ISABEL GZ

13

“Se notaba que amaba cada centímetro de Alonso empezando por la punta de su polla.”

Por primera vez en mi vida, después de casarme, le había tocado la polla a otro hombre que no fuese mi marido. Y el afortunado no fue un adonis de piel bronceada, músculos marcados y encanto acumulado en forma de ceros en una cuenta corriente. Había sido Juanito, un joven nerd dependiente del Bazar del Espíaque me ayudó en la compra del reloj-cámara para poder asistir por vía telemática al polvo que mi esposo iba a tener con Nuria aquella tarde del lunes. Cumplí, eso sí, con la exigente regla de Alonso. Solo puedo ser penetrada por él. Pero zarandear el bote de Juanito para sacar mayonesa juvenil no era ninguna penetración. Siempre he sido una gran pajillera. Es una pena que en nuestro idioma las pajilleras estemos en una situación ambigua. ¿Pajillera es la que se hace una paja o la que hace una paja? Ambas cosas. Deberíamos buscar algún nombre técnico que deje claro el concepto. Veamos candidatos. ¿Masturbadora? No, parece un electrodoméstico (“Compre su masturbadora Balay, ahora con centrifugado”), ¿Pajilladora? Peor, suena a máquina agrícola («Por fin hijo, hoy nos llegó la pajilladora, ya no tendremos que trabajar tanto en el campo») ¿Pajillatriz? ¿Masturbatriz?¿Zarandeadora de cipotes? ¿Recolectora de nabos?¿Acariciadora de glandes?

En todas estas gilipolleces andaba pensando cuando por fin aparqué cerca del sex-shop tras una nueva sodomización del GPS que hizo conmigo lo que quiso por esas calles. Nunca había entrado en un sex-shop. Hasta ahora mi vida sexual había sido muy normalita. Todo lo que necesitaba para el folleteo podía comprarse en cualquier Carrefour: condones cuando no tomaba la píldora o tenía la regla y lubricante para cuando estaba sequerona allá abajo. Punto. Ese era todo lo que había llegado a comprar para el sexo en algún establecimiento. Por tanto, aquello iba a ser una experiencia nueva para mí. Menos mal que entraba recién masturbada por Juanito. O mejor dicho: pajeada por mí utilizando la mano inexperta de Juanito.

Nada más entrar me encuentro con una dependienta que me examina de arriba a abajo. Tiene un aire tenebroso, a lo familia Monster. Tengo la sensación de que su rostro es como esas pegatinas de juventud que se veían de una forma u otra según el ángulo en que las mirases. Desde cierto ángulo, aquella mujer parecía una señora mayor bastante curtida por el tiempo y los pollazos del destino. Pero desde otro, el cutis se le aparecía brillante, como de plástico, y se daba aires a una estrella del porno demacrada por el bótox pero juvenil todavía. Le miré las manos. En el careto puedes inyectarte toda la mierda que quieras pero las manos te delatan. Y tenía manos de antigüedad fenicia.

—¿Puedo ayudarte en algo, niña?— De una tienda a otra había sido degradada de Señora Pajeadora Mayor del Reino a niña que entra en una tienda de juguetes. Espero, al menos, poder llevarme de allí algo interesante.

—Busco un kit de dilatación vaginal.

—¿Para el vaginismo?— Pregunta directa acertando a la primera. Desde luego, esta tía es profesional. Podía haber sido para una dilatación post-operatoria pero atinó nada más mirarme.

—Sí, cierto, para el vaginismo…

—Eso te lo recomienda el ginecólogo y lo encargas en la farmacia. Así que si has entrado aquí no es sólo por eso. No tengas miedo, niña, que aquí no nos comemos a nadie.

—Pues quiero eso, un kit de dilatación vaginal.

—Pero no para tí, ¿verdad?

Joder con la vieja plastificada. Una lince.

—No, la verdad es que es para la amante de mi marido.— Dejo caer así, tal cual, la información y que sea lo que Dios quiera. Después de todo, viendo el pedazo de puño de goma que tenían en una vitrina expuesto, peores cosas le habrán pedido.

—¿Sois swinger? La tienda patrocina un club muy bueno que…

—A mi el swing sólo me gusta en el jazz.

—¿Una relación poliamorosa?

—Más bien pollamorosa. A la polla de mi marido, vamos. Él folla y yo miro y participo un poquito si puedo.

—Vaya, vienen pocas cuckquean como tú. Es un honor conocerte.

Aquello me hacía sentir de la nobleza inglesa. Lady Cuckquean sería un buen nick.

—No te preocupes.— Continuó diciéndome— Tengo lo que necesitas.

Se introduce tras una cortina negra. Escucho cacharreo y movimiento de trastos. Aprovecho para inspeccionar las cosas de la tienda. Si quieres que alguien del Opus Dei sufra un infarto, este es el mejor lugar. Toda clase de artilugios raros colgaban de las estanterías o estaban en las vitrinas. Como aquel puño que he mencionado antes. O una polla negra de goma tan grande que en su capullo podía construirse un duplex. ¿Qué ser humano podía meterse eso por alguno de sus orificios? Además, condones. Muchos condones. De toda clase de olores, dimensiones y sabores. ¿Piruleta? Aceptable y dentro de lo esperado. ¿Fresa? Un clásico que nunca falla ya sea en helados o en pollas. ¿Menta? Ya empezaba a ser un poco raro… ¡Tenían también condones femeninos! Aquello fue una sorpresa porque nunca los había visto en venta directa. Tenían uno sacado de prueba para que pidiéramos ver cómo eran. Todos conocemos los condones de tíos pero los femeninos son raros. De estos no tenían de sabores, lo cual no acababa de convencerme del todo. Cuando he chupado la polla de mi marido tras llevar el condón puesto el miembro seguía sabiendo al látex. Seguro que si me meto uno de esos condones, el coño me va a estar oliendo a goma durante varios días.

Llegó con una caja rosa sin ningún dibujo ni foto. Solamente unas letras blancas.

—Mira, esto es lo que tenemos.

La abrió y allí estaban colocados en serie ascendente lo que parecían unos consoladores pero sin forma de polla sino simples cilindros con una punta que se hacía más pequeña acabando en una terminación redondeada pero mucho más fina que el resto. Me quedo un poco embobada mirándolos porque no los encuentro nada del otro mundo.

—No parecen pollas.— Dejé claro.

—Ni tienen que parecerlo, niña, porque no son dildos ni consoladores. Son dilatadores. Se dejan insertados en la vagina para que vaya dilatando.

—Vale, y supongo que se irá aumentando de tamaño hasta llegar a este grandote.— El más grande apenas era un poquito mayor que la tranca de mi Alonso.— ¿Son para vaginismo? ¿Son como los de la farmacia?

—De hecho son los mismos que los de la farmacia. No hace falta receta. No sólo se utilizan para vaginismo. Lo utilizan mucho las trans operadas que tienen que dilatarse su nueva vagina. El último que vendí era para una chica que le habían tenido que reconstruir las paredes vaginales por culpa de un tumor.— Demasiado gráfico para mí.— Si te lo llevas te doy uno nuevo. Precintado. Este lo tengo para muestras. Puedes tocarlos si quieres.

Estuve tocándolos y mirándolos como buscando algo especial que no encontraba. Si has visto una polla en vivo y en directo estos dilatadores te parecen aburridos. Los penes son mucho más graciosos.

—¿Y estos sobrecitos?— Al lado de los dilatadores venían unos sobres.

—Es lubricante, pero yo no recomiendo que se utilice éste que viene en la caja.

—¿Por qué?

—Porque es un lubricante anestésico muy potente que te deja el coño que no sientes nada. Como además lo llevas untado en el dilatador y tienes que llevar el dilatador todo el tiempo al final se te queda dormido el coño y luego si quieres hacer el amor no sientes nada de nada. Lo utiliza la gente para iniciarse en el fisting.

—¿Fisting?— Por el nombre en inglés seguro que debía ser alguna guarrada extrema. La dependienta no tiene que decirme nada. Señala el puño de la vitrina y comprendo rápidamente.

—¿Has probado este kit de dilatación?

—Las clientas son las que me informan. Yo te recomiendo que utilices este lubricante. — Tomó un bote de otra estantería y me lo enseñó — No tiene anestésico sino un relajante muscular. Le relajará los músculos de la vagina.

—¿Y funciona la cosa?

—Las amantes de introducirse cosas comienzan por el analgésico para irse entrenando cuando las cosas son muy grandes y luego pasan a éste. Con él sienten más aunque claro, según lo intenso del asunto te puede doler más, pero vamos para lo que me dices con este lubricante irá genial porque, como te digo, le relajará los músculos vaginales y al mismo tiempo podrá sentir algo más. Porque éste es especial para las vaginas femeninas. Las trans tienen que utilizar el anestésico. Seguramente por eso el kit trae este para que sirva para todas.

Pregunté por el precio del kit de dilatación y el lubricante. Tanto como el puñetero reloj-espía. Qué tiempos en los que follar no costaba dinero. Y encima iba a disfrutarlo la Nuria. En parte eso me agradaba, ser la cornuda que preparaba a mi corneadora. Me excitaba mucho saber que todo aquello tenía como fin que Alonso se follara bien follada a aquel ser angelical. Pero mi parte rebelde me pedía a gritos que dejara que esa niñata cafetera se las apañara sola, que ya era mayorcita. Andaba un tanto dividida.

—Me lo llevo.

—Vale, entro a por un kit nuevo. De regalo puede coger tres de estos tatuajes temporales.

Mientras me buscaba el kit dilatador me puse a rebuscar en la cesta que me señaló llena de calcomanías. Escogí tres que me gustaban, uno muy especial para cornudos que esperaba utilizar cuando tuviera ocasión y otros más convencionales. Cuando entró con la caja no pude resistirme a preguntarle por los tatuajes temporales.

—Veo que tienen la pica con la Q símbolo de los cuckold. ¿Y el de las cuckquean?— Ya sabéis, el símbolo de Venus típico del sexo femenino con unas astas de ciervo.

—No lo tenemos aquí pero hacemos tatuajes temporales por encargo.

—Vale, pues encárgueme unos cuantos.

—Los hacemos en pack de cinco.

—Pues un pack para probar por si me gustan.— Ya me imaginaba utilizándolo en alguna ocasión.

Me tomó los datos para avisarme cuando estuvieran, pagué y me volví al coche toda ufana. La mañana había sido productiva.

—o—

El almuerzo entre Alonso y yo fue tenso ese lunes. Por la tarde vendría Nuria y quería explicarle todo a Alonso para dejárselo clarito. Lo de los dilatadores, los lubricantes, dónde debían hacerlo y cómo hacer que yo pudiera ver mejor con mi reloj espía recién comprado. También había llamado a Kata para darle el día libre. No necesité darle ninguna excusa, ¿quién va a decirle que no a un día remunerado sin trabajar? Eso sí, iba sumando mentalmente y me parecían que mis cuernos estaban saliendo a precio de oro entre unas cosas y otras.

—Ya me lo has dicho por lo menos tres veces. ¿Te piensas que soy tonto?— Alonso estaba visiblemente disgustado conmigo, algo inusual en él.

—¿Qué te pasa, cari?

—Es que parece que me tratas como a un retrasado.

—No era mi intención, es que quiero dejarlo todo…

—Ya sé lo que quieres. Te gusta controlar cada cosa. A veces me pones de los nervios.

—No será tanto.

—¿Qué no?— Paré de comer porque Alonso estaba bastante cabreado.

—¿Qué te pasa?— Insistí.

—Mi colección de cedés.— Era eso. La maldita colección de cedés. Los hombres siempre marcando su territorio y meando en él para que otros no lo toquen.

—¿Todavía estás con eso?

—Sí. No sólo los quitas del salón, que bueno, eso puedo tolerarlo. Pero los metes en cajas sin ordenar ni siquiera y ahora si quiero buscar uno no sé dónde coño está el puto cedé. Además la he revisado por encima y hay muchas cajas rotas que no había. A tomar por culo mis cedés por la puta cara— Cuando soltaba tacos es que estaba enfadado de verdad.

—Pero si no escuchas esos discos. Estás con el streaming.

—Sí que lo hago. Ves, a eso me refiero. Sólo piensas en ti. Como tú no los escuchas o no los escucho contigo pues anda, nadie los escucha. Tengo cedés que no están en streaming. Algunos son maquetas de compañeros de la Uni y cosas raras que he conseguido por ahí…

—Bueno, pues perdona cari, no sabía que ibas a ponerte así.

—Ya no importa porque siempre vas a hacer lo que te dé la gana. ¿Me equivoco?

Me quedo con la cuchara a la puerta de la boca sin saber qué decir.

—¿Tan mandona me ves?

—Sí.

—Eso puedo compensártelo.— Dejé los cubiertos y me quité la camiseta quedándome en sujetador. Iba a seguir mostrándole mis tetas acercándome a él cuando me detiene.

—¿Qué haces?

—Puedo chupártela ahora si quieres. Ya sabes que la profe Nila me puso tarea.

— Anda, vuelve a tu sitio y ponte la camiseta de nuevo.— Me paró en seco y cortó el rollo.— A esto es a lo que me refiero. Planeas las cosas y tienen que ser cómo tu dices. Que si le haga esto a Nuria, que si le haga lo otro, que si no hagas esto… hasta las improvisaciones como ahora tienes que ser tú la que lo proponga.

—No me hagas hablar de iniciativa porque no he sido yo la que te ha depilado completamente las pelotas. ¿Fue idea tuya eso también o de Nila?

—De Nila.— Ahora Alonso pasa a tener vergüenza.

—Nila o yo, yo o Nila… al final somos las que decidimos. Asúmelo, que no pasa nada y no vayas de machirulo.

—Por eso me gusta Nuria.

Ah, caramba. Ahora viene lo bueno. Aquí es a dónde quería llegar Alonso y no se atrevía a decírmelo directamente.

—¿Que significa que “te gusta” Nuria?— Eso de que verbalizara que le gusta otra no terminaba de convencerme. Vamos que estaba en la mismísima línea que separa lo que me excitaba y lo que me disgustaba.

—Pues que me gusta estar con alguien que intenta agradarme todo el rato para variar.

—Es parte del enamoramiento de la chiquilla. Ya se le pasará el encoñamiento.

—Lo que sea, no quiero que le hagamos daño.— Tanto reparo con la niñata empezaba a mosquearme, la verdad.

—Nadie la ha obligado a nada ni hemos hecho nada malo. No he sido yo la que la hizo ir al Strada a saborear el jugo de tus pelotas. No te me pongas moralista a estas alturas porque aquí todos, incluido ella, ya somos mayorcitos y sabemos lo que queremos. Y si no lo sabe, pues que espabile un poquito, que le vendrá bien.

—Ya, bueno. Lo que sea.— Y Alonso se marchó habiéndome dado la razón como a los tontos. No me gustaba la situación y fuí detrás de él.

—Alonso, ¡Alonso! ¿Te pasa algo?

—Nada, deben ser los nervios.— Me dió un beso rápido y entró en el servicio. Aquello sonaba a excusa pero el tiempo pasaba y tenía que preparar las cosas.

Comprobé otra vez más que la cámara del salón funcionaba y tenía buen ángulo. Hice pruebas de sonido a ver si algo se acoplaba y me fastidiaba la sesión. Todo funcionaba genial. Juanito había hecho un buen trabajo. Por cierto, ¿no estaría Alonso así a causa de la paja que hice en la tienda? Salí en busca de mi esposo para un nuevo interrogatorio.

—¿No estarás cabreado por la paja que le hice al chiquillo de la tienda, no?

—¿Qué? ¡No! ¿Crees que me importa una mierda que se la cascaras a un pajillero? Todavía tiene que estar machacándosela pensando en tí.

No sabía como tomarme aquello. Alonso me estaba inquietando con su forma de encararme. Reconozco que me hubiera gustado que sintiera unos poquitos de celos. Pero vi en su rostro que de verdad no le importaba que se la hubiera pelado al chiquillo. Iba a continuar mi interrogatorio cuando un whatsapp oportuno nos interrumpió.

—Es Nuria, ya está llegando. Me lo ha mandado desde un semáforo.

Iba a hacer un chiste sobre la capacidad de escribir novelas en el tiempo de los semáforos pero no había tiempo. Cada uno a nuestras posiciones. O mejor dicho, yo a mi posición. Había montado mi cuartel logístico en el otro cuarto de baño que teníamos. Nuestra casa tiene dos baños. Pero por comodidad tenemos uno cerrado que no utilizamos. Prefiero que Kata se dedique a otras cosas. Pero para la tarea de espía aquel cubículo me venía genial. Me encerré allí y me coloqué los auriculares. Reviso la aplicación del móvil de nuevo. Todo funciona perfectamente. Salvo Alonso, que no me explico qué le pasa. Gracias a la abertura de ventilación del baño puedo escuchar la llegada de un vehículo. He tenido la astucia de aparcar el mío lejos de aquí para que Nuria piense que no estoy. Me asomo de puntillas. Veo una pequeña furgoneta con el logotipo de la empresa de catering. Es Nuria, que viene con una especie de mono de trabajo que utiliza en algunas ocasiones, el bolso del que no se separa y con algo envuelto en la mano. ¿Te presentas así para follar con mi marido? Un poco de respeto, por favor.

Toca al timbre y Alonso la recibe con una sonrisa. No le veo el rostro pero por su tono al hablar sé que ha cambiado de ánimo. Otra cosa que no me gusta.

—Perdona, perdona.— Dice ella compungida.— Pero cuando quedamos creía que iba a salir antes del trabajo.

—No te preocupes. Has llegado a tiempo. Pasa.

—Ya, pero mira cómo vengo. No me he podido cambiar. Estoy horrible con estos pelos.

—Estas muy guapa.

«Y una mierda», pensé yo.

Pasaron al salón y ella seguía disculpándose para agradar a Alonso.

—He estado toda la mañana haciendo tartaletas para un evento que tenemos el jueves. Te he traído unas pocas para que las pruebes.

—Muchas gracias Nuria. Ahora las probamos. ¿Quieres café? No es tan bueno como el que nos traes a la oficina pero se deja beber.

—Sí, con leche.

«Leche la que te va a dar mi marido» musitaba yo atenta a los sonidos que me llegaban. Por fin, entran en el salón.

—Tienes una casa muy bonita.

—Gracias. Luego te la enseño.— Le grita Alonso mientras preparaba los cafés en la cocina.

Por la pantalla veo a Nuria sentada en el sofá con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Parecía que iba a asistir a una entrevista de trabajo. Se la notaba nerviosa. Un encuentro sexual aislado no significa mucho pero un segundo indicaba que la cosa podía ser seria con mi marido por lo que ya la ansiedad empezaba a hacerle mella. Ella sabía que si lo hacía bien podría haber un tercero, algo crucial si quería ir más allá del simple folleteo con Alonso. Entró mi marido con el café. Para mi desesperación Alonso le dio cuerda y se tiraron sus buenos minutos hablando sobre el trabajo de Nuria. ¿A quién le interesa para quién son esas tartaletas? ¡Poneros a follar ya! Me desesperaba un poquito en aquel baño. Respiro profundamente para relajarme e intento reflexionar los motivos de mi cabreo. Lo que me cabrea no es tanto que no hayan follado todavía como que estén hablando como si tuvieran ya una relación. Eso me cabreaba. Creo que son celos. Espero que no crezcan.

—Ven.— Le dice Alonso a Nuria cuando acabaron el café y probaron las tartaletas. El tono era casi el de una orden. Ella obedece. Salen de enfoque y sólo escucho lo que capta el micrófono.

—Creo que te quedará bien la ropa de Lore.

¡¿Cómo?! Eso no era lo planeado. En nuestro dormitorio no debería entrar.

—Ella tiene más cuerpo que yo.

Espera un momento, ¿he entendido mal o me ha llamado gorda?

—Ésta de aquí al fondo del armario es la ropa que ya no se pone.

—¿Seguro que no se dará cuenta? No quiero líos.

—No, esta ropa ya no la utiliza. No sé ni porqué la tiene.

Claro que me daría cuenta. Me daría cuenta de todo. Pero Nuria está atontada por las hormonas del amor y no razona bien. Quiere creer lo que Alonso le dice. Pasan unos minutos hablando de mi ropa, seguramente probándose cosas. Mis cosas. Luego le enseña la casa muy por encima. Los hombres son básicos para estas cosas del espacio. Ni se acerca a la puerta del baño en el que estoy.

—Aquello es el segundo baño, pero lo tenemos cerrado porque no nos hace falta y una preocupación menos que tenemos.

Nuria lo único que hace es asentir a las palabras de mi esposo. «Qué lindo cuarto», «Qué bien rematada está la soleria», «Muy espacioso». Y todo así. Eso sí, ahora ya no lleva las zapatillas de deporte sino unos tacones porque escucho perfectamente como su eco se desplaza por todo el edificio.

Cuando por fin la vi aparecer en pantalla Nuria llevaba puesta una de mis minifaldas de juventud, de aquellas que ya no me podía poner. Sin embargo, no tomó nada mío para ponerse en la parte de arriba. La muy picarona había cogido una camisa de Alonso y se la había arremangado y recogido de tal forma que dejaba su ombligo al aire y marcaba sus tetas. Verdaderamente estaba muy sexi con el aire informal que le daba la camisa masculina remetida marcando un increíble vientre junto a unas piernas resaltadas por las mules que me había arrebatado. Iban a juego con la falda y no tenían mucho tacón —5 o 6 cm— pero el culete respingón y la sonrisa la hacían muy atractiva. Alonso se la comía con la mirada y yo me comía la pantalla del móvil maldiciendo el momento en el que no elegí poner la aplicación en una table para no dejarme los ojos inspeccionando cada detalle. «Cuando quiere esta chica tiene estilo», pensé mientras ella estaba plantada de pie en mitad del salón esperando. En verdad son curiosos los ritos de apareamiento. Nuria se había vestido sabiendo que se desnudaría al poco rato. De verdad no le importaba vestirse de aquella forma para complacer a su hombre, que además, también era el mío.

Alonso la agarra por la cintura y la besa en la boca. Ella corresponde dejándose comer la boca. Me fijo en el ritmo de la respiración en su pecho que marca el aumento de los latidos. Está a mil por horas. Será mejor que se tranquilice o de allí la tendremos que llevar al hospital.

—Perdona Alonso.— Se retira del beso.— Pero me es muy difícil hacer el amor.

«Se dice follar, niña. Follar», ya me estaba cabreando esa actitud.

—Ya me di cuenta. ¿Pero no has tenido novios? Supongo que habrás estado con chicos.

—Sí, pero no estaban tan bien dotados como tú y me he aguantado. La de mi último novio era como un dedo tuyo. —«Hija mía, has mejorado con el cambio» —Y otras veces me ha dolido mucho. Con otros al final lo he dejado pero tu me gustas de un modo especial.

—Tranquila, que lo tengo todo previsto. Agáchate y chúpame la polla.— Se lo suelta así, a saco. Y Nuria ni se inmuta. Como si fuera la orden que estaba deseando escuchar nada más entrar se pone de cuclillas y bajando la bragueta escarba en los pantalones hasta que saca la tremenda tranca de Alonso que empieza a chupar. Lo hace muy bien. A mi me está costando aprender a mamar en condiciones y ella parece que ya lo tiene todo aprendido. Sus movimientos de cuello, su succión, la posición de sus labios. Todo para darle placer a Alonso que la toma de la cabeza y le marca el ritmo.

—Sin las manos.— Ordena Alonso.

Ella obedece y se agarra a las piernas de mi marido sin dejar de succionar en la cadencia que Alonso le marcaba. Chupando de aquella forma pasan los minutos y Nuria aguanta perfectamente. No protesta. No hace pausas. Simplemente contenta a Alonso con su boca una y otra vez. Ahora sí, empiezo a calentarme viendo aquella escena desde el ángulo elevado que proporciona la cámara. Como solo estoy en bragas y con una camiseta en el cuarto de baño lo tengo fácil. Me las quito y comienzo a acariciarme el coño de la forma que me gusta, intentando que el ritmo de mis dedos sobre el clítoris coincida con la cadencia de la mamada que tan bien está haciendo Nuria. Alonso aguanta impasible. Veo que está disfrutando pero controla totalmente la situación. Levanta a Nuria y la sienta en el sofá.

—Súbete la falda. Vamos a probar algo.

Mi esposo saca el kit de dilatación y el lubricante de una bolsa estratégicamente situada detrás del sofá.

—Es para dilatarte.

Nuria está entre medio asombrada y medio asustada. Se le nota en la cara que no sabe si aquello va a gustarle mucho o disgustarle bastante.

—No sé, Alonso.

—Tranquilízate, que yo estoy aquí contigo. No haremos nada que no quieras, pero me gustaría poder follarte algún día como es debido.

Palabras mágicas. Nuria, que ya tenía la falda recogida, abrió más las piernas aunque por la expresión de su rostro se veía que las dudas no habían desaparecido. Le tenía que gustar mucho mi marido para dejarse hacer aquello. Alonso ha desprecintado la caja y la ha abierto delante de ella que observa con los ojos abierto todo el arsenal de dilatadores.

—Tienes que llevarlos todo el tiempo que puedas y poco a poco irás dilatando, cambiando a los dilatadores de más tamaño y relajándote. Verás como lo consigues. Dime exactamente cuánto te duele normalmente. Por ejemplo, durante el concierto cuando te la metí ¿cómo fue?

—Al principio, cuando me introducías el pene el dolor no era tanto pero conforme te movías aumentaba y se hacía muy incómodo. Me dolía más.

—Es porque te tensas mucho. Es un círculo vicioso.— Más bien un círculo casto, pero no iba a corregir a Alonso.— en el que sientes molestias, te pones nerviosa, te tensas, no lubricas y sientes más molestias y te pones más nerviosa y así…

—Eso.— Parecía feliz por aquella explicación. Que Alonso la comprendiera debía ser importante para ella.

—¿Cómo la tenía tu novio?— Le enseñó el kit como si fuera una caja de bombones. Nuria no dijo nada y señaló el segundo más pequeño.

Mi marido lo tomó y abrió uno de los sobres que traía el kit. «¡Ese no! ¡Te lo he explicado mil veces».

—Chiqui, este lubricante es anestésico. Muy potente. Hará que no te duela el dilatador. Este otro es un lubricante relajante muscular. Ayuda a dilatar pero puede que te duela si no estás acostumbrada. Por eso empezaremos con el anestésico.— Ahora Alonso le ha retirado las bragas y ha comenzado a masturbarle el clítoris con movimientos suaves. Ya tiene embadurnado el dilatador. La está preparando. ¿A qué espera?

Alonso se arrodilla y va besando poco a poco los muslos de Nuria. Sé hacia dónde se dirige perfectamente. Al poco veo desde el ángulo de mi cámara su cabeza entre las piernas de ella que mantiene abiertas pero que va cerrando poco a poco hasta colocarlas encima de los hombros de mi marido que continúa comiéndole el coño sin parar. Los sonidos son inconfundibles: le está gustando igual que me gusta que me lo haga a mí. Pero ahora es ella la que disfruta de su lengua mientras yo tengo que contentarme con toquetear mi coño. La está lamiendo, le está acariciando con la lengua su punto de placer mientras el mío permanece aquí solito. No puedo decir que no tuviera celos. Los tenía. Y a la vez me excitaba y estaba muy caliente. Tengo que dosificarme porque no quiero correrme rápido. Quiero hacerlo cuando lo haga ella.

Alonso se detiene. Toma el dilatador con una mano y con la otra veo perfectamente desde mi ángulo como le abre los labios vaginales.

—Dime si te duele.

Nuria asiente con la cabeza sin decir nada mientras mi marido va introduciendo el dilatador poco a poco hasta que llega al fondo y se detiene. Le noto en la cara que está conteniendo la respiración.

—¿Ahora qué hago?— Pregunta ella mirándose el coño cuando ya está todo el dilatador introducido y mirando a Alonso con una sonrisa cómplice.

—Ahora vas a correrte antes de que el anestésico te haga efecto.— Vuelve a bajar a su entrepierna para seguir comiéndole el coño. Tengo que estar preparada. Toda la escena me está gustando demasiado y me estoy masajeando el clítoris esperando el momento para acelerar.

Alonso debe estar sumergido entre los jugos de Nuria por los sonidos húmedos que me llegan. La chica ha echado la cabeza para atrás y lanza sonidos de placer y afirmaciones contundentes: «Sí, sí, sí, chiqui, sí, así así me gusta, sigue porfi». ¿Porfi?, en fin, cada una tenemos nuestras manías cuando nos comen el coño. «Porfi, porfi, porf, síi». Los sonidos se hacen más intensos. Miro el movimiento de su vientre. Allí la respiración se marca perfectamente y cada vez se acelera más. La tensión de sus piernas indican que está gozando como una perra. Quiero gozar junto a ella mientras la lengua de mi marido la estimula. Voy acelerando al ritmo que marca la respiración de Nuria. «Puedo hacerlo» me digo mientras desplazo mis dedos con más fuerza sobre mi botón de placer. Acelero cuando veo que se encorva levantando el vientre y grita sonidos guturales imposibles de descifrar. Se está corriendo y al poco, gracias a mi destreza manual, lo hago yo sin poder bajar la mirada del rostro de Nuria transfigurado por el orgasmo que acaba de tener. Mi orgasmo es un pequeño seísmo controlado. No me ha recorrido el cuerpo por entero como otras veces pero ha sido dulcemente intenso entre los pliegues de mi coño.

Nuria sigue tirada sobre el sofá y va incorporándose poco a poco. Está alegre y quiere corresponder a mi marido pero Alonso la para.

—Sin prisas chiqui.

Su chiqui se arrodilló y volvió a meterse la polla de mi marido en la boca para mamar como una campeona. Alonso mientras tanto le iba desabrochando la camisa hasta que la dejó sólo con la falda. Me fascinaba ver cómo la engullía Nuria. Seguramente habría subsanado su vaginismo contentando a sus novios con la boca. Eso y una gran pasión que le ponía al asunto porque aquellos movimientos de succión iban más allá de la obligación o querer agradar a un hombre. Se notaba que amaba cada centímetro de Alonso empezando por la punta de su polla. Alonso ya no le marca el ritmo de la mamada con las manos sino que juguetea dulcemente con su cabello mientras ella no para de chupar. Pasan varios minutos que a mí se me hacen eternos hasta que Alonso cambia de sonidos, señal de que está muy excitado y a punto de correrse. Yo estoy húmeda pero aunque me toco y disfruto con la escena no creo que pueda correrme de nuevo. De pronto, Nuria se para y mira a Alonso todavía arrodillada.

—Es increible.

—¿Mi polla?

—Eso también, eso también.— Se rie— Me refiero al lubricante ese. Ahora mismo no siento nada ahí abajo. Nada de nada.

Se pone de pie ayudada por Alonso.

—Es increíble.— Repite de nuevo y le da un beso intenso a mi marido. Alonso le corresponde agarrándola de la cintura y luego sobándole las tetas.

—¿Y eso qué quiere decir?— Pregunta mi esposo. Pregunta que también me hago yo desde mi cubículo.

—Pues que es como si no tuviera coño. Es una sensación rara. No noto el dilatador. Cuando me lo metiste sentí un poco de dolor aunque me lo aguanté pero ahora nada. ¡Fóllame!

Alonso no da crédito. Ni yo.

—Vamos a ver.— Yo sabía que le daría uno de sus discursos típicos.— Lo primero es que no vas a sentir nada. Y lo segundo es que si te la meto a mí también se me dormirá la polla con el lubricante ese. Así que no.

—A veces te pasas un poco de listillo, ¿sabes?— Mira por donde en eso coincidíamos mi corneadora y yo.

—¿Y eso qué significa?— Era gracioso ver a Alonso allí de pié con el pene erecto discutiendo con Nuria. Lo peor es que parecían una pareja discutiendo y eso ya no me parecía gracioso.

–-Pues que no te enteras. Llevo años que cuando me la meten sólo siento dolor. A veces más, a veces menos si es más pequeña, pero siempre dolor. Quiero sentir por primera vez a un hombre dentro de mí sin tener que soportar eso.

—¿Pero y tu placer?

—Hay muchas formas de placer, chiqui. El de saberte dentro y disfrutando ya es suficiente para mi. Además, ya me he corrido, así que te mereces un buen polvo. Por la polla no te preocupes, que para eso están los preservativos.

—Yo no tengo. Lore utiliza ya anticonceptivos y…

—Yo tengo.— Alargó la mano y tomó su bolsito.— Tengo problemas de trombos y no utilizo anticonceptivos. Así que toma.

—Pónmelo tú con la boca.

—No sé.

—Yo te iré guiando. Dame.— Nila había enseñado cosas a Alonso que yo desconocía.

Alonso tomó el sobre, lo abrió y sacó el profiláctico. Lo tomó con los dedos y lo acercó a la boquita de Nuria.

—Abre.

Siempre obediente Nuria separa los labios y mi marido le coloca condón entre ellos con la punta mirando hacia el interior de su boca.

—Ahora te agachas y con cuidado mueve los labios y la boca hasta que entre todo el capullo. Luego con las manos vas desenrrollándolo.

Así lo hizo cumpliendo como una buena alumna. Cuando acabó de ponérselo se la mamó un poco con condón. Luego se levanta de nuevo.

—Fóllame chiqui, lo necesito.

Alonso le pasa una mano por la cintura.

—Ven, vamos a la habitación.

Eso no era lo acordado. No era lo acordado. Me estoy desesperando porque si follan en nuestra habitación no podré ver nada. Estaba claro que Alonso me estaba castigando. Busco en el baño hasta que encuentro un pequeño espejo de maquillaje. Otra cornuda puede que se resigne pero yo no me quedo sin ver lo que pasa. Abro la puerta con sigilo y descalza voy lentamente andando hacia la habitación matrimonial. Mi habitación. Mi habitación en la que Alonso se va a follar a la niñata del catering del café de culo de mofeta. Estoy cabreada pero extrañamente excitada por el cambio de planes. Por lo menos Alonso ha tenido la decencia de dejar la puerta abierta de par en par. Yo me coloco en el borde para que no pueda verme. Ahora mismo la estoy escuchando perfectamente.

—No te cortes Alonso. Nunca ningún hombre ha acabado de follarme en condiciones.

—Eso que quiere decir.

—Que me la meten pero tienen que salir. Era penoso. Pero ahora es como si no tuviera coño, como si la entrepierna me flotara. Quiero sentir tu cuerpo encima mía, porfa.

Alargo el espejo y los puedo ver. Ella ha separado las piernas. Ya no lleva los mules ni bragas. Solo muestra su agujero que todavía tiene el dilatador. Alonso lo saca y lo deja a un lado mientras se agarra la polla con una mano acercándose a Nuria. Coloca su capullo encapuchado con el preservativo a las puertas vaginales de Nuria. Lo va introduciendo poco a poco preguntandole qué siente. Ella a cada pregunta repite que “nada”. Y por fin Alonso se la clava enterita. Ella ahora lo abraza con los pies y comienza a acariciar el culo de mi marido.

—No tengas miedo.— Le dice a Alonso.

Y Alonso, efectivamente, no tiene miedo. Comienza a moverse. Al principio con lentitud y cuidado hasta que confirma que, efectivamente, Nuria no siente nada. Y entonces acelera a ritmo frenético. Temo que la parta en dos. Oigo como cruje nuestra cama. La respiración de Alonso es inconfundible: le está gustando mucho. Repite sonidos como “sí, sí” mientras se la folla sin compasión. Su culo sube y baja mientras Nuria le dice que no se detenga, que siga, que lo necesita, que lo necesita. Yo la comprendo perfectamente. No está sintiendo placer en su entrepierna pero tampoco dolor. Hay muchas formas de sentir a un hombre y poder rodearlo con tus piernas y saber que eres la causa de su placer es una forma que tenemos las mujeres de sentirnos poderosas. Y Nuria se sentía así. Nunca antes lo había sentido y por eso con aquel polvo no tendría un orgasmo normal pero su mente permanecería en un orgasmo más placentero y duradero. Alonso resoplaba y seguía follándosela. Yo me debatía entre la excitación y los celos. Quise masturbarme. Durante un tiempo lo consigo escuchando los gritos de Alonso pero la envidia hacia Nuria me paraliza. La cama sigue crujiendo. Miro de nuevo por el espejo y ahora solo veo los pies de Nuria moviéndose sobre el culo de Alonso. De pronto Alonso pega un grito tremendo. Parece que ha estado sin correrse tres meses. Pero no ha estado tres meses sin follar. Es Nuria quien ha provocado ese orgasmo en mi marido. Quien ha exprimido sus pelotas como yo no he podido hacerlo. Ni yo ni la prostituta de Nila. Esa niñata ha demostrado ser toda una mujer y eso me inquieta. Me vuelvo a mi escondite a la espera de que todo pase. Encerrada en aquel baño me como el coco. ¿Será todo mi imaginación? ¿Estará Alonso fingiendo? Por extraño que parezca sentía vergüenza y temor de preguntarle eso a mi marido porque tenía miedo de las respuestas.

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