JOSÉ MANUEL CIDRE

Tras darle vueltas al azúcar alzó la vista. La incredulidad le hizo fijarse mejor. ¿Era ella? Si, lo era. Hacía por lo menos veinte años que no se veían, pero aún la reconocía. Increíble.

-Paloma.

Ella volvió la cabeza y le miró extrañada.

Soy Juan. Jeje. Juan Antonio Gómez. ¿Recuerdas? Del colegio.

Los ojos de Paloma se fueron iluminando. Terminó de pedir en la barra y se acercó a la mesa.

Hola. ¡Qué increíble sorpresa! Espero que no estés aquí por algo muy personal.

-Ah, no. – respondió Juan. – Era una amiga. Bueno, casi mejor una amiga de mi hermana. Ya sabes, una larga enfermedad, como dicen a veces. Aunque muy querida de mucha gente ¿y lo tuyo?

Bueno. – Paloma respondió dubitativa. – Tampoco nada muy cercano. Un amigo, emm, o conocido más bien. Del barrio.

Ah. Qué curioso. Estaba pensando… Más de veinte años que no nos vemos, y vamos a encontrarnos en la cafetería del cementerio.

Si – replicó Paloma de inmediato. – Con unos saludos muy… ¿Como diría? Sui generisBueno y cuéntame entonces; ¿Que haces?

El hombre mojó sus labios con un sorbo de café y respondió escuetamente. – Administrativo, en la empresa de unos amigos de la familia. Más de diez años ya. No me puedo quejar¿Y tú a que te dedicas?

Tampoco me puedo quejar. Recepcionista en el gimnasio. Un gimnasio grande. Con más de mil doscientos socios. Es que, últimamente la empresa ha hecho una importante campaña de captación.

-Qué bien. Apostilló Juan.

De hecho, el fallecido era uno de los socios. – se llevó la mano a la boca sonriendo. – No lo digamos muy fuerte, no vaya a hacernos mala publicidad. Pero vaya – continuó – de todas formas, yo lo conocía de antes, era una persona conocida en el barrio.

Juan se limpió la boca con la servilleta de papel. – Si era tan conocido, habrá venido mucha gente.

Pues no.

Paloma noto la cara de sorpresa.

Verás – hizo una pausa mientras miraba a lo lejos por la ventana. – Era una de esas personas que, algunos dirían, que ha vivido intensamente; juerguista, comía, bebía, en sus años mozos se metió en el cuerpo un poco de todo, viajero, no muy ahorrativo como supondrás, una novia en cada puerto, en fin. Él mismo decía que era un Rolling Stone… Un bala perdida.

Ahora fue ella la que bebió un sorbo.

Mientras, Juan aprovechó. – Pero, en principio, todo eso no tiene por qué estar relacionado con que haya venido poca gente ¿O si?

Si te digo la verdad, yo pienso que; de acuerdo si, vivió a su bola, sin embargo, no hizo nada por nadie, quiero decir, nada sustancial. Por tanto, ahora casi nadie se acuerda de él. O dicho de otra manera. – Paloma miró fijamente a su antiguo compañero. – Casi nadie tiene buenos recuerdos de él. Ahí en la sala está su madre, la pobre, y sobre todo, amistades de ella. ¿Conocidos del difunto? Casi nadie, Juan, ya te digo, algunos del gimnasio y poco más.

Ahora fue Juan el que puso la mirada perdida mientras le daba algunas vueltas a la cabeza.

-Y la amiga esa de tu hermana ¿Qué tal? –quiso saber Paloma. ¿Ha venido mucha gente a despedirla?

Eso es lo que pensaba. -El hombre ladeó la cabeza apoyándola en su mano derecha con gesto pensativo. -Ha venido muchísima gente, y fíjate lo que te digo, bastantes personas, de fuera de la ciudad.

-Ah. ¿Viajaba mucho también?

Juan acabó el café y respondió sin abandonar el rostro pensativo: -Si, verás. Viajó pero, es que desde que era joven , nada más terminar su carrera de Trabajo Social empezó a colaborar en proyectos sociales, quiero decir; en asociaciones, con menores, adicciones… Incluso estuvo un tiempo en Iberoamérica. Y a la vez que hacía todo esto, sacándose otra carrera, Psicología.

Paloma abrió mucho los ojos. -¡Qué bárbaro! Su familia estará destrozada.

-Si. Pero fíjate; no tenía familia propia. Están aquí sus dos hermanas y sus sobrinos. Se ve que no tuvo tiempo de, digamos, otros menesteres.

Ahora era Paloma la que hablaba con gesto meditativo: -Y ahora, esas personas en las que se volcó, son las que vienen a su funeral.

-Además de directivos de asociaciones, amistades que fue conociendo en los diversos sitios, etcétera. Continuó Juan.

La mujer terminó el café y sonrió; –Contrastes. A lo que Juan simplemente asintió.

Ambos se levantaron y tras abonar las consumiciones, salieron de la cafetería en silencio.

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