ARCADIO M

Parecía un hasta luego, aunque se sentía un hasta siempre. Y en realidad es lo que le estaba diciendo, aunque él se resistiera a entenderlo. Aquella mirada de compasión, mientras sus dedos resbalaban por el cristal de la ventana del coche, lo tenían todo de despedida final y ya nada de aquel amor pasional que habían compartido. Y con el tiempo entendería que habían compartido toda la pasión del mundo, pero amor, lo que es amor, no habían tenido.

Y se vio contando las quinientas noches de Sabina, añorando sus besos de deseo y sus caricias de fantasía. Soñado cada palmo de su piel en aquel mapa tantas veces recorrido y en el que, de tanto caminar, había hecho camino. Pensó en cómo robarle tiempo al tiempo y poder retroceder horas, quizás días, y encarrilar aquel tren que llegaría por la mañana ya sin ella. Lo que menos tenía en mente era como iba a curar aquel corazón partido, dolido y náufrago en aquel mar de sentimientos, agitado por un feroz temporal que se tragaba al buque rey de aquellas aguas. No habría marea negra, pero si ríos de lágrimas desordenadas que nadie escucharía llorar.

Y seguro de que si ella decía ven lo dejaría todo, a pesar de aquella agonía, arrancó el coche chirriando las cuatro ruedas, en un intento inútil e inmaduro de alejar aquel mal trago. Y le dieron las doce, la una, las dos y las tres rodando en busca de la chispa que había volado aquella bomba de atracción fatal que vivían. Pero aquella madrugada los astros no le acompañaban.

La oscuridad se cernía sobre él. Se detuvo en la orilla del acantilado. Necesitaba respirar aire fresco y sentir que era libre como el viento. Aunque en realidad, su sentimiento era más de hoja seca arrastrada por la furia de la tempestad del mar Atlántico. Estaba en la puerta de la Costa da Morte con el propósito firme de ahogar aquella nube negra que le nublaba el sentido desde el momento del adiós. Quizás no fuera un hombre honesto consigo mismo, ni piadoso con sus sentimientos. Pero tampoco era un hombre valiente, no al menos para segar una vida y, menos, la suya.

Así que, volvió al coche sabedor de que el destino lo forjaban las piedras del camino. Estaba seguro de que aquel dolor curaría, pero también de lo que tendría que sufrir mientras cicatrizaba. Puso rumbo al nuevo amanecer en que el sol de nuevo brillaría y se llevaría su soledad. Sin duda. Tardaría más. Tardaría menos. Pero acabaría por descubrir que aquello que terminaba no era amor, ni siquiera obsesión.

Nunca olvidaría lo que le había dado. Ella había sido su punto de inflexión. Pero un día, a las puertas del verano, encontraba su rosa de los vientos, a quién le regaló su amor y su vida, porque a pesar del dolor era ella quien le inspiraba. A su lado se sentía seguro, tanto, que le prometió amor eterno.

Años más tarde, echando la vista atrás, supo que aquella despedida era un hasta siempre. Y se alegró de que así hubiera sido, a pesar de todo.

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