SYLKE & FRAN

CAPÍTULO 14 – MÁS ESTRENOS

Nuevas sensaciones, nuevas experiencias tras ese polvazo en forma de trío en el despacho de nuestra profesora Aurora, a la que le dimos de lo lindo, mientras Miguel le sodomizaba, yo le follaba ese coño pelirrojo. ¿Quién me lo iba a decir días atrás cuando descubrí por primera vez aquellos cuerpos desnudos? Observar el rasurado de esos coños, cómo lo hice yo mismo, rasurándome con ayuda de Celia, que acabó dándome otra “ayuda”, para acabar descubriendo labios y lenguas de todas esas increíbles mujeres, comiéndome la polla por primera vez la propia Celia, mamá o en un dúo entre Sandra y Lucía. Ya se quedaron atrás los espionajes, oler bragas, salir a hurtadillas, ahora, después de haber follado a mamá, estrenarme con ella y tirarme a mi musa profesora, todo tenía que salir bien, ya estaba metido en faena, todo tendría que ir a mejor ¿o no?

Cuando acabó la cena estuvimos un rato viendo la televisión y al rato llegó mi padre, al que también le di la buena noticia de haber superado esa última “prueba” de doña Aurora, aunque sin entrar en detalles, claro… Él me dio un abrazo por ese éxito, por ser tan formal, tan responsable y pensé “si él supiera…”

Mis padres dijeron que se iban a la cama, pues al día siguiente tenían un viaje al pueblo para un tema de unas tierras y Sandra que se iba a estudiar a su habitación, pero yo como me había echado una buena siesta no tenía sueño, por lo que me quedé un rato viendo la televisión y de paso ver una serie interesante que estaban echando y me tenía entusiasmado.

Un ruido que provenía de la cocina me hizo recordar que Celia esa noche se había quedado hasta tarde, preparando el postre especial que tomaríamos al día siguiente, se le oía cacharrear y tararear, como siempre esas melodías de su país. Me acerqué a ver que estaba preparando.

Allí estaba ella haciendo una tarta de chocolate y nata. La encimera estaba repleta de condimentos propios de la repostería que estaba preparando. Ella, de espaldas, canturreando, ajena a mi presencia y el vestidito verde que llevaba dejaba a la vista la rotundidad de sus muslos negros por detrás. ¡Vaya bombón de mujer!

–          ¡Qué pinta que tiene eso! – le dije acercándome, agarrando su cintura con una mano y metiendo un dedo de la otra en el bol lleno de nata que ella estaba batiendo.

–          ¡Marcos, qué susto! – dijo

–          ¡Mmm… qué rico! – dije chupando mi dedo y acariciando a la vez el inicio de su cadera con la otra mano.

–          ¡No toques nada, no seas tan impaciente y espera a que esté todo listo! – me dijo dándome un manotazo, haciendo aspavientos retirándome el dedo lleno de nata.

–          Está rico – le dije metiéndome el dedo en la boca y chupándolo de nuevo mientras miraba su lindo rostro con una sonrisa.

–          Te gusta chupar, se nota- me dijo irónicamente.

–          Mejor chuparía otras cosas- le respondí guiñándole el ojo, siguiendo su juego de palabras y con esa nueva faceta mía de ir muy lanzado con las mujeres.

–          ¡Qué guarro estás hecho, Marcos!

–          ¿Yo? ¡No he dicho nada! – fingí.

–          Seguramente…. ¡Ains, esta juventud siempre pensando lo mismo! – exclamó y como si no ocurriera nada, se giró para continuar con la preparación del postre.

La observé de espaldas con el vestido corto, suelto de color verdoso y floreado que contrastaba con sus muslos brillantes, negros y tan bien contorneados. ¡Qué belleza tan exótica tenía en casa! Tenía que reconocer, una vez más, que Miguel tenía la razón, era un “suertudo” y era inevitable recordar cómo se la folló en la bodega, como sacó lo mejor de esa hembra caliente, una negra que haría las delicias de cualquiera, solo con eso ya noté un cosquilleo en mi entrepierna.

–          ¿No es muy tarde para que sigas trabajando? – le pregunté volviendo a coger su cintura con una mano y ponerme a su lado observando como batía la nata y de paso sus pechos agitándose al mismo tiempo, asomando por ese canalillo que los apretujaba dentro su ceñido vestido.

–          Esto no es trabajo, Marcos, ya sabes que era mi regalo para ti, por haber aprobado todo.

–          Eres un encanto, Celia. – lo dije en todo el sentido de la palabra.

Me aferré aún más fuerte a esa estrecha cintura y al mismo tiempo observar su perfil, una pequeña nariz destacaba sobre unos labios gordos y bien formados, por no hablar de sus inmensos ojos.  A pesar de ser una mujer madura, conservaba una belleza y un cuerpo en forma, más que apetecible y las mujeres negras siempre aparentan menos edad, como era el caso.

–          Gracias, cariño, te lo mereces. Te has portado tan bien, que tu mami Celia quiere hacerte un buen regalo. Ya sabes lo mucho que te quiero.

–          ¿Y qué regalo es? – le pregunté haciendo que nuestras miradas se cruzaran un instante.

–          ¿Acaso no lo ves? – dijo refiriéndose a todo lo que estaba sobre la encimera, pero mis ojos se dirigieron de nuevo a su escote.

–          Sí que lo veo. – añadí con mi vista perdida ahí sabiendo que ella me miraba y que le gustaba mi forma de hacerlo, pero más aun mi juego de palabras pues yo me refería a su cuerpo.

Me turbaba contemplar esa estilizada figura junto a esa cara tan bonita de Celia, con esos ojos enormes, como lo era su boca. Por mi mente se empezaron a pasar las imágenes de cuando me ayudó a depilarme, de cuando me la chupó en el garaje viendo a mi profesora con Mario… de la escena en la bodega con Miguel, y automáticamente mi mano se posó sobre mi polla que quería reaccionar, cerré los ojos unos instantes, rememorando ese cuerpo desnudo y apenas unos segundos después, cuando los volví a abrir, me encontré a Celia mirándome fijamente, estupefacta.

–          ¿Pero qué estás haciendo? – me dijo mirando a los lados, con el temor de que apareciera alguien en la cocina.

–          Lo siento Celia, te observaba y.… no he podido evitarlo- le dije un poco avergonzado, pero visiblemente excitado mirando detenidamente su boca mientras hablaba.

Ella se mantuvo callada, mirándome a los ojos y a continuación a mi polla que yo apretaba sobre mi pantalón.

–          Desde luego está claro que la sangre te fluye siempre con facilidad al mismo sitio- me dijo con una sonrisa sin perder de vista mi vástago que cabeceaba dentro del pantalón corto que llevaba.

–          Lo siento Celia, pero se me ha venido a la cabeza, el día que me ayudaste a depilarme y.…- empecé a decir.

–          ¿Sólo el día que te ayudé a depilarte? ¿Estás seguro? – me dijo con aire interrogativo y esa sonrisa que indicaba que mis pensamientos iban mucho más allá de la depilación.

Celia, siguió con su tarea de batir la nata y yo no soltaba su cintura.

–          Tengo ganas de probar ese regalo. – dije.

–          Pues tendrás que esperar a mañana – añadió resoplando para seguir agitando la varilla dentro del bol.

–          No sé si voy a poder esperar a mañana. – añadí, bajando mi mano al principio de su redondo culo y noté que debía llevar tanga pues no noté la costura de sus bragas sobre la fina tela del vestido.

–          ¡Oye! – dijo dándome un manotazo en la mano.

–          Como habías dicho que me he portado bien y tendría un buen regalo, podrías darme un adelanto. – volví a bajar la mano, pero esta vez la dejó ahí.

–          ¿Y en qué habías pensado?

–          Ya lo sabes, Celia – dije apretando mi bulto que ya estaba rígido a tope.

La sonrisa de esa mujer denotaba que le excitaba la idea y sus ojos no dejaban de mirar contantemente ese bulto.

–          ¡Además, me encanta como follas! – dije de pronto.

–          ¿Qué?, oye que tú y yo no…

–          Bueno… verás, el sábado buscando a Miguel que me dijo que estaba en la cocina…bajé a la bodega y…. -me sinceré con ella.

Celia había detenido su labor y se me quedó mirando con sus ojos como platos, alucinando al escuchar lo que le decía, impresionada por el lujo de detalles en el que le fui contando lo que vi, para demostrarle no solo que era verdad, sino que lo disfruté desde mi escondite en la escalera, masturbándome al mismo tiempo.

–          Ya, siento que presenciaras lo que sucedió allí- me comentó en voz baja dándose la vuelta hacia la encimera con un sentimiento de culpabilidad.

–          Yo no lo sentí, todo lo contrario, me gustó mucho verte, Celia- le dije totalmente decidido, poniéndome esta vez por detrás a ella – y que sepas que follas muy bien, al menos lo que vi, supongo que sentirlo deber ser alucinante – añadí como el que no quiere la cosa.

Me acerqué tanto a ella, que rocé con mi abultamiento su culo prieto sobre su vestido, reaccionando de inmediato dándose la vuelta.

–          Pueden bajar tus padres o tu hermana, no puede ser… – exclamó nerviosamente Celia.

Antes de que pudiera decir más con mis dos manos sujete la cara de Celia y la besé de una forma instintiva, con descaro, decidido, intentó apartarme con la mano, pero sin fuerza suficiente para separarme de ella.

–          Mi niño, de verdad, esto es peligroso, déjalo- su voz era tenue, su resistencia se desplomaba con nuevos besos por mi parte y mi cuerpo pegado al suyo, era alucinante sentirla tan pegada a mí.

Saqué la punta de mi lengua rozando sus labios dulces, suaves, cálidos, los dibujé por todo su contorno, hasta que los entreabrió dejando que mi lengua se introdujera entrelazándose con la suya, separándose introdujo un dedo en el bol de chocolate y me lo pasó por los labios, ¡que sensualidad se respiraba en ese momento!, mi despertar sexual aumentaba a pasos agigantados en los últimos días con sensaciones que creían insospechadas en mí salvo en mis sueños eróticos.

–          ¡Celia, quiero follarte! – la dije con mi cara pegada a la suya.

–          No puede ser, cielo… – añadió con ese labio ligeramente mordido por su blanca y perfecta dentadura.

Actuando de la misma forma que hiciera ella, mojé mi dedo índice en el bol de nata y se lo pasé por esos labios que empezó a lamer formando un molinillo con su lengua, nos chupamos los dedos mutuamente con frenesí, en esos momentos mi erección era ya patente y sus pezones marcaban el centro de sus pechos, intentando rasgar el vestido.

–          Marcos, puede bajar alguien – ronroneaba ella, mientras yo chupaba uno de sus dedos y pellizcaba un pezón sobre su vestido.

–          Eso le da más morbo a la cosa.

Celia hinchó su pecho cogiendo aire y mientras chupaba mi dedo, sujetó los lados de mi calzón tirando de él hacia abajo. mi polla tiró hacia arriba y su mano derecha se agarró a ella, descapullándola por completo.

–          ¡Qué maravilla! – dijo aferrándose a mi extrema dureza, apretando sus dedos.

–          Es toda tuya.

Celia asomó su cabeza por encima de mi hombro, volviendo a mirar la puerta de la cocina, que permanecía cerrada y el silencio era nuestro aliado.

–          Lo voy a hacer más dulce – una sonrisa malvada apareció en su boca.

Soltando mi polla, se embadurnó los dedos de su mano de chocolate y los pasó a lo largo de mi vástago, deslizándolo y cubriéndolo por completo, podía notar esa tibieza de la crema y el placer de sus dedos. A continuación, se arrodilló y su lengua empezó a lamer cada palmo de mi polla, limpiando todo el chocolate templado, abriendo más la boca, cada vez. Intentó introducir todo lo que pudo, imposible debido a la longitud de mi instrumento, a la vez que su mano izquierda palpaba mis huevos con suavidad.

Después de unas lamidas intensas, sacó la polla que prácticamente había quedado limpia de chocolate y lamió sus labios no dejando nada en ellos.

Me miró a los ojos.

–          Ahora te toca a ti – me dijo levantándose y apoyándose sobre la encimera echando de nuevo una mirada a la puerta. Estaba nerviosa pero muy excitada.

–          ¿Tienes miedo de que nos pillen? – le pregunté.

–          Si, pero merece la pena el riesgo.

Aquella frase y el hecho de que yo estuviera medio poseído por aquella belleza de ébano,  nerviosamente abrí ese vestido que se abotonaba por delante y al hacerlo comprobé que no llevaba nada más debajo.

–          ¡Celia! – dije admirando esa desnudez que se mostraba en la apertura de su vestido verde.

–          Con calma mi niño, soy tu regalo, así que degústalo con placer y exquisitez- Su voz era melodiosa suave, excitante… no había definición.

No me lo podía creer, yo que pensaba que dominaba el juego de palabras con ella, pero era Celia la que tenía todo pensado, demostrándome que iba un paso por delante.

–          ¿Tú eres mi regalo? – pregunté alucinado.

–          Claro, mi amor. Te lo has ganado. ¿Te gusta? – dijo restregando esas enormes tetas por mi cara.

–          Entonces, ¿lo tenías pensado?

No me contestó y solo me besó, volviendo a enlazar su lengua con la mía. Mientras lo hacía entendí que lo del pastel era toda una excusa, que serviría como coartada con el resto de la familia, pero el hecho de quedarse tan tarde, era la sorpresa que me tenía preparada, que era no un pastel, sino ella misma.

–          ¿Me ayudas a quitármelo? – me preguntó ella refiriéndose al vestido y es lo que hice sacándolo por detrás de ella hasta dejarla totalmente desnuda.

–          ¡Qué maravilla, Celia!

–          ¿Te gusta?

–          ¡Me encanta!

–          Pues es todo tuyo. Pide tu deseo y se cumplirá.

Yo admiraba cada curva de ese cuerpo brillante negro como azabache y tan armonioso.

–          Pídeme lo que quieras. Hoy soy tu regalo.

Alucinaba con sus palabras y con ese cuerpo delante de mí.

–          ¿Me harás una cubana? – pregunté recordando la que le vi hacerle a Miguel.

–          Claro, cariño.

Celia se puso en cuclillas frente a mí y agarrando mi polla la situó entre sus pechos y sosteniéndolos firmes por los costados empezó un sube y baja increíble, haciéndome temblar cada vez que esas tetas acariciaban mi duro miembro que se ponía incluso más tenso dentro de ese acogedor alojamiento. Ella me miraba fijo a los ojos y de vez en cuando sacaba la punta de la lengua para lamerme con ella el glande que no dejaba de soltar las primeras gotas de líquido preseminal.

–          Uf, Celia, no voy a poder aguantar mucho más. – dije al sentir que esas tetas y esa lengua me estaban matando de gusto.

–          Bien, cielo, vayamos despacio. No corras… disfruta de tu regalo. – añadió ella poniéndose de pie y dándome otro beso apasionado.

Volvió a apoyar su culo en la encimera y ahora fui yo el que metí mis dedos en el bol de nata y dibujé su cuerpo de blanco, una mezcla perfecta en ese cuerpo africano que brillaba como nunca.

Mi lengua no dejó de saborear el dulce sabor de la nata mezclado con el sabor salado de las gotas de sudor que impregnaban el cuerpo de Celia. Bajé a sus pezones que relamí con pasión haciéndola soltar pequeños gemidos de placer. Su mano derecha volvió a mi polla que siguió masajeando, pero poco duró pues seguí bajando por su cuerpo su ombligo, su tripa, el exterior de sus muslos, pasé al interior, su vulva abultada, caliente, con mi lengua abrí sus labios vaginales, que saboreé con deleite, mi lengua se deslizaba desde el agujero de su culo a su clítoris, despacio, pero sin pausa, bebía sus jugos mientras Celia me agarraba el pelo y abría más las piernas, subiendo la pierna derecha encima de la encimera.

–          ¿Ya no tienes miedo de que entre alguien? – pregunté en una de mis lamidas a su rajita sonrosada.

–          Por esa polla y esa lengua merecerá la pena, te lo aseguro. -dijo sonriendo.

–          ¿Lo hago bien entonces? – pregunté.

–          ¡Que gusto, mi niño, cómo has aprendido a lamer! ¡No quiero ni pensar cómo podrás follar! – me decía apretando mi pelo.

Esas palabras lograban ponerme a tope y seguí devorando ese coño que estaba totalmente abierto y mojado, que yo me comí, con más ganas que cualquier otro pastel, Celia sabía riquísima. Me levanté la besé…, mientras mi polla se golpeaba sobre ese ombligo negro, resaltando la diferencia de color.

–          ¡Hazlo cariño, es nuestro secreto y mi regalo! – dijo introduciendo su lengua cálida en mi boca.

No me lo podía creer… ¡Joder, Celia me entregaba su cuerpo por entero!, ¡Ese era mi regalo! ¿Iba a follármela también?

–          Adelante, Marcos, vas a perder tu virginidad por fin. – dijo sosteniendo mi glande con dos dedos y embadurnándolo en su empapada rajita.

No fui capaz de rebatir eso, pues evidentemente ella desconocía que ya me había estrenado, nada menos que con mi madre y que incluso me follé esa misma tarde a doña Aurora, pero cualquiera puntualizaba nada en ese momento…

Nos miramos, riendo con nerviosismo, ante esa locura en la cocina. La aupé, cogiéndola en volandas hasta sentarla con sus piernas abiertas sobre la encimera, sin que ella soltara mi miembro en todo momento, al que fue orientando, hasta su entrada y poco a poco empecé a notar que mi polla se iba colando dentro, envuelta en su interior, entrando en esa cueva soñada, tan acogedora, palpitando y tensándose por momentos mientras avanzaba.

–          ¡Ah, cariño, cómo me llenas! – repetía ella que se agarró a mis caderas ayudándome a empujar más adentro.

–          ¡Qué gusto, Celia! – dije besando su boca y notando cómo entraba en ella.

–          Si cariño sigue por favor no pares – gimió para abrazarme por detrás con sus piernas.

Por fin la inserté al completo, sintiendo como ese coño se aferraba con fuerza a mi polla. La saqué hasta casi la punta, viendo como resaltaba el color de mi tronco saliendo brillante de ese coño negro al que volvía a penetrar, para volver a clavarla hasta el fondo, arrancando otro nuevo gemido de Celia y seguir besando con ganas esos labios. Empecé a mover mi pelvis, aumentando el ritmo, masajeando al mismo tiempo sus pechos como si amasara un pan, sin dejar de entrelazar nuestras lenguas.

Sus pies se entrelazaban en mi culo y empujaban ayudando a cada embestida profunda y enérgica.

–          ¡Ay, mi niño, qué rápido has aprendido! – gemía ella acariciando mi pelo, mientras yo seguía taladrándola a golpes de pelvis.

En un momento dado, ella echó su cabeza hacia atrás, agarrada a mi nuca con sus manos, lo que me permitía hacer incluso más profundas las penetraciones, hasta hacer chocar mis huevos contra su sexo, viendo que se estaba corriendo gracias a mis fuertes embestidas. Me sentía pletórico y orgulloso de proporcionarle ese orgasmo y ese placer.

–          Follas muy bien, Marcos, tu polla no solo es grande y me llena entera, sino que la sabes usar.

–          Gracias, pero contigo me inspiro – dije jadeante mientras seguía embistiéndola.

Cada vez que sacaba mi verga de ese coño negro destacaba mi dureza y el contraste de nuestras piees y volvía clavársela una y otra vez, sorprendiéndome al notar como esas paredes apretaban todavía más mi polla en un coño tan maravilloso. Solo la clavé cuatro o cinco veces, hasta que mis huevos tocaron con su redondo pandero, pero era demasiado sentirla gemir y mi polla tan apretada.

–          ¡Uf, Celia!, ¡voy a correrme… tengo que sacarla! – le dije presa de una excitación tremenda, con mi voz entrecortada y mi cuerpo tembloroso.

–          Tranquilo, mi niño, hazlo dentro – dijo aun inmersa en su propio orgasmo, con sus manos acariciando los lados de mi cara.

Mis glúteos se contrajeron y un espasmo intenso lleno de temblor se apoderó de mi cuerpo, hasta notar una explosión y cómo mi leche invadía el interior de ese coño de mi bella Celia. No me creía seguir sintiendo mi miembro dentro de ella y cómo seguía soltando chorros en su interior… fue sencillamente espectacular. Si ya había tenido la suerte de follar con mamá o con la increíble Aurora, Celia me hizo disfrutar de lo lindo, siendo distinta a las demás, su forma de atraparme con la polla apretada al máximo, era alucinante.

Abrimos los ojos, cargados de deseo y nos volvimos a besar, mezclando nuestras lenguas fuera de las bocas y nuestras miradas al mismo tiempo.

–          ¿Te ha gustado? – preguntó moviendo ligeramente sus caderas hacia delante, sin permitirme salir de su interior.

–          ¡Ha sido increíble!

–          Para mí también, cariño… lo has hecho genial.

–          ¡Vaya regalo, Celia!, ¡no lo voy a olvidar nunca! – le repetí, dándole pequeños besos a esos labios gordezuelos.

Tardamos un buen rato en separarnos y me pareció alucinante cuando lo hicimos, pues la leche blanca que había depositado en su interior, destacaba al recorrer como ríos esos muslos negros…

–          Ahora, vete a dormir y descansa, cielo. Te dejaré el pastel en la nevera – me dijo ella, recogiendo el vestido del suelo y abotonándose para girarse y terminar la tarta como si nada.

–          ¿No vienes mañana? – le pregunté.

–          No cariño, mañana es sábado. Tendrás el pastel para ti solo, bueno comparte un poco con tu hermana.

–          ¡Qué pena que no vengas mañana!

–          ¿Tienes ganas de repetir o qué?

–          No lo sabes, bien. – dije apretujándome a ese maravilloso cuerpo de nuevo.

–          Anda, vete y el lunes nos vemos. – añadió dándome un piquito que parecía toda una invitación.

–          ¿Volveremos a hacerlo, Celia? – le pregunté – ¿Me dejarás follarte el culo?

–          ¿Quién se puede negar a esto? – respondió con otra pregunta, al tiempo que apretujaba mi polla todavía algo tensa.

Me fui a la cama contento y feliz con mi regalo y con la promesa de volver a hacerlo con esa impresionante mujer, que me hizo ver las estrellas con ese polvo robado en la cocina, del que todavía tenía un regusto en mi boca y con la misma me tumbé hasta quedarme dormido al poco rato tras rememorar esos momentos con Celia.

Desperté casi a las 12 del mediodía y claro entendí que mamá no me quiso despertar, pues había madrugado con papá para ir de viaje al pueblo. Aunque me habían insistido en acompañarlos, preferí quedarme en casa, al fin y al cabo, la tenía para mí solo, pues Celia libraba y mi hermana debía estar en la biblioteca de la universidad, como hacía cada sábado para preparar su siguiente examen. Siempre ha sido muy aplicada en eso, al contrario que yo.

Así, que, aprovechando mi soledad, bajé desnudo las escaleras en dirección a la cocina para degustar la rica tarta de Celia que debía esperarme en la nevera, pero al llegar al salón escuché a alguien riendo en el jardín. No esperaba que hubiese nadie y me acerqué con cautela y descubrí, que dos de las tumbonas del jardín estaban ocupadas por dos mujeres desnudas, una de ellas era mi hermana y la otra Lucía, ambas tomando el sol como su madre las trajo al mundo.

Salí al jardín, así como estaba, pues últimamente ya había perdido la timidez y todo tipo de vergüenza, hasta llegar a su altura, exhibiendo con chulería mi desnudez.

–          ¡Hombre, dormilón! – dijo mi hermana, apoyándose en el borde de la piscina y mostrando sus tetas mojadas.

–          ¡Ah, hola Marcos! – me saludó Lucía tapando su cara con el sol, pero dirigiendo su mirada a mi polla que colgaba tranquila, aunque viendo a esas bellezas se fue entonando

–          ¿No has ido a estudiar? – le pregunté a Sandra.

–          No, le había prometido a esta, que quería bañarse desnuda en la piscina.

–          Oh, vaya… ¿y qué tal la experiencia? – dije recolocándome la polla con descaro, mientras ellas la miraban fijamente.

–          Pues bien, luego me baño contigo y repetimos.

–          Genial. – dije – voy a desayunar algo.

Justo cuando me volvía hacia la cocina, mi hermana me llamó.

–          ¡Marcos, una cosa!

–          ¿Qué pasa?

–          Queremos pedirte un favor, para después del desayuno.

–          ¿El qué?

–          Pues Lucía quiere perder la virginidad de una vez por todas y cómo tú ya tienes experiencia. – dijo guiñándome un ojo.

–          ¿Cómo?

–          Bueno, si te apetece, claro… – añadió Sandra.

Me quedé paralizado, como lo empezaba a estar mi polla pues ya se había tensado y apuntaba hacia ellas. ¿Cómo no me iba a apetecer follarme a mi compañera y estrenar su virginidad? ¿Otro regalazo incomparable? Una novedad para ella y en el fondo también para mí con una virgen.

–          Sí tu hermana me ha dicho que te has estrenado, pero no quiere decirme con quien, así que si quieres, me gustaría que fueras tú el que lo hiciera. – dijo Lucía acariciando la cara interna de sus muslos.

Me limité a sonreír, pensando que no solo había tenido la suerte de estrenarme sino de follarme a tres mujeres en muy poco espacio de tiempo. Pero sería un placer poder follarme a mi compañera también, claro.

–          Bueno, sí puedo ayudar… dije, sin poder evitar esa erección.

–          Genial. ¿Vas a desayunar? – preguntó mi hermana.

–          No, se me ha quitado el apetito. – añadí empezando a pajearme lentamente.

–          Jajajaa… – rieron las dos.

Lucía y mi hermana se sentaron en una de las tumbonas y se pusieron a mirarme atentamente.

–          Uf, es enorme, Sandra, ya te dije que no me entraría. – añadió algo asustada Lucía.

–          No te preocupes, que todos los coños se adaptan. Tú tranquila que yo iré guiando la operación y Marcos tendrá cuidado, ¿verdad, hermanito? – añadió Sandra sustituyendo mi mano por la suya para seguir pajeándome.

–          Claro, iré despacio. – afirmé sonriente y excitado.

Mi hermana me miraba sonriente y yo notando como la mano su mano mecía enérgicamente mi herramienta y cómo sus tetas se movían al compás.

–          Ahora es importante que ambos estéis lubricados. – comentó mi hermana poniéndose de pie, sin dejar de masturbarme.

Sandra, como hermana mayor y amiga experimentada, nos iba indicando hasta invitarme a tenderme boca arriba en la tumbona, Lucía sentada en mi cara mientras la boca de mi hermana empezaba a mamármela.

Tenía el coño de Lucia a centímetros de mi boca, notaba su calor sobre mis labios, abrió las piernas para acomodarse mejor, sus labios vaginales se abrieron, eran finos, sonrosados, saqué mi lengua con un principio de timidez como dudando en saborear tan preciado manjar, mientras mi hermana seguía masajeando mi polla con movimientos suaves de arriba abajo y su lengua jugaba alrededor de mi glande. Mi erección era completa notando la suavidad de los dedos de Sandra y su lengua caliente sobre mi verga.

Desde abajo, teniendo en primer plano el coño de mi compañera y sus ojos y su sonrisa esperando ansiosa allá arriba, invitaban a devorarla.

Cuando mi lengua entró en contacto con los bordes de los labios de Lucía, un sabor agridulce invadió mi paladar a la vez que ella se estremecía con un movimiento hacia adelante y hacia atrás invitándome a seguir, sujeté sus muslos y aumenté el ritmo de mi lengua recorriendo todo su interior, no queriendo dejar nada de él sin explorar.

Lucía gemía poniendo sus manos en sus tetas armoniosas, aunque notablemente más pequeñas que las de mi hermana, estaban muy bien puestas, mientras yo seguía afanado lamiendo su coño cada vez más húmedo y al mismo tiempo noté como la lengua de mi hermana cesó de trabajar sobre mi glande, aunque sus dedos seguían deslizándose sobre mi vástago. Se incorporó para ponerse junto a su amiga, dejando de lamer mi polla, aunque si masturbándola, para lamer en ese momento los pechos de Lucía jugando con su lengua alrededor de sus pezones, mordisqueándolos, hasta el punto que noté que ese coño que yo devoraba, se iba llenando de líquidos por momentos.

–          ¡Ah, sí, qué bien, cabrones! ¡Vaya hermanos más cachondos! – nos decía Lucia entre espasmos a ese trabajo que le estábamos haciendo entre Sandra y yo.

Mi hermana soltó mi polla y con sus dos manos cogió la cara de Lucía para empezar a besarse de forma pasional, lujuriosa, sacando sus lenguas y juntando las puntas para de nuevo hacerlas desaparecer en sus bocas. Desde mi posición, verlas devorarse las bocas allá arriba, mientras mi lengua seguía su tarea por abajo, era una auténtica delicia. Ni en el mejor de mis sueños hubiera pensado en que eso pudiera estar pasándome.

Mi boca no dejaba de saborear ese sexo jugoso de Lucía a la vez que la yema de mi dedo índice empezó a palpar el clítoris que como un pequeño garbanzo crecía por momentos, lo moví muy suavemente en rededor, los muslos de mi amiga temblaron y un líquido espeso fluyó de su interior bañando mi boca.

Lucía estaba totalmente encharcada, mi hermana lo notó, a tenor de los gemidos de la otra y se levantó.

–          Échate sobre la tumbona- le indicó a Lucía cuyo cuerpo estaba en pleno éxtasis.

Me dejó con las ganas de arrancarle un orgasmo, pero estaba claro que lo que iba a suceder a continuación era todavía más interesante. Mi amiga se tendió sobre la tumbona, abriendo las piernas todo lo que podía, mirándonos con taquicardias en su respiración, la toalla que se puso sobre la tumbona no tardó en mojarse presa de los jugos que desprendía el coño de Lucia. Sin duda, Sandra sabía muy bien lo que hacía y yo me dejaba llevar.

Mi hermana cogió el bolso que llevó a la piscina, hurgando en el mismo sacó un preservativo. Desde luego Sandra lo tenía todo controlado y aunque no le gustara comerle la polla a su novio, era más experta de lo que me podía imaginar, tanto en el sexo con otra mujer, como el saber cómo follar. Al fin y al cabo, yo no dejaba de ser un novato.

–          Hay que tomar precauciones- con una sonrisa mi hermana nos miró a los dos.

No niego, que en ese momento me hubiese gustado hacerlo a pelo, como lo hice con mamá, con Celia o con Aurora… pero claro, esto era otra cosa y debíamos ser precavidos.

–          Tranquilo, que las próximas veces lo harás sin globito – Me dijo Sandra leyendo mis pensamientos.

¿Las próximas veces? ¿Acaso ella daba por hecho de que Lucía y yo íbamos a follar más de una vez? ¿Tendría pensado algún método anticonceptivo para su amiga?

Rompiendo el envoltorio y sacando el condón con gran habilidad, lo puso sobre la punta de mi polla que apuntaba al cuerpo tumbado de Lucía y lo que más me llevó al séptimo cielo es que se agachó y con su boca sujetando la base de mi polla, fue deslizándolo el condón, hacia atrás a la vez que su lengua palpaba mi vástago, lo deslizó por completo, formando una segunda piel en mi polla. ¡Joder qué pasada la pericia de mi hermanita!

 Me arrodillé nervioso, aunque no evitaba mi polla palpitara por la excitación a la vez que Lucía ponía sus caderas sobre el borde de la tumbona tan nerviosa como yo. Sus ojos brillaban, sus labios y sus pezones se notaban dilatados y su sexo brillante invitaba a adentrarse en él. Ya no solo había perdido mi virginidad, sino que estaba ayudando a perderlo a Lucía.

Sandra empezó a lamer el coño de su amiga, mientras con una mano me masturbaba como si temiera que fuese a disminuir mi erección, algo que no iba a pasar, teniendo a esa mujer desnuda delante.

–          Muy suave hermanito, despacio, ¿vale? – me susurró al oído y volviendo a estimular el clítoris de Lucia que movía las caderas arriba y abajo ansiosa porque llegara el momento.

–          Es muy grande – exclamaba nuestra amiga mordiendo su dedo como temiendo todo mi vástago entrara dentro de ella.

–          Tranquila, que vamos despacio- le tranquilizó mi hermana, como si ella la estuviera penetrando con mi propia polla. Es importante que estés relajada. No te tenses.

Sandra volvió al bolso y sacó un bote con un líquido viscoso.

–          Tranquilos, es vaselina. – dijo al ver nuestras caras inexpertas.

Mi hermana embadurnó su mano y la posó sobre mi polla, aquello era demasiado ya, ¡qué suavidad!, por momentos pensé que me correría antes de penetrar a Lucía. Acercó mi miembro con la punta de sus dedos a la entrada del coño de Lucía, y la restregó de arriba abajo mientras mis manos se apoyaban en la parte interna de los muslos de mi amiga, sosteniéndolos.

Sandra colocó por fin la punta en la entrada y en un susurro me dijo:

–          ¡Adentro y despacio!

Siguiendo sus indicaciones fui empujando lentamente, mientras mi hermana lamía los pechos de Lucía, para aumentar la excitación, en un momento determinado noté un obstáculo, paré y volver a embestirlo con suavidad hasta que un grito surgió de la garganta de Lucía quedando paralizada, me asusté en un principio. Miré a Sandra que afirmó con su cabeza, tranquilizándome, mientras la otra iba cambiando su gesto de dolor por uno distinto, con la mitad de mi polla dentro de ella.

–          Sigue, sigue, Marcos,  ufffffff que gusto aghhhhhhhhhh- me imploraba Lucía mientras sus gemidos no paraban de subir de tono.

–          ¡Uf, qué estrechita! – jadeaba yo, con ese coño aferrado como un guante.

Por momentos pude notar que los músculos de su vagina se relajaban y me flipaba estar viendo cómo mi polla se deslizaba por completo en su interior, era estrecha, notaba el roce intenso sobre mi tronco duro, en una sensación que ya conocía, pero haciéndolo con mimo, de otra manera bien distinta y no menos placentera.

Mi hermana se incorporó y empezó a besarme y lamerme mis pezones acariciando mi pecho, se abrió de piernas para ubicar su coño sobre la boca de Lucía que se apoderó inmediatamente de él como si fuera un exquisito manjar, lamiéndolo con pasión y lujuria, mientras yo mantenía mi ritmo en cada embestida. 

Era alucinante, pero formábamos un perfecto triangulo, mi hermana sentada sobre la boca de Lucia y comiéndome la mía al mismo tiempo, en lucha encarnizada de labios y lenguas, que intercalaba con lamidas en sus propios pezones gordos y abultados sujetando sus pechos que se movían como globos sueltos y yo por otro lado empujando mis caderas, penetrando a Lucía sin parar, arrancándole el primer orgasmo que noté con el aprisionamiento de mi polla en ese virginal alojamiento, provocando que yo mismo explotara dentro y mi hermana a continuación  gracias a las lamidas de su amiga y mis propios besos.

Nos mantuvimos en silencio durante un rato, intentando recobrar la consciencia tras esa experiencia inolvidable, para luego darnos un baño en la piscina, desnudos, entre risas y besos compartidos, entre los tres, pero como si fuésemos uno.

El resto del día nos dedicamos a relajarnos y aunque me hubiese gustado volver a follarme el chochito de Lucía, esta estaba con algo de escozor en su sexo y molestias que mi hermana le fue ayudando a aliviar con alguna que otra lamida y alguna crema regeneradora, hasta que nuestra amiga se despidió a última hora de la tarde, agradeciéndonos y llenándonos de besos por haberle llevado a esa experiencia. Primero se despidió de mi hermana con un beso intenso, un morreo más que estimulante, pues verlas así, era todo un espectáculo y que luego me regaló a mí, añadiendo.

–          Gracias, Marcos, nunca voy a olvidar esto. Lo hiciste genial, me ha encantado tu forma de follarme y desvirgarme, eres un encanto y en cuanto me recupere, quiero repetir. – dijo.

–          ¡Sabes que para mí también lo ha sido! – exclamé, mientras ella sacudía mi polla que empezaba a tensarse pensando en ese momento.

El día siguió siendo caluroso, incluso cuando llegó la noche y mi hermana y yo cenamos desnudos en el jardín, aprovechando esa temperatura y charlando sobre lo que había pasado. Justo antes de irnos a acostar, el cuerpo desnudo de mi hermana se pegó al mío para darme un último morreo que me puso como una moto y mi polla en ristre.

–          ¡Gracias hermanito! – me dijo sonriente por ese favor a su amiga, aunque el placer fue mío, desde luego.

Continuará…

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