TANATOS 12

CAPÍTULO 28

María le estaba viendo. Era imposible que no se estuviera dando cuenta. Y yo no me podía creer que diez segundos atrás estuviéramos inmersos en su excitante narración y que de golpe todo saltara por los aires; como siempre, por culpa de él, o, también, quizás, por culpa mía.

Mis nervios se dispararon, casi podía escuchar mi corazón latir. Y María se giró hacia mí, y dijo:

—¿Qué es esto?

Yo no sabía qué responder, y veía como Edu y la chica se asentaban y él fingía no vernos.

—Le has escrito para que viniera, ¿verdad? No me mientas más.

—No… le he escrito… echándole en cara que se perdiera… cosas… o tardes como esta —respondí, intentando que aquello aparentara tener cierto sentido.

—No os entiendo. No entiendo nada. Ni a ti ni a él —respondía ella, algo apocada, como superada, pero no parecía enfadada.

Ellos se sentaban en sus toallas y pensaba en aquel no enfado de María, y pensaba que quizás fuera porque aquello era una puerta a la esperanza de que Edu no hubiera abandonado, si bien reaparecía de forma retorcida.

Edu nos había visto, pero fingía no conocernos. Y María, si bien no enfadada, parecía apesadumbrada, y yo no sabía si eso obedecía a una decepción conmigo… por haberle escrito a él a sus espaldas… o lo que sucedía era que le molestaba ver a Edu con compañía.

Y entonces Edu se sacó el bañador y su risueña compañera se ruborizó, y toda la playa se centró en él. De golpe él era el absoluto protagonista, ayudado por la inclinación sexual mayoritaria de la playa, y todo acentuado por el tamaño de lo que liberaba. Y se puso en pie, y la chica también, y ella le abrazó, y María no se cortaba en mirarles… y su polla caía enorme y pesada, y solo había ojos para él, y él le quitó la parte de arriba del bikini a la chica, y salieron a la luz unos pechos medianos, casi pequeños, muy blancos, como toda ella, y unas areolas, eso sí, con un tamaño e impacto vistoso y sugerente.

Ella se colgaba de él, mostrando una entrega casi infantil, algo ridícula, y él se mantenía más seco y distante. La chica no tendría más de veintipocos años. No era una mujer, como María, ni siquiera una chica atrayente como Begoña. Era guapa, de gestos dulces y ojos vivos, delgada y bien hecha, pero con respecto a Begoña, y sobre todo a María, era un paso atrás, si bien, obviamente, no parecía ser más que otro entretenimiento.

María susurró algo y yo no llegué a entenderlo, pero había sonado a desaprobación. Y si ridícula parecía la chica, que seguía entregada a él en cada gesto y mirada, también me sentí ridículo yo, e incluso sentí ridícula a María, pues ambos dejamos de existir, incluso para el viejo. María y yo, allí sentados, desnudos, les observábamos como unos mirones más.

El culo pequeño y pálido de ella, aún parcialmente tapado por una braga de bikini estampada en colores claros, y el culo potente y musculado de él, se alejaban, en dirección al mar.

Él se zambulló, y ella fue detrás, y después se besaron, y María seguía mirándoles, y yo quería decir algo que rompiera la tensión, y es que de alguna forma me molestaba el silencio y curiosidad extrema de María. Pero no sabía qué decir. Y sus besos comenzaron a hacerse más tórridos, y nadie perdía detalle. Con el agua casi a la altura del cuello… ella pronto le comenzó a rodear con sus piernas… y sus brazos se colgaban de él y la melena empapada de Edu le hacía más llamativo y atractivo. Y miré a María, y pude sentir su sofoco… quizás recordando, quizás con envidia, quizás con celos, quizás con una mezcla de todo.

Todo pasaba muy rápido. En apenas cinco o diez minutos todo había cambiado y todo parecía más oscuro, como si el sol se hubiera acelerado desde que María había terminado su narración. Cuando, de golpe, escuché:

—Están… follando…

María, afectada, susurraba aquello, y yo llevé mi vista al mar, y vi sus cuerpos completamente pegados, y efectivamente se apreciaba un pequeño vaivén… pero no se podía saber con total seguridad.

—No sé… ¿tú crees? —le pregunté, y la miré, y vi su mirada encendida, y sus mejillas ardiendo, y sus pechos otra vez con una contundencia que parecía vinculada a su nivel de excitación.

—Joder… Mira… —volvió a susurrar, y de nuevo mis ojos fueron al mar, y veía otra vez aquel vaivén, pero se giraron un poco… y dejaron de besarse y entonces se abrazaron, completamente pegados, con sus caras pegadas, y vi… la cara de ella… que era… entrega pura… con sus ojos cerrados, cerradísimos, frunciendo el ceño, y con la boca entreabierta, y envueltos ambos en aquel vaivén… Edu se la estaba follando… y María ardía… y entonces se giraron otra vez… y ahora era a Edu a quién podíamos ver mejor… y nos miró, a mí, o seguramente a María… Serio. La miraba… como si hablase con María a través de la pelirroja, como si se la follase y la hiciera sentir a través de ella… Y el sofoco de María era tan intenso que casi podía sentir sus ganas de tocarse… y de calmarse… y si no lo hacía era por orgullo… pero era evidente que lo que veía la estaba matando.

Y entonces escuché otra vez una voz, pero esta vez no era María, sino que venía ronca y arrastrada, desde mi derecha… Era el viejo, que, de pie, a mi lado, y volviendo a centrase en nosotros, me decía:

—Ey… ¿Por qué no te vas al agua… eh?

—¿Qué…? —pregunté, mirándole, hacia arriba. Con su polla recogida, cerca de mí.

—Déjame… un segundo… quiero hablar con tu chica —dijo entonces.

Me quedé petrificado. Y no sabía si María le había oído. Y no sé por qué miré otra vez al mar, a aquel vaivén evidente. Volvían los besos tórridos y mi incomodidad era máxima. Y tampoco entendía por qué no le respondía a aquel señor.

Tragué saliva y él insistió, en un tono más alto. Y yo no sabía lo que quería. Y entonces le miré. Y vi su mirada sucia. Desagradable e impaciente. Impaciente porque estaba a un “sí” de que todo fuera aceptado y consentido, pues mi “sí” supondría el “sí” de María, o eso seguramente pensaba él.

Y entonces quise que sucediera, otra vez, o al menos quise dejarlo en manos de ella, e hice ademán de levantarme, y María llevó rápidamente una de sus manos a mi muslo, impidiendo mi movimiento, y me susurró:

—Quieto.

Y entonces el señor se acercó más. Y ella alzó la vista, y le dijo:

—¿Puedes apartarte, por favor?, no queremos nada —y lo dijo con soberbia, como si él fuera un indigente pidiendo ayuda… en un desplante cortante y desagradable, y yo no le miré a él, pero pude imaginar su gesto mientras sentía que se alejaba.

Y María se reclinó un poco hacia atrás, sobre sus codos, y separó sus piernas flexionadas, de tal forma que su coño se exponía al máximo, y podía ver por entre ellas aquel vaivén. Y Edu miraba hacia ella otra vez. Y conectaban. Y sus pechos palpitaban, hinchados, grandes, sobre su torso recostado, y vi su mirada… y pude sentir lo que seguramente había sentido Carlos una vez había aparecido Edu: aquella mirada que no solo mostraba excitación y deseo, sino elección.

Su conexión era total. Ella le ofrecía su coño, le decía que era suyo. Y él le decía, con su mirada seria y con los jadeos de aquella chica, que su oferta era un todo o nada.

María movió entonces su mano y creí que iría a calmar su coño, pero simplemente apartó unas arenas de su muslo, y, gracias a aquel movimiento, pude ver que su mano temblaba un poco. Y su melena le caía por la espalda hasta reposar en su toalla, y sus piernas seguían separadas, y nada ni nadie existía… nada salvo aquella conexión entre los dos; no solo yo, o el viejo, o los demás, sino incluso la pelirroja eran mero atrezo, accesorios de aquella conexión. Y entonces precisamente aquella pelirroja se echó un poco hacia atrás, alargando sus brazos hasta rodear a Edu con sus manos en su nuca, y se movía y serpenteaba con su cadera… con aquella boca entreabierta y sus ojos cerradísimos. Y aquel placer fue demasiado para María, que no buscó calmarse, sino huir:

—Vámonos… —dijo categórica. Irrebatible.

Antes de que me pudiera dar cuenta María se hacía con su braga del bikini y le daba la espalda a lo que Edu le planteaba y ofrecía. Ella se ofuscaba, sin querer mirar ya más hacia el mar. Y se ponía también la parte de arriba del bikini… y recogía lo demás, y yo la secundaba, siempre en sus manos.

No echó una última mirada hacia el mar, pero yo sí, y vi a la pelirroja, permanentemente colgada del cuello de él, pero ahora el vaivén se había detenido y ella le miraba, agradecida, con aquel agradecimiento del que me había hablado María. Seguramente ya se había corrido.

Llegamos hasta el coche sin decir ni una palabra. Una vez allí se puso unos shorts vaqueros, y creí que se pondría su camiseta, pero se metía en el coche sin cubrirse más, mostrando un sofoco y una calentura impactantes… y hasta desoladores.

Arranqué. Conducía en silencio. Y a veces miraba de reojo cómo ella mantenía parte de su melena ocultando su cara, quizás avergonzada de su propia calentura, y con el cinturón de seguridad encajado entre sus tetas, produciendo que estas emergieran hacia adelante de una forma brutal. Quería tocarla, pero no me atrevía, y en otra rápida mirada vi como sus pezones marcaban aquellos triángulos azules, y me costaba contenerme, pero de nuevo no sabía a qué estaba autorizado.

Y yo pensaba entonces que habíamos ido allí, solos, a jugar, a demostrarnos que no le necesitábamos, y habíamos tenido que acabar huyendo, humillados, y conscientes de la indiscutible evidencia.

Y entonces sonó el teléfono de María, y ella lo cogió rápidamente. Miró su pantalla. No dijo nada. Ni resopló ni mostró nada. Y finalmente descolgó. Y yo no alcanzaba a entender, pero alguien le hablaba, y entonces ella dijo:

—Eres un cabrón…

No había duda de que era Edu, y ella se mantenía oculta bajo su melena, y yo conducía despacio, intentando escuchar.

—Sabes de sobra que se estaba notando —respondía ella, tensísima.

La miraba de reojo y la veía acalorada y escuchándole.

—¿Pero ya no estás con ella? —preguntaba.

Y tras un silencio ella decía:

—Eres un gilipollas…

Y yo deseaba con todas mis fuerzas poder escucharle, pues no era capaz de crear la conversación sin él.

—No, no me puso cachonda verlo —le dijo entonces ella. Aún más seria que antes.

Y, tras algunas frases de Edu, María dijo:

—¿Ahora?

Y tras la réplica de él, ella susurró:

—Pablo, aparca el coche, por favor. Donde puedas —me decía, y yo no entendía nada, y cogía un pequeño desvío, hacia una explanada árida con unos pocos árboles, en lo que parecía ser otro aparcamiento de otra playa.

Edu le hablaba y yo prácticamente tiraba el coche en un terreno llano de tierra rojiza, frente a una especie de duna de maleza y arena.

Y Edu seguía hablando, y yo paré el motor, y la miré, y en ese momento… María… me mataba… y mis pulsaciones se disparaban… y es que… se llevaba un dedo a la boca. Y yo ya lo comprendía: ella empezaba a obedecer a lo que él le decía.

María se quitó el cinturón de seguridad, y yo hice lo propio. Sentía que había cuarenta grados en el coche a pesar de que ya caía el sol, y ella, chupando su dedo, y escuchándole, me miró. Me miraba para que todo encajase, para todo fuera lícito y pleno… y a mí me dolía verla así de sumisa… a la vez que me excitaba como nunca.

Yo no sabía cómo se había deshecho de la pelirroja, pero parecía obvia su intimidad. Y entonces María sacó su dedo de la boca… y gimoteó un “sí…”, y reclinó un poco su asiento hacia atrás.

Lo que vino después fue su mano que no sujetaba el teléfono a sus pechos, a acariciárselos, sobre aquel bikini azul, y ella le seguía escuchando, y aquellas caricias a veces eran sutiles y a veces más rudas… y su cara ya era un sofoco absoluto. Sus ojos le brillaban y todo su rostro lucía sonrojadísimo. Y yo me preguntaba qué le estaría diciendo aquel cabrón para tenerla así…

Y entonces ella se sacó una de sus tetas, y después la otra, y ambas colgaban enormes y sepultaban sus triángulos celestes, haciéndolos casi desaparecer por completo. Y yo miré a nuestro alrededor, y no veía absolutamente nada más que algunos coches aparcados en la distancia, y entonces… María… se incorporó un poco… y dejó caer saliva de su boca a uno de sus pechos… Y mi corazón se me salía del cuerpo mientras ella seguía obedeciendo… y su mano iba a esparcir aquella saliva por su pezón… y María me miró otra vez; le escuchaba, le obedecía y me miraba, y por un instante fui feliz, viendo su sumisión y su necesidad de mí… y ella jugaba con aquel pezón que brillaba, sobre su teta enorme… gustándose… luciéndose ante mí y obedeciéndole a él, llegando otra vez a aquel estado maravilloso y completo.

Ella, con sus tetas fuera y su pezón brillante, volvía a dejar caer saliva de sus labios… y un hilillo colgaba de su labio inferior mientras ya jugaba con el pezón de su otra teta… y la sentí tan sucia, tan guarra, acariciándose y gustándose, y mirándome, que una gota brotó de la punta de mi miembro inmediatamente.

Y después su mano fue al botón de sus shorts, y los bajó un poco, y yo sentí tanto calor que abrí un poco mi puerta, y entonces yo mismo la ayudé a desprenderse de aquellos pantalones cortos… yo mismo le facilitaba las cosas para que pudiera masturbarse mientras escuchaba y obedecía a Edu.

Tan pronto ella se liberó, levantó sus piernas y posó las plantas de sus pies sobre el salpicadero, y se dejó ir… y yo… no sé muy bien por qué… la quise dejar disfrutarlo… sola.

Y salí del coche. Miré a mi alrededor y me volví a cerciorar de la seguridad y soledad de María. Como si fuera un guardián que la protegía. Y caminé hasta situarme frente al coche, y desde allí vi como… ella, con sus piernas abiertas y sus pies allí apoyados, con su cuerpo reclinado, sus pezones brillantes y con un hilo de saliva colgando de sus labios… exigía de aquella braga del bikini… pues se masturbaba, con los ojos cerrados, escuchándole… y yo veía aquella braga azul, adelante y atrás… separándose y juntándose a ella… y sabía que le obedecía, y que se taladraba, con un dedo o dos… que se metía sus dedos, obedeciéndole… y sus piernas a veces temblaban, y las cerraba y las juntaba un poco… y su melena se le pegaba a la cara y sus tetas vibraban y temblaban al ritmo de aquella paja obediente y extrema.

Ella jadeaba… la oía gemir desde fuera del coche… y medio escuchaba, medio leía de sus labios, unos susurros entregados y vergonzosos que decían “sigue… “, “sigue…”, demandando más palabras gruesas de él… Y me mataba verla así, sobre todo cuando entreabría y cerraba la boca, y cuando sus piernas sufrían aquellos espasmos casi indignos… y su braga adelante y atrás, a toda velocidad… castigando ella misma su coño… socavando su coño y su soberbia a la vez… Y tragué saliva, extasiado y encendido, y entonces volví al coche, sin saber bien con qué intención, y la vi, deshecha, sudando, temblando… Y aquellos dedos salieron de su coño… y los llevó, los dos… a su boca… y jadeaba, exagerada y casi sobreactuadamente… con aquellos dedos en su boca, unos “¡hmmm!” “¡hmmm!” entregados y bochornosos… y después, otra vez, mientras le escuchaba, más “¡hmmm!” “¡hmmm!” que volvía a gimotear lastimosamente en el teléfono.

Y entonces quise tocarla… y posé una de mis manos en su vientre, para sentirla, y ella pegó un pequeño respingo, e, inmediatamente después, sacó sus dedos de la boca, y le dijo a Edu:

—No…

Y, tras ese quejido, tenuamente susurrado, volvió a dirigirse a Edu:

—No… Ni Rubén… Ni Carlos… Fóllame tú…

Y yo retiré mi mano. Temblando… Y ella se acariciaba una teta… Y abría los ojos, y me miraba, y susurró de nuevo al teléfono:

—Carlos me da asco… Fóllame tú…

Y yo me mantenía en silencio, alucinando con cómo se había excitado de aquella manera, y ella volvió a susurrarle:

—Eres un hijo de puta…

Yo resoplé y miré al frente. Me apoyé en el volante. Excitadísimo. Desconcertado. Y me mantuve así unos segundos. Y después sentí que ella se movía. Y la miré, y descubrí que habían colgado la llamada.

María, ardiendo, volvía sus pechos a aquel bikini y se intentaba recomponer. Abrió su puerta y cogió aire… pero no entraba nada… Y la tensión y una extraña angustia parecían oprimirla de una manera implacable.

Ella resopló. Molesta. Enfadada. Herida en su orgullo. Y se ponía sus shorts, pero el sofoco en su rostro no desaparecía.

Yo no entendía qué había pasado, y ella me pidió entonces que volviera a arrancar el coche.

Conduje, tentado constantemente de saber. Pero quise esperar a que ella se recuperara un poco. Tenía que esperar a que ella se perdonara a sí misma antes de preguntarle nada.

Cinco. Diez minutos en el más absoluto silencio. Hasta que llegamos a un semáforo y mi teléfono se iluminó. Y lo cogí. Y Edu había escrito en el grupo en el que estábamos los tres. Y María, con su opresión y sonrojo incesante, ya leía de su teléfono. Y yo, infartado, leí del mío:

Edu: Estás de suerte. Rubén libra hoy. Queda con él para que vaya esta noche a tu casa a follarte. Ya le he explicado que Pablo mirará. Ha flipado, pero no se lo ha pensado el cabrón. Envíale tu dirección.

En ese momento la miré. Ella parecía releerlo con una mezcla de indignación y tensión. Y entonces alguien detrás apretaba el claxon y me sobresaltaba. Pero no miré atrás, sino a María, y pude ver cómo los dedos temblorosos de ella… salían de aquel chat… y entraban en su conversación con Rubén.

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