GAMBITO DANÉS

Secuelas Inesperadas

Ocho meses después, allí estaba, casi recuperado del que sin duda era el mayor susto de mi vida. ¿Quién piensa que le puede dar un ictus siendo adolescente? Y todo por algo tan absurdo como una varicela adulta. Un estúpido error de niño me dejó sin la vacuna y la correspondiente protección.

Recuerdo esa tarde como si fuera ayer, sentado en el sofá viendo la televisión con mi madre. Y las palabras no salían. Y el dolor de cabeza. Y los hormigueos y la pérdida de fuerza. Después todo se confunde un poco más. Prisas y miedo, mucho miedo.

Una atención rápida y estar en buenas manos han conseguido que apenas tenga secuelas. Mi agradecimiento al Instituto Guttern. Pero no estoy recuperado al completo. Aún siento cierta debilidad en la pierna izquierda. Y… bueno. También está eso.

­—Te veo bien Fernando, muy bien. Tienes buen aspecto. Cuéntame —se interesó el doctor.

—Sí, estoy cada día mejor, la verdad —afirmé.

Mi madre, sentada a mi lado, me puso la mano en el muslo y lo acarició cariñosamente, orgullosa.

—¿Cómo va esa pierna?

—La noto algo más floja, y con menos sensibilidad, pero sigue mejorando y me da pocos problemas.

—¡Eso está bien! —exclamó—. ¿Algo más? El tema del habla se recuperó muy rápido, y el equilibrio y la musculatura con Zaida y la natación veo que ha ido sobre ruedas, es una de nuestras mejores terapeutas.

—Bueno… —balbuceé yo.

El doctor y mi madre me miraron en perfecta sincronización, ninguno de los dos sabía a qué me refería.

—Cuéntame —insistió.

De reojo veía a mi progenitora, habría dado lo que fuera para que me hubiera dejado acudir a la consulta solo.

—Pues…

Las palabras se resistían a salir de mi boca, y ellos estaban cada vez más expectantes.

—Dime.

—Tengo problemas de erección, doctor.

—Entiendo —dijo después de una pequeña pero interminable pausa—. Patricia, por favor, ¿nos dejas solos un momento?

—Claro, claro —respondió ella abandonando la consulta con cara comprensiva.

—Dime Fernando, ¿te pasa desde el principio? ¿En algún momento has notado estimulación en la zona?

—Es extraño, doctor. Siento… ¿cómo lo diría? Las ganas. Y tengo sensibilidad. Pero simplemente no funciona.

—Ya veo. No has perdido la pulsión, pero no consigues tener una erección. Bueno, no es raro eh, no te asustes. Que todo tiene solución poco a poco y estoy seguro de que en tu caso será también así. Tomaré notas y nos veremos una vez al mes. No dejes la recuperación, es muy importante. Seguiremos con ella dos veces a la semana con Zaida en la piscina y, en tu casa, los ejercicios que ya conoces.

—Vale.

—Por favor, dile a tu madre que ya puede pasar.

El regreso a casa en taxi fue extraño, y eso que mi madre hizo todo lo posible para mostrarse lo más natural posible. No es agradable para un chaval como yo hablar de esos temas delante de según que personas. De hecho, no lo es en ningún caso.

I

—Venga, un par más —me ordenó Zaida que me observaba desde la parte menos honda de la piscina.

Obedecí. Llevaba unas cuantas series de espaldas, que era lo más cómodo para mí.

—Mueve también las piernas, que te veo.

Físicamente nunca me había visto mejor. No era un chico especialmente deportista y el ictus, al obligarme a nadar entre otros muchos más ejercicios, había desarrollado mi musculatura de manera notable, incluso la de la pierna mala.

—Fer, si no mueves las piernas esto no servirá de nada —me regañó.

Mi pierna afectada me ardía por el esfuerzo, y a Zaida no se le escapaba una.

—Ahora diez de braza.

La odiaba a la par que la adoraba, pero al final del entreno predominaba más el primer sentimiento.

—Respira —siguió ella con sus indicaciones.

Cuando terminé me quedé descansando a su lado, con el agua de la piscina cubriéndome hasta la cintura. Era una chica guapa, menuda pero muy bien formada, con el pelo excepcionalmente negro y largo que, en esa ocasión, al saber que no se mojaría completamente, llevaba recogido en una coleta.

—No está mal para ser un taradito —bromeó.

—Ya, bueno.

—¿Y esos ánimos?

—Creo que estoy un poco encallado —respondí.

—Pero si me he leído tu informe y está fenomenal, niño.

—¿Has leído mi informe?

—Claro, soy una profesional eh.

—¿Y qué pone? —pregunté avergonzado.

—¿Cómo que qué pone? Pues eso, que vas bien. Que la pierna izquierda va mejorando, que después de ocho meses está muy bien que siga progresando.

—¿Solo eso? —interrogué.

—¿Qué pasa, Fer? —dijo poniendo cara de extrañada.

—No… no sé…

—Cómo sois los adolescentes mocosos eh —me chinchó—. Habláis con monosílabos.

Zaida y yo nos teníamos confianza. Eran muchos meses y muchas horas, y además era una chica encantadora, aunque fuera algo burlona. No creo que llegase a los treinta años, pero le gustaba tratarme como a un crío.

—¿De verdad no pone nada más?

—Sí, que eres tonto, pero es anterior al ictus y lo sabes. ¿Se puede saber qué te pasa hoy?

Miré a mi alrededor. Era la primera hora de la mañana y estábamos solos en aquella piscina de veinticinco metros de diámetro.

—Tengo más secuelas. Al principio no le di importancia, tenía otras preocupaciones, pero ahora me tiene agobiadísimo.

—¿Y qué son?

—Bueno, ya sabes —dije mirándome el bañador.

—No, no sé —afirmó ella sinceramente.

—Pues eso.

—¿Pues eso qué?

—Joder Zaida, ¡pues eso!

Ella me miraba abajo y arriba, mi entrepierna y mi cara, intentando descifrar mi mirada hasta que finalmente dijo:

—¡Ah!

—¡Ah! —repetí yo.

—Es normal. La parte izquierda de tu cuerpo sufrió, sobre todo de cintura para abajo.

—Pues menuda mierda —sentencié.

—Esas cosas se pasan, lo sé por experiencia niño, que me dedico a eso.

Llevaba un bañador azul corporativo, ajustado y formal pero que no por ello ocultaba su bonito cuerpo. Sentí el calor mirándola, pero nada más.

—No he llegado ni a la mayoría de edad y me veo en los barrios bajos, con gabardina, comprándole viagra a un tipo llamado serpiente con una soga tatuada en el cuello.

Zaida rio. Ella era así, risueña, bruta y optimista.

—No seas dramático, saco de hormonas.

—Te digo que no se me levanta y me llamas saco de hormonas, no te jode.

Volvió a reír.

—Hazme caso, que estas cosas vuelven.

—Zaida, han pasado ocho putos meses. Y lo peor es que… que tengo ganas joder, pero nada.

—¿Pero tienes novia o algo?

—Sabes que no.

—Pues quizás eso es lo primero, ¿no?

—Claro, como solo se empalma la gente que tiene novia —me defendí.

Ella rio a carcajada limpia, casi atragantándose.

—Volverá cuando menos te lo esperes, tampoco has tenido muchas ocasiones de…

—Joder, sabía que no me entenderías, no tendría que haberte dicho nada —me quejé.

—¡Claro que te entiendo! Es solo que es cuestión de paciencia. Cuerpo y mente van de la mano, si te agobias será peor.

—¿Y si no vuelve?

—Lo hará, eres muy joven.

—¿No hay jóvenes impotentes? ¿Es eso?

—Que no hayas perdido el interés es muy buena señal, denota que se están reconstruyendo cosas dentro de ti —insistió.

Yo seguía cabizbajo y desanimado, harto de esta situación. Ella se dio cuenta, miró a nuestro alrededor y al ver que no había nadie, ante mi sorpresa, puso su mano en mi entrepierna. La miré fijamente y me sostuvo la mirada, frotándome el miembro por encima del bañador. A mí me parecía que estaba más buena por momentos, noté como se aceleraba mi respiración, pero mi aparato no reaccionó.

—Relájate —me susurró sin cesar en los tocamientos.

Obviamente aquello no era parte de su trabajo, y me lo tomé como un auténtico acto de altruismo y amistad. Sentía el deseo, casi inconmensurable, pero nada. Me desabrochó el bañador, lentamente, sin dejar de estar atenta a las proximidades y adentró su mano, acariciándome el falo sin barreras de por medio, solo sus dedos, mi carne y el agua.

—¿Nada? —preguntó en voz baja, más por timidez que otra cosa.

—Nada —respondí polisémicamente impotente, maldiciendo mi físico y la oportunidad de disfrutar de semejante mujer.

Ella comenzó a subir y bajar la piel, con suavidad, con cariño, pero sin conseguir ninguna reacción física.

—Me cago en todo…

—Shh, no te pongas nervioso —dijo perseverando.

Yo sentía lo de tantas veces, estaba a mil, pero no se me levantaba. Era una sensación horrible. Angustiado, alargué una de mis manos y le agarré un pecho, momento justo en la que ella se separó de mí abandonando lo que estaba haciendo.

—Tranquilo, niño, tranquilo —dijo guardando las distancias.

—Perdona, yo… ¡Joder! Perdona Zaida

—Venga, nos vemos dentro de dos días, vete ya a cambiar.

II

La cosa iba de mal en peor. Cada vez estaba más obsesionado. Me tiré toda la noche dándole vueltas, incluso soñando con la terapeuta el poco rato que conseguía dormir, pero no logré ni una medio erección. Era insoportable la sensación de no poder descargar, casi doloroso. Además, me sentía como un cretino por haber intentado meterle mano, no se lo merecía, aunque tampoco me pareció que le hubiera molestado demasiado.

Me levanté vestido solo con el bóxer, aún era verano y faltaban un par de semanas para volver a las clases. De camino a la cocina me topé con mi madre, estaba exultante, aunque desconocía la razón. Casi se podría decir que éramos solo ella y yo. Me tuvo con veintitrés años, nunca llegó a vivir con mi padre o tener una relación, este se limitaba a pasarnos una pensión y poco más, lo había visto como siete veces en toda mi vida.

—¡Ay hijo! ¡Qué emoción verte tan bien! Y acabo de hablar con tu tutora por teléfono, vas a empezar el curso con normalidad, ya es oficial. Sin asignaturas pendientes ni nada. Me ha preguntado que qué tal estabas y le he dicho que fenomenal —me informó para después abrazarme.

—Muy bien, ¿le has dicho que no se me pone tiesa?

Fue una respuesta injusta e indigna, propiciada por la frustración y la falta de sueño y de la que me arrepentí al momento. Ella se separó momentáneamente, me miró con desaprobación y volvió a abrazarme diciendo:

—Va, no digas tonterías. Estoy tan contenta de que no pierdas un curso ni tengas que arrastrar asignaturas del anterior. ¡Ay!

Era bastante más bajita que yo, de hecho, podía notar el cabello de su cabeza haciéndome cosquillas en la barbilla y el cuello. Siguió estrujándome entre sus brazos y dándome sonoros besos en la mejilla para los que se tenía que poner de puntillas.

—Todo va a salir bien, cariño —anunció emocionada.

Entonces, entre arrumacos y besos, pasó algo tan deseado como inesperado: mi miembro comenzó a reaccionar.

Por un momento ya no sentía los besos o sus brazos rodeando mi torso, solo sus pechos apretujados contra mí y los roces de su cuerpo en mi entrepierna. Entre su felicidad llegó mi erección, potente y vigorosa como si nunca hubiera estado ausente, tan notable que no tardó en sentirla contra ella, haciendo que se apartase de mí dando un respingo.

—¡Uy! Pero… —fue lo único que pudo decir.

—Mamá, yo… no sé.

Ella se quedó observando el pronunciado bulto a una distancia prudencial para, al momento, desviar la mirada ruborizada, farfullando:

—Bueno… pues… ya… claro… esto…

—¡Mamá! —exclamé yo sin saber muy bien la razón.

—Hijo, que no pasa nada. Mejor, ¿no? Tenía que volver y ha vuelto. ¿Ves? ¡Más buenas noticias! Así es el cuerpo —dijo casi tartamudeando y alejándose por el pasillo.

En mi vida había estado tan avergonzado. El encuentro con mi madre había dejado el incidente con Zaida en una simple anécdota, pero el sofoco no eclipsó mi felicidad de reencontrarme con mi viejo amigo. Me olvidé del desayuno y me fui directo a mi habitación, dejándome caer en la cama con la intención de hacerme la tan ansiada paja. Comencé las caricias, primero suavemente y luego aumentando el ritmo, pensando en la terapeuta, amigas, actrices, lo que fuera. Lejos de conseguir desahogarme, vi rápidamente que mi entrepierna perdía robustez. La desilusión creció rápidamente y lo intenté todo, diferentes tocamientos, ritmos y pensamientos. En medio de la locura, pensé de nuevo en mi madre, pero nada hizo que en pocos minutos mi herramienta volviera a estar flácida, inerte. Quise destrozar la habitación de la rabia, pero me limité a quedarme tumbado en la cama, frustrado y triste.

III

Al día siguiente acudí a recuperación desanimado, y Zaida pronto se dio cuenta.

—Un poco más de intensidad eh, que no eres una vieja.

Seguí haciendo largos de crol ante su atenta mirada, desmotivado y algo cabreado.

—¡Vamos! Mueve las piernas.

En una de estas, cuando justo pasaba por su lado, me detuvo.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Es que has venido a pasear? ¿Quieres tirar por la borda todo lo conseguido o qué?

—Joder, que no es eso —me defendí.

—¿Entonces? ¿No será por lo del último día? Niño, encima que te intento hacer un favor…

—Que no, que no es eso. Estuviste genial, es mi culpa.

Ella me miró con ojos, de nuevo, comprensivos.

—Que no es culpa de nadie, atontao, que volverás a estar bien, ¿vale? No me vengas ahora con pucheritos con todo lo que hemos pasado.

—Si es que, un poco ha vuelto —le dije.

Me observó con sorpresa y luego puso cara de pícara.

—¿Ah sí? ¿Y entonces esa cara de muermo?

Reflexioné antes de responder.

—Que fue un momento, un instante, y no conseguí… ya sabes.

—Bueno, poco a poco, ¿no?

—Sí claro, pero es que ya no puedo más. No sé si fue cosa de un día o qué, estoy aún más paranoico que nunca.

Mientas conversábamos la miraba. Siempre guapa, con su cuerpo pequeño y trabajado.

—Tiempo al tiempo —dijo sonriéndome.

—Zaida, no sé cómo pedirte esto. Mierda, si es que me da mucha vergüenza, pero, ¿podrías intentarlo de nuevo?

Examinó su alrededor como la última vez, como iba muy pronto normalmente estábamos solos en la piscina. Susurró:

—Fer, que vas a conseguir que me echen, eh. ¿Crees que le voy tocando la polla a todos los pacientes?

—Por favor, necesito salir de dudas —supliqué—. Tócame solo un poco.

Parecía un poco contrariada, pero hizo una última inspección y me agarró el paquete por encima del bañador, dejando allí la mano como esperando que reaccionara.

—Vamos niñato, reacciona antes de que venga alguien. ¿Es que no te gusto? —preguntó sin dejar de acariciarme.

—Me encantas, te lo juro —contesté con dificultad, caliente y concentrado, pero sin lograr una erección.

Se acercó más a mí, pegando su cuerpo al mío y tocándome con ambas manos. Yo, en un momento de arrojo que esta vez no fue frustrado, le agarré una nalga y comencé a magreársela por encima del bañador.

—Tranquilo, fiera, eh —dijo entre dientes.

Metió de nuevo una de las manos, agarrándome el miembro y sacudiéndolo debajo del agua mientras yo seguía sobándole el trasero, sintiendo su carne firme entre mis dedos. La respiración de ambos estaba desbocada. La mano libre la llevé a sus pechos, manoseándolos ante su permisividad.

—Venga guapa, ven con mamá —susurró.

Le metía mano a placer, tocándole el culo y las tetas y con su mano en mi pedazo de carne, pero nada. Introduje entonces mis dedos por el escote, consiguiendo acariciarle un pecho sin ropa de por medio, llegando con la yema de mis dedos hasta su erecto pezón.

—No te pases —avisó, pero sin detenerme.

Estuvimos un par de minutos, la deseaba más que a nada, pero mi cuerpo no reaccionaba. Llevé entonces la mano que jugaba con sus glúteos a la parte delantera, acariciándole el sexo por encima de la tela, pero entonces ella se separó diciendo:

—Vale, vale, ya está, ya está. Que me vas a poner cachonda a mí al final, joder.

Ambos nos adecentamos el traje de baño, en silencio hasta que le dije:

—Gracias.

A lo que ella respondió:

—Hoy acabamos un poco antes, ¿vale? Nos vemos la semana que viene.

IV

Por la noche hice un nuevo intento de masturbarme, con tal ansia que acabé irritándome. No había manera.

Al día siguiente desayunando junto a mi madre esta me anunció:

—Cuando termines vístete que te llevaré al doctor.

—¿Hoy? ¿Pero no me toca dentro de dos o tres semanas?

—Sí, pero le llamé ayer para pedir hora. Empezarás las clases y no quiero que faltes más de lo imprescindible, y ya sabes que solo visita por las mañanas. Pretendía apurar más hasta el principio de curso, pero solo podía hoy. Además, ¿querrás comentarle las novedades? ¿No?

La oía de fondo, casi en un hilo de voz. Sin darme ni cuenta, mis ojos se habían convertido en dos armas libidinosas que la estudiaban sin contemplaciones, sentada a mi lado vestida solo con una camiseta de tirantes blanca y un pantalón de pijama pirata, de cuadros blancos y rojos ceñido a su piel. Como un cazador, había detectado las zonas débiles, sus pezones ligeramente marcados en el top, sus pantorrillas parcialmente descubiertas, las arrugas del pantalón en su entrepierna. Supongo que siempre había sido una mujer deseable, pero al ser mi madre ni siquiera me había dado cuenta. Guapa de cara, con sus cuarenta años bien llevados, su pelo castaño claro largo y recogido en una trenza, facciones finas y ojos marrón claro. Le acompañaba un cuerpo bonito, con pechos medianos y turgentes, cintura delgada y piernas firmes.

—¿De acuerdo? —me preguntó al verme obnubilado, levantándose con la intención de fregar los platos.

De espaldas a mí la calentura no disminuyó, pudiendo ver su precioso trasero en forma de corazón invertido, rotundo e ingrávido, moverse graciosamente mientras enjabonaba el primer plato. Reaccionó mi entrepierna, como la última vez, de manera brutal y sin previo aviso, convirtiendo mi ropa interior en una tienda de campaña.

—Bien —dije sin perderme el espectáculo, acariciándome por encima del bóxer.

—No te preocupes, que no entraré en la consulta, podrás hablar con el doctor tranquilamente —dijo.

Yo no perdía detalle, de su cuerpo, su culo, sus formas. Sentía el agradable placer de sentir una erección y no quería que esta vez fuera tan fugaz como la última. Me toqueteé un poco más y sin despedirme corrí hasta mi habitación, pajeándome incluso por el camino.

—Mm, sí…

Seguí con la maniobra, sin complejos en esta ocasión, con solo mi madre en mis pensamientos, pero al poco tiempo de nuevo fui perdiendo vigor.

—Joder, no. ¡No!

Me masturbé casi con furia, pero notaba mi falo ponerse flácido sin remedio hasta que perdí la erección por completo. Amargado, intenté buscarle una explicación. Quizás solo podía ponerme duro unos minutos a primerísima hora de la mañana. Era más lógico eso que el pensar que podía excitarme mirando a mi madre, pero no sobeteándome con Zaida, desde luego. Con suerte era el principio de mi recuperación, y con los días cada vez duraría más. Me duché en un mar de dudas y emprendimos el camino hacia el Instituto Guttern.

En un semáforo que me pareció interminable mi madre me puso su mano en el muslo y me lo acarició cariñosamente, haciendo tiempo. No era inusual en ella, era una mujer cariñosa. Lo insólito fue que con tan solo ese contacto noté mi entrepierna reaccionar, preparándose en segundos para la guerra. Esa reacción hizo que mi cabeza estuviera a punto de estallar.

Ya en la consulta del médico mi madre cumplió su palabra y decidió esperar fuera.

—Bueno, pues… —dijo él—. Me comentó tu madre que habías mejorado.

Ambos sabíamos a qué se refería, así que preferí dejarnos de juegos.

—Un poco, sí.

—¿Y bien?

—Tengo erecciones, pero no duran lo suficiente.

—Es perfectamente normal, es un comienzo. Lo previsible y deseable es que estas sean cada vez más frecuentes y duraderas, pero es una gran noticia.

—Yo no estoy tan seguro, doctor.

Me miró extrañado.

—Cuéntame, Fernando, ¿qué te preocupa?

—Pasan en momentos muy, muy concretos.

Reflexionó para luego insistir:

—Claro, ya te digo que eso es lo normal.

—¿Le ha dicho mi madre cómo sabe que he mejorado? —interrogué.

—No, no lo ha hecho. Los detalles de este tipo son mejor entre paciente y médico, ¿no crees?

Sentía que no tenía nada que perder, así que le hablé sin tapujos:

—Pues la primera erección en ocho meses fue después de que me abrazara, ¿qué le parece?

El doctor aguantó la compostura, jugueteó con su bolígrafo y replicó:

—Después de lo que te ha pasado, tampoco es extraño. Llegará en los momentos más insospechados, no tiene importancia.

—La tiene, doctor, la tiene. Porque la segunda vez ha sido esta mañana mientras le miraba el culo, y la última en el coche cuando me ha acariciado la pierna en un semáforo.

Hizo una pausa, se acarició las sienes y contraatacó:

—Fernando, hazme caso, no es nada raro. Tu cuerpo está volviendo, te pasará continuamente hasta que se regularice.

—¿No es raro? Me he metido mano con una chica preciosa, tocándoselo todo y con su mano en la polla, ¡y nada! Me roza mi madre y me empalmo. ¿Y me dice que no es raro? ¿Me toma el pelo?

—Relájate, tranquilo, tranquilo hombre. Has sufrido un ictus, pasan cosas raras después. Quizás te iría bien tener apoyo psicológico. En su día lo descartamos porque la recuperación fue avanzando desde el principio, pero ahora…

—Ahora solo puedo ponerme cachondo con mi madre, le entiendo —interrumpí—. Mierda de ictus, mierda de vida y mierda de todo, joder.

Sin darle tiempo salí de la consulta, agarré a mi madre de la muñeca que me esperaba en una salita y le indiqué que nos fuéramos. Ella me vio alterado, pero no consiguió sonsacarme nada, absolutamente nada.

V

Los días siguientes fueron raros. De silencios incómodos, de irritabilidad y frustración. Mi madre aún tenía vacaciones, pero yo la esquivaba todo lo que podía, sobre todo intentaba no “fijarme” en ella, en una mezcla de autocensura y bochorno. Había cortado también el contacto con mis amigos, incluso telefónico. Solo me preocupaba un tema y no me apetecía hablarlo con nadie. Ni siquiera en mi última sesión con Zaida saqué el tema, obligándome a volver a la normalidad. Sin embargo, sentía que estaba a punto de explotar.

Me desperté tarde esa mañana. O, mejor dicho, no me levanté. Sobre las once entró mi madre en mi habitación, sentándose en el borde de la cama y preguntándome:

—¿Te encuentras bien?

Yo estaba en posición fetal apuntando hacia el lado contrario, me tumbé boca arriba y, observándola, respondí:

—Sí.

Sonó poco convincente, desde luego. Ella vestía exactamente igual que la última vez que reaccioné, con su top blanco y su pantaloncito pirata que empezaban a ser un fetiche para mí.

—He hablado con el doctor —dijo.

Sentí fuego en mi interior, me contuve como pude e interrogué:

—¿Y qué te ha dicho?

Ella pensó unos segundos, mirándome cariñosamente y acariciándome el pelo.

—Pues, me lo ha contado, hijo.

—¡Será cabrón! ¡¿Y esa mierda de médico paciente, qué?! ¡¿Eh?! ¡¿Pero qué se ha creído?!

—Cariño, no te alteres. Le he insistido yo, estabas tan raro después de la última consulta que me tenías preocupadísima.

—¡No puede ir contando las cosas de sus pacientes! ¡Joder! —insistí intentándome incorporar, pero siendo retenido por mi madre a base de caricias.

—Mi amor, eres menor de edad. Además, no le ha dado mayor importancia. Tu cerebro ha sufrido, tu cuerpo ha sufrido. Es un milagro que estés tan bien, mi vida, no queremos que te agobies sin motivo.

Yo escuchaba, apretando la mandíbula con fuerza para contener la ira, intentando apaciguar mi enfado.

—Pues tu cuerpo hará cosas raras un tiempo y ya está. Estás en una edad muy difícil, pero solo te pido que tengas un poco de paciencia, ¿vale? Y sabes que me lo puedes contar todo, por incómodo que te parezca. Soy tu madre.

Recuperé poco a poco la tranquilidad, respirando profundamente y sintiendo las caricias de mi madre en el pelo, la cara y el pecho. Contactos suaves, dulces y maternales. Sin embargo, suficientes para que mi miembro reaccionara, creciendo de nuevo debajo del pantaloncito del pijama. Mis ojos ya no se fijaban en su cara comprensiva, sino en su busto, con sus senos marcados en la tela de la camiseta desprovistos de sujetador. Al estar ella sentada en el borde de la cama, con casi todo mi cuerpo detrás de su espalda, no tenía perspectiva de la escena, afortunadamente.

—Es horrible mamá, no me podéis entender.

—Claro que te entiendo, es solo cuestión de tiempo, un poquito de paciencia.

—Tiempo, paciencia, volverá, son las únicas palabras que escucho últimamente —me quejé.

—Razón de más para que sepas que es la verdad.

—Sí, ya, pero es que… es que… Eres una mujer y no lo entiendes. No es solo frustrante, es que es casi doloroso. Es muy difícil de explicar. Como si tuvieras siempre pis y no pudieras vaciarte. Como tener siempre hambre y no poder comer.

—Cariño, ojalá pudiéramos ayudarte, pero es solo cuestión de…

—¿Paciencia? —completé su frase sin despegar la vista de sus pechos y notando mi falo pétreo como un menhir.

Ella no respondió, se limitó a seguir acariciándome y mirarme con cara bondadosa.

—Explotaré —afirmé yo envenenado de frustración.

—Mi vida, de verdad, ojalá pudiera ayudarte. Absorber todo tu sufrimiento.

En mi mente enferma la compasión sonó a ofrecimiento, así que le agarré la mano y se la llevé hasta el bulto del pijama, frotándome con ella y mirándola fijamente. Mi madre, que por su posición no había percibido mi excitación, cambio el semblante, ensombreciendo su boca y abriendo exageradamente los ojos, girando la cabeza para verlo mejor, observando mi mano cogiendo la suya y ambas sobre mi paquete en un desesperado gesto de clemencia.

—De hecho, eres la única que puede ayudarme —afirmé por si le había quedado alguna duda.

Por un momento pareció asustada, como una monja sorprendida por el cura en la sacristía, pero aguantó la compostura. Con la mano libre le acaricié el muslo por encima de su pijama, sin dejar de frotarme con la otra, haciéndole gestos, moviendo sus dedos indicándole que me agarrara ella. Finalmente, casi como por un acto reflejo, me agarró el pene por encima del pijama. Este estaba erecto como no recordaba, ni siquiera antes del ictus. Moví entonces las caderas, demandándole que hiciera lo mismo con la mano, pero estaba petrificada, con su mano en mi polla y mi mano en su pierna, acariciándosela impúdicamente.

—Solo necesito descargar una vez para pensar con claridad —dije casi lloriqueando.

Intentando que reaccionara, la aparté un segundo, me quité el molesto pantalón y volví a depositar sus dedos en mi pedazo de carne. Ella se agarró al momento, como un koala al que acercas a un árbol.

—Vamos, mamá…

No reaccionó.

—Vamos —insistí moviéndome de nuevo e intensificando el manoseo de su muslo.

Comenzó entones a mover la muñeca, muy tímidamente, casi de manera imperceptible, pero suficiente para que gimiera sin poder remediarlo.

—¡Oh! ¡Mm!

Fue un error, aquel gruñido de su vástago la asustó, retirando su mano de mi miembro enseguida para disculparse:

—No puedo. Lo siento, pero no puedo. De verdad que no.

Clavó sus codos en las rodillas y reposó su cara en ambas manos, lamentándose, pero sin evitar que yo siguiera magreándole la pierna, dejándome el suficiente espacio.

—Mami…

—Lo siento, soy incapaz hijo, tendremos que pensar otra cosa.

Estaba demasiado excitado para pensar. Seguí sobándole la extremidad, por la cara interna esta vez y acercándome peligrosamente a su sexo, sintiendo mi miembro viril palpitar.

—Me pasará algo malo. Estoy demasiado tenso. Acabaré con una infección o peor, no sé, no quiero ni pensar en una recaída —exageré, tocando uno de sus puntos débiles.

—No digas eso —se limitó a responder incapaz de mirarme.

—Lo digo en serio. Son ocho meses. Todos dicen comprenderme, pero nadie me ayuda, la realidad es esa.

Ella se incorporó de nuevo, mirándome a los ojos y luego a la erección con alternancia, meditando.

—Es que simplemente no puedo, hijo, lo siento.

Lentamente, con delicadeza, la tumbé sobre la cama. Le abrí las piernas y me puse encima, colocando mi bulto justo en su entrepierna y diciéndole:

—No te preocupes mamá, no tienes que hacer nada. Yo me ocupo, ¿vale? No pienses en nada.

Ella se dejó hacer, como una muñeca hinchable recatada, mal terminada, a la cual no podías quitarle la ropa. Restregué mi polla por su sexo, por toda la fina tela del pijama, excitadísimo y rogando para que se siguiera dejando hacer.

—¿Lo ves? No tienes que hacer nada, tú tranquila.

Intenté reprimir los gemidos para no volverla a asustar, aunque cada vez me era más difícil. Podía sentir mi falo frotándose por su anatomía, con el glande intentando encontrar su madriguera, cubierta y protegida por el pantalón pirata.

—Mm. ¡Mm! ¿Ves? Solo es esto, solo esto. ¡Mm!

Moví las caderas como si la estuviera penetrando, disfrutando de la improvisada y placentera sesión de petting. Ella tenía los ojos cerrados, parecía abstraída de la situación. Su cuerpo se movía al son de mis embestidas, con sus pechos botando ante mí cubiertos solo por el top, tentándome. Pensé en apretujarlos, magrearlos sin contemplaciones, pero sabía que un movimiento en falso terminaría con todo.

—Eso es mamá, ¡mm! ¡Oh! ¡¡Oh!!

Mis gemidos eran agónicos, censurados pero irremediables.

—¡Oh! ¡Oh! ¡¡Oh!!

Todo iba bien, pero no conseguía llegar al clímax. Por muy excitado que estaba empecé a temer, a pensar que no conseguiría acabar.

—Mm. ¡Mm! ¡Mm! ¡Ahh!

Ahora parecían sollozos más que gemidos.

—Joder, mierda, ¡joder!

—¿Qué pasa? —preguntó ella preocupada, abriendo los ojos.

—No puedo, ¡mm! ¡Mm!

Histérico, salí de encima suyo y comencé a darle instrucciones, a decirle que se pusiera a cuatro patas. Ella, desconcertada, obedeció. Al verla en pompa frente a mí, con ese culazo marcado en el pijama, mi motivación volvió. Me coloqué detrás, apretujé mi chorra contra sus nalgas, le agarré de las caderas, y seguí embistiéndolo como si fuera un perro.

—¡Mm! ¡Mm! ¡¡Mm!! Sí, eso es, sí, así sí. ¡Oh! ¡Ah!

Oía chirriar los muelles de mi cama con cada embestida, veía sus pechos moverse hacia delante y detrás, con sus manos clavadas en mi colchón para no perder el equilibrio, estaba más cachondo que en toda mi vida junta.

—¡Ah! ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Mm! ¡¡Mm!! ¡Ohhh! ¡¡Ohhh!!

Duré poco, sin intentar retrasarlo por miedo a perder la oportunidad. Me separé un poco, le subí el top para descubrir sus lumbares y eyaculé, impactando con mis ráfagas de leche sobre su piel con cada espasmo y alcanzando un orgasmo inolvidable y necesario.

Fue realmente liberador.

Me dejé caer sobre la cama, a su lado. Ella seguía a cuatro patas, inmóvil, en shock. Incapaz de adivinar el siguiente paso.

—Gracias —dije justo antes de darme la vuelta y descansar.

VI

Después de eso fueron dos días aún más raros, pero diferentes a los anteriores. Yo ya no la esquivaba, la miraba con deseo continuamente, y ella intentaba aparentar normalidad sin mucho éxito. No volví a tocarla, pero mis lujuriosos ojos hablaban por sí solos. Una mañana me envío a hacer varios encargos, algo exagerado. Tardé unas dos horas en terminar. Cuando llegué a casa, dejé las compras en la cocina y al ir al salón me encontré con la sorpresa:

—Hola hijo —dijo ella levantándose del sofá, como si llevara rato esperándome—. Ella es Amanda.

Me fijé en la invitada, que se levantó también al momento. Una chica joven, de poco más de veinte años y mestiza. Una preciosa mezcla entre el blanco y el negro. Sus rasgos eran atractivos, su pelo negro y largo y su figura explosiva, con grandes pechos, fina cintura y piernas torneadas. Vestía con un top de lentejuelas plateadas que mostraba su ombligo, una minifalda beige y unas botas marrones de esas que llegan hasta pasada las rodillas. No soy muy experto en el tema, pero habría jurado que se trataba de una prostituta.

—Encantada —dijo después de acercarse a mí sonriendo y darme dos besos.

Mi madre permanecía a mi lado, acariciándome el hombro e informándome:

—Amanda está aquí para ayudarte, ¿vale mi amor?

Yo la miré alucinado con la situación, pero tan asombrado que me sentía incapaz de rebelarme. Parecía un plan perfectamente orquestado, una lasciva y condescendiente emboscada.

—Tu tranquilo, ya verás, es una chica encantadora —siguió sin dejar de acariciarme.

Me agarró de la mano y me llevo a su dormitorio, mostrándome la cama de matrimonio y diciéndome:

—Os dejo solos, ¿vale?

La joven entró después de ella, cerró la puerta con delicadeza y mirándome con expresión pícara me dijo:

—Túmbate cariño, déjame a mí.

Obedecí. Ella comenzó a desabrocharse las botas y se las quitó sensualmente, sin dejar de mirarme y preguntando:

—¿Te gusto?

Dentro del rocambolesco plan debía reconocer que por lo menos mi madre tenía buen gusto, ante mí tenía una de esas mujeres de bandera a las que difícilmente habría tenido acceso si no fuera pagando.

—Sí —dije sintiendo apetito de su carne.

Se quitó entonces el top mostrándome sus impresionantes senos, enormes y desafiantes a la gravidez, con pequeñas areolas negras y pezones erectos del mismo color. Amanda iba a buen ritmo, despojándose también de la minifalda y dando una vuelta sobre sí misma para enseñarme su preciosa figura, exhibiendo un despampanante culo cubierto solo por un fino tanga del que se libró pronto.

—¿Mucho o poco?

—Mucho —afirmé.

Su sexo estaba rasurado casi al completo, teniendo solo una fina línea de vello central. Moviéndose como una pantera, se metió en la cama, dándome pequeños besos en los labios, la barbilla y el cuello mientras me quitaba el calzado, los pantalones y el bóxer. Se deshizo también de mi camiseta, estando ahora ambos en las mismas condiciones, con su rostro siempre cerca del mío, sonriendo con coquetería. Se fijo entonces en mi miembro, ansioso, pero inerte.

—Mm, ya veo que necesitas un poco de mimos —dijo con voz queda.

Comenzó entonces a restregarse, sus piernas con las mías, sus pechos contra mi torso, todo sin dejar de besuquearme.

—¿Verdad papi? ¿Que lo único que necesitas es un poco de cariño?

Bajó su entrepierna hasta aprisionar mi falo y se frotó, acelerando mi respiración y mis latidos, pero sin conseguir una reacción más física.

—¿A que sí? ¿Eh? Que solo necesitas un poco de amor…

Mientras se restregaba me agarró las manos, colocándoselas en sus nalgas, invitándome a que la magrease. Lo hice, sobándole el culo y aquellas enormes y deseables tetas, agarrándole los glúteos y acompañando sus movimientos de cadera.

Nada. Solo frustración.

—Vamos papito, enséñame de lo que eres capaz —me susurró.

Siguió seduciéndome, con paciencia y delicadeza, pero yo ya era consciente de que no lo íbamos a conseguir. Desesperado, la hice a un lado y me levanté. Fui hasta la puerta, la abrí y grité:

—¡Mamá!

Al no recibir despuesta, insistí:

—¡¡Mamá!!

Apareció entonces ella con cara de susto, entrando en la habitación y preguntando con apuro:

—Hijo, ¿qué pasa? ¿Qué pasa?

Mientras ella observaba la escena, conmigo desnudo a su lado y la mujer pantera de idéntica manera tumbada sobre la cama, yo la observaba. Se había vestido de deporte, con unos leggins azul marino ajustadísimos y otro de sus tops a juego. Con tan solo esa fugaz mirada mi polla reaccionó más que con el ritual anterior, poniéndose algo firme en un par de segundos.

—Por favor, siéntate en la cama —le indiqué sin dar más explicaciones.

Mi madre, intentando atar los cabos, obedeció. Me tumbé yo entonces, quedándome entre medio de las dos, con mi madre sentada a la izquierda y la felina y dulce prostituta a la derecha. Sin previo aviso, introduje mi mano por dentro del top de mi madre por la parte de la cintura y comencé a acariciarle un pecho por encima del sujetador deportivo. Su cara, que veía de refilón y ladeada, era de sorpresa, pero no tanto como la de la pobre Amanda, que veía la escena con incredulidad. Agarré entonces a la mestiza, indicándole que se pusiera sobre mí sin dejar de magrear el seno de mi progenitora. No era tan grande como el de la voluntariosa pantera, pero sí firme y deseable. Y desde luego cumplía con su cometido: Excitarme.

Sin dejar de toquetear a mi madre hice lo mismo con la prostituta, aprovechando la otra mano para sobarle las tetas y el culo.

—Mm. Sí, mucho mejor, mmm…

Mi miembro creció rápidamente, frotándose con el sexo de la mestiza que se movía insinuante, entendiendo cuál era el juego.

—Oh. ¡Oh! Mmm.

Mi madre seguía de espaldas a mí, sin resistirse, pero intentándose abstraer de la escena, y yo seguía sobeteándola con fruición. Amanda, hábilmente, me colocó un preservativo que ni era consciente de dónde había salido con la boca, colocó mi glande en la entrada de su cueva y se penetró, lenta y placenteramente y gimiendo junto conmigo.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Ahh!

Comenzó a cabalgarme casi con dulzura, con movimientos largos y suaves. Estaba excitadísimo, había conseguido apartar por arriba el sujetador de mi madre y le magreaba el busto a placer, recreándome incluso con su pezón.

—¡Ohh! ¡¡Oh!! ¡¡Mm!!

No estaba seguro de si mi erección era solo provocada por mi madre o el experimento combinado funcionaba, pero lo importante era eso, que funcionaba. Amanda fue intensificando el ritmo, moviéndose encima de mí con maestría, mostrando sus pechos bailar al ritmo de sus caderas.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ah!! ¡¡Ah!!

De nuevo los muelles chirriando, esta vez los de la cama de mi madre, que seguía resignada y sin oponer resistencia.

—Mm. ¡Mm! ¡Mm! ¡Ahh!

Sentí mi falo tensarse, acercándose al clímax. También lo notó la profesional, cambiando lo justo la carencia de sus movimientos para proporcionarme el máximo placer, alargando el momento. Me corrí, entre potentes espasmos y apretujando con fuerza el pecho de mi madre, alcanzando mi segundo y ansiado orgasmo en ocho meses.

La profesional gimió, fingiendo tener un orgasmo y quedándose tumbada sobre mí, descansado y sin sacarse mi polla del interior. Mi madre, aprovechando el momento de descanso, se puso en pie, se adecentó la ropa y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Al final, la ocurrencia de mi madre no había salido tan mal. Desde mi punto de vista, claro.

VII

Los días siguientes fueron un poco descontrolados. Mi sexualidad había mejorado, pero difícilmente de una manera explicable a la sociedad. Mis impúdicos ojos perseguían a mi progenitora, de manera descarada e incluso violentándola en algunos momentos. Tuve otro acercamiento con Zaida, pero resultó, como siempre, inútil. Y por supuesto no me atreví a invitarla a casa y participar en un trío con mi madre. Le insinué a mi madre si podíamos repetir la experiencia con la prostituta, pero me miró con ternura sin llegar a responder. Llegué entonces un día de rehabilitación y me la encontré esperándome, en idéntica actitud que cuando tramaba algo:

—Hola hijo, he tenido una idea —comenzó a hablar aceleradamente—. Bueno, mi abuelo, tu bisabuelo… ¿te acuerdas de él? No, claro, eras muy pequeño. Pues decía siempre que no había nada que no pudiera curar el mar. Así que aprovechando que aún tenemos unos últimos días de fiesta he cogido billetes para ir a Formentera. Te va a encantar, o por lo menos eso dicen, ya verás como allí te acabas de poner bien, hijo. Además, dicen que es la época ideal, hay gente, pero no está la isla masificada. ¡Ay! ¡Qué ilusión!

Yo no podía estar más alucinado. ¿Formentera? Lo primero que me vino a la cabeza fue la película de Lucía y el sexo, fetiche de cualquier adolescente pajillero. ¿Así que su solución era irnos los dos solos a la isla de la sensualidad? ¿Para verla todo el día en paños menores? No tenía muy claro si era inocente, estaba desesperada o incluso era un poco tonta, pero no fui yo quién contestó, sino mis hormonas:

—Muy bien.

Supe entonces que nos íbamos al día siguiente, así que el resto de horas las pasamos organizándonos y haciendo maletas. Después vino el madrugón, las colas en el aeropuerto, el vuelo hasta Ibiza y el ferri hasta Formentera. Una vez allí mi madre alquiló un ciclomotor para movernos por la isla, pero hasta el apartamento alquilado nos dividimos, yendo ella en la pequeña moto y yo en taxi para poder llevar las maletas.

Al ver el sitio me llevé otra sorpresa. Era pequeño, con solo un baño, una cocina americana, un pequeño salón y una única habitación con cama de matrimonio. Realmente cada vez entendía menos su plan, aunque viendo su cara de desconcierto al ver la cama, creo que quedó patente que había sido un error de cálculos o un equívoco a la hora de hacer la reserva.

—Muy acogedor —disimuló—. Bueno, voy a cambiarme al baño y vamos a la playa, ¿vale? Me han hablado de una cerca de aquí que está muy bien. Ponte el bañador.

Obedecí. Poniéndome el bañador y una camiseta nueva y acomodando mis pocas pertenencias en un armario. Al rato salió ella, dándome un vuelco al corazón. Llevaba otro de sus tops blancos donde se transparentaba su bikini de color rojo, el ombligo al descubierto como cualquier jovencita y una minifalda vaquera cortísima que apenas podía tapar su anatomía, sus piernas bien formadas y sexis. En los pies tan solo unas sandalias.

La observé tan obnubilado que se puso hasta nerviosa, recolocándose la mini con pudor y diciendo:

—¿Vamos?

Nos acomodamos en el ciclomotor, nos pusimos los cascos y emprendimos la marcha. Lentamente, conduciendo descaradamente por la derecha del carril por si alguien nosquería adelantar. Enseguida reaccioné, notando mi entrepierna pegada a sus nalgas, separados solo por el bañador y su faldita.

—¿Vas bien? —preguntó girando momentáneamente la cabeza, a gritos.

—Muy bien —afirmé con picardía.

Me agarraba a su vientre para no perder el equilibrio y notaba como mi miembro comenzaba a crecer. Era increíble, como si tuviera un radar y solo fuera capaz de activarse con esa mujer. La erección era tan notable que podía sentirla completamente clavada en su trasero, y no creo que ni la concentración ni el viento fueran capaz de evitar que mi madre se diera cuenta. El paisaje era puramente mediterráneo. Parte verde, mucha otra de color paja y zonas áridas. Pude ver el mar a la derecha, turquesa, como si se tratara del caribe. Pero el paisaje no consiguió distraerme, y mi falo siguió expandiéndose, apretujado entre sus glúteos.

—Ya falta poco —me informó como pudo.

No tenía ninguna prisa, estaba disfrutando de cada segundo del trayecto. Bajé una de las manos que se posaban en su abdomen, colocándola en la cara interna de su muslo y acariciándolo, aprovechándome de la situación. Lo estaba gozando, con mi polla contra su culo y mi mano manoseando impunemente su pierna. Le subí un poquito la falda, muy sutilmente, con lo corta que era y su postura no hizo falta demasiado, y le rocé el sexo con la yema de los dedos. Pude sentir cómo se estremeció y decidí ser muy cauteloso.

Subí la mano que seguía en su vientre y me agarré a uno de sus pechos. Ella no hizo nada, consciente de lo peligroso que podría ser cualquier maniobra. Disfrutaba de todos mis frentes abiertos, con mi pene restregándose, una mano jugando cerca de su entrepierna y la otra sobre su seno, era magnífico. Moví incluso ligeramente las caderas, frotándome descaradamente contra su culo con pequeños movimientos pélvicos. Desbocado, hice un último ataque combinado, apretujándole la teta por encima de la ropa mientras que mis dedos ganaban centímetros hasta toparse con sus braguitas. Fue demasiado, la moto hizo un par de movimientos bruscos, empezó a frenar bruscamente y, saliéndose a una pequeña cuneta, terminamos cayendo ridículamente hacia un lado.

—¿Estás tonto o qué te pasa? —dijo ella recuperándose, cerciorándose de que estábamos los dos bien y mirando también la moto. Recolocándose la minifalda.

—Perdona —le dije ayudándole a levantar el ciclomotor, que parecía intacto.

—Nos podríamos haber matado, jo-der —siguió ella en un estado que no le recordaba.

—Pero, ¿qué he hecho? —pregunté estúpidamente.

Ella se subió la visera del casco y me miró, reprobándome, mostrándome su enfado.

—Estamos llegando ya, ¿te vas a estar quieto?

No era fácil ver a mi madre así, decidí asentir con la cabeza y el resto del camino me comporté, eso sí, sin ser capaz de esconder mi erección incluso a pesar del susto.

Llegamos a la playa. Era bastante grande, de arena fina, casi blanca. Había pequeños grupos de personas, pero estaba bastante vacía. Elegimos un sitio cercano al agua y extendimos las toallas. Yo me tumbé primero en cuanto me quité la camiseta y la observé, esperando ansioso el particular striptease. Ella se deshizo de la camiseta, las sandalias y finalmente la escasa falda, mostrándome su deseable cuerpo en todo su esplendor, cubierto solo por el sujetador y la braguita del bikini. Se tumbó entonces boca abajo y con la cabeza apuntando en dirección contraria a mí. Yo seguía mirándola, su preciosa espalda y su culito respingón, firme y apetecible.

—¿Quieres que te ponga protector solar? —pregunté inmerso en una nueva fantasía sexual, sin conseguir que mi calentura disminuyese.

—No, gracias, me he puesto antes de salir de casa —respondió con un tono más seco del habitual.

—¿Seguro? —insistí envenenado por la visión de su cuerpo, pero ya no se dignó a responder.

Estaba sentado en la toalla, contemplándola hipnotizado. Parecía relajada, todo lo contrario a mí, que tenía cierta ansiedad.

—¿Nos vamos a bañar?

—Ves tú si quieres, yo tomaré un rato el sol —contestó.

Yo, cada vez más intranquilo y afectado por el trayecto, perseveré:

—¿No decías que el mar lo cura todo?

—Por eso, ves tú —dijo después de un silencio algo incómodo.

Sentía un nudo en la garganta, desasosiego incluso. Quería interactuar con ella, pero se me ocurría cómo.

—¿No prefieres tomar el sol de cara? —pregunté ahora, buscando una nueva perspectiva de su anatomía.

—Hijo, me acabo de tumbar, no seas pesado. Relájate.

Seguí un rato con mis preguntas absurdas, inquieto, hasta que se dio la vuelta con paciencia y se sentó también en la toalla. Me estudiaba con sus ojos, como intentando averiguar qué me pasaba, qué era lo que necesitaba. Seguía erecto, pero mi postura lo disimulaba. Le miré los pechos, turgentes y apenas cubiertos por el bikini.

—Mira qué chicas tan guapas hay allí —dijo señalando dos jovencitas que jugaban a las palas no muy lejos, en un ridículo intento de llamar mi atención hacia otros cuerpos.

No le respondí, poniendo ahora yo cara de paciencia.

—Mamá, ¿te sabes tus medidas?

—Pero, ¿definitivamente estás tonto o qué? —respondió agitando la cabeza, colocando una mano en forma de visera sobre sus ojos para protegerlos del sol.

Rebuscó entre la bolsa de playa y se colocó unas gafas de sol, permaneciendo sentada a mi lado, asqueada y preocupada.

—Era solo curiosidad.

—La curiosidad mató al gato —afirmó en una de sus salidas infantiles.

—No me gusta que me llames tonto. He tenido un ictus, ¿quién sabe? Quizás sí, quizás me he quedado tonto. Puede que sea esto lo que me pasa, que ahora soy un estúpido —dramaticé con toda la intención de ablandarla.

Ella me acarició el brazo antes de decir:

—Sabes que no quería decir eso.

—Pues lo has dicho, y dos veces.

Se acercó a mí, sentándose entre las dos toallas para estar más cerca y apoyando su cabeza en mi hombro.

—¿De verdad no te parecen guapas esas chicas?

—Pues sí, claro que me lo parecen, pero por desgracia no va así el tema.

Su voz había cambiado, volviendo la madre afectuosa de siempre.

—¿Y si te concentras un poco?

—Mamá, ¿crees que si fuera tan fácil te habría llamado el día que me contrataste a una puta? ¿Te parece que disfruto con esta situación? —respondí con voz serena.

—Pero, aquel día…

—Sí, aquel día me empalmé porque te estaba tocando a ti, sino imposible, te aseguro que lo intentamos un rato.

No dijo nada, posiblemente abrumada por lo explícito de mis explicaciones. Pero yo seguí:

—Es como si me activaras. Basta con que estés cerca para excitarme, es la única manera. Es frustrante, horrible, repugnante, enfermizo, pero así es. ¿Sabes lo que es estar por casa? Todo el día así y sin poder aliviarme —le dije abriendo mis piernas y señalándome el bulto del bañador.

Se puso en pie, dejó las gafas de sol en la toalla y ordenó:

—Venga, vamos a bañarnos.

Los dos corrimos hacia el agua y nos zambullimos, con rabia, intentando que el mar limpiara nuestros pecados, que las olas se llevaran el dolor que sentíamos. Empezó a nadar y la perseguí hasta alcanzarla, agarrándole de un pie y comenzando una improvisada batalla de ahogadillas.

—¡Basta! —suplicó entre risas, sabiéndose derrotada.

Me di la vuelta con cara de superioridad, siguiendo con el juego, chuleándola, gesto que aprovechó para atacarme por la espalda a traición, abrazándome con brazos y piernas para intentar desequilibrarme.

—Pero qué intentas, enana —la provoqué defendiéndome.

Se agarraba como una lapa, conseguí darle la vuelta y entonces me aprisionó de nuevo desde delante, apretujando sus pechos contra mi torso y enrollando sus piernas, accidentalmente, alrededor de mi entrepierna, presionando justo su sexo contra mi bayoneta. Aunque era más que evidente que mi falo se restregaba contra su pubis, estaba tan concentrada en la lucha que no se dio cuenta.

—Pero suéltame, ¡loca! —exclamé intentándome zafar, entre risas, forcejeos e impúdicos roces.

Finalmente se soltó, hundiéndose entera para salir al momento con todo el pelo pegado en la cara. Se retiró la melena, vio mis intenciones de contraataque y empezó a correr como pudo por el agua en dirección a la orilla, riéndose como una niña pequeña.

—¡Quieto! ¡No!

—¡Ven aquí! ¡Te vas a enterar!

Llegando al destino, con el agua por debajo de las rodillas, la intercepté en un auténtico placaje y caí sobre ella, dándole la vuelta en la arena y agarrándole las muñecas.

—¡Serás bruto! Jajajaja.

Luchamos de nuevo, yo por inmovilizarla y mi madre intentando soltarse, pero de nuevo mi cuerpo instintivamente estaba sobre el de ella, con mi erección clavada en la braga de su bikini, separando solo la tela nuestros genitales. Esta vez era tan evidente que la brega fue descendiendo, recuperando ambos el aliento, pero sin que yo me levantara. Le miraba su cara preciosa y su insinuante escote, con sus piernas abiertas como una rana y mi cuerpo entre ellas, no pude evitar mover las caderas y restregar mi ansiosa polla por su anatomía. Ella cerró los ojos y giró la cabeza hacia un lado, agotada y derrotada.

Le besé en el cuello y le agarré ambas nalgas, apretujándolas y acompañando mis movimientos de cadera, disfrutando de nuestra segunda sesión de petting al ver que no oponía resistencia. Estaba excitadísimo. La habría desnudado allí mismo, sobado las tetas y el culo. Fantaseaba con arrancarle la braguita del traje de baño y penetrarla sobre la arena sin piedad, pero sabía, como siempre, que un movimiento en falso lo estropearía todo, y me conformaba con intentar alcanzar el clímax a base de frotarme.

—Mm, mamá…

Ella permanecía inmóvil, regalándome el momento pero abstrayéndose, y yo seguí manoseándole el culo y restregándome hasta que oí un italiano que paseaba cerca de nosotros decir:

Quanto sono fortunati alcuni giovani.

Ninguno de los dos sabíamos italiano, pero entendimos perfectamente lo que quería decir. Ella abrió los ojos, volviendo en sí, dándose cuenta no solo de lo que estaba pasando, sino de que era un lugar público. Aunque el italiano simplemente pensaría que era un jovenzuelo con una madurita caliente, fue suficiente para que rompiera el momento. Mi madre se movió, incómoda, indicándome que saliera de encima y con la cara seria, y yo, a pesar de mi calentura, obedecí.

VIII

Sorprendentemente, el resto del día fue menos tenso de lo que podía esperarse. Parecía mentira, pero empezábamos a normalizar algo tan inaceptable como lo sucedido en la playa. Comimos en uno de los pueblos, volvimos a la playa y cenamos cerca del apartamento. Yo no volví a atacar a mi madre, después de lo ocurrido en la moto y en la orilla no quise tentar la suerte, aunque ni mis miradas libidinosas ni mis inapropiadas erecciones llegaron a su fin.

Agotados por el viaje y el sol, a las diez nos fuimos a dormir. Fue allí donde volví a pensar que mi madre me tomaba el pelo, o que no era sensible a mis sentimientos, ya que la indumentaria elegida para irse a la cama era un fino camisón corto y unas braguitas. Se durmió enseguida después de darme las buenas noches, pero yo ya no pude sacarme la imagen de la cabeza. Dormí a trompicones, entre la calentura y sueños subidos de tono. Me terminaron de despertar los primeros rayos de sol, colándose entre las maltrechas lamas de la persiana.

Acalorado, retiré la sábana y la observé, tumbada junto a mí de espaldas y en posición fetal. El camisón subido y su culo regalándose, con aquellas nalgas que me tenían obsesionado, apenas cubiertas por la fina ropa interior. No me pude resistir y la abracé, colocando mi incipiente erección contra sus glúteos, haciendo la cucharita y conectando nuestros cuerpos. Ella refunfuñó algo entre sueños, pero permaneció inmóvil. Mi miembro no tardó en alcanzar una potente erección y seguí restregándome, explorando su trasero con mi bulto.

—Mhgg —balbuceó.

Colé mi mano por dentro del camisón y le agarré un pecho, apretujándolo sin dejar de frotarme.

—Hijo…

Su voz sonaba somnolienta, pensé que quizás se había tomado alguna pastilla para dormir. Moví mis caderas, dándole pequeños golpes con mi falo en las posaderas, alegrándome de estar en un sitio íntimo, sin mirones ni italianos horteras con ridículos y diminutos bañadores.

—¿Qué haces? Estate quieto —dijo al fin moviéndose incómoda pero sin demasiada energía.

—Mamá, por favor, me tienes a punto de explotar todo el día.

—Para, va…

No paré. Me quité el pantalón del pijama y seguí magreándole las tetas y restregando mi polla por todo su culo, esta vez con la única separación de sus braguitas. Era la primera vez que mi herramienta se restregaba libre por su anatomía, y ella no parecía especialmente escandalizada al notar mi glande desnudo contra sus glúteos. Liberé sus pechos y me fui directamente a la entrepierna, acariciando su sexo con mis dedos por encima de la lencería y acercando su cuerpo contra mi sable, acompañando los movimientos de cadera.

—¡Fer! —exclamó sin ni siquiera darse la vuelta, sorprendiéndome su pasividad dadas las circunstancias.

—Mamá por favor, ya hemos hecho esto antes.

No era verdad, no habíamos llegado tan lejos, pero mi única intención era quitarle importancia al asunto. Noté sus muslos forcejear, unirse con fuerza para dificultar mis tocamientos, y enfermizamente aún me excité más. Descontrolado, le agarré la goma de las braguitas e intenté bajárselas, pero ella me lo impidió.

—¡Para!

Probé un ataque combinado, sobándole las tetas por encima del camisón con una mano mientras que con la otra volvía a intentar bajarle las bragas, pero de nuevo me lo impidió, esta vez dándose la vuelta y diciéndome:

—¡¿Estás loco?! ¿Será verdad lo que decía el doctor de llevarte a un psicólogo? Si me vuelves a tocar te la ganas, ¡¿eh?!

La regañina sonaba poco contundente si analizábamos los hechos, más propia de haberme olvidado de lavar los platos que de intentar quitarle las bragas. Me defendí:

—Joder, siempre igual. Muy buenas palabras, pero luego nada, nadie me ayuda.

Toqué hueso. La expresión de su cara cambió, mostrándose realmente indignada.

—¿Que no te ayudo? ¿Y cuando estábamos en casa? ¿Y con Amanda? ¿Y esta mañana? ¿Te estás oyendo?

—¿Esta mañana? —repliqué—. Pero si me he quedado con las ganas, frustrado y dolorido como nunca.

—¡¿Y qué querías?! ¿Que nos matáramos con la moto o violarme delante de todo el mundo?

La palabra “violarme” de sus labios y refiriéndose a ella misma sonó atroz. Me la quedé mirando confundido, sin saber qué decir y con mi esperpéntica erección a la vista.

—Solo quería descargar —susurré entre humillado y triste.

—Ya, claro. Y si te hubieras conformado lo habrías hecho, pero tú siempre tienes que llegar más allá.

Toda la conversación me parecía surrealista. Una discusión matrimonial, pero entre madre e hijo. Incluso la posible transacción entre un cliente y la prostituta, poniendo límites al servicio.

—¡Lo necesito! ¡Vale! —voceé.

—Pues mastúrbate, y piensa en lo que te dé la gana.

No parecía mi madre, era como si sacara a relucir el hartazgo de semanas, sin rastro de la persona dulce i comprensiva que era.

—Ojalá pudiera hacerme una paja, no estaríamos así. ¿No crees? Tampoco funciona el petting, es exasperante.

Hubo un silencio extraño, más que incómodo como de análisis. Mi madre se frotó los ojos, masajeó sus sienes y preguntó:

—¿Qué es el petting?

Yo me sonreí, aguantando incluso la carcajada. Oír a mi madre con esas dudas me descolocaba. Respondí:

—Pues eso, rozarte y toquetearte.

—Ah —dijo.

Otro silencio, este más largo. Mis ojos se desviaron para mirarle las piernas y mi miembro palpitó como si tuviera vida propia. El movimiento no pasó desapercibido para mi madre, que pareció escandalizarse de nuevo.

—Pues lo siento, es lo que hay —afirmó dándose la vuelta y volviéndose a tumbar.

La observé, de nuevo en esa postura que recordaba a estar en pompa. Esperé un tiempo prudencial y, colocándole la mano en el costado, dije:

—Mamá…

—Déjame —dijo ella con autoridad retirándome la mano de un manotazo.

—Por favor, cuando estoy así no puedo ni pensar, te lo juro —lloriqueé acercándome para que me escuchara cerca, pero sin tocarla.

—Mami… —insistí volviendo a colocar mi mano, sintiendo que se movía en señal de desaprobación, pero sin retirarla.

Volví a juntar mi cuerpo, con mi falo tieso contra su trasero y mi mano de nuevo en sus pechos, toqueteándolos con suavidad por encima del camisón, como si volviéramos a empezar. No dijo nada. Seguí entonces, moviendo de nuevo las caderas, como si pretendiera penetrarla a través de la ropa, colándome de nuevo en el camisón y magreándole las tetas sin impedimentos de por medio.

—Mmm. Gracias, mamá, gracias.

Estaba completamente quieta, aceptando los tocamientos, pero sin participar, como empezaba a ser la costumbre.

—Mm. ¡Mm! Mmm.

Estaba excitadísimo, habría podido terminar si me lo proponía, pero decidí aguantar, calculando mis maniobras para no cruzar la línea de no retorno, disfrutando de cada segundo de su cuerpo expuesto.

—¡Oh! ¡Oh! ¡¡Oh!!

Al notarme tan excitado, decidió aclarar.

—Como intentes bajarme las bragas te juro que se terminó.

Oír eso de su boca me puso aún más cachondo, pero necesitaba más, quería más. Conocía uno de sus límites, pero no todos sus límites. Seguí jugando hasta que comencé a bajar la intensidad, comenzando mi actuación y simulando frustración.

—Joder, mierda…

Continué con la trampa hasta que preguntó tímidamente:

—¿Qué pasa?

—Lo que te había dicho —me lamenté—. Que ya no me sirve solo con esto. ¡Mierda! ¡Joder!

Ella se dio la vuelta y se puso de rodillas sobre la cama, sentada sobre sus propias pantorrillas. Estudiándome mientras yo me tumbaba boca arriba, sabedor de que me lo había jugado todo a una carta. Emitió un ruido, de queja, de hartazgo o simplemente de condescendencia. Agarró el camisón e hizo un amago de quitárselo, pero se detuvo, mirándome de nuevo. Al ver que no reaccionaba, repitió la maniobra pero esta vez librándose de la prenda, mostrando sus preciosos pechos por primera vez.

Los había magreado, por encima y por dentro de la ropa. Los había visto solo con la parte de arriba del bikini, pero nunca sin nada, no desde que era un crío. Eran preciosos, medianos pero firmes, aunque ligeramente separados. Alargué los brazos y los agarré, acariciándolos de manera circular.

—¿Así sí? —preguntó casi con inocencia.

—Necesito más, ya te he dicho que no me sirve solo con toquetearte. Mi falo estaba grotescamente erecto, le agarré la mano y la llevé hasta él, en un segundo intento de que me acariciase en ella en pocas semanas. Ella lo cogió, sintiendo yo sus dedos sobre mi piel y estremeciéndose todo mi cuerpo. Seguí sobeteándole las tetas, libres y preciosas, con su mano en mi pedazo de carne.

—Vamos, mamá, solo un poquito —imploré.

Ella meditaba, reflexionaba sobre mi petición sin soltarme.

—Por favor…es lo último que te pido.

Empezó entonces a masturbarme tímidamente, con ternura y compasión.

—Mm, sí…

Había dos ritmos, el de la paja que comenzaba en contraste con los frenéticos magreos de mis manos a sus mamas.

—Mm. ¡Mm! Mmm.

Siguió, sintiéndome completamente lubricado por la cantidad de líquido preseminal que había expulsado.

—¡Ohh! ¡¡Oh!! ¡¡Mm!!

Era delicioso sentir sus dedos en mi polla, subiendo y bajando la piel, animándose cada vez más con la intensidad.

—Mm. ¡Mm! ¡Mm! ¡Ahh!

Mis gemidos llenaban toda la estancia, disfrutándolo al máximo. No era una gran paja, no sé si por su inexperiencia, la falta de actividad reciente o porque era su hijo, pero a mí me parecía algo mágico, místico. Notaba el vaivén de sus pechos entre mis dedos con cada nueva sacudida.

—Eso es, mamá. ¡Mamá! ¡Mm! ¡¡Mm!! ¡Sí! ¡¡Síi!!

Mi cuerpo se contrajo violentamente, olvidándome de sus senos y corriéndome, lanzando mis chorros de semen descontroladamente al aire con cada espasmo. Ella no me soltó mientras llegaba al orgasmo, reduciendo simplemente el ritmo y ordeñándome, demostrándome, ahora sí, que sabía perfectamente lo que hacía.

Hacía calor, y ambos estábamos sudorosos y exhaustos. Yo me retorcía aún de placer sobre el colchón cuando pude oírle decir:

—Tendremos que ir al médico.

No discutí, tan solo ignoré el comentario y disfruté del gusto que aún sentía.

IX

Poco después nos duchamos por turnos. Observé mi cara, demacrada de no dormir, con marcadas ojeras. La vi preparada, con otro de sus modelitos, esta vez simplemente con el bikini y un vestidito de playa blanco de crochet que poco dejaba a la imaginación. Había eyaculado hacía menos de dos horas, pero la estampa era tan sugerente que volví a sentirme capaz.

­­—Vamos ­—dijo ella poniéndonos en marcha—. Volviendo vi una playa que tenía muy buena pinta.

Nos aposentábamos en la moto y yo, por no perder la costumbre, pegué mi cuerpo al suyo más de lo necesario. Solo arrancar mis manos se agarraron a sus pechos, haciendo que hiciera un acelerón para luego parar en seco.

­—Te juro que o te comportas o te vas haciendo autoestop ­—amenazó con voz sosegada pero firme.

Obedecí. Agarrándole solo de la cintura, pero con mi entrepierna, eso sí, pegada a su deseable trasero. Para cuando llegamos y bajamos del vehículo yo ya estaba erecto, pero actué con cierta normalidad. Extendimos las toallas, yo me quité la camiseta y ella el sensual vestidito y empezó a rebuscar entre la bolsa de playa, colocándose en pompa y regalándome una nueva imagen de su despampanante culo. Era un bikini diferente, azul cobalto, más sexy incluso que el anterior. Se puso en pie un momento y pude verle los senos, resaltados, como si el sujetador los apretujara para lucirlos mejor. Volvió entonces a rebuscar entre sus cosas y no pude contenerme, acercándome y clavando mi bulto contra sus nalgas por enésima vez.

Era muy pronto, y la playa era pequeña, pero solitaria.

—No empieces —advirtió sin dejar lo que hacía.

Volvía a estar cegado por el deseo, le agarré la braga del bikini y se la intenté bajar. Al hacerlo pude ver el contraste de su piel blanca con la morena, la marca del bañador durante unas décimas de segundo, hasta que reaccionó, incorporándose y separándose de mí.

­­—¡¡Eh!! —exclamó subiendo un dedo amenazante—. Te lo he jurado, eh. Te dejaré aquí solo y te las tendrás que apañar.

Fracasado, aunque entendiendo que lo que había hecho no tenía ningún sentido, me senté en la toalla. Ella hizo lo mismo, mirándome de nuevo con cierta preocupación.

—Hoy va a ser un día de hablar —dijo—. Vamos a sacar todo lo que tenemos dentro. Vamos a curarnos. Hay que ser sinceros, pero delicados, y no vale enfadarse ni ofenderse.

Reflexioné unos segundos antes de preguntar:

—¿Y vale preguntar lo que sea?

—Sí.

Me había quedado la imagen de la marca blanca de su culo. Pocas horas antes le había visto los pechos, y estaban igual de bronceados que el resto del cuerpo. Venía morena ya de la ciudad, solía ir a la playa con sus amigas, y eso me hizo aventurarme con la primera pregunta:

—¿Sueles hacer topless?

—Hijo… —expresó con paciencia.

—Joder, has dicho que cualquier pregunta. Te acabo de ver el culo y está más blanco que el resto del cuerpo, pero tus tetas no.

Se frotó los ojos y respondió:

—Pues sí, sí. Suelo hacer topless.

—Así que todos los hombres pueden verte las tetas —insistí.

—¡Pues sí! Hombres, mujeres, niños y perros. ¿Te lo vas a tomar en serio?

—Vale, pero es que no sé qué debo preguntarte. Cuando me animo a hacerlo te enfadas —me defendí haciéndome el inocente.

—Quiero que me cuentes cómo te sientes y qué sientes —indicó.

Me miré el bulto del bañador, me pareció inspirador antes de responder:

—Pues es realmente frustrante. Con la edad que tengo y no puedo aliviarme cuando yo quiera. ¿Sabes lo qué es eso para un chico? No quiero ruborizarte, de verdad, pero es que yo me la cascaba casi todos los días. Es lo normal a mi edad. He llevado siempre una vida sana y he tenido un maldito ictus, que encima me ha convertido en un tarado. Un enfermo que solo puede excitarse con su madre.

Su expresión era de cariño, de comprensión, no de reprobación.

—Yo me frustro al ver que sufres. Odio no saber ayudarte. Y cuando creo que lo hago luego me siento sucia, como si hubiera hecho algo abominable. Y pienso que en vez de ser una buena madre lo que soy es una loca a la que este problema le viene grande.

—A mí me entristece pensar que siempre será así, que nunca más podré estar con otra mujer. Que no sabré lo que es estar dentro de alguien. Que no podré, y perdona mamá, pero que no podré follar de nuevo. Y creme, no es que fuera un experto como para poder prescindir de algo así. Y encima saber que me odias, que me ves como un monstruo.

Los dos nos expresábamos con serenidad, sin subir el tono a pesar del sentimiento de nuestras palabras.

—Yo nunca te veré como un monstruo. Una madre no regaña a su hijo porque le odie, lo hace para ayudar, para educar.

—Un hijo no suele meterle mano a su madre.

—Nadie debería pasar por lo que tu has pasado, no a tu edad —me defendió.

Estaba preciosa. Sentada a mi lado con aquel sensual traje de baño, la melena al viento y con las gafas de sol protegiéndose los ojos.

—Estoy obsesionado. Enfermo de sexo. La mayor parte del día me muevo entre la frustración, la tristeza o la excitación indebida.

—No estés triste, volverás a…

­­—No, mamá, eso no lo sabemos —interrumpí—. Tengo que mentalizarme que nunca más sabré lo que es estar dentro de una mujer. Me repito, pero es así. No una que me ame. Quizás solo con putas y contigo al lado, inspirándome. Yo no he elegido ser así. Yo no era así.

—Lograremos que no sea así.

—¿Y mientras tanto? ¿Seré célibe? ¿Me conformaré por restregarme contigo de vez en cuando hasta que me corra agónicamente, desesperado? ¿Quizás una paja por navidad y mi cumpleaños? ¿Alguien podrá quererme siendo así? Y si lo hace, ¿viviremos castamente? ¿Se lo tendré que explicar?

Los ojos de ella brillaban, llorosos. Estaba conmocionada, capaz de obviar el lenguaje soez y centrarse en lo que sentía.

—Mi amor, hago lo que puedo.

—Lo sé…

Interrumpió nuestra charla los primeros compañeros de playa. Hombre y mujer de mediana edad que, guardando una distancia prudencial y saludándonos con la cabeza, se desnudaron completamente y se acomodaron en sus toallas. Mi madre y yo nos miramos, divertidos. El sol empezaba a estar más fuerte, había pasado el tiempo, y llegó más gente con idéntica actitud. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que estábamos en una playa nudista.

—Anda que, menudo ojo tengo —dijo divertida.

Éramos la nota discordante, pensé que nos iríamos a otro lugar, pero mi madre decidió quitarse la parte de arriba del bikini, mostrando sus preciosos y bronceados pechos.

—¿Lo ves? Topless, no es tan raro —informó con cierta picardía.

Repitió la maniobra con la braguita, mostrándome unos segundos su pubis rasurado en forma de triangulito para taparse enseguida con sus propios muslos hábilmente.

—No seremos nosotros los raros, ¿no? —afirmó—. Suficiente raros somos ya, jajaja.

La imité. Quedándome desnudo completamente, exhibiendo una juvenil y vigorosa erección entre el resto de penes flácidos y arrugados.

—Ostras, cariño… —dijo entre risas.

—Sí, ya. Lo sé —afirmé avergonzado.

Seguía ocultando su sexo con maestría, pero sus pechos descansaban libres y salvajes. Era, sin duda, la mujer más atractiva de la playa. Observé las furtivas miradas de algunos hombres, que aparentaban naturalidad detrás de sus libidinosos ojos.

—Mamá… —comencé teniendo los ojos húmedos ahora yo—. No quiero vivir. No quiero vivir así.

Ella me miró. Me acarició la mejilla y dijo:

—Vamos a bañarnos. El mar lo cura todo.

Lo siguiente que vi fue su silueta correr por la arena, con sus preciosos glúteos botando a cada zancada. Como la mañana anterior la seguí, tirándome al agua y nadando detrás de ella. No conseguí alcanzarla, sentía mi pierna mala algo más floja por los esfuerzos anteriores. Ella se giraba de vez en cuando, huyendo, pero sin separarse demasiado, tentándome.

—Vamos, cobardica.

Seguimos un rato hasta llegar a una parte apartada, entre las rocas, donde el agua me llegaba por el pecho. Como en un extraño rito nos acercamos, lentamente y sin dejar de mirarnos a los ojos.

—Sabes que yo te amo, ¿verdad? Que nadie lo hará como yo lo hago —me dijo.

Asentí.

Nuestros cuerpos se juntaron, ni el esfuerzo ni el agua habían apaciguado mi erección, y ahora mi miembro se rozaba con la ansiada anatomía de mi progenitora. Me besó en el cuello, con dulzura. En el mentón, en los labios, agarrándome de los pelos de la nuca con delicadeza. Nos morreamos, entrelazamos nuestras lenguas mientras que con su mano libre me agarraba el miembro y comenzaba a sacudirlo bajo el agua.

—Te querré siempre —insistió, susurrándome.

Yo aproveché para tocárselo todo, superado. Las tetas y el culo, acercándola más a mí sin dejar de besarla ni un momento. Me dijo una vez un amigo que era difícil correrse debajo del agua, pero con mi madre me veía capaz de todo. La paja era mucho mejor que la anterior, en intensidad, en sentimiento.

—Mm. ¡Mm! Mmm.

—Lo arreglaremos, hijo. Te lo juro.

Le metía mano, desesperado. Ella hacía lo mismo. Masturbándome y cogiéndome ahora el culo. Podía oír nuestras respiraciones, aceleradas. Se detuvo entonces, lentamente, no de golpe. Se separó un poco de mí retándome con la mirada y apoyó sus manos en una roca que sobresalía del agua. Dejo flotar su cuerpo, abriendo las piernas, incitándome. Yo no podía creérmelo, avanzando hacia ella hipnotizado. Le agarré las nalgas y mi madre enrolló sus piernas en mi cuerpo, frotándome ahora el falo con su sexo, pudiendo notar su vello púbico en mi tronco. Acomodé la entrada de su ansiada cueva en mi glande y la penetré, lenta y placenteramente.

—Mm. ¡Mm! ¡Mm! ¡Ahh!

Gemimos los dos. Ella se soltó de la roca al verse ensartada por mi sable y se agarró a mí con fuerza con brazos y piernas. Yo soportaba su peso en el agua cogiéndola del culo y, ayudándome de las manos, empecé a sacudirla.

—¡Ohh! ¡¡Oh!! ¡¡Mm!!

Estaba en su interior, notando su apretadito coño aprisionando mi polla, excitado y superado por el placer.

—Eso es mamá, ¡mm! ¡Oh! ¡¡Oh!!

—Sí, hijo, sí. ¡Mm! ¡¡Mm!! Te amo, recuérdalo, ¿vale? ¡Mm!

Insistió en decírmelo, preocupada por mis afirmaciones anteriores.

—Y yo a ti, mamá. Te amo. ¡Oh! ¡Oh! ¡Ohh! ¡¡Oh!! ¡Oh! ¡¡Ohh!!

Las embestidas eran cada vez más contundentes, penetrándola profundamente, separando su cuerpo hasta casi salir de su interior para volver a metérsela hasta el fondo. Podía notar mis ingles golpear las suyas, con sus pechos rebotar contra mi torso. Hubo un par de olas más grandes de lo habitual, pero ni eso consiguió descentrarme.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ah!! ¡¡Ah!!

Cambié un poco los movimientos, manteniendo ahora mi polla completamente en su interior, subiendo y bajando mi cuerpo en busca de nuevos y placenteros roces.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Ohh! Mm. ¡Mm! ¡Mm! ¡¡Mm!! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ah!!

Ella me agarró con fuerza la espalda y me la arañó, rodeando luego mi cuello para ayudarme con las acometidas.

—Joder, joder. ¡Joder! ¡Mm! ¡Mm! ¡¡Mmm!! No puedo más, ¡ah!

No era un farol, le apretujé con furia las nalgas y me corrí, vibrando con cada espasmo y descargando toda mi leche dentro de su coño, en lo más profundo, como si pretendiese llegar a sus entrañas. Ella se estremeció, temblando en el momento final.

Permanecimos abrazados, sin retirar mi chorra aún, dejando que fuera perdiendo vigor. Finalmente la solté y ella flotó, quedándose tumbada entre las olas, exhausta. Levitando en el mar como si fuera una sirena.

—Tu abuelo tenía razón, el mar lo cura todo.

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