dejé abierta.

Ya no me importa. Lo que importa es la sensación de asco que me doy, por haber violado su intimidad, por haberme excitado mirándola tocarse, encajándose ese mango en la vagina. Por haberme manchado los pantalones de semen como consecuencia de haberme calentado con mi propia madre.

Yo no puedo juzgarla. Yo no puedo emitir ningún juicio del por qué se masturba en el baño cuando nadie está en casa. Sus razones tendrá. Y papá tiene la culpa, eso sí lo puedo dictaminar.

 Tuve que ponerme la guitarra por delante, para disimular la mancha de mi corrida. ¡Vaya estropicio! Y vaya vergüenza. Yo caminando como imbécil por la calle sintiendo el atole en mi bóxer. Era incómodo, y humillante.

Sobre todo era enfermo. Me había corrido viendo desnuda a mamá. Que por otro lado, también se masturbaba pensando en no sé quién.

¿Será que hay otro hombre aparte de papá? No, eso no. Eso nunca. No lo creo. Ella no es de esas.

Continué caminando, asustado, impresionado, y tanteando que mi hermana llegara primero a casa, antes que yo, después de sus clases de inglés, como solía hacer. Agarré aire. Me faltaba el oxígeno. Me faltaba aire puro. Vi la hora y confirmé que ya había pasado un tiempo prudencial.

Luego, sin mucho dudarlo, me aparecí en mi domicilio.

Una casita modesta de INFONAVIT, esas que compras con dinero que te presta el gobierno, supuestamente con subsidios del estado pero que terminas pagando cuando llegas a la tercera edad… a la cuarta o hasta la quinta, si corres con suerte, para que después sean otros los que las disfruten.

Es de dos pisos, pero pequeña. 7 metros de frente y 20 de fondo. Paredes grises, aunque por las aguas del verano, que ésta vez comenzaron desde mayo —ahora estamos a principios de junio— ha descolorido varias partes de la fachada.

Tenemos estacionamiento, pero el único auto que tenemos, un Yaris rojo 2015, se queda afuera. Papá acondicionó la cochera para que sirviera de un pequeñísimo local de repostería donde mamá se entretiene. En realidad mamá sólo hace postres bajo pedido, y cuando no pasan por ellos o hace de más, abre el local y los vende.

Esta vez estaba cerrado. Ayer nos comimos los pastelillos de nata que sobraron del último pedido.

“Ya vine” dije con la boca seca cuando abrí la puerta.

Lucy estaba cenando ya unos huevos revueltos con chorizo, a juzgar por el aroma, y porque desde el vestíbulo, que en realidad es la sala de estar, se mira la cocina cuando entras, y desde allí vi a mi hermana sentada en un comedor de cuatro sillas, de espaldas a mí.

“Mi cielo, la cena está lista” me dijo mamá como si nada. Como si no la hubiera encontrado masturbándose.

Su voz dulce y maternal no coincide con los sonidos lujuriosos de hace rato.

“Me ducho y bajo, má” le dije nervioso.

“¿Huevitos con chorizo, mi bebé?” me preguntó.

Yo sigo siendo para ella su bebé. A mis 18 años sigo siendo su nene consentido. Me trata con mucho amor. Un cariño que desborda cuando me mira. Dice que tuvo precinclea, preeclampsia o precolumpio, ya no me acuerdo bien, y que le costó tenerme pegado en el vientre, que le subía la presión en exceso y que no podía con los calores. Que varias veces estuve a punto de salirme por el mismo sitio por donde ahora quería meterme… y que me dieron por muerto cuando nací, pero que al rato me oyó llorar y su felicidad fue inmensa.

A lo mejor por eso me quiere tanto, por lo mucho que batalló para tenerme. Mi hermana Lucy, que tiene dieciséis, dice que soy su consentido, y que me quiere más que a ella. Lucy es físicamente como mamá pero en versión insoportable y en miniatura. Mamá le dice lo que todas las madres “a los dos los quiero por igual” pero a veces pienso que sí me quiere más a mí. Noto su predilección. Aunque no sé, podría estar equivocado.  

El caso es que nuestra relación es especial. Ella me abraza, acaricia mis mejillas y peina mi cabello con sus dedos con una devoción enternecedora. Yo suelo sobar sus bonitos pies, pues termina cansada después de tantas horas de estar de pie haciendo sus postres y, peor aún, por los días que le toca ir a las clases de zumba.

 Incluso le he llegado a pintar sus uñitas, por lo que mi papá me ha llegado a insinuar que soy un “maricón”. Él no entiende la devoción que siento por mi madre. Mucho menos lo entendería ahora si le digo cómo me siento después de lo que pasó.

Siempre me han gustado las formas tan delicadas y pequeñas de sus pies y sus pantorrillas. Por eso me gusta acariciarlas. Es que toda ella es hermosa. Una mujer preciosa y sensual.

Mamá y yo nos tenemos confianza, creo. Ella conversa mucho conmigo. Me cuenta sus problemas y yo a veces los míos. Claro que ni ella, ni papá —mucho menos la chismosa de mi hermana Lucy— supieron sobre lo que pasó con mi exnovia. Me daría mucha vergüenza decirles lo gilipollas que soy. De hecho ellos ni siquiera saben que he tenido ya tres novias, pues prefiero evitar sermones y mejor presentarles a la chica con la que crea que sí voy a prosperar. Aunque bueno, el instinto de los hombres no es tan sabio como el de las mujeres. Por poco cometo la estupidez de presentarles a Liliana.

Mamá me defiende de los constantes regaños y sermones que me da mi padre —cuya consentida, como todo equilibrio, es Lucy—, y además ella suele consentirme con todo, incluso cocinando mis comidas favoritas.

De vez en cuando la encuentro echada en el sofá de la sala y recuesto mi cabeza en su regazo y ella a veces acuesta la suya sobre mis piernas y se queda dormida.

Pero nunca tuve problema con ello: nunca antes tuve pensamientos raros sobre nada de lo que he descrito. Para mí todo era normal. Genuino. Sano. Un amor filial sano madre e hijo.

Pero ahora todo cambió. Ahora ya no sé qué pasará y me asusta que nada sea como antes. No después de haberla visto desnuda, en esa tina, con los senos de fuera, hermosos, brillantes, y con el mango en la mano, masturbándose bajo las aguas.

“Joder.”

Entiendo que no puedo verla como mujer… porque ella es mi madre y yo su hijo. Pero ya no sé cómo enfrentarme a esto que se ha encendido de pronto en mi cabeza. Estoy como enloquecido.

“¿Entonces, mi bebé, huevitos revueltos con chorizo o con jamón?” insistió mi madre.

 “Mejor con jamón, má”

“No te entretengas tanto, mi niño, que estarán pronto en la mesa”

“Vale”

Corrí directo a mi cuarto. No quería que ni Luciana ni mamá vieran la mancha de mi bragueta. Saqué un nuevo bóxer, mi toalla con estampado de Harry Potter y fui al mismo baño donde había encontrado a mi madre de forma tan obscena. Sólo entrar, ver la bañera donde aun debían estar impregnados los flujos de su corrida, se me volvió a poner muy dura.

Allí me masturbé otra vez, mirando uno de los videos de sus tetas al aire que apenas duraba 13 segundos. Y no me pude controlar. Eran sus jadeos tan candentes, sus movimientos tan eróticos. Su carita hermosa convertida en una lascivia absoluta, y sus pechos grandotes flotando en las aguas, como si alguien se los hubiera inflado, lo que me hizo enloquecer.

“¿Cómo puedes estar tan buena, mami, y ser eso… mi mami?”

Lo que habría dado por haberle visto su vagina, aunque supuse que también era rosa como sus pezones y su boca.

Me corrí a borbotones, hasta casi quedar seco, agarré mucho aire y me volví a enjuagar. Lavé mi bóxer sucio en el lavamanos para que mi madre no se encontrara con el semen seco cuando los lavara, me sequé, me vestí y por fin me presenté en la cocina.

Papá solía llegar los martes hasta las diez de la noche, pues se juntaba con sus amigos en el billar del barrio.

Allí en la cocina encontré a mamá de espaldas, mientras cortaba trozos de bolillos para acompañarlos con mi cena. Y mis ojos casi explotaron. Mamá estaba enfundada en unas mallas blancas de lycra que le marcaban sus desmesuradas nalgas. ¿Cómo era posible que en tantos años nunca me hubiera percatado de ello, aun cuando mis amigos me decían lo “buenaza” que estaba? ¿Por qué tuve que mirarla desnuda y en una situación tan comprometedora para que el diablo se me hubiera metido y ahora todo en ella me pareciera tan lujurioso, prosaico y obsceno?

Encima las putas mallas le quedaban como guante, y si tan solo hubiesen sido color carne habría sido como haberla visto encuerada. Para empeorarlo todo, en cada movimiento durante los cortes del pan, las vibraciones de sus impulsos le llegaban a las caderas, y de las caderas se pasaban a sus nalgas, y las nalgas oscilaban en círculos. Y el pene se me volvió a endurecer.

Lo más monstruoso fue cuando miré que se le transparentaban unas bragas negras, cero combinación con el tono de las mallas, y que por el color tan fuerte traslucían hacia afuera.

“Mierda, mamá.”

Y a mamá no le importaba no haber encontrado unas bragas blancas que hicieran juego con sus mallas: no le importaba que sus bragas se le miraran a la perfección por las transparencias de la tela, que el centro de ellas estuviesen siendo mordidas por la raya de su culo. No le importaba verse tan… provocativa porque para ella ese outfit no era provocativo.

Encima debía pensar que le valía un pepino cómo se vistiera si ahora estaba en su casa, y sabía que nadie la iba a criticar: ni siquiera Lucy, que era una criticona en potencia. Ella sabía que no tenía un hijo pervertido que de unas horas para acá no paraba de fantasear con ella y de ponerla en situaciones perversas donde ella era la protagonista.

Donde él era el que le metía su falo en lugar del mango del utensilio.  

Apenas probé bocado, y mamá se preocupó. No quise mirarla demasiado. Me daba vergüenza. Creí que si miraba directamente a los ojos descubriría que la había espiado como un vil pajillero. Cuando les di las buenas noches a ella y a Lucy, me levanté y me fui. Mamá me alcanzó antes de subir las escaleras,

“¿Te vas sin darle el beso a mamá?”

Me detuve. Me volví a ella y le traté de sonreír.

“Perdón, má, en serio, perdón, no sé dónde traigo la cabeza.”

Su voluptuosa figura se acercó a mí. Con sus dedos acarició mis mejillas y casi al instante mi falo respingó. De cerca me di cuenta que no traía sostén, que sus enormes pezones se le marcaban delante de la blusa blanca que traía, y que la luz directa de la lámpara del techo que colgaba justo arriba de nosotros era la causante de que se pudiera transparentar la sombra de su pezón y su areola.

“¿Estás bien, hijo?” me dijo ella preocupaba “Ni siquiera te terminaste el chocolate.”

“Sugey, tampoco se comió el postre, regáñalo” me denunció mi hermana gritando desde la mesa.

Sí, Lucy llamaba a mamá por su nombre “Sugey.”

“Tú dedícate a tus asuntos, niña, y por enésima vez te digo que no me llames Sugey, que todavía soy tu madre.”

Mi hermana se puso a reír y yo tragué saliva, ante la imponente presencia de mi madre.

Ella me dedicó una mirada maternal, pero yo sólo podía recordar su gesto de zorra mientras se masturbaba. ¡Cómo podía tener una mente tan enferma y pensar eso de mi progenitora, por Dios!

Cómo podía cambiar tanto ella, de una situación a otra. La que tenía delante era la amorosa madre de siempre, pero entonces miraba sus tetas, sus pezones marcados, las mallas que comprimían sus piernas anchas y sus grandes nalgas y recordaba a la otra mujer obscena que había visto en la tina de baño.

“Sí, má” le dije nervioso, haciendo todo para que no me descubriera mirándole sus pesadas mamas “estoy bien.”

“Te amo, mi bebé” me dijo.

“Yo también te amo, mamá.”

No esperé que me abrazara esa noche, aun si siempre me abraza y me besa antes de irme a dormir, como si fuese “su bebé”. Lo extraño y vergonzoso a la vez fue que se me parara la polla justo cuando sus grandes pechos se pegaron a mi cuerpo, al grado de sentir sus duros pezones quemándome la piel, ¿por qué estaban duros?, y encima el fresco aroma de su pelo filtrándose por mi nariz no me ayudó en nada.

Fue todo, una convergencia de sucesos: sus tetas estrujándose en mi pecho (mi madre era alta, medía 1:73 de altura, y yo apenas cuatro centímetros más, por eso estábamos casi al mismo vuelo), sus manos rodeándome por la espalda y acariciándomela con sus largas uñas.

Su boca húmeda pegada a mi cuello. Su pelo rubio cosquilleándome la nariz, mis manos posándose a la altura baja de su espalda, sabiendo que un movimiento más abajo y le tocaría las nalgas.

Y ella dijo un “Ups” cuando sintió mi polla endurecida rozando su entrepierna, seguido de un “Lo siento”, de mi parte, muerto de pena, cuando intenté echarme hacia atrás y disculparme por mi erección.

Pero lo que me dejó más confundido fue su extraña sonrisa, su besito en mi mejilla y su respuesta final:

“Tranquilo… mi bebé, esto suele pasar.”

Continúa.

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