MARÍA RIVAS

Suena el despertador. Se levanta sin pensarlo demasiado, si lo hace no abrirá los ojos, los apretará fuerte tratando de hacerse invisible, como cuando era pequeña, como cuando jugaba al escondite y los cerraba confiando que nunca la encontrarían.

Se evita mientras se mueve mecánicamente por la casa. Y cumple. Cumple con lo esperado. Cumple hasta que el espejo, inevitable, le devuelve su reflejo. Traidor. No da tregua ni un solo día. Un día más. Un día más que decide seguir ahí, aquí.

Y no es bastante ¿Por qué? No sabe responderse. Tampoco entenderse, y se hace la única concesión de todo el día: pensar. Solo una vez. Solo una vez hasta que vuelva a meterse en la cama y permita que la oscuridad la arrope con su melancolía.

Una última mirada y una sacudida de cabeza para alejarla. A ella. A su otra ella. La que no se queda, pero ella sí.

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