JOSÉ MANUEL CIDRE

Solo estamos diciendo lo que hemos visto. Replicó Lana. -Asomaos. Están ahí fuera.

Dan añadió. -Creo que lo que ocurre es que estamos aquí bien, de cachondeo y tal, y pasamos completamente de mirar lo que pasa a nuestro alrededor.

El rostro de la mujer enrojeció. -Como no calléis ahora mismo vuestras estúpidas bocazas, vais a recibir un paliza.

Al ver como los jóvenes que iban con la mujer se acercaban de forma amenazadora, Lana y Dan cogiéndose de las manos comenzaron a avanzar lo más rápidamente posible hacia la escalera del lado opuesto de la balconada.

-Corre, corre. Se animaban el uno al otro. Al llegar abajo giraron dos veces a la derecha para entrar por un pequeño pasillo oscuro que les ayudase a dar esquinazo a sus perseguidores.

Al final, se encontraron con una pequeña cocina, ahora sí, más iluminada y dos hombres y dos mujeres que parecían atareados. Sobre la encimera, panes de molde, embutidos, lechuga… Los cuatro se dieron la vuelta al ver entrar a la pareja.

-¡Anda! Vosotros sois los que visteis a «los de fuera» ¿no?

-Eh. Sí. Respondió Lana, aún sorprendida.

-Pues mirad. Una mujer joven, morena de pelo corto y rizado se dirigía a ellos con confianza. –Habíamos oído hablar de vosotros y os preparábamos unos sandwiches, por si queréis llevárselos.

¿Sandwiches? ¿Llevárselos? ¿Nosotros? Dan cada vez entendía menos.

-Si, claro. Decís que están hambrientos ¿no? Queríamos poner nuestro granito de arena.

Lana tomó la palabra echándose la mano derecha a la frente. -Mirad. Está muy bien que queráis colaborar pero, ¿habéis visto lo que hemos visto nosotros? Son centenares, y están francamente mal. Creo que los sandwiches no van a hacer mucho. Hace falta mucho más esfuerzo, y que muchos de los que estamos aquí, despreocupados y divirtiéndonos; primero, nos enteremos de los que realmente pasa, y segundo, dejemos los jueguecitos y el retoce por un momento y nos arremanguemos de una vez.

Los cuatro jóvenes se les quedaron mirando sin saber qué decir cuando de repente sonó un gran estruendo desde el otro lado de la mansión. Lana y Dan se dirigieron allí sin pensarlo dos veces.

Conforme se acercaban su temor aumentaba, podían divisar algunas sillas volando e identificaban mejor los insultos. Al llegar, sus peores temores se habían hecho realidad; los de fuera habían roto unas ventanas e intentaban entrar. Varios tenían manchas de sangre en cara y manos. Romper los cristales no había salido gratis. Un numeroso grupo de participantes de la fiesta había acudido y, aunque la mayoría miraban incrédulos, no pocos lanzaban botellas, vasos, sillas y toda clase de improperios a los «invasores», llegando incluso a amenazarles de muerte si no se iban.

-¡Oye! ¡Oye! ¡Parad! ¿Pero que hacéis? ¿No veis que están indefensos? Ambos se desgañitaban sin que sus esfuerzos surtieran apenas efecto.

-¡Quitaos del medio! Les gritaban. -Nosotros hemos pagado por participar de esta juerga. Y ahora vienen éstos a colarse por la cara.

Lana iba a hablar cuando un vaso impactó con fuerza en su frente. La sangre impregnó pronto su rostro y su vestido. Perdió el conocimiento y Dan tuvo que sacarla en brazos de en medio de la gresca mientras también iba arrojando calificativos por su boca: -Animales, salvajes, bestias energúmenos…

Sorteando cristales, basura e incluso algunos restos orgánicos, consiguió alcanzar las escaleras por donde antes habían subido a la balconada. Se sentó, tumbando a Lana sobre sus rodillas y rodeándole los hombros con el brazo. Sobrepasados por los gritos, el humo, la música y el cansancio, los ojos de Dan decidieron cerrarse unos segundos mientras sus manos presionaban con fuerza unas servilletas contra la herida de su novia.

Minutos más tarde, ella pareció recuperar el conocimiento. Lanzaba algunos quejidos sin aún abrir los ojos. Dan la apretó más contra su pecho. -Lana, Lana ¿Cómo te encuentras?

-La cabeza me va a explotar. Parecía que la hemorragia se había cortado.

De fondo se escuchaban los gritos y las risotadas del concurso de golpear con puños americanos a gente amarrada a sillas, aquellos que se quejasen tenían que beber un chupito de vodka.

No puedo más. Dan no pudo reprimir aquella expresión de abandono. Pensaba que hablaba para sí, cuando miró a Lana. La chica ya tenía los ojos abiertos del todo, le había escuchado. Él quiso ser más explícito.

Lana, no puedo, esto es imposible. Fíjate, esta mansión está rodeada de centenares de personas que están en las últimas, y aquí la gente, de juerga con pasatiempos demenciales que acaban lesionando e hiriendo, embriagándose, tirando comida y bebida por todas partes, apareándose como animales, mordiendo si vienen «los de fuera» a aprovecharse de yo que sé qué… Quiero irme de aquí.

-¿Te rindes entonces? Susurró Lana.

Dan hizo ademán de intentarlo pero no pudo dar más explicaciones, y empezó a llorar.

Eh! ¡Oye! ¡Vosotros! La voz procedía de debajo de las escaleras y se diría que quien fuera, no quería aumentar mucho el volumen.

Un nutrido grupo de personas salieron adonde estaban los dos jóvenes. Entre ellos parecían reconocer a los que habían visto haciendo sandwiches.

Perdonad, llevamos un rato buscándoos.

-¿A nosotros? Respondió Dan.

Si, bueno. Algunos os habían visto antes y otros estaban ahí, cuando a ella le han tirado el vaso. La que hablaba era una chica alta y rubia con un vestido de fiesta rosáceo. – Ha sido indignante. Ya hemos visto a «los de fuera». Queremos ayudaros.

Peroo…. Dan intentó hablar con delicadeza. –Queréis ayudarnos si, pero, ¿repartiendo sandwiches?

No, bueno. Mira. La chica se sentó a su lado en el escalón. –Mirad, me llamo Lara. Verás, lo de los sandwiches puede estar bien, pero muchos pensamos que no tenemos mucho derecho a estar así de juerga, mientras los de fuera están, medio muertos, debe haber prioridades.

-Sí. Otra chica morena con el pelo recogido y un vestido verde la apoyó. -Aún hay aquí mucha gente que no tiene ni idea, pero ni idea de lo que pasa ahí fuera. Hay que darlo a conocer, y si a esa de los mechones blancos no le gusta, tendrá que aguantarse. Hay cosas ante las que no se puede callar.

La cara de Dan empezaba a iluminarse. Todavía le costaba creerlo.

-Vamos a mejorar este panorama… Remachó Lara. -Y para ello, vamos a empezar con esa herida, déjame ver tu frente.

Dan y Lana llevaban varias horas en aquella juerga, y era la primera vez que sentían alegría.

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